El comienzo de la última sesión de la tercera Duma planteó de inmediato la cuestión del balance de la labor de esta institución. Uno de los balances más importantes podemos formularlo con palabras de «Rech».

«Tenemos —escribió recientemente su editorialista— una serie de votaciones que reproducen de hecho el predominio en la Duma del “centro izquierdo”… La actividad real de la Duma, en contacto con las vivas demandas y exigencias de la vida, sigue desde el principio de la sesión un rumbo invariable y sistemático: el del —inexistente, por supuesto— centro izquierdo».

Y, como pillando al «propio» premier, el periódico exclama con júbilo: «El señor Kokovtsov no se ha recatado (en su primera intervención) de declarar tres veces su total solidaridad con los argumentos del (kadete) Stepánov».

Hecho indiscutible: el «centro izquierdo» está a la vista. La única cuestión es: ¿la existencia de este hecho atestigua «vida» o estancamiento?

En la III Duma hubo desde el comienzo dos mayorías. Los marxistas, ya a finales de 1907, antes de que comenzaran los «trabajos» de esta Duma, pusieron como punto central de su valoración del momento y de la III Duma el reconocimiento de las «dos mayorías» y la caracterización de ambas.

La primera mayoría, la de las centurias negras y octubristas de derecha; la segunda, la octubrista-kadete. La ley electoral para la III Duma está urdida de tal modo que resulten estas dos mayorías. En vano nuestros liberales fingen no verlo.

No es casualidad ni un astuto cálculo de personas aisladas, sino todo el curso de la lucha de clases de 1905-1907 lo que hizo inevitable para el gobierno emprender precisamente este camino. Los acontecimientos demostraron que es imposible «apostar» por la masa de la población. Antes, antes de «los acontecimientos», la ilusión de una «política popular» oficial aún podía mantenerse; los acontecimientos la destrozaron. La apuesta tuvo que ponerse abiertamente, desnudamente, cínicamente sobre una clase dirigente, la clase de los Purishkévich y los Márkov, y sobre la simpatía o el temor de la burguesía. En unos sectores de la burguesía predominaba la tendencia al apoyo sistemático (octubristas), en otros, la simpatía hacia el llamado orden o el temor (kadetes); esta diferencia no desempeñaba un papel serio.

Este viraje de todo el sistema político ruso se perfiló ya en las conversaciones que desde finales de 1905 sostuvieron Witte, Trépov, Stolypin con Urúsov, Trubetskói, Guchkov, Múromtsev, Miliukov. Dicho viraje quedó definitivamente definido y vertido en formas estatales-constitutivas en la tercera Duma con sus dos mayorías.

Sobre para qué necesita este régimen político la primera mayoría, es superfluo hablar. Pero suele olvidarse que también la segunda mayoría, la octubrista-kadete, le es necesaria: sin un «demandante burgués» el gobierno no podría ser lo que es; sin un acuerdo con la burguesía no puede existir; sin intentos de conciliar a los Purishkévich y los Márkov con el régimen burgués y el desarrollo burgués de Rusia, ni el ministerio de finanzas ni todos los ministerios juntos pueden vivir.

Y ahora, si el «centro izquierdo» resulta insatisfecho, pese a su modestia, esto atestigua, por supuesto, la creciente convicción de toda la burguesía acerca de la futilidad de sus sacrificios en el altar de los Purishkévich.

Pero las «vivas demandas y exigencias de la vida» pueden obtener satisfacción no de estos suspiros y quejas del «centro izquierdo», sino sólo a condición de que toda la democracia tome conciencia de las causas de la impotencia y de la situación lamentable del centro. Pues todo el centro, incluido el izquierdo, se asienta sobre el terreno contrarrevolucionario: gimen por los Purishkévich, pero no quieren ni pueden prescindir de los Purishkévich. He aquí por qué su suerte es amarga; he aquí por qué no hay ni una sola victoria, ni siquiera una pequeña parte de victoria, tras este centro izquierdo.

El «centro izquierdo» del que habla «Rech» es la muerte, no la vida, pues todo este centro, en los momentos decisivos de la historia rusa, se asustó de la democracia y le volvió la espalda. Y la causa de la democracia es una causa viva, la causa más viva de Rusia.

Las vivas demandas y exigencias de la vida se abren paso en esferas que están lejos del «centro izquierdo» que acapara la atención de los kadetes. El lector reflexivo no habrá podido dejar de notar, sin duda, al leer, por ejemplo, las reseñas de la Duma sobre los debates acerca de la «guarda», que el planteamiento de la cuestión en los discursos de Pokrovski 2.º y sobre todo de Geguechkori, como del cielo a la tierra, como la vida de la muerte, se distinguía del planteamiento de la cuestión en Rodichev y su compañía.

«Zvezdá» n.º 28, 5 de noviembre de 1911.

Se imprime según el texto del periódico «Zvezdá».