Han pasado ya cuatro años desde que toda la fracción socialdemócrata de la segunda Duma, víctima de una vil conjura de nuestro gobierno, fue llevada a juicio y, como peligrosos criminales, condenada a trabajos forzados. El proletariado ruso comprendía perfectamente que la acusación contra sus representantes se basaba en una falsificación; pero era una época de reacción desenfrenada y, además, la sentencia había sido dictada a puerta cerrada, por lo que no se disponía de pruebas suficientes del crimen cometido por el zarismo. Sólo muy recientemente, los hechos convincentes confesados por el agente de la Ojrana Brodski han sacado a la plena luz las repugnantes maquinaciones de nuestras autoridades.

He aquí cómo sucedió todo:

A pesar del muy restringido derecho electoral, el proletariado ruso envió a la segunda Duma 55 socialdemócratas.

Esta fracción socialdemócrata no era solo numerosa, sino también muy destacada en el plano ideológico. Nacida de la revolución, llevaba su sello, y sus intervenciones, en las que aún resonaban los ecos de la gran lucha que había abarcado a todo el país, sometían a una crítica profunda y bien fundada no solo los proyectos de ley sometidos a la Duma, sino también todo el sistema de gobierno zarista y capitalista en su conjunto.

Armada con el arma invencible del socialismo moderno, esta fracción socialdemócrata era, de todas las fracciones de la izquierda, la más revolucionaria, la más consecuente y la más imbuida de conciencia de clase. Las arrastraba consigo e imponía a la Duma su sello revolucionario. Nuestras autoridades consideraban a la fracción como el último foco de la revolución, su último símbolo, la prueba viva de la poderosa influencia de la socialdemocracia sobre las masas proletarias, y por ello constituía una amenaza constante para la reacción, el último obstáculo en su marcha triunfal. Por eso el gobierno consideró necesario no sólo desembarazarse de aquella Duma demasiado revolucionaria, sino además reducir al mínimo el derecho electoral del proletariado y del campesinado de espíritu democrático, impedir que en el futuro pudiera ser elegida una Duma semejante. El mejor medio para llevar a cabo este golpe de Estado era deshacerse de la fracción socialista, comprometiéndola ante los ojos del país: cortar la cabeza para así matar todo el cuerpo.

Sin embargo, para ello se necesitaba un pretexto: por ejemplo, la posibilidad de acusar a la fracción de un grave crimen político. La inventiva de la policía y la Ojrana ayudó a encontrar rápidamente tal pretexto. Se decidió comprometer a la fracción parlamentaria socialista acusándola de estrecha vinculación con la organización de combate socialdemócrata y con la organización militar socialdemócrata. Con este fin, el general Gerásimov, jefe de la Ojrana (todos estos datos están tomados del número 1 del periódico «El Porvenir» («L’Avenir»), que se publica bajo la dirección de Búrtsev en París, 50, boulevard Saint-Jacques{141}), propuso a su agente Brodski que ingresara en dichas organizaciones. Brodski logró infiltrarse allí primero como miembro raso y luego se convirtió en secretario. A algunos miembros de la organización militar se les ocurrió la idea de enviar a la fracción parlamentaria socialista una delegación de soldados. La Ojrana decidió aprovecharlo en su provecho, y Brodski, que había sabido ganarse la confianza de la organización militar, se encargó de llevar a cabo ese plan. Se eligió a varios soldados, se redactó un mandato con las reivindicaciones de los soldados y, sin avisar siquiera a la fracción socialista, se fijó el día en que la delegación debía visitar a la fracción en su local oficial. Como los soldados no podían ir allí con su uniforme militar, se les obligó a cambiarse de ropa; esto se hizo en la vivienda de un agente de la Ojrana, donde se pusieron ropa comprada y preparada para ellos por la Ojrana. Según el vil plan de Gerásimov, Brodski debía presentarse en el local de la fracción socialista simultáneamente con los soldados y llevar allí documentos revolucionarios para comprometer aún más a nuestros diputados. Además, se acordó que Brodski sería detenido junto con los demás y luego, con ayuda de la Ojrana, que debía brindarle la posibilidad de una fuga fingida, se encontraría en libertad. Pero Brodski llegó demasiado tarde, y cuando quiso entrar con los documentos comprometedores en el local de la fracción, ya había comenzado el registro y no le dejaron pasar.

Tal fue la puesta en escena, preparada de la manera más minuciosa por la Ojrana y que dio a la reacción la posibilidad no solo de condenar y enviar a trabajos forzados a los representantes del proletariado, sino, además, de disolver la segunda Duma y llevar a cabo su golpe de Estado el 3 (16) de junio de 1907. En efecto, el gobierno declaró en su manifiesto de la misma fecha (este manifiesto, como todos los manifiestos zaristas, sorprende por su desvergonzada hipocresía) que se veía obligado a disolver la Duma porque, en lugar de prestar apoyo y ayudar al gobierno en su aspiración de restablecer de nuevo la tranquilidad en el país, la Duma, por el contrario, actuó contra todas las propuestas e intenciones del gobierno y, entre otras cosas, no quiso sancionar con su firma las medidas represivas contra los elementos revolucionarios del país. Y más aún (cito el texto literalmente): «se cometió un acto sin precedentes en los anales de la historia. El poder judicial descubrió un complot de toda una parte de la Duma de Estado contra el Estado y el poder zarista. Cuando nuestro gobierno exigió la suspensión temporal, hasta la conclusión del juicio, de los cincuenta y cinco miembros de la Duma acusados de este crimen y la detención de los más implicados, la Duma de Estado no cumplió de inmediato la exigencia legal de las autoridades, que no admitía dilación alguna». Por lo demás, las pruebas del crimen del zar no eran conocidas solo por el gobierno y sus amigos más cercanos. Nuestros queridos demócratas constitucionalistas, que parlotean sin cesar todo el tiempo sobre legalidad, justicia, verdad, etc., etc., que adornaron a su partido con el ampuloso nombre de «partido de la libertad popular», también durante cuatro años conocieron todos los viles detalles de este sucio asunto, mantenidos en secreto. Durante cuatro largos años, ellos, en calidad de testigos indiferentes, contemplaron cómo, contra todo derecho, fueron condenados nuestros diputados, cómo sufrían en prisiones de trabajos forzados, cómo algunos de ellos morían y enloquecían, y… guardaban un cauteloso silencio. Y sin embargo, tenían plena posibilidad de manifestarse, pues disponían de diputados en la Duma y tenían a su disposición muchos periódicos diarios. Atrapados entre la reacción y la revolución, temían más que nada a la revolución. Por eso coqueteaban con el gobierno y lo encubrieron durante cuatro largos años con su silencio, convirtiéndose así en cómplices de su crimen. Solo muy recientemente (sesión de la Duma del 17 de octubre de 1911), durante la discusión de una interpelación sobre la Ojrana, uno de ellos, el diputado Teslenko, se decidió por fin a revelar el secreto tan cuidadosamente guardado. He aquí una parte de su intervención (el texto se da literalmente según el acta taquigráfica oficial): «Cuando se planteó la cuestión de entablar un proceso contra 53 miembros de la segunda Duma de Estado, se formó en ella una comisión. A esta comisión se le presentaron todos los documentos que debían testimoniar que 53 miembros de la Duma de Estado habían organizado un complot con el fin de instaurar en Rusia, mediante una insurrección armada, la república. La comisión de la segunda Duma de Estado –yo fui su ponente– llegó al convencimiento, al convencimiento unánime, de que no se trataba de un complot urdido por los socialdemócratas contra el Estado, sino de un complot urdido por el departamento de la Ojrana de Petersburgo contra la segunda Duma de Estado. Cuando el informe de la comisión, basado en los documentos, estuvo listo, en vísperas del día en que todos estos datos debían ser expuestos desde esta tribuna, la Duma de Estado fue disuelta y no se pudo decir desde esta tribuna lo que se había descubierto. Cuando comenzó el proceso, los acusados, estos 53 miembros de la Duma de Estado, exigieron que el juicio se celebrara a puertas abiertas y que la opinión pública supiera que los criminales no eran ellos, sino que el criminal era el departamento de la Ojrana de Petersburgo; las puertas se cerraron y la sociedad nunca lo supo».

Tales son los hechos. Durante cuatro años, nuestros diputados languidecen cargados de grilletes en las repugnantes prisiones rusas, cuya dureza y crueldad les son, por supuesto, conocidas. Muchos ya han muerto allí. Uno de los diputados perdió la razón, la salud de muchos otros, a causa de las insoportables condiciones de vida, ya está quebrantada, y pueden perecer de un día para otro. El proletariado ruso no puede seguir contemplando con calma cómo sus representantes, cuyo único crimen consiste en haber sabido luchar con firmeza por sus intereses, perecen en las cárceles zaristas. Tanto menos puede contemplarlo con calma, cuanto que los hechos, conocidos gracias a la confesión de Brodski, desde el punto de vista jurídico dan pleno fundamento para exigir la revisión del caso. Y en Rusia ya ha comenzado una campaña por la liberación de nuestros diputados.

El periódico obrero «Zvezdá» («Estrella»), que se publica en Petersburgo, dedica a esta cuestión una parte considerable de su número del 29 de octubre de 1911. Dirige un llamamiento a la prensa, a los diputados liberales y a los diputados de izquierda, a las sociedades y sindicatos y, principalmente, al proletariado. «No hay ni puede haber –exclama el periódico– tranquilidad, equilibrio anímico allí donde cada uno debe oír a cada hora y en cada minuto ese chirrido de grilletes de hombres emparedados, privados de libertad y de todos los derechos civiles y políticos, solo porque estos hombres tuvieron el valor de cumplir, ante el país entero, con su deber de hombre y de ciudadano. La conciencia social no puede ni debe estar tranquila tras el descubrimiento de la espantosa verdad. Cualesquiera que sean las dificultades, hay que superarlas y exigir la revisión del proceso judicial contra los diputados socialdemócratas de la segunda Duma de Estado… Pero, en primer lugar, el proletariado debe pronunciar su poderosa palabra: pues son sus representantes los que fueron calumniosamente condenados, y en este momento languidecen en prisiones de trabajos forzados».

Al iniciar esta lucha, el proletariado ruso se dirige a los socialistas de todos los países con la petición de que le presten apoyo y de que, junto con él, proclamen en voz alta ante el mundo entero su indignación por las brutalidades y vilezas de nuestro absolutismo, hoy dominante, que, cubriéndose con una máscara de lamentable hipocresía, supera incluso la barbarie y la incultura de los gobiernos asiáticos.

En Francia, el camarada Charles Dumas ya ha iniciado la campaña y, en un artículo publicado en el periódico «L'Avenir», ha propuesto prestar un apoyo enérgico al proletariado ruso en este difícil momento. Que los socialistas de todos los países sigan este ejemplo; que en los parlamentos, en su prensa, en sus mítines populares, en todas partes, expresen su indignación y exijan la revisión del caso de la fracción socialdemócrata de la segunda Duma.

Escrito en noviembre, después del 6 (19), de 1911.

Publicado en alemán, francés e inglés en diciembre de 1911 en el «Bulletin Périodique du Bureau Socialiste International», n.º 8. Firmado: N. Lenin.

Se publica según el texto del «Bulletin». Traducción del alemán.