El «Boletín Informativo» de la Comisión Técnica del Extranjero{134} (Nº 1 del 11 de agosto de 1911) y la hoja aparecida casi al mismo tiempo, también en París, «A todos los miembros del POSDR», firmada por el «Grupo de bolcheviques del partido», representan intervenciones de idéntico contenido contra el «bolchevismo oficial» o, en otra expresión, contra los «bolcheviques leninistas». Estas intervenciones son muy airadas –contienen más exclamaciones airadas y declamación que contenido–, pero no por ello debemos dejar de detenernos en ellas, pues se abordan aquí las cuestiones más importantes de nuestro partido. Y tanto más natural me será emprender la valoración de la nueva facción cuanto que, en primer lugar, escribí precisamente sobre esos mismos problemas y en nombre de todos los bolcheviques hace exactamente año y medio (ver la «Hoja de Discusión» Nº 2)[34], y en segundo lugar, soy plenamente consciente de mi responsabilidad por el «bolchevismo oficial». En cuanto a la expresión «leninistas», no es más que un desacertado intento de mordacidad –¡como si aquí se tratara solo de partidarios de una persona!–, cuando en realidad todo el mundo sabe perfectamente que en absoluto se trata de quienes comparten mis puntos de vista personales sobre tal o cual aspecto del bolchevismo.

Los autores de la hoja, al firmar «bolcheviques del partido», se autodenominan también «bolcheviques no faccionales», advirtiendo que a ellos «aquí» (es decir, en París) «de manera bastante desafortunada» se les llama conciliadores. En realidad, precisamente esa denominación, consolidada ya desde hace más de un año y cuarto y no solo en París, no solo en el extranjero, sino también en Rusia, es la única que transmite correctamente la esencia política de la nueva facción, como podrá convencerse el lector ulteriormente.

El conciliacionismo es una suma de estados de ánimo, aspiraciones y puntos de vista ligados indisolublemente con la esencia misma de la tarea histórica planteada ante el POSDR en la época de la contrarrevolución de 1908-1911. Por eso toda una serie de socialdemócratas en este período «caían» en el conciliacionismo partiendo de las premisas más diversas. Quien expresó con mayor consecuencia el conciliacionismo fue Trotski, que fue casi el único que intentó proporcionar un fundamento teórico a esta corriente. Ese fundamento es el siguiente: las facciones y el faccionalismo fueron la lucha de la intelectualidad «por la influencia sobre el proletariado inmaduro». El proletariado madura y el faccionalismo perece por sí mismo. En la base del proceso de fusión de las facciones no se encuentra un cambio en las relaciones entre las clases, ni la evolución de las ideas cardinales de las dos facciones principales, sino que la cuestión depende del cumplimiento o incumplimiento de los acuerdos entre todas las facciones «intelectuales». Trotski predica tenazmente, desde hace ya tiempo, oscilando en ello ora más hacia el lado de los bolcheviques, ora más hacia el lado de los mencheviques, dicho acuerdo (o compromiso) entre todas y cada una de las facciones.

El punto de vista opuesto (ver los Nº 2 y 3 de la «Hoja de Discusión»[35]) consiste en que las facciones han sido engendradas por la relación entre las clases en la revolución rusa. Los bolcheviques y los mencheviques solo formularon respuestas a las cuestiones planteadas ante el proletariado por la realidad objetiva de 1905-1907. Por eso, solo la evolución interna de estas facciones, facciones «fuertes», fuertes por la profundidad de sus raíces, fuertes por la correspondencia de sus ideas con determinados aspectos de la realidad objetiva –exclusivamente la evolución interna precisamente de esas facciones– es capaz de asegurar la fusión real de las facciones, es decir, la creación de un partido realmente plenamente único del socialismo proletario, marxista, en Rusia. De aquí se desprende la conclusión práctica: solo el acercamiento en el trabajo de estas dos facciones fuertes y solo en la medida de su depuración de las corrientes no socialdemócratas del liquidacionismo y del otzovismo es una política realmente de partido, que realmente realiza la unidad –por un camino difícil, nada llano, en absoluto instantáneo, pero real, a diferencia de las tinieblas de las charlatanas promesas de una fácil, llana e instantánea fusión de «todas» las facciones.

Estos dos puntos de vista se perfilaron ya antes del Pleno, cuando yo en las conversaciones lancé la consigna: «acercamiento de las dos facciones fuertes, y no gimoteos sobre la disolución de las facciones», de lo cual informó al público inmediatamente después del Pleno «La Voz del Socialdemócrata». Estos dos puntos de vista los expuse directa, definida y sistemáticamente en mayo de 1910, es decir, hace año y medio, y además en la arena «de todo el partido» en la «Hoja de Discusión» (Nº 2). Si los «conciliadores», con quienes discutimos sobre estos temas desde noviembre de 1909, no se han reunido hasta ahora ni una sola vez para responder a este artículo, ni una sola vez han intentado siquiera analizar esta cuestión de manera mínimamente sistemática, exponer sus puntos de vista de manera mínimamente abierta e íntegra, la culpa de ello recae enteramente sobre ellos. Ellos llaman a su intervención faccional en la hoja en nombre de un grupo particular una «respuesta pública»: esta respuesta pública de gente que ha permanecido sin voz durante más de un año no es una respuesta a la cuestión tal como fue planteada hace tiempo, tal como ha sido discutida hace tiempo, tal como ha sido resuelta hace tiempo en dos direcciones de principio diferentes, sino la más desesperante confusión, la más impía mezcolanza de dos respuestas irreconciliables. No hay ni una sola tesis que los autores de la hoja no expongan sin que acto seguido no la refuten. No hay ni una sola tesis sobre la cual unos supuestos bolcheviques (en realidad, trotskistas inconsecuentes) no ofrezcan una repetición de los errores de Trotski.

En efecto, examinemos las ideas básicas de la hoja.

¿Quiénes son sus autores? Ellos dicen que son bolcheviques «que no comparten los puntos de vista organizativos del bolchevismo oficial». Como si se tratara de una «oposición» solo en la cuestión organizativa, ¿verdad? Lean la siguiente frase: «... Precisamente las cuestiones organizativas, las cuestiones de la construcción y el restablecimiento del partido, pasan al primer plano ahora, al igual que hace año y medio». Esto es directamente falso y constituye precisamente el error de principio de Trotski que yo desenmascaré hace año y medio. En el Pleno, la cuestión organizativa pudo parecer primordial solo porque, y en la medida en que, el rechazo de todas las corrientes al liquidacionismo se tomó por una realidad debido a que tanto los de «La Voz» como los de «Vperiod» «firmaron», «consolando» al partido, las resoluciones contra el liquidacionismo y contra el otzovismo. El error de Trotski consistió precisamente en que él continuó haciendo pasar esa apariencia por realidad después de que «Nuestra Zaria» desde febrero de 1910 enarbolara definitivamente la bandera del liquidacionismo, y los de «Vperiod» en su famosa escuela de N enarbolaran la bandera de la defensa del otzovismo. En el Pleno, tomar la apariencia por realidad pudo ser resultado de un autoengaño. Después del Pleno, desde la primavera de 1910, Trotski engañaba a los obreros de la manera más carente de principios y más desvergonzada, asegurando que los obstáculos para la unificación eran primordialmente (si no exclusivamente) organizativos. Este engaño lo continúan en 1911 los conciliadores parisinos, pues decir ahora que las cuestiones organizativas están en primer plano es una burla a la verdad. En realidad, en primer plano está ahora una cuestión que en absoluto es organizativa, sino la cuestión de todo el programa, toda la táctica, todo el carácter del partido, más exactamente de dos partidos, del partido obrero socialdemócrata y del partido obrero stolipinista de los señores Potrésov, Smirnov, Larin, Levitski y Cía. Los conciliadores parisinos se diría que se han pasado durmiendo el año y medio posterior al Pleno, durante los cuales toda la lucha contra los liquidadores se ha desplazado, tanto entre nosotros como entre los mencheviques del partido, de las cuestiones organizativas а las cuestiones sobre la existencia de un partido obrero socialdemócrata –y no liberal–. Discutir ahora, por ejemplo, con los señores de «Nuestra Zaria» sobre cuestiones organizativas, sobre la relación entre la organización legal y la ilegal, significaría hacer una comedia, ¡porque esos señores bien pueden reconocer una organización «ilegal» como «La Voz», que sirve a los liquidadores! Hace ya mucho que se ha dicho que una organización ilegal que sirva al liberalismo monárquico es reconocida y practicada por nuestros kadetes. Los conciliadores se llaman a sí mismos bolcheviques para, año y medio después, repetir los errores de Trotski desenmascarados por los bolcheviques (¡y además con la declaración especial de que esto se hace en nombre de todo el bolchevismo!). ¿Acaso no es esto un abuso de las denominaciones partidarias establecidas? ¿Acaso no estamos obligados después de esto a declarar a todos y cada uno que los conciliadores en modo alguno son bolcheviques, que no tienen nada en común con el bolchevismo, que son simplemente trotskistas inconsecuentes?

Lean un poco más adelante: «Se puede no estar de acuerdo con cómo el bolchevismo oficial y la mayoría de la redacción del Órgano Central comprendían la tarea de la lucha contra el liquidacionismo...». ¿Acaso se puede afirmar seriamente que «la tarea de la lucha contra el liquidacionismo» es una tarea organizativa? ¡Los propios conciliadores declaran que divergen de los bolcheviques no solo en las cuestiones organizativas! ¿En qué exactamente? Callan. Su «respuesta pública» sigue siendo la respuesta de gente sin voz... ¿o despreocupada? En el transcurso de año y medio no se han reunido ni una sola vez para corregir al «bolchevismo oficial» o exponer su comprensión de la tarea de la lucha contra el liquidacionismo. Y esa lucha el bolchevismo oficial la lleva exactamente tres años, desde agosto de 1908. Contrastando estas fechas harto conocidas, buscamos involuntariamente una explicación para la extraña «falta de voz» de los conciliadores, y esta búsqueda trae involuntariamente a la memoria a Trotski e Iónov, que aseguraban que ellos también están contra los liquidadores, pero que entienden de otra manera la tarea de la lucha contra ellos. Es ridículo, camaradas: ¡tres años después del comienzo de la lucha, declarar que la entienden de otra manera! ¡Tal «otra comprensión» se parece como dos gotas de agua a una total incomprensión!

Sigamos. El quid de la actual crisis del partido se reduce, indudablemente, a la cuestión: separación completa de nuestro partido, el POSDR, de los liquidadores (incluidos los de «La Voz») o continuación de la política de acuerdo con ellos. Difícilmente se encontrará a un solo socialdemócrata mínimamente familiarizado con el asunto que niegue que en esta cuestión reside la esencia de toda la situación actual del partido. ¿Qué respuesta le dan los conciliadores?

«Se nos dice –escriben en la hoja– que con esto (con el apoyo a la conferencia) violamos las formas del partido y producimos una escisión. No lo creemos (¡sic![36]). Pero si así fuera, no le temeríamos». (Sigue una indicación sobre la ruptura del Pleno por la Oficina del CC en el Extranjero, sobre que «con el CC se está jugando un juego de azar», que «las formas del partido empezaron a llenarse de contenido faccional», etc.)

¡Esta respuesta, en verdad, puede calificarse de muestra «clásica» de impotencia ideológica y política! Piénsenlo: se ha planteado la acusación de escisión. Y he aquí que la nueva facción, pretendiendo señalar el camino al partido, declara impresa y públicamente: «no lo creemos» (es decir, ¿no creen que la escisión existe y existirá?), «pero»... pero «no le temeríamos».

Se puede apostar a que en la historia de los partidos políticos no se encuentra un ejemplo semejante de confusión. Si ustedes «no lo creen», que la escisión existe y existirá, ¡explíquenlo pues!, ¡expliquen por qué se puede trabajar con los liquidadores!, digan directamente que con ellos se puede –y por lo tanto se debe– trabajar.

«...El hecho de que el trabajo conjunto con los liquidadores en Rusia es imposible», y un poco antes se reconoce que entre los de «La Voz» y los liquidadores «se hace cada vez más difícil trazar aunque sea la más fina línea divisoria».

¡A ver quién lo entiende! Por un lado, la más oficial declaración en nombre de la Comisión Técnica (en la cual los conciliadores con los polacos que ahora los apoyan constituyen la mayoría contra nosotros, los bolcheviques) de que el trabajo conjunto es imposible. En ruso eso se llama precisamente declaración de escisión. Ningún otro sentido tiene la palabra escisión. Por otro lado, el mismo Nº 1 del «Boletín» anuncia que la Comisión Técnica fue creada «no para la escisión, sino con el fin de prevenirla», y los mismos conciliadores escriben que ellos «no lo creen» (que la escisión existe y existirá).

¿Se puede acaso imaginar una confusión mayor?

Si el trabajo conjunto es imposible, eso es explicable para un socialdemócrata, eso puede justificarse a los ojos de un socialdemócrata o bien por una flagrante violación de las decisiones y obligaciones del partido por un determinado grupo de personas (y entonces la escisión es inevitable con ese grupo de personas), o bien por una divergencia de principio radical que orienta toda la labor de una cierta corriente lejos del socialdemocratismo (y entonces la escisión es inevitable con toda una corriente). En nuestro caso están presentes, como es sabido, ambos supuestos: con la corriente liquidacionista declaró imposible trabajar el Pleno de 1910, y con el grupo de «La Voz», que ha violado todas las obligaciones y se ha pasado definitivamente a los liquidadores, la escisión se está produciendo ahora.

Quien dice conscientemente: «el trabajo conjunto es imposible», quien ha reflexionado aunque sea un poco sobre esta declaración y ha comprendido sus bases de principio, orientaría inevitablemente toda su atención y todos sus esfuerzos a esclarecer esas bases ante la masa más amplia y a liberarla lo más rápida y plenamente posible de los vanos y perjudiciales intentos de continuar cualquier tipo de relación con aquellos con quienes es imposible trabajar. Y quien hace esa declaración y al mismo tiempo añade: «no lo creemos», que habrá escisión, «pero no le temeríamos», descubre con ese lenguaje confuso y tímido que tiene miedo de sí mismo, ¡miedo del paso que ha dado, miedo de la situación creada! Precisamente esa impresión no puede dejar de producir la hoja de los conciliadores, que en algo quieren justificarse, ante alguien quieren presentarse como «buenos», a alguien guiñan el ojo... Ahora veremos qué significado tiene su intercambio de guiños con «Vperiod» y «Pravda». Antes debemos terminar con cómo entienden los conciliadores «el balance del período transcurrido desde el Pleno», balance que ha realizado la conferencia de los miembros del CC.

Es necesario, en efecto, entender ese balance, entender por qué ha devenido inevitable; de lo contrario, nuestra participación en los acontecimientos será espontánea, impotente, casual. Observen entonces esa comprensión en los conciliadores. ¿Cómo responden a la pregunta de por qué de los asuntos del Pleno, de sus decisiones, predominantemente unificadoras, ha derivado la escisión entre la Oficina del CC en el Extranjero (=liquidadores) y los antiliquidacionistas? La respuesta a esta pregunta en nuestros trotskistas inconsecuentes está simplemente copiada de Trotski e Iónov, y tengo que repetir lo dicho en mayo del año pasado contra esos conciliadores consecuentes[37].

La respuesta de los conciliadores: la culpa la tiene el faccionalismo, el faccionalismo de los mencheviques, de los de «Vperiod», de «Pravda» –enumeramos los grupos faccionales en el orden de la hoja– y, finalmente, de los «representantes oficiales del bolchevismo», que «quizás hayan superado a todos estos grupos en aspiraciones faccionales». Como no faccionales, los autores de la hoja se designan directa y definidamente solo a sí mismos, a los conciliadores parisinos. Todos son viciosos, nosotros somos virtuosos. Los conciliadores no aducen ninguna causa ideológica que provoque el fenómeno que se examina. No señalan ninguna particularidad organizativa o de cualquier otro tipo de los grupos que haya provocado ese fenómeno. Nada, absolutamente nada ofrecen como explicación, salvo la referencia a que faccionalismo = vicio, no faccionalismo = virtud. La diferencia entre los conciliadores de París y Trotski es solo que los primeros consideran a Trotski faccional, y a sí mismos no, y el segundo, a la inversa.

No puedo dejar de confesar que este planteamiento de la cuestión, cuando para explicar fenómenos políticos se aduce solo la viciosidad de unos y la virtuosidad de otros, me recuerda siempre a aquellas fisonomías afectadamente beatíficas, ante cuya vista surge involuntariamente el pensamiento: «probablemente, este es un tahúr».

Piensen en la siguiente comparación: nuestros conciliadores no son faccionales, son virtuosos. Nosotros, los bolcheviques, hemos superado a todos los grupos en aspiraciones faccionales, es decir, somos los más viciosos. ¡¡Por eso la facción virtuosa ha apoyado a la más viciosa, la bolchevique, en la lucha contra la Oficina del CC en el Extranjero!! No les salen redondas las cuentas, camaradas. Se enredan cada vez más con cada declaración que hacen.

Se ponen en ridículo al lanzarse mutuamente con Trotski –como jugando a la pelota– acusaciones recíprocas de faccionalismo: ¡no se toman la molestia de pensar qué es una facción! Intenten dar una definición y les predecimos que se enredarán aún más, pues ustedes mismos son una facción, vacilante, carente de principios, que no ha comprendido lo que hubo en el Pleno y después del Pleno, una facción.

Una facción es una organización dentro del partido, unida no por el lugar de trabajo, ni por el idioma u otras condiciones objetivas, sino por una plataforma particular de puntos de vista sobre las cuestiones del partido. Los autores de la hoja son una facción, pues la hoja es su plataforma (pésima, pero hay facciones con plataformas incorrectas). Ellos son una facción, ya que, como toda organización, están ligados por una disciplina interna: su grupo nombra por mayoría de votos a sus representantes en la Comisión Técnica y en la Comisión Organizativa, ese mismo grupo redacta y edita la hoja-plataforma, etcétera. Tales son los hechos objetivos, que condenan а la hipocresía los gritos contra el faccionalismo. Tanto Trotski como los «trotskistas inconsecuentes» aseguran que ellos no tienen facción, porque... el «único» fin de la agrupación (en facción) es la destrucción de las facciones, la prédica de su fusión, etcétera, pero todas esas seguridades no son más que autoelogio y un cobarde juego al escondite, por la simple razón de que el hecho de la existencia de una facción no se ve afectado por ningún fin (aunque sea archi-virtuoso) de la facción. Toda facción está convencida de que su plataforma y su política es el mejor camino para la destrucción de las facciones, pues nadie considera la existencia de facciones como un ideal. La diferencia está solo en que las facciones con una plataforma clara, consecuente e íntegra defienden directamente su plataforma, mientras que las facciones carentes de principios se escudan en gritos baratos sobre su virtuosidad, sobre su no faccionalismo.

¿Cuál es la causa de la existencia de facciones en el POSDR? Que son la continuación de la escisión de 1903-1905. Son el resultado de la debilidad de las organizaciones locales, impotentes para impedir la transformación de los grupos de literatos, que expresan corrientes y corrientillas nuevas, en nuevas «facciones», es decir, en organizaciones que colocan la disciplina interna en primer plano. ¿Cuál es la garantía de la supresión de las facciones? Solo la completa superación de la escisión de la época de la revolución (y a esto conduce exclusivamente la depuración del liquidacionismo y del otzovismo de las dos facciones principales), la creación de una organización proletaria tan fuerte que pueda obligar a la minoría a someterse а la mayoría. Mientras no exista tal organización, solo el acuerdo de todas las facciones podría acelerar el proceso de su desaparición. De aquí se desprende claramente tanto el mérito ideológico del Pleno como su error conciliacionista: el mérito, el rechazo de las ideas del liquidacionismo y del otzovismo; el error, el acuerdo con personas y grupos sin criterio, sin correspondencia entre sus promesas («firmaron la resolución») y sus hechos. El acercamiento ideológico sobre la base de la lucha contra el liquidacionismo y el otzovismo avanza a pesar de todos los obstáculos y dificultades. El error conciliacionista del Pleno[38] condujo de manera plenamente inevitable al fracaso de sus decisiones conciliacionistas, es decir, al fracaso de la alianza con los de «La Voz». La ruptura de los bolcheviques (y luego de la conferencia de los miembros del CC) con la Oficina del CC en el Extranjero es la rectificación del error conciliacionista del Pleno: el acercamiento de las facciones que luchan contra el liquidacionismo y el otzovismo procederá ahora al margen de las formas del Pleno, porque esas formas no se correspondían con el contenido. Todo el conciliacionismo en general, y el conciliacionismo del Pleno, ha sufrido un fracaso, porque el contenido del trabajo separaba a los liquidadores y a los socialdemócratas, y ninguna forma, ninguna diplomacia ni juego de los conciliadores pudieron vencer este proceso de separación.

Desde este –y solo desde este– punto de vista, desarrollado por mí en mayo de 1910, todo lo ocurrido después del Pleno se vuelve comprensible, inevitable, derivado no de la «viciosidad» de unos y la «virtuosidad» de otros, sino del curso objetivo de los acontecimientos, que aísla la corriente liquidacionista y desecha los grupos y grupúsculos intermedios.

Los conciliadores se ven obligados, para disimular este indiscutible hecho político del completo fracaso del conciliacionismo, a llegar a la directa tergiversación de los hechos. Escuchen: «La política faccional de los bolcheviques-leninistas ha causado tanto mayor perjuicio cuanto que ellos tenían la mayoría en las principales instituciones del partido, gracias a lo cual su política faccional daba justificación a otras corrientes en su propio aislamiento organizativo y las armaba contra las instituciones oficiales del partido».

Esta frase no es más que una cobarde y tardía «justificación»... del liquidacionismo, pues precisamente los representantes de esta corriente siempre se han referido al «faccionalismo» de los bolcheviques. Esta justificación llega tarde, ya que el deber de todo miembro del partido en la práctica (a diferencia de la gente que usa la consigna de la pertenencia al partido como reclamo) era intervenir entonces, cuando comenzó ese «faccionalismo», ¡y no año y medio después! Los conciliadores –defensores del liquidacionismo– no pudieron intervenir ni intervinieron antes, porque carecen de hechos. Ellos aprovechan el actual «tiempo de confusión» para esgrimir las frases infundadas de los liquidadores. Pero los hechos hablan de manera clara e inequívoca: inmediatamente después del Pleno, en febrero de 1910, el señor Potrésov enarboló la bandera del liquidacionismo. Inmediatamente, en febrero o marzo, traicionaron al partido los señores Mijaíl, Román y Yuri. Inmediatamente los de «La Voz» alzaron la agitación a favor de «La Voz» (ver al respecto el «Diario» de Plejánov al día siguiente del Pleno) y reanudaron «La Voz». Inmediatamente los de «Vperiod» empezaron a construir su «escuela». Por el contrario, el primer paso faccional de los bolcheviques es la fundación del «Periódico Obrero» en septiembre de 1910, después de la ruptura de Trotski con los representantes del CC.

¿Para qué necesitaron los conciliadores esta tergiversación de hechos archiconocidos? Para guiñar el ojo a los liquidadores, para ganarse su favor. Por un lado, «el trabajo conjunto con los liquidadores es imposible». Por otro, ¡los «justifica» el faccionalismo de los bolcheviques! Preguntamos a cualquier socialdemócrata no contagiado de la diplomacia del exilio: ¿qué confianza política merecen personas que se enredan en tales contradicciones? Merecen los besos con que públicamente los ha agasajado «La Voz», y nada más.

Nuestro «faccionalismo», los conciliadores llaman así a la implacabilidad de nuestra polémica (por la que miles de veces nos han reprendido de palabra en las reuniones generales en París) y а la implacabilidad en desenmascarar a los liquidadores (ellos estaban en contra de desenmascarar a Mijaíl, Yuri y Román). Los conciliadores han defendido y encubierto todo el tiempo a los liquidadores, sin atreverse a expresar abiertamente su defensa ni una sola vez, ni en la «Hoja de Discusión», ni en una sola proclama impresa y pública. Y ahora arrojan bajo las ruedas del partido, que ha comenzado a deslindarse resueltamente de los liquidadores, su impotencia, su cobardía. Los liquidadores dicen: el liquidacionismo no existe, ha sido «inflado» por los bolcheviques (ver la resolución de los liquidadores del Cáucaso{135} y los discursos de Trotski). Los conciliadores dicen: con los liquidadores es imposible trabajar, pero... pero les da «justificación» el faccionalismo de los bolcheviques. ¿Acaso no está claro que el sentido real de esta ridícula contradicción de juicios subjetivos es uno, y solo uno: la cobarde defensa del liquidacionismo, el afán de poner la zancadilla a los bolcheviques desde la esquina y de prestar apoyo a los liquidadores?

Pero esto aún no es todo. La peor y más maligna tergiversación de los hechos es la afirmación de que nosotros teníamos la «mayoría» «en las principales instituciones del partido». Esta falsedad flagrante tiene un solo objetivo: encubrir el fracaso político del conciliacionismo. Porque en realidad, en ninguna de las «principales instituciones del partido» tuvieron los bolcheviques después del Pleno la mayoría, sino que la tenían precisamente los conciliadores. Que se encuentre alguien que intente refutar los siguientes hechos. De las «principales instituciones del partido» después del Pleno había solo tres: 1) la Oficina del CC en Rusia –predominantemente conciliadores[39]; 2) la Oficina del CC en el Extranjero –de enero de 1910 a noviembre de 1910 en ella representaba a los bolcheviques un conciliador; como oficialmente en el punto de vista conciliacionista estaban también el bundista y el letón, la mayoría, por consiguiente, durante 11 meses después del Pleno fue conciliacionista; 3) la redacción del Órgano Central –en ella dos «bolcheviques faccionales» se contraponían a dos de «La Voz»: no había mayoría sin el polaco.

¿Para qué necesitaban los conciliadores la mentira directa? Y precisamente para esconder la cabeza bajo el ala, para encubrir el fracaso político del conciliacionismo. El conciliacionismo dominaba en el Pleno, tenía la mayoría en todos los principales centros prácticos del partido después del Pleno, y ha sufrido en el transcurso de año y medio un completo fracaso: no ha «conciliado» а nadie, no ha creado absolutamente nada en ninguna parte, ha oscilado impotentemente de un lado a otro, mereciendo plenamente por ello los besos de los de «La Voz».

Y en particular un completo fracaso alcanzó a los conciliadores en Rusia –es tanto más importante subrayarlo cuanto más celosas son las referencias demagógicas de los conciliadores parisinos a Rusia. Rusia es conciliacionista, en contraposición al extranjero, tal es el motivo básico de los conciliadores. Confronten estas palabras con los hechos y comprenderán que esta es la demagogia más vacía y más barata. Los hechos dicen que en la Oficina Rusa del CC durante más de un año después del Pleno hubo solo conciliadores, solo ellos hicieron los informes oficiales sobre el Pleno, oficialmente conferenciaron con los legalistas, solo ellos nombraron agentes y los enviaron a diferentes instituciones, solo ellos dispusieron de todo el dinero que se enviaba sin rechistar desde la Oficina del CC en el Extranjero, solo ellos llevaron las conversaciones con los literatos «rusos» que prometían en materia de confusión (es decir, en materia de conciliacionismo), etc.

¿Y el resultado?

El resultado es cero. Ni una sola hoja, ni una sola intervención, ni un solo órgano, ni una sola «conciliación». Mientras que los bolcheviques-«faccionales» (por no hablar de lo que habla abiertamente solo el señor Màrtov, que ayuda a la Ojrana) –tienen en el extranjero el «Periódico Obrero», que se ha puesto en pie en dos números. Conciliacionismo = cero, palabras, deseos vacíos (y zancadillas al bolchevismo sobre la base de esos deseos «conciliatorios»); el bolchevismo «oficial» ha demostrado con hechos su pleno predominio precisamente en Rusia.

¿Qué es esto, una casualidad, resultado de las detenciones? Pero las detenciones podían «perdonar» а los liquidadores que no trabajaban en el partido, mientras que a los bolcheviques y а los conciliadores los segaban por igual.

No, esto no es una casualidad ni el resultado de la suerte o el éxito de personas. Este es el resultado del fracaso de una orientación política, falsa en sus puntos de partida. Es falsa en el conciliacionismo la base: el afán de construir la unidad del partido del proletariado sobre la alianza de todos, incluidas las facciones antisocialdemócratas, no proletarias; es falso el carácter carente de principios de su proyectismo «unificador», que conduce a un fiasco; son falsas las frases contra las «facciones» (formando de hecho una nueva facción), frases impotentes para disolver las facciones antipartido y que debilitan a la facción de los bolcheviques, que ha llevado a cabo las 9/10 partes de la lucha contra el liquidacionismo y el otzovismo.

Ejemplos de proyectismo «unificador» carente de principios nos los da en abundancia Trotski. Recuerden aunque sea (tomo uno de los ejemplos más recientes) cómo elogiaba a la «Vida Obrera»{136} parisina, dirigida a partes iguales por los conciliadores parisinos y los de «La Voz». ¡Qué entusiasmo! escribía Trotski, «ni bolchevique, ni menchevique, sino socialdemócrata revolucionario». El pobre héroe de la frase no reparó en una minucia: es revolucionario solo aquel socialdemócrata que ha comprendido el perjuicio del supuesto socialdemocratismo antirrevolucionario en el país dado, en el tiempo dado, es decir, el perjuicio del liquidacionismo y el otzovismo en Rusia en 1908-1911, que sabe luchar contra semejantes corrientes no socialdemócratas. Besando a «Vida Obrera» –que no llevaba a cabo lucha alguna contra los socialdemócratas no revolucionarios en Rusia–, Trotski no hacía más que desenmascarar el plan de los liquidadores, al que sirve con fe y verdad: la igualdad en el Órgano Central significa el cese de la lucha contra los liquidadores; los liquidadores de hecho tienen plena libertad de lucha contra el partido, y al partido que lo aten de pies y manos la «igualdad» de los de «La Voz» y los miembros del partido en el Órgano Central (y en el CC). La victoria de los liquidadores estaría entonces plenamente asegurada, y solo lacayos de los liquidadores podrían llevar a cabo o defender tal plan.

Ejemplos de proyectismo «unificador» carente de principios, que promete paz y gracia sin una larga, tenaz y desesperada lucha contra los liquidadores, los vimos en el Pleno en Iónov, Inokéntiev y otros conciliadores. Vimos un ejemplo similar en la hoja de nuestros conciliadores, que justifican el liquidacionismo por el «faccionalismo» del bolchevismo. Otro ejemplo: sus discursos sobre el «aislamiento» de los bolcheviques «respecto a otras corrientes («Vperiod», «Pravda») que se mantienen en el terreno del partido socialdemócrata ilegal».

La cursiva de esta notable frase nos pertenece. En esta frase –como el sol en una pequeña gota de agua– se refleja toda la carencia de principios del conciliacionismo, la base de su impotencia política.

En primer lugar, ¿acaso «Pravda» y «Vperiod» representan corrientes socialdemócratas? No, no las representan, porque «Vperiod» representa una corriente no socialdemócrata (otzovismo y machismo), y «Pravda» representa un grupúsculo que sobre ninguna cuestión de principio importante de la revolución y la contrarrevolución ha dado respuestas independientes e íntegras. Y solo se puede llamar corriente а una suma de ideas políticas que se han definido sobre todas las cuestiones más importantes tanto de la revolución (pues de ella nos hemos alejado demasiado poco y dependemos de ella en todos los aspectos) como de la contrarrevolución, y que además han probado su derecho a la existencia, como corriente, mediante la difusión entre amplias capas de la clase obrera. Tanto el menchevismo como el bolchevismo son corrientes socialdemócratas, esto está demostrado por la experiencia de la revolución, por la historia de 8 años del movimiento obrero. De grupúsculos que no representan ninguna corriente ha habido una masa en este tiempo, como los hubo muchos también antes. Confundir una corriente con grupúsculos significa condenarse en la política del partido al intrigantismo. Porque la aparición de grupúsculos carentes de principios, su efímera existencia, sus intentos de decir «su palabra», sus «relaciones» mutuas como potencias particulares, esa es precisamente la base del intrigantismo del exilio, del cual no hay ni puede haber salvación en nada, salvo en un estricto y consecuente sentido de principios, verificado por la experiencia de la larga historia del movimiento obrero.

En segundo lugar –y aquí observamos de inmediato la transformación práctica de la carencia de principios de los conciliadores en intrigantismo– la hoja de los parisinos dice una mentira directa y consciente cuando declara: «el otzovismo ya no encuentra partidarios y defensores abiertos en nuestro partido». Esto es mentira, como es bien sabido por todos y cada uno. Esta mentira la refuta documentalmente el Nº 3 de «Vperiod» (mayo de 1911), donde se dice abiertamente que el otzovismo es «una corriente plenamente legítima en nuestro partido» (pág. 78). ¿O es que nuestros sapientísimos conciliadores van a afirmar que semejante declaración no es una defensa del otzovismo?

He aquí, cuando la gente no puede justificar por principios su acercamiento a tal o cual grupúsculo, solo les queda la política de la pequeña mentira, el mezquino halago, los gestos y guiños, es decir, precisamente aquello que en su conjunto da el concepto de intrigantismo. «Vperiod» elogia a los conciliadores, los conciliadores elogian a «Vperiod» y tranquilizan falazmente al partido sobre el otzovismo. Y como resultado, mercadeos y renegociaciones sobre cargos y carguitos con los defensores del otzovismo, con los violadores de todas las decisiones del Pleno. A escondidas ayudan a los liquidadores, a escondidas ayudan a los otzovistas; tal es el destino del conciliacionismo, tal es el intrigantismo impotente y lastimoso.

En tercer lugar. «El trabajo conjunto con los liquidadores en Rusia es imposible». Esta verdad han tenido que reconocerla incluso los conciliadores. Cabe preguntar: ¿reconocen esta verdad los grupúsculos «Vperiod» y «Pravda»? No solo no la reconocen, sino que declaran directamente lo contrario, exigen directamente «trabajo conjunto» con los liquidadores, directamente lo llevan a cabo (ver aunque sea el informe de la 2ª escuela de «Vperiod»). Cabe preguntar: ¿hay acaso una sombra de sentido de principios y de honestidad en proclamar una política de acercamiento con grupos que dan respuestas directamente opuestas a las cuestiones fundamentales? –pues la cuestión del liquidacionismo ha sido reconocida por una resolución directa y unánime del Pleno como una de las cuestiones fundamentales. Está claro que no, que aquí tenemos ante nosotros un abismo ideológico, y los intentos de tender sobre él un puente verbal, un puente diplomático, condenan inevitablemente, independientemente de las más buenas intenciones de Iván Ivánich e Iván Nikíforovich, al intrigantismo.

Y mientras no se nos muestre y no se nos demuestre, basándose en datos sólidos y en el examen de las cuestiones más importantes, que «Vperiod» y «Pravda» representan corrientes socialdemócratas (y nadie ha intentado siquiera demostrarlo en un año y medio desde el Pleno, ni puede demostrarse), no nos cansaremos de explicar a los obreros todo el perjuicio de las artimañas carentes de principios, de las artimañas intrigantes, a las que se reduce el acercamiento con «Vperiod» y «Pravda» predicado por los conciliadores. El aislamiento respecto a estos grupúsculos no socialdemócratas y carentes de principios, que ayudan a los liquidadores, es el primer deber de los socialdemócratas revolucionarios. Dirigirse a los obreros rusos vinculados con «Vperiod» y «Pravda» por encima de estos grupúsculos, contra estos grupúsculos: tal es la política que el bolchevismo ha llevado, lleva y llevará a través de todos los obstáculos.

He dicho que el conciliacionismo ha sufrido ya, durante el año y medio de su predominio en los centros del partido, un completo fracaso político. La respuesta habitual a esto: sí, pero eso es porque ustedes, los faccionalistas, nos lo impedían (ver la carta de los conciliadores –no de los bolcheviques– German y Arkadi en «Pravda» Nº 20).

He ahí precisamente en lo que consiste el fracaso político de una orientación y de un grupúsculo: en que todo «le impide», todo se vuelve en contra suya, porque ha calculado incorrectamente ese «todo», porque ha tomado como base palabras vacías, suspiros, lamentos, gimoteos.

A nosotros, señores, todo y todos nos ayudaban, y en ello reside la garantía de nuestro éxito. Nos ayudaban los señores Potrésov, Larin, Levitski, pues no podían abrir la boca sin confirmar nuestros juicios sobre el liquidacionismo. Nos ayudaban los señores Màrtov y Dan, pues obligaron a todos a estar de acuerdo con nuestro juicio de que los de «La Voz» y los liquidadores son una y la misma cosa. Nos ayudaba Plejánov en la misma medida en que desenmascaraba a los liquidadores, señalaba en las resoluciones del Pleno los «resquicios para los liquidadores» dejados (por los conciliadores), ridiculizaba los pasajes «hinchados» e «integralistas» de esas resoluciones (introducidos por los conciliadores contra nosotros). Nos ayudaban los conciliadores rusos, que «invitaban» а Mijaíl, Román y Yuri con injuriosas salidas contra Lenin (ver «La Voz») y con ello confirmaban que la negativa de los liquidadores no dependía de la malignidad de los «faccionalistas». ¿A qué se debe, amables conciliadores, que a ustedes todo les impidiera, a pesar de su virtud, y a nosotros todo nos ayudara, a pesar de nuestro vicio faccional?

A que la política de su grupúsculo se sostenía solo sobre la frase –muy a menudo bienintencionada y bienpensada, pero frase vacía–. Mientras que el acercamiento real de la unidad se crea solo por el acercamiento de las facciones fuertes, fuertes por su integridad ideológica y su influencia sobre las masas, verificada por la experiencia de la revolución.

Frase siguen siendo hasta hoy sus exclamaciones contra el faccionalismo, porque ustedes mismos son una facción, y además una de las peores, de las más inseguras, carentes de principios. Una frase –su estruendosa y rimbombante declaración (en el «Boletín Informativo») de «ni un céntimo a las facciones». Si hablaran en serio, ¿podrían gastar «céntimos» en la edición de una hoja –plataforma de un nuevo grupúsculo? Si hablaran en serio, ¿podrían callar ante los órganos faccionales «Periódico Obrero» y «Diario del Socialdemócrata»?, ¿podrían no exigir públicamente su cierre?[40] Si lo hubieran exigido, si hubieran planteado seriamente tal condición, simplemente se habrían expuesto a la burla. Y si, sintiendo esto perfectamente, se quedan en meros lánguidos suspiros, ¿acaso no demuestra esto una y otra vez que su conciliacionismo pende en el aire?

El desarme de las facciones es posible solo sobre la base de la reciprocidad; de lo contrario, es una consigna reaccionaria, profundamente dañina para la causa del proletariado, una consigna demagógica, pues solo facilita la lucha irreconciliable de los liquidadores contra el partido. Quien enarbola ahora esta consigna, después del fracaso de su aplicación por el Pleno, después de la ruptura de la fusión (de las facciones) por las facciones de «La Voz» y de «Vperiod», quien lo hace sin siquiera intentar, sin atreverse a repetir la condición de reciprocidad, sin plantearla claramente, sin definir los medios de control para su cumplimiento real, simplemente se embriaga con el sonido de palabras dulces.

Bolcheviques, agrupaos, vosotros sois el único baluarte de la lucha consecuente y decidida contra el liquidacionismo y el otzovismo.

Llevad a cabo la política, probada en los hechos, confirmada por la experiencia, de acercamiento con el menchevismo antiliquidacionista, he ahí nuestra consigna. He aquí la política que no promete ríos de leche y orillas de gelatina de una «paz universal» irrealizable en la época de descomposición y desintegración, pero que hace avanzar de hecho el acercamiento en el trabajo de las corrientes que representan todo lo que hay de fuerte, sano y viable en el movimiento proletario.

El papel de los conciliadores en la época de la contrarrevolución puede caracterizarse con la siguiente imagen. Los bolcheviques, con gran dificultad, empujan hacia arriba por una empinada montaña nuestro carro del partido. Los liquidadores de «La Voz» tiran de él con todas sus fuerzas hacia atrás, cuesta abajo. Sobre el carro va sentado un conciliador. Su aspecto es enternecedor, enternecedor; su rostro es dulzón, dulzón, completamente como el de Jesucristo. Toda su figura es la virtud encarnada. Y, bajando los ojos modestamente, alzando las manos al cielo, el conciliador exclama: «te doy gracias, Señor, de no ser como esos –gesto en dirección a los bolcheviques y mencheviques– malévolos faccionalistas que impiden todo movimiento hacia adelante». Y el carro avanza poco a poco hacia delante, y en el carro va sentado el conciliador. Cuando los bolcheviques-faccionalistas derrotaron a la liquidacionista Oficina del CC en el Extranjero y con ello despejaron el terreno para la construcción de una nueva casa, para el bloque (o al menos la alianza temporal) de las facciones del partido, entonces en esa casa entraron (injurando a los bolcheviques-faccionalistas) los conciliadores y rociaron el nuevo hogar... ¡con el agua bendita de sus dulzones discursos sobre la no faccionalidad!

¿Qué habría sido de la históricamente memorable causa del viejo «Iskra», si en lugar de una campaña consecuente e irreconciliable de principios contra el «economismo» y el «struvismo», hubiera optado por algún bloque, alianza o «fusión» de todos los grupos y grupúsculos, de los cuales había entonces en el extranjero no menos que ahora?

Y, sin embargo, las diferencias entre nuestra época y la época del viejo «Iskra» acrecientan enormemente el perjuicio del conciliacionismo carente de principios y fraseológico.

La primera diferencia es que hemos ascendido mucho más alto en el desarrollo del capitalismo y de la burguesía, en la claridad de la lucha de clases en Rusia. Para la política obrera liberal de los señores Potrésov, Levitski, Larin y Cía. existe ya (y por primera vez en Rusia existe) un cierto terreno objetivo. El liberalismo stolipinista de los kadetes y el partido obrero stolipinista ya se están formando. Tanto más dañinas son en la práctica las frases conciliacionistas y las intrigas con los grupúsculos del exilio que apoyan a los liquidadores.

La segunda diferencia es el grado inconmensurablemente más alto de desarrollo del proletariado, de su conciencia y cohesión de clase. Tanto más dañino es el apoyo artificial por los conciliadores de grupúsculos efímeros del exilio («Vperiod», «Pravda», etc.), que no han creado ni pueden crear corriente alguna en la socialdemocracia.

La tercera diferencia: en la época de «Iskra» existían organizaciones ilegales de «economistas» en Rusia, a las que hubo que derrotar, escindir, para unir contra ellos a los socialdemócratas revolucionarios. Ahora no hay organizaciones ilegales paralelas, se trata solo de la lucha contra grupos legales que se han aislado. Y este proceso de aislamiento (incluso los conciliadores se han visto obligados a reconocerlo) lo entorpecen con su juego político con las facciones del exilio, que no quieren ni son capaces de trabajar en la línea de tal demarcación.

El bolchevismo ha «sobrellevado» la enfermedad otzovista, la frase revolucionaria, el juego al «izquierdismo», la oscilación desde el socialdemocratismo hacia la izquierda. Los otzovistas actuaron como facción cuando ya no se podía «retirar» а los socialdemócratas de la Duma.

El bolchevismo sobrellevará también la enfermedad «conciliacionista», la oscilación hacia el lado del liquidacionismo (pues de hecho los conciliadores siempre fueron un juguete en manos de los liquidadores). Los conciliadores también han llegado irremediablemente tarde, actuando como facción cuando ya el año y medio de predominio del conciliacionismo después del Pleno se había agotado y no había a quién conciliar.

P.D. El presente folletín fue escrito hace más de un mes. Critica la «teoría» de los conciliadores. En cuanto a la «práctica» de los conciliadores, que ha encontrado su expresión en la insalvable, absurda, inservible y vergonzosa riña que reina en el Nº 2 del «Boletín» de los conciliadores y los polacos, no vale la pena perder sobre esto una sola palabra.

«El Socialdemócrata» Nº 24, 18 (31) de octubre de 1911. Firmado: N. Lenin

Se imprime según el texto del periódico «El Socialdemócrata»