El ajusticiamiento del verdugo mayor Stolypin coincidió con el momento en que toda una serie de indicios comenzaba a atestiguar el fin de la primera fase en la historia de la contrarrevolución rusa. Por eso, el suceso del 1 de septiembre, muy poco importante en sí mismo, vuelve a poner en el orden del día una cuestión de primera importancia sobre el contenido y el significado de nuestra contrarrevolución. Entre el coro de reaccionarios que ensalzan lacayunamente a Stolypin o escarban en la historia de las intrigas de la banda de las centurias negras que gobierna Rusia, entre el coro de liberales que menean la cabeza a propósito del disparo «salvaje y demencial» (entre los liberales se cuentan, por supuesto, los ex socialdemócratas de *Delo Zhizni*, que emplearon la manida expresión entrecomillada), se oyen notas aisladas de contenido realmente serio y de principio. Se intenta contemplar el «período stolypiniano» de la historia rusa como algo integral.

Stolypin fue jefe del gobierno de la contrarrevolución durante cerca de cinco años, de 1906 a 1911. Es un período verdaderamente singular y rico en acontecimientos instructivos. Se le puede caracterizar, desde el punto de vista externo, como el período de preparación y ejecución del golpe de Estado del 3 de junio de 1907. Precisamente en el verano de 1906, cuando Stolypin, en su papel de ministro del Interior, compareció ante la I Duma, comenzó la preparación de este golpe, que ya ha mostrado todos sus frutos en todas las esferas de nuestra vida social. Cabe preguntarse: ¿en qué fuerzas sociales se apoyaron los artífices de este golpe o qué fuerzas dirigieron a estos artífices? ¿Cuál fue el contenido socioeconómico del período «tercerojunista»? La «carrera» personal de Stolypin proporciona material instructivo e interesantes ilustraciones sobre esta cuestión.

Terrateniente y mariscal de la nobleza, se convierte en gobernador en 1902, bajo Pleve: se «cubre de gloria» ante los ojos del zar y su camarilla de las centurias negras por su feroz represión contra los campesinos, por las torturas infligidas a estos (en la provincia de Sarátov); organiza bandas de las centurias negras y pogromos en 1905 (el pogromo de Balashov); se convierte en ministro del Interior en 1906 y en presidente del Consejo de Ministros desde el momento de la disolución de la primera Duma de Estado. Tal es, en rasgos muy someros, la biografía política de Stolypin. Y esta biografía del jefe del gobierno contrarrevolucionario es al mismo tiempo la biografía de la clase que llevó a cabo nuestra contrarrevolución y de la cual Stolypin no fue más que un apoderado o un dependiente. Esta clase es la nobleza terrateniente rusa, con el primer noble y mayor terrateniente Nikolái Románov a la cabeza. Esta clase son los treinta mil latifundistas feudales en cuyas manos se encuentran 70 millones de desiatinas de tierra en la Rusia europea, es decir, tanto como poseen diez millones de hogares campesinos. Los latifundios en manos de esta clase son la base de la explotación feudal que, bajo diversas formas y denominaciones (prestaciones personales, servidumbre por deudas, etc.), impera en el centro originario de Rusia. La «falta de tierra» del campesino ruso (si se emplea la expresión predilecta de liberales y populistas) no es más que el reverso del exceso de tierra de esta clase. La cuestión agraria, que estuvo en el centro de nuestra revolución de 1905, se reducía a si se conservaría la propiedad terrateniente —en cuyo caso sería inevitable la conservación, por largos y largos años, de un campesinado miserable, indigente, hambriento, oprimido y aplastado, como masa de la población— o si la masa de la población lograría conquistar condiciones de vida medianamente humanas, medianamente parecidas a las condiciones libres europeas —y esto era irrealizable sin la destrucción revolucionaria de la propiedad terrateniente y de la monarquía terrateniente indisolublemente ligada a ella.

La biografía política de Stolypin es un reflejo y una expresión exactos de las condiciones de vida de la monarquía zarista. Stolypin no podía actuar de otro modo que como actuó, dada la situación en que se encontró la monarquía durante la revolución. La monarquía no podía actuar de otro modo cuando se puso de manifiesto con plena claridad, y se puso de manifiesto en la experiencia, tanto antes de la Duma, en 1905, como durante la Duma, en 1906, que la enorme y aplastante mayoría de la población ya había tomado conciencia del carácter irreconciliable de sus intereses con la conservación de la clase de los terratenientes y aspiraba a la destrucción de esta clase. No hay nada más superficial y más falso que las afirmaciones de los escritores kadetes de que los ataques a la monarquía fueron en nuestro país una manifestación de revolucionarismo «intelectualoide». Por el contrario, las condiciones objetivas eran tales que la lucha de los campesinos contra la propiedad terrateniente planteaba inevitablemente la cuestión de la vida o la muerte de nuestra monarquía terrateniente. El zarismo tuvo que librar una lucha a vida o muerte, tuvo que buscar otros medios de defensa además de una burocracia completamente extenuada y un ejército debilitado por las derrotas militares y la descomposición interna. Lo único que le quedaba a la monarquía zarista en tal situación era la organización de los elementos de las centurias negras de la población y la organización de pogromos. La altamente moral indignación con que nuestros liberales hablan de los pogromos no puede dejar de producir en todo revolucionario la impresión de algo sumamente lastimoso y cobarde, especialmente cuando esta altamente moral condena de los pogromos se combina con la plena admisión de la idea de negociaciones y acuerdos con los pogromistas. La monarquía no podía dejar de defenderse de la revolución, y la monarquía rusa semiasiática, feudal, de los Románov no podía defenderse con otros medios que los más sucios, repugnantes, vilmente crueles: no las condenas altamente morales, sino la ayuda multifacética y abnegada a la revolución, la organización de la revolución para derrocar a tal monarquía, es el único método de lucha contra los pogromos digno, el único razonable para todo socialista y para todo demócrata.

El pogromista Stolypin se preparó para el cargo ministerial exactamente como solo podían prepararse los gobernadores zaristas: torturando a los campesinos, organizando pogromos, sabiendo encubrir esta «práctica» asiática con lustre y frase, pose y gestos, fingidos a la manera «europea».

¡Y los líderes de nuestra burguesía liberal, que condenan los pogromos con altísima moral, entraban en negociaciones con los pogromistas, reconociéndoles no solo el derecho a la existencia, sino también la hegemonía en la tarea de organizar la nueva Rusia y gobernarla! El ajusticiamiento de Stolypin sirvió de motivo a toda una serie de interesantes revelaciones y confesiones concernientes a esta cuestión. He aquí, por ejemplo, las cartas de Witte y Guchkov sobre las negociaciones del primero con «personalidades públicas» (léase: con los líderes de la burguesía monárquica moderadamente liberal) sobre la formación de un ministerio después del 17 de octubre de 1905. En las negociaciones con Witte —estas negociaciones, al parecer, fueron prolongadas, pues Guchkov escribe sobre los «días tediosos de negociaciones que se prolongaban»— participaron Shípov, Trubetskói, Urúsov, M. Stajóvich, es decir, futuros dirigentes tanto del partido kadete como del «renovacionista pacífico» y del partido octubrista. Resulta que discreparon por Durnovó, a quien los «liberales» no admitían en el papel de ministro del Interior, y Witte defendía de forma ultimátum. Al mismo tiempo, Urúsov, lumbrera kadete en la I Duma, se mostró «ardiente defensor de la candidatura de Durnovó». Cuando el príncipe Obolenski propuso la candidatura de Stolypin, «algunos la confirmaron, otros respondieron con desconocimiento». «Recuerdo claramente —escribe Guchkov— que nadie hizo la valoración negativa sobre la que escribe el conde Witte».

Ahora la prensa kadete, deseando subrayar su «democratismo» (¡no es broma!), especialmente, quizás, en vista de las elecciones por la primera curia en Petersburgo, donde el kadete luchaba con el octubrista, intenta pinchar a Guchkov a propósito de las negociaciones de entonces. «¡Cuán a menudo los señores octubristas, bajo la dirección de Guchkov —escribe *Rech* del 28 de septiembre—, para complacer a las autoridades, resultaban ser colegas de los correligionarios del Sr. Durnovó! ¡Cuán a menudo, con la mirada vuelta hacia las autoridades, resultaban estar de espaldas a la opinión pública!». El editorial de *Rússkiye Védomosti* de la misma fecha repite en diferentes tonos el mismo reproche kadete a los octubristas.

Permítannos, sin embargo, señores kadetes: ¿qué derecho tienen ustedes a reprochar a los octubristas, si en esas mismas negociaciones participaron también hombres de ustedes, que incluso defendían a Durnovó? ¿Acaso, excepto Urúsov, todos los kadetes no estaban entonces, en noviembre de 1905, en la situación de hombres «con la mirada vuelta hacia las autoridades» y «de espaldas a la opinión pública»? Riñen los amantes, para reconciliarse luego; no es una lucha de principios, sino la competencia de partidos igualmente carentes de principios, eso es lo que hay que decir a propósito de los actuales reproches de los kadetes a los octubristas en relación con las «negociaciones» de finales de 1905. Disputas de este género sirven solo para emborronar un hecho realmente importante, históricamente indiscutible: que todos los matices de la burguesía liberal, desde los octubristas hasta los kadetes inclusive, estaban «con la mirada vuelta hacia las autoridades» y se ponían «de espaldas» a la democracia desde el momento en que nuestra revolución adquirió un carácter verdaderamente popular, es decir, se hizo democrática por la composición de sus participantes activos. El período stolypiniano de la contrarrevolución rusa se caracteriza precisamente por el hecho de que la burguesía liberal se apartaba de la democracia, de que Stolypin podía, por eso, dirigirse en busca de ayuda, de simpatía, de consejo, ya a uno, ya a otro representante de esta burguesía. De no haber sido así el estado de cosas, Stolypin no habría podido ejercer la hegemonía del Consejo de la Nobleza Unida sobre la burguesía, de talante contrarrevolucionario, con la ayuda, la simpatía, el apoyo activo o pasivo de esta burguesía.

Este aspecto del asunto merece una atención especial, pues es precisamente el que pierde de vista —o ignora deliberadamente— nuestra prensa liberal y órganos de la política obrera liberal como *Delo Zhizni*. Stolypin no es solo el representante de la dictadura de los terratenientes feudales; limitarse a semejante caracterización significa no comprender absolutamente nada de la singularidad y del significado del «período stolypiniano». Stolypin es el ministro de una época en que en toda la burguesía liberal, hasta la kadete inclusive, predominaba un estado de ánimo contrarrevolucionario, en que los señores feudales podían apoyarse y se apoyaban en tal estado de ánimo, podían dirigirse y se dirigían con «proposiciones» (de mano y corazón) a los líderes de esta burguesía, podían ver incluso en los más «izquierdistas» de tales líderes una «oposición de Su Majestad», podían referirse y se referían al giro de los líderes ideológicos del liberalismo hacia su lado, hacia el lado de la reacción, hacia el lado de la lucha contra la democracia y el escupir sobre la democracia. Stolypin es el ministro de una época en que los terratenientes feudales, con todas sus fuerzas, al ritmo más acelerado, emprendieron una política burguesa con respecto a la vida agraria campesina, habiendo renunciado a todas las ilusiones románticas y esperanzas en el «patriarcalismo» del mujik, buscándose aliados entre los nuevos elementos burgueses de Rusia en general y de la Rusia rural en particular. Stolypin intentó verter vino nuevo en odres viejos, rehacer la vieja autocracia en una monarquía burguesa, y el fracaso de la política stolypiniana es el fracaso del zarismo en este último, en el último camino concebible para el zarismo. La monarquía terrateniente de Alejandro III intentaba apoyarse en la aldea «patriarcal» y en el «patriarcalismo» en general en la vida rusa; la revolución hizo añicos por completo tal política. La monarquía terrateniente de Nicolás II, después de la revolución, intentaba apoyarse en el estado de ánimo contrarrevolucionario de la burguesía y en una política agraria burguesa, llevada a cabo por los mismos terratenientes; el fracaso de estos intentos, indiscutible ahora incluso para los kadetes, incluso para los octubristas, es el fracaso de la última política posible para el zarismo.

La dictadura del terrateniente feudal bajo Stolypin no estaba dirigida contra todo el pueblo, incluyendo aquí a todo el «tercer estado», a toda la burguesía. No, esta dictadura estaba colocada en las mejores condiciones para ella, cuando la burguesía octubrista le servía no por miedo, sino en conciencia; cuando los terratenientes y la burguesía tenían una institución representativa en la que la mayoría para su bloque estaba asegurada, y estaba formalizada la posibilidad de negociaciones y acuerdos con la corona; cuando los Sres. Struve y otros vejistas vertían, con histerismo exacerbado, cubos de inmundicia sobre la revolución y creaban una ideología que alegraba el corazón de Antoni Volynski; cuando el Sr. Miliukov proclamaba la oposición kadete como «oposición de Su Majestad» (Su Majestad el señor feudal y último vástago). Y sin embargo, a pesar de estas condiciones más favorables para los Sres. Románov, a pesar de estas condiciones, las más favorables que quepa concebir desde el punto de vista de la correlación de fuerzas sociales en la Rusia capitalista del siglo XX, a pesar de esto, la política de Stolypin sufrió un fracaso; Stolypin fue ajusticiado cuando ya llama a la puerta un nuevo enterrador —más exactamente, el enterrador que reúne nuevas fuerzas— de la autocracia zarista.

Las relaciones de Stolypin con los líderes de la burguesía, y viceversa, se caracterizan de modo particularmente nítido por la época de la I Duma. «El tiempo de mayo a julio de 1906 —escribe *Rech*— fue decisivo en la carrera de Stolypin». ¿En qué residía, pues, el centro de gravedad de aquel tiempo?

«El centro de gravedad de aquel tiempo —declara el órgano oficial del partido kadete— residía, por supuesto, no en las intervenciones en la Duma».

¿No es verdad que esta es una confesión verdaderamente valiosa? ¡Cuántas lanzas se rompieron en aquel tiempo con los kadetes a causa de la cuestión de si se podía ver el «centro de gravedad» de aquella época en las «intervenciones en la Duma»! ¡Cuántos denuestos airados, cuántas lecciones dogmáticas altaneras hubo entonces en la prensa kadete contra los socialdemócratas, que afirmaban en la primavera y el verano de 1906 que el centro de gravedad de aquel tiempo no residía en las intervenciones en la Duma! ¡Cuántos reproches lanzaban entonces *Rech* y *Duma* a toda la «sociedad» rusa, acusándola de soñar con una «convención» y de no entusiasmarse lo suficiente con las victorias kadetes en la arena «parlamentaria» de la primera Duma! Han pasado cinco años, es preciso hacer una evaluación general de la época de la primera Duma, y los kadetes, con una ligereza como si se cambiasen de guantes, proclaman: «el centro de gravedad de aquel tiempo residía, por supuesto, no en las intervenciones en la Duma». ¡Por supuesto que no, señores! ¿En qué residía, pues, el centro de gravedad?

«…Entre bastidores —leemos en *Rech*— se libraba una lucha aguda entre los representantes de dos corrientes. Una recomendaba buscar un acuerdo con la representación popular, sin retroceder ni siquiera ante la formación de un "ministerio kadete". La otra exigía un paso brusco, la disolución de la Duma de Estado y la modificación de la ley electoral. Tal programa lo llevaba a cabo el Consejo de la Nobleza Unida, que se apoyaba en poderosas influencias… Stolypin vaciló durante algún tiempo. Hay indicios de que dos veces, a través de Krizhanovski, propuso a Múromtsev discutir la posibilidad de un ministerio kadete, con la participación de Stolypin como ministro del Interior. Pero al mismo tiempo, Stolypin, indudablemente, estaba en contacto con el Consejo de la Nobleza Unida».

¡Así escriben la historia los señores líderes instruidos, doctos, eruditos de los liberales! ¡Resulta que el «centro de gravedad» no estuvo en las intervenciones, sino en la lucha de dos corrientes dentro de la camarilla zarista de las centurias negras! La política de «ofensiva» inmediata y sin dilaciones la llevaba el Consejo de la Nobleza Unida, es decir, no personas, no Nikolái Románov, no «una corriente» en las «esferas», sino una clase determinada. Los kadetes ven clara y sobriamente a sus rivales por la derecha. Pero lo que había a la izquierda de los kadetes desapareció de su campo de visión. La historia la hicieron las «esferas», el Consejo de la Nobleza Unida y los kadetes; el pueblo llano, por supuesto, ¡no participó en la hechura de la historia! A una clase determinada (la nobleza) se contraponía un partido supraclasista de la «libertad popular», y las esferas (es decir, el zarito) vacilaban.

Bueno, ¿es posible imaginar una ceguera de clase más interesada? ¿una mayor deformación de la historia y olvido de las verdades elementales de la ciencia histórica? ¿una confusión más lastimosa, una mezcla de clase, partido y personas?

Es peor que cualquier ciego aquel que no quiere ver a la democracia y sus fuerzas.

El centro de gravedad de la época de la primera Duma residía, por supuesto, no en las intervenciones en la Duma. Residía en la lucha extraparlamentaria de clases, en la lucha de los terratenientes feudales y su monarquía contra la masa popular, los obreros y los campesinos. El movimiento revolucionario de masas precisamente en aquel tiempo comenzó a ascender de nuevo: tanto las huelgas en general, como las huelgas políticas, y las insurrecciones campesinas, y las sublevaciones militares se alzaron amenazadoramente en la primavera y el verano de 1906. He ahí por qué, señores historiadores kadetes, las «esferas» vacilaban: la lucha de corrientes en el seno de la banda zarista se debía a si era posible llevar a cabo inmediatamente el golpe de Estado, dada la fuerza de la revolución en aquel momento, o si aún había que esperar, aún llevar de las narices a la burguesía.

La primera Duma convenció plenamente a los terratenientes (a Románov, a Stolypin y Cía.) de que no podía haber paz entre ellos y la masa campesina y los obreros. Y esta convicción suya correspondía a la realidad objetiva. Quedaba por resolver una cuestión secundaria: cuándo y cómo, de inmediato o gradualmente, modificar la ley electoral. La burguesía vacilaba, pero todo su comportamiento —incluso el de la burguesía kadete— mostraba que temía cien veces más a la revolución que a la reacción. Por eso, los terratenientes se dignaban atraer a los líderes de la burguesía (Múromtsev, Heiden, Guchkov y Cía.) a consultas sobre si se podía formar un ministerio juntos. Y toda la burguesía, hasta los kadetes inclusive, iba a aconsejarse con el zar, con los pogromistas, con los líderes de las centurias negras sobre los medios de lucha contra la revolución, pero la burguesía, desde finales de 1905, jamás envió a ningún partido suyo a consultas con los líderes de la revolución sobre cómo derrocar la autocracia y la monarquía.

Esta es la lección fundamental del período «stolypiniano» de la historia rusa. El zarismo atraía a la burguesía a consultas cuando la revolución aún parecía ser una fuerza, y la arrojaba gradualmente lejos, de una patada de la bota militar, a todos los líderes de la burguesía, primero a Múromtsev y Miliukov, luego a Heiden y Lvov, finalmente a Guchkov, cuando la revolución dejaba de ejercer presión desde abajo. La diferencia entre los Miliukov, los Lvov y los Guchkov es completamente insignificante: es una cuestión del turno en que estos líderes de la burguesía ponían sus mejillas bajo… los «besos» de Románov-Purishkévich-Stolypin y recibían tales… «besos».

Stolypin desapareció de la escena justamente cuando la monarquía de las centurias negras tomó todo lo que podía tomar a su favor de los estados de ánimo contrarrevolucionarios de toda la burguesía rusa. Ahora esta burguesía, rechazada, escupida, habiéndose envilecido a sí misma con la renuncia a la democracia, a la lucha de masas, a la revolución, se encuentra en perplejidad y desconcierto, viendo los síntomas del crecimiento de una nueva revolución. Stolypin dio al pueblo ruso una buena lección: ir hacia la libertad a través del derrocamiento de la monarquía zarista, bajo la dirección del proletariado, o ir a la esclavitud de los Purishkévich, los Márkov, los Tolmachov, bajo la dirección ideológica y política de los Miliukov y los Guchkov.

*Sotsial-Demokrat* n.º 24, 18 (31) de octubre de 1911.

Se imprime según el texto del periódico *Sotsial-Demokrat*.