El enorme progreso del capitalismo en las últimas décadas y el rápido crecimiento del movimiento obrero en todos los países civilizados han introducido un gran desplazamiento en la anterior relación de la burguesía hacia el proletariado. En lugar de una lucha abierta, de principios y directa contra todas las tesis fundamentales del socialismo, en nombre de la plena inviolabilidad de la propiedad privada y de la libertad de competencia, la burguesía de Europa y América, a través de sus ideólogos y dirigentes políticos, defiende cada vez más las llamadas reformas sociales contra la idea de la revolución social. No el liberalismo contra el socialismo, sino el reformismo contra la revolución socialista: ésta es la fórmula de la moderna burguesía «avanzada» y culta. Y cuanto más alto es el desarrollo del capitalismo en un país dado, cuanto más puro es el dominio de la burguesía, cuanta más libertad política existe, tanto más amplio es el campo de aplicación de la «novísima» consigna burguesa: reformas contra revolución, zurcido parcial del régimen que perece en interés de dividir y debilitar a la clase obrera, en interés de mantener el poder de la burguesía contra el derrocamiento revolucionario de ese poder.

Desde el punto de vista del desarrollo mundial del socialismo, no se puede dejar de ver en este desplazamiento un gran paso adelante. Al principio, el socialismo luchaba por su existencia, y contra él se alzaba una burguesía que creía en sus fuerzas, que defendía audaz y consecuentemente el liberalismo como un sistema integral de concepciones económicas y políticas. El socialismo ha crecido, ya ha defendido en todo el mundo civilizado su derecho a la existencia, ahora lucha por el poder, y la burguesía, en descomposición, que ve la inevitabilidad de su ruina, tensa todas sus fuerzas para, a costa de concesiones a medias e hipócritas, aplazar esta ruina, conservar el poder incluso bajo las nuevas condiciones.

La agudización de la lucha del reformismo contra la socialdemocracia revolucionaria dentro del movimiento obrero es un resultado completamente inevitable de los cambios señalados en toda la situación económica y política de todos los países civilizados del mundo. El crecimiento del movimiento obrero atrae inevitablemente a las filas de sus partidarios a un cierto número de elementos pequeñoburgueses, esclavizados por la ideología burguesa, que con dificultad se liberan de ella y en la que vuelven a caer constantemente una y otra vez. Es imposible concebir la revolución social del proletariado sin esta lucha, sin una clara delimitación de principios entre la «Montaña» y la «Gironda» socialistas antes de esta revolución, sin una ruptura completa de los elementos oportunistas, pequeñoburgueses, y de los elementos proletarios, revolucionarios, de la nueva fuerza histórica durante esta revolución.

En Rusia, la cuestión no cambia en esencia, pero se complica, se oscurece, se modifica debido a que estamos atrasados respecto a Europa (e incluso respecto a la parte avanzada de Asia), estamos viviendo aún la época de las revoluciones burguesas. Por eso el reformismo ruso se distingue por un carácter particularmente obstinado, representa una enfermedad, por así decirlo, más maligna, causa mucho más daño a la causa del proletariado y a la causa de la revolución. En nuestro país, el reformismo fluye simultáneamente de dos fuentes. En primer lugar, Rusia es un país mucho más pequeñoburgués que los países de Europa Occidental. Por eso, entre nosotros aparecen con especial frecuencia personas, grupos, corrientes que se distinguen por esa actitud contradictoria, inestable y vacilante hacia el socialismo (ora «amor ardiente», ora vil traición) que es propia de toda pequeña burguesía. En nuestro país, en segundo lugar, las masas de la pequeña burguesía son las que más fácilmente, con mayor rapidez, se desalientan y ceden al estado de ánimo renegado ante cada fracaso de una de las fases de nuestra revolución burguesa, las que más rápidamente renuncian a la tarea de la completa transformación democrática que limpie a Rusia por completo de todas las supervivencias del medievo y del servilismo feudal.

No nos detendremos detalladamente en la primera fuente. Sólo recordaremos que, seguramente, no se encontrará un solo país en el mundo donde se hayan producido tan rápidamente los «virajes» de la simpatía por el socialismo a la simpatía por el liberalismo contrarrevolucionario como en el caso de nuestros señores Struve, Izgoev, Karaulov, etc., etc. ¡Y estos señores no son excepciones, ni casos aislados, sino representantes de corrientes ampliamente difundidas! Las personas de buen corazón, que hay muchas fuera de las filas de la socialdemocracia, pero no pocas también dentro de ella, y a las que les gusta lanzar sermones contra la polémica «excesiva», la «pasión por las delimitaciones», etc., demuestran una completa incomprensión de qué condiciones históricas engendran en Rusia la «excesiva» «pasión» por los saltos del socialismo al liberalismo.

Pasemos a la segunda fuente del reformismo en Rusia.

La revolución burguesa en nuestro país no está terminada. La autocracia intenta resolver de un modo nuevo las tareas legadas por ella e impuestas por todo el curso objetivo del desarrollo económico, pero no puede resolverlas. Ni el nuevo paso por el camino de la transformación del viejo zarismo en una monarquía burguesa renovada, ni la organización a escala nacional de los nobles y de las capas altas de la burguesía (la Tercera Duma), ni la política agraria burguesa llevada a cabo por los jefes territoriales, todas estas medidas «extremas», todos estos «últimos» esfuerzos del zarismo en la última arena que le queda, la arena de la adaptación al desarrollo burgués, resultan insuficientes. ¡Así tampoco funciona! No sólo no puede «la Rusia renovada de esta manera» alcanzar a los japoneses, sino que incluso, tal vez, empieza a quedar rezagada respecto a China. La crisis revolucionaria sobre la base de las tareas democrático-burguesas no resueltas sigue siendo inevitable. Está madurando de nuevo, vamos otra vez a su encuentro, vamos de una manera nueva, no como antes, no con el mismo ritmo, no sólo en las viejas formas, pero vamos indudablemente.

Las tareas del proletariado se derivan de tal situación con la más completa e inflexible determinación. Como la única clase consecuentemente revolucionaria de la sociedad moderna, él debe ser el dirigente, el hegemón en la lucha de todo el pueblo por la completa transformación democrática, en la lucha de todos los trabajadores y explotados contra los opresores y explotadores. El proletariado es revolucionario sólo en la medida en que tiene conciencia de esta idea de hegemonía y la lleva a la práctica. El proletario que ha tomado conciencia de esta tarea es un esclavo que se ha sublevado contra la esclavitud. El proletario que no tiene conciencia de la idea de hegemonía de su clase, o que reniega de esta idea, es un esclavo que no comprende su situación de esclavo; en el mejor de los casos, es un esclavo que lucha por mejorar su situación de esclavo, pero no por derrocar la esclavitud.

Se entiende de ahí que la famosa fórmula de uno de los jóvenes cabecillas de nuestro reformismo, el señor Levitski de Náshaya Zariá, quien declaró que la socialdemocracia rusa debía ser «no hegemonía, sino un partido de clase», es la fórmula del reformismo más consecuente. Es más, es la fórmula del más completo renegado. Decir: «no hegemonía, sino un partido de clase» significa pasarse al lado de la burguesía, al lado del liberal, que dice al esclavo de nuestra época, al obrero asalariado: ¡lucha por mejorar tu situación como esclavo, pero considera una utopía dañina la idea de derrocar la esclavitud! Compárese la famosa fórmula de Bernstein: «el movimiento lo es todo, el objetivo final no es nada» con la fórmula de Levitski, y se verá que son variantes de una misma idea. En ambos casos se trata del reconocimiento sólo de las reformas y de la negación de la revolución. La fórmula de Bernstein es más amplia, pues tiene en vista la revolución socialista (= el objetivo final de la socialdemocracia como partido de la sociedad burguesa). La fórmula de Levitski es más estrecha, pues, siendo una renuncia a la revolución en general, está especialmente calculada para la renuncia a aquello que fue más odioso para los liberales en 1905-1907, precisamente que el proletariado arrebató a los liberales la dirección de las masas populares (y especialmente del campesinado) en la lucha por la completa transformación democrática.

Predicar a los obreros que necesitan «no hegemonía, sino un partido de clase» significa traicionar ante los liberales la causa del proletariado, significa predicar la sustitución de la política obrera socialdemócrata por la política obrera liberal.

Pero la renuncia a la idea de hegemonía es la forma más burda del reformismo en la socialdemocracia rusa, y por eso no todos los liquidadores se deciden a expresar directamente sus pensamientos en una forma tan definida. Algunos de ellos (como el señor Mártov) intentan incluso, en burla a la verdad, negar la conexión entre el abandono de la hegemonía y el liquidacionismo.

Un intento más «sutil» de «fundamentar» las concepciones reformistas es el siguiente razonamiento: la revolución burguesa en Rusia está terminada; después de 1905 no puede haber una segunda revolución burguesa, una segunda lucha nacional general por la transformación democrática; por lo tanto, a Rusia le espera no una crisis revolucionaria, sino una crisis «constitucional», y a la clase obrera sólo le queda preocuparse por defender sus derechos e intereses sobre la base de esta «crisis constitucional». Así razona el liquidador Y. Larin en Dielo Zhizni (y antes en Vozrozhdenie).

«Octubre de 1905 no está a la orden del día escribía el señor Larin. Tras suprimir la Duma, la habrían restablecido aún más rápido que la Austria posrevolucionaria, que abolió la constitución en 1851 para volver a reconocerla en 1860, 9 años después, sin revolución alguna» (¡obsérvese esto!), «simplemente en virtud de los intereses de la parte más influyente de las clases dominantes, que había reorganizado su economía sobre bases capitalistas». «En la etapa que estamos viviendo es imposible el movimiento revolucionario nacional general que tuvo lugar en 1905».

Todos estos razonamientos del señor Larin no son más que una paráfrasis difundida de las palabras del señor Dan, dichas por él en la conferencia de diciembre del POSDR en 1908. Contra la resolución que dice que «los factores fundamentales de la vida económica y política que provocaron la revolución de 1905 continúan actuando», que está madurando de nuevo una crisis precisamente revolucionaria, y no «constitucional», contra esta resolución el redactor de Gólos de los liquidadores exclamó: «ellos» (es decir, el POSDR) «quieren meterse de nuevo donde ya fueron derrotados una vez».

«Meterse de nuevo» en la revolución, trabajar incansablemente, también en la situación cambiada, sobre la prédica de la revolución, sobre la preparación de las fuerzas de la clase obrera para la revolución, he aquí el principal crimen del POSDR, he aquí la culpa del proletariado revolucionario desde el punto de vista de los reformistas. No hay por qué «meterse donde ya fueron derrotados una vez»: he aquí la sabiduría de los renegados y de las personas que se desalientan después de cada derrota.

Pero el proletariado revolucionario en países más viejos y más «experimentados» que Rusia, supo dos, tres y cuatro veces «meterse donde fue derrotado una vez», supo (como en Francia) hacer revoluciones cuatro veces desde 1789 hasta 1871, alzarse una y otra vez a la lucha después de las derrotas más graves y conquistar una república en la que está cara a cara ante su último enemigo, la burguesía avanzada; una república que es la única forma de Estado que corresponde a las condiciones de la lucha final por la victoria del socialismo.

Tal es la diferencia entre los socialistas y los liberales, es decir, los partidarios de la burguesía. Los socialistas enseñan que la revolución es inevitable y que el proletariado debe utilizar todas las contradicciones de la vida social, toda debilidad de sus enemigos o de las capas intermedias para preparar una nueva lucha revolucionaria, para repetir la revolución en una arena más amplia, bajo condiciones de mayor desarrollo de la población. La burguesía y los liberales enseñan que las revoluciones no son necesarias y son dañinas para los obreros, que no deben «meterse» en la revolución, sino que deben, como niños buenos, trabajar modestamente por las reformas.

Por eso los reformistas, prisioneros de las ideas burguesas, se remiten constantemente, para desviar a los obreros rusos del socialismo, precisamente al ejemplo de Austria (y también de Prusia) de los años 60. ¿Por qué prefieren estos ejemplos? Y. Larin reveló el secreto: porque en estos países, después de la revolución «fracasada» de 1848, la transformación burguesa del país se completó «sin revolución alguna».

¡He aquí la clave! He aquí lo que llena de alegría sus corazones. ¡Así que es posible la transformación burguesa sin revolución! y si es así, entonces ¿para qué hemos de molestarnos nosotros, los rusos, con la idea de la revolución? ¿Por qué no dejar también nosotros que los terratenientes y fabricantes realicen «sin revolución alguna» la transformación burguesa de Rusia?

La debilidad del proletariado en Prusia y Austria fue la causa de que no pudiera impedir que los agrarios y la burguesía realizaran la transformación en contra de los intereses de los obreros, en la forma más desventajosa para los obreros, conservando la monarquía, los privilegios de la nobleza, la falta de derechos en el campo y una multitud de otros restos del medievo.

Los reformistas rusos, después de que nuestro proletariado en 1905 mostrara una fuerza nunca vista aún en ninguna revolución burguesa de Occidente, ¡toman ejemplos de la debilidad de la clase obrera en otros países, hace 40 y 50 años, para justificar su renegado, para «fundamentar» su prédica renegada!

La referencia a Austria y Prusia de los años 60, preferida por nuestros reformistas, es el mejor ejemplo que demuestra la inconsistencia teórica de sus razonamientos y su paso práctico-político al lado de la burguesía.

En realidad, si Austria restableció la constitución abolida después de la derrota de la revolución de 1848, si en Prusia sobrevino la «era de crisis» en los años 60, ¿qué demuestra esto? Ante todo, que la transformación burguesa de estos países no estaba completada. Decir que en Rusia el poder ya ha degenerado en burgués (como dice Larin), que del carácter feudal del poder entre nosotros ahora no hay ni que hablar (véase en el mismo Larin) y, al mismo tiempo, remitirse a Austria y Prusia, ¡significa golpearse a uno mismo! En general, negar que la transformación burguesa de Rusia no está terminada sería ridículo: incluso la política de los partidos burgueses, demócrata-constitucionalista y octubrista, lo demuestra más claro que claro, y el propio Larin (como veremos más abajo) cede en su posición. Es indudable que la monarquía da aún un paso por el camino de la adaptación al desarrollo burgués, como ya dijimos y como reconoció la resolución del partido (diciembre de 1908), pero es aún más indudable que incluso esta adaptación, incluso la reacción burguesa, y la Tercera Duma, y la ley agraria del 9. XI. 1906 (14. VI. 1910) no resuelven las tareas de la transformación burguesa de Rusia.

Sigamos adelante. ¿Por qué las «crisis» en Austria y en Prusia en los años 60 resultaron ser crisis «constitucionales» y no crisis revolucionarias? Porque una serie de circunstancias especiales alivió la difícil situación de la monarquía («revolución desde arriba» en Alemania, su unificación «con hierro y sangre»), porque el proletariado de los países mencionados era entonces todavía extremadamente débil y no desarrollado, y la burguesía liberal se distinguía por la misma vil cobardía y traición que los demócrata-constitucionalistas rusos.

Para ilustrar la valoración de tal estado de cosas por los propios socialdemócratas alemanes de entre los que vivieron esa época, citemos algunas opiniones de Bebel, quien publicó el año pasado la primera parte de sus «Memorias». Sobre el año 1862, el año de la crisis «constitucional» en Prusia, Bismarck contaba, como se supo posteriormente, que el rey se encontraba entonces en el más abatido estado de ánimo y se lamentaba ante él, Bismarck, del cadalso que les amenazaba a ambos. Bismarck avergonzó al cobarde y le persuadió de no temer la lucha.

«Estos acontecimientos muestran dice Bebel a este respecto lo que podrían haber logrado los liberales si hubieran sabido aprovechar la situación. Pero ellos temían ya a los obreros que estaban detrás de ellos. Las palabras de Bismarck: "si me llevan al extremo, levantaré a Aqueronte" (es decir, levantaré en un movimiento popular a las capas bajas, a las masas) infundieron un miedo infinito a los liberales».

El jefe de los socialdemócratas alemanes, medio siglo después de la crisis «constitucional» que «sin revolución alguna» completó la transformación de su país en una monarquía burguesa-terrateniente, señala el carácter revolucionario de la situación de entonces, no aprovechada por los liberales por miedo a los obreros. Los jefes de los reformistas rusos dicen a los obreros rusos: si la burguesía alemana fue tan vil que se acobardó ante el rey acobardado, entonces ¿por qué no intentamos nosotros también repetir esa magnífica táctica de la burguesía alemana? Bebel acusa a la burguesía, a su miedo explotador al movimiento popular, de que la crisis «constitucional» no fuera «aprovechada» por ella para la revolución. Larin y Cía. acusan a los obreros rusos de que aspiraban a la hegemonía (es decir, a arrastrar a las masas a la revolución en contra de los liberales) y les aconsejan organizarse «no para la revolución», sino «para defender sus intereses ante la próxima renovación constitucional de Rusia». ¡Las concepciones podridas del liberalismo alemán podrido son presentadas a los obreros rusos por los liquidadores bajo la apariencia de concepciones «socialdemócratas»! ¿Cómo no llamar a tales socialdemócratas socialdemócratas stolipinianos? Al valorar la crisis «constitucional» de los años 60 en Prusia, Bebel no se limita a señalar que, por miedo a los obreros, la burguesía temía la lucha contra la monarquía. Él señala también lo que ocurría entonces en el seno de la clase obrera. «Lo insoportable de la situación política dice, que se hacía cada vez más claro para los obreros, se reflejaba, naturalmente, en su estado de ánimo. Todos exigían cambios. Pero como no había dirigentes plenamente conscientes, que vieran claramente el objetivo al que había que aspirar y que gozaran de confianza, como no había una organización fuerte que cohesionara las fuerzas, el estado de ánimo se perdió en vano (verpuffte). Nunca un movimiento, magnífico en su esencia (in Kern vortreffliche), terminó de manera más infructuosa. Todas las reuniones estaban abarrotadas, y quien hablaba de manera más radical se convertía en el héroe del día. Este estado de ánimo dominaba especialmente en la sociedad obrera de autoformación de Leipzig». En una reunión de 5000 personas en Leipzig, el 8 de mayo de 1866, fue adoptada por unanimidad una resolución de Liebknecht y Bebel que exigía la convocatoria, sobre la base del sufragio universal, directo, igual y secreto, de un parlamento apoyado por el armamento universal del pueblo, y expresaba la «esperanza de que el pueblo alemán elegirá como diputados sólo a aquellas personas que rechacen todo poder central hereditario». La resolución de Liebknecht y Bebel era, por consiguiente, de un carácter completamente definido, republicano y revolucionario.

Así pues, el jefe de los socialdemócratas alemanes, durante la crisis «constitucional», hace aprobar en reuniones de masas resoluciones de carácter republicano y revolucionario. Medio siglo después, recordando su juventud, contando a la nueva generación los hechos de días ya lejanos, lo que más subraya es la pena de que no hubiera elementos dirigentes suficientemente conscientes y que comprendieran las tareas revolucionarias (es decir, que no había un partido socialdemócrata revolucionario, que comprendiera las tareas de la hegemonía), de que no hubiera una organización fuerte, de que «se perdiera en vano» el estado de ánimo revolucionario. ¡Y los jefes de los reformistas rusos, con la profundidad de pensamiento de unos Ivanuchka, se remiten a Austria y Prusia de los años 60 como prueba de que es posible, precisamente, arreglárselas «sin revolución alguna»! ¡Y estas almas filisteas, que han cedido a la embriaguez contrarrevolucionaria, esclavizadas ideológicamente por el liberalismo, se atreven todavía a mancillar el nombre del POSDR!

Por supuesto, entre los reformistas que rompen con el socialismo hay personas que sustituyen el sincero oportunismo de Larin por la diplomacia y los rodeos en torno a las más importantes cuestiones de principios del movimiento obrero. Tales personas enredan la esencia del asunto, obstruyen las disputas ideológicas, las ensucian, como, por ejemplo, el señor Mártov, quien intentaba afirmar en la prensa legal (es decir, protegido por Stolypin de la intervención directa de los miembros del POSDR) que Larin y «los bolcheviques ortodoxos en las resoluciones de 1908» dan un mismo «esquema». Esto es una simple tergiversación de la verdad, digna del autor de obras sucias. El mismo Mártov, aparentemente polemizando con Larin, declaraba en la prensa que «él, por supuesto, no sospecha de Larin tendencias reformistas». ¡Mártov no sospecha de reformismo en Larin, que expone concepciones puramente reformistas!: he aquí un modelo de tretas de los diplomáticos del reformismo[32]. El mismo Mártov, a quien algunos simplones toman por un revolucionario más «izquierdista», más fiable que Larin, resumía de la siguiente manera sus «divergencias» con Larin:

«Resumo. Para la fundamentación teórica y la justificación política de lo que ahora hacen los mencheviques que permanecen fieles al marxismo, es plenamente suficiente el hecho de que el régimen actual representa una combinación internamente contradictoria de absolutismo y constitucionalismo y de que la clase obrera rusa ha madurado para, al igual que los obreros de los países avanzados de Occidente, agarrar a este régimen por el talón de Aquiles de estas contradicciones».

Por muchas vueltas que le diera Mártov, el primer intento de hacer un resumen llevó a que todas las tretas se derrumbaran por sí solas. Las palabras que hemos citado son una completa renuncia al socialismo y su sustitución por el liberalismo. Mártov declara «plenamente suficiente» lo que es suficiente sólo para los liberales, sólo para la burguesía. El proletario que encuentra «plenamente suficiente» reconocer el carácter contradictorio de la combinación de absolutismo y constitucionalismo, se sitúa en el punto de vista de la política obrera liberal. No es un socialista, no ha comprendido las tareas de su clase, que consisten en levantar contra el absolutismo en todas sus formas a las masas del pueblo, a las masas de los trabajadores y explotados para una intervención independiente en los destinos históricos del país, en contra de las vacilaciones o de la oposición de la burguesía. Y la acción histórica independiente de las masas, que se liberan de la hegemonía de la burguesía, convierte la crisis «constitucional» en revolución. La burguesía (especialmente después de 1905) teme a la revolución y la odia, el proletariado educa a las masas populares en la devoción a la idea de la revolución, explica sus tareas, prepara a las masas para nuevas y nuevas batallas revolucionarias. Que la revolución estalle o no, cuándo, en qué coyuntura, no depende de la voluntad de tal o cual clase, pero el trabajo revolucionario entre las masas no se pierde nunca sin dejar huella. Sólo ese trabajo es actividad que prepara a las masas para la victoria del socialismo. Estas verdades elementales, de abecé del socialismo, las olvidan los señores Larin y Mártov.

El primero de ellos, expresando las concepciones del grupo liquidador ruso que ha roto por completo con el POSDR, no tiene reparo en llevar directamente hasta el final su reformismo. He aquí sus palabras de Dielo Zhizni (1911, № 2), que merecen ser recordadas por todo el que tenga en estima los principios de la socialdemocracia:

«El estado de perplejidad e incertidumbre, cuando la gente simplemente no sabe qué esperar del día de mañana, qué tareas plantearse, he aquí lo que significa el estado de ánimo indefinidamente expectante, las vagas esperanzas, ya sea de la repetición de la revolución, ya sea de "allí se verá". La tarea inmediata no es la espera sin sentido de que el tiempo cambie, sino la penetración en amplios círculos de la idea rectora de que, en el nuevo período histórico de la vida rusa que ha comenzado, la clase obrera debe organizarse no "para la revolución", no "a la espera de la revolución", sino simple y llanamente...» (obsérvese esto: ¡simple y llanamente!) «para la defensa firme y planificada de sus intereses especiales en todas las esferas de la vida; para la recolección y el entrenamiento de sus fuerzas mediante esta actividad múltiple y compleja; para la educación y acumulación, por este camino, de la conciencia socialista en general; para saber orientarse (desenvolverse) ¡y defenderse por sí mismos! en las complejas interrelaciones de las clases sociales de Rusia durante la próxima renovación constitucional, tras el inevitable autoagotamiento económico de la reacción feudal, en particular».

He aquí un reformista acabado, franco y satisfecho de sí mismo, en estado puro. Guerra a la idea de la revolución, a la «esperanza» de la revolución (al reformista estas «esperanzas» le parecen vagas, pues no comprende la profundidad de las contradicciones económicas y políticas modernas), guerra a toda actividad que consista en organizar las fuerzas y preparar las mentes para la revolución, guerra en la prensa legal, protegida por Stolypin de la intervención directa de los socialdemócratas revolucionarios, guerra en nombre del grupo de legalistas que han roto por completo con el POSDR: he aquí el programa y la táctica del partido obrero stolipiniano que están construyendo los señores Potresov, Levitski, Larin y Cía. El programa real, la táctica real de estas personas están expresados con exactitud en la cita aducida, a diferencia de sus hipócritas declaraciones oficiales de que ellos «también son socialdemócratas», de que ellos «también» pertenecen a la «Internacional irreconciliable». Estas declaraciones son palabras de aparato. Este programa, que sustituye por completo el socialismo por la política obrera liberal, son sus hechos, su esencia social real.

Y fíjense en las ridículas contradicciones en que se enredan los reformistas. Si la revolución burguesa en Rusia está terminada (como decía Larin), entonces pasa al orden del día la revolución socialista. Esto es evidente por sí mismo, es obvio para todo el que se cuenta entre los socialistas no para engañar a los obreros con un mote popular. Entonces debemos organizarnos precisamente «para la revolución» (socialista), precisamente «a la espera» de ella, precisamente en aras de la «esperanza» (no vaga, sino basada en datos precisos y crecientes de la ciencia, la «esperanza»-certeza) en la revolución socialista.

Pero la cuestión clave es que, para el reformista, la palabrería sobre la revolución burguesa terminada (como para Mártov la palabrería sobre el talón de Aquiles, etc.) es sólo un encubrimiento verbal de la renuncia a toda revolución. Renuncia a la revolución democrático-burguesa bajo el pretexto de que está terminada o bajo el pretexto de que es «plenamente suficiente» reconocer la contradicción entre absolutismo y constitucionalismo, y renuncia a la revolución socialista bajo el pretexto de que «por ahora» debemos «simple y llanamente» organizarnos para participar en la «próxima renovación constitucional de Rusia».

Pero si usted, respetable demócrata-constitucionalista disfrazado con plumas socialistas, reconoce como inevitable la «próxima renovación constitucional» de Rusia, entonces se golpea a sí mismo, reconociendo con ello el carácter no terminado de la revolución democrático-burguesa en nuestro país. Usted revela una y otra vez su naturaleza burguesa, hablando del inevitable «autoagotamiento de la reacción feudal» y escupiendo sobre la idea proletaria de la destrucción no sólo de la reacción feudal, sino de todos los restos del feudalismo mediante el movimiento revolucionario popular.

A pesar de la prédica liberal de nuestros héroes del partido obrero stolipiniano, el proletariado ruso impregnará todo su pesado, difícil, cotidiano, menudo e invisible trabajo, al que le ha condenado la época de contrarrevolución, siempre e invariablemente con el espíritu de devoción a la revolución democrática y a la revolución socialista, se organizará y reunirá fuerzas para la revolución, dará una réplica despiadada a los traidores y renegados, se guiará no por una «vaga esperanza», sino por la certeza científicamente fundamentada de la repetición de la revolución.

El Socialdemócrata № 23, 14 (1) de septiembre de 1911

Se publica según el texto del periódico El Socialdemócrata