El mayor acontecimiento en este campo es el artículo de N. R-kov en el número 9-10 de la liquidadora *Nasha Zariá*. Es un auténtico «Credo» o manifiesto del partido obrero liberal. Empezando por el principio, por la evaluación de la revolución y del papel de todas las clases, y llegando con notable consecuencia hasta el final, hasta el proyecto de un partido obrero (?) legal, R-kov en todos sus razonamientos sustituye el marxismo por el liberalismo.

¿Cuál es la tarea objetiva que afronta Rusia? La culminación de la sustitución de la economía semifeudal por el «capitalismo cultural». – Esto no es en marxista, sino en struvista o liberal, porque un marxista distingue clases con una comprensión diferente –octubrista, kadete, trudovique, proletaria– de lo que es el capitalismo «cultural».

¿Cuál es el quid de la cuestión en la evaluación de la revolución? R-kov condena los lloriqueos y el renegadismo de quienes claman por el «fracaso» de la revolución, y les contrapone… la gran verdad profesoral de que también en tiempos de «reacción» maduran nuevas fuerzas sociales. Está claro que semejante respuesta de R-kov oculta la esencia del asunto exactamente de la manera que conviene a los liberales contrarrevolucionarios, quienes reconocen plenamente la verdad redescubierta por R-kov. La esencia reside en qué clases demostraron en la revolución ser capaces de una lucha directa, de masas, revolucionaria, y qué clases la traicionaron, pasándose directa o indirectamente al lado de la contrarrevolución. Esta esencia la escondió R-kov, preparando con ello el silenciamiento de la diferencia entre la democracia revolucionaria y la oposición «progresista» liberal-monárquica.

En cuanto al papel de la clase terrateniente, R-kov derivó de inmediato y felizmente hacia el absurdo. Al parecer, hace poco los representantes de esta clase «eran» auténticos feudatarios, pero ahora «se agrupan en un pequeño puñado en torno a Purishkévich y Márkov 2.º y, sin fuerza (!!), salpican de saliva envenenada por el veneno de la desesperación». La mayoría de los nobles-terratenientes «se transforman gradual e inexorablemente en burguesía agrícola».

De hecho, como todo el mundo sabe, los Márkov 2.º y los Purishkévich son omnipotentes entre nosotros: en la Duma, y aún más en el Consejo de Estado, y aún más en la pandilla zarista de las centurias negras, y aún más en la administración de Rusia. Precisamente «su poder y sus ingresos» (resolución de la Conferencia de diciembre de 1908) {41} asegura un paso por la vía de tal transformación del zarismo en monarquía burguesa. La transformación de la economía de los feudatarios en burguesa no elimina en absoluto, de manera directa, el poder político de estos centurionegristas: esto está claro tanto desde el punto de vista del abc del marxismo, como se desprende al menos de la experiencia de Prusia tras 60 años de «transformación» (desde 1848). ¡En R-kov resulta que en Rusia no hay ni absolutismo ni monarquía! R-kov aplica un método escolar liberal: la benévola escisión (en el papel) de los extremos sociales sirve como «prueba» de la «inevitabilidad del compromiso».

La política agraria actual significa, según R-kov, «un inevitable (!) compromiso que se perfila en el horizonte» – ¿entre quiénes? «Entre los distintos grupos de la burguesía». ¿Qué fuerza social –le preguntaremos a nuestro «marxista»– obligará a los Purishkévich, que tienen todo el poder en sus manos, a llegar a un compromiso? R-kov no responde a esta pregunta. Pero, dado que junto a ello señala el proceso de consolidación de la gran burguesía comercial e industrial, el «inminente dominio de la burguesía moderadamente-progresista», solo cabe una conclusión: R-kov cuenta con el arrebatamiento pacífico del poder a los Purishkévich y los Románov por la burguesía moderadamente-progresista.

Esto es increíble, pero es un hecho. Precisamente la más trivial de las utopías liberales yace en la base de las concepciones de R-kov, que se jacta de no tener «ni un gramo de utopía». Entre los liquidadores extremos, que todos, desde Larin hasta Cherevanin, Dan y Mártov, presentan bajo formas y frases ligeramente modificadas precisamente esta idea básica de la conquista pacífica del poder por la burguesía (como máximo: bajo presión «desde abajo»), y N. R-kov, de hecho no hay diferencia.

Pero en la vida, y no en la utopía liberal, vemos el dominio del purishkévichismo, moderado por las murmuraciones de los Guchkov y los Miliukov. Los octubristas y kadetes «moderadamente-progresistas» eternizan, no socavan, este dominio. La contradicción entre este dominio y el desarrollo burgués de Rusia, que indudablemente avanza, se vuelve cada vez más aguda (y no más débil, como piensan los teóricos del «inevitable compromiso»). La fuerza motriz de la resolución de esta contradicción sólo pueden ser las masas, es decir, el proletariado, que conduce tras de sí al campesinado.

El ex bolchevique, ahora liquidador, aparta a estas masas tan fácilmente como si las horcas de Stolypin y el río de inmundicias vejista las hubiesen expulsado no sólo de la arena de la política abierta, no sólo de las páginas de las publicaciones liberales, sino también de la vida. El campesinado es débil en las elecciones –dice nuestro liberal en su «análisis», ¡¡y a la clase obrera la «deja al margen» de forma condicional!!

R-kov se propuso demostrar que la revolución en Rusia («la tormenta»), aunque posible, no es necesaria. Si se «deja al margen» –aunque sea condicionalmente, aunque sea «por ahora», aunque sea con motivo de la «debilidad en las elecciones»– a la clase obrera y al campesinado, entonces la revolución, por supuesto, es imposible, ¡y no solo no necesaria! Pero de la complacencia liberal no desaparece de la vida ni la omnipotencia de Purishkévich y Románov, ni la réplica revolucionaria que crece en el proletariado que madura y en el campesinado hambriento y torturado. Todo el quid reside en que la línea del marxista, es decir, del socialdemócrata revolucionario, que en todas las circunstancias, en las formas más diversas, tanto en un discurso en un mitin, como desde la tribuna de la III Duma, como en el Soviet de diputados obreros, como en la más pacífica y legal sociedad obrera, defiende el apoyo a esta réplica, su fortalecimiento, su desarrollo, su correcta orientación hacia la victoria completa, esta línea, N. R-kov la ha sustituido en todas y cada una de sus reflexiones por la línea del liberal, que no quiere ver lo que ha sido arrinconado en la clandestinidad, que no quiere mirar a nada, excepto a los Purishkévich «transformándose» en «junkers culturales» o a los Miliukov «moderadamente-progresistas».

Ésta es precisamente la ceguera específica que caracteriza a todo *Nasha Zariá*, a todo el partido obrero stolypiniano. En indisoluble conexión con esta concepción cegada por las anteojeras liberales se halla la exclusiva orientación de la atención hacia la legalización del partido obrero. Si «el compromiso es inevitable», entonces contra lo inevitable no hay nada que hacer, y a la clase obrera –al igual que a las demás clases de un régimen burgués plenamente establecido– solo le queda construirse un modesto nidito pequeñoburgués en un rincón de este régimen. Tal es el significado real de la prédica de los legalistas, por mucho que la disfrace con frases «revolucionarias» Mártov, colocado en este papel por los señores Potrésov, Yuri Chatski, Larin, Dan y Cía.

En R-kov este significado real de la «sociedad de defensa de los intereses de la clase obrera» legal es más claro que el agua. Que tal sociedad –incluso con la hegemonía en ella de los Prokopóvich– «las autoridades» no la permitirán y no tolerarán su «existencia de hecho», está claro. Sólo los ciegos liberales pueden no verlo. Pero la sociedad de intelectuales que, bajo la apariencia del socialismo, llevan la prédica liberal a las masas obreras, ya está realizada de hecho. Esta «sociedad» es el círculo de colaboradores de *Nasha Zariá* y *Delo Zhizni*; su «bandera», la bandera ideológica del liberalismo, la «despliega» N. R-kov cuando asegura que sin una organización abierta la lucha adoptaría inevitablemente (!!) un carácter anárquico, – que las viejas consignas se han convertido en palabras muertas, – que la táctica no puede reducirse a la «pelea», – que en la nueva «sociedad» no hay «ni el pensamiento (!) sobre la necesidad de un vuelco violento», etc., etc. Esta prédica liberal y renegada de intelectuales es una realidad, y la sociedad obrera abierta es una frase. La sociedad de defensa liberal de los intereses de la clase obrera, comprendidos al modo liberal, es una realidad. Esta «sociedad» es *Nasha Zariá*, y la «organización política abierta y amplia» de los obreros en la Rusia actual es una inocente, vacía y falsa ensoñación liberal.

Organizar sindicatos legales –comprendiendo que ahora no pueden llegar a ser ni amplios, ni «políticos», ni sólidos– es una labor útil. Predicar cosas liberales sobre una sociedad obrera política sin pensar en la violencia es una labor vacía y nociva.

Para terminar, dos curiosidades. Curiosidad primera. «Si alguien –escribe R-kov–, cegado por la locura reaccionaria, pretendiera acusar a los miembros de tal sociedad de aspirar a un vuelco violento, todo el peso de semejante acusación insensata, infundada, jurídicamente nula, recaería sobre la cabeza del acusador». Cuadro: sobre la cabeza de Scheglovítov y Cía. recae el peso de las acusaciones, jurídicamente nulas, y con esta «pesadez» los mata N. R-kov… y no Rodíchev.

Curiosidad segunda. Los obreros –escribe R-kov– «deben asumir la tarea de la hegemonía política en la lucha por el régimen democrático». R-kov reconoce la hegemonía después de haber vaciado todo el contenido de la hegemonía. Obreros, dice R-kov, vosotros no debéis luchar contra el «inevitable» compromiso, pero debéis llamaros hegemonios, – y ser hegemonio significa precisamente explicar el carácter ficticio de la idea de la «inevitabilidad» del compromiso y luchar por la línea de la réplica proletaria y proletario-campesina a los compromisos burgueses no democráticos.

N. R-kov aportará al trabajo de lucha contra los liquidadores el mismo beneficio que aportó Y. Larin a la causa de la lucha contra la falsa idea del congreso obrero {42}. N. R-kov y Y. Larin tuvieron la valentía de mostrarse… en cueros. R-kov es un liquidador honesto. Obligará con su intrepidez a reflexionar sobre las raíces ideológicas del liquidacionismo. Confirmará una y otra vez la justeza de las resoluciones de diciembre de 1908 del POSDR, pues plantea sistemáticamente (y resuelve de forma totalmente falsa) justamente aquellas cuestiones que en esas resoluciones fueron examinadas y resueltas correctamente. R-kov tornará especialmente miserables, a ojos de los obreros, a aquellos diplomáticos del liquidacionismo que, al igual que los redactores de *Nasha Zariá* (o de *Gólos*), dan vueltas y se escabullen, amontonando salvedad sobre salvedad, deslindándose de la responsabilidad por los «pasajes sueltos» del artículo de R-kov o por la «concretización» de su plan. ¡Como si se tratase de pasajes sueltos y demás, y no de una línea única, íntegra, completa: la línea de la política obrera liberal!

*Sotsial-Demokrat* núm. 25, 8 (21) de diciembre de 1911.

Se imprime según el texto del periódico *Sotsial-Demokrat*.