Los incidentes que provocaron la ausencia de delegados obreros en el II Congreso de médicos de fábrica en Moscú son conocidos por los lectores a través de los periódicos{118}. No podemos detenernos aquí en una exposición detallada de estos incidentes ni en un análisis de su significado. Señalemos tan solo las instructivas consideraciones de «Rech» del 14 de abril, es decir, el día de la inauguración del congreso, en su editorial escrito la víspera de estos incidentes.

«Desgraciadamente —escribía el órgano del partido k.-d.—, a esta participación (la participación de los representantes obreros) se le oponen obstáculos externos. Es bien sabido qué suerte corren algunos oradores demasiado fogosos. Como resultado, los representantes obreros sienten deseos de hablar de la dificultad que tienen para concentrarse en las cuestiones especiales, de la imposibilidad de organizar una representación adecuada en el congreso, de los obstáculos que se ponen a sus organizaciones, y de muchas otras cosas que, a su vez, están muy lejos del programa del congreso y cuya discusión desvía la atención de los temas previstos, y a veces conduce incluso a consecuencias indeseables. Por esa atmósfera cargada se explica también la intolerancia que los representantes obreros manifestaban hacia los oradores “burgueses”, hacia todas las medidas del gobierno y hacia la posibilidad de colaborar con representantes de otros grupos sociales.»

Toda esta tirada es un modelo característico de lamentos impotentes, cuya impotencia no se explica por la composición casual o por cualesquiera particularidades de este partido liberal, de esta cuestión, etc., sino por causas mucho más profundas: las condiciones objetivas en que se halla la burguesía liberal en general en la Rusia del siglo XX. La burguesía liberal suspira por aquellos «órdenes» en que pudiera tener ante sí a unos obreros nada propensos a «pronunciar discursos demasiado fogosos», suficientemente «tolerantes» hacia la burguesía, hacia la idea de colaboración con la burguesía, «hacia todas las medidas del gobierno». Suspira por unos órdenes en que estos modestos obreros «colaboradores» con ella pudieran «concentrarse en las cuestiones especiales» de la política social, consintiendo modestamente en remendar el caftán de Trishka de la tutela burguesa sobre el «hermano menor». En una palabra, los liberales rusos suspiran por unos órdenes aproximadamente tales como los que vemos hoy en Inglaterra o Francia, a diferencia de lo que ocurre en Prusia. En Inglaterra y en Francia la burguesía domina con plenos poderes y de un modo casi (salvo pequeñas excepciones) directo, mientras que en Prusia la primacía corresponde a los feudales, a los junkers, al militarismo monárquico. En Inglaterra y en Francia la burguesía recurre de manera particularmente frecuente, libre y amplia al método de atraer a su lado a elementos procedentes del proletariado o a traidores a su causa (John Burns, Briand) en calidad de «colaboradores» que se «concentran tranquilamente en las cuestiones especiales» y que enseñan a la clase obrera la «tolerancia» hacia la dominación del capital.

No cabe la menor duda de que los órdenes inglés y francés son mucho más democráticos que los prusianos, mucho más favorables para la lucha de la clase obrera, y están mucho más avanzados en lo que se refiere a la extinción de las instituciones del pasado medieval que ocultan a la clase obrera a su principal y verdadero adversario. No cabe, por tanto, la menor duda de que a los intereses de los obreros rusos conviene apoyar todas las aspiraciones encaminadas a reorganizar nuestra patria según un tipo más anglo-francés que prusiano. Pero no podemos limitarnos a esta conclusión indiscutible, como se hace con demasiada frecuencia. La cuestión discutible, o las cuestiones discutibles (con los demócratas de diferentes matices) empiezan precisamente aquí.

El apoyo a las aspiraciones es necesario, pero para apoyar a lo débil y vacilante hay que hacerlo descansar sobre algo más firme, hay que disipar las ilusiones que impiden ver la debilidad, que impiden comprender las causas de esa debilidad. Quien consolida esas ilusiones, quien se suma a los lamentos impotentes de los partidarios de la democracia, impotentes, inconsecuentes y vacilantes, no apoya las aspiraciones al democratismo burgués, sino que debilita esas aspiraciones. La burguesía en Inglaterra y en Francia, en su tiempo —a mediados del siglo XVII o a finales del XVIII— no suspiraba con motivo de la «intolerancia» del hermano menor, no ponía gestos agrios a propósito de los «oradores demasiado fogosos» de entre ese hermano menor, sino que ella misma suministraba oradores (y no solo oradores) de los más fogosos, que despertaban el sentimiento de desprecio hacia la prédica de la «tolerancia», hacia los lamentos impotentes, hacia las vacilaciones e indecisiones. Y entre esos fogosos oradores hubo hombres que durante siglos y siglos siguieron siendo lumbreras, maestros, pese a toda su limitación histórica y a la frecuente ingenuidad de sus ideas de entonces sobre los medios de liberarse de toda clase de calamidades.

La burguesía alemana también suspiraba, al igual que la rusa, por el hecho de que entre el «hermano menor» hubiera oradores «demasiado fogosos», y en la historia de la humanidad ofreció el modelo de bajeza, vileza y lacayismo recompensado con las patadas de las botas «junker». La diferencia entre una burguesía y otra se explica, por supuesto, no por las «propiedades» de diferentes «razas», sino por la altura del desarrollo económico y político, que hacía que la burguesía temiera al «hermano menor», que la hacía vacilar impotente entre la condena de las violencias del feudalismo y la condena de la «intolerancia» de los obreros.

Todas estas son viejas verdades. Pero son eternamente nuevas y siguen siendo nuevas cuando se leen en una publicación de gentes que pretenden ser marxistas, líneas como estas:

«El fracaso del movimiento de 1905–1906 no fue condicionado por los “extremismos” de la izquierda, pues esos “extremismos” mismos estaban condicionados, a su vez, por toda una serie de causas, ni por la “traición” de la burguesía, que en todas partes de Occidente “traicionaba” en el momento correspondiente, sino por la ausencia de un partido burgués definido, que pudiera situarse al timón del poder en lugar de la autoridad burocrática sobrevivida y que fuera fuerte económicamente y lo bastante democrático como para contar con el apoyo del pueblo».

Y unas líneas más abajo: «... la debilidad de la democracia burguesa urbana, que habría debido convertirse en el centro político de atracción para el campesinado democrático...» («Nasha Zaria» n.º 3, pág. 62, artículo del Sr. V. Levitski).

El Sr. V. Levitski ha llevado hasta el fin, ha pensado más a fondo su negación de la idea de la «hegemonía» («¡el centro de atracción habría debido ser la democracia burguesa urbana», y no otro cualquiera!), o la expresa de manera más audaz y definida que el Sr. Potresov, quien retocaba su artículo en «El Movimiento Social» bajo la influencia de los ultimátums de Plejánov.

El Sr. V. Levitski razona enteramente como un liberal. Es un liberal inconsecuente, por muchos términos marxistas que emplee. Él no tiene ni idea de que el «centro de atracción para el campesinado democrático» habría debido ser una categoría social completamente distinta de la democracia burguesa urbana. Olvida que ese «deber ser» fue realidad durante largos períodos históricos tanto en Inglaterra, como en Francia y en Rusia; y en este último país esos períodos fueron grandes por su significado, aunque pequeños por su duración, mientras que en los dos primeros países, en la mayoría de los casos, el plebeyismo democrático, ultrademocrático, «demasiado fogoso», aglutinaba a los heterogéneos elementos de los «de abajo».

El Sr. V. Levitski olvida que esos «de abajo», incluso en los cortos períodos en que les cupo en la historia desempeñar el papel de «centros de atracción para el campesinado democrático», cuando consiguieron arrebatar ese papel de manos de la burguesía liberal, ejercieron una influencia decisiva en el grado de democratismo que el país alcanzó en las décadas subsiguientes del llamado desarrollo pacífico. Esos «de abajo», en los cortos períodos de su hegemonía, educaban a su burguesía, la transformaban de tal modo que luego esta intentaba retroceder, pero no podía en ese movimiento de retroceso ir más allá de, digamos, una segunda cámara en Francia o de ciertas restricciones al democratismo electoral, etc., etc.

Esta idea, corroborada por la experiencia histórica de todos los países europeos, de que en las épocas de transformaciones burguesas (o, más exactamente, de revoluciones burguesas) la democracia burguesa de cada país se configura de un modo u otro, adopta una u otra forma, se educa en una u otra tradición, reconoce uno u otro mínimo de democratismo, según la medida en que la hegemonía pasa, en los momentos decisivos de la historia nacional, no a la burguesía, sino a los «de abajo», al «plebeyismo» del siglo XVIII, al proletariado de los siglos XIX y XX, esta idea le es ajena al Sr. V. Levitski. Esta idea de la hegemonía constituye una de las tesis fundamentales del marxismo, y la ruptura con ella (o incluso la indiferencia hacia ella) por parte de los liquidacionistas es la fuente más profunda de toda una serie de divergencias de principio irreconciliables con los adversarios del liquidacionismo.

Todo país capitalista atraviesa una época de revoluciones burguesas, en que se conforman uno u otro grado de democratismo, uno u otro tipo de constitucionalismo o de parlamentarismo, uno u otro grado de autonomía, independencia, amor a la libertad e iniciativa de los «de abajo» en general y del proletariado en particular, una u otra tradición en toda la vida estatal y social. Cuál será ese grado de democratismo y esa tradición depende precisamente de si la hegemonía pertenece en los momentos decisivos a la burguesía o a su antípoda, de si es la primera o el último (una vez más en esos momentos decisivos) el «centro de atracción para el campesinado democrático» y para todos los grupos y capas democráticos intermedios en general.

El Sr. V. Levitski es un maestro en formular de manera brillante, que revela de inmediato, de modo tajante y claro, las bases ideológicas del liquidacionismo. Tal es su famosa fórmula: «no hegemonía, sino partido de clase», que traducida al ruso llano significa: no marxismo, sino brentanismo (social-liberalismo). Igualmente célebres se harán, probablemente, las dos fórmulas aquí señaladas: «el centro de atracción para el campesinado democrático habría debido ser la democracia burguesa urbana» y «el fracaso se debió a la ausencia de un partido burgués definido».

«Zvezdá» n.º 26, 11 de junio de 1911. Firmado: V. Ilín

Se publica según el texto del periódico «Zvezdá»