Toda crisis pone al desnudo la esencia de los fenómenos o procesos, desecha lo superficial, lo nimio, lo externo, y revela los fundamentos más profundos de lo que acontece. Tomemos, por ejemplo, la crisis más corriente y menos compleja en la esfera de los fenómenos económicos, como es toda huelga. Nada revela tan claramente las relaciones reales entre las clases, la verdadera naturaleza de la sociedad actual, el sometimiento de la inmensa mayoría de la población al poder del hambre, la apelación de la minoría propietaria a la violencia organizada para mantener su dominación. Tomemos las crisis comerciales e industriales: nada refuta de manera tan gráfica los discursos de los apologistas y apóstoles de la «armonía de intereses», nada muestra tan plásticamente todo el mecanismo del sistema capitalista actual, toda la «anarquía de la producción», toda la dispersión de los productores, toda la guerra de todos contra todos. Tomemos, por último, una crisis como la guerra: todas las instituciones políticas y sociales se someten a la prueba y verificación del «fuego y la espada». La fuerza o debilidad de las instituciones y del orden de cualquier pueblo las determinan el resultado de la guerra y sus consecuencias. La esencia de las relaciones internacionales bajo el capitalismo: el saqueo descarado del débil, se revela con absoluta nitidez.

El significado de nuestra tan traída y llevada crisis «parlamentaria» consiste también en que ha revelado las profundas contradicciones de todo el régimen social y político de Rusia. Por desgracia, la mayoría de los participantes y actores de la crisis, en parte conscientemente, en parte por ligereza o sometiéndose a la rutina y a la tradición, no sólo no se proponen explicar la crisis, señalar sus verdaderas causas y significado, sino que, por el contrario, la oscurecen con fraseología, fraseología y más fraseología. El «gran día» en la III Duma, el día de los debates con Stolypin, el 27 de abril, fue un gran día de vana oratoria «parlamentaria». Pero, por más inmoderados que fueran los torrentes de frases del propio Stolypin, de sus amigos y de sus adversarios, no lograron ahogar la esencia del asunto. Y cuanto más desvían la atención del lector los órganos de nuestra prensa diaria repitiendo frases liberales, detalles y formalidades jurídicas, tanto más oportuno será echar una vez más una mirada de conjunto al cuadro de la crisis puesto de manifiesto el 27 de abril.

El motivo fundamental del discurso de Stolypin es la defensa de los «derechos de la Corona» contra todo «menoscabo». «El significado del artículo 87 –dijo Stolypin— define los derechos de la Corona y no puede ser menoscabado sin crear un precedente indeseable». Stolypin se alza contra «la difamación del derecho del poder supremo a aplicar el art. 87 en circunstancias extraordinarias surgidas antes de la disolución de las Cámaras». «Este derecho es irrefutable —declaró Stolypin—, se asienta, se basa en las condiciones de la vida», «Cualquier otra interpretación de este derecho es inadmisible, violaría el sentido y la razón de la ley, reduciría a la nada el derecho del monarca a aplicar decretos de emergencia».

Todo esto es muy claro y no es fraseología. La cuestión se plantea cínicamente: «de manera realista». La Corona y los intentos de menoscabo… Si surge la disputa sobre a quién corresponde en última instancia interpretar el sentido del derecho, esta disputa la resuelve la fuerza. Todo esto es muy claro y no es fraseología.

En cambio, puritita fraseología, malabarismos y ficciones jurídicas fueron los «fervientes, calurosos, apasionados y convencidos» reproches de Maklakov: «con gran pesar y gran vergüenza» (informe de «Rech» del 28 de abril, pág. 4) he oído algunas alusiones a la Corona, por lo visto. Maklakov, en nombre de todo el llamado «centro constitucional» (es decir, en nombre de los kadetes y octubristas), defiende la ficción habitual de la monarquía constitucional. Pero la «defensa» kadete o kadeto-octubrista se reduce a una frase vacía. ¿A qué vienen el pesar y la vergüenza cuando lo que está en juego es la fuerza? La burguesía que desea tener una constitución se lamenta de que la Corona no le dé una constitución y se «avergüenza» de ello. La Corona se «avergüenza» de que pudieran imponerle una constitución, considerándola como un «menoscabo», «lamentando» todo género de interpretaciones de cualquier ley que tienda a un «menoscabo».

Dos partes. Dos interpretaciones del derecho. Pesares y vergüenza por ambos lados. La única diferencia es que una parte se limita a «lamentarse y avergonzarse»; la otra parte no habla ni de pesar ni de vergüenza, sino que dice que el menoscabo es «inadmisible».

¿No está claro que en realidad quien debería «avergonzarse» de semejante estado de cosas, avergonzarse de su impotencia, son precisamente los señores Maklakov, es precisamente toda nuestra burguesía kadete y octubrista? El representante del Consejo de la Nobleza Unida habla cínicamente de la crisis cínicamente creada por él, lanza un desafío, arroja la espada sobre la balanza. Y la burguesía liberal, como un mercaducho amedrentado por el gobernador, retrocede cobardemente y, retrocediendo, masculla: ¡lo lamento, me avergüenzo… de que usted me trate tan mal!

«Diré —se desvive Maklakov— que soy más constitucionalista que el presidente del Consejo de Ministros (¡imagino cómo se reía Stolypin para sus adentros en su casa de estas palabras: no se trata de proclamarse constitucionalista, querido, sino de quién tiene la fuerza para determinar si hay constitución y cómo es esa constitución!), pero no soy menos monárquico que él». (Stolypin sonríe aún más satisfecho: ¡vaya, primero amenazó y luego pide perdón! Vaya guerrero este Maklakov.) «Considero una locura crear una monarquía donde no tiene raíces, pero es igualmente una locura negarla allí donde sus raíces históricas son sólidas…».

Después de amenazar primero y luego pedir perdón, ahora empieza a esgrimir un argumento a favor de Stolypin. ¡Oh, magnífico parlamentario del liberalismo! ¡Oh, incomparable jefe del centro «constitucional» (lucus a non lucendo: «constitucional» con motivo de la ausencia de constitución), del centro kadeto-octubrista!

«El presidente del Consejo de Ministros —truena nuestro tribuno de la «libertad del pueblo» (léase: de nuestra histórica esclavitud del pueblo)— aún puede permanecer en el poder; lo retendrá también el miedo a la revolución que sus propios agentes están gestando (voces de la derecha: «¡vergüenza!»; ruido)… lo retendrá también el peligro de crear un precedente»!!

Relato de cómo Iván Ivánovich avergonzaba a Iván Nikíforovich e Iván Nikíforovich avergonzaba a Iván Ivánovich. Es vergonzoso no observar las normas habituales del constitucionalismo, dice Iván Ivánovich a Iván Nikíforovich. Es vergonzoso amenazar con la revolución a la que uno mismo teme, en la que no cree, a la que no ayuda —dice Iván Nikíforovich a Iván Ivánovich.

¿Qué piensa usted, lector, cuál de los dos contendientes ha «avergonzado» más al otro?

El representante del «centro constitucional», Lvov 1º, habla después de Gueguechkori, quien explicó con toda razón que la prensa liberal presenta falsamente la crisis como «constitucional», que los kadetes «con la boca de sus oradores mantenían la ilusión criminal de un centro constitucional», que para la constitución falta todavía algún movimiento (sólo resultó torpe en el discurso de Gueguechkori la mención al final de la «anarquía»: no era la palabra que debía decirse aquí).

Por el discurso de Lvov 1º se pudo pensar por un momento que incluso algunos terratenientes habían entendido algo de las explicaciones de Gueguechkori. «Lo ocurrido —dice Lvov 1º— demuestra realmente que no tenemos constitución, ni parlamentarismo; es más, no tenemos ni leyes fundamentales ni ningún régimen organizado en general (¡toma ya! ¿acaso la existencia de los terratenientes no significa un régimen terrateniente organizado? su lengua es su enemiga, señores del «centro constitucional»), sino únicamente arbitrariedad (esto es precisamente uno de los rasgos fundamentales y más esenciales del régimen terrateniente organizado) y demagogia».

Por demagogia, el «progresista» terrateniente Nikolái Nikoláievich Lvov 1º entiende algo sumamente desagradable. Sigan escuchando:

«Y de esta demagogia se sirven las personas que están en el poder para aumentar su propia influencia y su poder. De esta demagogia se servirán otros que quieren conquistar ese poder»… (¡brr… qué aspiración tan indignante, tan inmoral! los burgueses liberales rusos están tan lejos de semejante aspiración como el cielo de la tierra. Sólo en el Occidente podrido la burguesía inmoral aspira a conquistar el poder e incluso ha engendrado doctrinas erróneas, según las cuales sólo el poder burgués asegura una constitución burguesa. Nosotros, los liberales rusos, estamos instruidos por la prédica moral e idealista de Struve, Berdiáev y Cía., por eso pensamos que el poder debe quedar en manos de los Tolmachov, y las instrucciones sobre el uso verdaderamente constitucional de ese poder deben escribirlas los Maklakov)… «para quienes la demagogia es un instrumento mucho más cercano. Teman esta demagogia, porque se le sacrificará todo: tanto la dignidad de ustedes como su patrimonio, su honor y el civismo de Rusia».

Bien habla el «progresista» Nikolái Nikoláievich Lvov 1º. Respecto al «patrimonio», habla incluso con bastante claridad: por ejemplo, si ayer un terrateniente tenía 10 000 desiátinas y hoy le quedan 50, eso significa que 9 950 desiátinas han sido «sacrificadas» a la «demagogia». Esto es comprensible. Esto no es fraseología. Pero en cuanto a la «dignidad» y el «honor», la cuestión no es tan clara; ¿quiere decir nuestro progresista que un terrateniente sólo puede ser una persona «digna» y «honrada» si posee 10 000 desiátinas de tierra y que inevitablemente se convertirá en indigno y deshonrado si pierde 9 950 de ellas? ¿O quiere decir Lvov 1º que la dignidad y el honor serán sacrificados a la demagogia si no se hace una valoración justa, por ejemplo, de unos 500 rublos por desiátina?

En lo tocante al «civismo de Rusia», el «progresista» Lvov 1º no ha atado cabos en absoluto. Si dijo la verdad al afirmar que no tenemos ni constitución, ni parlamentarismo, ni leyes fundamentales, entonces quiere decir que tampoco tenemos civismo, y lo que no existe no puede ser sacrificado. Si Lvov 1º dijo la verdad, entonces significa que nuestro civismo ha sido sacrificado a nuestro «régimen (terrateniente) organizado». ¿No habrá metido la pata nuestro «progresista»? ¿No querría decir que nuestro régimen terrateniente organizado será sacrificado al civismo de Rusia? ¿No pretendía llamar demagogia precisamente a ese giro hipotético de los acontecimientos? Cuando decía «teman esta demagogia», ¿no quería decir que la mayoría de la tercera Duma debía temer ese giro hipotético de los acontecimientos?

Relato de cómo Iván Ivánovich acusaba de demagogia a Iván Nikíforovich e Iván Nikíforovich a Iván Ivánovich. Usted es un demagogo, dijo Iván Ivánovich a Iván Nikíforovich, porque está en el poder y se aprovecha de ello para aumentar su propia influencia y su poder, apelando además a los intereses nacionales de la población. No, usted es un demagogo, dijo Iván Nikíforovich a Iván Ivánovich, porque vocifera en un lugar público que aquí no hay más que arbitrariedad y que no tenemos ni constitución ni leyes fundamentales, insinuando además, de manera bastante descortés, algo así como que nuestro patrimonio será sacrificado.

Quién desenmascaró a quién como demagogo, en fin de cuentas, es algo desconocido. Pero es sabido que cuando dos ladrones riñen, siempre hay algún provecho.

«Zvezdá» Nº 21, 7 de mayo de 1911. Firmado: V. Ilín

Se publica según el texto del periódico «Zvezdá»