Legalista. Me parece que la extrema agudización de la lucha y las disputas con los liquidacionistas en la prensa socialdemócrata ha inflamado en exceso las pasiones y ha oscurecido un tanto la esencia de la divergencia.

Antiliquidacionista. ¿No será al revés? ¿No será que la agudización de la lucha está provocada por la profundidad de la divergencia ideológica? ¿O acaso usted también se ha pasado al campo de los «vacilantes» —o sea, los «conciliadores»— que intentan llenar el abismo con frases vacías y lugares comunes grandilocuentes?

Legalista. Oh, no, no tengo en absoluto inclinación a «conciliar». Al contrario. Mi idea consiste en que los liquidacionistas no son lo suficientemente conscientes y, por ello, no son lo suficientemente resueltos. Todavía andan a tientas, crecen, si se puede expresar así, de manera espontánea. Todavía temen pensar sus ideas hasta el final. De ahí su inconsecuencia, su confusión, su inestabilidad, que los adversarios toman por hipocresía, por maniobras fraudulentas de lucha contra el partido ilegal, etcétera. Resulta una trifulca, y el gran público, por el cual se sostiene la polémica, deja de comprender de qué se trata. Si los liquidacionistas tuvieran menos habilísimos diplomáticos y más fe en sí mismos, demostrarían más rápidamente su razón y los derrotarían a ustedes por completo.

Antiliquidacionista. Terrible es el sueño, pero… sería interesante escuchar sus pruebas.

Legalista. Los liquidacionistas, en mi convicción, tienen razón. Deben recoger el mote que se les ha lanzado de legalistas. Nosotros lo recogeremos y demostraremos que precisamente los legalistas dan la única respuesta correcta, desde el punto de vista del marxismo, a las malditas cuestiones del movimiento obrero contemporáneo en Rusia. ¿Reconoce usted o no que la época que atravesamos representa una cierta etapa *sui géneris* del desarrollo económico y político de Rusia?

Antiliquidacionista. Lo reconozco.

Legalista. Lo reconoce sólo de palabra, como sus famosas resoluciones «de diciembre» (de 1908). Si se reflexiona seriamente sobre tal reconocimiento, éste significa que la existencia abierta de, digamos, la fracción socialdemócrata en la III Duma no es una casualidad, sino una parte integrante indisoluble del «momento actual». Todo el conjunto de condiciones políticas de este tiempo, todo el conjunto de condiciones del movimiento obrero es tal, que hace posible y necesaria una fracción socialdemócrata legal y abierta en la Duma, hace posible y necesario un partido obrero socialdemócrata legal y abierto.

Antiliquidacionista. ¿No es éste un salto arriesgado de la fracción socialdemócrata en la Duma al partido obrero socialdemócrata?

Legalista. No es arriesgado en absoluto. La única cuestión es que las formas de existencia de la socialdemocracia en la III Duma nos vienen dadas desde fuera, no nos quedó más remedio que aceptarlas, entrar, por así decirlo, en un local ya preparado, mientras que las formas de existencia del partido obrero legal hay que encontrarlas por uno mismo. Aquí hace falta iniciativa, lucha por formas nuevas. Aquellos a quienes ustedes llaman despectivamente liquidacionistas han iniciado esta lucha, han emprendido un nuevo camino —pero, por desgracia, sólo con un pie. Por desgracia, todavía se acobardan, miran hacia atrás, se limitan a medias tintas. Al comienzo de un nuevo camino esto es inevitable, de acuerdo, pero al comienzo le seguirá la continuación. Y la indecisión de los primeros pasos desaparecerá, y los errores serán corregidos.

Antiliquidacionista. Magnífico. ¿No tendría usted la bondad de explicar cuáles son esos errores y en qué consistirá su corrección?

Legalista. Con gusto lo explicaré. No se puede predecir cómo será exactamente el partido obrero legal de mañana, pero no se puede dejar de ver la dirección general en el desarrollo del movimiento obrero. Reconociendo esta dirección como algo dado, puedo audazmente trazar el cuadro del partido legal, sabiendo que la realidad no será exactamente así, pero será de esa índole. Y para trazarles este cuadro, no necesito en absoluto lanzarme a la «invención». Sólo necesito observar atentamente las lecciones de la vida, la experiencia del trabajo en las nuevas condiciones posrevolucionarias. Me basta con resumir esta experiencia, desechar los detalles, tomar el hilo fundamental. Existe la representación obrera legal en la Duma. Existe la fracción socialdemócrata legal. La persiguen, la vigilan los espías, no se le permiten reuniones, se le quitan personas entendidas, mañana, tal vez, la dispersarán por las cárceles y los lugares de destierro —el partido legal no excluye en modo alguno, como piensan sus miopes partidarios, las persecuciones judiciales y policiales. Pero la fracción legal existe, a pesar de las persecuciones. Existen sindicatos obreros legales, clubes, revistas y semanarios marxistas legales —a éstos los persiguen aún más, los cierran, los ahogan con multas, sus redactores pagan por un mes de redacción quizá con un mes y medio de cárcel, los sindicatos son disueltos constantemente, y sin embargo existen. Reflexione usted sobre este hecho. Una cosa es la ausencia de sindicatos obreros legales, de prensa marxista legal, de diputados socialdemócratas legales. Así era antes de 1905. Otra cosa es su existencia, a pesar de las incesantes persecuciones, a pesar de las constantes clausuras. Así están las cosas después de 1907. En esto consiste la novedad de la situación. De esta «novedad» hay que saber asirse para ampliarla, fortalecerla, consolidarla.

Antiliquidacionista. Usted empezó prometiendo ser un legalista más audaz, más consecuente que los que han intervenido hasta ahora, pero de momento todavía no hace más que repetir palabras dichas hace tiempo por todos los liquidacionistas.

Legalista. Ya he dicho que el cuadro del legalismo consecuente, convencido, se desprende por sí solo de la atenta observación de la experiencia de la vida. De hecho, ya existen todos los elementos sueltos del partido obrero socialdemócrata legal. Hay que decir en voz alta y directamente lo que existe. Hay que reconocer sin miedo que no hoy, sino mañana, estos elementos dispersos se reunirán, deben reunirse, y tal partido surgirá. Hay que fundarlo, y será fundado. Será perseguido, pero existirá; a los años de ausencia del partido obrero legal sucederán años de existencia precaria, interrumpida por multitud de persecuciones, del partido obrero legal, y tras ellos vendrán años de un partido socialdemócrata legal puramente europeo en Rusia. Los años de existencia del partido socialdemócrata legal ya han comenzado, ya es más real que esa suya clandestinidad destruida en un noventa y nueve por ciento. Para cohesionar definitivamente a los legalistas, para hacer su actividad más segura, sistemática, consecuente, no hay que tener miedo de decir lo que existe, no hay que tener miedo de llamar a esta realidad por su verdadero nombre, no hay que tener miedo de lanzar la consigna, de izar la bandera. Que nos la arranquen de las manos los tribunales y la policía, que la arranquen decenas de veces, no se la puede aniquilar, no se la puede arrancar por mucho tiempo, porque resume lo que existe, lo que crece, lo que no puede dejar de crecer.

Antiliquidacionista. Al grano, al grano. Si no, le recordaré el refrán: bien canta, pero ¿dónde se posará? Usted prometió hablar directamente. Vamos, más directo, más concreto: ¿qué estará escrito en su bandera?

Legalista. A eso precisamente iba. Nosotros fundamos una sociedad legal de fomento del movimiento obrero. La base de principios de esta sociedad es el marxismo. El objetivo de la sociedad es la transformación de las condiciones sociales de vida sobre las bases del marxismo, la supresión de las clases, la supresión de la anarquía en la producción, etcétera. El objetivo inmediato del partido legal, es decir, de nuestra sociedad, es la plena democratización del régimen estatal y social; el fomento de la solución de la cuestión agraria en un sentido democrático, sobre las bases de los puntos de vista marxistas; la más amplia legislación obrera. Por último, los medios de actividad de la nueva sociedad son todos los medios legales de propaganda, agitación y organización.

Antiliquidacionista. ¿Supone usted acaso que nuestro gobierno permitirá el registro de semejante sociedad?

Legalista. No se preocupe, no soy tan ingenuo como para suponer eso. Por supuesto, nuestra sociedad no será registrada, pero no podrá ser considerada ilegal, y en eso consiste precisamente nuestra tarea. En cada provincia, un obrero tras otro redactará los estatutos de una sociedad semejante y los presentará para su aprobación ante las autoridades. Será una lucha consecuente e inflexible por la legalidad. No se podrá perseguir a los fundadores y miembros de tal sociedad por los «terribles» puntos del programa de nuestro actual partido, que lo es solo en apariencia, ya que el POSDR en este momento no es más que un partido en apariencia, y los «terribles» puntos de su programa, como la república, la dictadura del proletariado –por no hablar ya de los «terribles» puntos de las numerosas resoluciones sobre la insurrección armada, etc.– no asustan a nadie, no tienen ningún significado, no desempeñan ningún papel, a no ser ese «papel» que envía a trabajos forzados a personas que en realidad no cometen nada ilegal. Ahí está el quid, ahí reside la tragicomedia de la actual situación del partido. Lo muerto aprisiona a lo vivo. Puntos caducos, rechazados de hecho por la vida, que han caído en desuso, archivados en la práctica, de diversas resoluciones y del viejo programa del partido, solo sirven a nuestros enemigos, solo ayudan a sofocarnos, sin aportar absolutamente ningún, repito, absolutamente ningún beneficio al movimiento real contemporáneo, a ese verdadero trabajo socialdemócrata que ahora se lleva a cabo, se lleva a cabo tanto en la Tercera Duma, como en las revistas y periódicos legales, como en los sindicatos legales, como en los congresos legales, etc., etc. He aquí por qué para nosotros, los legalistas, la esencia de la cuestión no reside en absoluto en librarse de las persecuciones y penas más peligrosas (como estarán dispuestos a concluir sus partidarios, adiestrados, perdone la expresión, en la caza de liquidadores), sino en la importancia de principio del movimiento obrero abierto, en primer lugar, y en la utilización de las contradicciones del régimen actual, en segundo lugar. Sí, sí, señor starover, los principios del marxismo no consisten en absoluto en una suma de palabras aprendidas de memoria, ni en fórmulas «ortodoxas» obligatorias de una vez para siempre, sino en la contribución al amplio movimiento obrero, en la contribución a la organización y la actividad autónoma de las masas. Que queden «sin decir» algunas palabras –sé perfectamente que usted y sus partidarios se especializan en «decir» lo no dicho por la fracción socialdemócrata de la Duma, por una revista legal, etc.–, que haya palabras «no dichas», pero a cambio la causa avanzará. Capas más amplias de obreros serán atraídas al movimiento. Se dará un paso decisivo hacia la generalización de las intervenciones abiertas. Todo obrero consciente agarrará al régimen que lo oprime precisamente por la contradicción que le es más propia, más característica en este momento, por la contradicción entre el reconocimiento formal de la legalidad y la negación real de la misma, entre el «tolerar» a la fracción socialdemócrata de la Duma y los intentos de «no dejar entrar» al partido socialdemócrata, entre el reconocimiento de los sindicatos obreros en las declaraciones oficiales y su persecución en la vida. Agarrar al régimen que oprime al proletariado por las contradicciones de ese régimen: en eso consiste el alma viva del marxismo, y no en fórmulas anquilosadas. En eso radica una de las principales, diré más: una de las causas fundamentales de los éxitos de la socialdemocracia alemana, en que supo sacrificar siempre la fórmula en interés del movimiento. Supo después de 1871 crear un partido en cuyo programa figuraba el reconocimiento de solo los medios «legales» de actividad política. Supo desarrollar el movimiento socialdemócrata más fuerte del mundo con un programa socialdemócrata que es mucho más «legal» que el nuestro, pues en él no hay ni nunca ha habido república. Y ustedes –ustedes están dispuestos a mostrar al mundo el modelo de un programa socialdemócrata «modélicamente radical» acompañado de una modélica y radical ausencia de organización socialdemócrata de masas, de movimiento socialdemócrata de masas.

Antiliquidador. Hasta ahora, de su plan solo resulta de hecho un «movimiento de masas» de documentos entrantes y salientes en las oficinas de asuntos de sociedades y sindicatos, si en cada provincia cada obrero consciente va a copiar y presentar para su aprobación su proyecto de «sociedad» marxista legal. Puesto que usted mismo dice que esta sociedad no será autorizada, no se abre entonces ningún movimiento abierto, ni siquiera ninguna sociedad «abierta» en ninguna parte, salvo en su fantasía legalista. Pero antes de responderle detalladamente, quisiera preguntarle aún si se imagina usted esa «sociedad» marxista legal existiendo en lugar del viejo partido, es decir, del actual, o junto a él.

Legalista. Ahí, ahí. ¡Ha tocado usted una cuestión muy interesante! Ahí radica uno de los errores lamentables de los dirigentes oficiales del liquidacionismo. Tienen miedo de dar un gran paso adelante por un camino indudablemente correcto –y al mismo tiempo dan una serie de pasos sumamente arriesgados, absolutamente innecesarios para la causa, hacia un lado, y precisamente hacia el lado del oportunismo. Yo diría: se puede ser legalista sin ser liquidador. Se debe ser legalista sin ser oportunista. Es necesario reconocer las formas legales del movimiento, es necesario reconocerlas no a medias, no solo de palabra, sino seria y realmente, es decir, fundar de inmediato un partido obrero marxista legal, pero renunciar a la revolución es un oportunismo inadmisible, y tal renuncia se vislumbra en muchísimos, si no en la mayoría de nuestros liquidadores. La renuncia a la hegemonía es un oportunismo que condeno resueltamente. No necesitamos renunciar a nada, ni liquidar nada. El nuevo partido legal debe existir junto al viejo, al lado de él. Se complementarán mutuamente.

¿Sonríe usted? Pero no hay nada cómico en ello. Usted dirá: «doble contabilidad». Y yo le pregunto: ¿acaso la existencia simultánea de la prensa legal e ilegal no representa un fenómeno completamente análogo a mi plan, o mejor dicho: a mi conclusión de todas las lecciones de la experiencia contemporánea? Si antes de 1905 los emigrados no podían escribir en la prensa legal, si entonces se cerraban los órganos por publicar artículos de emigrados aunque fuera bajo seudónimo, ¿acaso no es característico de nuestra época contradictoria que emigrados de todos conocidos escriban con su propio nombre tanto en la prensa ilegal como en la legal? ¡Con esta «doble contabilidad» ustedes se conforman! De ella no se deriva ninguna «confusión». Solo la rutina, nada más que la rutina, les impide comprender que esta «doble contabilidad» viene prescrita por todas las condiciones de nuestra época, que hay que dominar sus contradicciones, que hay que saber situarse en ese terreno –y en ese terreno– en el que se desarrollan los acontecimientos más importantes de la contemporaneidad. «La combinación del trabajo ilegal y legal» la reconocen todos ustedes de palabra. Reconózcanla, pues, de hecho. Después de decir A, no teman decir B. Después de reconocer la tesis fundamental en la táctica y la organización en general, no teman reconocerla en la organización del partido. Rompan, por fin, de manera decidida, seria y sincera, con ese absurdo prejuicio anarquista contra la legalidad.

Antiliquidacionista. He ahí precisamente la desgracia de usted, que juega a la legalidad, usted "legaliza", mientras que los alemanes se apoyaban en una legalidad realmente existente. El ejemplo de la prensa legal e ilegal habla de manera especialmente elocuente contra usted. Cuando un socialdemócrata ilegal va a la prensa legal para escribir allí sobre aquello que está permitido escribir en la prensa legal, no juega a la legalidad, sino que utiliza realmente la legalidad realmente existente dentro de ciertos marcos estrechos. En cambio, su partido obrero legal, o sociedad marxista (al igual que el "partido obrero abierto" de los liquidacionistas, de los cuales en esencia usted no se diferencia en absoluto) es una fantasía legalista, nada más, pues usted mismo reconoce que nadie los autorizará, que de hecho estas sociedades supuestamente "legales" no existirán legalmente. Así como entre los anarcosindicalistas reina la "gimnasia revolucionaria", en usted resulta una "gimnasia legalista". Si entre los kadetes existe legalmente un partido legalmente inexistente, la causa no reside en que los kadetes hayan dominado una forma contradictoria, sino en que el contenido de su trabajo no encierra nada revolucionario, no contiene ninguna actividad organizativa democrática entre las masas. El contenido de su trabajo es liberal-monárquico, y la autocracia puede autorizar, puede tolerar tal actividad política. En cambio, la actividad de los marxistas entre la clase obrera no puede tolerarla la autocracia, e intentar ayudar a la causa con disfraces es ingenuo. Y su "sociedad legal", como el "partido obrero abierto" de los liquidacionistas, es precisamente una sociedad seudónima, es un juego de disfraces, pues de hecho usted cuenta con los socialdemócratas. Las formulaciones poco claras, difusas, que usted elige para definir el objetivo, la plataforma, la táctica de su "sociedad", son un encubrimiento verbal, una defensa de papel, son la misma gimnasia legalista. Actuar en la Duma, crear sindicatos legales, intervenir en congresos legales, nuestro partido debe hacerlo; la negación de esto es anarquismo o nihilismo intelectual, y en el reconocimiento de este tipo de actividad reside la consideración de las nuevas condiciones de la nueva época. Pero aún no puede haber legalidad para la actividad política (excepto para los oportunistas intelectuales), porque no se han conquistado las condiciones para tal legalidad, y "deslizarse" hacia ella es un sueño vano. Entre los alemanes, hacia 1871, dicha legalidad se había creado plenamente, la transformación burguesa del país se había completado plenamente, las condiciones para un movimiento directamente revolucionario habían desaparecido por completo: en estas condiciones objetivas, y no en el arte de los socialdemócratas alemanes, reside la causa de que pudiera crearse un partido socialdemócrata realmente legal, y no uno que jugara a la legalidad, que no se dedicara a la "gimnasia legalista".

Copiar de tal partido legal ciertos puntos legales del programa, resoluciones, etc., y trasladar tal "legalidad" a Rusia es un sueño ingenuo, una diversión vacía, porque usted no puede trasladar a Rusia la culminación alemana de la revolución burguesa, el democratismo agotado de la historia alemana, la "revolución desde arriba" alemana de los años 60{101}, la legalidad fáctica alemana. Hay países monárquicos en los que existen legalmente partidos republicanos, y cómo será de hecho la legalidad rusa cuando culminen las revoluciones burguesas en Rusia, cuando se conforme entre nosotros un orden tan burgués como en Europa, eso lo veremos después de las batallas venideras, eso lo determinarán los resultados de estas batallas. Y la tarea actual de la socialdemocracia es saber prepararse y preparar a las masas para la revolución en las condiciones particulares de la época del régimen del tres de junio.

Un partido legal de la clase obrera, un partido obrero abierto en estas condiciones es una frase vacía, cuyo trasfondo es la legalización... del grupo de oportunistas-legalistas. Tal legalización de los "socialistas populares" es un hecho. Tal legalización del grupo de nuestros periodistas legales y liquidacionistas es un hecho. No por casualidad, sino por necesidad, no por "error" de unos u otros liquidacionistas, sino por la composición social de todos los grupos intelectuales liquidacionistas, hacia ellos gravitan y deben gravitar los elementos oportunistas que alimentan ideas de renuncia a la revolución, de rechazo a la hegemonía. Separar al legalista de estas personas es posible en los buenos deseos, pero de hecho son inseparables. Las condiciones objetivas de la época que atravesamos son tales que la legalización de los "eneses", la legalización del grupo de literatos liquidacionistas son posibles e inevitables, mientras que la legalización del partido obrero son solo palabras.

El partido ilegal de la clase obrera existe, e incluso su debilitamiento extremo, el más extremo, y la disolución de la mayoría de sus organizaciones en nuestros días no socavan su existencia. Círculos y grupos vuelven a hacer surgir una y otra vez la clandestinidad revolucionaria. La cuestión se reduce a qué fuerza organizada, qué tradición ideológica, qué partido es capaz de influir e influirá en las intervenciones abiertas de los diputados obreros en la Duma, de los sindicatos obreros, de los clubes obreros, de los delegados obreros de distintos congresos legales: el partido revolucionario – proletario, el POSDR, o el grupo oportunista de los literatos liquidacionistas. He aquí el contenido real de la "lucha contra el liquidacionismo", he aquí el sustrato objetivo que crea en este conflicto un abismo entre uno y otro adversario. Y ningún buen deseo, ninguna distinción verbal entre legalismo y liquidacionismo colmará este abismo.

«Hoja de Discusión» Nº 3, 29 de abril (12 de mayo) de 1911. Firmado: B. V. Kupriánov

Se publica según el texto de la «Hoja de Discusión»