La tan cacareada crisis ministerial y política, sobre la cual tanto han escrito y escriben los periódicos, plantea cuestiones más profundas de lo que creen quienes más ruido meten, los liberales. Se dice: la crisis plantea el problema de la violación de la constitución. Pero, en realidad, la crisis plantea el problema de la falsa concepción que octubristas y kadetes tienen de la constitución, del error de raíz de ambos partidos a este respecto. Cuanto más se difunde este error, tanto más necesario es esclarecerlo con perseverancia. Cuanto más se afanan los kadetes, al calor de sus acusaciones contra el octubrismo, en propagar ideas erróneas sobre el supuesto carácter «constitucional» de la crisis, ideas comunes a octubristas y kadetes, tanto más importante es esclarecer esta comunidad que ahora se ha puesto de manifiesto.

Recordemos las recientes disertaciones de *Rech* y *Rússkie Védomosti* sobre la consigna de las elecciones a la IV Duma. A favor de la constitución o en contra de ella: así se plantea y se está planteando ya el problema, aseguraban los dos principales órganos kadetes.

Veamos ahora las disertaciones de los octubristas. He aquí un artículo característico del señor Gromobói en *Golos Moskvy* (del 30 de marzo): «Un hormiguero removido». El publicista octubrista trata de convencer a quienes, siendo a su juicio defensores concienzudos del señor Stolypin, «se asustan ante el paso a la oposición», demostrándoles que «dan pasos erróneos». «Para los constitucionalistas —exclama el señor Gromobói—, el pecado de violar la constitución es tan grave que ninguna otra pesa puede contrarrestarlo.» ¿Qué se puede decir en esencia?, pregunta el señor Gromobói, y responde:

«¿Otra vez el fusil de chispa, el nacionalismo, los impulsos volitivos, la necesidad de Estado? Ay, todo eso ya lo hemos oído, hemos oído también promesas que después no se han cumplido.»

La política de Stolypin fue para los octubristas una «promesa» tentadora (al igual que para los escritores de *Vei*, que con mayor profundidad comprendieron y con mayor brillo expresaron el espíritu del kadetismo). La «promesa», según reconocen los octubristas, no se ha cumplido.

¿Qué significa esto?

En realidad, la política de Stolypin no fue una promesa, sino una realidad política y económica del último cuatrienio (si no quinquenio) de la vida rusa. Tanto el 3 de junio de 1907 como el 9 de noviembre de 1906 (14 de junio de 1910) no son promesas, sino realidades. Los representantes, organizados a escala nacional, de la gran propiedad agraria nobiliaria y de las altas esferas del capital comercial e industrial aplicaban, realizaban esa realidad. Y si ahora la voz del capital octubrista, moscovita (y por tanto, de toda Rusia) dice: «no se ha cumplido», con ello se está haciendo balance de una determinada etapa de la historia política, de un determinado sistema de intentos de «justificar» las exigencias de la época, las exigencias del desarrollo capitalista de Rusia, mediante la III Duma de Estado, mediante la política agraria de Stolypin, etcétera. Con toda concienzudez, con todo celo, sin escatimar pellejo, sin escatimar siquiera el bolsillo, el capital octubrista ayudó a esos intentos y ahora se ve obligado a reconocer: no se ha cumplido.

Por tanto, la cuestión no reside en absoluto en la violación de promesas, en la «violación de la constitución» —pues es ridículo desvincular el 14 de marzo de 1911 del 3 de junio de 1907—, sino en la irrealizabilidad de las exigencias de la época por la vía de lo que octubristas y kadetes llaman «constitución».

Son irrealizables estas exigencias del tiempo por la vía de la «constitución» que otorgaba la mayoría a los kadetes (I y II Duma), son irrealizables por la vía de la «constitución» que convirtió en partido decisivo a los octubristas (III Duma). Y cuando los octubristas dicen ahora: «no se ha cumplido», el significado de este reconocimiento, el significado de la crisis que ha forzado este reconocimiento, consiste en el redoblado, reiterado y definitivo fracaso de las ilusiones constitucionales tanto del kadetismo como del octubrismo.

La democracia movió de su sitio lo viejo. Los kadetes, reprochando a la democracia sus «excesos», prometían realizar lo nuevo por medio de una «constitución» pacífica. No se ha cumplido. Lo nuevo empezó a realizarlo el señor Stolypin de tal modo que las formas modificadas pudieran fortalecer lo viejo, que la organización de los terratenientes retrógrados y de los pilares del capital fortaleciera lo viejo, que la propiedad privada de la tierra en lugar de la comuna creara una nueva capa de defensores de lo viejo. Los octubristas trabajaron junto con el señor Stolypin años y años en esta tarea, «sin ser amenazados» por la democracia temporalmente aplastada.

No se ha cumplido.

Se han cumplido las palabras de quienes hablaban de la vanidad y del perjuicio de las ilusiones constitucionales en épocas de cambios rápidos y radicales como la época de principios del siglo XX en Rusia.

El trienio de la III Duma octubrista, de la «constitución» octubrista, de la «convivencia pacífica y amorosa» octubrista con Stolypin no ha transcurrido sin dejar huella: el desarrollo económico del país ha avanzado un paso, se han desarrollado, desplegado y mostrado (y agotado) los partidos políticos «de derecha», todos y de toda laya.

La política agraria de la tercera Duma se ha mostrado en la práctica en la masa de aldeas y rincones de Rusia, ha sacudido fermentos estancados durante siglos, ha desnudado con rudeza y agudizado las contradicciones existentes, ha envalentonado al kulak y ha despejado la mente de sus antípodas. No ha transcurrido en balde la tercera Duma. Tampoco transcurrieron en balde las dos primeras Dumas, que dieron tantos buenos, bondadosos, inocuos e impotentes buenos deseos. Bajo la envoltura de la crisis «constitucional» de 1911 se ha revelado un fracaso de las ilusiones constitucionales de 1906-1910 incomparablemente más profundo que antes.

Tanto los kadetes como los octubristas coincidían, en el fondo, en basar su política en esas ilusiones. Eran ilusiones de la burguesía liberal, ilusiones del centro; la diferencia entre el centro «izquierdo» (kadetes) y el centro «derecho» (octubristas) es intrascendente, puesto que tanto uno como otro, en virtud de las condiciones objetivas, estaban condenados al fracaso. Lo viejo ha sido movido de su sitio. Ni el centro izquierdo ni el derecho han realizado lo nuevo. Quién y cómo realizará esto nuevo ineludible, históricamente inevitable, es cuestión abierta. El significado de la crisis «constitucional» reside en que los señores de la situación, los octubristas, han reconocido que esta cuestión está de nuevo «abierta», firmando: «no se ha cumplido», incluso bajo sus propias aspiraciones, las más «sólidas», mercantilmente sólidas, de traficante sobrias, moscovitamente modestas. El significado de la crisis «constitucional» reside en que toda la estrechez, toda la miseria, toda la impotencia de la consigna planteada por los kadetes (quién está a favor de la constitución, quién en contra de la constitución) se ha revelado en la experiencia de los señores octubristas.

La democracia demuestra la insuficiencia de esta consigna. El octubrismo ha confirmado estas demostraciones con la experiencia de una etapa más de la historia rusa. Los kadetes no lograrán hacerla retroceder, hacia las anteriores ilusiones constitucionales ingenuas.

«Los octubristas ortodoxos —escribe el señor Gromobói— están nerviosos, anuncian su salida del buró, no saben qué hacer con sus compañeros de constitucionalismo. Agitación vana. Deben estar tranquilos con la conciencia de que la verdad está de su parte y de que esta verdad es tan rudimentaria, tan universalmente reconocida, que para defenderla no se necesitan Copérnicos ni Galileos. Deben hacer su trabajo con tranquilidad: reconocer como ilegales las acciones ilegales e indefectiblemente, sin hacer ninguna clase de compromisos, rechazar la ley ilegal.»

¡Ilusión, señor Gromobói! No se podrá prescindir de «Copérnicos y Galileos». En su caso «no se ha cumplido»; sin ellos no se podrá pasar.

«...Mirando todo este hormiguero removido y bullicioso —la prensa servil, los oradores serviles, los diputados serviles (termine, señor Gromobói: la burguesía servil y lacayuna)—, uno sólo puede, compadeciéndolos humanamente, recordarles con mansedumbre que a P. A. Stolypin ya no se le puede servir; únicamente se le puede adular servilmente.»

Pero P. A. Stolypin no es una persona aislada, sino un tipo; no un individuo solo, sino un «alter ego» del Consejo de la Nobleza Unificada. Los señores octubristas probaron a convivir con él de manera nueva, con la Duma, con la «constitución», con la política burguesa de arruinar la comuna al estilo Tolmachov, y si este intento ha fracasado, la cuestión no reside en absoluto en Stolypin.

«...Si toda la fuerza de los representantes del pueblo está en su vínculo con el pueblo, y si ellos (los octubristas de derechas) por el mero hecho de tal apoyo (el apoyo a Stolypin y a la violación stolypiniana de la constitución) pierden su “rostro”, ¿qué precio tienen entonces?»

¡A qué punto hemos llegado! ¡Los octubristas hablan del «vínculo con el pueblo» como de la «fuerza de los representantes del pueblo»! ¡Es ridículo, por supuesto! Pero no es más ridículo que los discursos kadetes en la I y II Duma sobre el «vínculo con el pueblo» junto a sus propios discursos, digamos, contra los comités locales de tierras. Palabras que, siendo risibles en boca de kadetes y octubristas, de por sí no son en absoluto risibles, sino significativas. Una y otra vez expresan —contra la voluntad de quienes las pronuncian ahora— el fracaso de las ilusiones constitucionales, como fruto útil de la crisis «constitucional».

*Zvezdá* nº 18, 16 de abril de 1911. Firmado: V. Ilín

Se imprime según el texto del periódico *Zvezdá*.