El aniversario que tanto temía la monarquía de los señores Románov y ante el cual los liberales rusos se enternecían con tanta bondad de corazón, ha sido celebrado. El gobierno zarista lo celebró distribuyendo intensamente "entre el pueblo" los folletos de aniversario de las Centurias Negras publicados por el "Club Nacional", arrestando intensamente a todos los "sospechosos", prohibiendo las reuniones en las que se podían esperar discursos que se parecieran aunque fuera en lo más mínimo a los democráticos, multando y asfixiando a los periódicos, persiguiendo a los cinematógrafos "sediciosos".

Los liberales celebraron el aniversario derramando una y otra vez lágrimas sobre la necesidad de un "segundo 19 de febrero" ("El Mensajero de Europa" {78}), expresando sus sentimientos de lealtad al trono (en el primer lugar de "Rech" apareció el retrato del zar), hablando de su desaliento cívico, de la fragilidad de la "constitución" patria, de la "ruptura funesta" de los "principios agrarios ancestrales" por la política agraria de Stolypin, etc., etc.

Nicolás II, en un rescripto a Stolypin, declaró que precisamente la culminación de la "Gran Reforma" del 19 de febrero de 1861 es la política agraria de Stolypin, es decir, la entrega de la tierra de los campesinos al saqueo y al pillaje por parte de un puñado de devoradores del pueblo, kulaks, campesinos acomodados, y la sumisión de la aldea al poder de los terratenientes feudales.

Y hay que reconocer que Nicolás el Sangriento, el primer terrateniente de Rusia, está más cerca de la verdad histórica que nuestros liberales de hermoso corazón. El primer terrateniente y principal señor feudal comprendió — o mejor dicho: asimiló de las enseñanzas del Consejo de la Nobleza Unificada — esta verdad de la lucha de clases: que las "reformas" llevadas a cabo por los señores feudales no pueden menos de ser feudales en todo su aspecto, no pueden menos de ir acompañadas de un régimen de todo tipo de violencias. Nuestros kadetes, y nuestros liberales en general, temen el movimiento revolucionario de las masas, el único capaz de barrer de la faz de la tierra a los terratenientes feudales y a su omnipotencia en el Estado ruso; y este temor les impide comprender la verdad de que, mientras los señores feudales no sean derrocados, ninguna reforma — y en especial las reformas agrarias — es posible si no es en una forma feudal, con un carácter y un modo de aplicación feudales. Temer la revolución, soñar con la reforma y gimotear acerca de que las "reformas" son en la práctica llevadas a cabo por los señores feudales de manera feudal, es el colmo de la bajeza y de la pobreza de espíritu. Tiene mucha más razón y enseña mucho mejor el sentido común al pueblo ruso Nicolás II, quien ostensiblemente "plantea" la disyuntiva: "reformas" feudales o revolución popular que derroque a los señores feudales.

El 19 de febrero de 1861 fue una reforma feudal, que nuestros liberales pueden embellecer y presentar como una reforma "pacífica" únicamente porque el movimiento revolucionario en Rusia era entonces débil hasta lo insignificante, y entre las masas oprimidas no existía aún clase revolucionaria alguna. El decreto del 9 de noviembre de 1906 y la ley del 14 de junio de 1910 son reformas feudales del mismo contenido burgués — al igual que la reforma del 61 —, pero los liberales no pueden presentarla como una reforma "pacífica", no pueden comenzar tan fácilmente a embellecerla (aunque ya empiezan a hacerlo, por ejemplo, en "Rússkaya Mysl"), porque se puede olvidar a los revolucionarios solitarios de 1861, pero no se puede olvidar la revolución de 1905. En 1905 nació en Rusia una clase revolucionaria: el proletariado, que supo levantar también a las masas campesinas al movimiento revolucionario. Y cuando en un país ha nacido una clase revolucionaria, ésta no puede ser aplastada por persecución alguna, sólo puede perecer con la muerte de todo el país, sólo puede morir habiendo vencido.

Recordemos los rasgos fundamentales de la reforma campesina del 61. La tan cacareada "liberación" fue el más desvergonzado despojo de los campesinos, fue una serie de violencias y una continua vejación contra ellos. Con motivo de la "liberación" se segregó de la tierra de los campesinos, en las provincias de tierra negra, más de una quinta parte. En algunas provincias se segregó, se arrebató a los campesinos hasta un tercio e incluso dos quintos de la tierra campesina. Con motivo de la "liberación", las tierras de los campesinos fueron deslindadas de las de los terratenientes de tal manera que los campesinos fueron trasladados a los "arenales", mientras que las tierras de los señores se introducían como cuñas en las tierras campesinas para que a los nobles señores les fuera más fácil esclavizar a los campesinos y arrendarles la tierra a precios usurarios. Con motivo de la "liberación", se obligó a los campesinos a "redimir" sus propias tierras, y se les arrancó el doble y el triple del valor real de la tierra. En general, toda la "época de reformas" de los años 60 dejó al campesino empobrecido, oprimido, embrutecido, sometido a los terratenientes feudales tanto en la justicia como en la administración, en la escuela y en el zemstvo.

La "Gran Reforma" fue una reforma feudal y no podía ser otra, pues la llevaron a cabo los señores feudales. ¿Qué fuerza les obligó a emprender la reforma? La fuerza del desarrollo económico, que arrastraba a Rusia hacia la vía del capitalismo. Los terratenientes feudales no podían impedir el crecimiento del intercambio mercantil de Rusia con Europa, no podían mantener las viejas formas de economía que se desmoronaban. La guerra de Crimea mostró la podredumbre y la impotencia de la Rusia feudal. Los "motines" campesinos, que fueron en aumento con cada decenio antes de la liberación, obligaron al primer terrateniente, Alejandro II, a reconocer que era mejor liberar desde arriba que esperar a que lo derrocaran desde abajo.

La "reforma campesina" fue una reforma burguesa llevada a cabo por los señores feudales. Fue un paso en el camino de la transformación de Rusia en una monarquía burguesa. El contenido de la reforma campesina era burgués, y este contenido se manifestaba con tanta mayor fuerza cuanto menos se recortaban las tierras de los campesinos, cuanto más plenamente se separaban éstas de las tierras de los señores, cuanto más bajo era el monto del tributo a los señores feudales (es decir, del "rescate"), cuanto más libremente, sin la influencia y la presión de los señores feudales, se organizaban los campesinos en una u otra localidad. En la medida en que el campesino se sustraía al poder del señor feudal, caía bajo el poder del dinero, se veía situado en las condiciones de la producción mercantil, se volvía dependiente del capital naciente. Y después del 61, el desarrollo del capitalismo en Rusia avanzó con tal rapidez que en unas pocas décadas se produjeron transformaciones que en algunos viejos países de Europa habían ocupado siglos enteros.

La famosa lucha entre los señores feudales y los liberales, tan inflada y adornada por nuestros historiadores liberales y liberal-populistas, fue una lucha dentro de las clases dominantes, en su mayor parte dentro de los terratenientes, una lucha exclusivamente en torno a la medida y la forma de las concesiones. Los liberales, al igual que los señores feudales, se basaban en el reconocimiento de la propiedad y del poder de los terratenientes, condenando con indignación todo pensamiento revolucionario sobre la abolición de esta propiedad, sobre el derrocamiento total de este poder.

Estos pensamientos revolucionarios no podían dejar de bullir en las cabezas de los campesinos siervos. Y si los siglos de esclavitud habían golpeado y embrutecido de tal modo a las masas campesinas que durante la reforma fueron incapaces de otra cosa que de insurrecciones aisladas y dispersas, más bien "motines", sin estar iluminadas por ninguna conciencia política, ya entonces había en Rusia revolucionarios que se situaban del lado del campesinado y que comprendían toda la estrechez, toda la miseria de la famosa "reforma campesina", todo su carácter feudal. Al frente de estos revolucionarios, extremadamente poco numerosos entonces, se hallaba N. G. Chernyshevski.

El 19 de febrero de 1861 marca el comienzo de la nueva Rusia, la Rusia burguesa, que surgió de la época feudal. Los liberales de los años 1860 y Chernyshevski son los representantes de dos tendencias históricas, de dos fuerzas históricas que desde entonces y hasta nuestros días determinan el desenlace de la lucha por la nueva Rusia. He aquí por qué en el día del cincuentenario del 19 de febrero el proletariado consciente debe darse cuenta con la mayor claridad posible de cuál fue la esencia de ambas tendencias y cuál es su relación mutua.

Los liberales querían "liberar" a Rusia "desde arriba", sin destruir ni la monarquía del zar, ni la propiedad territorial y el poder de los terratenientes, impulsándolos únicamente a hacer "concesiones" al espíritu de los tiempos. Los liberales fueron y siguen siendo los ideólogos de la burguesía, que no puede resignarse al feudalismo, pero que teme a la revolución, teme al movimiento de las masas, capaz de derrocar la monarquía y aniquilar el poder de los terratenientes. Por eso, los liberales se limitan a la "lucha por las reformas", a la "lucha por los derechos", es decir, al reparto del poder entre los señores feudales y la burguesía. Con semejante correlación de fuerzas no pueden obtenerse otras "reformas" que las llevadas a cabo por los señores feudales, ni otros "derechos" que los limitados por la arbitrariedad de los señores feudales.

Chernyshevski fue un socialista utópico que soñaba con la transición al socialismo a través de la vieja comuna campesina, semifeudal, que no veía ni podía ver en los años 60 del siglo pasado que sólo el desarrollo del capitalismo y del proletariado son capaces de crear las condiciones materiales y la fuerza social para la realización del socialismo. Pero Chernyshevski no fue únicamente un socialista utópico. Fue también un demócrata revolucionario, supo influir en todos los acontecimientos políticos de su época en un espíritu revolucionario, haciendo pasar — a través de los obstáculos y las barreras de la censura — la idea de la revolución campesina, la idea de la lucha de las masas por el derrocamiento de todos los viejos poderes. A la "reforma campesina" del 61, que los liberales primero embellecieron y después incluso ensalzaron, él la llamó abominación, porque veía claramente su carácter feudal, veía claramente que los señores libertadores liberales despojaban a los campesinos hasta dejarlos en cueros. Chernyshevski llamó a los liberales de los años 60 "charlatanes, fanfarrones e imbéciles" {79}, porque veía claramente su miedo a la revolución, su falta de carácter y su servilismo ante los detentadores del poder.

Estas dos tendencias históricas se desarrollaron en el transcurso del medio siglo transcurrido después del 19 de febrero, y se fueron separando cada vez de modo más claro, definido y decidido. Crecían las fuerzas de la burguesía liberal-monárquica, que predicaba la satisfacción con el trabajo "cultural" y rehuía el clandestinaje revolucionario. Crecían las fuerzas de la democracia y del socialismo, primero fusionadas en la ideología utópica y en la lucha intelectual de los miembros de "Naródnaya Volia" y de los populistas revolucionarios, y que a partir de los años 90 del siglo pasado comenzaron a separarse a medida que se pasaba de la lucha revolucionaria de terroristas y propagandistas solitarios a la lucha de las propias clases revolucionarias.

El decenio anterior a la revolución, de 1895 a 1904, nos muestra ya acciones abiertas y el crecimiento incesante de las masas proletarias, el crecimiento de la lucha huelguística, el crecimiento de la agitación, la organización y el partido obrero socialdemócrata. Detrás de la vanguardia socialista del proletariado comenzaba a salir a la lucha de masas, sobre todo a partir de 1902, también el campesinado democrático-revolucionario.

En la revolución de 1905, aquellas dos tendencias que en el año 61 sólo se habían esbozado en la vida, que apenas se habían perfilado en la literatura, se desarrollaron, crecieron, encontraron su expresión en el movimiento de las masas, en la lucha de los partidos en los más diversos terrenos: en la prensa, en las reuniones, en los sindicatos, en las huelgas, en la insurrección, en las Dumas de Estado.

La burguesía liberal-monárquica creó los partidos de los kadetes y de los octubristas, que al principio coexistieron en un mismo movimiento liberal de los zemstvos (hasta el verano de 1905), y que luego se definieron como partidos separados, los cuales competían (y compiten) fuertemente entre sí, poniendo de relieve el uno su "rostro" preferentemente liberal, y el otro su "rostro" preferentemente monárquico, pero que coincidían siempre en lo más esencial: en la condena de los revolucionarios, en las injurias contra la insurrección de diciembre, en la veneración de la "constitucional" hoja de parra del absolutismo como una bandera. Ambos partidos se situaban y se sitúan en el terreno "estrictamente constitucional", es decir, se limitan a los marcos de actividad que pudo crear la centuria negra del zar y de los señores feudales, sin ceder su poder, sin soltar de sus manos su autocracia, sin sacrificar ni un kopek de sus ingresos esclavistas "consagrados por los siglos", ni el menor privilegio de sus derechos "bien adquiridos".

Las tendencias democrática y socialista se separaron de la liberal y se delimitaron entre sí. El proletariado se organizó y actuó por separado del campesinado, agrupándose en torno a su partido obrero socialdemócrata. El campesinado estuvo organizado en la revolución de un modo incomparablemente más débil; sus acciones fueron muchas, muchísimas veces más dispersas, más débiles; su conciencia se hallaba a un nivel mucho más bajo, y las ilusiones monárquicas (así como las constitucionales, indisolublemente ligadas a ellas) paralizaban con frecuencia su energía, lo ponían en dependencia de los liberales, y a veces de los centurionegristas, engendraban vanas ensoñaciones sobre la "tierra de Dios" en lugar del ataque a los nobles terratenientes con el fin de aniquilar por completo a esta clase. Sin embargo, en general, el campesinado, como masa, luchó precisamente contra los terratenientes, actuó de modo revolucionario, y en todas las Dumas — incluso en la tercera, con su representación deformada a favor de los señores feudales — creó grupos laborales (trudovikí) que, a pesar de sus frecuentes vacilaciones, representaban una auténtica democracia. Los kadetes y los trudovikí de 1905-1907 expresaron en el movimiento de masas y configuraron políticamente la posición y las tendencias de la burguesía, por un lado, liberal-monárquica, y por el otro, democrático-revolucionaria.

El año 1861 engendró el año 1905. El carácter feudal de la primera "gran" reforma burguesa dificultó el desarrollo, condenó a los campesinos a miles de tormentos peores y más graves, pero no cambió la dirección del desarrollo, no impidió la revolución burguesa de 1905. La reforma del 61 aplazó el desenlace, abriendo una cierta válvula de escape, dando cierto impulso al capitalismo, pero no eliminó el desenlace inevitable, que hacia 1905 se produjo en un terreno incomparablemente más amplio, en el ataque de las masas a la autocracia del zar y de los terratenientes feudales. La reforma, llevada a cabo por los señores feudales en una época de total falta de desarrollo de las masas oprimidas, engendró la revolución para el momento en que maduraron los elementos revolucionarios en esas masas.

La Tercera Duma y la política agraria de Stolypin constituyen la segunda reforma burguesa llevada a cabo por los señores feudales. Si el 19 de febrero del 61 fue el primer paso en el camino de la transformación de la autocracia puramente feudal en monarquía burguesa, la época de 1908-1910 nos muestra el segundo paso, más serio, por ese mismo camino. Han pasado casi cuatro años y medio desde la promulgación del decreto del 9 de noviembre de 1906, han pasado más de tres años y medio desde el 3 de junio de 1907, y ahora ya no sólo la burguesía kadete, sino en gran medida también la octubrista, se convence del "fracaso" de la "constitución" y de la política agraria del 3 de junio. "El más derechista de los kadetes" — como fue justamente calificado hace poco el señor Maklákov, medio octubrista — tenía todo el derecho a decir el 25 de febrero en la Duma de Estado, en nombre tanto de los kadetes como de los octubristas, que "están descontentos en el momento actual aquellos elementos centrales del país que más anhelan una paz sólida, que temen un nuevo estallido de la ola revolucionaria". Una era la consigna general: "Todos dicen — continuó el señor Maklákov — que si seguimos avanzando por el camino por el que nos llevan, nos llevarán a una segunda revolución".

La consigna general de la burguesía kadete-octubrista en la primavera de 1911 confirma la justeza de la apreciación de la situación que dio nuestro partido en la resolución de la Conferencia de diciembre de 1908. "Los factores fundamentales de la vida económica y política — dice esta resolución — que provocaron la revolución de 1905, continúan actuando, y en semejante situación económica y política madura inevitablemente una nueva crisis revolucionaria".

Hace poco, el plumífero a sueldo del gobierno zarista de las Centurias Negras, Ménshikov, declaró en "Nóvoye Vremia" que la reforma del 19 de febrero "fracasó lamentablemente", porque "el año 61 no supo prevenir el novecientos cinco". Ahora, los abogados y parlamentarios a sueldo de la burguesía liberal declaran el fracaso de las "reformas" del 9 de noviembre de 1906 y del 3 de junio de 1907, porque estas "reformas" conducen a una segunda revolución.

Ambas declaraciones, como toda la historia del movimiento liberal y revolucionario en 1861-1905, suministran un material sumamente interesante para esclarecer la importantísima cuestión de la relación entre la reforma y la revolución, del papel de los reformistas y de los revolucionarios en la lucha social.

Los adversarios de la revolución, unos con odio y crujir de dientes, otros con aflicción y desaliento, reconocen que las "reformas" del 61 y de 1907-1910 han sido fallidas, porque no previenen la revolución. La socialdemocracia, representante de la única clase revolucionaria hasta el fin de nuestros días, responde a este reconocimiento: los revolucionarios han desempeñado el más grandioso papel histórico en la lucha social y en todas las crisis sociales, incluso cuando estas crisis conducían directamente sólo a reformas a medias. Los revolucionarios son los jefes de aquellas fuerzas sociales que realizan todas las transformaciones; las reformas son un producto secundario de la lucha revolucionaria.

Los revolucionarios del 61 quedaron como solitarios y sufrieron, al parecer, una derrota completa. En realidad, fueron precisamente ellos los grandes actores de aquella época, y cuanto más nos alejamos de ella, más claro vemos su grandeza, más evidente es la pequeñez, la miseria de los reformistas liberales de entonces.

La clase revolucionaria de 1905-1907, el proletariado socialista, sufrió, al parecer, una derrota completa. Y tanto los monárquicos liberales como los liquidadores de entre los también marxistas clamaron a los cuatro vientos que había ido supuestamente "demasiado lejos", que había llegado a los "excesos", que se había dejado arrastrar por el entusiasmo de la "lucha de clases espontánea", que se había dejado seducir por la funesta idea de la "hegemonía del proletariado", etc., etc. En realidad, la "culpa" del proletariado consistió únicamente en que no fue suficientemente lejos, pero esta "culpa" se justifica por el estado de sus fuerzas en aquel entonces y se expía con el incesante trabajo revolucionario socialdemócrata en los tiempos de la reacción más feroz, con la lucha inflexible contra todas las manifestaciones del reformismo y del oportunismo. En realidad, todo lo que se ha conquistado al enemigo, todo lo que hay de firme en las conquistas, ha sido conquistado y se mantiene sólo en la medida en que es fuerte y viva la lucha revolucionaria en todos los terrenos de la labor proletaria. En realidad, sólo el proletariado defendió hasta el fin un democratismo consecuente, desenmascarando toda la inconsistencia del liberalismo, arrancando al campesinado de su influencia, alzándose con heroica audacia a la insurrección armada.

Nadie está en condiciones de predecir en qué medida se realizarán las transformaciones verdaderamente democráticas de Rusia en la época de sus revoluciones burguesas, pero no está sujeto a la menor sombra de duda que sólo la lucha revolucionaria del proletariado determinará el grado y el éxito de las transformaciones. Entre las "reformas" feudales con espíritu burgués y la revolución democrática dirigida por el proletariado, no puede haber más que las vacilaciones impotentes, sin carácter y sin ideas del liberalismo y del reformismo oportunista.

Echando una mirada general sobre la historia de la última mitad de siglo en Rusia, sobre los años 1861 y 1905, sólo podemos repetir con convicción aún mayor las palabras de la resolución de nuestro partido: "El objetivo de nuestra lucha sigue siendo el derrocamiento del zarismo, la conquista del poder político por el proletariado, que se apoya en las capas revolucionarias del campesinado y realiza la revolución democrático-burguesa mediante la convocatoria de una Asamblea Constituyente de todo el pueblo y la creación de una república democrática" {80}.

"Sotsial-Demokrat" Nº 21-22, 19 de marzo (1 de abril) de 1911.

Se publica según el texto del periódico "Sotsial-Demokrat".