El 19 de febrero de 1911 se cumple el 50 aniversario de la caída de la servidumbre en Rusia. En todas partes se preparan a celebrar este aniversario. El gobierno zarista toma todas las medidas para que en las iglesias y en las escuelas, en los cuarteles y en las lecturas públicas se prediquen exclusivamente las opiniones de las centurias negras sobre la llamada «liberación» de los campesinos. Desde Petersburgo se distribuyen urgentemente por toda Rusia circulares conminando a todas las instituciones, sin excepción, a no solicitar para su difusión entre el pueblo otros libros y folletos que los editados por el «Club Nacional», es decir, por uno de los partidos más reaccionarios de la tercera Duma. En algunos lugares, los solícitos gobernadores han llegado ya al extremo de disolver los comités creados al margen de la «orientación» policial (por ejemplo, los de los zemstvos) para celebrar el aniversario de la «reforma» campesina, disolverlos por no mostrarse suficientemente dispuestos a llevar a cabo esta celebración tal y como lo exige el gobierno de la centuria negra.

El gobierno está inquieto. Ve que por muy abatido, intimidado, inconsciente y sumido en las tinieblas que esté tal o cual obrero o campesino, el mero recuerdo de que hace medio siglo fue proclamada la abolición de la servidumbre no puede dejar de conmover, de agitar al pueblo, oprimido por la Duma terrateniente y señorial, que sufre más duramente aún que antes la arbitrariedad, la violencia y la opresión de los terratenientes feudales, de su policía y de sus funcionarios.

En los Estados de Europa occidental, los últimos vestigios de la servidumbre fueron destruidos por las revoluciones de 1789 en Francia y de 1848 en la mayoría de los demás países. En Rusia, en 1861, el pueblo, que durante cientos de años había sido esclavo de los terratenientes, no estaba en condiciones de alzarse en una lucha amplia, abierta y consciente por la libertad. Las insurrecciones campesinas de aquella época eran «motines» aislados, fragmentados y espontáneos, que eran fácilmente sofocados. La abolición de la servidumbre no fue llevada a cabo por el pueblo sublevado, sino por el gobierno, que tras la derrota en la guerra de Crimea{74} vio la total imposibilidad de mantener el régimen de servidumbre.

En Rusia, a los campesinos los «liberaron» los propios terratenientes, el gobierno terrateniente del zar autócrata y sus funcionarios. Y estos «libertadores» condujeron el asunto de tal manera que los campesinos salieron «a la libertad» despojados hasta la miseria, salieron de la esclavitud de los terratenientes para caer en la misma dependencia respecto a esos mismos terratenientes y a sus peones.

Los nobles señores terratenientes «liberaron» a los campesinos rusos de modo que más de la quinta parte de la tierra campesina fue recortada en favor de los terratenientes. Por sus tierras, regadas con sudor y sangre, los campesinos estaban obligados a pagar un rescate, es decir, un tributo a los esclavistas de ayer. Cientos de millones de rublos de ese tributo pagaron los campesinos a los feudales, arruinándose cada vez más. Los terratenientes no sólo se apropiaron de la tierra campesina, no sólo adjudicaron a los campesinos la peor tierra, a veces completamente inservible, sino que además, con mucha frecuencia, les tendían trampas, es decir, demarcaban la tierra de tal modo que los campesinos se quedaban ya sin pastos, ya sin prados, ya sin bosque, ya sin abrevadero. En la mayoría de las provincias de la Rusia central, los campesinos quedaron, incluso después de la abolición de la servidumbre, en la misma dependencia sin salida respecto a los terratenientes. Incluso después de la liberación, los campesinos siguieron siendo el estamento «bajo», la bestia de carga tributaria, la huesa negra, sobre la cual se ensañaban las autoridades impuestas por los terratenientes, arrancándoles los impuestos a golpes, azotándolos con varas, golpeándolos y humillándolos.

En ningún país del mundo el campesinado ha sufrido, incluso después de su «liberación», una ruina, una miseria, unas humillaciones y un ultraje semejantes a los de Rusia.

Pero la caída de la servidumbre sacudió a todo el pueblo, lo despertó de su sueño secular, le enseñó a buscar él mismo una salida, a luchar por sí mismo por la libertad completa.

Después de la caída de la servidumbre en Rusia, las ciudades se desarrollaban cada vez más deprisa, crecían las fábricas y las fábricas, se construían ferrocarriles. A la Rusia feudal la sustituía la Rusia capitalista. Al campesino siervo, estable, abatido, pegado a su aldea, que creía en los popes y temía a las «autoridades», lo sustituía una nueva generación de campesinos, que habían andado en oficios migratorios, en las ciudades, que habían aprendido algo de la amarga experiencia de la vida errante y del trabajo asalariado. En las grandes ciudades, en las fábricas y fábricas, crecía sin cesar el número de obreros. Poco a poco comenzaron a formarse organizaciones obreras para la lucha conjunta contra los capitalistas y el gobierno. Al librar esta lucha, la clase obrera rusa ayudaba a millones de campesinos a levantarse, a erguirse, a sacudirse las costumbres de los esclavos de la servidumbre.

En 1861, los campesinos no eran capaces más que de «motines». Durante decenios después de 1861, los revolucionarios rusos, que heroicamente aspiraban a levantar al pueblo en la lucha, permanecían aislados y perecían bajo los golpes de la autocracia. Hacia 1905 se había fortalecido y crecido en la larga lucha huelguística, en el prolongado trabajo de propaganda, agitación y organización llevado a cabo por el partido socialdemócrata, la clase obrera rusa. Y condujo a todo el pueblo, condujo a millones de campesinos a la revolución.

La autocracia zarista quedó quebrantada por la revolución de 1905. Esta revolución creó por primera vez en Rusia, de entre una masa de mujiks oprimidos por la maldita memoria de la servidumbre, un pueblo que empezaba a comprender sus derechos, que empezaba a sentir su fuerza. La revolución de 1905 mostró por primera vez al gobierno zarista, a los terratenientes rusos, a la burguesía rusa, que millones y decenas de millones se convierten en ciudadanos, se convierten en luchadores, no permiten que se les maneje como a bestias de carga, como a la plebe. Y la verdadera liberación de las masas de la opresión y la arbitrariedad no se ha alcanzado nunca ni en ninguna parte del mundo sino mediante la lucha independiente, heroica y consciente de esas mismas masas.

La revolución de 1905 sólo quebrantó, pero no destruyó, la autocracia. Ahora ésta se venga del pueblo. La Duma terrateniente oprime y aplasta aún con más fuerza. El descontento y la indignación vuelven a crecer por doquier. Al primer paso le seguirá el segundo. A comienzo de la lucha le seguirá la continuación. Tras la revolución de 1905 viene una nueva, una segunda revolución. De ella hace memoria y a ella convoca el aniversario de la caída de la servidumbre.

«Necesitamos un segundo 19 de febrero», gimotean los liberales. No es cierto. Eso lo dicen sólo los cobardes burgueses. Un segundo «19 de febrero» es imposible después de 1905. No se puede «liberar desde arriba» a un pueblo que ha aprendido (y está aprendiendo — con la experiencia de la Duma terrateniente, de la III Duma) a luchar desde abajo. No se puede «liberar desde arriba» a un pueblo a cuya cabeza haya aparecido al menos una vez el proletariado revolucionario.

Los de las centurias negras lo comprenden y por eso temen el aniversario de 1861. «El año 61 — escribía Ménshikov en el periódico “Nóvoye Vremya”, fiel perro guardián de la centuria negra zarista — el año 61 no supo prevenir el novecientos cinco».

La Duma de la centuria negra y la furia del gobierno zarista en la persecución de sus enemigos no previenen, sino que aceleran, una nueva revolución. La dura experiencia de los años 1908-1910 enseña al pueblo a librar una nueva lucha. A las huelgas de verano (1910) de los obreros les han seguido las huelgas de invierno de los estudiantes. Una nueva lucha está madurando, quizá más lentamente de lo que quisiéramos, pero madura de manera segura, inevitable.

La socialdemocracia revolucionaria, depurándose de los hombres de poca fe que han vuelto la espalda a la revolución y al partido ilegal de la clase obrera, está reagrupando sus filas y se une para las grandes batallas venideras.

«Rabóchaya Gazeta», núm. 3, 8 (21) de febrero de 1911.

Publicado según el texto de «Rabóchaya Gazeta».