El 5 de febrero del año en curso, la socialdemocracia alemana enterraba a uno de sus más veteranos dirigentes, Paul Singer. Toda la población obrera de Berlín –muchos cientos de miles– acudió al llamamiento del partido para sumarse al cortejo fúnebre, para honrar la memoria de quien entregó todas sus fuerzas, toda su vida, al servicio de la causa de la liberación de la clase obrera. Nunca el Berlín de tres millones de habitantes había visto tal aglomeración de gente: no menos de un millón de personas participaron y presenciaron el cortejo. Jamás ningún poderoso de este mundo había merecido un funeral semejante. Se puede ordenar a decenas de miles de soldados que se formen en las calles al paso de los restos de algún rey o de un general célebre por sus matanzas de enemigos exteriores e interiores, pero no se puede movilizar a la población de una ciudad inmensa si en los corazones de toda la masa trabajadora de millones no hay un cálido apego a su dirigente, a la causa de la lucha revolucionaria de esa misma masa contra la opresión del gobierno y de la burguesía.

Paul Singer pertenecía él mismo a la burguesía, provenía de una familia de comerciantes, y durante bastante tiempo fue un rico fabricante. Al comienzo de su actividad política, se adhirió a la democracia burguesa. Pero a diferencia de la masa de demócratas burgueses y liberales, que olvidan muy rápidamente su amor a la libertad por miedo a los avances del movimiento obrero, Singer fue un demócrata ferviente, sincero, consecuente hasta el fin e intrépido. Las vacilaciones, la cobardía, las traiciones de la democracia burguesa no lo arrastraban, sino que suscitaban en él una reacción de rechazo, creando una convicción cada vez más firme de que únicamente el partido de la clase obrera revolucionaria es capaz de llevar hasta el fin la gran lucha por la libertad.

En los años 60 del siglo pasado, cuando la burguesía liberal alemana se apartaba cobardemente de la revolución que crecía en Alemania, regateando con el gobierno de los terratenientes, conciliándose con la omnipotencia monárquica, Singer viró decididamente hacia el socialismo. En 1870, cuando toda la burguesía estaba embriagada por las victorias sobre Francia y amplias masas de la población se dejaban arrastrar por la vil, misántropa y «liberal» prédica del nacionalismo y el chovinismo, Singer firmó una protesta contra el despojo de Alsacia y Lorena a Francia. En 1878, cuando la burguesía ayudaba al reaccionario ministro terrateniente («junker», como dicen los alemanes) Bismarck a implantar la ley de excepción contra los socialistas, disolver los sindicatos obreros, cerrar los periódicos obreros, desatar miles de persecuciones contra el proletariado consciente, Singer ingresó definitivamente en el partido socialdemócrata.

Y desde entonces la historia de la vida de Singer está indisolublemente ligada a la historia del Partido Socialdemócrata Obrero Alemán. Se entregó sin reservas a la difícil tarea de la construcción revolucionaria. Dio al partido todas sus fuerzas, toda su fortuna, todas sus extraordinarias dotes de organizador, todos sus talentos de práctico y dirigente. Singer fue de esos pocos –se puede decir: de esos excepcionalmente raros salidos de la burguesía– a quienes la larga historia del liberalismo, la historia de traiciones, cobardías, componendas con el gobierno, servilismo de los politicastros burgueses, no relaja ni corrompe, sino que templa, convirtiéndolos en revolucionarios hasta la médula. Raros son esos salidos de la burguesía que se adhieren al socialismo, y solo en esos raros hombres, fogueados en largos años de lucha, debe confiar el proletariado si quiere forjar un partido obrero capaz de derrocar la moderna esclavitud burguesa. Singer fue un enemigo implacable del oportunismo en las filas del partido obrero alemán y hasta el fin de sus días se mantuvo inquebrantablemente fiel a la política intransigente, revolucionaria y socialdemócrata.

Singer no fue ni un teórico, ni un publicista, ni un orador brillante. Fue ante todo y sobre todo un práctico-organizador del partido ilegal durante la ley de excepción, concejal del ayuntamiento de Berlín y parlamentario tras la derogación de dicha ley. Y este práctico, que dedicaba la mayor parte de su tiempo a la labor menuda, cotidiana, técnica-parlamentaria y a todo tipo de trabajo «de gestión», fue grande porque no hizo un ídolo de las pequeñeces, no sucumbió a la tan común y tan trivial tendencia a desdeñar la lucha enérgica y de principios en nombre de esa presunta labor «de gestión» o «positiva». Por el contrario, Singer, que consagró toda su vida a ese trabajo, cada vez que se planteaba la cuestión del carácter fundamental del partido revolucionario de la clase obrera, de sus objetivos finales, de los bloques (alianzas) con la burguesía, de las concesiones al monarquismo, etc., estuvo siempre a la cabeza de los luchadores más firmes y decididos contra todas las manifestaciones del oportunismo. Durante la ley de excepción contra los socialistas, Singer, junto con Engels, Liebknecht y Bebel, combatió en dos frentes: contra los «jóvenes», semianarquistas que negaban la lucha parlamentaria, y contra los moderados «legalistas a toda costa». En época posterior, Singer combatió con igual decisión a los revisionistas.

Se ganó el odio de la burguesía que lo acompañó hasta la tumba. Los detractores burgueses de Singer (los liberales alemanes y nuestros kadetes) señalan con regocijo que con su muerte desciende a la tumba uno de los últimos representantes del período «heroico» de la socialdemocracia alemana, es decir, de aquel período en que la fe en la revolución y la defensa de una política revolucionaria de principios eran tan fuertes, frescas y directas en los dirigentes. Para reemplazar a Singer –dicen esos liberales– vienen dirigentes moderados, cuidadosos, «revisionistas», hombres de modestas pretensiones y cálculos mezquinos. No hay duda: el crecimiento del partido obrero atrae con frecuencia a muchos oportunistas a sus filas. No hay duda: los que salen de la burguesía en nuestro tiempo aportan al proletariado, con mucha mayor frecuencia, su timidez, su estrechez de miras o su amor a la frase, en vez de la firmeza de las convicciones revolucionarias. ¡Pero que no se regocijen los enemigos antes de tiempo! La masa obrera, tanto en Alemania como en otros países, se agrupa cada vez más en un ejército de la revolución, y ese ejército desplegará sus fuerzas en un futuro no lejano, pues la revolución crece tanto en Alemania como en otros países.

Mueren los viejos dirigentes revolucionarios, crece y se fortalece el joven ejército del proletariado revolucionario.

«Rabóchaya Gazeta» nº 3, 8 (21) de febrero de 1911.

Se publica según el texto de «Rabóchaya Gazeta».