El cincuentenario de la llamada reforma campesina suscita muchas cuestiones interesantes. De ellas podemos aquí tocar solo algunas cuestiones económicas e históricas, dejando para otra ocasión los temas publicísticos en el sentido más estricto de la palabra.

Hace diez o quince años, cuando por primera vez se presentaron ante el gran público las disputas entre populistas y marxistas, la divergencia en la apreciación de la llamada reforma campesina salió a relucir repetidamente en uno de los primeros planos de esta disputa. Para los teóricos del populismo, – por ejemplo, el conocido Sr. V. V. o Nikolai –on, – las bases de la reforma campesina de 1861 representaban algo radicalmente distinto del capitalismo y radicalmente hostil a él. Decían que el Estatuto del 19 de febrero legalizaba la «dotación de medios de producción al productor», sancionaba la «producción popular» en contraposición a la capitalista. En el Estatuto del 19 de febrero se veía la prenda de una evolución no capitalista de Rusia.

Los marxistas oponían ya entonces a esta teoría un punto de vista radicalmente distinto. El Estatuto del 19 de febrero es uno de los episodios de la sustitución del modo de producción feudal (o servil) por el modo de producción burgués (capitalista). No hay en el Estatuto, según este punto de vista, ningún otro elemento histórico-económico. La «dotación de medios de producción al productor» es una frase vacua y bienintencionada que encubre el hecho simple de que los campesinos, siendo pequeños productores en la agricultura, se transformaban de productores con una economía predominantemente natural en productores de mercancías. Hasta qué punto estaba desarrollada esta producción mercantil en la hacienda campesina de las diferentes regiones de la Rusia de aquella época, es harina de otro costal. Pero es indudable que el campesino «liberado» entraba precisamente en el marco de la producción mercantil, y no en otro. El «trabajo libre» en sustitución[16] del trabajo servil significaba, por consiguiente, ni más ni menos que el trabajo libre del obrero asalariado o del pequeño productor independiente en condiciones de producción mercantil, es decir, en relaciones socioeconómicas burguesas. El rescate subraya aún con mayor relieve ese carácter de la reforma, pues el rescate da impulso a la economía monetaria, es decir, al aumento de la dependencia del campesino respecto al mercado.

Los populistas veían en la liberación de los campesinos con tierra un principio no capitalista, el «comienzo» de lo que llamaban «producción popular». En la liberación de los campesinos sin tierra veían un principio capitalista. Semejante punto de vista lo basaban los populistas (en especial el Sr. Nikolai –on) en la doctrina de Marx, refiriéndose a que la liberación del trabajador de los medios de producción es la condición fundamental del modo de producción capitalista. Fenómeno singular: el marxismo era ya, desde la década del 80 (si no antes), una fuerza tan indiscutible, prácticamente dominante entre las doctrinas sociales avanzadas de Europa Occidental, que en Rusia las teorías hostiles al marxismo no pudieron durante largo tiempo manifestarse abiertamente contra él. Esas teorías sofisticaban, falseaban (a menudo inconscientemente) el marxismo, esas teorías se situaban como en el mismo terreno del marxismo y «según Marx» intentaban refutar la aplicación a Rusia de la teoría de Marx. La teoría populista del Sr. Nikolai –on pretendía ser «marxista» (años 1880-1890), y más tarde la teoría liberal-burguesa de los Sres. Struve, Tugán-Baranovski y Cía. comenzaba con un reconocimiento «casi» pleno de Marx, desarrollando sus puntos de vista, difundiendo su liberalismo bajo la envoltura del «ulterior desarrollo crítico» del marxismo. En este rasgo peculiar del desarrollo de las teorías sociales rusas desde fines del siglo XIX (y hasta el oportunismo contemporáneo, el liquidacionismo, que se aferra a la terminología marxista para encubrir un contenido antimarxista), tendremos que detenernos probablemente más de una vez.

De momento nos interesa la apreciación populista de la «gran reforma». Es radicalmente erróneo el punto de vista de que la tendencia a desposeer de tierra a los campesinos en 1861 era una tendencia capitalista, y la tendencia a dotarlos de tierra era anticapitalista, socialista (los mejores de los populistas veían en el término «producción popular» un seudónimo de socialismo impuesto por las trabas de la censura). Tal punto de vista peca de un antihistoricismo flagrante, de trasportar la fórmula «acabada» de Marx («fórmula» aplicable solo a la producción mercantil altamente desarrollada) al terreno del feudalismo. En realidad, la desposesión de tierra de los campesinos en 1861 significó, en la mayoría de los casos, la creación no de un obrero libre en la producción capitalista, sino de un arrendatario sujeto a servidumbre (es decir, prácticamente semiservil o incluso casi servil) de la misma tierra «señorial», latifundista. En realidad, las «parcelas» de 1861 significaron, en la mayoría de los casos, la creación no de un agricultor libre e independiente, sino la sujeción a la tierra de un arrendatario sujeto a servidumbre, obligado de hecho a cumplir la misma corvea bajo la forma del cultivo con sus propios aperos de la tierra del latifundista a cambio de los pastos, el agostadero, las praderas, la necesaria tierra de labranza, etc.

En la medida en que el campesino se liberaba real, y no solo nominalmente, de las relaciones de servidumbre (cuya esencia era la «renta en trabajo», es decir, el trabajo en la hacienda del latifundista por parte del campesino dotado de tierra), entraba en la órbita de las relaciones sociales burguesas. Pero esta liberación real de las relaciones de servidumbre era mucho más compleja de lo que los populistas pensaban. La lucha entre los partidarios del desposeimiento de tierra y los partidarios de la «dotación» expresaba entonces a menudo solo la lucha de dos bandos de partidarios del feudalismo, la disputa sobre si era más ventajoso para el latifundista tener un arrendatario (o campesino «en renta de trabajo») completamente sin tierra o «con parcela», es decir, fijado en el lugar, atado a una parcela de la que no se puede vivir y en la que es obligado buscar «jornales» (= caer en la servidumbre del latifundista).

Y, por otra parte, es indudable que cuanto más tierra hubieran recibido los campesinos en la liberación, cuanto más barata la hubieran recibido, tanto más rápida, amplia y libremente se habría desarrollado el capitalismo en Rusia, tanto antes habrían desaparecido los residuos de las relaciones de servidumbre y de opresión, tanto más considerable habría sido el mercado interior, tanto más asegurado el desarrollo de las ciudades, de la industria y del comercio.

El error de los populistas consistió en que planteaban la cuestión de manera utópica, abstracta, sin relación con el marco histórico concreto. Declaraban la «parcela» base de la pequeña agricultura independiente: en la medida en que esto era cierto, el campesino «dotado de tierra» se convertía en productor de mercancías, caía en las condiciones burguesas. Pero en la práctica, con demasiada frecuencia, la «parcela» era tan pequeña, se hallaba tan gravada con pagos excesivos, era tan desfavorable para el campesino y tan «favorablemente» deslindada para el latifundista, que el campesino «parcelario» caía inevitablemente en una situación de servidumbre sin salida, permanecía de facto en las relaciones de servidumbre, cumplía la misma corvea (bajo la apariencia de arriendo por renta en trabajo, etc.).

Así, en el populismo se ocultaba una tendencia dual, que los marxistas ya entonces caracterizaron hablando de concepciones liberal-populistas, apreciación liberal-populista, etcétera. En la medida en que los populistas embellecían la reforma de 1861, olvidando que, en la masa de los casos, la «dotación» significaba en realidad asegurar a las haciendas latifundistas brazos baratos y fijados al lugar, trabajo barato de servidumbre, descendían (a menudo sin conciencia de ello) al punto de vista del liberalismo, al punto de vista del burgués liberal o incluso del latifundista liberal; – en esa medida se convertían objetivamente en defensores de un tipo de evolución capitalista que es la más gravosa de tradiciones latifundistas, la más vinculada al pasado feudal, la que más lenta y penosamente se libera de él.

En la medida en que los populistas, sin caer en la idealización de la reforma de 1861, defendían ardiente y sinceramente los pagos mínimos y las «parcelas» máximas, sin restricción alguna, con la mayor independencia cultural, jurídica y demás del campesino, en esa medida eran demócratas burgueses. Su único defecto era que su democracia distaba mucho de ser siempre consecuente y decidida, y su carácter burgués no era por ellos reconocido. Dicho sea de paso, hasta hoy mismo los «socialpopulistas» más «izquierdistas» entienden a menudo la palabra «burgués» en la combinación señalada como algo así como... «política», cuando en realidad el término democracia burguesa es la única caracterización científica exacta desde el punto de vista del marxismo.

Esta tendencia dual, liberal y democrática, en el populismo se perfiló con bastante claridad ya en la época de la reforma de 1861. No podemos detenernos aquí más detalladamente en el análisis de estas tendencias, en particular en la conexión del socialismo utópico con la segunda de ellas, y nos limitaremos a una simple indicación de la diferencia entre las corrientes ideológicas y políticas de, digamos, Kavelin, por un lado, y Chernishevski, por otro.

Si se echa una mirada de conjunto al cambio de todo el régimen del Estado ruso en 1861, es necesario reconocer que este cambio fue un paso hacia la transformación de la monarquía feudal en monarquía burguesa. Esto es cierto no solo desde el punto de vista económico, sino también desde el político. Basta recordar el carácter de las reformas en la esfera del tribunal, de la administración, del autogobierno local, etc., que siguieron a la reforma campesina de 1861, para convencerse de la justeza de esta tesis. Se puede discutir si este «paso» fue grande o pequeño, rápido o lento, pero la dirección que tomó este paso es tan clara, y está tan bien evidenciada por todos los acontecimientos posteriores, que apenas puede haber dos opiniones al respecto. Y es tanto más necesario subrayar esta dirección cuanto más a menudo se oyen en nuestros días juicios irreflexivos de que los «pasos» hacia la monarquía burguesa los da Rusia casi en los últimos años.

De las dos tendencias señaladas del populismo, la democrática, que se apoya en la conciencia y la iniciativa propias de los círculos no latifundistas, no burocráticos y no burgueses, era extremadamente débil en 1861. Por eso la cosa no pasó del «paso» más pequeño hacia la monarquía burguesa. Pero esa tendencia débil ya existía entonces. Se manifestó también después, a veces con más fuerza, a veces con menos, tanto en la esfera de las ideas sociales como en la esfera del movimiento social de toda la época posterior a la reforma. Esta tendencia crecía con cada decenio de aquella época, alimentada por cada paso de la evolución económica del país y, por consiguiente, por el conjunto de las condiciones sociales, jurídicas y culturales.

Cuarenta y cuatro años después de la reforma campesina, tanto la una como la otra tendencia, que en 1861 apenas se perfilaban, encontraron una expresión bastante plena y abierta en los más diversos campos de la vida social, en las distintas peripecias del movimiento social, en la actividad de amplias masas de la población y de grandes partidos políticos. Los kadetes y los trudoviques, – entendiendo ambos términos en el sentido más amplio, – son descendientes y sucesores directos, conductores inmediatos de ambas tendencias que se delinearon ya hace medio siglo. La conexión entre el año 1861 y los acontecimientos que se desarrollaron 44 años después es indudable y evidente. Y el hecho de que, en el transcurso de medio siglo, ambas tendencias pervivieran, se fortalecieran, se desarrollaran, crecieran, testimonia indiscutiblemente la fuerza de estas tendencias, que sus raíces yacen profundamente en toda la estructura económica de Rusia.

El escritor de Nóvoe Vremia, Ménshikov, expresó esta conexión de la reforma campesina con los acontecimientos del pasado reciente en la siguiente y peculiar filípica: «El 61 no supo prevenir el 905, – luego, ¿a qué venir con gritos sobre la grandeza de una reforma que fracasó tan lastimosamente?» («Nóvoe Vremia» núm. 12512 del 11 de enero, «Un jubileo inútil»).

Ménshikov rozó involuntariamente con estas palabras una cuestión histórico-científica sumamente interesante, en primer lugar, sobre la correlación de la reforma y la revolución en general, y en segundo, sobre la conexión, dependencia y afinidad de las orientaciones, aspiraciones y tendencias histórico-sociales de 1861 y de 1905-1907.

El concepto de reforma se opone indudablemente al concepto de revolución; el olvido de esta antítesis, el olvido de la línea que separa ambos conceptos, conduce constantemente a los errores más graves en todos los razonamientos históricos. Pero esta antítesis no es absoluta, esta línea no es muerta, sino viva, movediza, y hay que saber determinarla en cada caso particular y concreto. La reforma de 1861 siguió siendo únicamente una reforma a causa de la extrema debilidad, la inconsciencia y el aislamiento de aquellos elementos sociales cuyos intereses exigían una transformación.

De ahí la fuerza de los rasgos feudales en esa reforma, de ahí tanto de burocráticamente deforme en ella, de ahí tan inmensas las calamidades que causó al campesinado. Nuestro campesinado sufría mucho más del insuficiente desarrollo del capitalismo que del propio capitalismo.

Pero esta reforma, que siguió siendo reforma a causa de la debilidad de determinados elementos sociales, creó, pese a todos los obstáculos y barreras, las condiciones para el ulterior desarrollo de esos elementos, – condiciones que ampliaron la base en la que se desarrollaba la vieja contradicción, que ampliaron el círculo de grupos, capas y clases de la población que podían tomar parte consciente en el «desarrollo» de estas contradicciones. Por eso ocurrió que los representantes de la tendencia democrática, conscientemente hostil al liberalismo, en la reforma de 1861, que entonces parecían (y mucho tiempo después) solitarios sin base, resultaron en la práctica inmensamente más «con base», – lo resultaron cuando maduraron contradicciones que en 1861 se hallaban en un estado casi embrionario. Los partícipes de la reforma de 1861 que la contemplaban[17] desde un punto de vista reformista resultaron más «con base» que los reformistas liberales. La historia conservará para siempre la memoria de los primeros como de los hombres de avanzada de la época, – y de los segundos como de hombres timoratos, inconsistentes, impotentes ante las fuerzas de lo viejo y caduco.

Los populistas predicaron siempre en sus teorías, desde 1861 (y sus predecesores aún antes, hasta 1861) y luego durante más de medio siglo, un camino diferente, es decir, no capitalista, para Rusia. La historia ha refutado plenamente ese error suyo. La historia ha demostrado plenamente, – y los acontecimientos de 1905-1907, las intervenciones de las diferentes clases de la sociedad rusa en aquel período lo confirmaron con particular evidencia, – que Rusia se desarrolla por la vía capitalista y que no puede haber otra vía para su desarrollo. Pero malo sería el marxista que de esta misma historia de medio siglo no hubiera aprendido todavía en qué consistía la significación real de esos afanes revestidos de una ideología errónea, prolongados durante medio siglo, por realizar «otra» vía para la patria.

La comparación de 1861 con 1905-1907 muestra con más claridad que la luz del día que esa significación histórica real de la ideología populista consistía en la contraposición de dos vías de desarrollo capitalista: una vía que adapta la nueva Rusia capitalista a la vieja, que subordina la primera a la segunda, que retarda la marcha del desarrollo, – y otra vía que sustituye lo viejo por lo nuevo, que elimina completamente los estorbos caducos a lo nuevo, que acelera la marcha del desarrollo. Los programas de los kadetes y de los trudoviques, como programas liberal y democrático – con toda la inconsecuencia, a veces la confusión y la inconsciencia de ambos programas – expresaron con relieve ese despliegue de las vías reales que se hallan ambas en el marco del capitalismo, que se aplican en la vida de manera constante desde hace más de medio siglo.

Y la época actual exige de nosotros con particular insistencia una comprensión diáfana de las condiciones de una y otra vía, una idea clara de las dos tendencias de 1861 y de su ulterior desarrollo. Vivimos un nuevo desplazamiento de todo el régimen del Estado ruso, un nuevo paso por la vía de la transformación en monarquía burguesa. Este nuevo paso, tan inseguro, tan vacilante, tan desacertado, tan insostenible como antes, coloca ante nosotros las viejas cuestiones. Cuál de las dos vías de desarrollo capitalista de Rusia determinará definitivamente su régimen burgués, eso la historia no lo ha decidido aún: no se han agotado todavía las fuerzas objetivas de las que depende la decisión. No se puede prever de antemano cuál será esta decisión antes de experimentar todas las fricciones, choques y conflictos que constituyen la vida de la sociedad. No se puede prever de antemano cuál será la resultante de esas dos tendencias que se dejan sentir desde 1861. Pero se puede – y se debe – lograr una conciencia clara de una y otra tendencia, conseguir que los marxistas (y en esto estriba una de sus tareas, como «hegemones» en el caos de la disgregación, la dispersión, la falta de fe y la inclinación ante el éxito momentáneo) aporten su actividad – a esa resultante – no en forma de menos (como el liquidacionismo y toda especie de debilidad impotente que se tambalea al son de cualquier estado de ánimo decadente), sino en forma de más, como defensa de los intereses de toda la evolución en su conjunto, de sus intereses fundamentales y más esenciales.

Los representantes de la tendencia democrática marchan hacia su objetivo, vacilando constantemente y cayendo en la dependencia del liberalismo. La resistencia a estas vacilaciones, la destrucción de esta dependencia es una de las tareas históricas más importantes del marxismo en Rusia.

«Mysl» núm. 3, febrero de 1911. Firmado: V. Ilín

Se publica según el texto de la revista «Mysl».