Han transcurrido cinco años desde que, en octubre de 1905, la clase obrera de Rusia asestó el primer y poderoso golpe a la autocracia zarista. El proletariado levantó en aquellos grandes días a millones de trabajadores para la lucha contra sus opresores. En unos meses de 1905 conquistó para sí mejoras tales que los obreros habían esperado en vano durante decenios de sus «superiores». El proletariado conquistó para todo el pueblo ruso, aunque por poco tiempo, una libertad de prensa, de reunión y de asociación nunca vista en Rusia. Barrió de su camino a la falsa Duma de Bulyguin, arrancó al zar el manifiesto sobre la constitución e hizo imposible de una vez y para siempre la administración de Rusia sin instituciones representativas.

Las grandes victorias del proletariado resultaron ser medias victorias, porque el poder zarista no fue derrocado. La insurrección de diciembre terminó en derrota, y la autocracia zarista empezó a arrebatar una tras otra las conquistas de la clase obrera a medida que su embate se debilitaba, se debilitaba la lucha de las masas. En 1906, las huelgas obreras y las agitaciones campesinas y de soldados fueron mucho más débiles que en 1905, pero aun así eran todavía muy fuertes. El zar disolvió la primera Duma, durante la cual la lucha del pueblo empezó de nuevo a desarrollarse, pero no se atrevió a cambiar de inmediato la ley electoral. En 1907 la lucha de los obreros se debilitó aún más, y el zar, tras disolver la segunda Duma, perpetró un golpe de Estado (3 de junio de 1907); violó todas sus promesas más solemnes de no dictar leyes sin el consentimiento de la Duma y modificó la ley electoral de modo que la mayoría en la Duma quedase asegurada para los terratenientes y capitalistas, el partido de las centurias negras y sus lacayos.

Las victorias y las derrotas de la revolución dieron grandes lecciones históricas al pueblo ruso. Al conmemorar el quinto aniversario de 1905, procuremos esclarecer el contenido principal de estas lecciones.

La primera y fundamental lección es que sólo la lucha revolucionaria de las masas es capaz de conquistar mejoras medianamente serias en la vida de los obreros y en la administración del Estado. Ninguna «simpatía» hacia los obreros por parte de las personas cultas, ninguna lucha heroica de terroristas aislados pudo socavar la autocracia zarista y la omnipotencia de los capitalistas. Sólo la lucha de los propios obreros, sólo la lucha conjunta de millones pudo hacerlo; y cuando esa lucha se debilitaba, empezaba de inmediato el despojo de lo que los obreros habían conquistado. La revolución rusa confirmó aquello que se canta en la canción obrera internacional:

La segunda lección es que no basta con socavar, con limitar el poder zarista. Hay que aniquilarlo. Mientras el poder zarista no sea aniquilado, las concesiones del zar siempre serán precarias. El zar hacía concesiones cuando el embate de la revolución se intensificaba, y retiraba todas las concesiones cuando el embate se debilitaba. Sólo la conquista de la república democrática, el derrocamiento del poder zarista y el paso del poder a manos del pueblo pueden librar a Rusia de la violencia y la arbitrariedad de los funcionarios, de la Duma centurianegrista y octubrista, de la omnipotencia de los terratenientes y de sus lacayos en el campo. Si las calamidades de los campesinos y los obreros se han vuelto ahora, después de la revolución, aún más graves que antes, es el castigo por el hecho de que la revolución fue débil, de que el poder zarista no fue derrocado. 1905, y luego las dos primeras Dumas y su disolución enseñaron mucho al pueblo, le enseñaron ante todo la lucha común por las reivindicaciones políticas. El pueblo, al despertar a la vida política, al principio exigía concesiones a la autocracia: que el zar convocase la Duma, que el zar sustituyese a los viejos ministros por otros nuevos, que el zar «concediese» el derecho electoral universal. Pero la autocracia no iba, ni podía ir, a semejantes concesiones. A las peticiones de concesiones la autocracia respondía con bayonetas. Y entonces el pueblo empezó a cobrar conciencia de la necesidad de la lucha contra el poder autocrático. Ahora Stolypin y la negra Duma de los señores, con mayor fuerza aún, están martilleando, se puede decir, esta comprensión en la cabeza de los campesinos. Martillean y martillearán.

La autocracia zarista también extrajo una lección para sí de la revolución. Vio que no se puede confiar en la fe de los campesinos en el zar. Ahora fortalece su poder mediante una alianza con los terratenientes centurianegristas y los fabricantes octubristas. Para derrocar la autocracia zarista, se necesita ahora un embate de la lucha revolucionaria de masas mucho más fuerte que en 1905.

¿Es posible un embate tan considerablemente más fuerte? La respuesta a esta pregunta nos lleva a la tercera y más importante lección de la revolución. Esta lección consiste en que hemos visto cómo actúan las distintas clases del pueblo ruso. Antes de 1905, a muchos les parecía que todo el pueblo aspiraba por igual a la libertad y quería una misma libertad; por lo menos, la inmensa mayoría no tenía ninguna noción clara de que las distintas clases del pueblo ruso tienen una actitud diferente hacia la lucha por la libertad y persiguen una libertad desigual. La revolución disipó la niebla. A fines de 1905, y también durante la primera y la segunda Duma, todas las clases de la sociedad rusa se manifestaron abiertamente. Se mostraron en la práctica, revelaron cuáles son sus verdaderas aspiraciones, por qué pueden luchar y con qué fuerza, tenacidad y energía son capaces de luchar.

Los obreros fabriles, el proletariado industrial, libraron la lucha más resuelta y más tenaz contra la autocracia. El proletariado inició la revolución con el nueve de enero y con las huelgas masivas. El proletariado llevó la lucha hasta el final, alzándose a la insurrección armada en diciembre de 1905, en defensa de los campesinos fusilados, apaleados y torturados. El número de obreros huelguistas en 1905 fue de cerca de tres millones (y con los ferroviarios, empleados de correos, etc., seguramente hasta cuatro millones); en 1906, un millón; en 1907, 3/4 de millón. Una fuerza semejante del movimiento huelguístico no la ha visto aún el mundo. El proletariado ruso mostró qué fuerzas inagotables laten en las masas obreras cuando madura una crisis verdaderamente revolucionaria. La ola huelguística más grande del mundo, la de 1905, estuvo lejos de agotar todas las fuerzas combativas del proletariado. Por ejemplo, en el distrito fabril de Moscú había 567 mil obreros fabriles y 540 mil huelguistas, mientras que en el de Petersburgo, 300 mil obreros fabriles y 1 millón de huelguistas. Esto significa que los obreros de la región de Moscú estuvieron lejos de desarrollar tal tenacidad en la lucha como los de Petersburgo. Y en la gobernación de Livonia (ciudad de Riga), para 50 mil obreros hubo 250 mil huelguistas, es decir, cada obrero fue a la huelga, como promedio, más de cinco veces en 1905. Ahora, en toda Rusia, hay nada menos que tres millones de obreros fabriles, mineros y ferroviarios, y este número crece cada año; con una fuerza de movimiento como en Riga en 1905, ellos podrían desplegar un ejército de 15 millones de huelguistas.

Ante semejante embate no resistiría ningún poder zarista. Pero cualquiera comprende que semejante embate no se puede provocar artificialmente, a deseo de los socialistas o de los obreros de vanguardia. Semejante embate sólo es posible cuando una crisis, la indignación, la revolución envuelven a todo el país. Para preparar ese embate, hay que incorporar a la lucha a las capas más atrasadas de los obreros, hay que realizar durante años y años una tenaz, amplia e inconmovible labor de propaganda, de agitación y de organización, creando y fortaleciendo toda clase de sindicatos y organizaciones del proletariado.

Por la fuerza de su lucha, la clase obrera de Rusia estuvo a la cabeza de todas las demás clases del pueblo ruso. Las propias condiciones de vida de los obreros los hacen capaces de lucha y los empujan a la lucha. El capital concentra a los obreros en grandes masas en las grandes ciudades, los cohesiona, los instruye en la acción conjunta. A cada paso, los obreros chocan cara a cara con su principal enemigo: con la clase de los capitalistas. Luchando contra este enemigo, el obrero se hace socialista, cobra conciencia de la necesidad de la reconstrucción completa de toda la sociedad, de la completa supresión de toda miseria y de toda opresión. Al hacerse socialistas, los obreros luchan con abnegada valentía contra todo lo que se interpone en su camino y, ante todo, contra el poder zarista y los terratenientes feudales.

Los campesinos también salieron a la lucha contra los terratenientes y contra el gobierno en la revolución, pero su lucha fue mucho más débil. Se ha calculado que de los obreros fabriles participó en la lucha revolucionaria, en las huelgas, la mayoría (hasta 3/5), mientras que de los campesinos, sin duda, sólo una minoría: seguramente no más de una quinta o una cuarta parte. Los campesinos lucharon con menos tenacidad, de manera más dispersa, menos consciente, a menudo todavía esperando la bondad del zar-padrecito. En 1905 y 1906, los campesinos, en rigor, sólo asustaron al zar y a los terratenientes. Pero no hay que asustarlos, hay que aniquilarlos; su gobierno, el gobierno zarista, hay que barrerlo de la faz de la tierra. Ahora Stolypin y la negra Duma de los terratenientes se esfuerzan por crear, de los campesinos ricos, nuevos terratenientes-granjeros, aliados del zar y de las centurias negras. Pero cuanto más ayuda el zar y la Duma a los campesinos ricos a arruinar a la masa de los campesinos, tanto más consciente se vuelve esta masa, tanto menos conservará la fe en el zar, la fe de los esclavos siervos, la fe de los oprimidos y los ignorantes. Cada año hay más en el campo obreros agrícolas, que no tienen dónde buscar salvación fuera de la alianza con los obreros urbanos para la lucha común. Cada año hay más en el campo campesinos arruinados, empobrecidos hasta el extremo, hambrientos; millones y millones de ellos irán, cuando se levante el proletariado urbano, a una lucha más resuelta, más cohesionada contra el zar y los terratenientes.

En la revolución también tomó parte la burguesía liberal, es decir, los terratenientes liberales, los fabricantes, los abogados, los profesores, etc. Ellos constituyen el partido de la «libertad popular» (k.-d., kadetes). Prometieron mucho al pueblo y alborotaron mucho sobre la libertad en sus periódicos. Tuvieron la mayoría de los diputados en la primera y en la segunda Duma. Prometían conquistar la libertad «por la vía pacífica»; condenaban la lucha revolucionaria de los obreros y los campesinos. Los campesinos y muchos de los diputados campesinos («trudoviques») creían en esas promesas e iban sumisos y obedientes tras los liberales, apartándose de la lucha revolucionaria del proletariado. En esto consistió el mayor error de los campesinos (y de muchos habitantes de las ciudades) durante la revolución. Los liberales, con una mano, y eso muy pero muy raras veces, ayudaban a la lucha por la libertad, y la otra mano siempre la tendían al zar, prometiéndole conservar y fortalecer su poder, reconciliar a los campesinos con los terratenientes, «apaciguar» a los obreros «turbulentos».

Cuando la revolución llegó a la lucha decisiva contra el zar, a la insurrección de diciembre de 1905, los liberales, totalmente, traicionaron vilmente la libertad del pueblo, se apartaron de la lucha. La autocracia zarista se aprovechó de esta traición a la libertad popular por parte de los liberales, se aprovechó de la ignorancia de los campesinos, que en mucho creían a los liberales, y derrotó a los obreros insurrectos. Y cuando el proletariado fue derrotado, ninguna Duma, ningún discurso dulzón de los kadetes, ninguna de sus promesas detuvieron al zar en la aniquilación de todos los restos de libertad, en la restauración de la autocracia y la omnipotencia de los terratenientes feudales.

Los liberales resultaron engañados. Los campesinos recibieron una dura pero útil lección. No habrá libertad en Rusia mientras las amplias masas del pueblo crean a los liberales, crean en la posibilidad de la «paz» con el poder zarista, se aparten de la lucha revolucionaria de los obreros. Ninguna fuerza sobre la tierra detendrá el avance de la libertad en Rusia cuando se levante a la lucha la masa del proletariado urbano, aparte a los vacilantes y traidores liberales y conduzca tras de sí a los obreros agrícolas y al campesinado arruinado.

Y que el proletariado de Rusia se levantará a esa lucha, que volverá a ponerse al frente de la revolución, lo garantiza toda la situación económica de Rusia, toda la experiencia de los años revolucionarios.

Cinco años atrás, el proletariado asestó el primer golpe a la autocracia zarista. Para el pueblo ruso brillaron los primeros rayos de la libertad. Ahora se ha restaurado de nuevo la autocracia zarista, de nuevo reinan y gobiernan los señores feudales, de nuevo hay por todas partes violencias contra los obreros y los campesinos, en todas partes arbitrariedad asiática de las autoridades, vil ultraje contra el pueblo. Pero las duras lecciones no pasarán en vano. El pueblo ruso ya no es lo que era antes de 1905. El proletariado lo ha adiestrado en la lucha. El proletariado lo conducirá a la victoria.

«Rabóchaya Gazeta» N.º 1, 30 de octubre (12 de noviembre) de 1910.

Se imprime según el texto de «Rabóchaya Gazeta».