Impreso el 6 (19) de marzo y el 25 de mayo (7 de junio) de 1910 en el «Discusiónni Listok» núms. 1 y 2. Firmado: N. Lenin.

Se imprime según el texto del «Discusiónni Listok».

## I. Sobre la «plataforma» de los partidarios y defensores del otzovismo

No hace mucho apareció en París, editado por el grupo «Vperiod», el folleto: «La situación actual y las tareas del partido. Plataforma elaborada por el grupo de los bolcheviques». Se trata precisamente del grupo de bolcheviques cuya constitución como nueva fracción anunció la redacción ampliada de «Proletari» en la primavera del año pasado. Ahora este grupo, «compuesto por 15 miembros del partido – 7 obreros y 8 intelectuales» (según nos informa), sale con el intento de exponer de manera integral, sistemática y positiva su «plataforma» particular. El texto de esta plataforma lleva las huellas evidentes de una elaboración colectiva cautelosa y esmerada, tendiente a alisar todas las asperezas, a limar las aristas agudas, a subrayar más aquello en lo que el grupo coincide con el partido que aquello en lo que discrepa con él. Tanto más valiosa es para nosotros esta nueva plataforma como exposición oficial de las concepciones de una conocida corriente.

El grupo de los bolcheviques expone primero cómo «comprende la situación histórica actual de nuestro país» (§ I, págs. 3–13), y luego cómo «comprende el bolchevismo» (§ II, págs. 13–17). Lo uno y lo otro lo comprende mal.

Tomemos la primera cuestión. La concepción de los bolcheviques (y la del partido) está expuesta en la resolución de la Conferencia de Diciembre de 1908 sobre el momento actual. ¿Comparten los autores de la nueva plataforma las concepciones expresadas en esa resolución? Si es así, ¿por qué no decirlo directamente? Si es así, ¿para qué redactar una plataforma especial, emprender la exposición de su «comprensión» propia del momento? Si no es así, ¿por qué otra vez no decir claramente en qué entra precisamente el nuevo grupo en oposición a las concepciones del partido?

El quid de la cuestión es que al nuevo grupo mismo no le está claro el significado de esta resolución. El nuevo grupo se inclina de manera inconsciente (o semiconsciente) hacia las concepciones de los otzovistas, irreconciliables con esta resolución. El nuevo grupo da en su folleto una interpretación popular no de todas las tesis de esta resolución, sino solamente de una parte de ella, sin comprender (quizás incluso sin advertir su significado) la otra parte. Los factores fundamentales que provocaron la revolución de 1905 continúan actuando – dice la resolución. Está madurando una nueva crisis revolucionaria (punto e). El objetivo de la lucha sigue siendo el derrocamiento del zarismo y la conquista de la república; el proletariado debe desempeñar el papel «dirigente» en la lucha y pugnar por la «conquista del poder político» (puntos d y 1). Las condiciones del mercado mundial y de la política mundial hacen que «la situación internacional sea cada vez más revolucionaria» (punto zh). He aquí las tesis que la nueva plataforma interpreta de manera popular, y en esa medida marcha completamente de la mano con los bolcheviques y con el partido, en esa medida expone concepciones correctas y realiza una labor útil.

Pero la desgracia reside en que hay que subrayar ese «en esa medida». La desgracia reside en que el nuevo grupo no comprende las otras tesis de esta resolución, no comprende su vínculo con las demás, no comprende en particular su vínculo con aquella actitud irreconciliable hacia el otzovismo que es propia de los bolcheviques y que no es propia de este grupo.

La revolución es de nuevo inevitable. La revolución debe derrocar y derrocará de nuevo a la autocracia – dicen los autores de la nueva plataforma. Correcto. Pero esto no es todo lo que necesita saber y recordar el revolucionario socialdemócrata de hoy. Debe saber comprender que esta revolución marcha hacia nosotros de una manera nueva, que nosotros debemos marchar hacia ella de una manera nueva (de otro modo que antes; no sólo como antes; no sólo con los instrumentos y medios de lucha de antes), que la propia autocracia no es la de antes. ¡Esto es precisamente lo que no quieren ver los defensores del otzovismo! Se aferran con obstinación a permanecer unilateralistas y con ello, en contra de su voluntad, al margen de su conciencia, prestan un servicio a los oportunistas y a los liquidacionistas, respaldan con su unilateralidad en una dirección la unilateralidad en la otra.

La autocracia ha entrado en una nueva etapa histórica. Da un paso en la vía de su transformación en monarquía burguesa. La III Duma es una alianza con clases determinadas. La III Duma no es una institución casual, sino necesaria, dentro del sistema de esta nueva monarquía. La nueva política agraria de la autocracia tampoco es una casualidad, sino un eslabón componente necesario, burgués-necesario y, en su carácter burgués, necesario, de la política del nuevo zarismo. Tenemos ante nosotros una etapa histórica singular, con condiciones singulares de nacimiento de una nueva revolución. Es imposible dominar esta singularidad, es imposible prepararse para esta nueva revolución, actuando sólo a la manera antigua, sin saber utilizar la propia tribuna de la Duma, etc.

Esta última tesis no la pueden comprender los otzovistas. ¡Y los defensores del otzovismo, que lo declaran un «matiz legítimo» (pág. 28 del folleto examinado), no han podido hasta ahora comprender el vínculo de esta tesis con todo un círculo de ideas, con el reconocimiento de la singularidad del momento actual, con la aspiración a tener en cuenta esta singularidad en su táctica! Repiten que estamos viviendo un «período entre revoluciones» (pág. 29), que la situación actual es «de transición entre dos olas de la revolución democrática» (pág. 32), pero en qué consiste la singularidad de esta «transición» no están en condiciones de comprenderlo. ¡Y sin comprender esta transición, es imposible atravesarla con provecho para la revolución, es imposible prepararse para la nueva revolución, es imposible pasar a la segunda ola! Pues la preparación para la nueva revolución no puede limitarse a repetir que es inevitable; la preparación debe consistir en plantear la propaganda, la agitación y la organización de tal modo que tenga en cuenta la singularidad de esta situación de transición.

He aquí un ejemplo de cómo se habla de la situación de transición sin comprender en qué consiste esa transición. «Que en Rusia no existe ninguna constitución real, y que la Duma es sólo su fantasma, sin poder ni importancia, no sólo lo saben bien por experiencia las masas de la población, sino que ahora esto se está haciendo evidente para todo el mundo» (pág. 11). Compárese esto con la valoración de la III Duma que hace la resolución de Diciembre: «La alianza del zarismo con los terratenientes de las Centurias Negras y la capa superior de la burguesía comercial e industrial ha sido abiertamente reconocida y consolidada por el golpe de estado del 3 de junio y la institución de la III Duma».

¿Acaso no está «claro para todo el mundo» que los autores de la plataforma sencillamente no comprendieron la resolución, a pesar de que durante un año fue mascada y remascada de mil modos en la prensa del partido? Y no la comprendieron no en virtud de su falta de comprensión, por supuesto, sino en virtud del peso que ejercen sobre ellos el otzovismo y el círculo de ideas otzovista.

Nuestra III Duma es una Duma de las Centurias Negras y octubrista. Que los octubristas y las Centurias Negras no tienen «poder e importancia» en Rusia (como salió en los autores de la plataforma) es un absurdo. La falta de una «constitución real», el mantenimiento del pleno poder en manos de la autocracia no excluye en absoluto esa situación histórica singular en la que este poder se ve forzado a organizar una alianza contrarrevolucionaria de clases determinadas a escala nacional, en instituciones que actúan abiertamente y tienen significación estatal general, y en la que clases determinadas se organizan desde abajo en bloques contrarrevolucionarios que tienden la mano al zarismo. Si la «alianza» del zarismo con estas clases (alianza que aspira a preservar el poder y los ingresos para los terratenientes feudales) es una forma singular de la dominación de clases y de la dominación del zar con su pandilla en este período de transición, forma engendrada por la evolución burguesa del país bajo las condiciones de la derrota de «la primera ola de la revolución» – entonces no puede ni hablarse de la utilización del período de transición sin la utilización de la tribuna de la Duma. La táctica singular de utilizar aquella tribuna desde la cual hablan los contrarrevolucionarios, con el fin de preparar la revolución, se convierte entonces en obligatoria, derivada de la singularidad de toda la situación histórica. En cambio, si la Duma es sólo un «fantasma» de la constitución, «sin poder e importancia», entonces no tenemos ante nosotros ninguna etapa nueva en el desarrollo de la Rusia burguesa, de la monarquía burguesa, en el desarrollo de la forma de dominación de las clases superiores, etc., y entonces ¡los otzovistas, por supuesto, resultan tener razón de principio!

Y no se piense que la frase de la plataforma que hemos citado es un lapsus casual. En el capítulo especial «Sobre la Duma de Estado» (págs. 25–28) leemos desde el comienzo: «todas las Dumas de Estado hasta la fecha representaban instituciones que no tenían fuerza ni poder reales, que no expresaban la verdadera correlación de fuerzas en el país. El gobierno las convocó bajo la presión del movimiento popular para, por un lado, desviar la excitación de masas de los caminos de la lucha directa hacia los caminos pacífico-electorales, y, por otro lado, para ponerse de acuerdo en estas Dumas con aquellos grupos sociales que podían apoyar al gobierno en la lucha contra la revolución…». Esto es todo un ovillo de pensamientos confusos o de fragmentos de pensamientos. Si el gobierno convocó las Dumas para ponerse de acuerdo con las clases contrarrevolucionarias, de ahí se desprende precisamente que la primera y la segunda Dumas no tenían «fuerza y poder» (para ayudar a la revolución), y la tercera sí lo tenía y lo tiene (para ayudar a la contrarrevolución). Los revolucionarios podían (y bajo ciertas condiciones debían) no participar en una institución que era impotente para ayudar a la revolución. Esto es indiscutible. Al englobar juntas las instituciones tales del período revolucionario con la Duma del «período entre revoluciones», que tiene la fuerza de ayudar a la contrarrevolución, los autores de la plataforma cometen un error monstruoso. Extienden los razonamientos bolcheviques correctos precisamente a los casos a los que en realidad no se extienden. ¡Esto significa precisamente convertir el bolchevismo en una caricatura.

Resumiendo su «comprensión» del bolchevismo, los autores de la plataforma han presentado incluso un punto especial d (pág. 16), en el que esta revolucionariedad «caricaturesca» ha encontrado una expresión clásica, por así decir. He aquí el punto íntegro:

«d) Hasta que se complete la revolución, todos los procedimientos y caminos de lucha semilegales y legales de la clase obrera, incluida también la participación en la Duma de Estado, no pueden tener importancia autónoma y decisiva, sino que son únicamente un medio para reunir y preparar fuerzas para la lucha revolucionaria directa, abiertamente de masas».

Resulta que, después de «completarse la revolución», los procedimientos legales de lucha, incluido el parlamentarismo, ¡pueden tener importancia autónoma y decisiva!

Incorrecto. Tampoco entonces pueden. En la plataforma de los «vperiodovtsi» está escrito un disparate.

Además. Resulta que, «hasta que se complete la revolución», todos los procedimientos de lucha excepto los legales y semilegales, es decir, todos los procedimientos ilegales de lucha, ¡pueden tener importancia autónoma y decisiva!

Incorrecto. Existen procedimientos ilegales de lucha que, tanto después de «completarse la revolución» (por ejemplo, los círculos ilegales de propaganda) como «hasta que se complete la revolución» (por ejemplo, la confiscación de recursos monetarios al enemigo, o la liberación por la violencia de los detenidos, o el asesinato de espías, etc.) «no pueden tener importancia autónoma y decisiva, sino que son únicamente», etc., como en el texto de la «plataforma».

Además. ¿De qué «completamiento de la revolución» se habla aquí? Evidentemente, no del completamiento de la revolución socialista, pues entonces no habrá lucha de la clase obrera, ya que no habrá clases en general. Significa que se trata del completamiento de la revolución democrático-burguesa. Ahora veamos qué es lo que «comprendían» los autores de la plataforma bajo el completamiento de la revolución democrático-burguesa.

Hablando en general, bajo este término se pueden entender dos cosas. Si se emplea en un sentido amplio, se entiende por él la solución de las tareas históricas objetivas de la revolución burguesa, su «completamiento», es decir, la eliminación del propio suelo capaz de engendrar la revolución burguesa, el completamiento de todo el ciclo de revoluciones burguesas. En este sentido, por ejemplo, en Francia la revolución democrático-burguesa se completó solamente en 1871 (y empezó en 1789). Si se emplea la palabra en un sentido estrecho, se tiene en cuenta una revolución aislada, una de las revoluciones burguesas, una de las «olas», si se quiere, que golpea al viejo régimen, pero no lo remata, no elimina el suelo para las siguientes revoluciones burguesas. En este sentido, la revolución de 1848 en Alemania quedó «completada» en 1850 o en los años 50, sin que ello eliminara en absoluto el suelo para el auge revolucionario de los años 60. La revolución de 1789 en Francia quedó «completada», digamos, en 1794, sin que ello eliminara en absoluto el suelo para las revoluciones de 1830 y 1848.

Ya se interpreten las palabras de la plataforma «hasta que se complete la revolución» en sentido amplio o estrecho, en cualquier caso no se les encuentra sentido. De más está decir que intentar definir ahora la táctica de la socialdemocracia revolucionaria hasta el completamiento de todo el período de posibles revoluciones burguesas en Rusia sería completamente absurdo. Y en cuanto a la «ola» revolucionaria de 1905–1907, es decir, en cuanto a la primera revolución burguesa en Rusia, la propia plataforma se ve forzada a reconocer que «la autocracia venció la primera ola de la revolución» (pág. 12), que estamos viviendo un período «entre revoluciones», «entre dos olas de la revolución democrática».

¿Cuál es entonces la fuente de esta confusión infinita y sin salida en la «plataforma»? Precisamente, el hecho de que la plataforma se deslinda diplomáticamente del otzovismo, sin salir en absoluto del círculo de ideas del otzovismo, sin corregir su error fundamental y ni siquiera advertirlo. Precisamente, el hecho de que para los «vperiodovtsi» el otzovismo es un «matiz legítimo», es decir, para ellos el patrón, el modelo, el modelo insuperable, es el matiz otzovista de bolchevismo caricaturesco. Quien se ha puesto en este plano inclinado rueda y seguirá rodando sin freno hacia el pantano de una confusión sin salida; repite palabras y consignas sin saber reflexionar sobre las condiciones de aplicabilidad y los límites de su significado.

¿Por qué, por ejemplo, los bolcheviques en 1906–1907 contraponían con tanta frecuencia a los oportunistas la consigna: la revolución no ha terminado? Porque las condiciones objetivas eran tales que del completamiento de la revolución en el sentido estrecho de la palabra no podía ni hablarse. Tómese siquiera el período de la II Duma. El parlamento más revolucionario del mundo y quizás el gobierno autocrático más reaccionario. De ahí no había salida directa excepto un golpe desde arriba o una insurrección desde abajo y, por más que ahora muevan la cabeza los pedantes llenos de gran sabiduría, hasta que no se produjera el golpe nadie podía garantizar que al gobierno le saldría bien, que se desarrollaría sin tropiezos, que Nicolás II no se rompería el cuello con él. La consigna «la revolución no ha terminado» tenía el más vivo significado, directo e importante, prácticamente palpable, porque únicamente ella expresaba correctamente lo que hay, hacia dónde van las cosas en virtud de la lógica objetiva de los acontecimientos. Y ahora, cuando los propios otzovistas reconocen que la situación actual es «entre revoluciones», intentar presentar este otzovismo como un «matiz legítimo del ala revolucionaria» – «hasta que se complete la revolución» –, ¿acaso esto no es una confusión impotente?

Para salir de este círculo vicioso de contradicciones, es necesario no hacer diplomacia con el otzovismo, sino cortar sus bases ideológicas; es necesario situarse en el punto de vista de la resolución de Diciembre y reflexionarla a fondo. El presente período entre revoluciones no se explica por la casualidad. Ahora ya no hay dudas de que tenemos ante nosotros una etapa especial del desarrollo de la autocracia, del desarrollo de la monarquía burguesa, del parlamentarismo burgués de las Centurias Negras, de la política burguesa del zarismo en el campo, del apoyo a todo esto por parte de la burguesía contrarrevolucionaria. Este período, sin duda, es un período de transición «entre 2 olas de la revolución», pero, para prepararse para la segunda revolución, es necesario precisamente dominar la singularidad de esta transición, saber adaptar la propia táctica y la organización a esta transición difícil, penosa, oscura, pero impuesta por el curso de la «campaña». La utilización de la tribuna de la Duma, así como de todas las demás posibilidades legales, pertenece al número de los medios de lucha muy modestos, que no traen consigo nada «brillante». Pero el período de transición es de transición precisamente porque su tarea específica es la preparación y la reunión de fuerzas, y no su intervención directa, no su intervención decisiva. Saber plantear esta actividad carente de brillo exterior, saber utilizar para ella todas aquellas instituciones semiabiertas que son propias de la época de la Duma de las Centurias Negras y octubrista, saber defender también en este terreno todas las tradiciones de la socialdemocracia revolucionaria, todas las consignas de su pasado heroico reciente, todo el espíritu de su trabajo, toda su irreconciliabilidad en relación con el oportunismo y el reformismo, he ahí la tarea del partido, he ahí la tarea del momento.

Hemos analizado la primera desviación de la nueva plataforma respecto a la táctica expuesta en la resolución de la Conferencia de Diciembre de 1908. Hemos visto que es una desviación hacia las ideas otzovistas, hacia ideas que no tienen nada en común ni con el análisis marxista del momento que estamos viviendo ni con las premisas fundamentales de la táctica de los socialdemócratas revolucionarios en general. Debemos examinar ahora el segundo rasgo original de la nueva plataforma.

Es la tarea que proclama el nuevo grupo: «crear» y «difundir entre las masas una nueva cultura, proletaria»: «desarrollar la ciencia proletaria, fortalecer relaciones auténticamente camaraderiles en el medio proletario, elaborar una filosofía proletaria, orientar el arte hacia las aspiraciones y la experiencia proletarias» (pág. 17).

¡He aquí una muestra de esa diplomacia ingenua que sirve en la nueva plataforma para encubrir el fondo de la cuestión! ¿Acaso no es ingenuo cuando entre «ciencia» y «filosofía» se inserta «el fortalecimiento de las relaciones auténticamente camaraderiles»? El nuevo grupo introduce en la plataforma sus supuestos agravios, sus acusaciones a otros grupos (a saber: a los bolcheviques ortodoxos en primer lugar) de violar las «relaciones auténticamente camaraderiles». Tal es precisamente el contenido real de este curioso punto.

La «ciencia proletaria» también parece aquí «triste y fuera de lugar». En primer lugar, actualmente conocemos una sola ciencia proletaria: el marxismo. Los autores de la plataforma, por alguna razón, evitan sistemáticamente este único término exacto, poniendo en todas partes las palabras: «socialismo científico» (págs. 13, 15, 16, 20, 21). Es sabido que a este último término aspiran también en nuestro país, en Rusia, los adversarios directos del marxismo. En segundo lugar, si se pone en la plataforma la tarea de desarrollar la «ciencia proletaria», hay que decir claramente a qué lucha ideológica, teórica, de nuestro tiempo se hace referencia aquí y de qué lado se sitúan exactamente los autores de la plataforma. El silencio sobre esto es una astucia ingenua, ya que el fondo de la cuestión está claro para todo el que conoce la literatura socialdemócrata de 1908–1909. En nuestro tiempo, en el terreno de la ciencia, la filosofía y el arte, se ha destacado la lucha de los marxistas contra los machistas. Por lo menos, es ridículo cerrar los ojos ante este hecho archiconocido. Las «plataformas» deben escribirse no para disimular las divergencias, sino para esclarecerlas.

Nuestros autores se delatan torpemente con el pasaje citado de la plataforma. Todo el mundo sabe que, en realidad, bajo «filosofía proletaria» se tiene en cuenta precisamente el machismo, y cualquier socialdemócrata inteligente descubrirá al instante el «nuevo» seudónimo. No había para qué inventar este seudónimo. No hay para qué esconderse tras él. En realidad, el núcleo literario más influyente del nuevo grupo es machista, y considera que la filosofía no machista no es «proletaria».

Así debían haberlo dicho si querían hablar de esto en la plataforma: el nuevo grupo une a personas que lucharán contra las teorías no «proletarias», es decir, no machistas en filosofía y arte. Sería una salida directa, veraz, abierta de una corriente ideológica por todos conocida, una salida a la lucha contra otras corrientes. Cuando se atribuye una importancia grande a la lucha ideológica para el partido, se sale precisamente con una declaración directa de guerra, y no se esconden.

Y nosotros llamaremos a todos a una respuesta definida y clara al modo de presentar, encubierto en la plataforma, la lucha filosófica contra el marxismo. En realidad, todas las frases sobre la «cultura proletaria» encubren precisamente la lucha contra el marxismo. La «originalidad» del nuevo grupo consiste en que introdujo la filosofía en la plataforma del partido sin decir directamente qué corriente en la filosofía defiende.

Por lo demás, no se podría decir que el contenido real que tienen las palabras citadas de la plataforma sea totalmente negativo. Tras ellas se oculta también un cierto contenido positivo. Este contenido positivo se puede expresar con una sola palabra: M. Gorki.

En efecto, no hay para qué ocultar el hecho que ya ha pregonado (tergiversándolo y falseándolo) la prensa burguesa, a saber, que M. Gorki pertenece a los partidarios del nuevo grupo. Y Gorki es indiscutiblemente el más grande representante del arte proletario, que ha hecho mucho por él y puede hacer aún más. Toda fracción del partido socialdemócrata puede enorgullecerse legítimamente de que Gorki pertenezca a ella, pero sobre esta base insertar en la plataforma el «arte proletario» significa dar a esta plataforma un certificado de pobreza, significa reducir su grupo a un círculo literario que se denuncia a sí mismo precisamente en la «autoritaridad»... Los autores de la plataforma hablan mucho contra el reconocimiento de autoridades, sin aclarar directamente de qué se trata. La cuestión es que a ellos la defensa del materialismo en la filosofía y la lucha contra el otzovismo por parte de los bolcheviques les parece una empresa de «autoridades» aisladas (¡una sutil alusión a una circunstancia gruesa!) en las que los enemigos del machismo «confían ciegamente». Tales salidas, por supuesto, son completamente infantiles. Pero con las autoridades precisamente los «vperiodovtsi» se comportan mal. Gorki es una autoridad en el asunto del arte proletario, esto es indiscutible. Intentar «utilizar» (en el sentido ideológico, por supuesto) esta autoridad para fortalecer el machismo y el otzovismo significa dar una muestra de cómo no se debe tratar a las autoridades.

En el asunto del arte proletario, M. Gorki es un enorme plus, a pesar de sus simpatías por el machismo y el otzovismo. En el desarrollo del movimiento proletario socialdemócrata, la plataforma que aísla en el partido a un grupo de otzovistas y machistas, presentando como una tarea especial de grupo el desarrollo de un arte supuestamente «proletario», es un minus, porque dicha plataforma quiere reforzar y utilizar en la actividad de una gran autoridad precisamente aquello que constituye su lado débil, aquello que entra como una magnitud negativa en la suma del enorme beneficio que él aporta al proletariado.

# II. La «crisis de unificación» en nuestro partido

Al leer este título, algún lector quizás no crea de inmediato a sus ojos. «¡Sólo faltaba esto! Qué crisis no ha habido en nuestro partido – ¡y ahora de repente otra nueva crisis, de unificación!»

La expresión, que suena tan extraña, la he tomado de Liebknecht. Él la utilizó en 1875 en una carta (del 21 de abril) a Engels, contando la unificación de los lassalleanos y los eisenachianos. Marx y Engels consideraban entonces que de esa unificación no saldría nada bueno. Liebknecht refutaba sus temores y aseguraba que el partido socialdemócrata alemán, que había superado con éxito toda clase de crisis, soportaría también la «crisis de unificación» (véase Gustav Mayer. «Johann Baptist von Schweitzer und die Sozialdemokratie». Jena, 1909, pág. 424[35]).

No está sujeto a la menor duda que también nuestro partido, el POSDR, superará con éxito su crisis de unificación. Y que ahora está pasando por esa crisis lo ve todo el que está al tanto de las decisiones de la reunión plenaria del CC y de los acontecimientos posteriores al pleno. Si se juzga por las resoluciones del pleno, la unificación puede parecer la más completa y totalmente acabada. Si se juzga por lo que hay ahora, a principios de mayo de 1910, por la lucha decidida del Órgano Central contra «Golos Sotsial-Demokrata», editado por los liquidacionistas, por la enardecida polémica de Plejánov y otros mencheviques del partido contra los «golosovtsi», por el violentísimo ataque del grupo «Vperiod» contra el Órgano Central (véase su hoja recién aparecida: «A los camaradas bolcheviques»), a una persona situada al margen puede fácilmente parecerle un fantasma toda unificación.

Los enemigos directos del partido se regocijan. Rabiosamente insultan los partidarios y encubridores del otzovismo, los «vperiodovtsi». Con aún mayor encarnizamiento insultan los jefes de los liquidacionistas – Axelrod, Martynov, Martov, Potresov y otros – en su «Neobkhodimoe dopolnenie k ‘Dnevnikam’ Plejánova». Los «conciliadores» se encogen de hombros, se quejan y pronuncian frases impotentes (véase la resolución adoptada el 17 de abril de 1910 por el «Club socialdemócrata del partido de Viena», situado en el punto de vista de Trotski).

Pero a la cuestión más importante y fundamental, acerca de las causas de por qué nuestra unificación partidaria marcha así y no de otro modo, por qué la (aparente) unificación completa en el pleno ha sido sustituida ahora por la (aparente) total desunión, así como a la cuestión de cuál debe ser, en virtud de la «correlación de fuerzas» dentro y fuera de nuestro partido, la dirección de su desarrollo ulterior, a estas cuestiones fundamentales no dan ninguna respuesta ni los liquidacionistas (golosovtsi), ni los otzovistas (vperiodovtsi), ni los conciliadores (Trotski y los «vieneses»).

La injuria y la frase no son una respuesta.

### 1. Dos concepciones sobre la unificación

Los liquidacionistas y los otzovistas insultan con conmovedora unanimidad e implacablemente a los bolcheviques (los primeros, además, a Plejánov). Los culpables son los bolcheviques, culpable es el Centro Bolchevique, culpables son las «maneras “individualistas” de Lenin y Plejánov» (pág. 15 del «Neobkhodimoe dopolnenie»), culpable es el «grupo irresponsable» de los «antiguos miembros del Centro Bolchevique» (véase la hoja del grupo «Vperiod»). La solidaridad entre los liquidacionistas y los otzovistas a este respecto es completísima; su bloque contra el bolchevismo ortodoxo (bloque que caracterizó más de una vez la lucha en el pleno, de lo que trataremos especialmente más abajo) es un hecho indiscutible; los representantes de las dos corrientes extremas, que expresan de igual modo la sumisión a las ideas burguesas, igualmente antipartidistas, coinciden por completo en su política dentro del partido, en la lucha contra los bolcheviques y en proclamar «bolchevique» al Órgano Central. Pero la más fuerte injuria de Axelrod y Aleksinski sólo encubre su completa incomprensión del sentido y el significado de la unificación partidaria. La resolución de Trotski (– los vieneses) sólo por su apariencia se diferencia de las «efusiones» de Axelrod y Aleksinski. Está redactada de manera muy «cautelosa» y aspira a una justicia «suprafraccional». Pero ¿cuál es su sentido? De todo tienen la culpa los «jefes bolcheviques»: ésta es la misma «filosofía de la historia» que la de Axelrod y Aleksinski.

En el primer párrafo de la resolución de Viena se dice: «... los representantes de todas las fracciones y corrientes... con su decisión» (en el pleno) «asumieron consciente y deliberadamente la responsabilidad de llevar a la práctica las resoluciones adoptadas en las condiciones dadas, en colaboración con las personas, grupos e instituciones dadas». Se trata de los «conflictos en el OC». ¿Quién es «responsable de llevar a la práctica las resoluciones» del pleno en el OC? Es claro: la mayoría del OC, es decir, los bolcheviques con los polacos; ellos son los responsables de llevar a la práctica las resoluciones del pleno – «en colaboración con las personas dadas», es decir, con los golosovtsi y los vperiodovtsi.

¿De qué habla la resolución principal del pleno, en aquella parte suya que está dedicada a las cuestiones más «dolorosas» de nuestro partido, cuestiones que fueron las más controvertidas antes del pleno y que deberían haberse convertido en las menos controvertidas después del pleno?

Habla de que la manifestación de la influencia burguesa sobre el proletariado es, por un lado, la negación del partido socialdemócrata ilegal, el menosprecio de su papel y su importancia, etc., y, por otro lado, la negación del trabajo de los socialdemócratas en la Duma y la utilización de las posibilidades legales, la incomprensión de la importancia de lo uno y lo otro, etc.

Ahora preguntamos: ¿cuál es entonces el sentido de esta resolución?

¿Es acaso que los golosovtsi debían poner sincera e irrevocablemente una cruz sobre la negación del partido ilegal, sobre su menosprecio, etc., debían reconocer esto como una desviación, debían librarse de ella, realizar un trabajo positivo en un espíritu hostil a esta desviación; que los vperiodovtsi debían poner sincera e irrevocablemente una cruz sobre la negación del trabajo en la Duma y de las posibilidades legales, etc.; que la mayoría del OC debía atraer por todos los medios a la «colaboración» a los golosovtsi y vperiodovtsi a condición de que renunciaran de manera sincera, consecuente e irrevocable a las «desviaciones» minuciosamente descritas en la resolución del pleno?

¿O el sentido de la resolución es que la mayoría del OC es responsable de llevar a la práctica las resoluciones (sobre la superación de las desviaciones liquidacionista y otzovista) «en colaboración con los» golosovtsi dados, que siguen defendiendo el liquidacionismo igual que antes e incluso con mayor grosería, y con los vperiodovtsi dados, que siguen defendiendo la legitimidad del otzovismo, el ultimatismo, etc., igual que antes e incluso con mayor grosería?

Basta plantear esta cuestión para ver cuán vacías de contenido son las sonoras frases en la resolución de Trotski, cómo en realidad sirven para defender la misma posición en la que se sitúan Axelrod y Cía., Aleksinski y Cía.

Trotski expresó en las primeras palabras de su resolución todo el espíritu del peor conciliacionismo, del «conciliacionismo» entre comillas, del conciliacionismo de círculo, pequeño-burgués, que toma a «las personas dadas» y no la línea dada, el espíritu dado, el contenido ideológico-político dado del trabajo del partido.

Aquí está todo el abismo de la diferencia entre el «conciliacionismo» de Trotski y Cía., que de hecho presta el más fiel servicio a los liquidacionistas y otzovistas, y por eso es un mal tanto más peligroso en el partido cuanto más hábil, rebuscada y fraseológicamente se encubre con declamaciones pretendidamente partidistas y pretendidamente antifraccionales, y entre el verdadero sentido de partido, que consiste en depurar al partido del liquidacionismo y del otzovismo.

¿Qué se nos ha dado de hecho como tarea del partido?

¿Se han «dado» «personas, grupos e instituciones dados» a los que hay que «conciliar» independientemente de su línea, independientemente del contenido de su trabajo, independientemente de su actitud hacia el liquidacionismo y el otzovismo?

¿O se nos ha dado una línea de partido, se nos ha dado una orientación ideológico-política y un contenido de todo nuestro trabajo, se nos ha dado la tarea de depurar este trabajo del liquidacionismo y del otzovismo, tarea que debe llevarse a cabo independientemente de «las personas, grupos e instituciones», a despecho de la oposición de las «personas, instituciones y grupos» que no estén de acuerdo con esta línea o no la apliquen?

Son posibles dos concepciones sobre el significado y las condiciones de la realización de cualquier unificación partidaria. Es sumamente importante entender la diferencia entre estas concepciones, ya que se entrecruzan y se mezclan en el curso del desarrollo de nuestra «crisis de unificación», y sin deslindar una concepción de la otra es imposible orientarse en esta crisis.

Una concepción sobre la unificación puede poner en primer plano la «conciliación» de «las personas, grupos e instituciones dados». La unidad de sus concepciones sobre el trabajo del partido, sobre la línea de este trabajo, es cosa secundaria. Las divergencias hay que tratar de silenciarlas, y no de esclarecer sus raíces, su significado, sus condiciones objetivas. «Conciliar» a personas y grupos: he ahí lo principal. Si no coinciden en la aplicación de una línea común, hay que interpretar esta línea de manera que sea aceptable para todos. Vive y deja vivir a los demás. Este es el «conciliacionismo» pequeño-burgués, que inevitablemente conduce a la diplomacia de círculo. «Taponar» las fuentes de las divergencias, callarlas, «arreglar» a toda costa los «conflictos», neutralizar las tendencias en pugna: he aquí hacia lo que se dirige la atención principal de semejante «conciliacionismo». Se comprende que, en las condiciones de la base en el extranjero para las operaciones del partido ilegal, esta diplomacia de círculo abre de par en par las puertas a «personas, grupos e instituciones» que desempeñan el papel de «honestos mediadores» en todo tipo de intentos de «conciliación» y «neutralización».

He aquí cómo relata uno de estos intentos en el pleno Martov en el núm. 19–20 de «Golos»:

«Los mencheviques, los “pravdisti” y los bundistas proponían una composición del OC que asegurase la “neutralización” de las dos corrientes opuestas del pensamiento del partido, que no diera una mayoría definida a ninguna de ellas y que, con ello, obligara al órgano del partido a elaborar, en cada cuestión sustancial, aquella línea media que pudiera unir a la mayoría de los trabajadores del partido».

La propuesta de los mencheviques, como es sabido, no prosperó. Trotski, que había presentado su candidatura al OC en calidad de neutralizador, fracasó. La candidatura para el mismo puesto de un bundista – candidatura que los mencheviques proponían en sus discursos – no se sometió siquiera a votación.

He ahí el papel real de aquellos «conciliadores» en el mal sentido de la palabra, que redactaron la resolución de Viena y cuyas concepciones están expresadas en el artículo de Iónov en el núm. 4 de «Otkliki Bunda» que acabo de recibir. Los mencheviques no se decidían a proponer un OC con mayoría de su tendencia, aunque reconocían al mismo tiempo, como se desprende del razonamiento de Martov que he citado, las dos corrientes opuestas en el partido. A los mencheviques ni se les pasó por la mente proponer un OC con mayoría de su tendencia. Ni siquiera intentaron conseguir un Órgano Central con una orientación definida (tan claro estaba en el pleno la falta de orientación de los mencheviques, de quienes sólo se requería, sólo se esperaba, una renuncia sincera y consecuente al liquidacionismo). Los mencheviques aspiraban a la «neutralización» en el OC y presentaban como neutralizadores a un bundista o a Trotski. El bundista y Trotski debían desempeñar el papel de casamenteros que asumirían la tarea de «unir en matrimonio» a «las personas, grupos e instituciones dados», independientemente de que una de las partes renunciara o no al liquidacionismo.

Este punto de vista del casamentero constituye toda la «base ideológica» del conciliacionismo de Trotski e Iónov. Cuando se quejan y lloran porque la unificación no resultó, esto debe entenderse cum grano salis[36]. Esto debe entenderse en el sentido de que el casamiento no resultó. El «fracaso» de las esperanzas en la unificación que alimentaban Trotski e Iónov, esperanzas en la unificación con «las personas, grupos e instituciones dados» independientemente de su actitud hacia el liquidacionismo, significa únicamente el fracaso de los casamenteros, significa la falsedad, la desesperanza, la miseria del punto de vista del casamentero, pero en modo alguno significa el fracaso de la unificación del partido.

Existe otra concepción sobre esta unificación. Esta otra concepción consiste en que toda una serie de causas objetivas, profundas, que no dependen de tal o cual composición de «las personas, grupos e instituciones dadas» (al pleno y en el pleno), hace tiempo que empezaron a provocar y siguen provocando inexorablemente, en las dos viejas, las dos principales fracciones rusas de los socialdemócratas, cambios tales que crean – a veces contra la voluntad e incluso contra la conciencia de algunos de «las personas, grupos e instituciones dadas» – las bases ideológicas y organizativas de la unificación. Estas condiciones objetivas tienen sus raíces en las particularidades de la época que estamos viviendo de desarrollo burgués de Rusia, de la contrarrevolución burguesa y de los intentos de la autocracia de reorganizarse según el tipo de monarquía burguesa. Estas condiciones objetivas crean al mismo tiempo y en vinculación indisoluble, los unos con los otros, cambios en el carácter del movimiento obrero, en la composición, tipo, fisonomía de la vanguardia obrera socialdemócrata y cambios en las tareas ideológico-políticas del movimiento socialdemócrata. Por eso no es una casualidad, no es alguna mala intención individual, estupidez o error, sino el inevitable resultado de la acción de estas causas objetivas – y una superestructura inseparable de la «base» de todo el movimiento obrero de la Rusia contemporánea –, la influencia burguesa sobre el proletariado que crea el liquidacionismo (= semiliberalismo que desea contarse entre los socialdemócratas) y el otzovismo (= semianarquismo que desea contarse entre los socialdemócratas). La conciencia del peligro, del carácter no socialdemócrata, del perjuicio para el movimiento obrero de ambas desviaciones, provoca la aproximación de elementos de las distintas fracciones y abre el camino a la unificación del partido «a través de todos los obstáculos».

Desde este punto de vista, la unificación puede marchar lenta, difícilmente, con vacilaciones, titubeos, recidivas, pero no puede dejar de marchar. Desde este punto de vista, la unificación no marcha en absoluto necesariamente entre «las personas, grupos e instituciones dados», sino independientemente de las personas dadas, sometiéndolas a sí, desechando de entre los «dados» a quienes no toman conciencia o no quieren tomar conciencia de las exigencias del desarrollo objetivo, promoviendo y atrayendo a personas nuevas, que no pertenecían a la composición de los «dados», produciendo cambios, recomposiciones, reagrupamientos dentro de las viejas fracciones, corrientes, divisiones. Desde este punto de vista, la unificación es inseparable de su base ideológica, crece sólo sobre la base del acercamiento ideológico, está ligada a la aparición, el desarrollo, el crecimiento de desviaciones como el liquidacionismo y el otzovismo, no por un vínculo casual de tales o cuales intervenciones polémicas, de tal o cual lucha literaria, sino por un vínculo interno, indisoluble, como están vinculadas la causa y la consecuencia.

### 2. «Lucha en dos frentes» y superación de las desviaciones

Tales son las dos concepciones, sustancialmente distintas, radicalmente divergentes entre sí, sobre la esencia y el significado de nuestra unificación partidaria.

Ahora preguntamos: ¿cuál de estas concepciones está en la base de la resolución del pleno? Quien quiera reflexionar sobre ella verá que en la base está la segunda concepción, pero en algunos lugares la resolución lleva claramente las huellas de «enmiendas» parciales en el espíritu de la primera, y estas «enmiendas», empeorando la resolución, no eliminan en absoluto su base, su contenido principal, enteramente penetrado por la segunda concepción.

Para mostrar que esto es así, que las «enmiendas» en el espíritu de la diplomacia de círculo tienen realmente el carácter de enmiendas parciales, que no cambian el fondo de la cuestión ni la base de principio de la resolución, me detendré en determinados puntos y pasajes de la resolución sobre la situación en el partido que ya han sido tocados por la prensa del partido. Empezaré por el final.

Acusando a los «dirigentes de las viejas fracciones» de que todo lo hacen para impedir el establecimiento de la unidad, de que también en el pleno se comportaron de la misma manera, de que «cada paso había que arrebatarlo con combate», Iónov escribe:

«El camarada Lenin no quería “superar las desviaciones peligrosas” mediante “la ampliación y profundización del trabajo socialdemócrata”. Con suficiente energía pugnaba por colocar en el centro de todas las iniciativas del partido la teoría de la “lucha en dos frentes”. No admitía ni el pensamiento de suprimir en el partido el “estatuto de protección reforzada”» (pág. 22, art. 1).

Se trata del § 4, p. b, de la resolución sobre la situación en el partido. El proyecto de esta resolución fue presentado al CC por mí, y el punto en cuestión fue modificado, ya después del trabajo de la comisión, por el propio pleno, modificado a propuesta de Trotski, contra la cual luché yo sin éxito. En mi texto figuraban en este punto, si no literalmente las palabras «lucha en dos frentes», en todo caso palabras que expresaban esta idea. «Superación mediante ampliación y profundización» fue insertado a propuesta de Trotski. Me alegra mucho que el camarada Iónov, con su relato de mi lucha contra esta propuesta, me dé un pretexto cómodo para pronunciarme sobre el significado de la «enmienda».

Nada provocaba en el pleno una indignación tan furiosa – a menudo cómica – como la idea de la «lucha en dos frentes». La sola mención de esto enfurecía tanto a los vperiodovtsi como a los mencheviques. Esta indignación es históricamente plenamente explicable, porque los bolcheviques llevaron a cabo de hecho, desde agosto de 1908 hasta enero de 1910, la lucha en dos frentes, es decir, la lucha contra los liquidacionistas y los otzovistas. Y era cómica esta indignación porque los que se enfadaban contra los bolcheviques no hacían más que demostrar con ello su propia culpabilidad, demostrar que les seguía afectando toda condena del liquidacionismo y del otzovismo. En el ladrón arde el gorro.

La propuesta de Trotski de poner en lugar de la lucha en dos frentes — «superación mediante ampliación y profundización» — encontró un cálido apoyo de los mencheviques y los vperiodovtsi.

Y ahora se regocijan por esta «victoria» tanto Iónov como «Pravda», y la resolución de Viena, y «Golos Sotsial-Demokrata». Pero, preguntamos, habiendo expulsado de este punto las palabras sobre la lucha en dos frentes, ¿expulsaron el reconocimiento de la necesidad de esta lucha de la resolución? En absoluto, porque si se reconocen las «desviaciones», se reconoce su «peligrosidad», se reconoce la necesidad de «explicar» este peligro, se reconoce que las desviaciones son una «manifestación de la influencia burguesa sobre el proletariado», ¡entonces con esto, en esencia, se ha reconocido precisamente la lucha en dos frentes! Cambiaron en un lugar el término «desagradable» (para uno u otro compadre), ¡pero dejaron la idea fundamental! Resultó sólo un embrollo, una aguachirle, un empeoramiento con una frase de una parte de un punto.

Efectivamente, es precisamente una frase y un subterfugio impotente cuando en este parágrafo se habla de superación mediante la ampliación y profundización del trabajo. No hay aquí ninguna idea clara. El trabajo hay que ampliarlo y profundizarlo siempre e incondicionalmente; de esto habla detalladamente todo el tercer parágrafo de la resolución, habla antes de pasar a las «tareas ideológico-políticas» específicas, no siempre ni incondicionalmente obligatorias, sino engendradas por las condiciones de un período particular. Sólo a estas tareas particulares está dedicado el § 4, y en la introducción a sus tres puntos se dice directamente que estas tareas ideológico-políticas «han pasado a primer plano a su vez».

¿Qué resultó? Resultó un absurdo, ¡que la tarea de ampliar y profundizar el trabajo también ha pasado a primer plano a su vez! ¡Como si pudiera haber un «turno» histórico tal en el que esta tarea no estuviera en pie, como lo está siempre!

Y ¿cómo es posible superar las desviaciones mediante la ampliación y profundización del trabajo socialdemócrata? En toda ampliación y en toda profundización surgirá inevitablemente la cuestión de cómo ampliar y cómo profundizar; si el liquidacionismo y el otzovismo no son una casualidad, sino corrientes engendradas por condiciones sociales, entonces pueden infiltrarse en cualquier ampliación y en cualquier profundización del trabajo. Se puede ampliar y profundizar el trabajo en el espíritu del liquidacionismo – esto lo hacen, por ejemplo, «Nasha Zaria» y «Vozrozhdenie»; se puede hacerlo también en el espíritu del otzovismo. Por otro lado, la superación de las desviaciones, en el verdadero sentido de la palabra «superación», inevitablemente desvía una cierta cantidad de fuerzas, tiempo, energía, de la ampliación y profundización directa del trabajo socialdemócrata correcto. Por ejemplo, el mismo Iónov en la misma página de su artículo escribe:

«El pleno terminó. Sus participantes se dispersaron. Al Comité Central, al poner en marcha el trabajo, le toca superar dificultades inverosímiles, entre las cuales no ocupa el último lugar la conducta de los llamados» (sólo llamados, camarada Iónov, ¿y no auténticos, no genuinos?) «liquidacionistas, cuya existencia el camarada Martov negaba con tanta obstinación».

He aquí un material – pequeño, pero característico – para explicar cuán vacías son las frases de Trotski e Iónov. La superación de los pasos liquidacionistas de Mijaíl, Yuri y Cía. quitaba fuerzas y tiempo al CC de la ampliación y profundización directa del trabajo realmente socialdemócrata. Si no hubiera habido las acciones de Mijaíl, Yuri y Cía., si no hubiera habido liquidacionismo entre aquellos a quienes erróneamente seguimos considerando camaradas nuestros, entonces la ampliación y profundización del trabajo socialdemócrata marcharía con más éxito, ya que la lucha interna no desviaría las fuerzas del partido. De modo que, si por ampliación y profundización del trabajo socialdemócrata se entiende el desarrollo directo de la agitación, la propaganda, la lucha económica, etc., en un espíritu realmente socialdemócrata, entonces para este trabajo la superación de las desviaciones de los socialdemócratas respecto del socialdemocratismo es un minus, un descuento, por así decir, de la «actividad positiva», y, por consiguiente, la frase sobre la superación de las desviaciones mediante la ampliación, etc., no tiene sentido.

Esta frase expresa en realidad un vago deseo, un bueno e inocente deseo, ¡de que la lucha interna entre los socialdemócratas sea menor! Nada, excepto este inocente deseo, se ha reflejado en esta frase; es un suspiro de los llamados conciliadores: ¡oh, si hubiera menos lucha contra el liquidacionismo y el otzovismo!

La importancia política de semejante «suspirar» es nula, peor que nula. Si hay personas en el partido a las que les conviene «negar obstinadamente» la existencia de liquidacionistas (y otzovistas), utilizarán el «suspiro» de los «conciliadores» para encubrir el mal. Así procede «Golos Sotsial-Demokrata». Y por eso los defensores de frases semejantes, bienintencionadas pero vacías, en las resoluciones son sólo los llamados «conciliadores». De hecho, son auxiliadores de los liquidacionistas y otzovistas, de hecho no profundizan el trabajo socialdemócrata, sino que fortalecen precisamente las desviaciones de él, fortalecen precisamente el mal, ocultándolo provisionalmente, dificultando su curación.

Para ilustrar al camarada Iónov la importancia de este mal, le recordaré un pasaje del artículo del camarada Iónov en el núm. 1 del «Discusiónni Listok». El camarada Iónov comparó acertadamente el liquidacionismo y el otzovismo con un absceso benigno que «en el proceso de supuración atrae hacia sí de todo el organismo toda clase de elementos nocivos y de esta manera contribuye a su saneamiento».

Exactamente. El proceso de supuración, que extrae del organismo los «elementos nocivos», conduce al saneamiento. Y lo que dificulta la limpieza del organismo de tales elementos le causa perjuicio. ¡Que el camarada Iónov medite sobre este útil pensamiento del camarada Iónov!

### 3. Condiciones de la unificación y diplomacia de círculo

Prosigamos. El artículo editorial de «Golos» sobre los resultados del pleno nos obliga a tocar la cuestión de la supresión de las palabras liquidacionismo y otzovismo en la resolución. En este artículo editorial (núm. 19–20, pág. 18) con extraordinaria, jamás vista en parte alguna (salvo entre nuestros golosovtsi)... audacia se declara que el término «liquidacionista» es un término de goma, que «engendraba todo género de malentendidos» (sic!![37]), etc., razón por la cual «el CC decidió eliminar de la resolución este término».

¿Cómo calificar semejante exposición de las decisiones del CC sobre la eliminación del término, cuando los redactores de «Golos» no pueden dejar de saber que esta exposición contradice la verdad? ¿Con qué contaban estos redactores, de los cuales dos estuvieron en el pleno y conocen la «historia» de la eliminación del término? ¿Acaso contaban con que no se les desenmascararía?

En la comisión que elaboró la resolución, la mayoría aprobó conservar el término. De los dos mencheviques que había en la comisión, uno (Martov) votó por su eliminación, el otro (que se inclinó más de una vez hacia la posición de Plejánov) en contra. En el pleno, todos los nacionales (2 polacos + 2 bundistas + 1 letón) y Trotski presentaron la siguiente declaración:

«Considerando que en esencia sería deseable llamar “liquidacionismo” a la corriente señalada en la resolución, contra la cual es necesario luchar, pero, teniendo en cuenta la declaración de los camaradas mencheviques de que también ellos consideran necesario luchar contra esta corriente, pero que el empleo de tal término en la resolución tiene un carácter fraccional, dirigido contra ellos, los mencheviques, nosotros, en interés de eliminar todo obstáculo superfluo a la unificación del partido, proponemos tachar este término de la resolución».

Así pues, la mayoría del CC, y además precisamente todos los elementos no fraccionales, declara por escrito que la palabra liquidacionismo es correcta en esencia y que hay que luchar contra el liquidacionismo, ¡y la redacción de «Golos» explica la eliminación del término por su inadecuación en esencia!!

La mayoría del CC, y además precisamente todos los elementos no fraccionales, declara por escrito que accede a la eliminación del término, cediendo a las insistencia de los mencheviques (más exactamente: cediendo a un ultimátum, ya que los mencheviques declararon que de lo contrario la resolución no sería unánime), en virtud de su promesa de «luchar contra esta corriente», ¡¡y la redacción de «Golos» escribe: la resolución ha dado una «respuesta inequívoca a la cuestión de la llamada “lucha contra el liquidacionismo”» (pág. 18, ibíd.)!!

En el pleno prometen enmendarse, suplican: no empleen «el término dirigido contra nosotros», porque nosotros mismos lucharemos en adelante contra esta corriente, ¡y en el primer número de «Golos» después del pleno proclaman la lucha contra el liquidacionismo una lucha *llamada*!

Es claro que tenemos aquí, por parte de los golosovtsi, un giro completo y decidido hacia el liquidacionismo, giro que se tornará comprensible si se mira como algo íntegro, coherente, causalmente condicionado, lo que ocurrió después del pleno, sobre todo las intervenciones de «Nasha Zaria», «Vozrozhdenie» y señores como Mijaíl, Yuri, Román y Cía. De esto hablaremos más abajo, y tendremos que mostrar allí toda la superficialidad del punto de vista de Trotski, inclinado a echar toda la culpa a «la violación de los compromisos ético-políticos» (resolución de Viena), mientras que lo que tenemos ante nosotros, evidentemente, no es una «violación de los compromisos» personal o de grupo, no un acto moral, no jurídico, sino político, a saber: la cohesión de los legalistas antipartidistas en Rusia.

Ahora bien, hay que detenerse en otra cuestión, precisamente en la cuestión de las causas y el significado de un paso del pleno como fue la eliminación de la palabra liquidacionismo de la resolución. Explicar esto exclusivamente por el celo irrazonable de conciliadores como Trotski, Iónov y Cía., sería incorrecto. Aquí hay todavía otro factor. El quid es que una parte considerable de las decisiones del pleno se tomó no según el principio habitual de subordinación de la minoría a la mayoría, sino según el principio de acuerdo entre las dos fracciones, bolcheviques y mencheviques, con la mediación de los nacionales. A esta circunstancia, según parece, alude en «Otkliki Bunda» el camarada Iónov cuando escribe: «Los camaradas que se aferran ahora al formalismo saben perfectamente en qué habría terminado el último pleno si se hubiera situado en el punto de vista formal».

El camarada Iónov habla en esta frase con medias palabras. Al igual que Trotski, considera que tal manera de exponer sus pensamientos es particularmente «táctica», no fraccional y específicamente de partido. En realidad, es precisamente el modo de actuar de los diplomáticos de círculo, que no aporta nada excepto perjuicio al partido y al espíritu de partido. Las medias palabras pasan desapercibidas para unos, encienden la curiosidad de círculo en otros, incitan a la murmuración y la delación en terceros. Por eso es necesario descifrar las medias palabras de Iónov. Si él no habla aquí de que el pleno, en una serie de cuestiones, tendía al acuerdo (y no a una simple decisión por mayoría), lo invitamos a expresarse con mayor claridad y a no dar ocasión de caer en tentación a las comadres del extranjero.

Pero si Iónov habla aquí del acuerdo de las fracciones en el pleno, entonces sus palabras contra «los camaradas que se aferran ahora al formalismo» nos muestran palmariamente otro rasgo más de esos pseudoconciliadores que en realidad ayudan a hurtadillas a los liquidacionistas.

Una serie de decisiones unánimes fueron adoptadas en el pleno por acuerdo de las fracciones. ¿Por qué fue esto necesario? Porque, en efecto, las relaciones fraccionales equivalían a una escisión, y en toda escisión, siempre e inevitablemente, la disciplina del colectivo íntegro (en este caso: del partido) se sacrifica a la disciplina de una parte del colectivo (en este caso: de la fracción).

No se podía marchar hacia la unidad, dadas las relaciones del partido en Rusia, de otro modo que mediante el acuerdo de las fracciones (si de todas las fracciones o de las principales, de partes de las fracciones o de las fracciones completas, ésa es otra cuestión). De ahí la necesidad del compromiso, es decir, de concesiones en algunos puntos que no eran reconocidos por la mayoría, pero sí exigidos por la minoría. Una de estas concesiones de compromiso fue la supresión de la palabra liquidacionismo en la resolución. Una manifestación particularmente saliente de este carácter de compromiso de las decisiones del pleno es la entrega condicional por los bolcheviques de sus bienes fraccionales a terceras personas. Una parte del partido entrega condicionalmente sus bienes a terceras personas (de la socialdemocracia internacional), que deberán decidir si entregar este dinero al CC o devolverlo a la fracción. El carácter absolutamente insólito e imposible en un partido normal, no escindido, de este acuerdo muestra claramente en qué condiciones los bolcheviques aceptaban el acuerdo. La declaración de los bolcheviques, inserta en el núm. 11 del OC, dice claramente que la condición ideológico-política fundamental es la aplicación de la resolución «que condena el liquidacionismo y el otzovismo y reconoce la lucha contra estas corrientes como elemento inalienable de la línea política del partido», que una de las garantías de la aplicación de esta línea en la práctica es la composición del OC, y que la continuación del órgano fraccional y de la política fraccional por los mencheviques da derecho a los bolcheviques «a exigir del depositario la devolución del dinero». El CC aceptó estas condiciones, remitiéndose directamente en la resolución sobre los centros fraccionales a esta declaración de los bolcheviques.

Cabe preguntar: ¿están sujetas estas condiciones a cumplimiento o no? ¿Son formales estas condiciones o no? El camarada Iónov, que habla despectivamente del «formalismo», no ha entendido la diferencia más elemental entre el acuerdo, como base del convenio (= condiciones de la entrega del dinero por los bolcheviques, condiciones aprobadas por la resolución unánime del CC sobre los centros fraccionales), y la observancia de las condiciones formales del convenio, como base del mantenimiento de la unidad.

Si ahora, después de la resolución unánime del CC sobre los centros fraccionales, el camarada Iónov hace un gesto desdeñoso con la mano ante el «formalismo», con ello hace un gesto desdeñoso ante toda la decisión del CC sobre los centros fraccionales. El sofisma del camarada Iónov se reduce a esto: la suma de las decisiones del CC fue alcanzada no sólo mediante resoluciones adoptadas por mayoría de votos, sino también mediante el acuerdo de las corrientes en pugna sobre varias cuestiones de suma importancia; por consiguiente, en adelante tampoco son obligatorias formalmente estas decisiones, y la minoría tiene derecho a exigir un acuerdo. Puesto que en las decisiones del CC hay un elemento de acuerdo, siempre se pueden romper esas decisiones, porque el acuerdo es cosa voluntaria.

¿Acaso semejante sofística no es una defensa mal disimulada de los liquidacionistas?

Pero si los sofismas de Iónov no son más que ridículos, en la aspiración del CC (del pleno) a hacer el máximo de concesiones posibles hubo un factor psicológica y políticamente certero, correcto. Los mencheviques y los otzovistas coincidían en furibundos ataques al CB (Centro Bolchevique), contra el cual se lanzaban las más salvajes acusaciones. No divergencias de principio, sino la «maldad» del CB: he ahí lo que más y en primer lugar nos aleja del partido, decían tanto mencheviques como otzovistas[38].

Esta es una circunstancia muy importante, sin cuyo esclarecimiento no se puede comprender por qué el curso de nuestra crisis de unificación es precisamente así y no de otro modo. Defensores de principio del liquidacionismo y del otzovismo no había: ni los mencheviques ni los vperiodovtsi se decidían a ocupar semejante posición. Aquí se manifestó un rasgo de los modernos «críticos» del marxismo y críticos de la táctica realmente marxista, señalado hace ya tiempo en nuestra literatura (y más de una vez señalado en la literatura internacional contra los oportunistas): la indecisión, la falta de principios, el ocultar la «nueva» línea, el encubrir a los representantes consecuentes del liquidacionismo y del otzovismo. Nosotros no somos liquidacionistas, eso es un término fraccional, gritaban los mencheviques. Nosotros no somos otzovistas, eso es una exageración fraccional, les hacían eco los vperiodovtsi. Y miles de acusaciones contra el CB sobre todo y cualquier asunto, hasta lo que se dio en llamar «delincuencia» (léase: expropiaciones) se derramaban con el fin de difuminar y relegar a segundo plano las divergencias de principio políticas.

Los bolcheviques respondieron a esto: bien, señores, que el CC examine todas sus acusaciones y haga sobre ellas «juicio y justicia». Cinco socialdemócratas nacionales entran en el pleno, de ellos depende la decisión en general, y tanto más una decisión unánime. Que ellos sean los «jueces» en el examen de sus acusaciones (es decir, de las mencheviques y vperiodovtsi) y en la satisfacción de sus reclamaciones contra el CB. Los bolcheviques fueron más lejos. Aceptaron el máximo de compromisos en las resoluciones, exigidos por mencheviques y vperiodovtsi.

Y he aquí que se han hecho el máximo de concesiones en las resoluciones sobre la situación en el partido y sobre la conferencia, todas las «acusaciones» han sido examinadas y todas las reclamaciones contra el CB han sido satisfechas sobre la base de la decisión de los cinco nacionales socialdemócratas.

Sólo de esta manera se podía quitar a los adversarios de la línea del partido, es decir, de la línea antiliquidacionista, toda posibilidad de evasivas, toda posibilidad de escurrirse ante el planteamiento de principio de la cuestión. Y esta posibilidad se les quitó.

Si ahora Axelrod y Martov y Cía. en el «Neobkhodimoe dopolnenie», Aleksinski y Cía. en la hoja de los vperiodovtsi intentan otra vez sacar a la luz del día las acusaciones contra el CB, los chismes, las calumnias, la mentira y las insinuaciones, estos señores se dictan a sí mismos la sentencia. Negar que el pleno unánimemente examinó todas sus acusaciones, rechazó y reconoció como rechazadas todas sus acusaciones mediante su resolución, negar esto no se puede, negar estos no lo pueden ni unos ni otros héroes de la reyerta. Y si es así, entonces para todos y cada uno está claro ahora que los que vuelven a levantar la reyerta (Axelrod, Martov, Aleksinski y Cía.) son simplemente chantajistas políticos que desean con chismes tapar las cuestiones de principio. Y no los trataremos de otro modo que como chantajistas políticos. De otras cuestiones, aparte de la cuestión de la aplicación por el partido de la línea antiliquidacionista y antiotzovista, no nos ocuparemos, dejando a Axelrod, Martov y Aleksinski revolcarse en el fango cuanto gusten.

Los compromisos y concesiones de los bolcheviques, su aprobación de resoluciones, en muchos aspectos insuficientemente decididas, fueron necesarios para la pureza del deslinde de principios. Al satisfacer todas las reclamaciones de los mencheviques y otzovistas reconocidas como justas por la mayoría de los nacionales[39], los bolcheviques consiguieron que para los socialdemócratas de todas las tendencias, para todos excepto los chantajistas profesionales, la cuestión se planteara exclusivamente sobre la aplicación de la línea del partido, antiliquidacionista y antiotzovista. A nadie, a ninguna persona en el partido, se le cerró el acceso al trabajo del partido, a la participación en la aplicación de esta línea; no quedó ningún obstáculo para su aplicación, ninguna circunstancia ajena perturbadora, según la decisión que dependió de los nacionales socialdemócratas. Y si ahora de nuevo y aún más claramente se han mostrado los liquidacionistas, con esto se ha demostrado que las circunstancias ajenas eran una invención, una cortina de humo, un subterfugio de chismes, un procedimiento de intrigantes de círculo, nada más.

Por eso el deslinde y el desbroce empezaron de verdad sólo después del pleno; este desbroce se efectúa exclusivamente en torno a la cuestión de principio más importante: la liquidación de nuestro partido. Aquellos «conciliadores» que están pasmados, afligidos, sorprendidos de que el deslinde comenzara después del pleno, demostraron con su sorpresa sólo su cautiverio en la diplomacia de círculo. El diplomático de círculo podía pensar que el acuerdo condicional con Martov y Martynov, Maksímov y el segundo vperiodovets{106} es el fin de todo deslinde, ya que las divergencias de principio para tal diplomático son cosa secundaria. A la inversa, para quien la cuestión de principio sobre el liquidacionismo y el otzovismo está en primer lugar, no hay nada de sorprendente en que precisamente después de satisfechas todas las reclamaciones de Martov, Maksímov, etc., precisamente después de las máximas concesiones en cuestiones organizativas, etc., debía comenzar el deslinde puramente de principio.

Lo que está ocurriendo en el partido después del pleno no es el fracaso de la unificación partidaria, sino el comienzo de la unificación de aquellos que realmente pueden y quieren trabajar en el partido y de manera partidista, es el comienzo de la depuración del bloque realmente partidista de los bolcheviques, de los mencheviques de partido, de los nacionales, de los socialdemócratas no fraccionales, de los renegados hostiles al partido, de los semiliberales y semianarquistas[40].

### 4. Sobre el parágrafo 1 de la resolución sobre la situación en el partido

Continuando el análisis de los defectos de las resoluciones del pleno, debo detenerme ahora en el primer punto de la resolución sobre la situación en el partido. Este punto no toca, ciertamente, cuestiones directamente relacionadas con tal o cual comprensión de la unificación partidaria, pero tendré que hacer una digresión, porque la interpretación de este primer punto ha provocado ya no pocas discusiones en el partido.

En mi proyecto de resolución no figuraba en absoluto este punto, y yo – como toda la redacción de «Proletari» – luché contra él de la manera más resuelta. El punto fue aprobado por los mencheviques y los polacos, a quienes una parte de los bolcheviques advirtió de la manera más insistente que la interpretación de este punto oscuro, nebuloso, habría de engendrar inevitablemente malentendidos o – aún peor – servir de servicio a los liquidacionistas.

De más está decir que toda una serie de tesis de este punto fueron criticadas por mí en el pleno debido a su vacuidad, su vaciedad, su carácter tautológico. Decir que la táctica de los socialdemócratas es siempre una en su base de principio — y no determinar en qué consisten estas bases de principio, de qué y sobre cuáles bases (el marxismo en general o tal o cual de las tesis del marxismo) se trata aquí; — decir que la táctica de los socialdemócratas está siempre calculada para obtener el máximo de resultados — y no determinar ni el fin próximo (los resultados próximos posibles) de la lucha en el momento dado, ni los procedimientos específicos de lucha de este momento dado; — decir que la táctica está calculada para los diversos caminos que puede seguir el desarrollo, y no determinar concretamente estos caminos; — decir perogrulladas acerca de que la táctica debe contribuir a la acumulación de fuerzas, hacer al proletariado preparado tanto para la lucha abierta como para la utilización de las contradicciones del régimen inestable, — todo esto son defectos evidentes, que saltan a la vista, que convierten todo el punto en un lastre innecesario e inservible.

Pero hay algo aún peor en este punto. Hay en él una rendija para los liquidacionistas, que fue señalada durante el pleno por diversos miembros del mismo, no sólo bolcheviques, sino también uno de los bundistas e incluso Trotski. Es la frase de que para el proletariado consciente «se abre por primera vez la posibilidad, organizándose en partido socialdemócrata de masas, de aplicar consciente, planificada y consecuentemente este método táctico de la socialdemocracia internacional». (¿Cuál método éste? Se había hablado antes de las bases de principio de la táctica, y no de su método, y menos de un método determinado.)

¿Por qué por primera vez, preguntaban los críticos de este punto en el pleno. Si porque cada paso del desarrollo del país da algo nuevo, más elevado tanto en el nivel de la técnica como en la determinación de la lucha de clases, etc., entonces estamos de nuevo ante una banalidad. Entonces, todo momento siempre e incondicionalmente da algo que es por primera vez en comparación con el momento pasado. Pero nosotros estamos viviendo un momento determinado, el momento del reflujo contrarrevolucionario, el momento de una enorme disminución de la energía de las masas y del movimiento obrero socialdemócrata después del ascenso revolucionario. Y si semejante momento se caracteriza como el que da por primera vez al proletariado la posibilidad de aplicar conscientemente, etc., el método de la socialdemocracia internacional, entonces estas palabras inevitablemente conducirán a una interpretación liquidacionista, a una exaltación puramente liberal del período tercerdumista, presuntamente pacífico y presuntamente legal, por encima del período de tempestad y empuje, por encima del período de la revolución, cuando la lucha del proletariado se desarrollaba en formas directamente revolucionarias y los liberales la zaherían como la «locura de la espontaneidad».

Para llamar la atención particular sobre este peligro de interpretación liquidacionista del punto archiconfuso, presenté toda una serie de declaraciones escritas en esta sesión del pleno, subrayando una serie de pasajes de los discursos de los oradores. He aquí dos de mis declaraciones:

1) «A petición de Lenin se hace constar en el acta, de las palabras del camarada T. (socialdemócrata polaco): “es completamente falsa la interpretación de que aquí hay un menosprecio de la táctica de la revolución en comparación con la contrarrevolución”».

2) «A petición de Lenin se hace constar en el acta la exclamación del camarada Martov (“¡correcto!”) a las palabras de I. (bolchevique que defendía este punto), de que las palabras discutidas no rebajan, sino que elevan el significado de la revolución y de sus métodos en comparación con los contrarrevolucionarios».

Ambas declaraciones constatan que el polaco y el bolchevique, con la aprobación de Martov, renegaban categóricamente de la más mínima admisibilidad de la interpretación liquidacionista de este punto. En las intenciones de estos dos camaradas no entraba, por supuesto, tal interpretación.

Pero es sabido de antiguo que lo que se aplica es la ley, y no los motivos de la ley, no las intenciones del legislador. El significado del punto en cuestión, en la agitación y la propaganda, no lo determinarán las buenas intenciones de unos u otros de sus autores, ni sus declaraciones en el pleno, sino la correlación objetiva de fuerzas y tendencias dentro de la parte rusa de los socialdemócratas (los socialdemócratas no rusos difícilmente prestarán atención especial a este punto confuso).

Por eso esperé con particular interés cómo interpretarían ahora este punto en la prensa, prefiriendo no apresurarme en expresar mi opinión, prefiriendo escuchar primero las opiniones de socialdemócratas que no estuvieron en el pleno, o las opiniones de los golosovtsi.

El primer número de «Golos» después del pleno dio material más que suficiente para evaluar nuestra discusión sobre cómo se interpretaría este punto.

En el artículo editorial de «Golos» sobre los resultados del pleno leemos:

«Sería por completo inverosímil y absurdo, desde luego, suponer que el CC con estas palabras (“por primera vez”, etc.) “quiso expresar una condena indirecta de nuestra táctica pasada, en la medida en que estaba adaptada a la situación revolucionaria”» (cursiva del autor; núm. 19–20, pág. 18).

¡Muy bien! El autor declara inverosímil y absurda la interpretación liquidacionista. Sin embargo, leyendo más adelante, encontramos en el mismo párrafo la siguiente afirmación:

«Con estas palabras se ha reconocido oficialmente el atraso comparativo de nuestra vida política en el pasado a despecho de las formas revolucionarias en que se manifestaba, lo que, dicho sea de paso, fue una de las causas principales de la derrota de la revolución; con estas palabras se ha reconocido oficialmente la excesiva elementalidad de nuestra táctica pasada, a la que la condenaban las relaciones sociales atrasadas; con estas palabras, finalmente, se ha reconocido oficialmente que, cualquiera que sea la situación política en el futuro, todo intento de volver a la dictadura de círculos clandestinos cerrados en el movimiento, con toda la política ligada a ello, sería un paso decididamente atrasado».

¿Verdad que está bien?

No se sabe por dónde empezar en el análisis de esta abundancia de «perlas».

Empezaré por la triple referencia al «reconocimiento oficial». ¡Cuántas burlas derramó el mismo «Golos» sobre todo reconocimiento oficial, por tal o cual resolución, de la valoración del pasado, de la valoración de la revolución, de la valoración del papel de los partidos burgueses, etc.! He aquí una muestra de la sinceridad de los gritos contra la «oficialidad»: cuando a los golosovtsi no les gusta una decisión clara del partido, se burlan de las pretensiones de decidir «oficialmente» cuestiones científicas, etc., etc., siendo así «complejas» — como «Sozialistische Monatshefte» se burlan de la resolución de Dresde contra los oportunistas, o como los ministerialistas belgas se burlan en nuestros días de la resolución de Ámsterdam{107}. Pero en cambio, tan pronto como al golosovets le pareció que hay una rendija para el liquidacionismo, jura y perjura tres veces que eso está «reconocido oficialmente».

Y cuando un golosovets jura y perjura, sepan que... se aparta de la verdad. Hablar del «reconocimiento oficial» de su interpretación por parte del autor del artículo es tanto más insensato cuanto que el carácter controvertido de la interpretación de este punto fue objeto especial de debates en el CC, y de las declaraciones oficialmente consignadas en el acta — ¡sí, sí! ¡he aquí realmente lo «oficial»! — que aprobaron estas palabras del polaco y el bolchevique, se desprende que ellos jamás reconocerán como correcta la interpretación de «Golos». Nuestro autor sólo se cubrió de ridículo con sus gritos sobre el reconocimiento oficial.

La palabra «por primera vez» reconoce el «atraso comparativo del pasado» — esto aún es pasable, aunque de ninguna parte se ve por qué hay que referirlo precisamente a la vida política, y no a otros aspectos del desarrollo social; pero añadir: «a despecho de las formas revolucionarias» significa mostrar con demasiada imprudencia la oreja de burro de los vejistas. Se puede apostar que de cien liberales no menos de 90, al leer este pasaje, besarían a los golosovtsi, y de cien obreros no menos de 90 se apartarían de los oportunistas. Y la añadidura «dicho sea de paso» sobre «las causas de la derrota de la revolución» delata de cuerpo entero a los partícipes del tomo liquidacionista en cinco volúmenes: quieren hacer pasar de contrabando sus concepciones liberales sobre el papel del proletariado en la revolución al amparo de una resolución confusa. Por eso hablan de «elementalidad» e incluso — ¡fíjense! — de una excesiva elementalidad de «nuestra táctica pasada». «Excesiva» elementalidad de la táctica: esto, verán ustedes, se deriva de la palabra «“por primera vez” aplicar consciente, planificada y consecuentemente (en un partido de masas) el método de la socialdemocracia internacional»[41]. La táctica de la época de la lucha abierta, de la época de una relativa libertad de prensa, de los sindicatos de masas, de las elecciones con participación de los partidos revolucionarios, de la excitación general de la población, de rápidas oscilaciones en la política del gobierno, de la época de ciertas grandes victorias sobre el gobierno — esta táctica era excesivamente elemental, evidentemente, ¡en comparación con la táctica no elemental de los años 1909–1910! ¡Qué caudal de renunciamiento, qué miseria de comprensión socialdemócrata de los acontecimientos hay que tener para hacer semejantes interpretaciones!

Pero deducir de la palabra «por primera vez» la condena de la «dictadura (!!) de círculos clandestinos cerrados» es ya sencillamente inigualable. En la época de la táctica «excesivamente elemental» de 1905–1907, la dirección del partido de los obreros se parecía mucho más, gusten ver, a una «dictadura» que en los años 1909–1910, procedía en mucha mayor medida de organizaciones «clandestinas» y precisamente de «círculos» que eran más «cerrados» que en nuestro tiempo. Para dar a esta divertida profundidad una apariencia de verosimilitud, hay que recordar que los oportunistas y los kadetólatras se sentían entre los obreros un «círculo cerrado» durante la revolución, y encuentran que ahora, en la lucha por la legalidad (¡no es broma!), no están «cerrados» (el mismo Miliukov a nuestro lado), no son un «círculo» (tenemos revistas abiertas de renegados), no son «clandestinos», etc., etc.

Por primera vez el proletariado, organizándose en partido socialdemócrata de masas, observa entre las personas que desean considerarse sus dirigentes una tendencia tan planificada y consecuente al renegadismo liberal.

Con esta lección de interpretación del famoso punto sobre lo de «por primera vez» tendrán que contar, quiéranlo o no, aquel camarada polaco y aquel camarada bolchevique[42] que declaraban oficialmente encontrar completamente falsa la interpretación liquidacionista de su punto.

### 5. Significado de las resoluciones de Diciembre (1908) y actitud de los liquidacionistas hacia ellas

Las últimas observaciones sobre los defectos de la resolución del pleno hay que referirlas a las palabras introductorias del primer punto, que dicen: «En desarrollo de las tesis fundamentales de las resoluciones de la conferencia del partido de 1908, el CC acuerda...». Semejante formulación es el resultado de una concesión a los mencheviques, y en esta circunstancia hay que detenerse tanto más cuanto que aquí tenemos de nuevo una muestra de actitud clamorosamente desleal hacia una concesión, o clamorosamente incapaz de comprender el significado de las definiciones de la táctica por el partido.

En el proyecto de resolución aprobado por la mayoría de la comisión y que, por tanto, tenía asegurada la mayoría de votos del pleno, figuraba: «en confirmación de las resoluciones de diciembre de 1908 y en desarrollo de las mismas...». También aquí los mencheviques presentaron una reivindicación ultimativa de concesión, negándose a votar la resolución en su conjunto si quedaban las palabras «en confirmación», porque consideraban las resoluciones de diciembre de 1908 como el colmo de la «fraccionalidad». Hicimos la concesión exigida, sin negarnos a votar la resolución sin las palabras sobre la confirmación. No estaría en absoluto inclinado a lamentar esta concesión si hubiera logrado el objetivo, es decir, si hubiera encontrado la actitud leal de los mencheviques hacia la decisión del partido, sin la cual el trabajo conjunto es imposible. Nuestro partido no tiene otra definición de sus tareas fundamentales de táctica, organización y trabajo en la Duma para la época de la III Duma, que las resoluciones de diciembre de 1908. Sin negar que la lucha fraccional era entonces muy fuerte, no insistiremos en una u otra palabra enérgica de las resoluciones de entonces, dirigidas contra los liquidacionistas. Pero en sus tesis fundamentales insistimos incondicionalmente, porque hablar de partido, espíritu de partido, organización de partido, significaría arrojar en vano grandes palabras si descartáramos la única respuesta, dada por el partido y confirmada por un año de trabajo, a las más importantes y cardinales cuestiones, sin respuesta a las cuales no se puede dar ni un paso ni en la propaganda, ni en la agitación, ni en la organización. Estamos plenamente dispuestos a reconocer la necesidad de un trabajo conjunto de corrección de estas resoluciones, de revisión de las mismas conforme a la crítica de camaradas de todas las fracciones, y de los mencheviques del partido desde luego; sabemos que algunas tesis de estas resoluciones permanecerán, probablemente, bastante tiempo discutibles en el partido, y no se conseguirá decidirlas de otro modo que por mayoría de votos en el futuro próximo. Pero, mientras esta revisión no sea emprendida y terminada, mientras el partido no dé una nueva respuesta a la cuestión de la valoración de la época de la Tercera Duma y de las tareas que de ella se derivan, exigimos incondicionalmente que todos los socialdemócratas del partido, cualesquiera que sean sus concepciones, se guíen en su acción precisamente por estas resoluciones.

¿Parecería que esto es el abecé del espíritu de partido? ¿Parecería que otra actitud hacia las decisiones del partido no podía haber? Pero el giro hacia el liquidacionismo efectuado por «Golos» después del pleno, lo ha obligado también en esta cuestión a aprovechar la concesión de la mayoría del partido no para pasar a una leal posición de partido, ¡sino para declarar inmediatamente su descontento por la magnitud de la concesión! (Los golosovtsi olvidaron sólo, por lo visto, que quien primero ha suscitado la discusión en torno a una resolución de compromiso adoptada por unanimidad, declarando su descontento con ella y la exigencia de nuevas concesiones, nuevas correcciones, con ello ha dado a la otra parte el derecho de exigir correcciones en la otra dirección. Y nosotros, de este derecho, naturalmente, nos valdremos.)

El ya citado artículo editorial de «Golos» núm. 19–20 sobre los resultados del pleno declara enseguida que las palabras introductorias en la resolución son un compromiso. Esta es una verdad que se convierte en mentira al silenciar que el compromiso, exigido por el ultimátum de los mencheviques, fue la renuncia de la mayoría del CC a la confirmación directa de todas las resoluciones de diciembre de 1908, ¡y no sólo de sus tesis fundamentales!

«Desde nuestro punto de vista — continúa “Golos” — esta frase casa muy mal con el contenido inequívoco de los puntos más importantes de la resolución, significando un conocido viraje en el desarrollo del partido, ella, no obstante, por supuesto, está en vinculación de continuidad con todo el pasado de la socialdemocracia rusa, pero menos que nada (!!) está vinculada precisamente con la “herencia de Londres”{108}. Sin embargo, seríamos unos doctrinarios incorregibles si pensáramos que de un solo golpe se puede alcanzar la absoluta unanimidad de pensamiento en nuestro partido, si sacrificáramos un gran paso adelante en el movimiento por espíritu localista (!!). La corrección de estos errores de la resolución podemos dejarla a los historiadores».

Esto suena como si los golosovtsi que estuvieron en el pleno hubieran recibido una reprimenda por su «condescendencia hacia los bolcheviques» de parte de sus legalistas rusos, como Potresov y Cía., o de los redactores de «Golos» que no estuvieron en el pleno, y como si ellos se excusaran ante ellos. ¡Nosotros no somos doctrinarios, ¡que los historiadores corrijan los errores de la resolución!

Osaremos observar a esta magnífica declaración que los socialdemócratas del partido elaboran resoluciones no para los historiadores, sino para guiarse de hecho por estas resoluciones en su trabajo de propaganda, agitación y organización. El partido no tiene otra definición de las tareas de este trabajo para la época de la III Duma. Para los liquidacionistas, las resoluciones del partido, por supuesto, son una nulidad, pues para ellos todo el partido es una nulidad, para ellos de todo el partido (y no sólo de sus resoluciones) únicamente «los historiadores» pueden ocuparse con provecho y con interés. Pero con los liquidacionistas no quieren ni querrán trabajar en una misma organización ni los bolcheviques ni los mencheviques de partido. A los liquidacionistas les pediremos que se vayan con los «bezzaglavtsi»{109} o con los eneses{110}.

Si los golosovtsi tuvieran una actitud leal hacia el partido, si contaran de hecho con el partido y no con Potresov y Cía., con la organización de los socialdemócratas revolucionarios y no con el círculo de legalistas-literatos, entonces expresarían de otro modo su descontento con las resoluciones de diciembre de 1908. Precisamente ahora, después del pleno, abandonarían las risitas indecorosas, propias sólo de kadetes, a propósito de no sé qué «resoluciones» «clandestinas». Emprenderían el examen práctico de estas resoluciones y su corrección, conforme a su punto de vista, conforme a su manera de ver la experiencia de 1907–1910. Eso sí sería un trabajo para la unificación real del partido, para el acercamiento en una misma línea de actividad socialdemócrata. Renunciando a esto, los golosovtsi de hecho cumplen precisamente el programa de los liquidacionistas. En efecto, ¿cuál es el programa de los liquidacionistas sobre esta cuestión? Su programa consiste en ignorar las decisiones del partido, condenado a perecer, etc., etc., contrapartido a las decisiones del partido en el «trabajo» informe de los francotiradores que se llaman socialdemócratas y se han instalado, entremezclados con liberales, populistas y bezzaglavtsi, en diferentes revistillas legales, sociedades legales, etc. No hace falta ninguna resolución, ninguna «valoración del momento», ninguna definición de nuestros fines próximos de lucha y de nuestra relación con los partidos burgueses — ¡a todo esto lo llamamos (siguiendo a Miliukov!) «dictadura de círculos clandestinos cerrados» (sin advertir que con nuestra falta de forma, desorganización, fragmentación, entregamos de hecho la «dictadura» ¡a los círculos liberales!).

Sí, sí, es indudable que los liquidacionistas no pueden exigir otra cosa de los golosovtsi en la cuestión de la actitud hacia las resoluciones del partido que la burla despectiva y la ignorancia de las mismas.

Analizar seriamente la concepción de que la resolución del CC sobre la situación en el partido en 1909–1910 está «menos que nada» vinculada a la herencia de Londres no se puede, porque lo insensato de esta concepción salta a la cara. Se burlan del partido diciendo: ¡estamos dispuestos a contar «con todo el pasado» de él, pero no con el pasado que está directamente vinculado con el presente, y no con el presente! En otras palabras: estamos dispuestos a contar con aquello que no determina nuestro comportamiento actual. Estamos dispuestos (en 1910) a contar «con todo el pasado» de la socialdemocracia, excepto aquel pasado que contiene las decisiones sobre el partido de los kadetes de la época de 1907–1908–1909, sobre los partidos trudoviques de la época de 1907–1908–1909, sobre las tareas de la lucha de la época de 1907–1908–1909. Estamos dispuestos a contar con todo, excepto con aquello con lo que hay que contar para ser ahora miembro del partido de hecho, para realizar el trabajo del partido, para aplicar la táctica del partido, para orientar de manera partidista la actividad socialdemócrata en el período de la Tercera Duma. Del Bund hay que decir que da cabida en su órgano a semejantes burlas liquidacionistas sobre la herencia de Londres en el artículo del camarada Iónov (pág. 22). «Díganme por caridad — escribe Iónov — ¿qué relación tienen las resoluciones del Congreso de Londres con el momento actual y con las cuestiones que están ahora en el orden del día? Me atrevo a esperar que esto ni el camarada Lenin con todos sus acólitos lo saben».

¡Pues, cómo voy a saber yo una cosa tan complicada! ¡Cómo voy a saber que ningún cambio esencial en los grupos fundamentales de los partidos burgueses (los de las Centurias Negras, los octubristas, los kadetes, los populistas), en su composición de clase, en su política, en su actitud hacia el proletariado y hacia la revolución, se ha producido desde la primavera de 1907 hasta la primavera de 1910! ¡Cómo voy a saber que los pequeños cambios parciales que es posible y vale la pena señalar en este terreno están indicados en las resoluciones de diciembre de 1908! ¿Cómo voy a saber todo esto?

Para Iónov, todo esto, evidentemente, no tiene relación con el momento actual y con las cuestiones que están en el orden del día. Para él, esto es algo superfluo, una no sé qué definición partidaria de la táctica respecto a los partidos no proletarios. ¿Para qué cargarse? ¿No es más sencillo llamar a este afán de elaborar una definición partidaria de la táctica proletaria «protección reforzada» y cosas por el estilo? ¿No es más sencillo convertir a los socialdemócratas en francotiradores, en salvajes, que «libremente», sin ninguna «protección reforzada», resolverán las cuestiones de actualidad: hoy junto con los liberales en la revista «Nashi Pomoi», mañana con los bezzaglavtsi en un congreso de parásitos de la literatura, pasado mañana con los possianistas en una cooperativa{111}? Sólo que... sólo que, querida vaquita de Dios, ¿en qué se diferenciará esto de lo que persiguen los legalistas liquidacionistas? ¡Absolutamente en nada!

Los socialdemócratas del partido que están descontentos con las decisiones de Londres o con las resoluciones de diciembre de 1908, y que quieren trabajar en el partido, de manera partidista, criticarán estas resoluciones en la prensa del partido, propondrán enmiendas, persuadirán a los camaradas, conquistarán la mayoría para sí en el partido. Podemos no estar de acuerdo con tales personas, pero su actitud hacia el asunto será de partido, no ayudarán a la descomposición, como la ayudan Iónov, «Golos» y Cía.

Fíjense en el señor Potresov.

Este «socialdemócrata», que demuestra al público su independencia respecto del partido socialdemócrata, exclama en «Nasha Zaria» núm. 2, pág. 59: «¡Y cuántas, cuántas de estas cuestiones sin cuya solución es imposible dar un paso, le es imposible al marxismo ruso ser una corriente ideológica que haya absorbido realmente toda la energía y la fuerza — (¿no se podrían usar menos frases, querido señor independiente?) — de la conciencia revolucionaria de la época! Cómo marcha el desarrollo económico de Rusia, qué desplazamientos de fuerzas produce bajo la sordina de la reacción, qué ocurre en la aldea y en la ciudad, qué cambios introduce este desarrollo en la composición social de la clase obrera de Rusia, etc., etc. ¿Dónde están las respuestas, o el inicio de una respuesta a estas cuestiones, dónde está la escuela económica del marxismo ruso? ¿Y qué ha sido del trabajo del pensamiento político, del que antaño vivía el menchevismo? De sus búsquedas organizativas, de su análisis del pasado, de su valoración del presente?»

Si este independiente no se dedicara a arrojar al viento frases rebuscadas, sino que realmente pensara en lo que dice, vería una cosa muy sencilla. Si realmente no se puede dar un paso el marxista revolucionario sin resolver estas cuestiones (y esto es cierto), entonces de su solución — no en el sentido de concluir científicamente, de investigaciones científicas, sino en el sentido de determinar qué pasos y cómo hay que darlos — debe ocuparse el partido socialdemócrata. Porque el «marxismo revolucionario» fuera del partido socialdemócrata es simplemente una frase de salón de un charlatán legalista, que desea a veces vanagloriarse de que «nosotros también» somos casi socialdemócratas. El partido socialdemócrata ha dado un inicio de respuesta a las cuestiones señaladas, y lo ha dado precisamente en las resoluciones de diciembre de 1908.

Los independientes se han instalado con bastante astucia: en la prensa legal se golpean el pecho y preguntan, «¡¿dónde está el inicio de respuesta de los marxistas revolucionarios?!». Los independientes saben que en la prensa legal no se les puede responder. Y en la prensa ilegal, los amigos de estos independientes (los golosovtsi) desechan despectivamente con un gesto la respuesta a las cuestiones «sin cuya solución es imposible dar un paso». Se consigue todo lo que necesitan los independientes (es decir, los renegados del socialismo) en todo el mundo: la frase sonora está ahí, la independencia de hecho respecto del socialismo y del partido socialdemócrata también está ahí.

### 6. Sobre el grupo de los independientes-legalistas

Pasemos ahora a esclarecer lo que ha ocurrido después del pleno. A esta pregunta Trotski e Iónov dan una respuesta concorde y simple. «Ni en las condiciones externas de la vida política — reza la resolución de Viena —, ni en las relaciones internas de nuestro partido ha ocurrido después del pleno ningún cambio real que dificultara el trabajo de construcción del partido...». La recidiva fraccional, la herencia no superada de las relaciones fraccionales, eso es todo.

En Iónov, la misma explicación «en personas».

«El pleno terminó. Sus participantes se dispersaron... Los dirigentes de las viejas fracciones se encontraron en libertad, se emanciparon de toda influencia y presión ajenas. Para colmo llegaron refuerzos considerables. Para unos — en la persona del camarada Plejánov, que predica últimamente de manera insistente la declaración del estado de guerra en el partido. Para otros — en la persona de los dieciséis “viejos trabajadores del partido, bien conocidos de la redacción de ‘Golos Sotsial-Demokrata’ ” (véase núm. 19–20, “Carta abierta”). ¿Cómo, en tales condiciones, no lanzarse a la batalla? He ahí que se han puesto de nuevo a la vieja “tarea” del exterminio mutuo» («Otkliki Bunda» núm. 4, pág. 22).

Llegaron «refuerzos» a los fraccionalistas y — otra vez se pelearon, esto es todo. Es verdad que como «refuerzo» a los bolcheviques llegó un menchevique de partido, Plejánov, «llegó» con guerra contra los liquidacionistas, pero para Iónov es lo mismo. A Iónov no le gusta, evidentemente, la polémica de Plejánov con Potresov, el camarada I. (que proponía «disolver todo»), etc. Es su derecho, desde luego, censurar esta polémica. Pero ¿cómo llamarla «declaración del estado de guerra en el partido»? La guerra contra los liquidacionistas es declaración del estado de guerra en el partido: recordemos esta «filosofía» del camarada Iónov.

Para los mencheviques del extranjero, el refuerzo fueron los mencheviques rusos. Pero esta circunstancia no hace reflexionar en absoluto al camarada Iónov.

Se comprende qué conclusión práctica se desprende de semejante «valoración del momento» por Trotski e Iónov. No ha ocurrido nada especial. Simplemente una pelea fraccional. Colocar nuevos neutralizadores, y el asunto estará en el saco. Todo se explica desde el punto de vista de la diplomacia de círculo. Todas las recetas prácticas son una pura diplomacia de círculo. Dados los que «se han lanzado a la batalla», dados los que desean «conciliar»: aquí tachar la mención del «fundamento», allá añadir un fulano en la «institución», acullá «ceder» a los legalistas en los procedimientos de convocatoria de la conferencia... ¡Vieja, pero eternamente nueva historia del círculismo del extranjero!

Nuestra concepción de lo ocurrido después del pleno es otra.

Habiendo conseguido resoluciones unánimes, habiendo eliminado todas las acusaciones de «reyerta», el pleno puso por fin contra la pared a los liquidacionistas. Esconderse detrás de la reyerta ya no es posible. Excusarse con la intransigencia y «el aplastamiento mecánico» (variante: protección reforzada, estado de guerra, estado de sitio, etc.) ya no es posible. Alejarse del partido sólo se puede por causa del liquidacionismo (así como los vperiodovtsi pueden alejarse sólo por causa del otzovismo y de la filosofía antimarxista).

Puestos contra la pared, los liquidacionistas mostraron su «rostro». Su centro ruso — sea formal o no formal, semilegal (Mijaíl y Cía.) o plenamente legal (Potresov y Cía.) — respondió con una negativa al llamamiento a volver al partido. Los legalistas liquidacionistas rusos rompieron finalmente con el partido, agrupándose en un grupo de socialistas independientes (independientes del socialismo y dependientes del liberalismo, por supuesto). La respuesta de Mijaíl y Cía., por un lado, y las intervenciones de «Nasha Zaria» y «Vozrozhdenie», por otro, señalan precisamente el agrupamiento de los círculos antipartidistas de «socialdemócratas» (más exactamente: presuntos socialdemócratas) en un grupo de socialistas independientes. Por eso los esfuerzos «conciliadores» de Trotski e Iónov son ahora ridículos y lastimosos. Sólo la total incomprensión de lo que está sucediendo puede explicar estos esfuerzos, que ahora son inofensivos, porque tras ellos no hay nadie, excepto diplomáticos de círculo en el extranjero, excepto incomprensión e ignorancia en algún rincón perdido.

Los conciliadores à la Trotski e Iónov erraron al tomar las condiciones particulares, que dieron florecimiento a la diplomacia conciliadora en el pleno, por condiciones generales de la vida actual del partido. Erraron al tomar aquella diplomacia, que desempeñó su papel en el pleno gracias a la presencia de condiciones que engendraron aspiraciones profundas a la conciliación (– a la unificación del partido) en las dos fracciones principales, por un fin en sí misma, por un instrumento duradero de juego entre «personas, grupos e instituciones dados».

En el pleno hubo realmente lugar para la diplomacia, porque la unificación partidista de los bolcheviques de partido y los mencheviques de partido era necesaria, y sin concesiones, sin compromiso, era imposible. Al determinar la medida de las concesiones, los «honestos mediadores» inevitablemente pasaron a primer plano — inevitablemente, porque para los mencheviques de partido y los bolcheviques de partido la cuestión de la medida de las concesiones era una cuestión secundaria, mientras quedara en vigor la base de principio de toda la unificación. Habiendo pasado en el pleno a primer plano, habiendo tenido la posibilidad de desempeñar un papel en calidad de «neutralizadores», en calidad de «jueces» para eliminar la reyerta, para satisfacer las «reclamaciones» contra el CB, los «conciliadores» à la Trotski e Iónov se imaginaron que, mientras haya «personas, grupos e instituciones dados», ellos siempre podrán desempeñar ese papel. Divertida ilusión. Los mediadores son necesarios cuando hay que determinar la medida de las concesiones necesarias para obtener la unanimidad. La medida de las concesiones hay que determinarla cuando existe de antemano una base de principio común de la unificación. La cuestión de quién entrará en esta unificación después de todas las concesiones permanecía entonces abierta, porque era inevitable en principio la admisión condicional de que todos los socialdemócratas desearían entrar en el partido, todos los mencheviques desearían aplicar lealmente la resolución antiliquidacionista, todos los vperiodovtsi, la resolución antiotzovista.

Ahora, en cambio, los mediadores no hacen falta, no tienen lugar, porque no hay cuestión sobre la medida de las concesiones. Y no hay cuestión sobre la medida de las concesiones porque no hay cuestión sobre ninguna concesión. Todas las concesiones (e incluso excesivas) se hicieron en el pleno. Ahora la cuestión se plantea exclusivamente sobre la posición de principio de la lucha contra el liquidacionismo, y además no contra el liquidacionismo en general, sino contra un grupo determinado de liquidacionistas independientes, el grupo de Mijaíl y Cía., el grupo de Potresov y Cía. Si con las personas, grupos e instituciones dados pretendieran ahora «conciliar» al partido Trotski e Iónov, para nosotros, para todos los bolcheviques de partido y para todos los mencheviques de partido, serían simplemente traidores al partido, nada más.

Los conciliadores-diplomáticos fueron «fuertes» en el pleno exclusivamente porque y en la medida en que tanto los bolcheviques de partido como los mencheviques de partido querían la paz, y supeditaban la cuestión de las condiciones de paz a la cuestión de la táctica antiliquidacionista y antiotzovista del partido. Yo, por ejemplo, consideraba excesivas las concesiones y luché sobre la medida de las concesiones (a lo que alude «Golos» en el núm. 19–20 y de lo que habla directamente Iónov). Pero yo estaba dispuesto entonces a avenirme, como lo estaría ahora, incluso con concesiones excesivas, mientras la línea del partido no fuera socavada con ello, mientras las concesiones no condujeran a la negación de esa línea, mientras las concesiones sirvieran de puentes para atraer a las personas del liquidacionismo y del otzovismo hacia el partido. Pero, después del agrupamiento y la intervención de Mijaíl y Cía., Potresov y Cía., contra el partido y contra el pleno, no aceptaré ninguna conversación sobre ninguna concesión, porque el partido está obligado ahora a romper con estos independientes, está obligado a luchar resueltamente contra ellos como liquidacionistas plena y definitivamente definidos. Y puedo hablar con seguridad no sólo por mí, sino por todos los bolcheviques de partido. Los mencheviques de partido se han pronunciado ya con suficiente claridad, por boca de Plejánov y otros, en ese mismo espíritu, y en tal situación en el partido, los «conciliadores»-diplomáticos à la Trotski e Iónov deberán o bien abandonar su diplomacia, o bien irse con los independientes del partido.

Para convencerse del definitivo agrupamiento de los legalistas en un grupo de socialistas independientes, basta echar una mirada general sobre los acontecimientos posteriores al pleno, basta valorarlos en esencia, y no sólo desde el punto de vista de la pequeña y mezquina historia de los «conflictos», a la que en vano se limita Iónov.

1) Mijaíl, Román y Yuri declaran perjudiciales tanto las resoluciones del CC (del pleno) como la existencia misma de éste. Desde la publicación de este hecho han transcurrido cerca de 2 meses, y el hecho no ha sido desmentido. Es claro que es cierto[43].

2) Dieciséis mencheviques rusos, entre ellos al menos dos de la citada tríada y varios de los más destacados literatos mencheviques (Cherevanin, Koltsov, etc.), intervienen en «Golos», con la aprobación de la redacción, justificando el abandono del partido por los mencheviques, intervienen con un manifiesto puramente liquidacionista.

3) La revista legal menchevique «Nasha Zaria» publica un artículo programático del señor Potresov, en el cual se dice directamente que «no hay partido como jerarquía de instituciones íntegra y organizada» (núm. 2, pág. 61), que no se puede liquidar «lo que de hecho ya no existe como todo organizado» (ibíd.). Figuran entre los colaboradores de esta revista Cherevanin, Koltsov, Martynov, Avgustovski, Máslov, Martov, ese mismo L. Martov que es capaz de ocupar un puesto en la «jerarquía de instituciones organizada» de un partido ilegal que tiene un centro, como «todo organizado», y de pertenecer a un grupo legalista que, con la venia de Stolypin, declara inexistente a ese partido ilegal.

4) En la revista menchevique popular «Vozrozhdenie» (núm. 5, 30 de marzo de 1910), con la misma composición de colaboradores, un artículo sin firma, es decir editorial, elogia el citado artículo del señor Potresov de «Nasha Zaria» y añade, tras reproducir la misma cita que he reproducido yo más arriba:

«No hay nada que liquidar, — y, añadimos por nuestra cuenta» (es decir, la redacción de «Vozrozhdenie»), «el sueño de restaurar esta jerarquía en su vieja forma clandestina es sencillamente una utopía nociva, reaccionaria, que significa la pérdida del olfato político de los representantes del que fue antaño el partido más realista» (pág. 51).

Quien considere casuales todos estos hechos, evidentemente no quiere ver la verdad. Quien piense explicar estos hechos por una «recidiva de la fraccionalidad», se adormece a sí mismo con una frase. ¿Qué tiene que ver aquí la fraccionalidad y la lucha fraccional, de las que el grupo de Mijaíl y Cía. y el grupo de Potresov y Cía. están desde hace muchísimo tiempo al margen? No, para quien no quiere cerrar los ojos adrede, aquí no hay dudas posibles. El pleno eliminó todos los obstáculos (reales o imaginarios) para el retorno de los legalistas al partido, todos los obstáculos para la construcción del partido ilegal teniendo en cuenta las nuevas condiciones y las nuevas formas de utilización de las posibilidades legales. Cuatro mencheviques miembros del CC y dos redactores de «Golos» reconocieron que todos los obstáculos para el trabajo partidista conjunto estaban eliminados. El grupo de los legalistas rusos dio su respuesta al pleno. Esta respuesta es negativa: no queremos ocuparnos de la restauración y el fortalecimiento del partido ilegal, porque eso es una utopía reaccionaria.

Esta respuesta es el hecho político más importante en la historia del movimiento socialdemócrata. Se ha agrupado definitivamente y ha roto definitivamente con el partido socialdemócrata un grupo de socialistas independientes (del socialismo). Hasta qué punto está formalizado este grupo, si consta de una organización o de varios círculos separados, bastante lose (libremente, débilmente) vinculados entre sí, esto por ahora no lo sabemos, y además no es importante. Lo importante es que las tendencias a la formación de grupos independientes del partido, tendencias que existían desde hace tiempo entre los mencheviques, han conducido ahora a una nueva formación política. Y en adelante, todos los socialdemócratas rusos que no quieran engañarse a sí mismos deberán contar, como con un hecho, con la existencia de este grupo de independientes.

Para aclarar el significado de este hecho, recordemos ante todo a los «socialistas independientes» de Francia, que en el Estado más avanzado, más depurado de todo lo viejo, burgués, llevaron hasta el final las tendencias de esta orientación política. Millerand, Viviani, Briand pertenecían al partido socialista, pero en repetidas ocasiones actuaron independientemente de sus decisiones, en contra de ellas, y el ingreso de Millerand en el ministerio burgués, bajo el pretexto de salvar la república y defender los intereses del socialismo, condujo a su ruptura con el partido. La burguesía recompensó a los traidores al socialismo con cargos ministeriales. La tríada de renegados franceses sigue llamándose a sí misma y a su grupo socialistas independientes, sigue justificando su conducta por los intereses del movimiento obrero y la reforma social.

A nuestros independientes, desde luego, la sociedad burguesa no puede recompensarlos tan rápidamente: empiezan en condiciones inconmensurablemente más atrasadas, tienen que contentarse con los elogios y la ayuda de la burguesía liberal (que desde hace mucho apoyaba las tendencias de los mencheviques al «independientismo»). Pero la tendencia fundamental aquí y allí es una sola: la independencia respecto del partido socialista se motiva por los intereses del movimiento obrero; «la lucha por la legalidad» (consigna en la formulación de Dan, recogida con todo celo en el renegado «Vozrozhdenie», núm. 5, pág. 7) se proclama consigna de la clase obrera; se agrupan de hecho intelectuales burgueses (parlamentarios en Francia, literatos en nuestro país), que actúan entremezclados con los liberales; se rechaza la subordinación al partido: al partido lo declaran insuficientemente «realista» tanto Millerand y Cía. como «Vozrozhdenie» y «Golos»; del partido dicen que es una «dictadura de círculos clandestinos cerrados» («Golos»), que se encierra en una comunidad estrechamente revolucionaria, perjudicando el amplio progreso (Millerand y Cía.).

Tómese además, para aclarar la posición de nuestros independientes, la historia de la formación de nuestro «partido socialista-popular» ruso. Esta historia ayudará a comprender el fondo de la cuestión a quienes no ven el parentesco de nuestros independientes con Millerand y Cía. debido a la enorme diferencia de las condiciones externas de su «trabajo». Que nuestros «eneses» representan el ala legalista y moderada de la democracia pequeñoburguesa, esto es de todos conocido, y entre los marxistas, al parecer, nadie lo ha puesto en duda. Los socialistas-populares surgieron como liquidacionistas del programa, la táctica y la organización del partido revolucionario de los demócratas pequeñoburgueses en el congreso de los eseristas a finales de 1905; actuaron en estrechísimo bloque con los socialistas-revolucionarios en los periódicos de los días de libertad del otoño de 1905 y la primavera de 1906. Se legalizaron y se separaron en un partido autónomo en el otoño de 1906, lo que no les impidió en las elecciones a la II Duma y en la II Duma casi fundirse de cuando en cuando con los eseristas.

En el otoño de 1906 tuve ocasión de escribir en «Proletari» sobre los socialistas-populares, y los llamé los «mencheviques eseristas»[44]. Han transcurrido tres años y medio, y Potresov y Cía. han podido demostrar a los mencheviques de partido que yo tenía razón. Sólo hay que reconocer que incluso los señores Peshejónov y Cía. actuaron con mayor honestidad política que el señor Potresov y su grupo, cuando, después de una serie de actos políticos de hecho independientes del partido socialista-revolucionario, se declararon abiertamente un partido político separado, independiente de los eseristas. Claro que esta «honestidad» está condicionada, entre otras cosas, también por la correlación de fuerzas: Peshejónov consideraba impotente al partido socialista-revolucionario y pensaba que él perdía con la unión informal con él; Potresov considera que él gana con el azevismo político{112}, continuando figurando como socialdemócrata con una independencia de hecho respecto del partido socialdemócrata.

El señor Potresov y Cía. consideran por ahora lo más ventajoso para ellos cubrirse con un nombre ajeno, aprovechar ladronescamente el prestigio del POSDR, descomponiéndolo desde dentro, actuando de hecho contra él, y no sólo independientemente de él. Es posible que el grupo de nuestros independientes procure ataviarse con plumas ajenas durante el mayor tiempo posible; es posible que después de algún golpe al partido, después de un gran fracaso de la organización ilegal, o en una coyuntura particularmente tentadora, como la posibilidad de pasar, digamos, a la Duma independientemente del partido, los independientes se arranquen ellos mismos la máscara; no podemos prever todos y cada uno de los episodios de su charlatanería política.

Pero una cosa sabemos con firmeza, a saber, que al partido de la clase obrera, al POSDR, la actividad encubierta de los independientes le es perjudicial, ruinosa, y que debemos a toda costa desenmascararla, sacar a los independientes a la luz y declarar rota toda su vinculación con el partido. El pleno dio un gigantesco paso adelante por este camino: por extraño que pueda parecer a primera vista, fue precisamente el consentimiento (insincero o inconsciente) de Martov y Martynov, fueron precisamente las concesiones máximas, incluso excesivas, a ellos, las que ayudaron a reventar el absceso del liquidacionismo, el absceso del independientismo en nuestro partido. Ningún socialdemócrata concienzudo, ningún miembro del partido, cualquiera que sea la fracción con la que simpatice, puede negar ahora que el grupo de Mijaíl y Cía., el grupo de Potresov y Cía. son independientes, que de hecho no reconocen al partido, no quieren al partido, trabajan contra el partido.

Con qué rapidez o con qué lentitud marcha el proceso de maduración de la escisión de los independientes y de la formación por ellos de un partido especial, depende, desde luego, de muchas causas y circunstancias que no se pueden calcular. Entre los socialistas-populares, un grupo especial existía antes de la revolución, y la separación de este grupo, que se había adherido temporal e incompletamente a los socialistas-revolucionarios, fue particularmente fácil. Nuestros independientes tienen aún tradiciones personales, vínculos con el partido, que retrasan el proceso de escisión, pero estas tradiciones se debilitan cada vez más, y, además, la revolución y la contrarrevolución hacen surgir a personas nuevas, libres de toda tradición revolucionaria y partidista. El ambiente circundante de los estados de ánimo «vejistas» empuja con extraordinaria rapidez, en cambio, a los intelectuales sin carácter hacia el independientismo. La «vieja» generación de revolucionarios sale de la escena; Stolypin persigue con todas sus fuerzas a los representantes de esta generación, que en su mayoría han revelado todos sus seudónimos y toda su clandestinidad en los días de libertad, en los años de la revolución. La cárcel, el destierro, los trabajos forzados, la emigración, engrosan las filas de los que salen de las filas, y la nueva generación crece lentamente. Entre los intelectuales, especialmente aquéllos que se han «colocado» en una u otra actividad legal, se desarrolla una total falta de fe en el partido ilegal, la falta de deseo de gastar fuerzas en un trabajo particularmente difícil y particularmente ingrato en nuestros tiempos. «Los amigos se dicen en la desgracia», y la clase obrera, que está pasando los duros años del embate de las viejas y las nuevas fuerzas contrarrevolucionarias, inevitablemente observará la caída de muchos y muchos de sus «amigos de una hora» intelectuales, amigos para el tiempo de la fiesta, amigos sólo para el tiempo de la revolución, amigos que fueron revolucionarios durante la revolución, pero ceden a la época de decadencia y están dispuestos a proclamar la «lucha por la legalidad» ante los primeros éxitos de la contrarrevolución.

En una serie de países europeos, las fuerzas contrarrevolucionarias lograron barrer por completo los restos de las organizaciones revolucionarias y socialistas del proletariado después de 1848, por ejemplo. El intelectual burgués, que en sus años juveniles se adhirió a la socialdemocracia, en virtud de toda su psicología pequeñoburguesa se inclina a hacer un gesto de desdén: así fue, así será; defender la vieja organización ilegal es algo sin esperanza, crear una nueva es aún más sin esperanza; nosotros en general «exageramos» las fuerzas del proletariado en la revolución burguesa, atribuimos erróneamente al papel del proletariado un significado «universal», — todas estas ideíllas del renegado «Obshchestvennoe dvizhenie» empujan directa e indirectamente a la renuncia al partido ilegal. Puesto una vez en el plano inclinado, el independiente no advierte cómo rueda cada vez más abajo, no advierte que trabaja mano a mano con Stolypin: Stolypin, física, policialmente, con la horca y los trabajos forzados, destruye el partido ilegal — los liberales hacen directamente lo mismo con la propaganda abierta de las ideas vejistas — los independientes entre los socialdemócratas contribuyen indirectamente a la destrucción del partido ilegal, gritando sobre su «amortiguamiento», negándose a ayudarle, justificando (véase la carta de los 16 en el núm. 19–20 de «Golos») el abandono de él. De escalón en escalón.

No cerremos los ojos ante el hecho de que la lucha por el partido será para nosotros tanto más dura cuanto más se prolongue el período contrarrevolucionario. Que los miembros del partido no disminuyen los peligros, que les miran directamente a la cara, lo muestra, por ejemplo, el artículo del camarada K. en el núm. 13 del OC. Pero el reconocimiento resuelto y directo de la debilidad del partido, de la descomposición de las organizaciones y de la dificultad de la situación no provoca en el camarada K. — como no provoca tampoco en ningún miembro del partido — un minuto de vacilación acerca de si hace falta, si hace falta trabajar en su restauración. Cuanto más difícil es nuestra situación, cuanto más crece el número de enemigos — anteayer se les sumaron los vejistas, ayer los socialistas-populares, hoy los independientes socialdemócratas —, tanto más estrechamente se unirán todos los socialdemócratas sin distinción de matices en defensa del partido. A muchos socialdemócratas, a los que podía dividir la cuestión de cómo conducir al asalto a las masas de talante revolucionario y que creen en la socialdemocracia, no podrá dejar de unirlos la cuestión de si es obligatorio luchar por la preservación y el fortalecimiento del partido obrero socialdemócrata ilegal, creado por los años 1895–1910.

En cuanto a «Golos» y a los golosovtsi, han confirmado con notable relieve lo dicho acerca de ellos por la resolución de la redacción ampliada de «Proletari» en junio del año pasado. «En el campo menchevique del partido — dice esta resolución (véase el Suplemento al núm. 46 de “Proletari”, pág. 6) —, con la plena captura del órgano oficial de la fracción, “Golos Sotsial-Demokrata”, por los mencheviques liquidacionistas, la minoría de la fracción, habiendo experimentado hasta el final el camino del liquidacionismo, ya alza su voz de protesta contra este camino y busca de nuevo el terreno del partido para su actividad...»[45]. La distancia hasta «el final» del camino del liquidacionismo resultó ser más larga de lo que entonces pensábamos, pero la justeza de la idea fundamental de las palabras citadas ha sido demostrada desde entonces por los hechos. Particularmente se ha confirmado el término «captura por los liquidacionistas» aplicado a «Golos Sotsial-Demokrata». Son precisamente prisioneros de los liquidacionistas, que no se atreven ni a defender directamente el liquidacionismo, ni a sublevarse directamente contra él. Incluso en el pleno adoptaron por unanimidad resoluciones no como personas libres, sino como prisioneros, que por breve plazo recibieron de sus «amos» un permiso y volvieron a la esclavitud al día siguiente del pleno. No estando en condiciones de defender el liquidacionismo, presionaban con todas sus fuerzas sobre todos los obstáculos posibles (¡y todos los imaginarios!), no vinculados a las cuestiones de principio, pero que les impedían renunciar al liquidacionismo. Y cuando todos estos «obstáculos» fueron eliminados, cuando todas sus reclamaciones ajenas, personales, organizativas, monetarias y otras fueron satisfechas, ellos, contra su voluntad, «votaron» la renuncia al liquidacionismo. ¡Infelices! No sabían que en ese tiempo el manifiesto de los 16 ya se encontraba en camino hacia París, que el grupo de Mijaíl y Cía., el grupo de Potresov y Cía. se fortalecían en su defensa del liquidacionismo. Y ellos, sumisamente, giraron de nuevo tras los 16, tras Mijaíl, tras Potresov, ¡otra vez hacia el liquidacionismo!

El crimen mayor de los «conciliadores» sin carácter, como Iónov y Trotski, que defienden o justifican a estas personas, consiste en que los pierden, reforzando su dependencia del liquidacionismo. Mientras que la intervención resuelta de todos los socialdemócratas no fraccionales contra Mijaíl y Cía., contra Potresov y Cía. (a estos grupos no se deciden a defenderlos ni Trotski ni Iónov) podría hacer volver al partido a algunos de los prisioneros golosovtsi del liquidacionismo, las zalamerías y melindres de los «conciliadores», sin conciliar en absoluto al partido con los liquidacionistas, sólo infunden a los golosovtsi «esperanzas insensatas».

Por lo demás, estas zalamerías y estos melindres, sin duda, se explican en no poca medida también por la simple incomprensión de la situación. Sólo en virtud de la incomprensión puede el camarada Iónov limitarse a la cuestión de la publicación o no publicación del artículo de Martov, pueden los partidarios vieneses de Trotski reducir la cuestión a los «conflictos» en el OC. Tanto el artículo de Martov («En el buen camino»... hacia el liquidacionismo) como los conflictos en el OC son meros episodios parciales que no pueden comprenderse fuera de su vinculación con el todo. Por ejemplo, el artículo de Martov mostró claramente a quienes hemos estudiado durante un año todos los matices del liquidacionismo y del golosovismo, que Martov giró (o fue girado). Un mismo Martov no podía firmar la «Carta» del CC sobre la conferencia y escribir el artículo: «En el buen camino». Arrancando el artículo de Martov de la cadena de acontecimientos, de la «Carta» del CC que lo precede, del núm. 19–20 de «Golos» que lo sigue, del manifiesto de los 16, de los artículos de Dan («La lucha por la legalidad»), de Potresov y de «Vozrozhdenie», arrancando de la misma cadena de acontecimientos los «conflictos» en el OC, Trotski e Iónov se privan a sí mismos de la posibilidad de comprender lo que está sucediendo[46]. Y a la inversa, todo se vuelve plenamente comprensible tan pronto como se coloca en el centro lo que está en la base de todo, a saber: el agrupamiento definitivo de los independientes rusos y su ruptura definitiva con la «utopía reaccionaria» de la restauración y el fortalecimiento del partido ilegal.

### 7. Sobre el menchevismo de partido y sobre su valoración

La última cuestión que debemos examinar para el esclarecimiento de la «crisis de unificación» en nuestro partido es la cuestión del llamado menchevismo de partido y de la valoración de su significado.

Las concepciones de los no fraccionales — es decir, de los que desean considerarse no fraccionales — Iónov y Trotski (núm. 12 de «Pravda» y resolución de Viena) son sumamente características a este respecto. Trotski ignora resuelta y obstinadamente al menchevismo de partido, cosa que ya fue señalada en el núm. 13 del OC[47], e Iónov revela el pensamiento «recóndito» de su correligionario, declarando que el significado de las intervenciones del «camarada Plejánov» (Iónov no quiere ver a otros mencheviques de partido) se reduce a un «refuerzo» de la lucha fraccional de los bolcheviques, a la prédica de la «declaración del estado de guerra en el partido».

Lo incorrecto de esta posición de Trotski e Iónov debería haberles saltado a la vista ya simplemente por el hecho de que la refutan los hechos. Del núm. 13 del OC se desprende que nada menos que en siete grupos de ayuda al partido en el extranjero — en París, Ginebra, Berna, Zúrich, Lieja, Niza, San Remo — se alzaron los plejanovistas o, más exactamente, los mencheviques de partido contra «Golos», con la exigencia del cumplimiento de las decisiones del pleno, con la exigencia del cierre de «Golos», señalando el carácter liquidacionista de la posición ideológica adoptada en el núm. 19–20 de «Golos». El mismo proceso, aunque quizás con menos evidencia, tiene lugar también entre los trabajadores en Rusia. Silenciar estos hechos es ridículo. Intentar, a pesar de ellos, presentar la lucha de Plejánov con los golosovtsi como una lucha «fraccional» de literatos significa, objetivamente, situarse del lado del grupo de los independientes legalistas contra el partido.

La posición a todas luces falsa, a todas luces insostenible, que han adoptado los mencionados «conciliadores», debería haberles abierto los ojos sobre la falsedad de su punto de vista inicial, de que el significado político de la unificación en el pleno consistió en un acuerdo «con las personas, grupos e instituciones dados». No hay que dejarse engañar por las formas externas de los acontecimientos del partido y las particularidades personales de los mismos, hay que valorar el significado ideológico-político de lo que está sucediendo. Juzgando por las apariencias, el acuerdo fue con los golosovtsi fulanos y mengano. Pero la base, la condición del acuerdo, era el paso de los golosovtsi a la posición de Plejánov: esto está claro por el análisis de la resolución sobre la situación en el partido, que hemos hecho más arriba[48]. Por las apariencias, precisamente los golosovtsi resultaron ser los representantes del menchevismo en el partido, — por ejemplo, si se juzga por la composición del OC. De hecho, el OC comenzó a convertirse, después del pleno, en un órgano de «colaboración» de los bolcheviques de partido y los plejanovistas, con la plena oposición de los golosovtsi. Resultó un zigzag en el desarrollo de la unificación del partido: al principio como algo así como una papilla conciliadora general, sin una definición clara de la base ideológica de la unificación, pero luego la lógica de las tendencias políticas se impuso, y el filtrado de los independientes del partido resultó acelerado por esa admisión de concesiones máximas a los golosovtsi en el pleno.

Cuando oí en el pleno y vi en «Golos» (núm. 19–20, pág. 18) las furiosas salidas contra la consigna «acuerdo de las fracciones fuertes para la lucha contra los liquidacionistas de derecha y de izquierda» (esta consigna la toma «Golos» entre comillas, pero por alguna razón no se dice directamente que yo la defendí antes del pleno y en el pleno), pensaba para mí: «¡abwarten!», «wait and see» (¡vivamos y veamos!). Aguarden, señores golosovtsi, porque ustedes quieren hacer la cuenta «sin el dueño»: la cuestión no es que el pleno dio a todos la posibilidad de participar en el acuerdo, y no sólo a las fracciones «fuertes», fuertes por su posición ideológico-política. La cuestión es si sus «dueños» — es decir, los grupos de los independientes legalistas — permitirán que esta posibilidad se convierta en realidad.

Han transcurrido varios meses, y sólo los ciegos pueden dejar de ver ahora que, de hecho, es precisamente el «acuerdo de las fracciones fuertes» lo que constituye la unificación del partido, lo que la impulsa hacia adelante «a través de todos los obstáculos». Así debe ser, así únicamente puede ser en virtud de la correlación real de fuerzas en el partido. Es indudable que en un futuro próximo, o bien todas las instituciones rectoras del partido serán formalmente reestructuradas para expresar este acuerdo, o bien la vida del partido y el desarrollo de su unificación marcharán durante un tiempo al margen de sus instituciones rectoras.

Desde luego, llamar «fracción fuerte» a los mencheviques de partido parece a primera vista extraño, porque en el momento dado son más fuertes, al menos en el extranjero, aparentemente, los golosovtsi. Pero nosotros, los socialdemócratas, juzgamos de la fuerza no según cómo se pronuncian los grupos del extranjero, cómo se agrupan los literatos mencheviques, sino según qué posición es objetivamente correcta y cuál está condenada por la lógica de la situación política a la subordinación a los «independientes». Los «rabochiedeltsi» eran más fuertes que los «iskristas» tanto en el extranjero como en Rusia en 1898–1900, y sin embargo no eran la «fracción fuerte».

Ahora, cuando los golosovtsi han movilizado todas sus fuerzas contra Plejánov y han levantado contra él todos sus cubos de inmundicias — incluyendo al señor Potresov y los recuerdos de cómo «ofendían» a Martov en los años 1901–1903 (sic!) —, ahora esta impotencia de los golosovtsi se hace particularmente patente. Axelrod y Cía. ya han llegado irremediablemente tarde en lo político, publicando en abril, en el extranjero, una recopilación de insultos personales contra Plejánov, cuando en Rusia, el febrero de «Nasha Zaria» y el marzo de «Vozrozhdenie» habían trasladado la cuestión a un plano completamente distinto, cuando Plejánov en el núm. 13 del OC pasó ya de la historia de sus enfrentamientos con los golosovtsi a la lucha contra la política actual de ellos. Los golosovtsi patalean tan impotentemente, recordando viejas (¡hasta de 1901!) «ofensas», como los vperiodovtsi, que aún apelan a los buenos corazones en demanda de protección contra el CB.

Y miren cómo se delatan cada vez más nuestros «ofendidos», que se enfurecen en 1910 de manera exactamente igual ante la sola idea del acuerdo de «Lenin — Plejánov» (¡su terminología!) como hace un año se enfurecía por eso Maksímov. Al igual que Maksímov, los golosovtsi se esfuerzan por presentar el asunto como si se tratara casi de un acuerdo personal de «Lenin con Plejánov», explicando la acción de este último por un «capricho salvaje» (pág. 16 del «Neobkhodimoe dopolnenie»), la «conversión de Saulo en Pablo», «revoloteos», etc., etc. Martov hace lo imposible por, recordando la «actuación quinquenal» (ibíd.[49]) de Plejánov en el papel de menchevique, comprometerlo (con efecto retroactivo) por esos revoloteos, sin advertir que con ello se escupe ante todo a sí mismo.

En el mismo «Neobkhodimoe dopolnenie», la redacción colectiva de «Golos» nos asegura (pág. 32) que Plejánov fue «grande» precisamente durante el mencionado quinquenio (1904–1908). Miren ustedes lo que sale de aquí. Los mencheviques declaran «grande» a Plejánov por su actividad no durante los 20 años (1883–1903), cuando permanecía fiel a sí mismo, cuando no era ni menchevique ni bolchevique, sino fundador de la socialdemocracia, sino precisamente durante los cinco años en que, según el reconocimiento de los propios mencheviques, «revoloteaba», es decir, no mantenía consecuentemente la línea menchevique. Resulta que la «grandeza» consistió en no caer por entero en el pantano del menchevismo.

Pero precisamente la historia quinquenal del menchevismo, que Axelrod y Martov han recordado contra sí mismos, da una serie de hechos que ayudan a explicar la escisión de los mencheviques no por causas tan mezquinas, personales, como las que recalca Martov.

Plejánov coopta a Axelrod y Martov en 1903, declarando en el núm. 52 de «Iskra», en el artículo «Lo que no se debe hacer», que quiere maniobrar con los oportunistas y corregirlos con maniobras. Llega con ello hasta los más extremos ataques a los bolcheviques. Intenta sacar a fines de 1904 a Axelrod, que se había deslizado claramente hacia el liberalismo («Plan de la campaña de los zemstvos»), pero lo hace de tal modo que no dice ni una sola palabra a propósito de perlas como la declaración de las manifestaciones ante los zemstvos como «el tipo superior de manifestaciones» (en el folleto «Carta al CC», publicado sólo para los miembros del partido). En la primavera de 1905, Plejánov se convence de lo desesperado de las «maniobras» y abandona a los mencheviques, fundando «Dnevnik» y predicando la unión con los bolcheviques. El núm. 3 de «Dnevnik» (noviembre de 1905) no es en absoluto menchevique.

Después de haber gastado cerca de un año y medio en la maniobra con los oportunistas dentro del partido (desde fines de 1903 a la primavera de 1905), Plejánov, desde comienzos de 1906 y durante 1907, emprende el maniobrar con los kadetes. Llega con ello a extremos oportunistas mucho mayores que el resto de los mencheviques. Pero cuando él, que había proclamado el «maniobrar» durante la I Duma, después de la disolución de ésta (en el núm. 6 de «Dnevnik») propone el acuerdo de los partidos revolucionarios para luchar por la Asamblea Constituyente, «Proletari» (núm. 2 del 29 de agosto de 1906, en el artículo «Vacilaciones tácticas») señala en el acto que esta posición no es en absoluto menchevique[50].

En la primavera de 1907, en el Congreso de Londres, Plejánov — según el relato de Cherevanin, ya citado por mí en el prefacio a la recopilación «En 12 años» — lucha contra el anarquismo organizativo de los mencheviques[51]. Él necesita el «congreso obrero» como maniobra para desarrollar el partido, y no contra el partido. En la segunda mitad de 1907, según relató en el «Neobkhodimoe dopolnenie» Martov, Plejánov «tuvo que gastar no poca elocuencia» para defender la necesidad de un órgano ilegal (es decir, del partido) de los mencheviques contra Axelrod (que prefería, evidentemente, los órganos legales, de hecho no partidistas). En 1908, el conflicto por el artículo de Potresov es el motivo de su ruptura con los liquidacionistas.

¿De qué hablan estos hechos? De que la actual escisión de los mencheviques no es una casualidad, sino una inevitabilidad. El «maniobrar» no justifica a quien cometió errores en nombre de las maniobras, y yo no retiro nada de lo que he escrito contra esos errores de Plejánov. Pero el «maniobrar» explica por qué a unos mencheviques les es fácil irse a los independientes, mientras que a otros les es difícil e incluso imposible. El socialdemócrata que, maniobrando, conduce a la clase obrera detrás de los kadetes, le causa un perjuicio no menor que el que lo hace en virtud de una tendencia inmanente al oportunismo. Pero el primero sabrá, podrá, acertará a detenerse allí donde los segundos rueden al hoyo. Dice el refrán ruso: obliga a un cierto sujeto a rezar a Dios, y se descalabrará la frente. Plejánov podría decir: obligad a los Potresov y los Dan a ir a la derecha para una maniobra, e irán a la derecha por principio.

Aquello en lo que se han detenido algunos mencheviques justifica plenamente su nombre: «mencheviques de partido». Se han detenido en la lucha por el partido — contra los independientes legalistas. De esta cuestión sencilla y clara intentan en vano escabullirse el señor Potresov y la redacción de «Golos Sotsial-Demokrata» en el «“Neobkhodimoe dopolnenie”».

Engels también luchó con la S. D. F. (los socialdemócratas ingleses) — se retuerce Potresov (pág. 24). Sofística, queridísimo. Engels corregía al partido{113}, pero ustedes, en cambio, no dicen cómo corregir al partido, ni siquiera dicen directamente: ¿hace falta ahora el partido socialdemócrata ilegal, hace falta el POSDR o no? Ante Stolypin dicen: no («Nasha Zaria»), y ante los miembros del partido, en la prensa ilegal, no se atreven a decir esto, capean y se retuercen.

«Lenin — Plejánov recomiendan la guerra contra las nuevas formas del movimiento obrero» (pág. 31), «nosotros partimos del estado, las condiciones y las demandas del movimiento obrero real» (pág. 32), — asegura la redacción. Sofística, queridísimos. Ustedes mismos reconocieron que el pleno hizo todo por reconocer esas formas nuevas, y los bolcheviques lo demostraron con su lucha antes del pleno. No discrepamos sobre si hacen falta «formas nuevas», si hace falta realizar trabajo legal, si hace falta fundar sociedades legales, no discrepamos en absoluto sobre esto. Discrepamos sobre si es permisible que los legalistas que realizan semejante trabajo, como el grupo de Mijaíl y Cía., el grupo de Potresov y Cía., se tengan por socialdemócratas siendo independientes del partido de los socialdemócratas, o si los miembros del partido socialdemócrata están obligados a reconocer al partido, a predicar su necesidad, a trabajar en él, a trabajar en su organización, a organizar células ilegales en todas partes y en todos los sindicatos para las correctas relaciones con él, etc. Y ustedes entienden perfectamente que discrepanos ahora — después del pleno — sólo sobre esto.

Los golosovtsi se esfuerzan por presentar nuestra aspiración a acercarnos a los mencheviques de partido, a concertar un acuerdo con ellos para luchar por el partido contra los independientes, como un bloque personal de «Lenin y Plejánov». Insultan injuriosamente al autor del artículo contra Potresov en el núm. 47–48 de «Proletari» por el tono de «adulador cortesano», que «especula con el acuerdo» con Plejánov. Abro ese artículo y leo en la pág. 7:

«Desde luego, también todos los errores de Plejánov durante la revolución provinieron precisamente de que no mantuvo de manera consecuente la línea que él mismo sostenía en la vieja “Iskra”».

Que juzguen los lectores qué se parece más a la «adulación» y la «especulación»: esta indicación directa de lo que los bolcheviques consideran error de Plejánov, o la declaración de Plejánov como «grande» precisamente por el período en que era menchevique y en que «revoloteaba», según palabras de los mencheviques.

«Plejánov estará con nosotros — escribe la redacción de “Golos Sotsial-Demokrata” — cuando “llegue de nuevo el tiempo de las acciones políticas responsables” (cursiva de “Golos”)» (pág. 32 del «Neobkhodimoe dopolnenie»).

Esto es políticamente analfabeto, pero en cuanto a «especulación» es bastante claro. Analfabeto, porque ahora es precisamente el tiempo de acciones políticas cien veces más responsables para los viejos jefes que durante la lucha abierta, cuando la masa misma encuentra con mucho mayor facilidad el camino. Claro en el sentido de la «especulación», porque expresa la disposición a reconocer otra vez a Plejánov como menchevique, cuando empiece de nuevo a «maniobrar».

Nos asombra que los golosovtsi no comprendan qué significado tienen semejantes salidas por su parte, junto, por ejemplo, con la frase de Axelrod: «no quisimos rebajarnos» (ante Plejánov) «al papel de lacayos serviles» (pág. 19). Ustedes precisamente se comportan como la clase de personas indicada en las últimas palabras. Su actitud hacia Plejánov corresponde exactamente a la «fórmula» de esas personas: «o en los dientes, o la manita por favor».

Durante cinco años han pedido ustedes «la manita», ahora dan en 32 páginas de doble formato «en los dientes», y en la página 32 «expresan su disposición»: estamos de acuerdo en reconocerlo otra vez como menchevique y en pedir «la manita».

Por lo que a nosotros respecta, tenemos derecho a decir que durante el tiempo de los «revoloteos» Plejánov jamás fue bolchevique. Nosotros no lo consideramos bolchevique ni lo consideraremos nunca. Pero a él, como a todo menchevique capaz de sublevarse contra el grupo de los independientes legalistas y de llevar hasta el fin la lucha con ellos, lo consideramos un menchevique de partido. Consideramos un deber incondicional de todos los bolcheviques en los actuales tiempos difíciles, cuando está al orden del día la lucha por el marxismo en la teoría y por el partido en la práctica del movimiento obrero, hacer todos los esfuerzos por el acercamiento con tales socialdemócratas.

### 8. Conclusión. Sobre la plataforma de los bolcheviques

La conferencia del partido, prevista por el pleno, no podrá ni deberá limitarse al orden del día que fue propuesto por él bajo la condición del paso de todos los mencheviques a la posición de partido. Esto no ha resultado, y no nos corresponde jugar al escondite con nosotros mismos.

La consigna de las elecciones a esta conferencia, la consigna de su convocatoria y su preparación, debe ser la unión de los miembros del partido en la lucha contra el grupo de los independientes legalistas. Conforme a esta tarea y teniendo en cuenta la posición antipartidista de los golosovtsi, debemos, con toda decisión, reestructurar todas las instituciones rectoras del partido, para que no se ocupen de la reyerta que les prepara y les preparará en adelante cada golosovets, sino del verdadero trabajo de construcción del partido. Los golosovtsi no quieren construirla, quieren ayudar a hurtadillas al grupo de los independientes legalistas.

Tal debe ser la plataforma de los bolcheviques para esta conferencia. Construir el partido conforme a las resoluciones de Diciembre (1908) y en su espíritu. Continuar la obra del pleno, llevando a cabo las correcciones de sus decisiones señaladas más arriba, dictadas por todo el curso de los acontecimientos después del pleno. Dirigir todos los esfuerzos a la utilización sistemática, incesante, multilateral y tenaz de todas y cada una de las posibilidades legales, para reunir las fuerzas del proletariado, para ayudarle a agruparse y unirse, educarse para la lucha y ejercitar sus miembros, — así como restaurar incesantemente, aprendiendo a adaptarlas a las nuevas condiciones, las células ilegales, las organizaciones ilegales puramente de partido y preferentemente, en primer lugar, puramente proletarias, las únicas que pueden orientar todo el trabajo en las organizaciones legales, impregnarlo de espíritu revolucionario socialdemócrata, llevar una lucha irreconciliable contra los renegados y los independientes legalistas, preparar el tiempo en que nuestro partido, nuestro POSDR, habiendo conservado todas las tradiciones de la revolución y de las grandes victorias del proletariado en 1905, fortalecido y ampliado el ejército proletario del partido, lo conduzca a un nuevo combate, a nuevas victorias.