El décimo número de la revista del señor Potrésov y Cía., *Nuestra Zariá*{45}, que acabamos de recibir, ofrece ejemplos tan asombrosos de despreocupación, o mejor dicho: de falta de principios en la valoración de Lev Tolstói, que es necesario detenerse en ellos de inmediato, aunque sea brevemente.

He aquí el artículo de un nuevo paladín de la hueste potresoviana, V. Bazárov. La redacción no está de acuerdo con «determinadas tesis» de este artículo, sin indicar, por supuesto, cuáles son esas tesis. ¡Así es mucho más cómodo para encubrir la confusión! En lo que a nosotros respecta, nos resultaría difícil señalar alguna tesis de este artículo que no pudiera indignar a una persona que aprecie aunque sea un poco el marxismo. «Nuestra *intelligentsia* —escribe V. Bazárov—, abatida y reblandecida, convertida en una especie de lodazal amorfo intelectual y moral, llegada al último límite de la descomposición espiritual, ha reconocido unánimemente a Tolstói —a todo Tolstói— como su conciencia». Esto es falso. Es una frase. Nuestra *intelligentsia* en general, y la *intelligentsia* de *Nuestra Zariá* en particular, se parece mucho a la «reblandecida», pero no ha manifestado ni podía manifestar «unanimidad» alguna en la valoración de Tolstói, nunca ha valorado ni podía valorar correctamente a todo Tolstói. Y precisamente la ausencia de unanimidad se encubre con una frase sumamente hipócrita, completamente digna de *Nóvoye Vremia*, sobre la «conciencia». Bazárov no lucha contra el «lodazal», sino que alienta el lodazal.

Bazárov «quiere recordar algunas injusticias (¡¡!!) respecto a Tolstói, de las que son culpables los intelectuales rusos en general, y nosotros, radicales de distintas tendencias, en particular». Lo único cierto aquí es que Bazárov, Potrésov y Cía. son precisamente «radicales de distintas tendencias», hasta tal punto dependientes del «lodazal» general que, en el momento del más imperdonable silenciamiento de las inconsecuencias y debilidades fundamentales de la concepción del mundo de Tolstói, corren como gallos cluecas tras «todos», gritando sobre la «injusticia» hacia Tolstói. No quieren embriagarse con «ese narcótico particularmente difundido entre nosotros, que Tolstói llama “la exasperación de la polémica”»; son justamente esos discursos, esas tonadas, los que necesitan los filisteos, que se apartan con infinito desprecio de la polémica por cualesquiera principios defendidos de manera íntegra y consecuente.

«La fuerza principal de Tolstói consiste precisamente en que él, habiendo pasado por todas las etapas de la descomposición típica de las personas cultas modernas, supo encontrar una síntesis…». No es cierto. Precisamente una síntesis, Tolstói no supo, o mejor dicho: no pudo encontrarla, ni en las bases filosóficas de su concepción del mundo, ni en su doctrina social y política. «Tolstói por primera vez (!) objetivó, es decir, creó no solo para sí, sino también para los demás, aquella religión puramente humana (las cursivas son en todas partes del propio Bazárov), con la que Comte, Feuerbach y otros representantes de la cultura moderna solo podían soñar subjetivamente (!)», etc., etc.

Semejantes discursos son peores que el filisteísmo habitual. Es un engalanar el «lodazal» con flores falsas, que solo puede inducir a engaño a la gente. Hace más de medio siglo, Feuerbach, no sabiendo «encontrar una síntesis» en su concepción del mundo, que representaba en muchos aspectos «la última palabra» de la filosofía clásica alemana, se enredó en aquellos «sueños subjetivos», cuyo significado negativo había sido valorado ya desde hacía tiempo por los «representantes de la cultura moderna» verdaderamente avanzados. Declarar ahora que Tolstói «por primera vez objetivó» esos «sueños subjetivos» significa pasarse al campo de los que dan marcha atrás, significa adular al filisteísmo, significa cantar en coro con el vejovismo.

«De por sí se entiende que el movimiento (¿!?) fundado por Tolstói deberá experimentar cambios profundos, si realmente está destinado a desempeñar un gran papel histórico-universal: la idealización de la vida campesina patriarcal, la inclinación por la economía natural y muchos otros rasgos utópicos del tolstoísmo, que en la actualidad se ponen (¡!) en primer plano y parecen los más esenciales, en realidad son justamente elementos subjetivos, no ligados por un nexo necesario con la base de la “religión” tolstoiana».

Así pues, los «sueños subjetivos» de Feuerbach fueron «objetivados» por Tolstói, mientras que aquello que Tolstói reflejó tanto en sus geniales obras artísticas como en su doctrina llena de contradicciones, las particularidades económicas de la Rusia del siglo pasado señaladas por Bazárov, eso es «justamente elementos subjetivos» en su doctrina. A esto se le llama meter la pata hasta el corvejón. Pero también hay que decirlo: para la «*intelligentsia* abatida y reblandecida» (etc., como se ha citado antes), no hay nada más agradable, más deseable, más querido, nada que condescienda más con su reblandecimiento, que esta exaltación de los «sueños subjetivos» de Feuerbach «objetivados» por Tolstói, y esta distracción de la atención respecto a aquellas cuestiones históricas, económicas y políticas concretas que «en la actualidad se ponen en primer plano».

Es comprensible que a Bazárov le disguste especialmente «la crítica severa» que la doctrina de la no resistencia al mal ha suscitado «por parte de la *intelligentsia* radical». Para Bazárov «está claro que aquí no cabe hablar de pasividad y quietismo». Explicando su idea, Bazárov alude al conocido cuento de «Iván el Tonto» y propone al lector «imaginar que a los tontos no los envía soldados el rey de las cucarachas, sino su propio y más avispado soberano Iván, y que con la ayuda de estos soldados, reclutados entre los propios tontos y, por consiguiente, cercanos a ellos por toda su idiosincrasia, Iván quiere obligar a sus súbditos a cumplir ciertas exigencias injustas. Es completamente evidente que los tontos, casi desarmados y desconocedores del arte militar, no pueden ni soñar con una victoria física sobre el ejército de Iván. Incluso en condiciones de la más enérgica “resistencia con violencia”, los tontos pueden vencer a Iván no por un efecto físico, sino solo moral, es decir, solo por la llamada “desmoralización” de los soldados del ejército de Iván»… «La resistencia de los tontos con violencia consigue el mismo resultado (pero solo peor y con mayores sacrificios) que la resistencia sin violencia»… «La no resistencia al mal por la violencia o, en general, la armonía entre el medio y el fin (¡!) no es en absoluto una idea propia solo de predicadores morales ajenos a la sociedad. Esta idea es una parte integrante necesaria de toda concepción del mundo íntegra».

Así razona el nuevo paladín de la hueste potresoviana. Analizar sus razonamientos no podemos aquí, y quizás baste, por el momento, simplemente con reproducir de ellos lo principal y añadir tres palabras: esto es vejovismo de la más pura cepa.

De los acordes conclusivos de la cantata sobre el tema de que las orejas no crecen por encima de la frente: «No hay por qué presentar nuestra debilidad como fuerza, como superioridad sobre el “quietismo” y la “limitada racionalidad” (¿y sobre la inconsecuencia de los razonamientos?) de Tolstói. Esto no se debe decir no solo porque contradice a la verdad, sino también porque nos impide aprender del hombre más grande de nuestro tiempo».

Así. Así. Pero no hay por qué enfadarse, señores, y responder con bravatas ridículas e insultos (como el señor Potrésov en los números 8-9 de *Nuestra Zariá*), si los Izgóyev les bendicen, aprueban y besuquean. De esos besuqueos no van a limpiarse ni los viejos ni los nuevos paladines de la hueste potresoviana.

El estado mayor de esta hueste ha provisto al artículo de Bazárov una «salvedad diplomática». Pero no es mucho mejor el artículo de fondo del señor Nevédomski, publicado sin salvedad alguna. «Habiendo absorbido en sí —escribe este orador de la *intelligentsia* moderna— y encarnado de forma acabada las aspiraciones y afanes fundamentales de la gran época de la caída de la servidumbre en Rusia, Lev Tolstói resultó ser también la encarnación más pura y acabada del principio ideológico humano-universal: el principio de la conciencia».

Bum, bum, bum… Habiendo absorbido en sí y encarnado de forma acabada los modales declamatorios fundamentales propios de la publicística liberal-burguesa, M. Nevédomski resultó ser también la encarnación más pura y acabada del principio ideológico humano-universal: el principio de la charlatanería.

Una última cosa, un postrer relato:

«Todos estos admiradores europeos de Tolstói, todos esos Anatole France de diversos nombres, y las cámaras de diputados que recientemente votaron por inmensa mayoría contra la abolición de la pena de muerte, y que ahora han honrado poniéndose de pie a un gran hombre íntegro, todo este reino de lo intermedio, de la tibieza, del espíritu de salvedad, ante ellos se alza este Tolstói, esta encarnación viva de un principio único, como una figura majestuosa, potente, fundida de un metal puro y único».

¡Uf! Habla con bellaquería, pero todo eso es falso. La figura de Tolstói no está fundida de un metal único, ni puro, ni siquiera de metal. Y «todos esos» admiradores burgueses no han «honrado poniéndose de pie» su memoria precisamente por la «integridad», sino precisamente por el apartamiento de la integridad.

Solo una palabrita buena ha soltado sin querer el señor Nevédomski. Esta palabrita es «el espíritu de salvedad», que califica tan bien a los señores de *Nuestra Zariá* como les califica la caracterización de la *intelligentsia* hecha por V. Bazárov y citada más arriba. Ante nosotros, de cabo a rabo y por entero, están los héroes de la «salvedad». Potrésov hace la salvedad de que no está de acuerdo con los machistas, aunque los defiende. La redacción hace la salvedad de que no está de acuerdo con «determinadas tesis» de Bazárov, aunque está claro para cualquiera que no se trata aquí de tesis aisladas. Potrésov hace la salvedad de que Izgóyev le ha calumniado. Mártov hace la salvedad de que no está del todo de acuerdo con Potrésov y Levitski, aunque es precisamente a ellos a quien presta un fiel servicio político. Todos ellos juntos hacen la salvedad de que no están de acuerdo con Cherevanin, aunque aplauden más su segundo libro liquidacionista, que agrava el «espíritu» de su primer engendro. Cherevanin hace la salvedad de que no está de acuerdo con Máslov. Máslov hace la salvedad de que no está de acuerdo con Kautsky.

Todos ellos juntos están de acuerdo solo en que no están de acuerdo con Plejánov y en que este les acusa calumniosamente de liquidacionismo, sin ser supuestamente capaz de explicar su actual acercamiento a sus adversarios de ayer.

Nada más simple que la explicación de este acercamiento, incomprensible para las gentes de las salvedades. Cuando nosotros teníamos una locomotora, discrepábamos del modo más enérgico sobre si la velocidad de, digamos, 25 o 50 verstas por hora correspondía a la solidez de dicha locomotora, a las reservas de combustible, etc. La polémica sobre esto, como sobre toda cuestión que apasiona ardientemente, se llevaba a cabo con vehemencia y, no pocas veces, con exasperación. Esta polémica —decididamente sobre cada cuestión en torno a la cual surgía— está a la vista de todos, abierta a todos, debatida hasta el final, sin que se la haya embadurnado con «salvedad» alguna. Y a ninguno de nosotros se le ocurre retractarse de nada ni gimotear a propósito de la «exasperación de la polémica». Pero cuando ocurrió que la locomotora sufrió una avería, cuando yace en el pantano, rodeada de intelectuales «salvedosos», que lanzan risitas viles sobre el hecho de que «no hay nada que liquidar», porque ya no existe locomotora, entonces a nosotros, los «exasperados polemistas» de ayer, nos une una causa común. Sin renegar de nada, sin olvidar nada, sin hacer promesa alguna sobre la desaparición de las discrepancias, realizamos juntos la causa común. Dirigimos toda la atención y todos los esfuerzos a levantar la locomotora, renovarla, consolidarla, reforzarla, ponerla sobre los rieles; sobre la velocidad del movimiento y sobre la orientación de tal o cual aguja ya tendremos tiempo de polemizar a su debido tiempo. La tarea del día en nuestro difícil momento es crear algo capaz de ofrecer resistencia a las gentes de las «salvedades» y a los «intelectuales reblandecidos», que sostienen directa e indirectamente el «lodazal» reinante. La tarea del día es cavar, aunque sea en las condiciones más penosas, la mena, extraer el hierro, fundir el acero de la concepción marxista del mundo y de las superestructuras correspondientes a esta concepción del mundo.

*Mysl*, núm. 1, diciembre de 1910. Firmado: V. I.

Se publica según el texto de la revista *Mysl*.