Nuestra doctrina –decía Engels refiriéndose a sí mismo y a su célebre amigo– no es un dogma, sino una guía para la acción. En esta formulación clásica se subraya con notable fuerza y expresividad ese aspecto del marxismo que con harta frecuencia se pierde de vista. Y al perderlo de vista, convertimos el marxismo en algo unilateral, deforme, muerto; le arrancamos su alma viva; socavamos sus bases teóricas fundamentales: la dialéctica, la doctrina del desarrollo histórico multilateral y pleno de contradicciones; socavamos su vínculo con las tareas prácticas concretas de la época, las cuales pueden cambiar con cada nuevo viraje de la historia.

Y justamente en nuestros días, entre quienes se interesan por los destinos del marxismo en Rusia, se topa uno con frecuencia con personas que pierden de vista precisamente este aspecto suyo. Sin embargo, para cualquiera es evidente que en los últimos años Rusia ha atravesado virajes tan bruscos que con extraordinaria rapidez y de manera muy abrupta han modificado la situación, la situación sociopolítica que determina de modo inmediato y directo las condiciones de la acción y, por consiguiente, las tareas de la acción. Me refiero, por supuesto, no a las tareas generales y fundamentales, que no cambian con los virajes de la historia mientras no cambie la correlación básica entre las clases. Es absolutamente evidente que esta orientación general de la evolución económica (y no solo económica) de Rusia, así como la correlación básica entre las distintas clases de la sociedad rusa, no ha cambiado en los últimos, digamos, seis años.

Pero las tareas de la acción inmediata y directa han cambiado durante este tiempo de manera muy abrupta, al igual que ha cambiado la situación sociopolítica concreta; y, por consiguiente, en el marxismo, como doctrina viva, no podían dejar de pasar a primer plano aspectos diferentes del mismo.

Para aclarar esta idea, echemos un vistazo a cuál ha sido el cambio de la situación sociopolítica concreta en el último sexenio. Enseguida se destacan ante nosotros dos trienios en que se divide ese período: uno que finaliza, aproximadamente, en el verano de 1907, y otro en el verano de 1910. El primer trienio se caracteriza, desde el punto de vista puramente teórico, por cambios rápidos de las líneas fundamentales del régimen estatal de Rusia, siendo el curso de estos cambios muy desigual y la amplitud de las oscilaciones en ambos sentidos muy grande. La base socioeconómica de estos cambios de la «superestructura» fue la actuación, en los más diversos escenarios (actividad en la Duma y fuera de ella, prensa, sindicatos, asambleas, etc.), de todas las clases de la sociedad rusa de un modo tan abierto, imponente y masivo como no se observa a menudo en la historia.

Por el contrario, el segundo trienio se caracteriza –repetimos que nos limitamos esta vez al punto de vista teórico «sociológico» puro– por una evolución tan lenta que casi equivale al estancamiento. Ningún cambio, o casi ningún cambio notable, en el régimen estatal. Ninguna, o casi ninguna, actuación abierta y diversa de las clases en la mayoría de aquellos «escenarios» en que se habían desplegado dichas actuaciones en el período anterior.

La similitud de ambos períodos consiste en que la evolución de Rusia siguió siendo en ambos la misma evolución capitalista de antes. La contradicción entre esa evolución económica y la existencia de toda una serie de instituciones feudales y medievales no se eliminó, siguió siendo la de antes, no atenuándose, sino más bien agudizándose por la penetración de cierto contenido burgués parcial en unas u otras instituciones concretas.

La diferencia entre uno y otro período consiste en que durante el primer período ocupó el primer plano de la acción histórica la cuestión de cómo se configuraría concretamente el resultado de los rápidos y desiguales cambios antes señalados. El contenido de esos cambios no podía dejar de ser burgués, debido al carácter capitalista de la evolución de Rusia, pero hay burguesía y burguesía. La media y gran burguesía, que se sitúa en posiciones de un liberalismo más o menos moderado, por su propia posición de clase temía los cambios bruscos y pugnaba por conservar importantes vestigios de las viejas instituciones, tanto en el régimen agrario como en la «superestructura» política. La pequeña burguesía rural, entrelazada con el campesinado que vive «del trabajo de sus manos», no podía menos de aspirar a transformaciones burguesas de otro tipo, que dejaran mucho menos espacio a toda clase de antigüedades medievales. Los obreros asalariados, en la medida en que adoptaban una actitud consciente ante lo que ocurría a su alrededor, no podían dejar de elaborar una actitud definida ante ese choque de dos tendencias distintas, tendencias que ambas permanecían dentro del marco del régimen burgués, pero que determinaban formas completamente distintas de este, una rapidez completamente distinta de su desarrollo y una amplitud diferente de alcance de sus influencias progresivas.

De este modo, la época del trienio transcurrido hizo pasar a primer plano en el marxismo, no de manera casual sino necesaria, aquellas cuestiones que suelen denominarse cuestiones de táctica. Nada más erróneo que la opinión de que las disputas y divergencias en torno a estas cuestiones fueron disputas «de intelectuales», fueron una «lucha por la influencia sobre un proletariado inmaduro», expresaban la «adaptación de la intelectualidad al proletariado», como piensan toda clase de vejistas. Al contrario, precisamente porque dicha clase había alcanzado la madurez, no podía permanecer indiferente ante el choque de dos tendencias distintas de todo el desarrollo burgués de Rusia, y los ideólogos de esa clase no podían dejar de dar formulaciones teóricas que correspondían (directa o indirectamente, en reflejo directo o invertido) a esas tendencias distintas.

En el segundo trienio, el choque de las distintas tendencias del desarrollo burgués de Rusia no figuraba en el orden del día, porque ambas tendencias estaban aplastadas por el «zubr», relegadas, empujadas hacia adentro, acalladas por un tiempo. Los zubrs medievales no solo llenaron el primer plano, sino que colmaron los corazones de las más amplias capas de la sociedad burguesa con un estado de ánimo vejista, un espíritu de abatimiento y de renuncia. No el choque de dos modos de transformar lo viejo, sino la pérdida de fe en cualquier transformación, el espíritu de «humildad» y «arrepentimiento», el entusiasmo por doctrinas antisociales, la moda del misticismo, etc., fue lo que apareció en la superficie.

Y este relevo asombrosamente brusco no fue ni una casualidad ni resultado exclusivo de la presión «exterior». La época precedente removió tan profundamente capas de la población que durante generaciones, durante siglos, habían permanecido al margen de las cuestiones políticas, ajenas a ellas, que «la revaloración de todos los valores», un nuevo trabajo sobre los problemas básicos, un nuevo interés por la teoría, por el abecé, por el estudio desde las nociones elementales, surgió de manera natural e inevitable. Millones de personas, despertadas de golpe de un largo sueño, puestas súbitamente ante los problemas más importantes, no pudieron mantenerse largo tiempo a esa altura, no pudieron prescindir de una pausa, de un retorno a las cuestiones elementales, de una nueva preparación que ayudara a «digerir» las lecciones de una riqueza inaudita y permitiera a una masa incomparablemente más amplia volver a marchar adelante, ahora de manera mucho más firme, más consciente, más segura, más sostenida.

La dialéctica del desarrollo histórico resultó ser tal que en el primer período figuró en el orden del día la realización de transformaciones inmediatas en todos los ámbitos de la vida del país, y en el segundo, la reelaboración de la experiencia, su asimilación por capas más amplias, su penetración, si cabe expresarse así, en el subsuelo, en las filas atrasadas de las distintas clases.

Precisamente porque el marxismo no es un dogma muerto, no es una doctrina acabada, lista, inmutable, sino una guía viva para la acción, precisamente por eso no pudo dejar de reflejar en sí mismo el relevo asombrosamente brusco de las condiciones de la vida social. Reflejo de ese relevo fue la profunda descomposición, la dispersión, toda clase de vacilaciones; en una palabra, la más grave crisis interna del marxismo. La réplica decidida a esa descomposición, la lucha resuelta y tenaz por las bases del marxismo, volvió a figurar en el orden del día. Capas extraordinariamente amplias de aquellas clases que no pueden soslayar el marxismo al formular sus tareas asimilaron el marxismo en la época precedente de manera extremadamente unilateral y deforme, aprendiendo de memoria tales o cuales «consignas», tales o cuales respuestas a cuestiones tácticas y sin comprender los criterios marxistas de esas respuestas. La «revaloración de todos los valores» en las distintas esferas de la vida social condujo a la «revisión» de los fundamentos filosóficos más abstractos y generales del marxismo. La influencia de la filosofía burguesa en sus diversos matices idealistas se manifestó en la epidemia machista entre los marxistas. La repetición de «consignas» aprendidas pero no comprendidas, no meditadas, condujo a la amplia difusión de la frase hueca, que en la práctica se reducía a corrientes completamente no marxistas, pequeñoburguesas, como el «otzovismo» abierto o vergonzante, o el reconocimiento del otzovismo como un «matiz legítimo» del marxismo.

Por otra parte, el espíritu del vejismo, el espíritu de renuncia, que se apoderó de las más amplias capas de la burguesía, penetró también en aquella corriente que se esfuerza por encauzar la teoría y la práctica marxistas dentro del lecho de la «moderación y la exactitud». De marxista no quedó aquí más que la fraseología, que reviste razonamientos enteramente impregnados de espíritu liberal sobre la «jerarquía» y la «hegemonía», etc.

La tarea del presente artículo no puede incluir, por supuesto, el examen de esos razonamientos. Basta con señalarlos para ilustrar lo dicho más arriba sobre la profundidad de la crisis que atraviesa el marxismo, sobre su vínculo con toda la situación socioeconómica del período actual. De las cuestiones planteadas por esta crisis no se puede uno desentender con un gesto. Nada hay más perjudicial, más carente de principios, que los intentos de quitárselas de encima con frases. Nada hay más importante que la unión de todos los marxistas que hayan tomado conciencia de la profundidad de la crisis y de la necesidad de combatirla, para defender las bases teóricas del marxismo y sus tesis fundamentales, tergiversadas desde los flancos más contrapuestos mediante la difusión de la influencia burguesa sobre distintos «compañeros de viaje» del marxismo.

El trienio precedente elevó a la participación consciente en la vida social a capas tan amplias que no pocas veces ahora comienzan por primera vez a familiarizarse de verdad con el marxismo. La prensa burguesa crea a este respecto muchas más confusiones que antes y las difunde más ampliamente. La descomposición en el seno del marxismo es especialmente peligrosa en tales condiciones. Por eso, comprender las causas de la inevitabilidad de esa descomposición en el tiempo que vivimos y unirse para combatirla consecuentemente es, en el sentido más directo y exacto de la palabra, la tarea de la época para los marxistas.

*Zvezdá* N.° 2, 23 de diciembre de 1910. Firma: V. Ilín

Se publica según el texto del periódico *Zvezdá*