Después de tres años de revolución, de 1905 a 1907, Rusia vivió tres años de contrarrevolución, de 1908 a 1910, tres años de la Duma negra, de desenfreno de la violencia y la arbitrariedad, de ofensiva de los capitalistas contra los obreros, de arrebato de las conquistas que los obreros habían logrado. La autocracia zarista, solo quebrantada, pero no destruida en 1905, se rehizo, se unió con los terratenientes y capitalistas en la III Duma y volvió a implantar en Rusia los viejos órdenes. Aún más fuerte se hizo la opresión de los capitalistas sobre los obreros, aún más descaradas las arbitrariedades y el despotismo de los funcionarios en la ciudad y especialmente en el campo, aún más feroz la represalia contra los luchadores por la libertad, aún más frecuentes las penas de muerte. El gobierno zarista, los terratenientes y los capitalistas se vengaban rabiosamente de las clases revolucionarias, y del proletariado en primer lugar, por la revolución, como apresurándose a aprovechar la pausa en la lucha de masas para aniquilar a sus enemigos.

Pero hay enemigos a los que se puede derrotar en varias batallas, se puede oprimir por un tiempo, pero no se puede aniquilar. La victoria completa de la revolución es totalmente posible, y una victoria así aniquilaría por completo la monarquía zarista, barrería de la faz de la tierra a los terratenientes feudales, entregaría todas sus tierras sin rescate a los campesinos, sustituiría la administración de los funcionarios por el autogobierno democrático y la libertad política. Tales transformaciones no solo son posibles, son necesarias en cada país en el siglo XX, ya se han realizado en todos los estados europeos de manera más o menos completa, a costa de una lucha más o menos larga y tenaz.

Pero ninguna, incluso las más completas victorias de la reacción, ningún triunfo de la contrarrevolución puede aniquilar a los enemigos de la autocracia zarista, a los enemigos de la opresión terrateniente y capitalista, porque estos enemigos son los millones de obreros que se concentran cada vez más en las ciudades y en las grandes fábricas, talleres, ferrocarriles. Estos enemigos son el campesinado arruinado, al que ahora le es muchas veces más penoso vivir, bajo la unión de los jefes del zemstvo y los campesinos ricos para el saqueo legal, para el arrebato de la tierra campesina con el consentimiento de la Duma de los terratenientes, bajo la protección de todas las autoridades terratenientes y militares. A enemigos como la clase obrera, como los campesinos pobres, no se les puede aniquilar.

Y vemos ahora cómo, después de tres años del más desenfrenado desbordamiento de la contrarrevolución, las masas populares, las más oprimidas, aplastadas, vejadas, atemorizadas por todo tipo de persecuciones, empiezan de nuevo a levantar la cabeza, despiertan de nuevo y empiezan a reanudar la lucha. Tres años de ejecuciones, persecuciones, salvajes represalias aniquilaron a decenas de miles de «enemigos» de la autocracia, encerrando en prisiones y enviando al destierro a cientos de miles más, atemorizando a otros cientos y cientos de miles. Pero los millones y decenas de millones ahora ya no son lo que eran antes de la revolución. Estos millones nunca antes en la historia de Rusia habían vivido lecciones tan instructivas, tan evidentes, una lucha de clases tan abierta. Que en estos millones y decenas de millones ha comenzado un nuevo, profundo y sordo fermento, se ve por las huelgas de verano del año en curso y por las recientes manifestaciones.

Las huelgas obreras en Rusia, tanto durante la preparación de la revolución como durante la revolución misma, fueron el medio más extendido de lucha del proletariado, de esa clase avanzada que es la única clase consecuentemente revolucionaria en la sociedad moderna. Las huelgas económicas y políticas, ora alternándose, ora entrelazándose en un todo indisoluble, cohesionaban a las masas de obreros contra la clase de los capitalistas y el gobierno autocrático, llevaban el fermento a toda la sociedad, levantaban a la lucha al campesinado.

Cuando en 1895 comenzaron las huelgas de masas ininterrumpidas, esto fue el comienzo del período de preparación de la revolución popular. Cuando en enero de 1905, en un solo mes, el número de huelguistas superó los 400 mil, esto fue el comienzo de la revolución misma. Durante los tres años de la revolución, el número de huelguistas, aunque descendiendo paulatinamente (casi 3 millones en 1905, 1 millón en 1906, 3/4 de millón en 1907), fue tan alto como nunca antes lo había sido en ningún país del mundo.

Cuando en 1908 el número de huelguistas cayó bruscamente de golpe (176 mil) y aún más bruscamente en 1909 (64 mil), esto significó el fin de la primera revolución o, más exactamente, del primer período de la revolución.

Y he aquí que, desde el verano del año en curso, comienza de nuevo el ascenso. El número de huelguistas económicos crece y crece con mucha fuerza. El período de dominio total de la reacción de las centurias negras ha terminado. Comienza el período de un nuevo ascenso. El proletariado, que había estado retrocediendo –aunque con grandes interrupciones– desde 1905 hasta 1909, reúne fuerzas y empieza a pasar a la ofensiva. La animación en algunas ramas de la industria conduce de inmediato a la animación de la lucha proletaria.

El proletariado ha comenzado. Otros, las clases y capas burguesas, democráticas de la población, continúan. La muerte del liberal moderado, ajeno a la democracia, presidente de la I Duma, Múromtsev, provoca el primer tímido comienzo de manifestaciones. La muerte de Lev Tolstói provoca –por primera vez tras una larga pausa– manifestaciones callejeras con participación predominantemente de los estudiantes, pero en parte también de los obreros. La interrupción del trabajo en toda una serie de fábricas y talleres el día del funeral de Tolstói muestra el comienzo, aunque muy modesto, de huelgas demostrativas.

En los últimos tiempos, las atrocidades de los carceleros zaristas, que torturaron en Vólogda y Zerentúi a nuestros camaradas presidiarios, perseguidos por su heroica lucha en la revolución, han elevado aún más el fermento entre los estudiantes. Por todas partes en Rusia se producen asambleas y mítines; la policía irrumpe por la fuerza en las universidades, golpea a los estudiantes, los arresta, persigue a los periódicos por la más mínima palabra veraz sobre los disturbios y con todo ello solo intensifica los disturbios.

El proletariado ha comenzado. La juventud democrática continúa. El pueblo ruso despierta a una nueva lucha, marcha al encuentro de una nueva revolución.

El primer inicio de la lucha nos ha mostrado de nuevo que están vivas aquellas fuerzas que hicieron tambalearse al poder zarista en 1905 y que lo destruirán en esta próxima revolución. El primer inicio de la lucha nos ha mostrado de nuevo la importancia del movimiento de masas. Ninguna persecución, ninguna represalia puede detener el movimiento, una vez que las masas se han levantado, una vez que los millones han empezado a moverse. Las persecuciones solo atizan la lucha, incorporan a ella nuevas y nuevas filas de luchadores. Ningún atentado de los terroristas ayudará a las masas oprimidas, y ninguna fuerza en la tierra detendrá a las masas cuando se levanten.

Ahora han empezado a levantarse. Este ascenso, tal vez, irá rápido, tal vez irá lento y con interrupciones, pero en cualquier caso marcha hacia la revolución. El proletariado ruso marchó a la cabeza de todos en 1905. Recordando ese glorioso pasado, debe concentrar ahora todos sus esfuerzos para restaurar, fortalecer, desarrollar su organización, su partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Nuestro partido vive hoy días difíciles, pero es invencible, como invencible es el proletariado.

¡Manos a la obra, camaradas! Emprended en todas partes y por doquier la construcción de organizaciones, la creación y el fortalecimiento de células obreras del partido socialdemócrata, el desarrollo de la agitación económica y política. En la primera revolución rusa, el proletariado enseñó a las masas populares a luchar por la libertad, ¡en la segunda revolución debe conducirlas a la victoria!

«Rabóchaya Gazeta» nº 2, 18 (31) de diciembre de 1910.

Se imprime según el texto de «Rabóchaya Gazeta».