«Esta Duma –escribe el periódico kadete *Rech* con motivo de la primera sesión de la cuarta legislatura de la Duma de las centurias negras– se ha desvinculado hoy definitiva e irrevocablemente de los sentimientos populares y de la conciencia nacional». Se dice esto, desde luego, a propósito de la negativa de los centurias negras y los octubristas a honrar la memoria del presidente de la I Duma, Múromtsev.

Difícilmente podría expresarse con mayor nitidez que en la frase citada toda la falsedad del punto de vista que mantienen nuestros liberales respecto a la lucha por la libertad en general y a la manifestación con motivo del fallecimiento de Múromtsev en particular.

No cabe duda de que la manifestación contra el gobierno zarista, contra la autocracia, contra la Duma de las centurias negras era necesaria con motivo de la muerte de Múromtsev, de que la manifestación se llevó a cabo y de que en ella participaron las más diversas y amplias capas de la población, los más variados partidos, desde la socialdemocracia hasta los kadetes, los «progresistas»{10} y los octubristas polacos (el Colo polaco{11}) inclusive. E igualmente no cabe duda de que la valoración de esta manifestación por los kadetes muestra, por centésima y milésima vez, hasta qué punto son ajenos a la democracia y cuán funesta es para la causa de la democracia en Rusia la dirección de esta causa, o siquiera la participación dirigente en ella, de nuestros kadetes.

Todos los demócratas y todos los liberales participaron y debían participar en la manifestación con motivo de la muerte de Múromtsev, pues en las tinieblas del régimen de la Duma negra dicha manifestación daba la posibilidad de expresar de manera abierta y relativamente amplia la protesta contra la autocracia. La autocracia zarista libraba una lucha desesperada contra la implantación de instituciones representativas en Rusia. La autocracia falseaba y tergiversaba la convocatoria del primer parlamento en Rusia cuando el proletariado y el campesinado revolucionario le arrancaron mediante la lucha de masas la necesidad de tal convocatoria. La autocracia se burlaba y escarnecía a la democracia, al pueblo, en la medida en que la voz del pueblo, la voz de la democracia, resonaba en la I Duma{12}. La autocracia persigue ahora incluso el recuerdo de aquella débil expresión de las reivindicaciones de la democracia en la I Duma (la expresión de esas reivindicaciones fue mucho más débil, más pobre, más estrecha y menos vital durante la I Duma y desde su tribuna que en el otoño de 1905 desde las tribunas que se creó a sí misma la ola de la lucha abierta de masas).

He ahí por qué la democracia y el liberalismo pudieron y debieron coincidir en una manifestación de protesta contra la autocracia con cualquier motivo que recordara a las masas la revolución. Pero, al coincidir en la manifestación común, no pudieron dejar de expresar su actitud también hacia la valoración de las tareas de la democracia en general y hacia la historia de la I Duma en particular. Y el primer intento de tal valoración mostró la insoportable miseria, la impotencia política y la debilidad mental política de nuestro liberalismo burgués.

Piensen nada más: ¡la Duma negra «hoy», el 15 de octubre de 1910, «se ha desvinculado definitiva e irrevocablemente» del pueblo! O sea que hasta ese momento no estaba desvinculada de él irreversiblemente. O sea que la participación en el homenaje a la memoria de Múromtsev eliminaba, era capaz de eliminar la «desvinculación» de los «sentimientos populares», es decir, la desvinculación de la democracia de unos u otros de nuestros contrarrevolucionarios. Comprendan, señores que pretenden el alto título de demócratas, que nadie rebaja más que ustedes mismos el significado de la manifestación, la envilecen, cuando plantean la cuestión de esta manera. «Aun con la más baja apreciación moral y política de la III Duma –escribe *Rech*–, parecía absurdo pensar que ella sería capaz de rechazar este elemental deber de honrar desde la tribuna el nombre de quien con tanta dignidad y brillantez la abrió (!!) y consagró». ¡Vaya favor nos hacen!: ¡Múromtsev abrió y consagró «la», la III Duma! Sin querer, los kadetes dijeron con estas palabras la amarga verdad de que la traición del liberalismo ruso y de la burguesía rusa a la lucha revolucionaria y a la insurrección de finales de 1905 «abrió y consagró» la época de la contrarrevolución en general y de la III Duma en particular. «Se creía –escribe *Rech*– que una pandilla de escandalizadores políticos no estaría en condiciones de ahogar la voz del decoro y del tacto en la mayoría de la Duma». ¡He ahí! La cuestión se planteaba y se plantea en términos de «decoro y tacto», y no de protesta contra la autocracia. La cuestión no se plantea de modo que la democracia se «desvincule» de la contrarrevolución, sino de modo que el liberalismo se una a la contrarrevolución. El liberalismo se sitúa en el terreno de la contrarrevolución, invitando a sus representantes, los octubristas, a participar en el homenaje a la memoria de Múromtsev no para expresar la protesta contra la autocracia, sino para cumplir con «el decoro y el tacto». Múromtsev «abrió y consagró» (¡hay que ver qué palabras inmundas!) el primer parlamento, convocado por el zar, presuntamente tal; ustedes, señores octubristas, ocupan sus escaños en el tercer parlamento, convocado por el zar, presuntamente tal, ¿acaso no sería «indecoroso y falto de tacto» negarse a cumplir con un «deber elemental»? De manera magnífica refleja este pequeñísimo ejemplo, este único razonamiento del órgano oficial kadete, toda la podredumbre ideológica y política de nuestro liberalismo. Su línea es la de persuadir a la autocracia, a los terratenientes de las centurias negras y a sus aliados, los octubristas, en lugar de desarrollar la conciencia democrática de las masas. De ahí que su sino –sino inevitable e ineluctable de semejante liberalismo burgués en toda revolución democrático-burguesa– sea el de permanecer eternamente esclavo de la monarquía y de los feudales, el de recibir eternamente de ellos puntapiés.

Si los diputados kadetes tuvieran siquiera una pizca de comprensión de las tareas de la democracia, también en la III Duma se habrían preocupado no de que los octubristas cumplieran con un «deber elemental», sino de hacer una manifestación ante el pueblo. Para ello no era preciso presentar una declaración al presidente (la lectura de tal declaración, según el artículo 120 del reglamento, depende de la discreción del presidente), sino conseguir, por uno u otro medio, que la cuestión se sometiera a debate.

Si los publicistas kadetes tuvieran siquiera una pizca de comprensión de las tareas de la democracia, no reprocharían a los octubristas su falta de tacto, sino que explicarían que la conducta de la III Duma precisamente subraya la importancia de la manifestación con motivo de la muerte de Múromtsev, precisamente eleva la cuestión desde las habladurías filisteas y pequeñoburguesas sobre «el decoro y el tacto» a la altura de una valoración política del régimen actual y del papel de los distintos partidos.

Pero la manifestación con motivo de la muerte de Múromtsev no podía dejar de plantear también otra cuestión: la cuestión de la significación histórica de la I Duma. Huelga decir que los kadetes, que tuvieron en ella la mayoría y estaban embriagados entonces por la esperanza en un ministerio kadete, en el tránsito «pacífico» a la libertad, en el afianzamiento de su hegemonía dentro de la democracia, ensalzan a Múromtsev como «héroe nacional». Los trudoviques, en la persona del señor Zhilkin, descendieron a tal punto que, sumándose a este coro liberal, honraban directamente a Múromtsev como el «educador» político de los partidos de izquierda.

Semejante valoración de la I Duma por kadetes y trudoviques tiene la importante significación de mostrar el nivel extremadamente bajo de conciencia política en la «sociedad» rusa. La «sociedad» que admira el papel político de los kadetes en la I Duma no tiene derecho a quejarse de Stolypin y de la III Duma: tiene justamente el gobierno que merece. La hegemonía del liberalismo en el movimiento de liberación ruso implica necesariamente su debilidad y la imposibilidad de eliminar la dominación de los salvajes terratenientes. Sólo el desplazamiento del liberalismo por el proletariado y la hegemonía proletaria dieron victorias a la revolución y son capaces de darlas aún.

La época de la I Duma fue un período en que el proletariado, derrotado en diciembre, reunía fuerzas para una nueva embestida. La huelga revolucionaria, debilitada tras diciembre, volvió a levantar pujante la cabeza; tras los obreros se movieron los campesinos (las agitaciones campesinas abarcaron en la primavera de 1906 al 40% de los distritos de la Rusia europea); se intensificaron los «motines» de los soldados. La burguesía liberal se hallaba ante un dilema: ayudar al nuevo embate revolucionario de las masas, con lo cual la victoria sobre el zarismo era posible, o apartarse de la revolución y facilitar así la victoria del zarismo. El nuevo auge de la lucha de masas, las nuevas vacilaciones de la burguesía, la indecisión y la expectativa del zarismo: he ahí la esencia de la época de la primera Duma, he ahí la base de clase de esta etapa de la historia rusa.

Los kadetes, como partido dominante en la I Duma, y Múromtsev, como uno de los jefes de ese partido, revelaron una total incomprensión de la situación política y cometieron una nueva traición a la democracia. Se apartaron de la revolución, condenaron la lucha de masas, le pusieron toda clase de trabas y trataron de aprovechar la indecisión del zarismo, asustándolo con la revolución y exigiendo un pacto (= el ministerio kadete) en nombre de la revolución. Es comprensible que semejante táctica fuera una traición respecto a la democracia y, respecto al zarismo, una impotente fanfarronería pretendidamente «constitucional». Es comprensible que el zarismo se limitara a ganar tiempo para concentrar sus fuerzas, «jugando» a las negociaciones con los kadetes y preparando la disolución de la Duma y el golpe de Estado. El proletariado y una parte del campesinado se alzaron a una nueva lucha en la primavera de 1906; su culpa o su desgracia consistió en que no lucharon con suficiente decisión ni en número suficiente. Los liberales, en la primavera de 1906, se embriagaban con el juego a la constitución y con las negociaciones con Trépov, condenando y estorbando la causa de aquellos que eran los únicos que podían quebrantar a los Trépov.

Los fariseos de la burguesía gustan de la sentencia: *de mortuis aut bene aut nihil* (de los muertos, o callar o hablar bien). El proletariado necesita la verdad tanto sobre los políticos vivos como sobre los muertos, pues aquellos que merecen realmente el nombre de políticos no mueren para la política cuando sobreviene su muerte física. Decir una mentira convencional sobre Múromtsev significa perjudicar la causa del proletariado y la causa de la democracia, corromper la conciencia de las masas. Decir la amarga verdad sobre los kadetes y sobre quienes se dejaban guiar (y engañar) por los kadetes significa honrar lo grande de la primera revolución rusa, significa ayudar al éxito de la segunda.

*«Social-Demócrata» nº 18, 16 (29) de noviembre de 1910. Firmado: N. Lenin*

Se imprime según el texto del periódico *Social-Demócrata*.