El 17 de marzo de 1910 Stolypin presentó a la Duma Estatal un proyecto «sobre el procedimiento para la promulgación de leyes y disposiciones de importancia general para el Estado que conciernen a Finlandia». Bajo este título oficial y burocrático se oculta la más descarada ofensiva de la autocracia contra la libertad y la independencia de Finlandia.

El proyecto de ley de Stolypin pretende someter a la decisión de la Duma Estatal, del Consejo de Estado y de Nicolás II todos aquellos asuntos finlandeses que «no conciernen únicamente a los asuntos internos de esta región». A la Dieta de Finlandia solo se le concede emitir «dictámenes» sobre estos asuntos, dictámenes que no son vinculantes para nadie: la Dieta de Finlandia queda reducida, en su relación con el imperio, a la situación de la Duma de Bulyguin.

¿Qué se entiende en este caso por «leyes y disposiciones que no conciernen únicamente a los asuntos internos» de Finlandia? Sin reproducir toda la lista, que en el proyecto de Stolypin ocupa 17 puntos, señalaremos que entre ellos figuran las relaciones entre Finlandia y otras partes del imperio en materia aduanera, las excepciones a las leyes penales finlandesas, el sistema ferroviario, el sistema monetario de Finlandia, las normas sobre reuniones públicas, las leyes de prensa en Finlandia, etc.

¡Someter todos los asuntos de este tipo a la decisión de la Duma de las centurias negras y los octubristas! La destrucción completa de la libertad finlandesa: eso es lo que emprende la autocracia, contando con apoyarse en los representantes de los terratenientes y de las cumbres mercantiles, unidos por la constitución del 3 de junio.

El cálculo es infalible, por supuesto, en la medida en que se trata solo de aquellos que han sido legalizados por esta «constitución»: cincuenta diputados de la extrema derecha, cien nacionalistas y «octubristas de derecha», ciento veinticinco octubristas — he ahí la negra hueste que ya está reunida en la Duma y preparada por la prolongada campaña de hostigamiento de la prensa gubernamental para llevar a cabo cualquier medida de violencia contra Finlandia.

El viejo nacionalismo de la autocracia, que oprime a todos los «alógenos», se ve reforzado ahora, en primer lugar, por el odio de todos los elementos contrarrevolucionarios hacia un pueblo que supo aprovechar la breve victoria de octubre del proletariado ruso para crear, en las propias barbas del zar de las centurias negras, una de las constituciones más democráticas del mundo, para crear condiciones libres para la organización de las masas obreras de Finlandia, que se mantienen firmemente del lado de la socialdemocracia. Finlandia aprovechó la revolución rusa para asegurarse varios años de libertad y desarrollo pacífico. La contrarrevolución en Rusia se apresura a aprovechar la calma completa en «su propia casa» para arrebatar a Finlandia la mayor parte posible de sus conquistas.

La historia, con el ejemplo de Finlandia, demuestra que el pretendido progreso «pacífico», al que todos los filisteos convierten en un ídolo, constituye precisamente una excepción tan breve, frágil y efímera que confirma plenamente la regla. Y la regla consiste en que solo el movimiento revolucionario de las masas y del proletariado a su cabeza, solo una revolución victoriosa es capaz de introducir cambios duraderos en la vida de los pueblos, de socavar seriamente la dominación del Medioevo y las formas semiasiáticas del capitalismo.

Finlandia solo respiró libremente cuando la clase obrera rusa se alzó como una masa gigantesca y sacudió a la autocracia rusa. Y solo unida a la lucha revolucionaria de las masas en Rusia puede hoy la clase obrera finlandesa buscar el camino para librarse de la invasión de los bashi-bozuks de las centurias negras.

La burguesía de Finlandia reveló sus propiedades contrarrevolucionarias incluso en este país pacífico que hizo la revolución a costa de las jornadas rusas de octubre, que defendió la libertad a espaldas de la lucha de diciembre y de dos Dumas opositoras en Rusia. La burguesía finlandesa hostigó a la guardia roja de los obreros finlandeses y los acusó de revolucionarismo; hizo todo lo que pudo por obstaculizar la plena libertad de las organizaciones socialistas en Finlandia; creyó poder protegerse de la violencia del zarismo mediante el servilismo (como la entrega de políticos en 1907); acusó a los socialistas de su país de haber sido pervertidos por los socialistas rusos, que los contagiaron con su espíritu revolucionario.

Ahora también la burguesía en Finlandia puede ver a qué conduce la política de concesiones, de servilismo, de «complacencia», la política de traicionar directa o indirectamente al socialismo. Al margen de la lucha de las masas educadas por los socialistas y organizadas por los socialistas, el pueblo finlandés no hallará salida a su situación; sin una revolución proletaria no hay medio de oponerse a Nicolás II.

Otro refuerzo del viejo nacionalismo, como política de nuestra autocracia, lo ha proporcionado el crecimiento de la conciencia de clase y de la contrarrevolución consciente de nuestra burguesía rusa. El chovinismo creció en ella a la par que el odio al proletariado, como fuerza internacional. El chovinismo se intensificó en ella en paralelo al crecimiento y la agudización de la competencia del capital internacional. El chovinismo surgió como una revancha por la derrota en la guerra contra los japoneses, por la impotencia frente a los terratenientes privilegiados. El chovinismo encontró apoyo en los apetitos del industrial y comerciante verdaderamente ruso, que se alegraría de «conquistar» Finlandia ya que no logró arrebatar un trozo del pastel en los Balcanes. Por eso la organización de la representación de los terratenientes y de la gran burguesía proporciona al zarismo fieles aliados para aplastar a la Finlandia libre.

Pero si se ha ampliado la base de las «operaciones» contrarrevolucionarias contra la periferia libre, también se ha ampliado la base de la resistencia a dichas operaciones. Si en lugar de una burocracia y un puñado de peces gordos tenemos, en el campo de los enemigos de Finlandia, a la nobleza terrateniente y a los comerciantes más ricos organizados en la representación de la Tercera Duma, en el campo de sus amigos tenemos a todos aquellos millones de masas que crearon el movimiento de 1905, que hicieron surgir el ala revolucionaria tanto de la I como de la II Duma. Y por grande que sea en este momento la calma política, esas masas viven y crecen, pese a todo. Crece también un nuevo vengador de la nueva derrota de la revolución rusa, pues la derrota de la libertad finlandesa es la derrota de la revolución rusa.

Nuestra burguesía liberal rusa también queda ahora desenmascarada — una y otra vez — en su cobardía y falta de carácter. Los kadetes, por supuesto, están en contra de la ofensiva contra Finlandia. Votarán, sin duda, en contra de los octubristas. Pero, ¿acaso no fueron ellos quienes más hicieron por socavar la simpatía del «público» hacia aquella lucha revolucionaria directa, hacia aquella «táctica» de octubre-diciembre, la única que hizo nacer la libertad finlandesa? — ¿la única que le ha permitido mantenerse ya más de cuatro años? ¿Acaso no fueron los kadetes quienes unieron a la intelectualidad burguesa rusa en la renuncia a esa lucha y a esa táctica? ¿Acaso no fueron los kadetes quienes se desvivieron por exaltar sentimientos y estados de ánimo nacionalistas en toda la «sociedad» culta rusa?

¡Cómo se han confirmado las palabras de la resolución socialdemócrata (diciembre de 1908) de que con su agitación nacionalista los kadetes en realidad hacen el juego precisamente al zarismo y a nadie más!{97} Aquella «oposición» que los kadetes pretendieron hacer a la autocracia con motivo de las derrotas diplomáticas de Rusia en los Balcanes resultó ser — como era de esperar — una oposición mezquina, sin principios, lacayuna, que halagaba a los centurionegristas, que excitaba los apetitos de los centurionegristas, que reprendía al zar de las centurias negras por no ser, él, el zar centurionegrista, lo bastante fuerte.

Pues bien, cosechad ahora, señores kadetes «humanitarios», lo que habéis sembrado. Le habéis demostrado al zarismo que es débil en la defensa de las tareas «nacionales»: el zarismo os muestra ahora su fuerza en la persecución nacionalista del alógeno. En vuestro nacionalismo, neoeslavismo y demás había una esencia egoísta, estrechamente clasista, burguesa, y una sonora frase liberal. La frase quedó en frase, mientras que la esencia favoreció la política misantrópica de la autocracia.

Así ha ocurrido siempre, así ocurrirá siempre con las frases liberales. Solo adornan el estrecho egoísmo y la burda violencia de la burguesía; solo adornan con flores falsas las cadenas del pueblo; no hacen sino embrutecer la conciencia popular, impidiéndole reconocer a su verdadero enemigo.

Pero cada paso de la política zarista, cada mes de existencia de la Tercera Duma destruye de manera cada vez más despiadada las ilusiones liberales, desnuda cada vez más la impotencia y la podredumbre del liberalismo, arroja de manera cada vez más amplia y abundante las semillas de una nueva revolución del proletariado.

Llegará el momento: por la libertad de Finlandia, por la república democrática en Rusia se alzará el proletariado ruso.

«Sotsial-Demokrat» nº 13, 26 de abril (9 de mayo) de 1910.

Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».