Las bandas de la Centuria Negra del Palacio de Invierno y los tahúres octubristas de la III Duma han iniciado una nueva campaña contra Finlandia. La destrucción de la constitución que protege los derechos de los finlandeses contra la arbitrariedad de los autócratas rusos, la equiparación de Finlandia con el resto de Rusia en la privación de derechos de las leyes de excepción: tal es el objetivo de esta campaña, inaugurada por el decreto del zar de decidir el asunto del servicio militar al margen de la Dieta y por el nombramiento de nuevos senadores entre funcionarios rusos. Ocioso sería detenernos en el examen de los argumentos con que los bandidos y los tahúres pretenden demostrar la legalidad y la justicia de las exigencias planteadas a Finlandia bajo la amenaza de un millón de bayonetas. La esencia del asunto no reside en estos argumentos, sino en el objetivo que se persigue. En la persona de Finlandia democrática y libre, el gobierno zarista y sus secuaces quieren destruir el último vestigio de las conquistas populares de 1905. Por eso es la causa de todo el pueblo ruso la que se ventila en estos días en que los regimientos de cosacos y las baterías de artillería ocupan apresuradamente los centros urbanos de Finlandia.

La revolución rusa, apoyada por los finlandeses, obligó al zar a aflojar los dedos con que durante varios años había oprimido la garganta del pueblo finlandés. El zar, que deseaba extender su autocracia sobre Finlandia, a cuya constitución habían jurado fidelidad sus antepasados y él mismo, tuvo que reconocer no sólo la expulsión del suelo finlandés de los verdugos bobrikovistas{59} y la derogación de todos sus decretos ilegales, sino también la introducción en Finlandia del sufragio universal e igual. Aplastada la revolución rusa, el zar vuelve a las andadas, pero con la diferencia de que ahora siente detrás de sí el apoyo no sólo de la vieja guardia, de sus espías a sueldo y de los malversadores del erario, sino también de esa jauría de propietarios que, encabezada por los Krupenski y los Guchkov, actúa conjuntamente en la III Duma en nombre del pueblo ruso.

Todo favorece la empresa bandidesca. El movimiento revolucionario en Rusia está terriblemente debilitado, y la preocupación por él no desviará al monstruo coronado de su codiciada presa. La burguesía de Europa occidental, que otrora enviaba misivas al zar rogándole que dejara en paz a Finlandia, no moverá un dedo para detener a los bandidos. Pues acaban de garantizarle la honestidad y la «constitucionalidad» de las intenciones del zar aquellas mismas personas que en su día exhortaban a Europa a condenar la política zarista en Finlandia. Autodenominándose «representantes de la intelectualidad rusa» y «representantes del pueblo ruso», los líderes kadetes garantizaron solemnemente a la burguesía europea que ellos, y con ellos el pueblo ruso, son solidarios con el zar. Los liberales rusos tomaron todas las medidas para que Europa observara con la misma indiferencia las nuevas incursiones del depredador bicéfalo contra Finlandia con que observó sus excursiones contra la libre Persia.

La libre Persia, con sus propios esfuerzos, dio réplica al zarismo. El pueblo finlandés –y a su cabeza el proletariado finlandés– prepara una firme réplica a los herederos de Bóbrikov.

El proletariado finlandés es consciente de que tendrá que librar la lucha en condiciones sumamente difíciles. Sabe que la burguesía europea occidental, que coquetea con la autocracia, no intervendrá; que la sociedad poseedora rusa, en parte sobornada por la política de Stolypin, en parte corrompida por la mentira kadete, no prestará a Finlandia el apoyo moral que tuvo hasta 1905; que la insolencia del gobierno ruso ha crecido enormemente desde que logró asestar un golpe al ejército revolucionario en la propia Rusia.

Pero el proletariado finlandés también sabe que la lucha política no se decide en una sola batalla, que a veces requiere largos años de esfuerzos tenaces y que, a fin de cuentas, triunfa aquel en cuyo favor está la fuerza del desarrollo histórico. La libertad de Finlandia triunfará, porque sin ella es inconcebible la libertad de Rusia, y sin el triunfo de la causa de la libertad en Rusia es inconcebible su desarrollo económico.

El proletariado finlandés también sabe, por gloriosa experiencia, cómo librar una larga y tenaz lucha revolucionaria por la libertad, calculada para cansar, desorganizar y cubrir de vergüenza al vil enemigo, hasta que las circunstancias permitan asestarle un golpe decisivo.

Al mismo tiempo, el proletariado de Finlandia sabe que desde los primeros pasos de su nueva lucha contará a su lado con el proletariado socialista de toda Rusia, dispuesto, por duras que sean las condiciones del momento actual, a cumplir con su deber, con todo su deber.

La fracción socialdemócrata de la Dieta envió una delegación a la fracción socialdemócrata de la III Duma para discutir conjuntamente un plan de lucha contra los opresores. Desde lo alto de la tribuna de la Duma, nuestros diputados alzarán su voz, como ya lo hicieron el año pasado, para estigmatizar al gobierno zarista y arrancar la máscara a sus hipócritas aliados en la Duma. Que todas las organizaciones socialdemócratas y todos los obreros hagan los mayores esfuerzos para que la voz de nuestros diputados en el Palacio de Táuride no suene solitaria, para que los enemigos de la libertad rusa y finlandesa vean que todo el proletariado ruso es solidario con el pueblo finlandés. Es deber de los camaradas de las localidades aprovechar todas las ocasiones que se presenten para manifestar la actitud del proletariado ruso ante la cuestión finlandesa. Desde los mensajes a las fracciones socialdemócratas rusa y finlandesa hasta las formas más activas de protesta, el partido encontrará medios suficientes para romper el vergonzoso silencio en medio del cual la contrarrevolución rusa desgarra el cuerpo del pueblo finlandés.

Por la causa de la libertad de toda Rusia se libra la lucha en Finlandia. Por amargos que sean los momentos que la nueva lucha depare al tan valeroso proletariado finlandés, forjará nuevos lazos de solidaridad entre la clase obrera de Finlandia y de Rusia, preparándola para el momento en que sea capaz de culminar lo que inició en los días de octubre de 1905 y lo que intentó proseguir en las gloriosas jornadas de Kronstadt y Sveaborg{60}.

«El Socialdemócrata» núm. 9, 31 de octubre (13 de noviembre) de 1909.

Reproducido del texto del periódico «El Socialdemócrata».