Los lectores saben, por supuesto, que en el último año nuestro partido ha tenido que vérselas con la llamada corriente liquidacionista en la socialdemocracia. Los liquidacionistas son esos oportunistas más audaces que se han puesto a predicar la inutilidad de un partido socialdemócrata ilegal en la Rusia actual, la inutilidad del POSDR. Los lectores saben también que la lucha contra esta corriente liquidacionista la emprendió y la ha llevado a cabo el bolchevismo; la ha llevado a cabo, cuando menos, hasta el punto de que en la Conferencia Panrusa del Partido de diciembre de 1908 el liquidacionismo fue condenado del modo más decidido e irrevocable, contra los votos de los mencheviques y de una parte de los bundistas (la otra parte de los bundistas se alzó contra el liquidacionismo).

Sin embargo, el órgano oficial de la fracción menchevique, «Golos Sotsial-Demokrata», no sólo no se reconocía como liquidacionista, sino que, por el contrario, se presentaba todo el tiempo con un aire extraordinariamente «orgulloso y noble», rechazando toda su implicación en el liquidacionismo. Los hechos estaban a la vista. Pero «Golos Sotsial-Demokrata» ignoraba majestuosamente los hechos. El recién aparecido núm. 9 del «Diario de un Socialdemócrata» de Plejánov{34} (agosto de 1909) es sumamente valioso porque uno de los jefes del menchevismo desenmascara aquí de forma definitiva el liquidacionismo. Con esto no se agota el significado del «Diario», pero es este aspecto de la cuestión en el que hay que detenerse ante todo.

En el núm. 45 de «Proletari» se publicó una carta de los mencheviques del distrito de Výborg (en San Petersburgo) que protestaban contra los mencheviques liquidacionistas. En el núm. 14 de «Golos» (mayo de 1909) esta carta se reproduce, y la redacción observa: «La redacción de Proletari finge haber visto en la carta de los camaradas výborzhianos un paso que se aleja del periódico Golos Sotsial-Demokrata...».

Aparece el «Diario» de Plejánov. Su autor muestra todo el contenido de las ideas liquidacionistas en un artículo incluido sin ninguna reserva de la redacción (y, además, en un artículo que expresa por entero los mismos puntos de vista que sostiene la redacción) en el núm. 15 de «Golos». Plejánov cita a propósito de esto la carta de los výborzhianos y dice: «Esta carta nos muestra cómo influyen a veces sobre las amplias organizaciones obreras personas que han abandonado nuestro partido con el pretexto de un “trabajo nuevo”» (pág. 10 del «Diario»). ¡Ese es precisamente el «pretexto» que siempre esgrimía «Golos»! «Tal influencia —continúa Plejánov— no es, en modo alguno, una influencia socialdemócrata; es una influencia que, por su espíritu, es totalmente hostil a la socialdemocracia» (pág. 11).

Así pues, Plejánov cita la carta de los výborzhianos contra el núm. 15 de «Golos Sotsial-Demokrata». Preguntamos al lector: ¿quién es, en realidad, el que «finge»? ¿«Fingía» acaso «Proletari» al acusar a «Golos» de liquidacionismo, o fingía «Golos» al negar toda su vinculación con el liquidacionismo?

La redacción de «Golos» ha sido desenmascarada en su falta de honestidad literaria, y ha sido desenmascarada por quien fuera hasta ayer su miembro, Plejánov.

Pero esto no es ni mucho menos todo.

En el núm. 15 de «Golos» (junio de 1909), en un artículo firmado por F. Dan, encontramos la declaración de que la reputación de ausencia de fraccionalismo preserva a «Pravda»{35} «de las acusaciones absurdas y a sabiendas malintencionadas de liquidacionismo» (pág. 12). No cabe expresarse con más fuerza. Es difícil plasmar en el propio rostro una indignación más elevada, más noble, ante la acusación de liquidacionismo lanzada contra «Golos».

Aparece el «Diario» de Plejánov. El autor muestra todo el contenido de las ideas liquidacionistas en uno de los artículos del núm. 15 de «Golos» y declara, dirigiéndose a los mencheviques que comparten esas ideas: «¿Por qué ofenderse por el reproche de liquidacionismo, cuando en realidad se peca tan gravemente de ese pecado?» (pág. 5). «Al camarada S.» (autor del artículo del núm. 15 de «Golos» analizado por Plejánov) «no sólo se le puede, sino que se le debe acusar de liquidacionismo, porque el plan que expone y defiende en su carta no es, en efecto, otra cosa que un plan de liquidación de nuestro partido» («Diario», pág. 6). Y este camarada S. dice directamente en su artículo estar en solidaridad con la «delegación caucasiana», es decir, con la redacción de «Golos», que tenía, como se sabe, dos mandatos de los tres en dicha delegación.

Plejánov continúa:

«Aquí hay que elegir: o el liquidacionismo, o la lucha contra él. No hay tercera vía. Al decir esto, me refiero, por supuesto, a los camaradas que no se guían por sus intereses personales, sino por los intereses de nuestra causa común. Para aquellos que se guían por sus intereses personales; para aquellos que piensan únicamente en su carrera revolucionaria —¡pues también existe esa carrera!—, para ellos existe, naturalmente, una tercera salida. Los hombres grandes y pequeños de este calibre pueden, e incluso deben, en los momentos actuales, maniobrar entre las corrientes liquidacionista y antiliquidacionista; en las condiciones actuales deben, con todas sus fuerzas, escabullirse de una respuesta directa a la cuestión de si es necesario luchar contra el liquidacionismo; deben zafarse de tal respuesta con “alegorías e hipótesis vacuas”, porque aún se desconoce qué corriente se impondrá, si la liquidacionista o la antiliquidacionista, y estos sabios diplomáticos quieren, en todo caso, estar en todas las fiestas: desean a toda costa estar del lado de los vencedores. Repito, para tales personas también hay una tercera salida. Pero el camarada S. seguramente estará de acuerdo conmigo si digo que ésos no son personas de verdad, sino sólo “hombrecillos de juguete”. De ellos no vale la pena hablar: son oportunistas natos; su divisa es: “¿Qué desea usted?”» (págs. 7–8 del «Diario»).

Esto se llama: una alusión sutil... a una circunstancia gruesa.

Acto quinto y último, escena primera. En escena, los redactores de «Golos», todos sin excepción. El redactor Fulano de Tal, dirigiéndose al público con un aire de particular nobleza: «Las acusaciones de liquidacionismo dirigidas contra nosotros no sólo son absurdas, sino también a sabiendas malintencionadas».

Escena segunda. Los mismos y «él», redactor de «Golos» que acaba de salir felizmente de la redacción{36} (finge no advertir a ninguno de los redactores y dice, dirigiéndose al colaborador S., solidario con la redacción): «O el liquidacionismo, o la lucha contra él. No hay tercera salida, salvo para los arribistas revolucionarios que maniobran, se escabullen de una respuesta directa y esperan a ver quién se impone. El camarada S. seguramente estará de acuerdo conmigo en que ésos no son personas de verdad, sino hombrecillos de juguete. De ellos no vale la pena hablar: son oportunistas natos; su divisa es: “¿Qué desea usted?”».

Ya veremos con el tiempo si realmente estará de acuerdo con Plejánov el «camarada S.», el camarada colectivo-menchevique S., o si preferirá conservar como dirigentes a ciertos hombrecillos de juguete y oportunistas natos. Una cosa podemos afirmar ya con audacia: de los obreros mencheviques, si se les expusieran por completo los puntos de vista de Plejánov, de Potrésov («liquidacionista convencido», según la expresión de Plejánov, pág. 19 del «Diario») y de los «hombrecillos de juguete» con la divisa «¿Qué desea usted?», no se hallará, de seguro, ni diez de cada cien a favor de Potrésov y del «¿Qué desea usted?» juntos. De esto se puede responder. La intervención de Plejánov es suficiente para apartar a los obreros mencheviques tanto de Potrésov como del «¿Qué desea usted?». Es tarea nuestra procurar que los obreros mencheviques, sobre todo aquellos que difícilmente se dejan influir por la propaganda que emana de los bolcheviques, se familiaricen por completo con el núm. 9 del «Diario» de Plejánov. Es tarea nuestra procurar que los obreros mencheviques se pongan ahora seriamente a esclarecer las bases ideológicas de la divergencia entre Plejánov, por un lado, y Potrésov y el «¿Qué desea usted?», por el otro.

Sobre esta cuestión, especialmente importante, Plejánov proporciona en el núm. 9 del «Diario» un material también sumamente valioso, pero que está lejos, muy lejos, de ser suficiente. «¡Viva el “deslinde general”!» —exclama Plejánov, saludando el deslinde de los bolcheviques con los anarcosindicalistas (así llama Plejánov a nuestros otzovistas, ultimatistas y constructores de Dios) y declarando que «nosotros, los mencheviques, debemos deslindarnos de los liquidacionistas» (página 18 del «Diario»). Naturalmente, nosotros, los bolcheviques, que ya hemos realizado entre nosotros un deslinde general, nos sumamos de todo corazón a esta exigencia de un deslinde general dentro de la fracción menchevique. Esperaremos con impaciencia ese deslinde general en los mencheviques. Veremos por dónde pasa entre ellos el deslinde general. Veremos si es realmente un deslinde general.

Plejánov presenta la escisión dentro de los mencheviques a causa del liquidacionismo como una escisión en torno a la cuestión de organización. Pero al mismo tiempo proporciona material que muestra que el asunto dista mucho de limitarse a la cuestión de organización. Plejánov traza por ahora dos lindes, de los cuales ninguno merece aún el nombre de general. El primer linde separa resueltamente a Plejánov de Potrésov; el segundo lo separa irresueltamente de los «diplomáticos de fracción», de los hombrecillos de juguete y de los oportunistas natos. Acerca de Potrésov dice Plejánov que ya en el otoño de 1907 «se pronunció como un liquidacionista convencido». Pero esto es poco. Además de esta declaración verbal de Potrésov sobre la cuestión de organización, Plejánov remite al conocido trabajo colectivo de los mencheviques «El movimiento social en Rusia a comienzos del siglo XX» y dice que él, Plejánov, abandonó la redacción de esa recopilación porque el artículo de Potrésov resultó (incluso tras las correcciones y la refundición exigidas por Plejánov y realizadas con la mediación de Dan y Mártov) inaceptable para Plejánov. «Llegué al pleno convencimiento de que el artículo de Potrésov es incorregible» (pág. 20). «Vi —escribe en el “Diario”— que el pensamiento liquidacionista, expresado por Potrésov en Mannheim, se había afianzado sólidamente en su mente y que había perdido por completo la capacidad de mirar la vida social, en su presente y en su pasado, con ojos de revolucionario» (págs. 19–20). «Yo no soy camarada de Potrésov... yo no comparto el camino con Potrésov» (pág. 20).

Aquí ya no se trata en absoluto de las cuestiones organizativas actuales, que Potrésov no abordaba en su artículo ni podía abordar. Se trata de las ideas básicas, programáticas y tácticas, de la socialdemocracia, «liquidadas» por la «obra» colectiva menchevique, que aparece bajo la redacción colectiva menchevique de Mártov, Máslov y Potrésov.

Para trazar aquí un deslinde realmente general no basta con romper con Potrésov y lanzar una «sutil» alusión a los héroes del «¿Qué desea usted?». Para eso es necesario poner de manifiesto de modo circunstanciado en qué precisamente, cuándo precisamente, por qué y cómo precisamente «perdió Potrésov la capacidad de mirar la vida social con ojos de revolucionario». El liquidacionismo —dice Plejánov— conduce al «pantano del oportunismo más vergonzoso» (pág. 12). «El vino nuevo se convierte en ellos (los liquidacionistas) en una bebida agria que sólo sirve a lo sumo para hacer vinagre pequeñoburgués» (pág. 12). El liquidacionismo «facilita la irrupción de tendencias pequeñoburguesas en el medio proletario» (pág. 14). «En más de una ocasión me puse a demostrar a influyentes camaradas mencheviques que cometen un gran error al mostrar a veces disposición a marchar codo con codo con señores de los que, en mayor o menor grado, emana oportunismo» (pág. 15). «El liquidacionismo se encamina en línea recta hacia el pantano insondable del oportunismo y de aspiraciones pequeñoburguesas hostiles a la socialdemocracia» (pág. 16). Confronten todas estas apreciaciones de Plejánov con el reconocimiento de Potrésov como liquidacionista convencido. Es de todo punto evidente que Potrésov aparece caracterizado por Plejánov (reconocido ahora por Plejánov, sería más justo decir) como un demócrata pequeñoburgués oportunista. Es de todo punto evidente que, en la medida en que el menchevismo, representado por todos los publicistas más influyentes de la fracción (excepto Plejánov), participa en ese potresovismo (en «El movimiento social»), en esa misma medida el menchevismo es reconocido ahora por Plejánov como una corriente oportunista pequeñoburguesa. En la medida en que el menchevismo, como fracción, tolera a Potrésov y lo encubre, el menchevismo es reconocido ahora por Plejánov como una fracción oportunista pequeñoburguesa.

La conclusión es clara: si Plejánov se queda solo, si no agrupa en torno suyo a una masa o, al menos, a una parte considerable de mencheviques, si no pone de manifiesto ante todos los obreros mencheviques todas las raíces y manifestaciones de este oportunismo pequeñoburgués, entonces nuestra apreciación del menchevismo se verá confirmada por el menchevique teóricamente más destacado y que más lejos llevó a los mencheviques en la táctica en los años 1906–1907.

Ya veremos con el tiempo si el «menchevismo revolucionario» proclamado por Plejánov será capaz de sostener la lucha contra todo el círculo de ideas que engendró a Potrésov y al liquidacionismo.

Hablando del deslinde general en los bolcheviques, Plejánov compara a los marxistas bolcheviques, socialdemócratas, con el Osip de Gógol, que recogía todo tipo de desechos, todo tipo de cordeles (incluidos el empiriocriticismo y la construcción de Dios). Ahora el Osip bolchevique —bromea Plejánov— ha comenzado a «despejar el espacio en torno a sí», a expulsar a los antimarxistas, a arrojar fuera el «cordel» y demás desechos.

La broma de Plejánov toca no una cuestión de broma, sino la cuestión fundamental y más seria de la socialdemocracia rusa: qué tendencia dentro de ella ha servido más de provecho a los desechos, al «cordel», es decir, de provecho a las influencias democrático-burguesas en el medio proletario. Todas las «sutilezas» de las disputas fraccionales, todas las largas peripecias de la lucha en torno a diferentes resoluciones, consignas, etc., todo ese «fraccionalismo» (que con tanta frecuencia condenan hoy con gritos vacíos contra el «fraccionalismo», gritos que fomentan sobre todo la falta de principios), todo ese «fraccionalismo» gira en torno a esta cuestión fundamental y más seria de la socialdemocracia rusa: qué tendencia dentro de ella ha sido más proclive a las influencias democrático-burguesas (inevitables en uno u otro grado, durante uno u otro tiempo, en la revolución burguesa en Rusia, como son inevitables estas influencias en todo país capitalista). A toda tendencia en la socialdemocracia se adhieren inevitablemente, en mayor o menor cantidad, elementos no puramente proletarios, sino semiproletarios, semipequeñoburgueses: la cuestión es qué tendencia se subordina menos a ellos, se libra más deprisa de ellos y lucha con más éxito contra ellos. Ésta es precisamente la cuestión del «Osip» socialista, proletario, marxista en relación con el «cordel» liberal o anarquista, pequeñoburgués, antimarxista.

El marxismo bolchevique —dice Plejánov— es un «marxismo entendido de un modo más o menos estrecho y tosco». El menchevique, evidentemente, es «más o menos amplio y sutil». Miren los resultados de la revolución, los resultados de seis años de historia del movimiento socialdemócrata (1903–1909), ¡y qué seis años! Los «Osips» bolcheviques ya han llevado a cabo el «deslinde general» y han «mostrado la puerta» al «cordel» pequeñoburgués bolchevique, que ahora lloriquea diciendo que lo han «echado» y «eliminado».

El «Osip» menchevique ha resultado estar solo, habiendo salido tanto de la redacción oficial menchevique como de la redacción colectiva de la más importante obra menchevique, siendo un solitario protestante contra el «oportunismo pequeñoburgués» y el liquidacionismo que reinan tanto en una como en otra redacción. El «Osip» menchevique ha resultado estar enredado por el «cordel» menchevique. No fue él quien lo recogió, sino que el cordel lo recogió a él. No fue él quien lo dominó, sino que el cordel lo dominó a él.

Dígame, lector, ¿preferiría usted encontrarse en la situación del «Osip» bolchevique o en la del menchevique? Dígame, ¿es acaso ese marxismo más estrecho y tosco el que en la historia del movimiento obrero resulta estar más firmemente vinculado a las organizaciones proletarias y el que con más éxito se las arregla con el «cordel» pequeñoburgués?

«Proletari» núm. 47–48, 5 (18) de septiembre de 1909.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».