Hace medio siglo se consolidaba en Rusia la fama de gendarme internacional. Nuestra autocracia en el transcurso del siglo pasado ha contribuido no poco a apoyar toda clase de reacciones en Europa e incluso a la directa represión militar de los movimientos revolucionarios en los países vecinos. Baste recordar, aunque sólo sea, la campaña de Hungría de Nicolás I y las reiteradas represiones de Polonia, para comprender por qué los dirigentes del proletariado socialista internacional, a partir de los años 40, señalaron reiteradamente a los obreros europeos y a la democracia europea al zarismo como el principal baluarte de la reacción en todo el mundo civilizado.

El movimiento revolucionario en Rusia, empezando por el último tercio del siglo XIX, cambió poco a poco este estado de cosas. Cuanto más vacilaba el zarismo bajo los golpes de la revolución creciente en su propio país, tanto más débil se volvía como enemigo de la libertad en Europa. Pero para entonces ya se había formado plenamente en Europa la reacción internacional de los gobiernos burgueses, que veían los levantamientos del proletariado, habían tomado conciencia de la inevitabilidad de una lucha a muerte entre el trabajo y el capital y estaban dispuestos a acoger con satisfacción a cualquier aventurero y bandido en el trono con tal de luchar conjuntamente contra el proletariado. Y cuando a comienzos del siglo XX la guerra japonesa y la revolución de 1905 asestaron los más duros golpes al zarismo, la burguesía internacional acudió en su ayuda, lo apoyó con préstamos millonarios, hizo todos los esfuerzos por localizar el incendio revolucionario, por restablecer el «orden» en Rusia. Servicio por servicio. El zarismo ayudó más de una vez a los gobiernos burgueses contrarrevolucionarios de Europa en sus tiempos de lucha con la democracia. Ahora la burguesía de Europa, que se había vuelto contrarrevolucionaria respecto al proletariado, ayudaba al zarismo en su lucha contra la revolución.

Los aliados celebran la victoria. Nicolás el Sangriento viaja a Europa para saludar a los monarcas y al presidente de la república francesa. Los monarcas y el presidente se desviven y se preparan para agasajar al líder de la contrarrevolución de las Centurias Negras en Rusia. Pero la victoria les llegó a estos nobles caballeros de la reacción centurianegrista y burguesa no gracias a la aniquilación de su enemigo, sino gracias a la división de sus fuerzas, gracias a la maduración no simultánea del proletariado en los distintos países. La victoria les llegó a los unificados enemigos de la clase obrera a costa de aplazar la batalla decisiva, a costa de ampliar y profundizar aquella fuente que —quizá más lentamente de lo que quisiéramos, pero de manera inexorable— multiplica el número de proletarios, acrecienta su cohesión, los templa en la lucha, los acostumbra a las operaciones contra el enemigo unificado. Esa fuente es el capitalismo, que en su día despertó el patriarcal «patrimonio» de los nobles Románov y que ahora despierta uno tras otro a los estados asiáticos.

Los aliados celebran la victoria. Y cada festejo de Nicolás el Sangriento y de los líderes de los gobiernos burgueses europeos es acompañado, como un eco, por la voz de las masas obreras revolucionarias. Hemos aplastado la revolución, exclaman Nicolás y Guillermo, Eduardo y Fallieres, estrechándose las manos bajo la protección de una tupida red de soldados o de una larga hilera de buques de guerra. Os derribaremos a todos juntos, responde, como un eco, la revolución por boca de los dirigentes del proletariado consciente de todos los países.

Nicolás el Sangriento sale de Rusia. Lo despiden las palabras del diputado socialdemócrata de la Duma centurianegrista, que proclama las convicciones republicanas de todos los obreros conscientes de Rusia y recuerda el inevitable desplome de la monarquía{26}. Nicolás viaja a Suecia. Lo agasajan en el palacio. Lo saludan soldados y espías. Lo recibe el discurso del líder de las masas obreras suecas, el socialdemócrata Branting, que protesta contra la afrenta a su país con la visita del verdugo. Nicolás viaja a Inglaterra, a Francia, a Italia. Se preparan para agasajarlo reyes y cortesanos, ministros y policías. Se preparan para recibirlo las masas obreras: con un mitin de protesta en Inglaterra, con una manifestación de indignación popular en Francia, con una huelga general el día en que su llegada ensombrezca el país en Italia. Los diputados socialistas de esos tres países —Thorne en Inglaterra, Jaurès en Francia, Morgari en Italia— han secundado ya el llamamiento de la Oficina Socialista Internacional{27} y han declarado ante el mundo entero el odio y el desprecio con que la clase obrera trata a Nicolás el Pogromista, a Nicolás el Verdugo, a Nicolás que ahora aplasta al pueblo persa y que ahora inunda Francia de espías y provocadores rusos.

La prensa burguesa, «seria», de todos esos países brama de furor, sin saber qué otro insulto encontrar contra las intervenciones de los socialistas, cómo sostener aún a sus ministros y presidentes, que han interrumpido a los socialistas por sus discursos. Pero ese furor no ayuda, pues no se puede tapar la boca a los representantes parlamentarios del proletariado, no se puede impedir los mítines en los países verdaderamente constitucionales, no se puede ocultar ni a sí mismo ni a los demás que el zar ruso no se atreve a mostrarse ni en Londres, ni en París, ni en Roma.

La solemne celebración de los líderes de la reacción internacional, la celebración con motivo del aplastamiento de la revolución en Rusia y en Persia, ha sido frustrada por la unánime y valiente protesta del proletariado socialista de todos los países europeos.

Y en el fondo de esta protesta de los socialistas de Petersburgo a París y de Estocolmo a Roma, protesta contra la autocracia zarista, protesta en nombre de la revolución y de sus consignas, resalta con particular evidencia el vil servilismo ante el zarismo de nuestros liberales rusos. Varios diputados de la Duma centurianegrista, desde los moderadamente derechistas hasta los demócratas-constitucionalistas{28}, con el presidente de la Duma al frente, están de visita en Inglaterra. Se enorgullecen de representar a la mayoría de la Duma, su verdadero centro — sin la extrema derecha y sin la extrema izquierda. Se hacen pasar por representantes de la Rusia «constitucional», ensalzan el régimen «renovado» y al monarca amado que ha «concedido al pueblo» la Duma. Se hinchan y se inflan, como la rana de Krylov, presentándose como vencedores de la reacción centurianegrista, la cual —según dicen— quiere abolir la «constitución» en Rusia. El líder del partido «constitucional-democrático» (¡no es broma!), el señor Miliukov, proclamó en su discurso en el almuerzo del lord alcalde: «Mientras en Rusia exista una cámara legislativa que controle el presupuesto, la oposición rusa seguirá siendo oposición de Su Majestad, y no a Su Majestad» (telegrama de la Agencia de San Petersburgo del 19 de junio, estilo antiguo). El órgano del partido octubrista «Golos Moskvy»{29} en un editorial del 21 de junio, con el título jlestakoviano «Europa y la Rusia renovada», saluda calurosamente la intervención del líder cadete y declara que su discurso «moderadamente constitucional» «quizá marca un punto de inflexión en la política cadete, un abandono de la desacertada táctica de hacer oposición por oposición».

El periódico policíaco «Rossia»{30} (del 23 de junio) dedica un editorial al discurso de Miliukov y, reproduciendo la «célebre» frase sobre la oposición de Su Majestad, declara: «El señor Miliukov ha asumido en Inglaterra un conocido compromiso por la oposición rusa y si cumple ese compromiso, prestará un servicio a la patria por el cual se le perdonarán no pocos pecados anteriores». ¡Han llegado lejos, señores cadetes!: «Vieji»{31} en general y Struve en particular han sido aprobados por Antonio Volynski, el «prelado» de los fanáticos centurianegristas; el líder del partido Miliukov ha sido aprobado por el periodicucho venal-policial. ¡Han llegado lejos!

Sólo nos queda recordar que la naturaleza octubrista de los cadetes la desenmascaramos ya en 1906, cuando las estridentes «victorias» dumistas mareaban a muchos, a mucha gente interesadamente ingenua y desinteresadamente ingenua.

Sólo nos queda recordar que la esencia del juego —particularmente evidente ahora— del zarismo en la III Duma la desenmascaramos hace más de 20 meses, al hablar en los núms. 19–20 de «Proletari» (noviembre de 1907) del resultado de las elecciones a la III Duma. En la III Duma —decíamos entonces y decía la resolución de la Conferencia de toda Rusia del POSDR en noviembre de 1907{32}— son posibles dos mayorías: la de las Centurias Negras y octubristas y la cadete-octubrista, y ambas mayorías son contrarrevolucionarias. «Tal situación en la Duma —reza la resolución de entonces de la organización socialdemócrata de Petersburgo (núm. 19 de "Proletari") y la resolución de la III Conferencia de toda Rusia del POSDR (núm. 20 de "Proletari")— favorece extraordinariamente el doble juego político tanto por parte del gobierno como por parte de los cadetes»[9].

Esta caracterización de la situación se ha confirmado ahora plenamente, revelando la miopía de quienes estaban dispuestos a proclamar una y otra vez el "apoyo" de los socialdemócratas a los kadetes.

Los kadetes luchan contra los octubristas no como adversarios de principios, sino como competidores. Hace falta "conquistar" al elector: nos proclamamos partido de la "libertad popular". Hace falta demostrar nuestra "solidez": promovemos a los Maklakov en la III Duma, declaramos ante Europa por boca de Miliukov que somos "la oposición de Su Majestad". Y al fiel servidor del zarismo centurionegrista, Stolypin, eso es justo lo que necesita. Que la banda zarista centurionegrista campe a sus anchas en el país, que ella, y solo ella, decida todas las cuestiones políticas verdaderamente importantes. En cambio, la mayoría octubrista-kadete "nos" es necesaria para el juego, para la "representación" ante Europa, para facilitar la obtención de empréstitos, para "corregir" los extremos de la centuria negra, para engañar a los incautos con "reformas" corregidas por el Consejo de Estado.

Su Majestad conoce a su oposición. La oposición kadete conoce a su Stolypin y a su Nikolái. Y nuestros liberales y nuestros ministros han adoptado sin esfuerzo la nada compleja ciencia del parlamentarismo hipócrita y el engaño europeos. Unos y otros aprenden con éxito los métodos de la reacción burguesa europea.

A unos y a otros les declara una guerra revolucionaria inflexible el proletariado socialista de Rusia, que se une cada vez más estrechamente al proletariado socialista del mundo entero.

"Proletari" nº 46, 11 (24) de julio de 1909.

Se publica según el texto del periódico "Proletari"