Los debates en la Duma de Estado sobre el presupuesto del Sínodo, sobre la devolución de derechos a las personas que abandonaron la condición eclesiástica y, finalmente, sobre las comunidades de viejos creyentes, han proporcionado un material sumamente instructivo para caracterizar a los partidos políticos rusos en lo que respecta a su actitud hacia la religión y la iglesia. Echemos una mirada general a este material, deteniéndonos, principalmente, en los debates sobre el presupuesto del Sínodo (todavía no hemos recibido los informes taquigráficos de los debates sobre las otras cuestiones mencionadas).

La primera conclusión que salta particularmente a la vista al examinar los debates en la Duma es que el clericalismo militante en Rusia no solo existe, sino que se fortalece y se organiza cada vez más de manera evidente. El 16 de abril, el obispo Mitrofán declaró: «Los primeros pasos de nuestra actividad en la Duma estuvieron encaminados precisamente a que nosotros, honrados por la alta elección popular, nos colocáramos aquí en la Duma por encima de las fragmentaciones partidistas y formásemos un solo grupo del clero, que iluminara todos los aspectos desde nuestro punto de vista ético… ¿Cuál fue la causa de que no llegáramos a esa situación ideal?... La culpa es de aquellos que comparten con ustedes (es decir, con los kadetes y la “izquierda”) estos escaños, precisamente, de los diputados del clero que pertenecen a la oposición. Ellos fueron los primeros en alzar la voz y decir que esto no era más que el nacimiento de un partido clerical, y que esto es en grado sumo indeseable. Por supuesto, no se puede hablar de clericalismo del clero ortodoxo ruso: nunca tuvimos tendencias de ese tipo, y nosotros, al querer separarnos en un grupo aparte, perseguíamos objetivos puramente morales, éticos; y ahora, señores, cuando a consecuencia de esa disensión, introducida por los diputados de izquierda en nuestro medio fraternal, se ha producido la división y la fragmentación, ahora ustedes (es decir, los kadetes) nos acusan de ello».

El obispo Mitrofán, en su discurso inculto, soltó el secreto: ¡la izquierda, según él, tiene la culpa de haber apartado a una parte de los curas de la Duma de la formación de un grupo “moral” (esta palabra, por supuesto, es más cómoda para engañar al pueblo que la de “clerical”)!

Casi un mes después, el 13 de mayo, el obispo Evlogui leyó en la Duma la «resolución del clero de la Duma»: «el clero ortodoxo de la Duma, en su abrumadora mayoría, considera»… que en nombre de la «posición primada y dominante de la iglesia ortodoxa» son inadmisibles tanto la libertad de predicación para los viejos creyentes, como el procedimiento de notificación para abrir comunidades de viejos creyentes, e incluso la denominación de las personas eclesiásticas viejas creyentes como clérigos. «El punto de vista puramente moral» de los curas rusos se reveló plenamente como el más puro clericalismo. La «abrumadora mayoría» del clero de la Duma, en cuyo nombre habló el obispo Evlogui, la constituían, probablemente, 29 sacerdotes de derecha y de derecha moderada de la tercera Duma, y tal vez también 8 sacerdotes octubristas. A la oposición se pasaron, probablemente, 4 sacerdotes del grupo de los progresistas y renovadores pacíficos y uno del grupo polaco-lituano.

¿Cuál es, pues, ese «punto de vista puramente moral, ético de la abrumadora mayoría del clero de la Duma (y conviene añadir: de la Duma del 3 de junio)? He aquí algunos extractos de sus discursos: «Solo digo que la iniciativa de estas (es decir, eclesiásticas) reformas debe surgir del interior de la iglesia, no de fuera, no por parte del Estado y, por supuesto, no por parte de la comisión de presupuestos. Pues la iglesia es una institución divina y eterna, sus leyes son inmutables, mientras que los ideales de la vida estatal, como se sabe, están sometidos a cambios constantes» (obispo Evlogui, 14 de abril). El orador recuerda «una inquietante analogía histórica»: la secularización de los bienes eclesiásticos bajo Catalina II. «¿Quién puede garantizar que la comisión de presupuestos, que este año ha expresado el deseo de someterlos (los fondos eclesiásticos) al control estatal, no exprese el año próximo el deseo de transferirlos al tesoro general del Estado, y luego de entregar por completo su administración de la autoridad eclesiástica a la autoridad civil o estatal?... Las reglas de la iglesia dicen que si al obispo se le han confiado las almas de los cristianos, con mayor razón deben confiársele los bienes eclesiásticos… Hoy se presenta ante ustedes (los diputados de la Duma) su madre espiritual, la santa iglesia ortodoxa, no solo como ante representantes del pueblo, sino también como ante sus hijos espirituales» (ibídem).

Tenemos ante nosotros el clericalismo puro. La iglesia está por encima del Estado, como lo eterno y divino por encima de lo temporal y terrenal. La iglesia no perdona al Estado la secularización de los bienes eclesiásticos. La iglesia exige para sí una posición primada y dominante. Para ella, los diputados de la Duma no son solo —o más exactamente, no tanto— representantes del pueblo, cuanto «hijos espirituales».

No son funcionarios con sotana, como dijo el socialdemócrata Surkov, sino señores feudales con sotana. La defensa de los privilegios feudales de la iglesia, la defensa abierta del medioevo: tal es la esencia de la política de la mayoría del clero de la tercera Duma. El obispo Evlogui no es en modo alguno una excepción. Guepetski también clama contra la «secularización» como una «ofensa» inadmisible (14 de abril). El cura Mashkévich fustiga el informe octubrista por su afán de «socavar los fundamentos históricos y canónicos sobre los que se ha asentado y debe asentarse nuestra vida eclesiástica», «desviar la vida y la actividad de la iglesia ortodoxa rusa del camino canónico hacia aquel camino en el que… los auténticos príncipes de la iglesia —los obispos— tendrán que ceder casi todos sus derechos, heredados de los apóstoles, a los príncipes seculares»… «Esto no es otra cosa que… un atentado contra la propiedad ajena, contra los derechos de la iglesia y su patrimonio». «El ponente nos conduce a la destrucción del régimen canónico de la vida eclesiástica, quiere someter la iglesia ortodoxa, con todas sus funciones económicas, a la Duma de Estado, a una institución que está compuesta por los elementos más heterogéneos, tanto de confesiones toleradas como no toleradas en nuestro Estado» (14 de abril).

Los populistas y liberales rusos se consolaron durante mucho tiempo, o más bien se engañaron a sí mismos, con la «teoría» de que en Rusia no hay base para un clericalismo militante, para una lucha de los «príncipes de la iglesia» contra el poder secular, etc. Entre otras ilusiones populistas y liberales, nuestra revolución disipó también esta. El clericalismo existió en forma latente mientras la autocracia se mantuvo íntegra e inviolable. La omnipotencia de la policía y la burocracia ocultaba a los ojos de la «sociedad» y del pueblo la lucha de clases en general, y la lucha de los «señores feudales con sotana» contra la «plebe vil» en particular. La primera brecha abierta por el proletariado y el campesinado revolucionarios en la autocracia feudal hizo manifiesto lo oculto. Tan pronto como el proletariado y los elementos avanzados de la democracia burguesa empezaron a gozar de la libertad política, de la libertad de organización de masas, que conquistaron a fines de 1905, las clases reaccionarias también se sintieron atraídas hacia una organización independiente y abierta. No se organizaban ni actuaban de manera particularmente ostensible bajo el absolutismo indiviso, no porque fueran débiles, sino porque eran fuertes; no porque no fueran capaces de organizarse y de luchar políticamente, sino porque todavía no veían una necesidad seria de una organización clasista independiente. No creían en la posibilidad de un movimiento de masas contra la autocracia y los señores feudales en Rusia. Confiaban plenamente en que el látigo bastaba para contener a la plebe. Las primeras heridas infligidas a la autocracia obligaron a los elementos sociales que la apoyan y la necesitan a salir a la luz de Dios. A las masas que fueron capaces de crear el 9 de enero, el movimiento huelguístico de 1905 y la revolución de octubre-diciembre, ya no se las puede combatir solo con el viejo látigo. Es preciso actuar en el terreno de las organizaciones políticas independientes; es preciso que el Consejo de la Nobleza Unida organice las centurias negras y despliegue la demagogia más desenfrenada; es preciso que los «príncipes de la iglesia —los obispos» organicen al clero reaccionario como fuerza independiente.

La tercera Duma y el período de la tercera Duma de la contrarrevolución rusa se caracterizan precisamente por el hecho de que esta organización de las fuerzas reaccionarias ha irrumpido en la superficie, ha comenzado a desplegarse a escala nacional, ha exigido un «parlamento» peculiar de la burguesía centurionegrista. El clericalismo militante se ha mostrado con toda evidencia, y la socialdemocracia rusa tendrá ahora que ser, en repetidas ocasiones, observadora y partícipe de los conflictos de la burguesía clerical con la burguesía anticlerical. Si nuestra tarea general consiste en ayudar al proletariado a cohesionarse como clase aparte, capaz de diferenciarse de la democracia burguesa, en esta tarea entra, como parte integrante, la utilización de todos los medios de propaganda y agitación, incluida la tribuna de la Duma, para explicar a las masas la diferencia entre el anticlericalismo socialista y el anticlericalismo burgués.

Los octubristas y los kadetes, que se manifestaron en la III Duma contra la extrema derecha, contra los clericales y el gobierno, nos han facilitado extraordinariamente esta tarea, al mostrar de manera palpable la actitud de la burguesía hacia la iglesia y la religión. La prensa legal de los kadetes y de los llamados progresistas presta ahora especial atención a la cuestión de los viejos creyentes, al hecho de que los octubristas, junto con los kadetes, se hayan pronunciado contra el gobierno, a que, aunque sea en algo pequeño, «hayan emprendido el camino de las reformas» prometidas el 17 de octubre. A nosotros nos interesa mucho más el aspecto de principio de la cuestión, es decir, la actitud de la burguesía en general, incluyendo a quienes aspiran al título de demócratas, los kadetes, hacia la religión y la iglesia. No debemos permitir que una cuestión relativamente particular —el choque de los viejos creyentes con la iglesia dominante, la conducta de los octubristas vinculados a los viejos creyentes y, en parte, dependientes de ellos incluso directamente en el sentido financiero (se dice que “La Voz de Moscú”{165} se publica con fondos de los viejos creyentes)— oculte la cuestión fundamental de los intereses y la política de la burguesía como clase.

Observemos el discurso del conde Uvárov, octubrista por su orientación, que se salió de la fracción octubrista. Hablando después del socialdemócrata Surkov, se niega de inmediato a plantear la cuestión sobre la base de principios sobre la que la puso el diputado obrero. Uvárov solo ataca al Sínodo y al procurador jefe por no querer dar a la Duma informaciones sobre algunos ingresos eclesiásticos y sobre el gasto de los fondos parroquiales. De igual modo plantea la cuestión el representante oficial de los octubristas, Kámenski (16 de abril), quien exige la restauración de la parroquia «en interés del fortalecimiento de la ortodoxia». Esta idea la desarrolla el llamado «octubrista de izquierda» Kapustin: «Si nos dirigimos a la vida del pueblo —exclama—, a la vida de la población rural, ahora mismo vemos un fenómeno penoso: se tambalea la vida religiosa, se tambalea la base única y grandiosa del orden moral de la población… ¿Con qué sustituir el concepto de pecado, con qué sustituir la indicación de la conciencia? Pues no puede ser que esto sea sustituido por el concepto de lucha de clases y los derechos de una u otra clase. Es un concepto penoso que ha entrado en la vida de nuestro trato cotidiano. Así pues, desde ese punto de vista, para que la religión, como base de la moral, continúe existiendo, sea accesible a toda la población, es necesario que los portadores de esta religión gocen de la debida autoridad…»

El representante de la burguesía contrarrevolucionaria quiere fortalecer la religión, quiere fortalecer la influencia de la religión sobre las masas, sintiendo la insuficiencia, la caducidad, incluso el daño que causan a las clases dominantes los «funcionarios con sotana», que rebajan la autoridad de la iglesia. El octubrista combate los extremos del clericalismo y de la tutela policial para reforzar la influencia de la religión sobre las masas, para sustituir al menos algunos de los medios de embrutecimiento del pueblo, demasiado groseros, demasiado caducos, demasiado anticuados, que no alcanzan su objetivo, por medios más sutiles, más perfeccionados. La religión policial ya no es suficiente para embrutecer a las masas; dennos una religión más culta, renovada, más hábil, capaz de actuar en una parroquia autogestionada: eso es lo que el capital exige de la autocracia.

Y el kadete Karaúlov se sitúa por completo en ese mismo punto de vista. Este renegado «liberal» (que evolucionó desde «La Voluntad del Pueblo» hasta los kadetes de derecha) clama contra «la desnacionalización de la iglesia, entendiendo por ello la expulsión de las masas populares, de los laicos, de la edificación eclesiástica». Encuentra «horrible» (¡literalmente!) que las masas «pierdan la fe». Grita, muy al estilo de Ménshikov, que «el enorme valor intrínseco de la iglesia se está devaluando… con enorme daño no solo para la causa de la iglesia, sino para la causa del Estado». Califica de «palabras de oro» la repugnante hipocresía del fanático Evlogui a propósito de que «la tarea de la iglesia es eterna, inmutable y, por tanto, es imposible vincular la iglesia a la política». Protesta contra la alianza de la iglesia con la centuria negra en nombre de que la iglesia «con mayor fuerza y gloria que ahora, realice su gran y santa labor en el espíritu de Cristo: de amor y libertad».

El camarada Beloúsov hizo muy bien en burlarse desde la tribuna de la Duma de esas «palabras líricas» de Karaúlov. Pero semejante burla está lejos, muy lejos de ser suficiente. Era necesario explicar —y será necesario explicar en la primera ocasión propicia desde la tribuna de la Duma— que el punto de vista de los kadetes es completamente idéntico al punto de vista de los octubristas y no expresa otra cosa que el afán del capital «culto» de organizar el embrutecimiento del pueblo con el opio religioso mediante medios más sutiles de engaño eclesiástico que los que practicaba el corriente «padrecito» ruso, anclado en la vieja tradición.

Para mantener al pueblo en la esclavitud espiritual, hace falta la más estrecha alianza de la iglesia con la centuria negra —decía por boca de Purishkévich el salvaje terrateniente y viejo déspota. Se equivocan, señores —les replica por boca de Karaúlov el burgués contrarrevolucionario—: con esos medios solo lograrán alejar definitivamente al pueblo de la religión. Actuemos con más inteligencia, más astucia, más maña; apartemos al centurionegrista demasiado estúpido y grosero, declaremos la lucha contra la «desnacionalización de la iglesia», escribamos en nuestra bandera las «palabras de oro» del obispo Evlogui de que la iglesia está por encima de la política; solo con este modo de actuar podremos engañar al menos a una parte de los obreros atrasados y, sobre todo, a los pequeños burgueses y campesinos, podremos ayudar a la iglesia renovada a cumplir su «gran y santa labor» de mantener la esclavitud espiritual de las masas populares.

Nuestra prensa liberal, incluido el periódico “Rech”, ha censurado intensamente en los últimos tiempos a Struve y Cía como autores de la recopilación “Hitos”. Pero el orador oficial del partido k.-d. en la Duma de Estado, Karaúlov, ha desenmascarado de modo excelente toda la abyecta hipocresía de esos reproches y de esas renuncias a Struve y Cía. Lo que Karaúlov y Miliukov tienen en la mente, Struve lo tiene en la lengua. Los liberales censuran a Struve solo porque él, de manera imprudente, soltó la verdad, porque mostró demasiado las cartas. Los liberales que censuran “Hitos” y continúan apoyando al partido k.-d. engañan al pueblo del modo más desvergonzado, condenando la palabra imprudente y franca mientras continúan haciendo precisamente la obra que a esa palabra corresponde.

Sobre la conducta de los trudoviques en la Duma durante los debates de las cuestiones examinadas, hay que decir poco. Como siempre, se puso de manifiesto una nítida diferencia entre los trudoviques campesinos y los trudoviques intelectuales, en desventaja para estos últimos, con su mayor disposición a seguir a los k.-d. El campesino Rozhkov, es cierto, mostró con su discurso toda su inconsciencia política: también repitió la trivialidad de los kadetes acerca de que la Unión del Pueblo Ruso no ayuda a fortalecer, sino a destruir la fe, y no supo exponer ningún programa. Pero en cambio, cuando de manera simple comenzó a relatar la verdad desnuda, sin adornos, sobre las exacciones del clero, sobre las extorsiones de los curas, sobre cómo por una boda exigen, además del dinero, «una botella de vodka, entremeses y una libra de té, y a veces piden cosas que, desde la tribuna, me da miedo decir» (16 de abril, pág. 2259 del informe taquigráfico), la Duma centurionegrista no pudo contenerse y se desató un aullido salvaje desde los escaños de la derecha. «¡Qué burla es esta! ¡Qué escándalo!» —gritaban los centurionegristas, sintiendo que el simple lenguaje campesino sobre las exacciones, con la exposición de la «tarifa» por los oficios religiosos, revoluciona a las masas más que cualesquiera declaraciones teóricas o tácticas contra la religión y la iglesia. Y la pandilla de los bisontes, que defienden la autocracia en la III Duma, amedrentó a su lacayo, el presidente Meiendorf, obligándole a retirar la palabra a Rozhkov (los socialdemócratas, a los que se unieron algunos trudoviques, k.-d. y otros, presentaron una protesta contra este acto del presidente).

El discurso del trudovique campesino Rozhkov, a pesar de su extremada simpleza, mostró de manera excelente todo el abismo que separa la defensa hipócrita, calculadamente reaccionaria, de la religión por los kadetes, de la religiosidad primitiva, inconsciente y rutinaria del mujik, en quien las condiciones de su vida engendran —contra su voluntad y al margen de su conciencia— una exasperación realmente revolucionaria contra las exacciones y una disposición a la lucha resuelta contra el medioevo. Los kadetes son representantes de la burguesía contrarrevolucionaria, que quiere renovar y fortalecer la religión contra el pueblo. Los Rozhkov son representantes de la democracia burguesa revolucionaria, no desarrollada, inconsciente, oprimida, dependiente, fragmentada, pero que encierra en sí reservas de energía revolucionaria, lejos, muy lejos aún de estar agotadas, en la lucha contra los terratenientes, los curas y la autocracia.

El trudovique intelectual Rózanov se aproximó a los kadetes de manera mucho menos inconsciente que Rozhkov. Rózanov supo hablar de la separación de la iglesia y el Estado como una exigencia de «la izquierda», pero no se contuvo de frases reaccionarias y pequeñoburguesas sobre «la modificación de la ley electoral en el sentido de que el clero sea eliminado de la participación en la lucha política». La espíritu revolucionario que brota por sí mismo en el típico campesino medio cuando empieza a decir la verdad sobre su vida, desaparece en el trudovique intelectual, sustituyéndose por una frase difusa y a veces directamente abyecta. Por centésima y milésima vez vemos la confirmación de la verdad de que solo siguiendo al proletariado pueden las masas campesinas rusas derrocar el yugo que las oprime y arruina, el de los terratenientes feudales, los feudales con sotana y los feudales autócratas.

El representante del partido obrero y de la clase obrera, el socialdemócrata Surkov, fue el único en toda la Duma que elevó los debates a una altura verdaderamente de principios y dijo sin ambages cómo se sitúan ante la iglesia y la religión el proletariado y toda democracia consecuente y viable. «La religión es el opio del pueblo»… «Ni un solo kopek del dinero del pueblo a esos ensangrentados enemigos del pueblo, que entenebrecen la conciencia popular»: este llamamiento directo, audaz, abierto y combativo del socialista resonó como un desafío a la Duma centurionegrista y encontró eco en millones de proletarios, que lo difundirán entre las masas, que sabrán, cuando llegue el momento, convertirlo en acción revolucionaria.

«Sotsial-Demokrat» N.º 6, 4 (17) de junio de 1909.

Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat»