El discurso del diputado Surkov en la Duma de Estado, durante el debate 
del presupuesto del Sínodo, y la discusión en nuestra minoría de la Duma, al 
examinar el proyecto de este discurso -- que publicamos a continuación --, han 
planteado un problema de extraordinaria importancia y actualidad precisamente 
en nuestros días. Es indudable que el interés por cuanto se relaciona con la 
religión abarca ahora a vastos círculos de la "sociedad" y ha penetrado en las 
filas de los intelectuales que están cerca del movimiento obrero y en ciertos 
medios obreros. La socialdemocracia tiene el deber ineludible de exponer su 
actitud hacia la religión. 
La socialdemocracia basa toda su concepción del mundo en el socialismo 
científico, es decir, en el marxismo. La base filosófica del marxismo, como 
declararon repetidas veces Marx y Engels, es el materialismo dialéctico, que 
hizo suyas plenamente las tradiciones históricas del materialismo del siglo 
XVIII en Francia y de Feuerbach (primera mitad del siglo XIX) en Alemania, del 
materialismo incondicionalmente ateo y decididamente hostil a toda religión. Recordemos que todo el 
Anti-Dühring de Engels, que Marx leyó en manuscrito, acusa al materialista y 
ateo Dühring de inconsecuencia en su materialismo y de haber dejado 
escapatorias para la religión y la filosofía religiosa. Recordemos que en su 
obra sobre Ludwig Feuerbach, Engels le reprocha haber luchado contra la 
religión no para aniquilarla, sino para renovarla, para crear una religión 
nueva, "sublime", etc. La religión es el opio del pueblo[1]. Esta máxima de 
Marx constituye la piedra angular de toda la concepción marxista en la 
cuestión religiosa. El marxismo considera siempre que todas las religiones e 
iglesias modernas, todas y cada una de las organizaciones religiosas, son 
órganos de la reacción burguesa llamados a defender la explotación y a 
embrutecer a la clase obrera. 
Sin embargo, Engels condenó al mismo tiempo más de una vez los intentos de 
quienes, con el deseo de ser "más izquierdistas" o "más revolucionarios" que 
la socialdemocracia, pretendían introducir en el programa del partido obrero 
el reconocimiento categórico del ateísmo como una declaración de guerra a la 
religión. Al referirse en 1874 al célebre manifiesto de los comuneros 
blanquistas emigrados en Londres, Engels calificaba de estupidez su vocinglera 
declaración de guerra a la religión, afirmando que semejante actitud era el 
medio mejor de avivar el interés por la religión y de dificultar la verdadera 
extinción de la misma. Engels acusaba a los blanquistas de ser incapaces de 
comprender que sólo la lucha de clase de las masas obreras, al atraer 
ampliamente a las vastas capas proletarias a una práctica social consciente y 
revolucionaria, será capaz de librar de verdad a las masas oprimidas del yugo 
de la religión, en tanto que declarar como misión política del partido obrero 
la guerra a la religión es una frase anarquista[2]. Y en 1877, al condenar sin piedad en el 
Anti-Dühring las más mínimas concesiones del filósofo Dühring al idealismo y a 
la religión, Engels condenaba con no menor energía la idea 
seudorrevolucionaria de aquél sobre la prohibición de la religión en la 
sociedad socialista. De clarar semejante guerra a la religión, decía Engels, 
significaria "ser más bismarckista que Bismarck", es decir, repetir la necedad 
de su lucha contra los clericales (la famosa "lucha por la cultura", 
Kulturkampf, o sea, la lucha sostenida por Bismarck en la década de 1870 
contra el Partido Católico Alemán, el partido del "Centro", mediante 
persecuciones policíacas del catolicismo[3]. Lo único que consiguió Bismarck 
con esta lucha fue fortalecer el clericalismo militante de los católicos y 
perjudicar a la causa de la verdadera cultura, pues colocó en primer plano las 
divisiones religiosas en lugar de las divisiones políticas, distrayendo asi la 
atención de algunos sectores de la clase obrera y de la democracia de las 
tareas esenciales de la lucha de clase y revolucionaria para orientarlos hacia 
el anticlericalismo burgués más superficial y engañoso. Al acusar a Dühring, 
que pretendia aparecer como ultrarrevolucionario, de querer repetir en otra 
forma la misma necedad de Bismarck, Engels requería del partido obrero que 
supiese trabajar con paciencia para organizar e ilustrar al proletariado, para 
realizar una obra que conduce a la extinción de la religión, y no lanzarse a 
las aventuras de una guerra política contra la religión[4]. Este punto de 
vista arraigó en la socialdemocracia alemana, que se manifestó, por ejemplo, a 
favor de la libertad de acción de los jesuitas, a favor de su admisión en 
Alemania y de la abolición de todas las medidas de lucha policíaca contra una 
u otra religión. "Declarar la religión un asunto privado": este famoso punto del Programa de Erfurt[5] (1891) afianzó dicha táctica política de la socialdemocracia. 
Esta táctica se ha convertido ya en una rutina, ha llegado a engendrar una 
nueva distorsión del marxismo en el sentido contrario, en el sentido 
oportunista. La tesis del Programa de Erfurt ha comenzado a ser interpretada 
en el sentido de que nosotros, los socialdemócratas, nuestro Partido, 
considera la religión un asunto privado; que para nosotros, como 
socialdemócratas, como Partido, la religión es un asunto privado. Sin 
polemizar directamente con este punto de vista oportunista, Engels estimó 
necesario en la década del go del siglo XIX combatirlo con energía no en forma 
polémica, sino de modo posirivo. O sea: Engels lo hizo mediante una 
declaración, en la que subrayaba adrede que la socialdemocracia considera la 
religión como un asunto privado con respecto al Estado, pero en modo alguno 
con respecto a sí misma, con respecto al marxismo, con respecto al partido 
obrero[6]. 
Tal es la historia externa de las manifestaciones de Marx y Engels acerca 
de la religión. Para quienes enfocan con negligencia el marxismo, para quienes 
no saben o no quieren meditar, esta historia es un cúmulo de contradicciones 
absurdas y de vaivenes del marxismo: una especie de mezcolanza de ateísmo 
"consecuente" y de "condescendencias" con la religión, vacilaciones "carentes 
de principios" entre la guerra r-r-revolucionaria contra Dios y la aspiración 
cobarde de "adaptarse" a los obreros creyentes, el temor a espantarlos, etc., 
etc. En las publicaciones de los charlatanes anarquistas puede encontrarse no 
pocos ataques de esta indole al marxismo. 
Pero quienes scan capaces aunque sea en grado minimo, de enfocar con un 
mínimo de seriedad el marxismo, de profundizar en sus bases filosóficas y en 
la experiencia de la socialclemocracia internacional, verán con facilidad que la táctica del 
marxismo ante la religión es profundamente consecuente y que Marx y Engels la 
meditaron bien; verán que lo que los diletantes o ignorantes consideran 
vacilaciones es una conclusion directa e ineludible del materialismo 
dialéctico. Constituiría un craso error pensar que la aparente "moderación" 
del marxismo frente a la religión se explica por sedicientes razones 
"tácticas", por el deseo de "no espantar", etc. Al contrario: la línea 
política del marxismo está indisolublemente ligada a sus principios 
filosóficos también en esta cuestión. 
El marxismo es materialismo. En calidad de tal, es tan implacable enemigo 
de la religión como el materialismo de los enciclopedistas del siglo 
XVIII[7] o el materialismo de Feuerbach. Esto es indudable. Pero el 
materialismo dialéctico de Marx y Engels va más lejos que los enciclopedistas 
y que Feuerbach al aplicar la filosofía materialista a la historia y a las 
ciencias sociales. Debemos luchar contra la religión. Esto es el abecé de todo 
materialismo y, por tanto, del marxismo. Pero el marxismo no es un 
materialismo que se detenga en el abecé. El marxismo va más allá. Afirma: hay 
que saber luchar contra la religión, y para ello es necesario explicar desde 
el punto de vista materialista los orígenes de la fe y de la religión entre 
las masas. La lucha contra la religión no puede limitarse ni reducirse a la 
prédica ideologica abstracta; hay que vincular esta lucha a la actividad 
práctica concreta del movimiento de clases, que tiende a eliminar las raíces 
sociales de la religión. ¿Por qué persiste la religión entre los sectores 
atrasados del proletariado urbano, entre las vastas capas semiproletarias y 
entre la masa campesina? Por la ignorancia del pueblo, responderán el 
progresista burgués, el radical o el materialista burgués. En consecuencia, 
¡abajo la religión y viva el ateísmo!, la difusión de las concepciones ateístas es 
nuestra tarea principal. El marxista dice: No es cierto. Semejante opinión es 
una ficción cultural superficial, burguesa, limitada. Semejante opinión no es 
profunda y explica las raíces de la religión de un modo no materialista, sino 
idealista. En los países capitalistas contemporáneos, estas raíces son, 
principalmente, sociales. La raíz más profunda de la religión en nuestros 
tiempos es la opresión social de las masas trabajadoras, su aparente 
impotencia total frente a las fuerzas ciegas del capitalismo, que cada día, 
cada hora causa a los trabajadores sufrimientos y martirios mil veces más 
horrorosos y salvajes que cualquier acontecimiento extraordinario, como las 
guerras, los terremotos, etc. "El miedo creó a los dioses". El miedo a la 
fuerza ciega del capital -- ciega porque no puede ser prevista por las masas 
del pueblo --, que a cada paso amenaza con aportar y aporta al proletario o al 
pequeño propietario la perdición, la ruina "inesperada", "repentina", 
"casual", convirtiéndolo en mendigo, en indigente, arrojándole a la 
prostitución, acarreándole la muerte por hambre: he ahí la raíz de la religión 
contemporánea que el materialista debe tener en cuenta antes que nada, y más 
que nada, si no quiere quedarse en aprendiz de materialista. Ningún folleto 
educativo será capaz de desarraigar la religión entre las masas aplastadas por 
los trabajos forzados del régimen capitalista y que dependen de las fuerzas 
ciegas y destructivas del capitalismo, mientras dichas masas no aprendan a 
luchar unidas y organizadas, de modo sistemático y consciente, contra esa raíz 
de la religión, contra el dominio del capital en todas sus formas. 
¿Debe deducirse de esto que el folleto educativo antirreligioso es nocivo 
o superfluo? No. De esto se deduce otra cosa muy distinta. Se deduce que la 
propaganda atea de la social-democracia debe estar subordinada a su tarea fundamental: el desarrollo de la 
lucha de clases de las masas explotadas contra los explotadores. 
Quien no haya reflexionado sobre los principios del materialismo 
dialéctico, es decir, de la filosofía de Marx y Engels, quizá no comprenda (o, 
por lo menos, no comprenda en seguida) esta tesis. Se preguntará: ¿Como es 
posible subordinar la propaganda ideológica, la prédica de ciertas ideas, la 
lucha contra un enemigo de la cultura y del progreso que persiste desde hace 
miles de años (es decir, contra la religión) a la lucha de clases, es decir, a 
la lucha por objetivos prácticos determinados en el terreno económico y 
político? 
Esta objeción figura entre las que se hacen corrientemente al marxismo y 
que testimonian la incomprensión más completa de la dialéctica de Marx. La 
contradicción que sume en la perplejidad a quienes objetan de este modo es una 
contradicción real de la vida misma, es decir, una contradicción dialéctica y 
no verbal ni inventada. Separar con una barrera absoluta, infranqueable, la 
propaganda teórica del ateísmo -- es decir, la destrucción de las creencias 
religiosas entre ciertos sectores del proletariado -- y el éxito, la marcha, 
las condiciones de la lucha de clase de estos sectores significa discurrir de 
modo no dialéctico, convertir en barrera absoluta lo que es sólo una barrera 
móvil y relativa; significa desligar por medio de la violencia lo que está 
indisolublemente ligado en la vida real. Tomemos un ejemplo. El proletariado 
de determinada región y de determinada rama industrial se divide, supongamos, 
en un sector avanzado de socialdemócratas bastante conscientes -- que, 
naturalmente, son ateos -- y en otro de obreros bastante atrasados, vinculados 
todavía al campo y a los campesinos, que creen en Dios, van a la iglesia e 
incluso se encuentran bajo la influencia directa del cura 
local, quien, admitámoslo, crea una organización obrera cristiana. Supongamos, 
además, que la lucha económica en dicha localidad haya llevado a la huelga. El 
marxista tiene el deber de colocar en primer plano el éxito del movimiento 
huelguístico, de oponerse resueltamente a la división de los obreros en esa 
lucha en ateos y cristianos y de combatir esa división. En tales condiciones, 
la prédica ateísta puede resultar superflua y nociva, no desde el punto de 
vista de las consideraciones filisteas de que no se debe espantar a los 
sectores atrasados o perder un acta en las elecciones, etc., sino desde el 
punto de vista del progreso efectivo de la lucha de clases, que, en las 
circunstancias de la sociedad capitalista moderna, llevará a los obreros 
cristianos a la socialdemocracia y al ateísmo cien veces mejor que la mera 
propaganda atea. En tal momento y en semejante situación, el predicador del 
ateísmo sólo favorecería al cura y a los curas, quienes no desean sino 
sustituir la división de los obreros según su intervención en el movimiento 
huelguístico por la división en creyentes y ateos. El anarquista, al predicar 
la guerra contra Dios a toda costa, ayudaría, de hecho, a los curas y a la 
burguesía (de la misma manera que los anarquistas ayudan siempre, de hecho, a 
la burguesía). El marxista debe ser materialista, o sea, enemigo de la 
religión; pero debe ser un materialista dialéctico, es decir, debe plantear la 
lucha contra la religión no en el terreno abstracto, puramente teórico, de 
prédica siempre igual, sino de modo concreto, sobre la base de la lucha de 
clases que se libra de hecho y que educa a las masas más que nada y mejor que 
nada. El marxista debe saber tener en cuenta toda la situación concreta, 
cncontrando siempre el límite entre el anarquismo y el oportunismo (este 
límite es relativo, móvil, variable, pero existe), y no caer en el 
"revolucionarismo" abstracto, verbal, y, en realidad, vacuo del anarquista, ni 
en el filisteísmo y el oportunismo del pequeño burgués o del intelectual liberal, 
que teme la lucha contra la religión, olvida esta tarea suya, se resigna con 
la fe en Dios y no se orienta por los intereses de la lucha de clases, sino 
por el mezquino y mísero cálculo de no ofender, no rechazar ni asustar, 
ateniéndose a la máxima ultrasabia de "vive y deja vivir a los demás", etc., 
etc. 
Desde este punto de vista hay que resolver todas las cuestiones parciales 
relativas a la actitud de la socialdemocracia ante la religión. Por ejemplo, 
se pregunta con frecuencia si un sacerdote puede ser miembro del Partido 
Socialdemócrata y, como regla general, se responde de modo afirmativo 
incondicional, invocando la experiencia de los partidos socialdemócratas 
europeos. Pero esta experiencia no es fruto únicamente de la aplicación de la 
doctrina marxista al movimiento obrero, sino también de las condiciones 
históricas especiales de Occidente, que no existen en Rusia (más adelante 
hablaremos de ellas); de modo que la respuesta afirmativa incondicional es, en 
este caso, errónea. No se puede declarar de una vez para siempre y para todas 
las situaciones que los sacerdotes no pueden ser miembros del Partido 
Socialdemócrata, pero tampoco se puede establecer de una vez para siempre la 
regla contraria. Si un sacerdote viene hacia nosotros para realizar una labor 
política conjunta y cumple con probidad el trabajo de partido, sin combatir el 
programa de éste, podemos admitirlo en las filas socialdemócratas: en tales 
condiciones, la contradicción entre el espíritu y los principios de nuestro 
programa, por un lado, y las convicciones religiosas del sacerdote, por otro, 
podría seguir siendo una contradicción personal suya, que sólo a él afectase, 
ya que una organización política no puede examinar a sus militantes para saber 
si no existe contradicción entre sus conceptos y el Programa del Partido. Pero, claro está, caso semejante podría ser una rara excepción 
incluso en Europa, mas en Rusia es ya muy poco probable. Y si, por ejemplo, un 
sacerdote ingresase en el Partido Socialdemócrata y empezase a realizar en él, 
como labor principal y casi única, la prédica activa de las concepciones 
religiosas, el Partido, sin duda, tendría que expulsarlo de sus filas. Debemos 
no sólo admitir, sino atraer sin falta al Partido Socialdemócrata a todos los 
obreros que conservan la fe en Dios; nos oponemos categóricamente a que se 
infiera la más mínima ofensa a sus creencias religiosas, pero los atraemos 
para educarlos en el espíritu de nuestro programa y no para que luchen 
activamente contra él. Admitimos dentro del Partido la libertad de opiniones, 
pero hasta ciertos límites, determinados por la libertad de agrupación: no 
estamos obligados a marchar hombro con hombro con los predicadores activos de 
opiniones que rechaza la mayoría del Partido. 
Otro ejemplo. ¿Se puede condenar por igual, en todas las circunstancias, a 
los militantes del Partido Socialdemócrata por declarar "El socialismo es mi 
religión" y por predicar opiniones en consonancia con semejante declaración? 
No. La desviación del marxismo (y, por consiguiente, del socialismo) es en 
este caso indudable; pero la importancia de esta desviación, su peso 
específico, por así decirlo, pueden ser diferentes en diferentes 
circunstancias. Una cosa es cuando el agitador, o la persona que interviene 
ante las masas obreras, habla así para que le comprendan mejor, para empezar 
su exposición o presentar con mayor claridad sus conceptos en los términos más 
usuales entre una masa poco culta. Pero otra cosa es cuando un escritor 
comienza a predicar la "construcción de Dios"[8] o el socialismo de los 
constructores de Dios (en espíritu, por ejemplo, de nuestros Lunacharski y 
Cía.). En la misma medida en que, en el primer caso, la condenación sería injusta e incluso una limitación inadecuada de la libertad del agitador, de la 
libertad de influencia "pedagógica", en el segundo caso, la condenación por 
parte del Partido es indispensable y obligada. Para unos, la tesis de que "el 
socialismo es una religión" es una forma de pasar de la religión al 
socialismo; para otros, del socialismo a la reiigión. 
Analicemos ahora las condiciones que han engendrado en Occidente la 
interpretación oportunista de la tesis "Declarar la religión un asunto 
privado". En ello han influido, naturalmente, las causas comunes que engendran 
el oportunismo en general como sacrificio de los intereses fundamentales del 
movimiento obrero en aras de las ventajas momentáneas. El Partido del 
proletariado exige del Estado que declare la religión un asunto privado; pero 
no considera, ni mucho menos, "asunto privado" la lucha contra el opio del 
pueblo, la lucha contra las supersticiones religiosas, etc. ¡Los oportunistas 
tergiversan la cuestión como si el Partido Socialdemócrata considerase la 
religión un asunto privado! 
Pero, además de la habitual deformación oportunista (no explicada en 
absoluto durante los debates que sostuvo nuestra minoría de la Duma al 
analizarse la intervención sobre la religión), existen condiciones históricas 
especiales que han suscitado, si se me permite la expresión, la excesiva 
indiferencia actual de los socialdemócratas europeos ante la cuestión 
religiosa. Son condiciones de dos géneros. Primero, la tarea de la lucha 
contra la religión es históricamente una tarea de la burguesía revolucionaria, 
y la democracia burgue sa de Occidente, en la época de sus revoluciones o de 
sus ataques al feudalismo y al espíritu medieval, la cumplió (o cumplía) en 
grado considerable. Tanto en Francia como en Alemania existe la tradición de 
la guerra burguesa contra la religión, guerra iniciada mucho antes de aparecer 
el socialismo (los enciclopedistas, Feuerbach). En Rusia, de acuerdo con las condiciones de 
nuestra revolución democráticoburguesa, también esta tarea recae casi por 
entero sobre los hombros de la clase obrera. En nuestro país, la democracia 
pequeñoburguesa (populista) no ha hecho mucho al respecto (como creen los 
kadetes centurionegristas de nuevo cuño o los centurionegristas kadetes de 
Veji [9]), sino demasiado poco en comparación con Europa. 
Por otra parte, la tradición de la guerra burguesa contra la religión creó 
en Europa una deformación específicamente burguesa de esta guerra por parte 
del anarquismo, el cual, como han explicado hace ya mucho y reiteradas veces 
los marxistas, se sitúa en el terreno de la concepción burguesa del mundo, a 
pesar de toda la "furia" de sus ataques a la burguesía. Los anarquistas y los 
blanquistas en los países latinos, Most (que, dicho sea de paso, fue discípulo 
de Dühring) y Cía. en Alemania y los anarquistas de la década del 80 en 
Austria llevaron hasta el nec plus ultra la frase revolucionaria en su lucha 
contra la religión. No es de extrañar que, ahora, los socialdemócratas 
europeos caigan en el extremo opuesto de los anarquistas. Esto es comprensible 
y, en cierto modo, legítimo; pero nosotros, los socialdemócratas rusos, no 
pode mos olvidar las condiciones históricas especiales de Occidente. 
Segundo, en Occidente, después de haber terminado las revoluciones 
burguesas nacionales, después de haber sido implantada la libertad de 
conciencia más o menos completa, la cuestión de la lucha democrática contra la 
religión quedó tan relegada históricamente a segundo plano por la lucha de la 
democracia burguesa contra el socialismo, que los gobiernos burgueses 
intentaron conscientemente desviar la atención de las masas del socialismo, 
organizando "cruzadas" quasi-liberales contra el clericalismo. Este carácter tenían también el Kulturkampf 
en Alemania y la lucha de los republicanos burgueses de Francia contra el 
clericalismo. El anticlericalismo burgués, como medio de desviar la atención 
de las masas obreras del socialismo, precedió en Occidente a la difusión entre 
los socialdemócratas de su actual "indiferencia" ante la lucha contra la 
religión. Y también esto es comprensible y legítimo, pues los socialdemócratas 
debían oponer al anticlericalismo burgués y bismarckiano precisamente la 
subordinación de la lucha contra la religión a la lucha por el socialismo. 
En Rusia, las condiciones son completamente distintas. El proletariado es 
el dirigente de nuestra revolución democráticoburguesa. Su partido debe ser el 
dirigente ideológico en la lucha contra todo lo medieval, incluidos la vieja 
religión oficial y todos los intentos de renovarla o fundamentarla de nuevo o 
sobre una base distinta, etc. Por eso, si Engels corregía con relativa 
suavidad el oportunismo de los socialdemócratas alemanes -- que habían 
sustituido la reivindicación del partido obrero de que el Estado declarase la 
religión un asunto privado, declarando ellos mismos la religión como asunto 
privado para los propios socialdemócratas y para el Partido Socialdemócrata 
--, es lógico que la aceptación de esta tergiversación alemana por los 
oportunistas rusos merecería una condenación cien veces más dura por parte de 
Engels. 
Al declarar desde la tribuna de la Duma que la religión es el opio del 
pueblo, nuestra minoría procedió de modo completamente justo, sentando con 
ello un precedente que deberá servir de base para todas las manifestaciones de 
los socialdemócratas rusos acerca de la religión. ¿Debería haberse ido más 
lejos, desarrollando con mayor detalle las conclusiones ateas? Creemos que no. 
Eso podría haber acarreado la amenaza de que el partido político del proletariado hiperbolizase la lucha 
antirreligiosa; eso podría haber conducido a borrar la línea divisoria entre 
la lucha burguesa y la lucha socialista contra la religión. La primera tarea 
que debía cumplir la minoría socialdemócrata en la Duma centurionegrista fue 
cumplida con honor. 
La segunda tarea, y quizá la principal para los socialdemócratas -- 
explicar el papel de clase que desempeñan la Iglesia y el clero al apoyar al 
gobierno centurionegrista y a la burguesía en su lucha contra la clase obrera 
--, fue cumplida también con honor. Es claro que sobre este tema podría 
decirse mucho más, y las intervenciones posteriores de los socialdemócratas 
sabrán completar el discurso del camarada Surkov; sin embargo, su discurso fue 
magnífico y su difusión por todas nuestras organizaciones es un deber directo 
del Partido. 
La tercera tarea consistía en explicar con toda minuciosidad el sentido 
justo de la tesis que con tanta frecuencia deforman los oportunistas alemanes: 
"declarar la religión un asunto privado". Por desgracia, el camarada Surkov no 
lo hizo. Esto es tanto más de lamentar por cuanto, en la actividad anterior de 
la minoría, el camarada Beloúsov cometió un error en esta cuestión, que fue 
señalado oportunamente en Proletari. Los debates en la minoría demuestran que 
la discusión en torno al ateísmo le impidió ver el problema de cómo exponer 
correctamente la famosa reivindicación de declarar la religión un asunto 
privado. No acusaremos sólo al camarada Surkov de este error de toda la 
minoría. Más aún: reconocemos francamente que la culpa corresponde a todo el 
Partido por no haber explicado en grado suficiente esta cuestión, por no haber 
inculcado suficientemente en la conciencia de los socialdemócratas el 
significado de la observación de Engels a los oportunistas alemanes. Los debates en la minoría demuestran que 
eso fue, precisamente, una comprensión confusa de la cuestión y no falta de 
deseos de atenerse a la doctrina de Marx, por lo que estamos seguros de que 
este error será subsanado en las intervenciones subsiguientes de la minoría. 
En resumidas cuentas, repetimos que el discurso del camarada Surkov es 
magnífico y debe ser difundido por todas las organizaciones. Al discutir el 
contenido de este discurso, la minoría ha demostrado que cumple a conciencia 
con su deber socialdemócrata. Nos resta desear que en la prensa del Partido 
aparezcan con mayor frecuencia informaciones acerca de los debates en el seno 
de la minoría, a fin de aproximar ésta al Partido, de darle a conocer la 
intensa labor que efectúa la minoría y de establecer la unidad ideológica en 
la actuación de uno y otra. 

NOTAS

[1] Véase C. Marx, "Introducción a La crítica de la filosofía de derecho 
de Hegel ". (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. I.)

[2] Véase F. Engels, "La literatura de emigrado". (C. Marx y F. Engels, 
Obras Completas, t. XVIII.)

[3] Se alude a Kulturkampf ("Lucha por la cultura") que era como llamaban 
los burgueses liberales al conjunto de medidas legales adoptadas en la década 
del 70 del siglo XIX, por el gobierno de Bismarck bajo el rótulo de la lucha 
por una cultura laica y con miras a oponerse a la iglesia católica y al 
partido del "Centro", los que brindaban apoyo a las tendencias separatistas de 
los terratenientes y la burguesía de los Estados pequeños y medianos de 
Suroeste de Alemania. La política de Bismarck también apuntaba a desviar de la 
lucha de clases a una parte de la clase obrera mediante la incitación al 
fanatismo religioso. En la década del 80, a fin de amalgamar a las fuerzas 
reaccionarias, Bismarck derogó gran parte de estas medidas.

[4] Véase F. Engels, Anti-Duhring, parte tercera, V. El Estado, la familia 
y la educación.

[5] El Programa de Erfurt, de la socialdemocracia alemana, fue aprobado en 
octubre de 1891 en el congreso de Erfurt para sustituir el Programa de Gotha 
de 1875, y significó un paso adelante con respecto a este último porque en el 
se rechazaba las exigencias lassalleanas. Sin embargo, también contenia graves 
errores; no trataba de la teoría de dictadura del proletariado, de las 
exigencias de derrocar la monarquía y fundar república democrática. En junio 
de 1891, Engels criticó el proyecto de este programa. (C. Marx y F. Engels, 
"La critica del proyecto del programa del Partido Socialdemocrático de 1891", Obras Completas, t. 
XXII.) 

[6] Se alude a la "Introducción" de F. Engels al folleto de C. Marx La 
guerra civil en Francia, 3a edición alemana. 

[7] Enciclopedistas: grupo de ideologo-civilizadores franceses del siglo 
XVIII, que se unieron para publicar la Encyclopédie ou dictionnaire reissonné 
des sciences, des arts et des métiers (1751-1780) y por eso se denominan así. 
Su organizador y editor en jefe fue Denis Diderot. Los enciclopedistas estaban 
categóricamente en contra de la iglesia católica, la escolástica y el 
privilegio del sistema feudal, y desempeñaron un papel nada insignificante en 
la preparación ideológica de la revolución burguesa en la Francia de fines del 
siglo XVIII. 

[8] Construcción de Dios: corriente religioso-filosófica hostil al 
marxismo, aparecida en el período de la reacción stolipiniana entre una parte 
de los intelectuales del Partido, que se desviaron del marxismo después de la 
derrota de la revolución de 1905-1907. 
Los constructores de Dios (Lunacharski, Bazárov y otros) predicaban la 
creación de una religión nueva, "socialista", trataban de reconciliar el 
marxismo con la religión. En un tiempo, M. Gorki se adhirió a ellos. La 
reunión de la redacción ampliada de Proletari condenó dicha corriente y en una 
resolución especial declaró que la fracción bolchevique no tenía nada de común 
"con semejante tergiversación del socialismo científico". 

[9] Veji ("Jalones"): recopilacion de los kadetes; apareció en Moscú en la 
primavera de 1909 con artículos de N. Berdiáev, S. Bulgákov, P. Struve, M. 
Guerchenzon y otros representantes de la burguesía liberal 
contrarrevolucionaria. En los artículos sobre los intelectuales rusos, los 
"vejistas" trataban de difamar las tradiciones democrático-revolucionarias de 
Rusia, denigraban el movimiento revolucionario de 1905 y daban las gracias al 
gobierno zarista por haber salvado a la burguesía "con sus bayonetas y 
cárceles". La recopilacion exhortaba a los intelectuales a ponerse al servicio 
de la autocracia. Lenin comparaba el programa de Veji tanto en filosofía como 
en ensayos con el de Moskovskie Viédomosti, periódico centurionegrista, 
llamaba la recopilación "enciclopedia de la apostasia liberal ", que "es un 
continuo torrente de lodo reaccionario, vertido sobre la democracia."