Ya en más de una ocasión, a lo largo del año transcurrido (1908), nos ha tocado hablar de la situación actual y de las corrientes en la democracia burguesa de Rusia. Hemos señalado el intento de restablecer la «Unión de la Liberación» con la participación de los trudoviques («Proletari» núm. 32)[57]; hemos caracterizado el democratismo del campesinado y de los representantes campesinos en el problema agrario y otras cuestiones («Proletari» núms. 21 y 40)[58]; hemos descrito, a partir del periódico «Pensamiento Revolucionario», la pasmosa insensatez de la fracción de los socialistas-revolucionarios que se tiene a sí misma por particularmente revolucionaria («Proletari» núm. 32). Para completar el cuadro es necesario ahora detenerse en la literatura oficial del partido de los socialistas-revolucionarios. En el año 1908 han aparecido cuatro números de «Znamia Trudá» (números 9 a 13; el número 10-11 es doble)[59] y un «Comunicado» especial del CC del partido de los eseres sobre la I Conferencia del Partido y el IV Consejo del Partido, celebrados en el extranjero en agosto{133}. Detengámonos en este material.

«El partido debía –dice el CC del partido de los eseres en el “Comunicado”– hacer el balance de aquel período de la gran revolución rusa, ya concluido, durante el cual el principal y con frecuencia casi el exclusivo protagonista fue el proletariado urbano». Esto está muy bien dicho. Esto está dicho, para los eseres, con una veracidad extraordinaria. Pero lean cinco líneas más abajo: «El triunfo de la contrarrevolución no ha hecho más que confirmar de manera palpable aquella verdad, indiscutible para nosotros desde el comienzo, de que la revolución rusa triunfante será obra de una poderosa alianza de las fuerzas del proletariado urbano con las fuerzas del campesinado trabajador, o no será. Esta alianza ha existido por el momento en la idea, encarnándose en el programa social-revolucionario formulado por la vida rusa. Apenas ha empezado a encarnarse en la vida. Su nueva encarnación en el futuro…»

¡Miren ustedes cuánto le duró la veracidad a los eseres! Todo aquel que haya oído siquiera de refilón algo sobre los programas de los eseres y de los socialdemócratas sabe que la diferencia radical entre estos programas es la siguiente: 1) Los socialdemócratas declaraban que la revolución rusa era una revolución burguesa; los socialistas-revolucionarios lo negaban. 2) Los socialdemócratas afirmaban que el proletariado y el campesinado son clases distintas de la sociedad capitalista (o semifeudal, semicapitalista); que el campesinado es una clase de pequeños propietarios que puede «golpear juntos» a los terratenientes y a la autocracia, estando «del mismo lado de la barricada» que el proletario en la revolución burguesa, puede en esta revolución, en uno u otro caso, ir en «alianza» con el proletariado, siendo una clase completamente distinta de la sociedad capitalista. Los eseres negaban esto. La idea fundamental de su programa no consistía en absoluto en que sea necesaria una «alianza de fuerzas» del proletariado y del campesinado, sino en que no existe un abismo de clase entre uno y otro, en que no es necesario trazar una línea clasista entre ellos, en que la idea socialdemócrata sobre el carácter pequeñoburgués del campesinado, a diferencia del proletariado, es radicalmente falsa.

Y ahora, los señores eseres emborronan estas dos diferencias radicales entre el programa socialdemócrata y el eserista ¡por medio de frases melosas y almibaradas! El balance de la revolución lo hacen los señores eseres como si no hubiera habido ni revolución ni programa eserista. Hubo, dignísimos señores, un programa eserista, cuya completa diferencia respecto del programa socialdemócrata en su parte fundamental, teórica, está construida sobre la negación del carácter pequeñoburgués del campesinado, sobre la negación de la línea de clase entre el campesinado y el proletariado. Hubo, dignísimos señores, una revolución, cuya lección fundamental consiste en que el campesinado, con sus acciones abiertas de masas, puso de manifiesto su naturaleza de clase, distinta de la del proletariado, mostró su carácter pequeñoburgués.

¿Hacen ustedes como si no lo hubieran notado? Lo ven, pero tratan de sacudirse la desagradable realidad que la revolución puso al descubierto. Ustedes actuaron con los trudoviques no «en alianza», sino en fusión indisoluble con ellos y, además, en momentos tan culminantes, cuando la revolución abierta alcanzó su apogeo –en el otoño de 1905 y en el verano de 1906–. Los órganos de prensa legales eran entonces eserista-trudoviques. Incluso después de la escisión de los trudoviques y los socialistas populares, ustedes iban no en alianza, sino en bloque, es decir, casi fundidos con ellos en las elecciones a la II Duma y en la propia II Duma. Su propio programa, a diferencia del de los trudoviques y los eneses, sufrió una derrota en todas las intervenciones abiertas y verdaderamente de masas de los representantes del campesinado. Tanto en la I como en la II Duma, la aplastante mayoría de los diputados campesinos adoptó el programa agrario de los trudoviques, y no el de los eseres. Los propios eseres, en sus publicaciones puramente eseristas, a partir de finales de 1906, se vieron obligados a reconocer el carácter pequeñoburgués de los trudoviques como tendencia política, a reconocer que en el trasfondo de esta tendencia se manifiestan los «instintos propietarios» de los pequeños propietarios (ver artículos dirigidos contra los socialistas populares por el señor Vijliáiev y otros eseres).

Cabe preguntarse: ¿a quién quieren engañar los eseres al hacer el «balance» de la revolución ocultando el balance fundamental y principal?

¿Por qué el campesinado, durante la revolución, se constituyó en un partido (o grupo) político especial, el de los trudoviques? ¿Por qué precisamente los trudoviques, y no los eseres, se convirtieron durante la revolución en el partido de las masas campesinas? Si los señores eseres piensan que ello fue una casualidad, entonces no hay nada que hablar ni de balances ni de programa alguno en general, pues en ese caso se coloca el caos en el lugar de todos los balances y de todo programa. Si no es una casualidad, sino resultado de las relaciones económicas fundamentales en la sociedad actual, entonces el punto principal y radical del programa de los socialdemócratas rusos ha sido demostrado por la historia. La revolución trazó en la práctica aquella línea de clase entre el campesinado y el proletariado que nosotros, los socialdemócratas, siempre trazamos en la teoría. La revolución demostró de manera definitiva que el partido que desea ser un partido de masas en Rusia, un partido de clase, debe ser o bien socialdemócrata o trudovique, pues las propias masas, con sus intervenciones abiertas en los momentos más importantes y agudos, diseñaron plenamente precisamente estas dos y solo estas dos tendencias. Los grupos intermedios, como mostraron los acontecimientos de 1905-1907, no pudieron fundirse con las masas ni una sola vez ni en nada. Con esto queda demostrado también el carácter burgués de nuestra revolución. Ningún historiador, ningún político en su sano juicio estará en condiciones ya de negar la división radical de las fuerzas políticas de Rusia en proletariado socialista y campesinado democrático pequeñoburgués.

«La alianza de fuerzas del proletariado urbano y del campesinado trabajador… ha existido por el momento en la idea». Esta es una frase confusa y embustera de cabo a rabo. La alianza de fuerzas del proletariado y del campesinado no «existía en la idea» ni «apenas empezaba a encarnarse en la vida», sino que caracterizó todo el primer período de la revolución rusa, todos los grandes acontecimientos de 1905-1907. La huelga de octubre y la insurrección de diciembre, por un lado, y las insurrecciones campesinas en las localidades y los levantamientos de soldados y marineros, por otro, fueron precisamente la «alianza de fuerzas» del proletariado y del campesinado. Esta alianza fue espontánea, no formalizada, frecuentemente inconsciente. Estas fuerzas no estaban suficientemente organizadas, estaban dispersas, carecían de una dirección realmente rectora centralizada, etc., pero el hecho de la «alianza de fuerzas» del proletariado y del campesinado como fuerzas principales que abrieron una brecha en la vieja autocracia es indiscutible. Sin comprender este hecho, no se puede comprender nada en los «balances» de la revolución rusa. La falsedad de la conclusión de los eseres consiste aquí en que hablan de campesinado trabajador en lugar de decir: campesinado trudovique. Esta pequeña, esta insignificante diferencia, que parece completamente imperceptible, determina en realidad precisamente el abismo entre los sueños prerrevolucionarios de los eseres y la realidad que la revolución demostró definitivamente.

Los eseres siempre hablaron de campesinado trabajador. La revolución definió la fisonomía política del campesinado ruso contemporáneo como la tendencia de los trudoviques. ¿Acaso los eseres resultaron tener razón, al parecer? Pero ahí radica la ironía de la historia: la historia conservó y eternizó el término eserista, llenando aquello que corresponde en la realidad a este término, precisamente con el contenido que predecían los socialdemócratas. La historia de la revolución repartió entre nosotros y los eseres la cuestión en disputa sobre el carácter pequeñoburgués del campesinado trabajador: a los eseres, la historia les dio la palabra; a nosotros, la esencia del asunto. Los campesinos trabajadores cantados por los eseres antes de la revolución resultaron ser en la revolución unos trudoviques de los cuales los eseres ¡tuvieron que renegar! En cambio, nosotros, los socialdemócratas, podemos y debemos demostrar el carácter pequeñoburgués del campesinado ahora no solo mediante el análisis realizado en «El Capital» de Marx{134}, no solo con referencias al «Programa de Erfurt»{135}, no solo con los datos de las investigaciones económicas populistas y de la estadística de los zemstvos, sino con la conducta del campesinado en la revolución rusa en general y, en particular, con los hechos relativos a la composición y la actividad de los trudoviques.

No. No tenemos nada de qué quejarnos acerca de cómo la historia repartió entre nosotros y los eseres.

«Si los otzovistas –dice “Znamia Trudá” en su núm. 13, pág. 3– consiguieran devolver a la socialdemocracia a sus posiciones combativas extremas, nosotros nos veríamos privados de una cierta parte de agradecido material para la polémica, pero adquiriríamos un colaborador en la táctica combativa consecuente». Y un par de líneas más arriba: «La causa de la lucha por la libertad y el socialismo solo saldría ganando si también entre los kadetes y entre los socialdemócratas se impusiera la corriente de izquierda».

¡Muy bien, señores eseres! Ustedes quieren acariciar a nuestros «otzovistas» y a nuestros «izquierdistas». Permítannos entonces responder a la caricia con caricia. Permítannos también a nosotros aprovechar el «agradecido material para la polémica».

«Que toda una serie de partidos, hasta los kadetes, los trudoviques y los socialdemócratas, apoyen con su participación en la Duma de cartón y de opereta la ficción del régimen constitucional» («Znamia Trudá», ibídem).

Así pues, la III Duma es una Duma de cartón. Esta sola frase basta con creces para poner al descubierto el abismo de ignorancia de los señores eseres. La III Duma, dignísimos señores dirigentes del órgano central eserista, es mucho menos una institución de cartón de lo que lo fueron la I y la II. Al no comprender esta cosa tan simple, confirman ustedes una vez más lo que dijimos sobre ustedes en el número de «Proletari» en el artículo «El cretinismo parlamentario al revés»{136}. Repiten ustedes enteramente el prejuicio habitual de la democracia burguesa vulgar, que se convence a sí misma y a los demás de que las Dumas malas y reaccionarias son instituciones de cartón, mientras que las Dumas buenas y progresistas no lo son.

En realidad, la I y la II Dumas fueron espadas de cartón en manos de la intelectualidad liberal-burguesa, que quería amedrentar a la autocracia con la revolución. La III Duma no es una espada de cartón, sino una espada verdadera en manos de la autocracia y la contrarrevolución. La I y la II Dumas son Dumas de cartón porque sus decisiones no correspondían a la distribución real de la fuerza material en la lucha de las clases sociales y quedaban en palabras vacías. La importancia de esas dos Dumas reside en que, tras la primera fila de farsantes constitucionales kadetes, se veían con claridad los verdaderos representantes de aquel campesinado democrático y de aquel proletariado socialista que realmente hacían la revolución, golpeaban al enemigo en la lucha de masas abierta, pero no acertaban aún a rematarlo. La III Duma no es una Duma de cartón, porque sus decisiones corresponden a la distribución real de la fuerza material durante la victoria temporal de la contrarrevolución y, por lo tanto, no se quedan en palabras, sino que se llevan a la práctica. La importancia de esta Duma consiste en que ha dado a todos los elementos del pueblo políticamente no desarrollados una lección palmariamente evidente, que muestra la correlación entre las instituciones representativas y la posesión real del poder estatal. Las instituciones representativas, por muy «progresistas» que sean, están condenadas a seguir siendo de cartón mientras las clases representadas en ellas no posean el poder estatal real. Las instituciones representativas, por muy reaccionarias que sean, no serán de cartón cuando el poder estatal real se encuentre en manos de las clases que en ellas están representadas.

Llamar a la III Duma Duma de cartón y de opereta es un modelo de aquella extrema insensatez, de aquel desenfreno de la frase revolucionaria vacía que hace ya tiempo se convirtió en el rasgo distintivo específico y en la propiedad fundamental del partido de los eseres.

Pero sigamos adelante. ¿Es cierto que la III Duma es una «ficción del régimen constitucional»? No, no es cierto. Decir tales cosas en un órgano dirigente solo pueden hacerlo personas que desconocen el abecé que enseñó Lassalle hace casi medio siglo{137}. ¿En qué consiste la esencia de la constitución, estimadísimos miembros de un círculo de propaganda de nivel ínfimo, círculo que se denomina partido de los eseres? ¿Acaso consiste en que con la constitución hay «más libertad» y al «pueblo trabajador» le es más fácil vivir que sin constitución? No, así piensan solo los demócratas vulgares. La esencia de la constitución consiste en que las leyes fundamentales del Estado en general y las leyes relativas al derecho electoral a las instituciones representativas, a su competencia, etc., expresan la correlación real de fuerzas en la lucha de clases. Una constitución es ficticia cuando la ley y la realidad divergen; no es ficticia cuando convergen. En la Rusia de la época de la III Duma, la constitución es menos ficticia que en la Rusia de la época de la I y la II Duma. Si a ustedes les indigna esta conclusión, señores «socialistas»-«revolucionarios», ello se debe a que no comprenden ni la esencia de la constitución ni la diferencia entre su carácter ficticio y su carácter de clase. Una constitución puede ser de las centurias negras, terrateniente, reaccionaria y, al mismo tiempo, menos ficticia que otra constitución «liberal».

La desgracia de los eseres está en que no conocen ni el materialismo histórico ni el método dialéctico de Marx, y siguen estando enteramente cautivos de las ideas vulgares democrático-burguesas. La constitución no es para ellos un nuevo palenque, una nueva forma de la lucha de clases, sino un bien abstracto, semejante a la «legalidad», el «orden jurídico», el «bien común» de los profesores liberales, etc., etc. En realidad, tanto la autocracia como la monarquía constitucional y la república no son más que diferentes formas de la lucha de clases, y la dialéctica de la historia es tal que, por un lado, cada una de estas formas pasa por distintas etapas de desarrollo de su contenido clasista, y por otro lado, el paso de una forma a otra no elimina en absoluto (por sí mismo) el dominio de las anteriores clases explotadoras bajo una envoltura distinta. Por ejemplo, la autocracia rusa del siglo XVII, con la Duma de los boyardos y la aristocracia boyarda, no se parece a la autocracia del siglo XVIII con su burocracia, sus estamentos de servicio, con períodos aislados de «absolutismo ilustrado», y de ambas se distingue netamente la autocracia del siglo XIX, forzada «desde arriba» a emancipar a los campesinos arruinándolos, abriendo el camino al capitalismo e introduciendo los inicios de instituciones representativas locales de la burguesía. En el siglo XX también esta última forma de autocracia semifeudal, semipatriarcal, se ha agotado. El paso a las instituciones representativas de escala nacional se convirtió en una necesidad bajo la influencia del crecimiento del capitalismo, del fortalecimiento de la burguesía, etc. La lucha revolucionaria de 1905 se agudizó particularmente por la cuestión de quién y cómo convocaría la primera institución representativa de toda Rusia. La derrota de diciembre decidió esta cuestión a favor de la vieja monarquía, y en tales condiciones no podía existir otra constitución que la centurianegrista-octubrista.

En el nuevo palenque, en las instituciones de la monarquía bonapartista, en una fase más elevada del desarrollo político, la lucha comienza de nuevo con la eliminación del enemigo anterior, la autocracia centurianegrista. ¿Puede un partido socialista, en esta lucha, renunciar a utilizar las nuevas instituciones representativas? Los eseres no supieron ni siquiera plantear esta cuestión; se limitan a frases y nada más que frases. Sigan escuchando:

«Ahora no tenemos vías parlamentarias de lucha; solo hay vías extraparlamentarias. Esta convicción debe ser arraigada en todas partes, y es necesaria una lucha implacable contra todo lo que obstaculice tal arraigo. ¡Concentrémonos en los medios extraparlamentarios de lucha!»

La argumentación de los eseres está construida sobre el famoso método subjetivo en sociología. Arraiguemos la convicción y asunto concluido. De que las convicciones acerca de si existen o no tales o cuales vías de lucha deben ser verificadas con datos objetivos, los subjetivistas no se preocupan. Pero echemos una ojeada al «Comunicado» y a las resoluciones de la conferencia de los eseres; leemos: «… la calma sombría del difícil momento que atravesamos o, más exactamente, de la atonía» (pág. 4)… «la cohesión de las fuerzas sociales reaccionarias»… «el hecho del encadenamiento de la energía popular de masas»… «en la intelectualidad, como parte más impresionable de la población, se nota un exceso de fatiga, una dispersión ideológica y un reflujo de fuerzas respecto de la lucha revolucionaria» (pág. 6), etc., etc. «En vista de ello, el partido de los eseres debe… b) adoptar una actitud negativa, por consideraciones tácticas, hacia los proyectos de acciones parciales de masas en las cuales, según las condiciones del momento actual, puede producirse un derroche estéril de la energía popular» (pág. 7).

¿En quiénes ese «nosotros» que «solo tienen vías extraparlamentarias de lucha»? Está claro que en un grupúsculo de terroristas, pues todas las frases copiadas no señalan que «nosotros» tengamos lucha de masas. «El hecho del encadenamiento de la energía popular de masas» y «concentrarse en los medios extraparlamentarios de lucha»: esta simple yuxtaposición nos muestra una vez más ¡cuánta verdad histórica había en la denominación de los eseres como aventureros revolucionarios![60] ¿Acaso no es aventurerismo cuando, por amor a una palabra retumbante, se habla de concentrarse en medios de lucha para los cuales ellos mismos reconocen que la masa no está ahora en condiciones? ¿Acaso no es esta la vieja, archivistísima psicología de la desesperación intelectualista?

«Concentrémonos en los medios extraparlamentarios de lucha». Esta consigna fue justa en uno de los períodos más notables de la revolución rusa, en el otoño de 1905. Al repetirla ahora sin crítica, los eseres actúan como aquel héroe del cuento popular que gritaba con celo… siempre fuera de lugar. No han comprendido ustedes, amables, por qué la consigna del boicot fue justa en el otoño de 1905 y, al repetirla sin crítica, sin sentido, como una palabra aprendida, en el momento actual, ponen ustedes de manifiesto no un revolucionarismo, sino el más vulgar «tontismo».

En el otoño de 1905, ninguna persona hablaba del «hecho del encadenamiento de la energía popular de masas». Al contrario, todos los partidos reconocían que la energía de masas bullía a borbotones. En semejante momento, el viejo poder ofrece un parlamento consultivo, deseando claramente dividir y, aunque sea por un minuto, calmar las fuerzas en ebullición. «Concentrémonos en los medios extraparlamentarios de lucha». Entonces esta consigna no era una frase de un puñado de charlatanes, sino la llamada de hombres que en la práctica estaban al frente de la muchedumbre, al frente de millones de luchadores obreros y campesinos. Al apoyar esta llamada, los millones mostraron que la consigna era objetivamente justa, que no expresaba solo las «convicciones» de un puñado de revolucionarios, sino la situación real, el estado de ánimo y la iniciativa de las masas. Repetir esta consigna a la par del reconocimiento del «hecho del encadenamiento de la energía popular de masas» solo pueden hacerlo políticos ridículos.

Y, ya que hemos rozado lo ridículo, no podemos dejar de aducir la siguiente perla de «Znamia Trudá»: «Dejémosle (al gobierno) en la Duma a solas con los “negros” y con el partido de la última disposición gubernamental, y créannos, si alguna vez estas arañas son capaces de empezar a comerse unas a otras, será precisamente en tal situación…» Este «créannos» es tan incomparablemente gracioso que desarma por completo al adversario. «Créannos», lector, que los editoriales de «Znamia Trudá» los escribe realmente una inocente colegiala eserista, que cree sinceramente que «las arañas» empezarán a «comerse unas a otras» cuando la oposición abandone la III Duma.

La resolución aprobada por el Congreso de Londres sobre la actitud hacia los partidos no proletarios{138} provocó por parte de los mencheviques los más encarnizados ataques en aquella parte que se refiere a los kadetes. No mucho menos duros fueron sus ataques contra la parte que concierne a los partidos populistas o trudoviques. Los mencheviques se esforzaban en demostrar que nosotros transigimos con los eseres o silenciamos algunos pecados de los eseres, establecidos desde hace tiempo por los marxistas, etc. La fuente de todos estos afanes de los mencheviques era doble: por un lado, una divergencia fundamental de principios en la apreciación de la revolución rusa. Los mencheviques quieren obstinadamente que el proletariado la lleve a cabo junto con los kadetes, y no junto con el campesinado trudovique contra los kadetes. Por otro lado, los mencheviques no comprendieron cómo la intervención abierta de las masas y las clases en la revolución cambió la situación anterior y a menudo el carácter anterior de los partidos. Antes de la revolución, los eseres no eran más que un grupo de intelectuales de tendencia populista. ¿Seguiría siendo justa esa caracterización después de la revolución e incluso después de 1906? Es evidente que no. Defender el punto de vista anterior en semejante formulación solo podrían hacerlo personas que nada han aprendido en la revolución.

La revolución demostró que este grupo de intelectuales de tendencia populista es el ala extrema izquierda de una corriente populista o trudovique extraordinariamente amplia e indiscutiblemente de masas, que expresó los intereses y el punto de vista del campesinado en la revolución burguesa rusa. Este hecho ha sido demostrado tanto por las insurrecciones campesinas como por la Unión Campesina, por el Grupo Trudovique en las tres Dumas y por la prensa libre de los eseres y los trudoviques. Esto es lo que no supieron comprender los mencheviques. Ellos examinan a los eseres de manera doctrinaria, es decir, como gentes de doctrina, que tienen en cuenta los errores de una doctrina ajena, pero no ven qué intereses reales de las masas reales, que impulsan la revolución democrático-burguesa, expresa o encubre esa doctrina. La doctrina eserista es nociva, errónea, reaccionaria, aventurerista, pequeñoburguesa –gritan los mencheviques– ni un paso más, ni una palabra más; todo lo que exceda de ello procede del Maligno.

Ahí empieza su error, decimos nosotros a los mencheviques. Es justo que la doctrina eserista es nociva, errónea, reaccionaria, aventurerista, pequeñoburguesa. Pero semejantes cualidades no impiden que esta doctrina quasi[61]-socialista sea la envoltura ideológica de una burguesía y una pequeña burguesía realmente revolucionarias y no conciliadoras en Rusia. Pues la doctrina de los eseres no es más que un riachuelo en la corriente trudovique, es decir, democrático-campesina. Tan pronto como comienza la lucha abierta de las masas y las clases, los acontecimientos obligan inmediatamente a todos nosotros, bolcheviques y mencheviques, a reconocerlo, permitiendo la participación de los eseres en los Soviets de diputados obreros, aproximándonos a los Soviets de diputados campesinos, de soldados, de correos y telégrafos, de ferroviarios, etc., participando en las elecciones en alianza con ellos contra los liberales, votando con ellos en las Dumas contra los liberales, etc. La revolución no refutó nuestra apreciación de los eseres, sino que la confirmó. Pero confirmó esta apreciación no dejando la cuestión en su estado y forma anteriores, sino trasladándola a un terreno incomparablemente más elevado: antes se trataba solo de comparar doctrinas e ideologías, de la política de grupúsculos; ahora se trata de comparar la actividad histórica de las clases y las masas que siguen esta u otra ideología afín. Antes solo se preguntaba: ¿es cierto lo que dicen los eseres? ¿Es justa la táctica de esta organización ideológica? Ahora la cuestión se ha planteado así: ¿cuál es en la práctica la conducta de aquellas capas del pueblo que se creen solidarias con los eseres o afines a sus ideas fundamentales («principio del trabajo», etc.)? El error de los mencheviques consiste en no comprender este cambio que la revolución produjo.

Pero este cambio, además del significado indicado, es extraordinariamente importante también porque mostró de manera patente la correlación entre las clases y los partidos. La lección de nuestra revolución consiste en que solo los partidos que se apoyan en clases determinadas son fuertes y se mantienen a flote en todos los virajes de los acontecimientos. La lucha política abierta obliga a los partidos a vincularse más estrechamente con las masas, pues sin tal vinculación los partidos no son nada. Los eseres son, desde el punto de vista formal, independientes de los trudoviques. En la práctica, en la revolución, se vieron obligados a ir juntos bajo la amenaza de desaparecer completamente de la escena política. Y se puede apostar a que, en el próximo ascenso revolucionario, los eseres se verán nuevamente obligados (por mucho que griten ahora sobre su completa independencia) a ir con los trudoviques o con organizaciones de masas semejantes a ellos. Las condiciones objetivas de la vida social y de la lucha de clases son más fuertes que los buenos deseos y los programas escritos. Desde este punto de vista –el único justo–, la discrepancia actual entre los trudoviques y los eseres no es más que la descomposición del movimiento pequeñoburgués, no es más que la falta de firmeza de los pequeños burgueses, que en las circunstancias difíciles no saben mantener su cohesión y «vagan dispersos». Por un lado, tenemos ante nosotros a los trudoviques: no organizados, vacilantes, oscilantes, desprovistos de toda orientación política sólida en la III Duma, pero surgidos indudablemente de la masa, vinculados a la masa y que expresan las demandas de la masa. Por otro lado, un puñado de «otzovistas» eseristas, que no tienen ninguna vinculación con la masa y se debaten presa de la desesperación, que pierden la fe en la lucha de masas (ver «Pensamiento Revolucionario») y se concentran en el terror. El oportunismo extremo de los trudoviques (desde el punto de vista de la situación del campesinado revolucionario) y el revolucionarismo extremo, puramente verbal e insensato de los eseres son dos limitaciones de una misma corriente pequeñoburguesa, «dos fluxiones» que expresan una misma «enfermedad»: la inestabilidad de la pequeña burguesía, su incapacidad para una lucha de masas sistemática, tenaz, firme y amistosa.

Sobre la táctica dumista de los partidos revolucionarios en el momento actual y, en particular, sobre el problema del otzovismo, esta circunstancia arroja una nueva luz. «Nosotros no tenemos vías parlamentarias de lucha», gritan los fanfarrones intelectuales eseristas. ¿Quiénes son ese «nosotros», señores? La intelectualidad sin masas nunca ha tenido ni nunca tendrá ni vías parlamentarias ni medios extraparlamentarios serios de lucha. ¿Y qué masas iban con ustedes o al lado de ustedes ayer, durante la revolución? El campesinado trudovique. ¿Es cierto que él «no tiene medios parlamentarios de lucha»? No es cierto. Miren los debates agrarios en la III Duma y verán que los trudoviques, indiscutiblemente, expresaron allí las demandas de las masas. Así pues, la retumbante frasecita de los eseres es mera fraseología vulgar, nada más. Las masas campesinas, en 1908, expresaron sus demandas en la tribuna de la Duma, y no lucharon «extraparlamentariamente». Este es un hecho del que no se podrán zafar con ningún chillido «izquierdista» ni con ningún gritito de frases otzovistas-eseristas.

¿Cuál es la causa de este hecho? ¿Acaso radica en que se debilitó «la convicción» sobre la preferibilidad de las vías extraparlamentarias? Tonterías. Radica en que las condiciones objetivas aún no suscitaron en este período una vasta efervescencia de las masas ni su intervención directa. Siendo esto así –y es indudablemente así–, la obligación de todo partido serio consistía en utilizar también las vías indirectas. ¿Qué resultado obtuvieron los eseres de su incapacidad para utilizarlas? Únicamente que los trudoviques hicieron su labor extremadamente mal, cometieron mil veces más errores de los que habrían cometido si un partido hubiera ejercido influencia sobre ellos, vacilaron y cayeron con extraordinaria frecuencia. Y los eseres, desprendidos de su clase, de sus masas, se «concentraron» en el fraseologismo, pues en la práctica, para los «medios extraparlamentarios de lucha», en 1908 no llevaron a cabo nada. Este desprendimiento de su raíz social lleva inmediatamente en los eseres a la agudización de su pecado original: la desmedida y desenfrenada fanfarronería, la jactancia que encubre la impotencia. «Nuestro partido puede felicitarse a sí mismo», leemos en la primera página del «Comunicado»… la elección a la conferencia estuvo a cargo de «organizaciones partidarias locales» (¡así somos nosotros!) «realmente existentes»… «en todas las cuestiones se alcanzó unidad de ánimo»… «aquello fue precisamente el logro de la unanimidad» (ibídem), etc.

Esto no es verdad, señores. Con este estrépito de palabras ocultan ustedes las discrepancias que afloraron plenamente tanto en «Pensamiento Revolucionario» (primavera de 1908) como en el núm. 13 de «Znamia Trudá» (noviembre de 1908){139}. Esta algarabía es un signo de debilidad. Tanto el oportunismo sin partido de los trudoviques como la jactancia «partidista», la falta de base y la fraseología de los eseres son dos caras de una misma moneda, dos extremos de la descomposición de una única capa pequeñoburguesa. No en vano durante la revolución, cuando la lucha puso al descubierto todos los matices, los eseres se pasaron todo el tiempo ocultando, sin poder ocultarla, su oscilación entre los eneses y los maximalistas.

El carro está en la cuneta. Los caballos se desengancharon. El postillón, sentado a horcajadas sobre un poste y con la gorra ladeada con aire altanero, se «felicita» a sí mismo por la «unanimidad». He aquí el cuadro del partido eserista. He aquí los resultados del otzovismo eserista, que ha retirado a un puñado de intelectuales hacia los gritos vacíos, apartándolos del trabajo pesado, tenaz, pero el único serio y fructífero, de educación y organización de las masas.

«Proletari» núm. 41, 7 (20) de enero de 1909.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».