La evaluación de la revolución rusa, es decir, de sus tres primeros años, figura en el orden del día. Sin esclarecer la naturaleza de clase de nuestros partidos políticos, sin tener en cuenta los intereses y la situación recíproca de las clases en nuestra revolución, no se puede dar ni un paso adelante en la determinación de las tareas inmediatas y de la táctica del proletariado. Y a uno de los intentos de realizar ese balance es al que pretendemos dedicar la atención de nuestros lectores en el presente artículo.

En el número 3 de *La Voz del Socialdemócrata*, F. Dan y G. Plejánov comparecen —uno con una evaluación sistemática de los resultados de la revolución; el otro, con conclusiones finales sobre la táctica del partido obrero. La evaluación de Dan se reduce a que las esperanzas en la dictadura del proletariado y el campesinado no podían menos que resultar una ilusión. «La posibilidad de una nueva y amplia acción revolucionaria del proletariado... está condicionada en grado considerable por la posición de la burguesía». «En las primeras etapas de éste [del nuevo ascenso] —mientras el ascenso del movimiento obrero revolucionario no remueva a la pequeña burguesía urbana y el desarrollo de la revolución urbana no encienda el incendio en la aldea—, comparecerán frente a frente, en calidad de principales fuerzas políticas, el proletariado y la burguesía».

Las conclusiones tácticas de esta clase de «verdades» quedan claramente sin ser formuladas por F. Dan. Evidentemente, le dio vergüenza añadir lo que por sí mismo se desprende de sus palabras: recomendar a la clase obrera la famosa táctica de los mencheviques: apoyar a la burguesía (recuérdense los bloques con los cadetes; el apoyo a la consigna del ministerio cadete; la Duma con plenos poderes de Plejánov, etc.). Pero Plejánov, en cambio, complementó a Dan, terminando su folletín del número 3 de *L. V. del S.* con estas palabras: «¡Bueno sería para Rusia que los marxistas rusos hubieran sabido evitar en 1905–1906 esos errores cometidos por Marx y Engels en Alemania hace más de medio siglo!» (a saber: la subestimación de la capacidad de desarrollo del capitalismo de entonces y la sobrestimación de la capacidad del proletariado para la acción revolucionaria).

Esto está más claro que claro. Dan y Plejánov intentan, con cautela, sin llamar directamente a las cosas por su nombre, justificar la política menchevique de supeditación del proletariado a los cadetes. Examinemos, pues, su «fundamentación teórica» de esta empresa.

Dan razona diciendo que «el movimiento campesino» depende del «crecimiento y desarrollo de la revolución urbana en su cauce burgués y en su cauce proletario». Por eso, al ascenso de la «revolución urbana» siguió el ascenso del movimiento campesino, en tanto que, con su decadencia, «los antagonismos internos de la aldea, momentáneamente sofocados por el ascenso de la revolución, volvieron a agudizarse», y «la política agraria gubernamental, la política de desunión del campesinado, etc., comenzó a gozar de un éxito relativo». De aquí la conclusión, ya citada por nosotros, de que en las primeras etapas del nuevo ascenso las principales fuerzas políticas serán el proletariado y la burguesía. «Esta situación —opina F. Dan— debe y puede ser aprovechada por el proletariado para un desarrollo de la revolución tal, que deje muy atrás el punto de partida de su nuevo ascenso y conduzca a la completa democratización de la sociedad bajo el signo (¡*sic*!) de una solución radical (!!) del problema agrario».

No es difícil ver que este razonamiento está construido por entero sobre una radical incomprensión del problema agrario en nuestra revolución, y que esta incomprensión se halla encubierta, harto mal, por frases baratas y vacías sobre «la completa democratización» «bajo el signo» de la «solución» del problema.

F. Dan piensa que «las esperanzas en la dictadura del proletariado y el campesinado» dependen y dependían de los prejuicios populistas, del olvido de los antagonismos internos de la aldea y del carácter individualista del movimiento campesino. Son éstos los puntos de vista mencheviques habituales y de todos conocidos desde hace tiempo. Pero difícilmente alguien haya exhibido hasta ahora de modo tan palmario todo su absurdo, como F. Dan en el artículo que examinamos. ¡El respetabilísimo publicista ha logrado no advertir que las dos «soluciones» del problema agrario contrapuestas por él corresponden al «carácter individualista del movimiento campesino»! En efecto, la solución stolypiniana, que, en opinión de Dan, goza de «éxito relativo», se basa en el individualismo de los campesinos. De esto no cabe duda. Y bien: ¿y la otra solución, la que F. Dan ha calificado de «radical» y vinculada a la «completa democratización de la sociedad»? ¿No cree el respetabilísimo Dan que ella no se basa en el individualismo de los campesinos?

La desgracia está, precisamente, en que Dan encubre con la frase vacua sobre «la completa democratización de la sociedad bajo el signo de una solución radical del problema agrario» una radical falta de reflexión. De manera inconsciente, como un ciego, tropieza con las dos «soluciones» del problema agrario objetivamente posibles y aún no elegidas definitivamente por la historia, sin ser capaz de representarse de un modo claro y preciso el carácter de ambas soluciones y las condiciones de una y de otra.

¿Por qué la política agraria stolypiniana puede gozar de un «éxito relativo»? Porque en nuestro campesinado, el desarrollo capitalista ha creado hace ya tiempo las clases antagónicas de la burguesía campesina y del proletariado campesino. ¿Es posible un éxito completo de la política agraria stolypiniana, y qué significa éste? Es posible si las circunstancias se combinan de modo excepcionalmente favorable a Stolypin, y significa la «solución» del problema agrario en la Rusia burguesa en el sentido de la consolidación definitiva (hasta la revolución proletaria) de la propiedad privada sobre toda la tierra, tanto la terrateniente como la campesina. Será ésta una «solución» de tipo prusiano, que asegura efectivamente el desarrollo capitalista de Rusia, pero de un modo increíblemente lento, que entrega durante largo tiempo el poder a los junkers, mil veces más penosa para el proletariado y el campesinado que la otra solución, objetivamente posible y también capitalista, «del problema agrario».

Dan, sin haber profundizado en el asunto, calificó esta otra solución de «radical». Palabreja barata y que no contiene ni un ápice de pensamiento. La solución stolypiniana es también muy radical, pues rompe radicalmente la vieja comuna rural y el viejo régimen agrario de Rusia. La diferencia real entre la solución campesina del problema agrario en la revolución burguesa rusa y la solución stolypiniano-cadete consiste en que la primera suprime incondicionalmente la propiedad territorial privada de los terratenientes, y, muy probablemente, también la campesina (de momento no tocaremos esta cuestión particular de la tierra campesina de asignación comunal, pues todo el razonamiento de Dan es falso incluso desde el punto de vista de nuestro actual programa agrario, «municipalizador»).

Cabe preguntar ahora: ¿es realmente posible, objetivamente, esta segunda solución? Indudablemente. Todos los marxistas que piensan están de acuerdo en esto, pues, de otro modo, el apoyo del proletariado a la aspiración de los pequeños propietarios de confiscar la gran propiedad sería un charlatanismo reaccionario. En ningún otro país capitalista, ningún marxista redactará un programa que apoye la aspiración campesina de confiscar la gran propiedad territorial. En Rusia, tanto los bolcheviques como los mencheviques están de acuerdo en cuanto a la necesidad de tal apoyo. ¿Por qué? Porque en Rusia es objetivamente posible otra vía de desarrollo agrario capitalista, no la «prusiana», sino la «americana», no la terrateniente-burguesa (o junker), sino la campesino-burguesa.

Stolypin y los cadetes, la autocracia y la burguesía, Nicolás II y Piotr Struve coinciden en que es necesario «sanear» de manera capitalista el caduco régimen agrario de Rusia mediante la conservación de la propiedad terrateniente de la tierra. Discrepan únicamente en el modo de conservarla mejor y en qué medida conservarla.

Los obreros y los campesinos, los socialdemócratas y los populistas (incluidos trudovikí, socialistas populistas, socialrevolucionarios) coinciden en que es necesario «sanear» de manera capitalista el caduco régimen agrario de Rusia mediante la supresión violenta de la propiedad terrateniente de la tierra. Discrepan en que los socialdemócratas comprenden el carácter capitalista, en la sociedad actual, de toda revolución agraria, por radicalísima que sea, así como de la municipalización, de la nacionalización, de la socialización y del reparto, mientras que los populistas no lo comprenden y envuelven con frases pequeñoburguesas y utópicas sobre la igualación su lucha en pro de una evolución agraria campesino-burguesa contra una evolución terrateniente-burguesa.

Toda la confusión y toda la falta de reflexión de F. Dan dependen de que no ha comprendido de un modo radical la base económica de la revolución burguesa rusa. Por encima de las discrepancias entre el socialismo marxista y el socialismo pequeñoburgués en Rusia acerca del contenido y la importancia económicos de la lucha de los campesinos por la tierra en la presente revolución, él «no advirtió» la lucha de las fuerzas sociales reales por una u otra vía de la evolución capitalista agraria objetivamente posible. Y él encubrió esta completa incomprensión suya con frases acerca del «éxito relativo» de Stolypin y de «la completa democratización de la sociedad bajo el signo de una solución radical del problema agrario».

En realidad, el problema agrario se plantea ahora en Rusia del siguiente modo: para el éxito de la política stolypiniana se necesitan largos años de represión violenta y de exterminio de la masa de campesinos que no desean morir de hambre ni ser expulsados de sus aldeas. En la historia ha habido ejemplos de éxito de semejante política. Sería una fraseología democrática vacua y estúpida si dijéramos que en Rusia el éxito de semejante política es «imposible». ¡Es posible! Pero nuestra tarea consiste en mostrar claramente al pueblo a qué precio se compra ese éxito y en luchar con todas las fuerzas por otra vía, más breve y más rápida, de desarrollo capitalista agrario, a través de la revolución campesina. Dicha revolución campesina bajo la dirección del proletariado en un país capitalista es difícil, muy difícil, pero es posible, y es preciso luchar por ella. Tres años de revolución nos han enseñado a nosotros y a todo el pueblo no sólo que hay que luchar por ella, sino también cómo luchar. Ninguna «artimaña» menchevique para con la política de apoyo a los cadetes extirpará estas enseñanzas de la revolución de la conciencia de los obreros.

Prosigamos. ¿Y si, a pesar de la lucha de las masas, la política stolypiniana se mantuviese un tiempo suficientemente largo como para que triunfara la vía «prusiana»? Entonces, el régimen agrario de Rusia se volvería plenamente burgués, los grandes campesinos acapararían casi toda la tierra de asignación comunal, la agricultura se volvería capitalista, y se haría imposible toda «solución» —ni radical ni no radical— del problema agrario bajo el capitalismo. Entonces, los marxistas honrados arrojarían por la borda de manera directa y abierta todo «programa agrario» y dirían a las masas: los obreros han hecho todo cuanto podían para asegurar a Rusia un capitalismo no junker, sino americano. Los obreros os llaman ahora a la revolución socialista del proletariado, pues después de la «solución» del problema agrario al estilo stolypiniano no puede haber ya ninguna otra revolución capaz de cambiar seriamente las condiciones económicas de vida de las masas campesinas.

He aquí en qué correlación se halla el problema de la relación entre la revolución burguesa y la revolución socialista en Rusia, problema particularmente embrollado por Dan en su reelaboración alemana de su artículo ruso (*Neue Zeit*, núm. 27).

Las revoluciones burguesas son posibles, incluso inevitables, en Rusia incluso sobre la base de la vía agraria stolypiniano-cadete. Pero en tales revoluciones, como en las revoluciones francesas de 1830 y 1848, no se podrá ni hablar de «completa democratización de la sociedad bajo el signo de una solución radical del problema agrario». O, mejor dicho: en tales revoluciones, sólo los *cuasi* socialistas pequeñoburgueses seguirán parloteando acerca de la «solución» (especialmente «radical») del problema agrario en un país en el cual el problema agrario ya esté resuelto en el sentido capitalista.

Pero en Rusia, los órdenes agrarios capitalistas no se han configurado todavía ni mucho, ni mucho menos. Esto está claro no sólo para nosotros, mencheviques y bolcheviques, no sólo para las personas que simpatizan con la revolución y desean un nuevo ascenso suyo, sino que está claro incluso para enemigos de la revolución tan consecuentes, conscientes y abierta y audazmente declarados, y amigos tan grandes de la autocracia de las Centurias Negras, como el señor Piotr Struve. Si él «clama a voz en cuello» que necesitamos un Bismarck, que es necesario convertir la reacción en revolución desde arriba, es precisamente porque Struve no ve entre nosotros ni un Bismarck, ni una revolución desde arriba. Struve ve que no se puede edificar una Rusia terrateniente-burguesa, firme, de lacayo, sólo con la reacción stolypiniana y un millar de horcas. Es necesario algo distinto, algo así como la solución (siquiera sea a la bismarckiana) de tareas históricas nacionales tales como la unificación de Alemania o la implantación del sufragio universal. ¡Y a Stolypin no le toca unificar sino a Dumbadze con los héroes del museo de Riga! ¡No le toca suprimir sino incluso el derecho electoral de Witte según la ley del 11 de diciembre de 1905! En lugar de campesinos satisfechos con el «éxito relativo» danista de la política agraria, Stolypin se ve obligado a escuchar incluso a los campesinos de la tercera Duma plantear reivindicaciones trudovikistas.

¡Cómo no va a «clamar a voz en cuello», a gemir y a llorar Piotr Struve, cuando ve con claridad que no nos sale, que todavía no nos sale una «constitución» ordenada, modesta, moderada y puntual, recortada y estable!

Struve sabe bien a dónde va. En cambio, F. Dan no ha aprendido nada y no ha olvidado nada en estos tres años de revolución. Él todavía, como un ciego, arrastra al proletariado bajo el ala protectora de los señores Struve. Él todavía masculla los mismos discursos reaccionarios mencheviques, según los cuales el proletariado y la burguesía pueden comparecer entre nosotros en calidad de «principales fuerzas políticas»... ¿contra quién, respetabilísimo Dan? ¿Contra Guchkov? ¿Contra la monarquía?

Hasta qué punto increíble llega F. Dan en este maquillaje de los liberales, lo demuestra su artículo alemán. ¡Al público alemán no le da vergüenza incluso contar que en la III Duma la pequeña burguesía urbana elegía «electores progresistas» (o sea, cadetes), y que los campesinos dieron, dizque, un 40% de electores reaccionarios! ¡Vivan los «progresistas» Miliukov y Struve, que aplauden a Stolypin! ¡Viva la alianza de los Dan con los Miliukov contra los campesinos «reaccionarios» que manifiestan un espíritu trudovikista en la tercera Duma!

Y Plejánov falsea a Engels en provecho de esas mismas teorías mencheviques reaccionarias. Engels decía que la táctica de Marx en 1848 era acertada, que ella, y sólo ella, dio realmente al proletariado enseñanzas acertadas, firmes e imborrables. Engels decía que esta táctica no tuvo éxito, a pesar de que era la única acertada; que no tuvo éxito debido a la insuficiente preparación del proletariado y al insuficiente desarrollo del capitalismo. Y Plejánov, como burlándose de Engels, como para mayor regocijo de los Bernstein y Streltsov, ¡interpreta a Engels como si éste se «arrepintiese» de la táctica de Marx!, ¡como si más tarde él mismo la reconociese como errónea y diese preferencia a la táctica de apoyo a los cadetes alemanes!

¿No nos dirá mañana G. Plejánov que Engels, a propósito de las insurrecciones de 1849, halló que «no se debía haber empuñado las armas»?

Marx y Engels enseñaron al proletariado la táctica revolucionaria, la táctica de desarrollar la lucha hasta sus formas más altas, la táctica que conduce al campesinado tras el proletariado, y no al proletariado tras los traidores liberales.

*Proletari*, núm. 29, (29) 16 de abril de 1908.

Se publica según el texto del periódico *Proletari*.