En el orden del día de la próxima Conferencia de toda Rusia del POSDR figura la cuestión: «La situación actual y las tareas del partido». Las organizaciones de nuestro partido —Moscú y Petersburgo van en este sentido a la cabeza de todos los demás centros— han comenzado a discutir sistemáticamente esta cuestión, que tiene, indudablemente, una importancia extraordinariamente grande.

El período de estancamiento del movimiento liberador que estamos atravesando, de desenfreno de la reacción, de traiciones y abatimiento en el campo de la democracia, de crisis y desmoronamiento parcial de las organizaciones socialdemócratas, hace resaltar con especial agudeza la necesidad de tener en cuenta, ante todo, las lecciones fundamentales de la primera campaña de nuestra revolución. No hablamos de las lecciones tácticas en el sentido estricto de la palabra, sino, primero, de las lecciones generales de la revolución, y de acuerdo con esto, nuestra primera pregunta será la siguiente: ¿cuáles son los cambios objetivos que se han producido en la agrupación de clases y en la correlación política de fuerzas en Rusia desde 1904 hasta 1908? A nuestro juicio, los cambios fundamentales pueden reducirse a los cinco siguientes: 1) La política agraria de la autocracia en la cuestión campesina ha experimentado un desplazamiento de principio, muy grande; el apoyo y el fortalecimiento de la vieja comuna han sido sustituidos por una política de destrucción y saqueo acelerados de la misma, por la policía. 2) La representación de la nobleza terrateniente de las centurias negras y de la gran burguesía ha dado un enorme paso adelante: en lugar de los antiguos comités electivos locales de nobles y comerciantes, en lugar de intentos aislados y casuales de una representación de alcance estatal, existe un órgano único de representación: la Duma de Estado, en la que se ha asegurado el predominio más absoluto a las clases indicadas. La representación de las profesiones liberales —por no hablar ya del campesinado y del proletariado— ha quedado reducida al papel de apéndice y de añadido en esta institución seudo-«constitucional», destinada a fortalecer la autocracia. 3) Durante este tiempo, en Rusia, las clases se han deslindado y definido por primera vez en la lucha política abierta: los partidos políticos hoy existentes, abierta y secretamente (mejor dicho: a medias en secreto, pues en Rusia no hay partidos completamente «secretos» después de la revolución), expresan con una precisión nunca vista antes los intereses y puntos de vista de las clases, que en estos tres años han madurado cien veces más que en el medio siglo anterior. La nobleza de las centurias negras, la burguesía nacional-«liberal», la democracia pequeñoburguesa (los trudoviques con su pequeña ala izquierda de eseristas) y la socialdemocracia proletaria han terminado todas, durante este tiempo, el período «uterino» de su desarrollo, y han definido —no de palabra, sino con hechos y acciones de masas— su naturaleza para muchos, muchísimos años. 4) Aquello que antes de la revolución se llamaba «sociedad» liberal y liberal-populista o parte «ilustrada» y representante de la «nación» en general, la amplia masa de la «oposición» acomodada, nobiliaria e intelectual, que parecía algo íntegro, homogéneo, que empapaba los zemstvos, las universidades, toda la prensa «decente», etc., etc., todo esto se manifestó en la revolución como ideólogos y partidarios de la burguesía, todo esto ocupó una posición contrarrevolucionaria —evidente ahora para todos— respecto a la lucha de masas del proletariado socialista y del campesinado democrático. La burguesía liberal contrarrevolucionaria ha nacido y crece. Este hecho no deja de ser un hecho porque lo niegue la prensa legal «progresista», o porque lo silencien y no lo comprendan nuestros oportunistas, los mencheviques. 5) Millones de personas han adquirido experiencia práctica en las más diversas formas de lucha verdaderamente de masas y directamente revolucionaria, hasta la «huelga general», la expulsión de los terratenientes, el incendio de sus casas solariegas, la insurrección armada abierta. Quien ya era un revolucionario u obrero consciente antes de la revolución, no puede representarse inmediatamente en toda su enorme importancia este hecho, que ha introducido el cambio más radical en toda una serie de conceptos anteriores sobre el curso del desarrollo de la crisis política, sobre el ritmo de este desarrollo, sobre la dialéctica de la historia prácticamente creada por las masas. La asimilación de esta experiencia por las masas es un proceso invisible, pesado y lento, que desempeña un papel mucho más importante que muchos fenómenos de la superficie de la vida política del Estado, que seducen a los párvulos no solo de la política de edad pueril, sino a veces de una edad muy «respetable». El papel dirigente de las masas proletarias en toda la revolución y en todas las esferas de la lucha, empezando por las manifestaciones, continuando por la insurrección y terminando (en orden cronológico) por la actividad «parlamentaria», ha aparecido a la luz del día, a la vista de todos, durante este período, considerado en su conjunto.

Tales son los cambios objetivos que han abierto un abismo entre la Rusia anterior a Octubre y la Rusia actual. Tales son los resultados de los tres años del período más rico por su contenido de nuestra historia —resultados, por supuesto, sumarios, por así decirlo, en la medida en que se puede esbozar en unas pocas palabras lo más importante y lo más esencial. Veamos ahora las conclusiones en materia de táctica a las que obligan estos resultados.

El cambio de la política agraria de la autocracia tiene una importancia extraordinariamente grande para un país «campesino» como Rusia. Este cambio no es una casualidad, no es una oscilación del rumbo de los ministerios, no es una invención de la burocracia. No, es un profundo «viraje» hacia el bonapartismo agrario, hacia una política liberal (en el sentido económico de la palabra, es decir, burguesa) en el terreno de las relaciones agrarias de los campesinos. El bonapartismo es el maniobrar de una monarquía que ha perdido su vieja base de sustentación, patriarcal o feudal, simple y sólida; una monarquía que se ve obligada a equilibrarse para no caer, a coquetear para gobernar, a sobornar para agradar, a fraternizar con la hez de la sociedad, con ladrones y truhanes declarados, para sostenerse no solo en la bayoneta. El bonapartismo es la evolución objetivamente inevitable de la monarquía en todo país burgués, evolución estudiada por Marx y Engels en toda una serie de hechos de la historia moderna de Europa. Y el bonapartismo agrario de Stolypin, a quien apoyan en este punto con plena conciencia y firmeza inquebrantable tanto los terratenientes de las centurias negras como la burguesía octubrista, no habría podido siquiera nacer, y no digamos ya mantenerse durante dos años, si la propia comuna en Rusia no se hubiera desarrollado de manera capitalista, si en el seno de la comuna no se hubieran formado constantemente elementos con los cuales la autocracia pudiera empezar a coquetear, a los cuales pudiera decir: «¡enriquecéos!», «¡saquead la comuna, pero apoyadme!». Por eso sería un error incondicional toda valoración de la política agraria de Stolypin que no tuviera en cuenta, por un lado, sus procedimientos bonapartistas, y por otro lado, su esencia burguesa (= liberal).

Por ejemplo, nuestros liberales expresan su conciencia confusa de que la política agraria de Stolypin es bonapartismo con ataques al carácter policíaco de la misma, a la idiota intromisión de los burócratas en la vida campesina, etc., etc. Pero cuando los kadetes se lamentan a propósito de la ruptura violenta de los fundamentos «seculares» de nuestra vida aldeana, se convierten en plañideros reaccionarios. Sin una ruptura violenta, sin una ruptura revolucionaria de los fundamentos de la vieja aldea rusa, no puede haber desarrollo de Rusia. La lucha se desarrolla —aunque muchísimos de sus participantes no se dan cuenta de ello— únicamente en torno a si esta violencia será la violencia de la monarquía terrateniente contra los campesinos o la violencia de la república campesina contra los terratenientes. En ambos casos es inevitable una revolución agraria burguesa, y no otra, en Rusia, pero en el primer caso, lenta y dolorosa; en el segundo, rápida, amplia y libre. La lucha del partido obrero por esta segunda vía se expresa y se reconoce en nuestro programa agrario, no en la parte en que se plantea la desproporcionada «municipalización», sino en la parte en que se habla de la confiscación de todas las tierras de los terratenientes. Después de la experiencia de tres años, solo entre los mencheviques pueden encontrarse todavía personas que no vean el nexo de la lucha por esta confiscación con la lucha por la república. La política agraria de Stolypin, si se mantuviera durante muchísimo tiempo, si rehiciera definitivamente, sobre un patrón puramente burgués, todas las relaciones agrarias de la aldea, podría obligarnos a renunciar a todo programa agrario en la sociedad burguesa (hasta ahora, ni siquiera los mencheviques, e incluso los Cherevanin entre los mencheviques, han llegado a abdicar de nuestro programa agrario). Pero la política de Stolypin no puede, de ningún modo, movernos ahora a cambiar nuestra táctica. Puesto que en el programa figura la «confiscación de todas las tierras de los terratenientes», solo los párvulos pueden no advertir la táctica revolucionaria (en el sentido directo y estricto de la palabra) que de ahí se desprende. Y sería incorrecto plantear la cuestión diciendo: si la política de Stolypin sufre un «fracaso», entonces está próximo el auge, y viceversa. El fracaso de los procedimientos bonapartistas no es aún el fracaso de la política de arruinar la comuna por los kulaks. Y, a la inversa, el «éxito» de Stolypin en la aldea, ahora y en los próximos años, en el fondo, más avivará la lucha en el seno del campesinado que la extinguirá, pues solo por un camino largo y muy largo se puede alcanzar el «fin», es decir, la consolidación definitiva y completa de una economía campesina puramente burguesa. El «éxito» de Stolypin en los próximos años podría conducir, en el mejor de los casos, a la formación de una capa de campesinos conscientemente contrarrevolucionarios, octubristas; pero, precisamente, esta transformación de la minoría acomodada en una fuerza consciente y unida en el terreno político significaría inevitablemente un impulso gigantesco al desarrollo de la conciencia política y a la unión, contra esa minoría, de la masa democrática. Los socialdemócratas no podríamos desear nada mejor que la transformación de la lucha espontánea, dispersa y ciega de los «devoradores del mundo» y la «sociedad» en una lucha consciente y abierta de octubristas y trudoviques.

Pasemos a la cuestión de la Duma. Es indudable que esta institución de las centurias negras «constitucional» representa, asimismo, el desarrollo de la monarquía absoluta por el camino del bonapartismo. Todos los rasgos del bonapartismo que hemos señalado más arriba se manifiestan de manera completamente patente también en la actual ley electoral, en la mayoría falseada de centurionegristas más octubristas, en el juego de imitar a Europa, en la persecución de empréstitos, cuyo gasto es supuestamente controlado por los «representantes del pueblo», y en el total desprecio de la autocracia en su política práctica hacia todos los debates y decisiones de la Duma. La contradicción entre la autocracia de las centurias negras, que de hecho domina por completo, y la apariencia ostentosa de una «constitución» burguesa resalta cada vez más, trayendo consigo elementos de una nueva crisis revolucionaria. La autocracia quería cubrirse, vestirse, engalanarse con la Duma; de hecho, la Duma de las centurias negras y los octubristas, con cada día de su existencia, descubre, desenmascara y pone al desnudo cada vez más el verdadero carácter de nuestro poder estatal, sus verdaderas bases de clase y su bonapartismo. No se puede por menos de recordar a este respecto la notable y profunda indicación de Engels (en la carta a Bernstein del 27 de agosto de 1883{118}) sobre la importancia del tránsito de la monarquía absoluta a la monarquía constitucional. Mientras los liberales en general, y los kadetes rusos en particular, ven en ese tránsito la manifestación del famoso progreso «pacífico» y una garantía del mismo, Engels señaló el papel histórico de la monarquía constitucional como forma de Estado que facilita la lucha decisiva de los feudales y la burguesía. «Así como la lucha del feudalismo con la burguesía —escribía Engels— no podía ser llevada a su término decisivo en la vieja monarquía absoluta, sino solo en la monarquía constitucional (Inglaterra, Francia 1789-1792 y 1815-1830), así también la lucha de la burguesía con el proletariado solo puede ser llevada a su término decisivo en la república». Entre otras cosas, Engels llama aquí monarquía constitucional a la Francia de 1816, cuando la famosa Chambre introuvable, la cámara contrarrevolucionaria de las centurias negras, se enfurecía y rabiaba apoyando el terror blanco contra la revolución, seguramente no menos que nuestra Tercera Duma. ¿Qué significa esto? ¿Acaso Engels considera realmente como instituciones constitucionales a asambleas reaccionarias de representantes de terratenientes y capitalistas que apoyan al absolutismo en la lucha contra la revolución? No. Significa que existen condiciones históricas en las que las instituciones que falsean la constitución atizan la lucha por una verdadera constitución y sirven de etapa en el desarrollo de nuevas crisis revolucionarias. En la primera campaña de nuestra revolución, la mayoría de la población todavía creía en la posibilidad de conciliar una verdadera constitución con la autocracia; los kadetes basaban toda su política en el apoyo sistemático de esta fe en el pueblo; los trudoviques, al menos en la mitad, seguían en este punto a los kadetes. Ahora, con su Tercera Duma, la autocracia muestra al pueblo en la experiencia con qué «constitución» puede «conciliarse», aproximando con ello una lucha más amplia y más decidida contra la autocracia.

De aquí se desprende, entre otras cosas, que la sustitución de nuestra vieja consigna «¡Abajo la autocracia!» por la consigna «¡Abajo la Tercera Duma!» sería completamente incorrecta. ¿En qué condiciones podría adquirir significado una consigna como «¡Abajo la Duma!»? Supongamos que tenemos delante una Duma liberal, reformista, conciliadora, en una época de la más aguda crisis revolucionaria, que ya ha madurado hasta la guerra civil directa. Es muy posible que en semejante momento la consigna pudiera ser «¡Abajo la Duma!», es decir, abajo las negociaciones pacíficas con el zar, abajo la institución engañosa de la «paz», llamemos al asalto directo. Supongamos, al contrario, que tenemos delante una Duma archirreaccionaria, elegida sobre la base de un derecho electoral sobrevivido, y la ausencia de una crisis revolucionaria aguda en el país; la consigna «¡Abajo la Duma!» podría convertirse entonces en consigna de lucha por la reforma electoral. Nada parecido, ni a uno ni a otro caso, vemos entre nosotros. La III Duma no es conciliadora, sino directamente contrarrevolucionaria; no encubre a la autocracia, sino que la desenmascara; no desempeña un papel independiente en ningún sentido: nadie, en ninguna parte, espera de ella reformas progresistas; nadie piensa que la fuente del verdadero poder y la fuerza del zarismo resida en esta asamblea de zubros. Todos coinciden en que el zarismo no se apoya en ella, sino que se sirve de ella; en que el zarismo puede llevar adelante toda su actual política igualmente aplazando la convocatoria de semejante Duma (de manera análoga al «aplazamiento» de la convocatoria del parlamento por Turquía en 1878{119}), o sustituyéndola por un «Zemski Sobor» o algo por el estilo, etc. La consigna «¡Abajo la Duma!» significaría concentrar la lucha principal precisamente en una institución que no es independiente, que no es decisiva, que no desempeña el papel principal. Semejante consigna es incorrecta. Debemos conservar la vieja consigna «¡Abajo la autocracia!» y «¡Viva la Asamblea Constituyente!», porque es precisamente la autocracia la que sigue siendo el poder real, el apoyo real y el baluarte de la reacción. La caída de la autocracia significa inevitablemente la eliminación (y además revolucionaria) de la III Duma, como una de las instituciones del zarismo; la caída de la III Duma, tomada en sí misma, significaría o una nueva aventura de la misma autocracia, o un intento de reforma, una reforma engañosa y solo aparente, emprendida por la misma autocracia[53].

Sigamos adelante. Hemos visto que la naturaleza de clase de los partidos políticos se ha definido durante los tres años de la primera campaña revolucionaria con notable fuerza y relieve. De aquí se desprende que en todos los razonamientos sobre la correlación actual de las fuerzas políticas, sobre la dirección de los cambios de esta correlación, etc., es necesario tener en cuenta estos datos concretos de la experiencia histórica, y no los abstractos «razonamientos generales». Toda la historia de los Estados europeos atestigua que, precisamente en los períodos de lucha revolucionaria directa, se echan cimientos tan profundos y sólidos de las agrupaciones de clase y de la división en grandes partidos políticos, que luego se mantienen durante larguísimos períodos de estancamiento. Algunos partidos pueden ocultarse en la clandestinidad, no darse a conocer, desaparecer de la escena política; pero al menor resurgimiento, las fuerzas políticas fundamentales se manifestarán de nuevo inevitablemente, acaso en forma modificada, pero con el mismo carácter y dirección de actividad, mientras no estén resueltas las tareas objetivas de la revolución que ha sufrido una u otra derrota. Por eso sería, por ejemplo, la mayor miopía suponer que, como las organizaciones trudoviques no existen en las localidades y el grupo trudovique en la III Duma se distingue por una particular desorientación e impotencia, por eso las masas del campesinado democrático ya se han disgregado completamente y no desempeñan un papel esencial en el proceso de maduración de una nueva crisis revolucionaria. Semejante punto de vista es digno solo de los mencheviques, que cada vez ruedan más hacia el más bajo «cretinismo parlamentario» (véanse sus salidas contra la organización ilegal del partido, verdaderamente vergonzosas y propias de renegados). Los marxistas deben saber que las condiciones de representación, no solo en nuestra Duma de las centurias negras, sino incluso en el más ideal parlamento burgués, siempre crearán una desproporción artificial entre la fuerza real de las diferentes clases y su reflejo en la institución representativa. Por ejemplo, la intelectualidad liberal-burguesa siempre y en todas partes parece en los parlamentos cien veces más fuerte de lo que es en realidad (y en nuestra revolución, los oportunistas socialdemócratas tomaban a los kadetes por lo que parecían), y, a la inversa, capas democráticas muy amplias de la pequeña burguesía (urbana —en la época de las revoluciones burguesas de 1848, rural— entre nosotros) se manifiestan con frecuencia como un factor extraordinariamente importante en la lucha abierta de masas, siendo completamente insignificantes desde el punto de vista de su representación en los parlamentos.

Nuestro campesinado entró en la revolución siendo inconmensurablemente menos consciente que el burgués liberal, por un lado, y que el proletariado socialista, por otro. Por eso fue el que más sacó de la revolución pesadas pero útiles desilusiones, el que más lecciones amargas pero salvadoras acumuló. Es completamente natural que digiera estas lecciones con particular dificultad y con particular lentitud. Es completamente natural que, con este motivo, pierdan la paciencia muchos «radicales» de la intelectualidad, dándolo todo por perdido, y algunos filisteos de la socialdemocracia, en cuyo rostro aparece una mueca despectiva al mencionar a no sé qué democracia campesina, pero, en cambio, se les hace la boca agua con solo mirar a los «ilustrados» liberales. Pero el proletariado consciente no borrará de su memoria tan fácilmente lo que vio y en lo que participó en el otoño y el invierno de 1905. Y, al calcular la correlación de fuerzas en nuestra revolución, debemos saber que un signo obligado de un auge social realmente amplio, de una crisis revolucionaria realmente cercana, será inevitablemente, en la Rusia actual, un movimiento en el campesinado.

La burguesía liberal ha emprendido entre nosotros el camino contrarrevolucionario. Negarlo solo pueden los valientes Cherevanin y los redactores de *Golos Sotsial-Demokrata*, que cobardemente reniegan de su correligionario y compañero de armas. Pero si de esta actitud contrarrevolucionaria de los liberales burgueses alguien sacara la conclusión de que su oposición y su descontento, sus conflictos con los terratenientes de las centurias negras o, en general, la competencia y la lucha de las distintas fracciones de la burguesía entre sí no pueden tener importancia alguna en el proceso de maduración de un nuevo auge, eso sería un error enorme y un verdadero menchevismo al revés. La experiencia de la revolución rusa, al igual que la experiencia de otros países, atestigua de manera irrefutable que, cuando se dan las condiciones objetivas de una profunda crisis política, los conflictos más insignificantes y, al parecer, más alejados del verdadero foco de la revolución pueden tener la mayor importancia, como pretexto, como gota que colma el vaso, como comienzo de un viraje en el estado de ánimo, etc. Recordemos que la campaña de los zemstvos y las peticiones de los liberales de 1904 fueron la antesala de una «petición» tan singular y puramente proletaria como la del 9 de enero. Los bolcheviques no discutían respecto a la campaña de los zemstvos que hubiera que utilizarla para las manifestaciones proletarias, sino contra el hecho de que se quisiera (nuestros mencheviques) limitar esas manifestaciones a las salas de las asambleas de los zemstvos, contra el hecho de que las manifestaciones ante los zemstvos se declararan forma superior de manifestación, contra el hecho de que los planes de manifestaciones se elaboraran bajo el ángulo del afán de no asustar a los liberales. Otro ejemplo: los movimientos estudiantiles. En un país que atraviesa la época de la revolución democrático-burguesa, en las condiciones de una progresiva acumulación de material combustible, estos movimientos pueden fácilmente resultar el comienzo de acontecimientos que vayan inconmensurablemente más lejos que un pequeño y parcial conflicto sobre la gestión de los asuntos en una rama de la administración pública. Es natural que la socialdemocracia, al llevar a cabo una política de clase independiente del proletariado, nunca se adaptará ni a la lucha estudiantil, ni a nuevos congresos de los zemstvos, ni al planteamiento de la cuestión por fracciones de la burguesía que riñen entre sí, nunca atribuirá a esta disputa familiar un valor autosuficiente, etc. Pero, precisamente, el partido de los socialdemócratas es el partido de la clase dirigente en toda la lucha de liberación; tiene la obligación incondicional de utilizar todos y cada uno de los conflictos, avivarlos, ampliar su significado, vincular a ellos su agitación por las consignas revolucionarias, llevar la noticia de estos conflictos a las amplias masas, impulsarlas a manifestarse de manera independiente y abierta con sus propias reivindicaciones, etc. En Francia, después de 1793, nació y comenzó a crecer de manera incontenible la burguesía liberal contrarrevolucionaria, pero, no obstante, los conflictos y la lucha de sus distintas fracciones a lo largo de cien años después siguieron, ya en una, ya en otra forma, sirviendo de pretexto a nuevas revoluciones, en las cuales el proletariado desempeñó invariablemente el papel de principal fuerza motriz y que él llevó hasta la conquista de la república.

Examinemos ahora la cuestión de las condiciones de la lucha ofensiva de esta clase dirigente y de vanguardia en nuestra revolución democrático-burguesa, el proletariado. Los camaradas de Moscú, al discutir esta cuestión, han subrayado con toda razón la importancia radical de la crisis industrial. Han reunido un material sumamente interesante acerca de esta crisis, han valorado la importancia de la lucha de Moscú con Lodz, han introducido una serie de correcciones a algunas ideas dominantes hasta ahora. Solo queda desear que este material no se marchite en las comisiones del MK o del MOK, sino que sea elaborado y llevado a la prensa para su discusión por todo el partido. Por nuestra parte, nos limitaremos a unas cuantas observaciones sobre el planteamiento de la cuestión. Es discutible, entre otras cosas, la dirección en que actúa la crisis (según el reconocimiento general, en nuestra industria, después de un muy breve y pequeño resurgimiento, impera de nuevo una profunda depresión, que raya en crisis). Unos dicen: sigue siendo imposible la lucha económica ofensiva de los obreros, por consiguiente, es imposible un próximo auge revolucionario. Otros dicen: la imposibilidad de la lucha económica empuja a la lucha política, y por eso es inevitable un próximo auge revolucionario.

Creemos que en el fondo del razonamiento de unos y otros hay una inexactitud, que consiste en simplificar una cuestión compleja. Es indudable que el estudio detallado de la crisis industrial tiene una importancia enorme. Pero es igualmente indudable que ningún dato sobre la crisis, aunque fuera idealmente exacto, puede, en el fondo, decidir la cuestión a favor o en contra de un próximo auge revolucionario, pues este auge depende además de mil factores, que no es posible calcular de antemano. Sin la base común de la crisis agraria del país y la depresión en la industria, son imposibles las crisis políticas profundas, eso es indiscutible. Pero si existe la base común, de ahí no se puede todavía sacar la conclusión de si la depresión frenará durante cierto tiempo la lucha de masas de los obreros en general, o si, en determinada etapa de los acontecimientos, esa misma depresión empujará a la lucha política a nuevas masas y a fuerzas frescas. Para decidir semejante cuestión no puede haber más que un camino: seguir atentamente el pulso de toda la vida política del país y, en particular, el estado del movimiento y del ánimo de las amplias masas proletarias. En el último tiempo, por ejemplo, una serie de comunicaciones de los militantes del partido desde diversos confines de Rusia, desde localidades industriales y agrícolas, testimonia un indudable resurgimiento del ánimo, una afluencia de nuevas fuerzas, un aumento del interés por la agitación, etc. Si comparamos con esto el comienzo de las agitaciones estudiantiles de masas, por un lado, y los intentos de resucitar los congresos de los zemstvos, por otro, podemos constatar un cierto viraje, algo que destruye el completo estancamiento del último año y medio. Hasta qué punto es fuerte este viraje, si sirve de umbral de una nueva época de lucha abierta, etc., lo mostrarán los hechos. Todo lo que podemos hacer ahora, todo lo que debemos hacer en cualquier caso, es esforzar las fuerzas para fortalecer la organización ilegal del partido y decuplicar la agitación entre las masas del proletariado. Solo la agitación está en condiciones de mostrar, en una amplia escala, el verdadero estado de ánimo de las masas; solo la agitación crea una estrecha interacción entre el partido y toda la clase obrera; solo la utilización, a los fines de la agitación política, de cada huelga, de cada gran acontecimiento o cuestión de la vida obrera, de todos los conflictos en el seno de las clases gobernantes o de tal o cual fracción de estas clases con la autocracia, de cada intervención de los socialdemócratas en la Duma, de cada nueva manifestación de la política contrarrevolucionaria del gobierno, etc., solo este trabajo volverá a soldar las filas del proletariado revolucionario, proporcionará material infalible para juzgar la rapidez con que maduran las condiciones para nuevas y más decisivas batallas.

Resumamos. El examen de los resultados de la revolución y de las condiciones del momento que atravesamos muestra con claridad que las tareas objetivas de la revolución no están resueltas. El viraje hacia el bonapartismo en la política agraria de la autocracia y en toda su política, tanto en la Duma como con ayuda de la Duma, no hace más que agudizar y ampliar la contradicción entre la autocracia de las centurias negras y la dominación del «terrateniente salvaje», por un lado, y las necesidades del desarrollo económico y social de todo el país, por otro. La ofensiva policíaco-kulak contra la masa aldeana agudiza la lucha en su seno y hace esta lucha políticamente consciente, aproxima, por así decirlo, la lucha contra la autocracia a las cuestiones cotidianas y perentorias de cada aldea. La defensa de las reivindicaciones democrático-revolucionarias en la cuestión agraria (confiscación de todas las tierras de los terratenientes) es particularmente necesaria, en semejante momento, por parte de la socialdemocracia. La Duma de las centurias negras y los octubristas, mostrando de manera palpable y práctica con qué «constitución» puede «conciliarse» la autocracia, y no resolviendo ni una sola cuestión incluso dentro de los límites más estrechos del aseguramiento de las necesidades del desarrollo económico del país, convierte la lucha «por la constitución» en lucha revolucionaria contra la autocracia; los conflictos parciales de las distintas fracciones de la burguesía entre sí y con el gobierno, en las condiciones dadas, llevan precisamente a aproximar semejante lucha. El empobrecimiento de la aldea, la depresión en la industria, la conciencia general de que la situación política dada no tiene salida y de que el famoso camino «pacífico-constitucional» carece de perspectivas, engendran nuevos y nuevos elementos de crisis revolucionaria. Nuestra tarea ahora no consiste en inventar artificialmente no sé qué nuevas consignas (como la consigna: «¡Abajo la Duma!» en lugar de «¡Abajo la autocracia!»), sino en fortalecer la organización ilegal del partido (pese a los aullidos reaccionarios de los mencheviques, que la entierran) y en desarrollar una amplia agitación revolucionaria socialdemócrata que una al partido con las masas del proletariado y movilice a esas masas.

«Proletari» núm. 38, 1 (14) de noviembre de 1908.

Se imprime según el texto del periódico «Proletari».