Las cuestiones señaladas en el título ocupan, por su importancia, uno de los primeros lugares, si no el primero, en el sistema de concepciones de un marxista que desee orientarse en la realidad que lo circunda. El período de 1908–1910 representa, indudablemente, algo peculiar. La estructura social de la sociedad y del poder se caracteriza por cambios, sin cuyo esclarecimiento es imposible dar un solo paso en cualquier esfera de la actividad social. Del esclarecimiento de estos cambios depende la cuestión de las perspectivas, entendiendo por ello, naturalmente, no vanas conjeturas acerca de lo que nadie sabe, sino las tendencias fundamentales del desarrollo económico y político, aquellas tendencias cuya resultante determina el futuro inmediato del país, aquellas tendencias que determinan las tareas, la orientación y el carácter de la actividad de todo militante social consciente. Y esta última cuestión, la de las tareas, la orientación y el carácter de la actividad, está vinculada del modo más directo con la cuestión del liquidacionismo.

No es de extrañar, por tanto, que ya en 1908, tan pronto como se esclareció o comenzó a esclarecerse que nos hallábamos ante un nuevo y peculiar período de la historia rusa, los marxistas pusieran a la orden del día precisamente las cuestiones de la estructura social del poder, de las perspectivas y del liquidacionismo, señalaran el nexo indisoluble de estas cuestiones y las sometieran a discusión sistemática. Más aún, no se limitaron a una mera discusión —eso sería precisamente literaturismo en el mal sentido de la palabra, eso sería posible únicamente en un círculo de discusión de intelectuales que no tienen conciencia de su responsabilidad y son despreocupados en materia de política—, no, elaboraron una formulación precisa de los resultados de la discusión, una formulación tal que pudiera servir de guía no sólo al miembro de un círculo literario dado, no sólo a una persona vinculada de un modo u otro a una categoría conocida de intelectuales, sino a cualquier, a todo y a cada representante consciente de la clase que considera el marxismo como su ideología. A fines de 1908, este trabajo necesario estaba terminado.

Ya he hablado de los principales resultados de este trabajo en el Nº 2 de nuestra revista{83}. Me permitiré citar de allí algunas líneas para hacer comprensible la exposición ulterior.

«El desarrollo del régimen estatal ruso en los últimos tres siglos nos muestra que este cambiaba su carácter de clase en una dirección determinada. La monarquía del siglo XVII con la Duma de boyardos no se parece a la monarquía burocrático-nobiliaria del siglo XVIII. La monarquía de la primera mitad del siglo XIX no es lo mismo que la monarquía de 1861–1904. En 1908–1910 se perfiló con nitidez una nueva etapa, que significa un paso más en la misma dirección, que puede llamarse la dirección hacia la monarquía burguesa. En estrecha conexión con este paso se hallan tanto la III Duma como nuestra política agraria contemporánea. La nueva etapa no es, pues, una casualidad, sino un peldaño peculiar en la evolución capitalista del país. Sin resolver los viejos problemas, al ser incapaz de resolverlos y, en consecuencia, sin eliminarlos, esta nueva etapa exige la aplicación de nuevos procedimientos de preparación para la vieja solución de los viejos problemas» (Nº 2, pág. 43). Y unas líneas más abajo: «Quienes niegan o no comprenden... que ante nosotros se alzan los viejos problemas, que marchamos al encuentro de su vieja solución, esos abandonan de hecho el terreno del marxismo, se hallan de hecho cautivos de los liberales (como el Sr. Potrésov, el Sr. Levitski, etc.)» (pág. 44)[21].

Cualquiera que sea la actitud que se adopte ante el círculo de ideas expresado en estas tesis, difícilmente se podrá negar el estrechísimo nexo e interdependencia de las partes aisladas en esta apreciación del período dado. Tomemos, por ejemplo, el ukaz del 9 de noviembre de 1906 (ley del 14 de junio de 1910): es absolutamente incontestable que tiene un carácter burgués acentuadamente expresado, significando un viraje de principio en la política agraria que «las alturas» venían aplicando desde hacía tiempo con respecto a la comuna y a la propiedad parcelaria. Pero el que este viraje de principio ya haya resuelto el problema, ya haya creado nuevas bases para la hacienda capitalista campesina, ya haya eliminado los viejos problemas, no se han atrevido a afirmarlo hasta ahora incluso las personas más carentes de principios y dóciles a las ráfagas de viento, como los kadetes. El nexo de la ley del 14 de junio de 1910 con el sistema de elecciones a la III Duma y su composición social es evidente: de otro modo que no fuera mediante la alianza del poder central con los terratenientes feudales (empleemos esta expresión paneuropea, no del todo exacta) y con la alta burguesía comercial e industrial no se habría podido realizar esta ley, ni aplicar una serie de medidas para su implantación en la vida. Tenemos ante nosotros, pues, una etapa peculiar de toda la evolución capitalista del país. ¿Elimina esta etapa la conservación del «poder y las rentas» —hablando en sentido sociológico— en manos de los terratenientes de tipo feudal? No, no la elimina. Los cambios ocurridos, tanto en esta como en todas las demás esferas, no eliminan los rasgos fundamentales del viejo régimen, de la vieja correlación de fuerzas sociales. De aquí se comprende la tarea medular del militante social consciente: tomar en cuenta estos nuevos cambios, «utilizarlos», abarcarlos —si así puede decirse— y al mismo tiempo no entregarse impotente a la corriente, no arrojar por la borda el viejo bagaje, conservar lo fundamental también en las formas de la actividad, y no sólo en la teoría, en el programa, en los principios de la política.

Cabe preguntar: ¿cómo reaccionaron ante esta respuesta formalizada a las «malditas cuestiones», ante esta exposición directa y clara de concepciones determinadas, aquellos «dirigentes ideológicos» que se agrupan en torno a publicaciones del tipo de «Vozrozhdénie», «Zhizn», «Delo Zhizni», «Nasha Zariá», etc., los Sres. Potrésov y Mártov, Dan y Axelrod, Levitski y Martínov? Reaccionaron precisamente no como políticos, no como «dirigentes ideológicos», no como publicistas responsables, sino como una categoría de literatos, como un círculo de intelectuales, como francotiradores de grupos libres de la hermandad de la pluma. Se rieron condescendientemente —en calidad de personas capaces de apreciar la moda y el espíritu de la época, establecidos en los salones liberales— de esa anticuada, caduca, extravagante propensión a dar respuestas formalizadas a las malditas cuestiones. ¡Para qué esta formalización, cuando se puede escribir en cualquier parte, sobre cualquier cosa, lo que sea y como sea! ¡Cuando los Sres. Miliukov y los Sres. Struve ofrecen magníficos botones de muestra de todas las ventajas, comodidades y beneficios que se derivan de eludir las respuestas directas, las exposiciones precisas de puntos de vista, las professions de foi[22] formalizadas, etc.! ¡Cuando los Iván Nepomniachi (y en particular los Ivanes a quienes no gusta recordar la pasada formalización) gozan de honor y respeto en los más amplios círculos de la «sociedad»!

Así, durante los tres años, no hemos visto por parte de toda esta compañía de literatos la menor tentativa de contraponer su respuesta formalizada a las «malditas cuestiones». Alegorías e hipótesis vanas hubo cuantas se quiera, pero respuesta directa, ni una. El rasgo distintivo y característico de la compañía considerada resultó ser el amor a la falta de forma, es decir, precisamente a un indicio que, de manera la más definida, la más exacta y no equívoca, fue reconocido ya entonces, cuando se dio una respuesta directa a las malditas cuestiones, como elemento integrante del concepto de liquidacionismo. Flotar informe por la corriente, enternecerse con la propia falta de forma, «poner una cruz» sobre lo que es opuesto al presente informe, eso es uno de los rasgos fundamentales del liquidacionismo. Los oportunistas siempre y en todas partes se entregan pasivamente a la corriente, se contentan con respuestas «de caso en caso», de congreso (de borrachos) a congreso (de fábrica){84}, se satisfacen con la unión de una «sociedad» (aunque sea la más respetable y útil: profesional, de consumo, cultural, de abstinencia, etc.) a otra sociedad, etc. El liquidacionismo es el conjunto de tendencias propias de todo oportunismo en general y que se manifiestan en formas concretas determinadas en uno de los períodos de la historia rusa en una de nuestras corrientes político-sociales.

La historia ha conservado sólo dos respuestas precisas de los liquidacionistas a la «respuesta directa» (a las malditas cuestiones) expuesta más arriba. La primera respuesta: el adjetivo burgués debería ser sustituido por el adjetivo plutocrático. —Tal sustitución sería, sin embargo, completamente incorrecta. La época de 1861–1904 nos muestra en las más diversas esferas de la vida el crecimiento de la influencia, y no pocas veces la influencia predominante, de la plutocracia. En la época de 1908–1910 vemos, a diferencia de la «plutocracia», los resultados de cómo la burguesía, cobrando conciencia de sí misma como clase, tomando en cuenta las lecciones dadas por el trienio anterior a su autoconciencia de clase, crea una ideología hostil por principio tanto al socialismo (y no al socialismo paneuropeo, no al socialismo en general, sino precisamente al ruso) como a la democracia. Además. La burguesía está organizada en escala nacional, es decir, precisamente como clase, una parte conocida de la cual está constantemente representada (y muy influyentemente representada) en la III Duma. Por último, también en la política agraria de 1908–1910 hay un sistema que aplica un plan determinado de régimen agrario burgués. Este plan «no cristaliza» hasta ahora, esto es indudable, pero este fracaso es el fracaso de uno de los sistemas burgueses, siendo indudable el «éxito» de la plutocracia en la aldea: es decir, la plutocracia aldeana gana con toda seguridad con la política agraria de 1908–1910, pero el orden burgués por el que se hacen muchos sacrificios sigue sin poder «estructurarse». En una palabra, la proposición del término «plutocrático» es desafortunada en todos los sentidos, y tan desafortunada que los mismos liquidacionistas, por lo visto, prefieren olvidarse de esta proposición.

Otra respuesta: la respuesta arriba expuesta es —según dicen— incorrecta porque se reduce al consejo de «meterse ahí donde hubo una vez»... fracasos{85}. Esta breve pero enérgica respuesta es valiosa por cuanto en forma de relieve expresa los resultados de todas las intervenciones literarias de los liquidacionistas, comenzando por el «Movimiento Social» de Potrésov y terminando por el Sr. Levitski en «Nasha Zariá». El contenido de esta respuesta es puramente negativo; se limita a condenar las aspiraciones a «meterse ahí», sin dar ninguna indicación positiva acerca de adónde conviene «meterse». Floten, pues, como se flota, como «todos» flotan, y no vale la pena ocuparse de generalizaciones sobre a qué conduce esto y a qué debe conducir.

Pero por mucho que los oportunistas quisieran tranquilizarse alejándose de toda generalización, evitar las conversaciones «desagradables» acerca de una respuesta directa a las «malditas cuestiones», esto resulta con todo imposible. Echa a la naturaleza por la puerta, y entrará por la ventana. La ironía de la historia ha dispuesto que esos mismos liquidacionistas que gustan de llamarse a sí mismos gente «avanzada», ajena al «conservatismo», y que en 1908 arrugaban desdeñosamente la nariz a propósito de las indicaciones sobre la necesidad de una respuesta directa, se hayan visto obligados —casi año y medio después, en el verano de 1910— a tener en cuenta estas indicaciones. Y a ello les obligaron los acontecimientos en su propio campo. Ya habían rechazado del todo la respuesta directa, exigida en esos despreciables, caducos, momificados, inútiles, perniciosos «lugares perecederos», cuando de repente, año y medio después, surge entre los mismos liquidacionistas una «corriente» que exige también una respuesta directa y que osadamente da una respuesta directa.

En el papel de «osado» apareció, como era de esperar, Y. Larin, pero esta vez ya no solo. Larin, como es sabido, es el enfant terrible[23] del oportunismo. Se destaca por el enorme defecto, desde el punto de vista de los oportunistas, de que percibe seria, sincera y reflexivamente las tendencias que se esbozan en ellos, se esfuerza por vincularlas en algo único, pensarlas hasta el fin, obtener respuestas directas, sacar conclusiones prácticas. Quienes conocen el libro de Larin sobre el amplio partido obrero —este libro salió hace unos 3 o 4 años— recuerdan, seguramente, cómo ahogó en sus ardientes abrazos la famosa idea de Axelrod del congreso obrero.

Desde marzo de 1910, Larin comenzó a publicar una serie de artículos en «Vozrozhdénie» precisamente sobre la cuestión de la estructura social del poder, las perspectivas y el liquidacionismo. A él se unió el Sr. Piletski. Ambos escritores, habiendo abordado con el ardor de neófitos estas cuestiones, para las que en su propio campo liquidacionista buscaban en vano una respuesta directa, se pusieron a cortar por lo sano. Dicen que del feudalismo en la Rusia contemporánea no hay ni que hablar, el poder ya ha renacido como burgués. «El primer y el segundo elemento —dice Larin, destacando el famoso “tercer elemento”— pueden dormir tranquilos: octubre de 1905 no está a la orden del día» («Vozrozhdénie» Nº 9–10, pág. 20). «Habiendo suprimido la Duma, la habrían restablecido aún más rápidamente que la Austria posrevolucionaria, que suprimió la constitución en 1851 para reconocerla de nuevo en 1860, después de 9 años, sin revolución alguna, simplemente en virtud de los intereses de la parte más influyente de las clases dominantes, que había reestructurado su economía sobre bases capitalistas. En lo sucesivo, la lucha de las distintas capas de las clases dominantes entre sí, después de que se arraigue el régimen social de relaciones burguesas, las obligará también entre nosotros, como en todas partes, a ampliar los marcos del derecho electoral...» (ibídem, pág. 26). «El proceso de incorporación de Rusia al mundo capitalista... encuentra su remate también en la esfera política. Este remate es la imposibilidad, en la etapa que estamos viviendo, de un movimiento revolucionario nacional general como el que tuvo lugar en 1905» (pág. 27).

«Puesto que el poder, por consiguiente» (según las deducciones de Larin), «no se encuentra en modo alguno “casi por entero” en manos de los feudales de la tierra, la lucha por el poder de los “capitalistas de la tierra y de la fábrica” contra los feudales no puede transformarse en una lucha de toda la nación contra el poder existente» (Nº 11, pág. 9)... «Construir las propias líneas tácticas contando con el próximo “ascenso nacional general” significaría condenarse a una infructuosa espera» (ibídem, pág. 11). «No se puede estar entre dos sillas. Si nada ha cambiado en el carácter social del poder, entonces también las tareas y las formas de la actividad deben resultar las de antes, entonces sólo queda “luchar contra los liquidacionistas”. Pero si alguien quiere ir más lejos, construir algo nuevo en sustitución, en continuación y en exaltación de lo viejo que se ha derrumbado, que se ha vuelto inservible, que rinda cuentas consecuentemente de las condiciones de la construcción» (ibídem, pág. 14).

¡Acaso no es ingenuo este Larin! ¡Exige que los oportunistas sean «consecuentes», que no «estén entre dos sillas»!

La redacción de «Vozrozhdénie» se desconcertó. En el Nº 9–10, declarando su desacuerdo con Larin, escribe: «frescura de pensamiento» (en Larin), pero «los artículos de Y. Larin no nos convencieron». En el Nº 11, por lo visto en nombre de la redacción, salió contra Larin V. Mirov, quien reconoció que en la persona de Larin y Piletski «estamos ante una corriente determinada, teóricamente aún poco elaborada, pero que habla un lenguaje muy claro» (¡el mayor defecto, desde el punto de vista de los oportunistas!). «Larin ha rozado de paso —escribía el Sr. Mirov—, y de manera completamente inesperada» (¡vaya! ¡siempre este inquieto Larin con su “lenguaje muy claro” causa molestias a sus amigos!) «también otra cuestión, la del liquidacionismo. Nos parece que no hay una conexión estrecha entre las formas de la construcción del partido y la naturaleza del gobierno ruso, y nos reservamos el derecho de hablar por separado sobre esto» (pág. 22, Nº del 7 de julio de 1910).

«Por separado habló» en nombre de este «nos» ya L. Mártov en el Nº 1 de «Zhizn» (30 de agosto de 1910), quien declaró que «sólo puede sumarse» (pág. 4) a V. Mirov y a la redacción contra Larin. De este modo, la última palabra en toda esta discusión entre los liquidacionistas fue dicha por L. Mártov.

Examinemos, pues, esta última palabra del liquidacionismo.

Mártov emprende la tarea, como siempre, con mucha soltura y mucha... «habilidad». Comienza diciendo que «a la burguesía en el poder o a la burguesía gobernante comenzaron a buscarla minuciosamente entre nosotros inmediatamente después del 3 de junio de 1907». «El régimen del 3 de junio es el régimen de dominación de la burguesía comercial-industrial rusa. Este esquema era aceptado por igual tanto por el indicado grupo de escritores mencheviques (Larin, Piletski) como por sus antípodas, los bolcheviques ortodoxos, que en 1908» escribían «sobre el surgimiento en Rusia de una monarquía burguesa».

¡¿Acaso no es esto una perla de «habilidad»?! Larin reprocha a Mártov el estar entre dos sillas, reconociendo directamente, sin vacilaciones ni astucias, que hay que luchar contra los liquidacionistas si no se reestructura de nuevo la respuesta a las malditas cuestiones dada por los «ortodoxos».

¡Y Mártov da «hábilmente» una voltereta en el aire y trata de hacer creer a los lectores (en agosto de 1910, que no tenían absolutamente ninguna posibilidad de escuchar a la otra parte) que «este esquema» era «aceptado por igual» tanto por Larin como por los «ortodoxos»!!

Esta habilidad es habilidad al estilo de Burienin o Ménshikov{86}, pues no se puede imaginar una desviación de la verdad más... descarada.

«En las discusiones literarias se suele olvidar quién propiamente “comenzó”», escribe, entre otras cosas, Mártov en el mismo lugar. Es justo que esto sucede en las discusiones de literatos, cuando no se habla para nada de la elaboración de una respuesta precisa y formalizada a las malditas cuestiones. Pero nosotros tenemos que habérnoslas precisamente no con una «discusión» de literatos ni meramente literaria, como magnífica, exhaustiva, auténtica y directamente le consta a L. Mártov, que induce a error a los lectores de «Zhizn». Mártov sabe perfectamente cuál es la respuesta formalizada dada y sostenida por los «ortodoxos». Mártov sabe perfectamente que precisamente contra esta respuesta lucha Larin, llamándola «patrón osificado», «edificación de castillos en el aire», etc. Mártov sabe perfectamente que él mismo y todos sus correligionarios y colegas rechazaban la respuesta formalizada dada por los «ortodoxos». Mártov sabe perfectamente «quién propiamente comenzó»; quién comenzó (y terminó) la elaboración de una respuesta precisa y quién se limitó a reírse por lo bajo y a expresar su desacuerdo, sin dar ni dar ninguna respuesta.

¡No se puede imaginar una artimaña más indignante, más deshonesta que esta artimaña de L. Mártov! Larin, con su franqueza y su sinceridad, hirió dolorosamente a los diplomáticos del liquidacionismo, al reconocer (aunque año y medio después) que sin una respuesta precisa no hay manera de arreglárselas. La verdad duele. Y L. Mártov intenta engañar al lector, presentando las cosas como si Larin aceptara «un esquema igual» al de los ortodoxos, aunque en realidad uno y otro esquema son opuestos: del de Larin se deduce la justificación del liquidacionismo; de la «ortodoxa», la condena del liquidacionismo.

Para cubrir su artimaña, Mártov saca de contexto una palabrita del «esquema», tergiversando el nexo en que se encuentra (procedimiento elaborado hasta la perfección por Burienin y Ménshikov). Los ortodoxos, asegura Mártov, escribieron sobre «el surgimiento en Rusia de una monarquía burguesa»; Larin escribe que del feudalismo en Rusia no hay ni que hablar, que el poder ya es burgués; «por lo tanto», ¡los esquemas de Larin y de los ortodoxos son «iguales»! El truco está hecho. El lector que cree a Mártov está embaucado.

Pero, en realidad, el «esquema», o mejor dicho: la respuesta de los ortodoxos dice que el viejo poder en Rusia «da un paso más por el camino de su transformación en monarquía burguesa», defendiéndose precisamente una vía de desarrollo capitalista que «conservaría a los terratenientes precisamente de tipo feudal su poder y sus rentas»; que, como resultado de este estado de cosas, «los factores fundamentales de la vida económica y política que provocaron» la primera crisis de comienzos del siglo XX «siguen actuando».

Larin dice: el poder ya es burgués, por lo tanto, de la «conservación del poder» en manos de los feudales hablan sólo los partidarios del «patrón osificado»; por lo tanto, «los factores fundamentales» del ascenso anterior no siguen actuando; por lo tanto, hay que construir algo nuevo «en sustitución de “lo viejo que se ha vuelto inservible”».

Los «ortodoxos» dicen: el poder da un paso más por el camino de su transformación en monarquía burguesa (no el poder en general, sino), conservándose, manteniéndose el poder real en manos de los feudales, de modo que «los factores fundamentales» de las tendencias anteriores, del tipo anterior de evolución, «siguen actuando», y por eso quienes hablan de «lo viejo que se ha vuelto inservible» son liquidacionistas, cautivos de hecho de los liberales.

La oposición de ambos esquemas, de ambas respuestas, es clara. Tenemos ante nosotros dos respuestas íntegras diferentes, que conducen a conclusiones diferentes.

Mártov hace juegos malabares à la Burienin, remitiéndose a que en ambas respuestas se «habla» del «surgimiento de una monarquía burguesa». Con el mismo derecho podría remitirse a que ambas respuestas reconocen ¡el desarrollo capitalista continuo de Rusia! Sobre la base del reconocimiento general (por todos los marxistas y por todos los que desean ser marxistas) del desarrollo capitalista, se desarrolla la polémica sobre la altura, la forma y las condiciones del mismo. ¡Y Mártov enreda lo discutible para hacer pasar lo indiscutible como objeto de discusión! Sobre la base del reconocimiento general (por todos los marxistas y por todos los que desean ser marxistas) del desarrollo del viejo poder por el camino de la transformación en monarquía burguesa, se desarrolla la polémica sobre el grado, la forma, las condiciones y la marcha de esta transformación; y Mártov enreda lo discutible (¿siguen actuando los factores anteriores? ¿es admisible la renuncia a las viejas formas?, etc.) ¡para hacer pasar lo indiscutible como objeto de discusión!

Que el poder en la Rusia de los siglos XIX y XX se desarrolla en general «por el camino de la transformación en monarquía burguesa», no lo niega Larin, como no lo ha negado hasta ahora ninguna persona en su sano juicio que desee ser marxista. La propuesta de sustituir el adjetivo burgués por la palabra plutocrático valora incorrectamente el grado de transformación, pero en principio no se decide a impugnar que el «camino» real, el camino de la evolución real, consiste precisamente en esta transformación. ¡Que pruebe él a afirmar que la monarquía de 1861–1904 (es decir, indudablemente menos capitalista en comparación con la actual) no representa, en comparación con la época de Nicolás, feudal, uno de los pasos «por el camino de la transformación en monarquía burguesa»!

Mártov no sólo no intenta afirmar esto, sino que, por el contrario, «se suma» a V. Mirov, quien, objetando a Larin, se remite precisamente al carácter burgués de las reformas de Witte, ¡así como de las reformas de los años 60{87}!

Que juzgue ahora el lector sobre la «habilidad» de Mirov y Mártov. Primero repiten contra Larin los argumentos que año y medio antes habían sido aducidos por los «ortodoxos» contra los amigos más próximos, correligionarios y colegas de Mártov y Mirov, ¡y luego aseguran al lector que los «esquemas» de Larin y de los «ortodoxos» son iguales!

Esto no es sólo un modelo de literaturismo contra la política (pues la política exige respuestas directas formalizadas, mientras que los literatos a menudo se limitan a hablar con rodeos), es un modelo de envilecimiento de la literatura hasta el burieninismo.

Después de citar las palabras de Larin arriba mencionadas de que «si nada ha cambiado, etc., entonces sólo queda luchar contra los liquidacionistas», Mártov le responde:

«Hasta ahora pensábamos que nuestras tareas están determinadas por la estructura social de la sociedad en la que actuamos, y las formas de nuestra actividad están determinadas, en primer lugar, por estas tareas, y en segundo lugar, por las condiciones políticas. La naturaleza social del poder, por consiguiente, no tiene una relación directa (cursiva de Mártov) con la determinación de nuestras tareas y formas de actividad».

Esto no es una respuesta, sino una frase vacía y evasiva. Mártov intenta de nuevo enredar la cuestión, trasladar la polémica a un terreno distinto de aquel en que se desarrolla. La cuestión no reside en si la naturaleza social del poder está vinculada directa o indirectamente con las tareas y las formas de la actividad. Que este nexo sea indirecto, la cosa no cambia en absoluto, una vez que se reconoce un nexo estrecho e indisoluble. Y Mártov no se decide a decir ni una palabra contra el reconocimiento del nexo estrecho e indisoluble. Su referencia a las «condiciones políticas» es echar polvo a los ojos del lector. Contraponer la «naturaleza social del poder» a las «condiciones políticas» es tan absurdo como si yo contrapusiera los chanclos fabricados por los hombres a los cubre-botas. Los cubre-botas son precisamente los chanclos. Y no hay más chanclos que los fabricados por los hombres. La naturaleza del poder son precisamente las condiciones políticas. Y no hay más naturaleza del poder que la social.

En resumen, obtenemos que Mártov «habló» con rodeos y eludió la respuesta a Larin. Y la eludió porque no tiene nada que responder. Larin tiene toda la razón en que el punto de vista sobre el «carácter social del poder» (sobre la naturaleza económica del mismo, para hablar con más exactitud) está vinculado estrecha e indisolublemente con los puntos de vista sobre «las tareas y las formas de la actividad». Tanto en Larin como en los «ortodoxos» este nexo está consciente y aplicado. En Mártov (y los suyos) no hay nexo en sus concepciones. Por eso Mártov se ve forzado a escabullirse y a salir del paso con los «cubre-botas».

Escuchemos más:

Esta larga cita nos era necesaria para mostrar al lector la «manera» de Mártov con toda evidencia. Él reconoce que en Kogan (menchevique que colabora sistemáticamente en «trabajos» responsables junto con Mártov) «centellea más o menos claro» el reformismo. Él reconoce que si el reformismo fuera la base de principio del liquidacionismo, esto sería una «ruptura con el pasado». Él lanza frases sonoras, estridentes y efectistas contra «los reformistas que se arrastran», etc. Y termina, ¿con qué creen ustedes?, ¡con la seguridad de que a Larin, naturalmente, «no le sospecha» de tendencias reformistas!!

Pero si esto es punto por punto el discurso de Eduard Bernstein, de Jean Jaurès o de Ramsay MacDonald. Todos ellos «reconocen» que en algunos «extremistas» «centellea»... algo malo, reformismo, liberalismo. Todos ellos reconocen que si el liberalismo fuera la «base de principio» de su política, eso sería una «ruptura con el pasado». Todos ellos lanzan frases sonoras, estridentes, efectistas contra «los liberales que se arrastran», etc. Y todos ellos terminan... con seguridades de que a los Larines, es decir, perdón, a sus camaradas más francos, más «de derecha», correligionarios, amigos, colegas, colaboradores, «no les sospechan» tendencias liberal-burguesas.

Ahí está el meollo: ¡Larin ha dado en los artículos citados una exposición del «sistema» de concepciones del más indudable, del más auténtico reformismo! Negarlo es ir contra la evidencia, es quitar todo sentido al concepto de reformismo. Y si usted «refuta» a Larin, «condena» el reformismo «de principio», lanza frases sonoras contra «los que se arrastran», y al mismo tiempo, a renglón seguido, asegura que a Larin «no le sospecha» de reformismo, ¡con ello se desenmascara plenamente usted mismo! Con ello demuestra usted plenamente que su referencia a su hostilidad «de principio» al «reformismo de principio» es la jactancia con que el mercachifle acompaña sus seguridades: «créame, como si lo dijera en confesión, es lo que más quiero».

Créame, como si lo dijera en confesión: el reformismo de principio lo condeno, pero a Larin «no le sospecho» de reformismo (¡gente abominable, en verdad, estos ortodoxos sospechosos!) y con Larin coincido plenamente en la práctica liquidacionista.

Tal es la «fórmula desarrollada» del oportunismo ruso contemporáneo.

He aquí la aplicación de esta fórmula por el propio Mártov, a quien personas ingenuas (o que no comprenden la profundidad del nuevo reagrupamiento) siguen considerando un «indudable» no liquidacionista:

«La táctica que se perfila en la actividad de los llamados “liquidacionistas” —escribe Mártov en las págs. 9–10— es una “táctica que coloca en el centro el movimiento obrero abierto, que tiende a su ampliación en todas las direcciones posibles y que busca dentro (cursiva de Mártov) de este movimiento obrero abierto —y sólo allí”— (nótese: ¡y sólo allí!)— “los elementos para el renacimiento de la existencia del partido”».

Esto lo dice L. Mártov. Y esto es reformismo, que se arrastra hacia el régimen de la renovada tólmachevschina. La cursiva «que se arrastra» la he tomado del mismo Mártov, pues lo importante es que él, Mártov, en las palabras recién citadas predica de hecho precisamente el arrastrarse. Por muchos juramentos y renuncias contra el «reformismo de principio» que usted ponga al lado de tal prédica, la cosa no cambia. De hecho, al decir: «y sólo allí», al decir: «en el centro», Mártov conduce precisamente la línea reformista (en la situación particular de la Rusia de 1908–1910), y que crean en jactancias, promesas, seguridades y juramentos los infantes políticos.

«...Las polémicas de Marx con Willich-Schapper a comienzos de los años 1850 giraban justamente (!!) en torno a la cuestión del significado de las sociedades secretas y de la posibilidad de dirigir desde ellas la lucha política... Los blanquistas (en la Francia de los años 60) “se preparaban” para estos acontecimientos (para el desplome del bonapartismo) organizando sociedades secretas y encerrando en ellas a obreros aislados; la sección francesa de los marxistas, en cambio... iba a las organizaciones obreras, las fundaba, “luchaba por la legalidad” por todos los medios...»

Ni uno ni otro ejemplo vienen al caso. Entre Marx y Willich en los años 50, entre los blanquistas{88} y los marxistas en los años 60, la polémica no versaba en absoluto sobre si se debía buscar «sólo» en las organizaciones «pacíficas, toleradas» (Mártov, pág. 10, Nº 1 de «Zhizn») «elementos para el renacimiento de la existencia del partido». Mártov lo sabe perfectamente y en vano intenta inducir a error a los lectores. Ambas polémicas no se llevaron a cabo sobre el «renacimiento» del partido obrero, pues entonces no se podía discutir sobre el renacimiento de lo que hasta entonces no había existido en absoluto. Ambas polémicas se llevaron a cabo precisamente sobre si es necesario en general un partido obrero que se apoye en el movimiento obrero, un partido de clase. Precisamente esto lo negaban tanto Willich como los blanquistas de los años 60, como sabe perfectamente Mártov, que en vano intenta, con discursos sobre lo que hoy es indiscutible, tapar lo que hoy es discutible. No sólo en los años 50 y en los años 60, Marx jamás se situó en el punto de vista de que «sólo» en las organizaciones pacíficas y toleradas se deben buscar elementos para el renacimiento o para el nacimiento de la existencia del partido, sino que, incluso a fines de los años 70, en una etapa inconmensurablemente más alta del desarrollo del capitalismo y del desarrollo de la monarquía burguesa, Marx y Engels desataron una guerra implacable contra los oportunistas alemanes que liquidaban el pasado reciente de la «existencia del partido» alemán, que deploraban los «extremismos», que hablaban de formas «más civilizadas» de movimiento (de «europeización», en el lenguaje de los liquidacionistas rusos contemporáneos), que defendían la idea de que «sólo» en las organizaciones «pacíficas y toleradas» conviene «buscar elementos de renacimiento», etc.

«Resumo —escribe Mártov—. Para la fundamentación teórica y la justificación política de lo que hacen ahora los mencheviques que han permanecido fieles al marxismo, es completamente suficiente el hecho de que el régimen actual representa una combinación internamente contradictoria de absolutismo con constitucionalismo y de que la clase obrera rusa ha madurado para, de modo semejante a los obreros de los países avanzados de Occidente, aferrar este régimen por el talón de Aquiles de estas contradicciones».

Estas palabras de Mártov («es completamente suficiente») son completamente suficientes también para que nosotros hagamos nuestro resumen. Mártov encuentra «completamente suficiente» lo que reconocen también los kadetes, y una parte de los octubristas. Precisamente «Rech» planteó en enero de 1911 la cuestión tal como, ya en agosto de 1910, proponía plantearla Mártov: combinación contradictoria —según dicen— de constitucionalismo con inconstitucionalidad; dos campos: a favor de la constitución y en contra de ella. Para Mártov es «completamente suficiente» lo que es completamente suficiente para «Rech». Aquí no hay ni un gramo de marxismo. Todo el marxismo se ha volatilizado aquí y ha sido sustituido por el liberalismo. Para un marxista, en ningún caso es «suficiente» el hecho de que entre nosotros exista una «combinación contradictoria». El marxismo comienza sólo allí donde comienza la conciencia, la comprensión de que esta verdad es insuficiente, de que contiene una cucharada de verdad y un barril de mentira, de que desdibuja la profundidad de las contradicciones, embellece la realidad, niega los únicos medios posibles para salir de la situación.

La «combinación contradictoria» del viejo régimen con el constitucionalismo existe no sólo en la Rusia actual, sino también en la Alemania actual e incluso en la Inglaterra actual (Cámara de los Lores; independencia de la Corona de los representantes del pueblo en asuntos de política exterior, etc.). Cabe preguntar: ¿qué posición ocupa realmente (es decir, independientemente de los buenos deseos y de los discursos bienintencionados) el político que declara que para el ruso «es completamente suficiente» reconocer lo que es cierto también con respecto a Alemania y con respecto a Inglaterra? Tal político ocupa realmente la posición de un liberal, de un kadete. Ni siquiera un demócrata burgués más o menos consecuente puede estar ni está entre nosotros en tal posición. La última palabra de Mártov, su fórmula final que resume toda la discusión entre los liquidacionistas, da una expresión asombrosamente precisa, pasmosamente clara y exhaustivamente completa de las concepciones liberales introducidas bajo una bandera supuestamente marxista.

Cuando los liberales —y no sólo los kadetes, sino también una parte de los octubristas— dicen: es completamente suficiente para la fundamentación teórica y la justificación política de nuestra actividad reconocer la combinación internamente contradictoria del viejo régimen con el constitucionalismo, los liberales permanecen completamente fieles a sí mismos. Dan en estas palabras una fórmula liberal realmente precisa, la fórmula de la política liberal de 1908–1910 (si no de 1906–1910). El marxista, en cambio, descubre su marxismo sólo entonces y en la medida en que explica la insuficiencia y la falsedad de esta fórmula, que elimina lo específico que distingue de principio, de raíz, las «contradicciones» rusas de las inglesas y alemanas. «Es completamente suficiente aceptar que el constitucionalismo tiene entre nosotros mucho que lo contradice», dice el liberal. «Es completamente insuficiente tal reconocimiento —responde el marxista—. Es necesario tener conciencia de que no existe una base elemental, fundamental, cardinal, sustancial, necesaria para el “constitucionalismo” en general. El error de raíz del liberalismo consiste justamente en reconocer que esta base existe, mientras que no existe, y este error explica la impotencia del liberalismo y se explica por la impotencia del bello idealismo burgués».

Traduciendo esta antinomia política al lenguaje económico, puede formularsela así. El liberal supone que la vía del desarrollo económico (capitalista) ya está dada, definida, rematada, que se trata de despejar los estorbos, las contradicciones de esta vía. El marxista supone que esta vía dada de desarrollo capitalista no saca hasta ahora del atolladero, a pesar de progresos burgueses tan indudables de la evolución económica como el 9 de noviembre de 1906 (o el 14. VI. 1910), como la III Duma, etc., y que hay otra vía, también de desarrollo capitalista, una vía capaz de conducir al camino real, una vía que hay que señalar, que hay que explicar, preparar, defender, llevar a la vida, a pesar de todas las vacilaciones, de toda la falta de fe y de pusilanimidad del liberalismo.

Mártov polemiza con Larin como si fuera mucho más «de izquierda» que Larin. Y muchas personas ingenuas se dejan engañar, diciendo: ¡por supuesto, Potrésov, Levitski, Larin son liquidacionistas, por supuesto son de la extrema derecha, algo así como nuestros Rouanet, pero Mártov, Mártov no es liquidacionista! Pero, en realidad, las frases efectistas de Mártov contra Larin, contra los reformistas que se arrastran, no son más que una cortina de humo, pues en su conclusión, en su última palabra, en su resumen, Mártov refuerza precisamente a Larin. Mártov no es en absoluto «más de izquierda» que Larin, sólo es más diplomático, más carente de principios que Larin, se oculta más astutamente detrás de abigarrados jirones de palabrejas supuestamente «marxistas». La conclusión de Mártov: «es completamente suficiente» reconocer la combinación contradictoria, es precisamente la confirmación del liquidacionismo (y del liberalismo) que Larin necesita. Pero Larin quiere justificar esta conclusión, demostrarla, pensarla hasta el fin, hacerla de principio. Y Mártov le dice a Larin, como Vollmar, Auer y otros «viejos gorriones» del oportunismo le decían al joven oportunista Eduard Bernstein: «Querido Larin... es decir, querido Edy (diminutivo de Eduard), ¡eres un asno! Esto hay que hacerlo, pero de esto no se puede hablar». «Querido Larin, para usted y para mí es “completamente suficiente” la práctica liquidacionista, es “completamente suficiente” el reconocimiento liberal del carácter contradictorio del viejo régimen con el constitucionalismo, pero —por Dios— no vaya más lejos, no “profundice”, no busque claridad de principios ni integridad, no construya una apreciación del “momento actual”, porque eso nos desenmascara a usted y a mí. Hagamos, pero no hablemos».

Mártov enseña a Larin a ser oportunista.

No se puede estar entre dos sillas, le dice Larin a Mártov, exigiendo una explicación y justificación de principio del liquidacionismo, tan querido para ambos.

— ¡Pues qué clase de oportunista es usted después de esto —responde Mártov—, si no sabe estar entre dos sillas! ¿Qué clase de oportunista es usted después de esto, si busca una justificación de principio precisa, directa y clara de la práctica? Un verdadero oportunista debe precisamente estar entre dos sillas, debe precisamente defender la «táctica-proceso» (recuerden a Martínov y Kríchievski de la época de 1901), debe flotar en la corriente, borrando las huellas, sorteando todo lo que sea de principios. Bernstein (después de las lecciones de Vollmar, Auer, etc.) sabe ahora ser revisionista sin proponer ningún cambio en la profession de foi{89} ortodoxa de Erfurt. Y nosotros con usted debemos saber ser liquidacionistas sin proponer ningún cambio en la respuesta formal ortodoxa (de 1908) a las «malditas cuestiones» del momento actual{90}. Para ser un verdadero oportunista, querido y estimado Larin, hay que, de hecho, en la práctica, en el carácter del propio trabajo, arrastrarse; y de palabra, ante el público, en los discursos, en la prensa, no sólo no buscar teorías que justifiquen el arrastrarse, sino, al contrario, gritar más fuerte contra los que se arrastran, jurar y perjurar con más celo que nosotros no nos arrastramos.

Larin se calló. En el fondo de su alma no pudo, probablemente, dejar de reconocer que Mártov es un diplomático más hábil, un oportunista más sutil.

Todavía hay que abordar desde otro lado la fórmula final de Mártov: «es completamente suficiente» reconocer el carácter contradictorio de la combinación del viejo régimen con el constitucionalismo. Comparen esta fórmula con la famosa fórmula de V. Levitski: «No hegemonía, sino partido de clase» («Nasha Zariá» Nº 7). En esta fórmula, Levitski (– Larin de «Nasha Zariá») no hizo más que expresar de manera más directa, más franca, más de principio, lo que enredó, desdibujó y drapeó con palabras rebuscadas Potrésov, al limar y rehacer su artículo contra la hegemonía bajo la influencia de los ultimátums de Plejánov.

La fórmula de Mártov y la fórmula de Levitski son dos caras de una misma medalla. El esclarecimiento de esta circunstancia para Mártov, que aparenta no comprender el nexo de la idea de hegemonía con la cuestión del liquidacionismo, constituirá el tema del próximo artículo.

P. S. El presente artículo ya había sido entregado a la imprenta cuando recibimos el Nº 2 de «Delo Zhizni» con la conclusión del artículo de Y. Larin: «A la derecha — y en redondo». El reformismo, del que L. Mártov, «naturalmente, no sospecha» a Y. Larin, es expuesto por Larin con la claridad de antes en la nueva revista liquidacionista. Limitémonos por ahora a citar la esencia del programa reformista:

«El estado de desconcierto e indeterminación, cuando la gente simplemente no sabe qué esperar del día de mañana, qué tareas plantearse, —he aquí lo que significa el estado de ánimo de expectación indeterminada, las vagas esperanzas, no se sabe si en la repetición de la revolución o en “allá se verá”. La tarea inmediata no es la infructuosa espera a que el mar traiga el tiempo, sino la penetración en amplios círculos de la idea rectora de que, en el nuevo período histórico de la vida rusa que ha sobrevenido, la clase obrera debe organizarse no “para la revolución”, no “en espera de la revolución”, sino simple y llanamente para la defensa firme y planificada de sus intereses particulares en todas las esferas de la vida; para la reunión y el entrenamiento de sus fuerzas mediante esta actividad múltiple y compleja; para la educación y la acumulación por esta vía de la conciencia socialista en general; para la capacidad de orientarse (desenvolverse) —¡y de defenderse!— en las complejas interrelaciones de las clases sociales de Rusia durante la futura renovación constitucional de la misma —en particular—, después del económicamente inevitable autoagotamiento de la reacción feudal» (pág. 18).

Esta tirada expresa con exactitud todo el espíritu y todo el sentido del «programa» de Larin y de todos los escritos liquidacionistas de «Nasha Zariá», «Vozrozhdénie», «Delo Zhizni», etc., hasta el «es completamente suficiente» de L. Mártov que hemos analizado. Esta tirada es el reformismo más puro y más pleno. No podemos detenernos ahora en esta tirada; no podemos analizarla aquí tan detalladamente como merece. Limitémonos, por tanto, a una breve observación. Los kadetes de izquierda, los socialistas sin partido, los demócratas pequeñoburgueses (como los «enesistas»{91}) y los reformistas de entre las personas que desean ser marxistas, predican a los obreros el programa: reúnan sus fuerzas, edúquense, entrénense, defiendan sus intereses simple y llanamente, para defenderse durante la futura renovación constitucional. Semejante programa cercena, reduce, castra las tareas políticas de la clase obrera en 1908–1911 en la misma medida en que los «economistas» castraban estas tareas en 1896–1901. Los viejos «economistas», engañándose a sí mismos y a los demás, gustaban de remitirse a Bélgica (el predominio del reformismo entre los belgas ha sido esclarecido recientemente por los excelentes trabajos de De Man y Brouckère; a estos trabajos volveremos); los nuevo-economistas, es decir, los liquidacionistas, gustan de remitirse a la pacífica obtención de la constitución por Austria en 1867. Tanto los viejos «economistas» como nuestros liquidacionistas eligen ejemplos, casos, episodios de la historia del movimiento obrero y de la democracia en Europa en que los obreros, por unas u otras razones, eran débiles, inconscientes, dependientes de la burguesía, y presentan semejantes ejemplos como modelo para Rusia. Tanto los «economistas» como los liquidacionistas son conductores de la influencia burguesa sobre el proletariado.

«Mysl» Nº 4, marzo de 1911. Firmado: V. Ilín

Se publica según el texto de la revista «Mysl»