En repetidas ocasiones hemos tenido que señalar la desintegración ideológica y orgánica por la derecha, en el campo de los demócratas burgueses y de los oportunistas socialistas, desintegración inevitable –en un período de recrudecimiento de la contrarrevolución– entre los partidos y corrientes con predominio de la intelectualidad pequeñoburguesa. Pero el cuadro de la desintegración quedaría incompleto si no nos detuviéramos también en la desintegración por la «izquierda», en el campo de los pequeñoburgueses «socialistas-revolucionarios».

Por supuesto, la expresión «izquierda» sólo puede utilizarse aquí en un sentido muy, muy convencional, para caracterizar a quienes son proclives a jugar al izquierdismo. Ya hemos señalado más de una vez en _Proletari_ que fue justamente el período de mayor auge de la revolución rusa el que puso de manifiesto con particular claridad, en una política abierta y de masas, toda la inestabilidad, toda la inconsistencia, toda la falta de principios del «revolucionarismo» eserista. Basta recordar los acontecimientos más importantes. El ascenso otoñal de 1905: los eseristas en un bloque secreto con los enesistas, los cuales tiran hacia un «partido socialista-popular» legal. El congreso del partido s.-r. en diciembre de 1905 rechaza el «plan» de crear semejante doble del partido eserista, pero durante el ascenso primaveral y estival de 1906 vemos de nuevo a los eseristas en los diarios, es decir, en la principal tribuna de la agitación de todo el pueblo, marchando en bloque con los enesistas. Estos últimos renuncian abiertamente a la revolución en otoño de 1906, tras la derrota de Sveaborg y Kronstadt{74}, se manifiestan abiertamente como oportunistas, y, no obstante, las elecciones a la II Duma en Petersburgo (primavera de 1907) resucitan otra vez el «bloque populista» de eseristas, enesistas y trudoviques. En una palabra, la revolución puso al desnudo plena y definitivamente la ausencia de cualquier base de clase medianamente definida en el partido s.-r., lo redujo de hecho al papel de apéndice, de ala de la democracia campesina pequeñoburguesa, lo obligó a oscilar constantemente entre el ímpetu revolucionario verbal y la diplomacia enesista-trudovique. La escisión de los maximalistas, que durante todo el transcurso de la revolución se estaban separando pero no lograban separarse definitivamente de los eseristas, no hizo más que confirmar la inestabilidad de clase del revolucionarismo populista. Al centro eserista, a los eseristas «puros» –escribíamos aún en el núm. 4 de _Proletari_, en el artículo «Los mencheviques eseristas»– no le queda sino defenderse, con argumentos tomados de los marxistas, contra ambas «nuevas» tendencias en el eserismo[19]. Si los socialdemócratas salieron de la revolución cohesionando definitivamente en torno a sí a una clase determinada, a saber, el proletariado, y acuñando dos corrientes propias de toda la socialdemocracia internacional, la oportunista y la revolucionaria, los socialistas-revolucionarios salieron de la revolución sin base directa alguna, sin frontera alguna definida, capaz de separarlos, por un lado, de los trudoviques y enesistas, vinculados a la masa de pequeños propietarios, y, por otro lado, de los maximalistas, en tanto que grupo terrorista intelectual.

Y ahora, tras la desaparición –quizás temporal– del maximalismo, vemos el resurgimiento de una corriente afín a él con un nuevo atuendo. El periodicucho _Pensamiento Revolucionario_{75} (núm. 1, abril de 1908; núm. 2, junio), órgano de «un grupo de socialistas– órgano central, _Znamia Truda_, y proclama la «revisión de nuestra (es decir, de los revolucionarios), se deslinda del «órgano oficial del partido s.-r.», es decir, del órgano central, _Znamia Truda_{76}, y proclama la «revisión de nuestra (es decir, eserista) concepción teórica del mundo, de nuestros métodos eseristas de lucha y organización». Por supuesto, toda esa «revisión», todo ese «trabajo crítico creador» prometido por el nuevo periódico no es más que pura frase. En realidad, de ninguna revisión de la teoría hay ni puede haber, porque el nuevo periódico no tiene ninguna concepción teórica del mundo, sino únicamente un refrito en mil variantes de las apelaciones al terror, más un tosco, inhábil e ingenuo acomodamiento a este procedimiento presuntamente nuevo, pero en realidad viejo, muy viejo, de las concepciones sobre la revolución, sobre el movimiento de masas, sobre el significado de los partidos en general, etc. La asombrosa indigencia de semejante bagaje «teórico» salta a la vista al compararla con las grandilocuentes promesas de revisión, crítica y creación. La confusión total de las concepciones teóricas tanto en la «nueva» como en la «vieja» tendencia del eserismo resalta de manera tanto más vívida cuanto que _Pensamiento Revolucionario_ pone de relieve ella misma la «evolución que se está produciendo en las concepciones de los dirigentes del órgano oficial del partido s.-r.», evolución que consiste en subrayar con el máximo énfasis el «terror político central sistemático» para «acelerar los acontecimientos». Es una cita del núm. 8 de _Znamia Truda_. Y en el núm. 10-11 (febrero-marzo de 1908) nos encontramos con discursos absolutamente idénticos sobre la «concentración de los esfuerzos de todo el partido» en el «terror político central», sobre la necesidad de hallar para ello «grandes recursos monetarios», y justo al lado se lanza una «sutil insinuación» sobre la fuente posible de esos recursos: «todos los partidos –escribe _Znamia Truda_, págs. 7-8–, hasta los kadetes y los renovadores pacíficos, se beneficiarán de los frutos inmediatos de esta actividad. Y por eso el partido tiene derecho a contar con la más amplia ayuda social en esta su lucha.»

El lector ve que no hay nada nuevo en los discursos del nuevo periódico. Sólo es característico por el lado de que proporciona un material instructivo para enjuiciar la desintegración encubierta con frases «izquierdistas» y presuntamente revolucionarias. Los mencheviques en _Golos Sotsial-Demokrata_ (núm. 1) justifican la recaudación de recursos monetarios de los liberales por una conocida solidaridad política de objetivos. Los eseristas en _Znamia Truda_ dicen a los kadetes y a los renovadores pacíficos: ustedes serán quienes se beneficiarán de los frutos. Las extremidades se tocan. El oportunismo pequeñoburgués y el revolucionarismo pequeñoburgués «vuelven la mirada» por igual –aunque desde flancos distintos– hacia los kadetes y los renovadores pacíficos. Y no es sólo en esto en lo que coinciden las mencionadas extremidades. La desilusión es el saldo que de la revolución han sacado tanto los mencheviques como los populistas «revolucionarios». Unos y otros están dispuestos a renunciar al espíritu de partido, a las viejas tradiciones partidarias, a la lucha revolucionaria de masas. «El error común a casi todos los partidos revolucionarios –escribe _Pensamiento Revolucionario_–, error que ha jugado un papel funesto en la crisis que estamos viviendo, consiste en la exagerada fe en la posibilidad y necesidad de la insurrección popular de masas…» «La vida no justificó las expectativas del partido». En vano, según parece, construyeron los socialistas-revolucionarios un «programa socialista según el molde marxista», construyeron «una representación de la revolución identificándola con el movimiento de masas y la insurrección de masas, provocada por las necesidades económicas, aunque eso sí, con la enmienda de una minoría con iniciativa». En lugar de enmiendas, es necesario desarrollar «la teoría y la práctica de la acción activa de la minoría con iniciativa» (núm. 1, págs. 6-7). Es necesario ensalzar la importancia del «sentimiento inmediato que embarga al revolucionario, y de los ideales que lo inspiran» (núm. 2, pág. 1), mientras que las cuestiones teóricas, la filosofía, el socialismo científico son todas pamplinas, a juicio de los «nuevos» oscurantistas social-revolucionarios. «¿Hay esperanza de una insurrección armada en un futuro más o menos cercano (así está dicho literalmente: “más o menos cercano”)?» –pregunta _Pensamiento Revolucionario_ y responde: «En esto todos están de acuerdo: no hay tal esperanza» (núm. 2, pág. 2). Conclusión: en Rusia «la transformación política no puede ser llevada a cabo sino por una minoría revolucionaria» (pág. 7). «Las causas del fracaso de los partidos revolucionarios en los últimos tres años no fueron casuales y dependieron, a nuestro parecer, no sólo de las condiciones objetivas y no sólo de los errores tácticos, sino que residieron también en la propia concepción de su organización» (pág. 10): los revolucionarios se planteaban, según parece, «tareas irrealizables» de dirigir verdaderamente a las masas; los socialdemócratas confundían a los eseristas y los incitaban, en detrimento de la verdadera causa –la lucha terrorista–, a pensar en la organización del campesinado y en su preparación para la insurrección armada general (pág. 11). La centralización extrema de los partidos –el «generalship»– «el espíritu de autoritarismo» (pág. 12): he ahí el mal. «En un partido grande y fuerte los revolucionarios veían el único medio y la garantía del logro del fin planteado, sin advertir ni la imposibilidad práctica, en nuestras condiciones rusas, de crear tal partido, ni todos sus lados oscuros» (pág. 12).

¡Parece suficiente! No vale la pena gastar palabras acerca de qué caos de pensamiento reina en _Pensamiento Revolucionario_, qué oscurantismo predica, sobre qué trivial desesperación filistea, pusilanimidad y desilusión tras las primeras dificultades de la causa se asienta el programa presuntamente revolucionario de este grupo. Las citas aducidas hablan por sí mismas.

Pero que no piense el lector que semejantes razonamientos son simple despropósito, soltado casualmente por un grupito desconocido e insignificante. No, tal opinión sería errónea. Aquí hay su lógica propia, la lógica de la desilusión respecto al partido y a la revolución popular, de la desilusión respecto a la capacidad de las masas para la lucha revolucionaria directa. Es la lógica de la excitación intelectual, del histerismo, de la incapacidad para el trabajo sostenido y tenaz, del desconocimiento de cómo aplicar en circunstancias que han cambiado los principios fundamentales de la teoría y de la táctica, del desconocimiento de cómo llevar el trabajo de propaganda, agitación y organización en condiciones que difieren radicalmente de aquellas que vivimos recientemente. En lugar de dirigir todos los esfuerzos a combatir la descomposición filistea que penetra no sólo a las clases altas, sino también a las bajas, en lugar de cohesionar con más fuerza las dispersas fuerzas del partido para defender los probados principios revolucionarios, en lugar de eso, gentes desequilibradas, desligadas de la base de clase en las masas, arrojan por la borda todo lo que han aprendido y proclaman la «revisión», es decir, el retorno al trasto viejo, al artesanado revolucionario, a la actividad disgregada de grupitos. Ningún heroísmo de esos grupitos e individuos en la lucha terrorista cambiará el hecho de que su actividad, en tanto que gente de partido, es una manifestación de la desintegración. Y es de suma importancia asimilar la verdad –confirmada por la experiencia de todos los países que han atravesado derrotas de la revolución– de que una misma psicología, una misma peculiaridad de clase, por ejemplo la de la pequeña burguesía, se manifiesta tanto en el abatimiento del oportunista como en la desesperación del terrorista.

«Todos están de acuerdo en que no hay esperanza de una insurrección armada en un futuro más o menos cercano». Medítense esta frase efectista y estereotipada. Gentes que, por lo visto, nunca han reflexionado sobre las condiciones objetivas que engendran primero una amplia crisis política, y después, al agudizarse esta crisis, la guerra civil. Gentes que aprendieron de memoria la «consigna» de la insurrección armada, sin haber comprendido el significado y las condiciones de aplicabilidad de esta consigna. Por eso arrojan con tanta facilidad consignas no meditadas, asumidas por fe, tras las primeras derrotas de la revolución. Pero si estas gentes valoraran el marxismo como la única teoría revolucionaria del siglo XX, si hubieran aprendido la historia del movimiento revolucionario ruso, verían la diferencia entre la frase y el desarrollo de consignas verdaderamente revolucionarias. Los socialdemócratas no plantearon la «consigna» de la insurrección ni en 1901, cuando las manifestaciones hicieron que Krichevski y Martínov gritaran del «asalto», ni en 1902 y 1903, cuando el difunto Nadezhdin calificó el plan de la vieja _Iskra_ de «literaturismo». La consigna de la insurrección se planteó solo después del 9 de enero de 1905, cuando ya nadie podía dudar de que la crisis política nacional había estallado, y de que ésta se agudizaba, en el movimiento directo de las masas, no por días sino por horas. Y, en pocos meses, esa crisis condujo a la insurrección.

¿Qué lección se desprende de ello? Que nosotros debemos ahora seguir con atención la preparación de la nueva crisis política que se está gestando, enseñar a las masas las lecciones de 1905, la inevitabilidad del paso de toda crisis aguda a la insurrección, y fortalecer la organización que lanzará esta consigna en el momento en que sobrevenga la crisis. En cambio, plantear la pregunta así: «¿hay esperanza en el futuro más o menos cercano?» es estéril. La situación de las cosas en Rusia es tal, que ningún socialista medianamente reflexivo se atreverá a hacer pronósticos. Todo lo que sabemos y podemos decir se resume en que Rusia no puede vivir sin una reconstitución de las relaciones agrarias, sin la demolición completa del viejo régimen de la tierra; y Rusia vivirá. La lucha se libra en torno a si Stolypin logrará realizar esa demolición a la manera terrateniente, o si los campesinos, bajo la dirección de los obreros, la llevarán a cabo ellos mismos como les sea provechoso. Tarea de los socialdemócratas es inculcar en las masas la comprensión clara de esta base económica de la crisis en gestación, y educar una organización seria del partido que ayude al pueblo a asimilar las ricas lecciones de la revolución y sea capaz de dirigirlo en la lucha, cuando maduren las fuerzas que están madurando para una nueva «campaña» revolucionaria.

Pero esta respuesta, por supuesto, parecerá «indeterminada» a aquellas gentes que consideran las «consignas» no como una deducción práctica del análisis de clase y del balance de un momento histórico concreto, sino como un talismán dado de una vez y para siempre al partido o a la tendencia. A esa gente le resulta incomprensible que el desconocimiento de cómo adecuar la propia táctica a las diferencias entre los momentos plenamente definidos y los indefinidos sea resultado de la falta de educación política y de la estrechez de horizontes. ¡Fortalecer la organización! Nuestros héroes del «chillido» revolucionario arrugan con desdén la nariz respecto a tan modesta, inocente tarea, que no promete «ahora», inmediatamente, mañana mismo, ningún ruido ni estruendo. «La vida no justificó las expectativas del partido». ¡Y esto se dice después de tres años de revolución que dieron una confirmación, nunca vista en el mundo, del papel y de la importancia de los partidos fuertes! Justamente la revolución rusa demostró en su primer período que se puede, incluso bajo el orden plevense{77}, crear un partido realmente capaz de dirigir a las clases. En la primavera de 1905 nuestro partido era una unión de círculos clandestinos; en otoño se convirtió en el partido de millones de proletarios. ¿Acaso esto se produjo «de golpe», señores, o fue una década de trabajo lento, tenaz, inadvertido y sin ruido la que preparó y garantizó semejante resultado? Y si en un momento como el que estamos atravesando, los señores eseristas oficiales y oficiosos ponen en primer plano el regicidio, y no la creación en la masa campesina de una organización partidaria capaz de forjar algo más sólido, ideológico, firme y resistente a partir del revolucionarismo gelatinoso del trudoviquismo como corriente, entonces diremos que el socialismo populista en Rusia está muriendo, que está muerto ya desde hace mucho, que sus jefes sienten borrosamente su «bancarrota» como populistas ya en la primera campaña de la revolución popular.

No esperábamos de los campesinos capacidad para un papel dirigente o incluso independiente en la revolución, y no nos desanimaremos por el fracaso de la primera campaña, que ha mostrado la enorme difusión de las ideas revolucionario-democráticas, aunque extremadamente confusas y gelatinosas, en el campesinado. Y sabremos trabajar de nuevo con la misma perseverancia y tenacidad con que trabajábamos antes de la revolución, para que no se quiebre la tradición del partido, para que el partido se fortalezca y pueda dirigir en la segunda campaña no a dos o tres millones de proletarios, sino a una cantidad cinco, diez veces mayor. ¿No creen ustedes en esta tarea? ¿Les resulta aburrida? ¡Buen viaje, honorabilísimos: no son ustedes revolucionarios, son simplemente gritones!

Y de un modo igualmente histérico plantea el órgano oficial de ustedes la cuestión de la participación en la III Duma[20]. En el número 10-11 de _Znamia Truda_ un energúmeno se mofa de los errores de nuestros diputados socialdemócratas de la III Duma y exclama a propósito de sus declaraciones: «¿Quién sabe de esas declaraciones, de esas votaciones y abstenciones?» (pág. 11).

A esto diremos: sí, nuestros diputados socialdemócratas en la III Duma cometieron muchos errores. Y precisamente este ejemplo, que los eseristas tuvieron a bien tomar, muestra la diferencia en la actitud hacia la causa del partido obrero y del grupo intelectual. El partido obrero comprende que en un período de calma política y desintegración es inevitable que esta desintegración se manifieste también en la fracción de la Duma, la cual, en nuestro caso de la III Duma, pudo concentrar incluso menos fuerzas importantes del partido que en la II. Por eso el partido obrero critica y corrige los errores de sus diputados; cada organización, al discutir cada discurso y al llegar a la conclusión de que tal o cual declaración o intervención es un error, suministra material para la acción política de las masas. No se preocupen, señores eseristas: en el momento de la agudización de la crisis política, nuestra fracción, y en todo caso los miembros de nuestra fracción en la Duma, sabrán cumplir con su deber. Y nuestra crítica de sus errores se hace de modo público, abierto, ante las masas. De esta crítica aprenden los diputados, aprenden las clases, aprende el partido, que ha visto tiempos difíciles y sabe que no con histerismos, sino sólo con el trabajo tenaz y firme de todas las organizaciones, se puede salir con honor de una situación penosa. _Proletari_, como periódico del extranjero, era consciente de su obligación de dar consejos con cautela desde lejos, pero también él propuso abiertamente medidas para mejorar el trabajo de la fracción. Nuestra crítica partidaria abierta, como complemento del trabajo de la fracción, consigue que las masas conozcan tanto las declaraciones en la Duma como el carácter de las correcciones partidarias a las mismas. Y no saber valorar la palabra pronunciada en la Duma en momentos en que las organizaciones del partido y la prensa partidaria atraviesan una gran desintegración, significa mostrar una frivolidad intelectual desmesurada.

Los señores eseristas no comprenden el significado de las intervenciones socialistas abiertas con crítica y corrección directa de las mismas en sus órganos partidarios. Los señores eseristas prefieren silenciar los errores de sus dirigentes: sobre esto ha vuelto a recordar el número 10-11 de _Znamia Truda_, insultándonos por las manifestaciones «triviales» acerca del kadetofilismo de Gershuni. Hace tiempo que expresamos nuestra opinión sobre esta cuestión[21] y no volveríamos a repetirla obligadamente ahora, poco después de la muerte de un hombre torturado por los verdugos zaristas, que con su devoción a la organización revolucionaria se ganó un profundo respeto. Pero ya que los señores eseristas han tenido a bien sacar el tema, responderemos. Aparte de insultos, ustedes no pueden contestarnos nada, señores; no pueden decir directa y abiertamente quién de ustedes aprueba y quién no la postura de Gershuni en el congreso (de febrero de 1907) del partido s.-r. Ustedes no pueden responder a la esencia y sacar a la luz los errores de sus jefes, el número de sus partidarios, etc., porque ustedes no tienen partido, no valoran la educación de las masas mediante la crítica abierta de personas, declaraciones, tendencias y matices.

La clase obrera sabrá educar y templar sus organizaciones criticando abiertamente a sus representantes. No de golpe, no sin fricciones, no sin lucha y no sin trabajo, pero resolveremos la difícil tarea que nos ha planteado el difícil viraje de los acontecimientos: conjugar las intervenciones abiertas en la Duma con la actividad ilegal del partido. En la resolución de esta tarea se pondrá de manifiesto la madurez del partido que ha atravesado la primera campaña de la revolución; en la resolución de esta tarea se dará una de las garantías de que, en la segunda campaña, el proletariado, bajo la dirección de la socialdemocracia, sabrá luchar con más habilidad y más cohesión, y vencer con más decisión.

_Proletari_ núm. 32, (15) 2 de julio de 1908.

Se publica según el texto del periódico _Proletari_.