El movimiento revolucionario en distintos Estados de Europa y Asia se ha hecho sentir en los últimos tiempos de manera tan imponente, que ante nosotros se perfila con bastante claridad una nueva etapa de la lucha internacional del proletariado, incomparablemente más elevada que las anteriores.

En Persia se produjo una contrarrevolución que combinó de manera peculiar la disolución rusa de la primera Duma con la insurrección rusa de finales de 1905. Las tropas del zar ruso, vergonzosamente derrotadas por los japoneses, toman revancha celosamente al servicio de la contrarrevolución. A las hazañas de fusilamientos, expediciones punitivas, masacres y saqueos en Rusia, siguen las hazañas de esos mismos cosacos en la represión de la revolución en Persia. Que Nikolái Románov, al frente de los terratenientes de las centurias negras y de los capitalistas amedrentados por las huelgas y la guerra civil, se enfurezca contra los revolucionarios persas, es comprensible, y no es la primera vez que el papel de verdugos internacionales recae sobre los cristianísimos guerreros rusos. Que Inglaterra, lavándose las manos farisaicamente, mantenga una evidente neutralidad amistosa hacia los reaccionarios persas y los partidarios del absolutismo, es un fenómeno de un carácter algo distinto. Los liberales burgueses ingleses, irritados por el crecimiento del movimiento obrero en su propia casa, atemorizados por el auge de la lucha revolucionaria en la India, muestran cada vez con más frecuencia, con más franqueza y con más crudeza en qué bestias se convierten los «políticos» europeos más «civilizados», los que han pasado por la más alta escuela del constitucionalismo, cuando se trata del despertar de la lucha de las masas contra el capital, contra el sistema capitalista colonial, es decir, el sistema de esclavización, saqueo y violencia. Difícil es la situación de los revolucionarios persas en un país que ya casi se disponían a repartirse entre sí los amos de la India, por un lado, y el gobierno contrarrevolucionario ruso, por el otro. Pero la tenaz lucha en Tavriz, el paso repetido de la fortuna militar a manos de los revolucionarios que ya parecían completamente derrotados, muestra que los bashi-bozuks del shah, incluso con la ayuda de los rusos Liajov y los diplomáticos ingleses, encuentran la más fuerte resistencia desde abajo. Un movimiento revolucionario que sabe dar una réplica militar a los intentos de restauración, que obliga a los héroes de tales intentos a recurrir a la ayuda de extranjeros, no puede ser aniquilado, y el triunfo más completo de la reacción persa resultaría, en tales condiciones, tan solo el preludio de nuevas insurrecciones populares.

Primera página del periódico «Proletari» nº 33, (5 de agosto) 23 de julio de 1908, con el artículo de fondo de V. I. Lenin «Material inflamable en la política mundial» (Reducido)

En Turquía venció el movimiento revolucionario en las tropas, dirigido por los Jóvenes Turcos{90}. Es cierto que esta victoria es una media victoria, o incluso una parte menor de una victoria, pues el turco Nikolái Segundo se ha limitado por ahora a prometer restaurar la famosa constitución turca. Pero esas medias victorias en las revoluciones, esas concesiones precipitadas y forzadas del viejo poder son la garantía más segura de nuevas peripecias de guerra civil, mucho más decisivas, más agudas y que involucran a masas más amplias del pueblo. Y la escuela de la guerra civil no pasa en vano para los pueblos. Es una escuela dura, y su curso completo contiene inevitablemente victorias de la contrarrevolución, el desenfreno de reaccionarios enfurecidos, las salvajes represalias del viejo poder contra los insurrectos, etc. Pero solo los pedantes redomados y las momias que han perdido el juicio pueden lamentarse de que los pueblos ingresen en esta penosa escuela; esta escuela enseña a las clases oprimidas el arte de la guerra civil, enseña la revolución victoriosa, concentra en las masas de los esclavos modernos ese odio que albergan eternamente para sí los esclavos embrutecidos, torpes, ignorantes, y que conduce a las más grandes hazañas históricas de los esclavos que han tomado conciencia de la vergüenza de su esclavitud.

En la India, los esclavos nativos de los «civilizados» capitalistas ingleses precisamente en los últimos tiempos causan una inquietud desagradable a sus «señores». No hay fin para la violencia y el saqueo que se llama sistema inglés de gobierno de la India. En ningún lugar del mundo –exceptuando, por supuesto, Rusia– existe tal miseria de las masas, tal hambruna crónica de la población. Los más liberales y radicales personajes de la libre Bretaña, como John Morley –autoridad para los kadetes rusos y no rusos, estrella del publicismo «progresista» (en realidad = lacayo del capital)– se convierten, como gobernantes de la India, en auténticos Gengis Kan, capaces de sancionar todas las medidas de «pacificación» de la población confiada, ¡incluidos los azotes a los protestantes políticos! El pequeño semanario de los socialdemócratas ingleses «Justice» («Justicia»){91} ha sido prohibido en la India por estos liberales y «radicales» canallas como Morley. Y cuando el miembro del parlamento inglés, líder del «Partido Laborista Independiente» (Independent Labour Party), Keir Hardie, se atrevió a llegar insolentemente a la India y hablar a los nativos sobre las más elementales exigencias de la democracia, toda la prensa burguesa inglesa se alzó en guerra contra el «rebelde». Y ahora los periódicos ingleses más influyentes hablan con crujir de dientes de los «agitadores» que perturban la paz de la India, y saludan las sentencias puramente rusas, de Pleven, de los jueces y las medidas de represalia administrativa contra los demócratas-publicistas indios. Pero en la India, la calle empieza a salir en defensa de sus escritores y líderes políticos. La vil sentencia de los chacales ingleses dictada contra el demócrata indio Tilak –condenado a un largo destierro, y una interpelación hecha hace unos días en la Cámara de los Comunes inglesa reveló que los jurados indios se pronunciaron por la absolución, ¡mientras que la condena fue dictada por los votos de los jurados ingleses!–, esta venganza contra un demócrata por parte de los lacayos del saco de dinero provocó manifestaciones callejeras y una huelga en Bombay. El proletariado también en la India ha madurado ya hasta la lucha política consciente de masas, y una vez que esto es así, ¡la canción de los ordenamientos anglo-rusos en la India ha terminado! Con su saqueo colonial de los países asiáticos, los europeos supieron templar a uno de ellos, Japón, para grandes victorias militares que le aseguraron un desarrollo nacional independiente. No cabe ninguna duda de que el saqueo secular de la India por los ingleses, de que la lucha actual de estos europeos «avanzados» contra la democracia persa e india templará a millones y decenas de millones de proletarios en Asia, los templará para una lucha igual de victoriosa (como la de los japoneses) contra los opresores. El obrero consciente europeo ya tiene camaradas asiáticos, y el número de estos camaradas crecerá no por días, sino por horas.

En China, el movimiento revolucionario contra el medioevo también se ha hecho sentir con especial fuerza en los últimos meses. Es cierto que nada definido puede decirse todavía respecto a este movimiento concreto –tan escasas son las noticias sobre él y tan abundantes las informaciones sobre rebeliones en diversas localidades de China–, pero el fuerte crecimiento del «nuevo espíritu» y las «corrientes europeas» en China, especialmente tras la guerra ruso-japonesa, no está sujeto a duda, y en consecuencia, es inevitable también el paso de los viejos tumultos chinos a un movimiento democrático consciente. Que esta vez algunos participantes del saqueo colonial se han sentido inquietos, se desprende del comportamiento de los franceses en Indochina: ¡ayudaron a la «autoridad histórica» china a ajustar cuentas con los revolucionarios! Temían, de igual modo, por la integridad de «sus» posesiones asiáticas vecinas.

Pero a la burguesía francesa no le causan inquietud únicamente las posesiones asiáticas. Las barricadas en Villeneuve-Saint-Georges, cerca de París, el fusilamiento de los huelguistas que construyeron esas barricadas (jueves, 30 (17) de julio): estos acontecimientos han mostrado una y otra vez la agudización de la lucha de clases en Europa. Clemenceau, el radical que gobierna Francia en nombre de los capitalistas, trabaja con celo inusitado en la destrucción de los últimos restos de ilusiones republicano-burguesas en el proletariado. El fusilamiento de obreros por tropas que actúan por orden del gobierno «radical» bajo Clemenceau se ha convertido en un fenómeno acaso más frecuente que antes. Clemenceau ya ha recibido por esto de los socialistas franceses el apodo de «el Rojo», y ahora, cuando la sangre obrera ha vuelto a ser derramada por sus agentes, gendarmes y generales, los socialistas recuerdan la frase alada que este progresista burgués republicano por excelencia dijo una vez a los delegados obreros: «usted y yo estamos en lados diferentes de la barricada». Sí, el proletariado francés y los más extremos republicanos burgueses se sitúan ahora definitivamente en lados diferentes de la barricada. La clase obrera de Francia ha derramado mucha sangre conquistando y defendiendo la república, y en la actualidad, sobre la base de un orden republicano plenamente consolidado, la lucha decisiva entre propietarios y trabajadores se avecina cada vez más rápido. «No fue una simple matanza –escribe «L'Humanité»{92} sobre el día 30 de julio–, fue un fragmento de batalla». Los generales y los policías querían a toda costa provocar a los obreros y convertir una manifestación pacífica y desarmada en una carnicería. Pero, habiendo rodeado por todos lados a los huelguistas y manifestantes, atacando a los desarmados, las tropas encontraron resistencia, provocaron la inmediata construcción de barricadas y llevaron el asunto a acontecimientos que conmueven a toda Francia. Estas barricadas de tablillas eran ridículamente malas, escribe el mismo periódico. Pero no es esto lo importante. Lo importante es que la tercera república había desacostumbrado de las barricadas. Ahora «Clemenceau las vuelve a introducir en la costumbre», y razona al hacerlo con la misma franqueza con que hablaban de la guerra civil «los verdugos de junio de 1848, Galliffet en 1871».

Y no es únicamente la prensa socialista la que, a propósito de los acontecimientos del 30 de julio, recuerda estas grandes fechas históricas. Los periódicos burgueses se abalanzan con furiosa saña sobre los obreros, acusándolos de haberse comportado como si se dispusieran a iniciar una revolución socialista. Uno de estos periódicos relata a este propósito un episodio pequeño pero característico que pinta el estado de ánimo de ambas partes en el lugar de los hechos. Cuando los obreros llevaban a un camarada herido junto al general Virvaire, que comandaba el ataque contra los huelguistas, de la multitud de manifestantes se alzaron gritos: «¡Saluez!» («¡saludad!»). Y el general de la república burguesa saludó al enemigo herido.

La agudización de la lucha del proletariado con la burguesía se observa en todos los países capitalistas avanzados, donde la diferencia de condiciones históricas, de ordenamientos políticos y de formas del movimiento obrero condiciona una manifestación diversa de una misma tendencia. En América e Inglaterra, con una plena libertad política, con la ausencia de toda o, al menos, de cualquier tradición revolucionaria y socialista viva en el proletariado, esta agudización se refleja en el fortalecimiento del movimiento contra los trusts, en el crecimiento extraordinario del socialismo y de la atención que le prestan las clases poseedoras, en el paso de organizaciones obreras, a veces puramente económicas, a una lucha política planificada e independiente-proletaria. En Austria y en Alemania, y en parte también en los países escandinavos, la agudización de la lucha de clases se manifiesta en la lucha electoral, en la relación entre los partidos, en el acercamiento de todos y cada uno de los burgueses de distintos colores entre sí contra el enemigo común: el proletariado; en la intensificación de las represiones judiciales y policiales. Los dos campos hostiles aumentan lenta pero inexorablemente sus fuerzas, fortalecen sus organizaciones, se distancian cada vez más tajantemente uno del otro en toda la vida social, como preparándose, silenciosa y concentradamente, para las futuras batallas revolucionarias. En los países románicos –Italia, y especialmente Francia– la agudización de la lucha de clases se manifiesta en explosiones particularmente tempestuosas, bruscas, en parte directamente revolucionarias, cuando el odio latente del proletariado hacia sus opresores irrumpe con una fuerza súbita, y el ambiente «pacífico» de la lucha parlamentaria es sustituido por escenas de auténtica guerra civil.

El movimiento revolucionario internacional del proletariado no avanza ni puede avanzar de manera uniforme y en formas idénticas en los distintos países. La utilización plena y multifacética de todas las posibilidades en todos los campos de actividad se configura solo como resultado de la lucha de clases de los obreros de diferentes países. Cada país aporta sus rasgos valiosos y originales a la corriente general, pero en cada país por separado el movimiento adolece de una u otra unilateralidad, de unas u otras deficiencias teóricas o prácticas de los distintos partidos socialistas. En general y en conjunto, vemos claramente un enorme paso adelante del socialismo internacional, la cohesión de ejércitos de millones de proletarios en toda una serie de choques concretos con el enemigo, la aproximación de la lucha decisiva con la burguesía, una lucha mucho más preparada por parte de la clase obrera que en los tiempos de la Comuna, esa última gran insurrección de los proletarios.

Y este paso adelante de todo el socialismo internacional, junto con la agudización de la lucha democrático-revolucionaria en Asia, coloca a la revolución rusa en condiciones particulares y particularmente difíciles. La revolución rusa tiene un gran aliado internacional tanto en Europa como en Asia, pero al mismo tiempo, y precisamente a consecuencia de ello, tiene no solo un enemigo nacional, no solo ruso, sino también internacional. La reacción contra la lucha creciente del proletariado es inevitable en todos los países capitalistas, y esta reacción cohesiona a los gobiernos burgueses de todo el mundo contra todo movimiento popular, contra toda revolución, tanto en Asia como, especialmente, en Europa. Los oportunistas en nuestro partido, al igual que la mayoría de la intelectualidad liberal rusa, han soñado hasta ahora con una revolución burguesa en Rusia que no «rechazara» a la burguesía, no la atemorizara, no engendrara una reacción «excesiva», no condujera a la toma del poder por las clases revolucionarias. ¡Vanas esperanzas! ¡Utopía filistea! El material inflamable crece tan rápidamente en todos los Estados avanzados del mundo, el incendio se extiende tan manifiestamente a la mayoría de los Estados de Asia que ayer aún dormían un sueño profundo, que el fortalecimiento de la reacción burguesa internacional y la agudización de toda revolución nacional particular son absolutamente inevitables.

La contrarrevolución en Rusia no cumple ni puede cumplir las tareas históricas de nuestra revolución. La burguesía rusa gravita inevitablemente cada vez más hacia la corriente internacional antiproletaria y antidemocrática. No debe contar el proletariado ruso con aliados liberales. Debe ir independientemente por su camino hacia la victoria completa de la revolución, apoyándose en la necesidad de la solución violenta del problema agrario en Rusia por las propias masas campesinas, ayudándolas a derrocar el dominio de los terratenientes de las centurias negras y de la autocracia de las centurias negras, planteándose como tarea la dictadura democrática del proletariado y el campesinado en Rusia y teniendo presente que su lucha y sus victorias están indisolublemente ligadas al movimiento revolucionario internacional. ¡Menos ilusiones respecto al liberalismo de la burguesía contrarrevolucionaria (tanto en Rusia como en todo el mundo)! ¡Más atención al crecimiento del proletariado revolucionario internacional!

«Proletari» nº 33, (5 de agosto) 23 de julio de 1908.

Se imprime según el texto del periódico «Proletari»