Casi un mes de debates agrarios en la III Duma ha proporcionado un material sumamente rico para estudiar la situación actual de la cuestión agraria, los resultados de la revolución y las tareas del proletariado. Intentemos extraer las principales conclusiones de este material. Cuatro grupos de oradores se destacan por sí mismos: los derechistas, los kadetes, los campesinos y los socialdemócratas. Las diferencias entre los “derechistas” en sentido estricto y los octubristas se borran por completo. Los campesinos se manifiestan indudablemente como una sola corriente política en la cuestión agraria, donde la diferencia entre los campesinos derechistas y los trudoviques es solo una diferencia de matices dentro de una misma corriente. Analicemos la posición adoptada por cada uno de estos grupos. (Las cifras entre paréntesis remiten a las páginas de los informes taquigráficos publicados como suplemento de “Rossía”.)

Como era de esperar de los “parlamentarios” de las Centurias Negras, los derechistas y octubristas se esforzaron en embrollar la esencia de su política agraria con casuística jurídica y trastos de archivo, disertando sobre la relación entre la ley del 9 de noviembre de 1906 y el artículo 12 del reglamento general sobre los campesinos (que concedía a los campesinos, tras la redención, el derecho a exigir la separación de una parcela en propiedad privada), luego el artículo 165 del Reglamento de redención, etc. Queriendo hacerse pasar por “liberal”, Shidlovski argumentaba que la legislación del conde D. Tolstói sobre la inalienabilidad de las parcelas, etc., contradecía el “espíritu” de 1861, mientras que la ley del 9 de noviembre de 1906 se correspondía con dicho espíritu. Todo esto no es más que pura mueca, con el objetivo de desviar la atención del campesinado, de oscurecer el meollo del asunto. Los kadetes, como veremos más adelante, en gran medida han picado el anzuelo de los centurias negras, mientras que a nosotros, los socialistas, nos basta con señalar en dos palabras la gruesa capa de polvo burocrático que hay que sacudir de los discursos de los señores Shidlovski, Likoshin y demás lacayos de la banda zarista de las Centurias Negras para ver el verdadero contenido de su política agraria. El señor Lvov 1º, que al parecer se autodenomina renovador pacífico, pero que en realidad es un auténtico centurianegra con ínfulas al estilo del señor Struve, expresó este contenido con más claridad que otros: “En el medio campesino —decía este servidor de los terratenientes— se han formado dos principios: la personalidad sin derechos y la muchedumbre arbitraria. (Aplausos de la derecha y del centro)… El estado de las masas en semejante forma es una amenaza para el Estado de derecho” (léase: de los terratenientes) “(Aplausos de la derecha y del centro)… La tierra debe pertenecer a todos los trabajadores, la tierra como el aire y el agua; hemos venido aquí para conseguir tierra y libertad.” Esa era la voz dominante. Y esa voz, extraída directamente de las supersticiones y prejuicios que anidan en las masas campesinas, esa voz nos mostraba la supersticiosa idea de un poder que puede quitar a unos y dar a otros… “Recordemos lo que aquí se decía —prosigue el señor Lvov, recordando las Dumas anteriores—, me es penoso recordarlo, pero lo diré, no puedo dejar de decir lo que se decía en la comisión agraria. Pues fíjense, cuando incluso la cuestión de dejar intocados al menos los huertos, al menos los jardines, encontraba la más enérgica objeción, encontraba la más enérgica resistencia y era aprobada por un número muy reducido de votos; cuando se planteaba la cuestión de suspender todas las transacciones de tierras, no solo la hipoteca en el banco de la nobleza, no solo la venta al banco campesino, sino también la compraventa, e incluso la donación, la herencia, entonces, evidentemente, daba miedo, miedo, señores, no por los intereses de los terratenientes, sino miedo por el estado y el destino del Estado. (Aplausos del centro y de la derecha. Una voz: «¡bravo!».) Sobre semejante base es imposible construir un Estado capitalista, moderno” (293).

El Estado terrateniente sintió “miedo” por su existencia, “miedo” ante la “voz” (y el movimiento) de las masas campesinas. ¡Estos señores no pueden concebir otro capitalismo que no sea sobre la base del mantenimiento de la propiedad territorial terrateniente, es decir, feudal! Que el capitalismo se desarrolla más amplia, libre y rápidamente con la abolición completa de toda propiedad privada sobre la tierra, ¡eso los “cultos” señores Lvov ni lo han oído!

Para la agitación entre las masas, es positivamente necesario familiarizarse con fragmentos de los discursos de Shidlovski, Bobrinski, Lvov, Golitzin, Kapustin y Cía.: hasta ahora hemos visto a la autocracia casi exclusivamente ordenando, y de tarde en tarde publicando declaraciones al estilo de Ugrium-Burcheev{125}. Ahora tenemos una defensa abierta de la monarquía terrateniente y de la “constitución” de las Centurias Negras por parte de la representación organizada de las clases dominantes, y para despertar a aquellos sectores del pueblo que son políticamente inconscientes o indiferentes, esa defensa proporciona un material muy valioso. Señalemos brevemente dos circunstancias especialmente importantes. En primer lugar, al exponer su programa político, los derechistas ponen constantemente ante la audiencia al enemigo vivo contra el que luchan. Ese enemigo es la revolución. El “miedo” a la revolución, tan claramente expresado por el estúpido Lvov, se trasluce con igual claridad en todos los que odian, con rabia, con crujir de dientes, recuerdan a cada paso el pasado reciente. Este planteamiento directo de todas las cuestiones sobre la base de la contrarrevolución, esta subordinación de todas las consideraciones a una consideración principal y fundamental, la lucha contra la revolución, encierra una profunda verdad y hace de los discursos de los derechistas un material incomparablemente más valioso (tanto para el análisis científico de la situación actual como para la agitación) que los discursos de los liberales vacilantes y medrosos. La furia incontenible con que los derechistas atacan a la revolución, al final de 1905, a las insurrecciones, a las dos primeras Dumas, demuestra mejor que cualquier larga disquisición que los guardianes de la autocracia ven ante sí a un enemigo vivo, que no consideran terminada la lucha contra la revolución, que el renacimiento de la revolución se alza ante ellos a cada momento como la amenaza más real e inmediata. Contra un enemigo muerto no se lucha así. A un muerto no se le odia así. El simplón señor Balakleev expresó con ingenuidad este espíritu común de todos los discursos de la derecha. Tras decir que, por supuesto, el decreto del 9 de noviembre no puede ser rechazado porque expresa la voluntad suprema, declaró al mismo tiempo: “¡Señores miembros de la Duma de Estado! Vivimos en tiempos de revolución, la cual, según mi profunda convicción, está lejos de haber terminado” (364). El señor Balakleev teme el “origen revolucionario” de la ley del 9 de noviembre, teme que avive una nueva lucha. “Estamos atravesando una grave crisis —decía— y se desconoce cómo terminará. La imaginación pinta los cuadros más sombríos, pero nuestro deber consiste en no fomentar la agitación y la discordia entre el pueblo”.

La segunda circunstancia especialmente importante se refiere al programa económico y particularmente agrario de los derechistas. Se trata de su defensa de la propiedad privada campesina sobre la tierra, defensa que como un hilo rojo recorre todos sus discursos, hasta llegar al arcipreste Mitrofanushka (el obispo Mitrofan), quien habló inmediatamente después del ponente, deseando visiblemente amedrentar a los “curitas” rurales democráticos pero apocados, y, con divertidos esfuerzos por vencer en sí el hábito del histrionismo y del lenguaje seminarista (“la comunidad es un fenómeno primordial”), “articulaba” frases como: “la vida se desarrolla en la dirección de una individualidad de la persona cada vez mayor”; “es preciso reconocer como provechosa la organización de la nueva vida de nuestros campesinos según el modelo de los farmers de Europa occidental” (69).

Cabe preguntarse, ¿por qué la clase de los terratenientes y la clase de los capitalistas defienden con tanta energía, tanto en la II como en la III Duma, la propiedad privada campesina sobre la tierra? ¿Acaso solo porque es la “última disposición gubernamental”? ¡Claro que no! Esta disposición ha sido sugerida e inspirada por el Consejo de la Nobleza Unida{126}. Los terratenientes y los capitalistas conocen perfectamente al enemigo con quien tienen que luchar, perciben magníficamente que la revolución ha ligado la victoria de los intereses de los terratenientes a la victoria de la propiedad privada sobre la tierra en general, y la victoria de los intereses campesinos a la supresión de la propiedad privada sobre la tierra en general, tanto la terrateniente como la campesina. La combinación de la propiedad privada sobre las tierras de parcela con la propiedad pública sobre las tierras expropiadas a los terratenientes es un mal invento de los kadetes y los mencheviques. En realidad, la lucha se entabla en torno a quién construirá la nueva Rusia: si los terratenientes (lo que es imposible sino sobre la base de la propiedad privada sobre todas las clases de tierras) o las masas campesinas (lo que es imposible en un país semifeudal sin la destrucción de la propiedad privada tanto sobre las tierras de los terratenientes como sobre las de parcela).

Pasemos a los kadetes. Sus discursos se distinguen tanto de los discursos de derecha como de los de izquierda por su afán de conciliar lo inconciliable, de sentarse entre dos sillas. Solo en aquella parte del discurso del señor Miliukov donde intervino como historiador y no como kadete, tenemos datos excelentemente seleccionados sobre la historia del Consejo de la Nobleza Unida, datos cuyo resumen hace honor a cualquier demócrata. Pero en general, Shingariov, Berezovski, Miliukov, Bobianski y Rodichev picaron el anzuelo del centurianegra señor Shidlovski y con grandísimo afán embrollaron las cabezas de los oyentes con casuística jurídica, declamaron sobre la “justicia” según el derecho romano (“para darse importancia” Rodichev llegó a insertar la palabra latina: aequitas! ¡Sí, algo habremos aprendido en la universidad!), se rebajaron hasta el repugnante servilismo (el señor Shingariov declaraba su “respeto” hacia el lacayo de Stolypin, Likoshin, y demostraba que la expropiación forzosa existe en países donde “la institución de la propiedad privada es observada muy sagradamente”). Como un hilo rojo recorre todos los discursos kadetes la polémica contra la ley del 9 de noviembre desde el punto de vista de la “prudencia”. A nosotros, los bolcheviques, se nos acusaba de denigrar a los kadetes llamándolos terratenientes liberales. En realidad, son peores. Son funcionarios liberales. ¡Es imposible imaginarse mayor corrupción de la conciencia democrática de las masas que esta intervención en la Duma de Estado del partido de los llamados “demócratas” con discursos que embotan la lucha, con la prédica de la “prudencia” funcionarial, con el vil elogio de aquel despojo y sojuzgamiento de los campesinos por los feudatarios que se denomina la “gran reforma” de 1861!

Atacar a Stolypin por la “imprudencia” de su política agraria significa prostituirse, ofrecerse para el cargo de ejecutores de esa misma política que sabrían realizar “con prudencia” la misma obra, es decir, llevar a cabo la misma esencia terrateniente bajo la falsa bandera del “democratismo constitucional”, llevarla a cabo no solo mediante la violencia, sino también mediante el engaño a los campesinos. He aquí una de las numerosas declaraciones kadetes que descubren precisamente el sentido de sus discursos que acabamos de señalar. El señor Berezovski, cuyo discurso fue especialmente aprobado y calificado de “precioso” por el líder del partido k.-d., el señor Miliukov, dijo lo siguiente:

“Según mi profunda convicción, este proyecto” (el proyecto agrario k.-d.) “es mucho más ventajoso también para los propietarios de la tierra” (no solo para los campesinos) “y lo digo, señores, conociendo la agricultura, por dedicarme a ella toda mi vida y poseer tierra. Para una explotación agrícola culta, el proyecto del partido de la libertad popular sería, indudablemente, más provechoso que el orden actual. No hay que sacar de contexto el simple hecho de la expropiación forzosa, indignarse por ello y decir que es violencia, sino que hay que examinar y valorar en qué se plasma lo que se propone en nuestro proyecto y cómo se lleva a cabo esa expropiación forzosa” (¡palabras de oro! Señor Berezovski, ¿acaso no se ha convertido usted en bolchevique?). “Tomen el proyecto de los 42 miembros de la I Duma de Estado: en él se contenía únicamente” (¡exactamente!) “el reconocimiento de la necesidad de someter a expropiación en primer lugar aquellas tierras que no son explotadas por sus propios dueños. Luego el partido de la libertad popular apoyaba la formación de comisiones locales, las cuales, en su momento debido, debían elucidar qué tierras están sujetas a expropiación, cuáles no lo están y cuánta tierra necesitan los campesinos para su satisfacción. Estas comisiones se estructuraban de modo que en ellas hubiera la mitad de miembros campesinos y la mitad no campesinos.” (¡Termine, señor Berezovski! ¡No se avergüence! Pues no se puede ocultar la verdad: los terratenientes, gracias a la designación obligatoria por el gobierno terrateniente de un presidente “neutral” de las comisiones, siempre tenían en ellas una mayoría asegurada sobre los campesinos: véase el proyecto de Kutler en el tomo II de “La cuestión agraria” de los kadetes.) “En vista de esto, mediante este trabajo común y concreto sobre el terreno, se habría elucidado, por supuesto, tanto la cantidad de tierra susceptible de expropiación como la cantidad de tierra necesaria para los campesinos, y, finalmente, los propios campesinos se habrían convencido de en qué medida pueden ser satisfechas sus justas demandas. Luego todo esto pasaría por la Duma de Estado y el Consejo de Estado” (¡exactamente!) “y después de su reelaboración” (¡es decir, tras un nuevo recorte de la “reforma” por la nueva mayoría terrateniente-burocrática!) “llegaría a la sanción suprema” (recuerden la reducción progresiva de la extensión de las parcelas por semejantes instancias superiores en 1861). “El resultado de este trabajo planificado sería, indudablemente, la verdadera satisfacción de las necesidades reales de la población y, vinculada a ella, la pacificación y la conservación de las explotaciones cultas, que el partido de la libertad popular nunca ha deseado destruir sin extrema necesidad” (143). ¡El señor Berezovski reconoció en octubre de 1908 todo cuanto los bolcheviques decían en el verano de 1906 sobre el proyecto agrario k.-d.! En la I Duma, los kadetes hacían gala públicamente de la apariencia democrática de su reforma, demostrando su carácter terrateniente en reuniones secretas con Trepov y sus secuaces. En la III Duma, los k.-d. hacen gala públicamente del carácter terrateniente de su reforma, demostrando su democratismo en conversaciones ocultas a la policía con los pocos excéntricos que aún son capaces de escuchar cuentos de viejas. El bifronte Jano, según sopla el viento, vuelve su “rostro” ora en un sentido, ora en otro. ¡Los “demócratas” caen tan bajo que, ante los bisontes de las Centurias Negras, intentan demostrar el carácter inocuo de sus actos y programas durante la revolución!

Compárese con esto los discursos de los campesinos. He aquí un típico campesino derechista, Storchak. Comienza su discurso reproduciendo íntegramente las palabras de Nicolás II sobre los “sagrados derechos de propiedad”, la inadmisibilidad de su “violación”, etc. Continúa: “Dios conceda salud al soberano. Ha hablado bien para todo el pueblo”… (295). Termina: “Y si el soberano ha dicho que haya verdad y orden, entonces, por supuesto, si yo poseo 3 desiatinas de tierra y al lado hay 30 000, eso no es orden ni verdad” (296)!! Compárese a este monárquico con el monárquico Berezovski. El primero es un mujik ignorante. El segundo, un hombre culto, casi europeo. El primero es ingenuo hasta la santidad y políticamente subdesarrollado hasta lo increíble. La conexión entre la monarquía y el “orden”, es decir, el desorden y la injusticia que protegen a los poseedores de 30 000 desiatinas, no es clara para él. El segundo es un entendido en política, que conoce todos los entresijos y pasos hacia Witte, Trepov, Stolypin y Cía., que ha estudiado las sutilezas de las constituciones europeas. El primero es uno de los millones que penan toda su vida en 3 desiatinas y a los que la realidad económica empuja a una lucha revolucionaria de masas contra los poseedores de 30 000. El segundo es uno de las decenas —a lo sumo: de los cientos de miles de terratenientes, que desea conservar “pacíficamente” su “explotación culta” untando ligeramente los labios al mujik. ¿Acaso no está claro que el primero puede hacer la revolución burguesa en Rusia, destruir la propiedad territorial de los terratenientes, crear una república campesina (por mucho que ahora le espante esta palabra)? ¿Acaso no está claro que el segundo no puede menos de trabar la lucha de masas, sin la cual es imposible la victoria de la revolución?

¡Que reflexionen sobre esto quienes hasta ahora no pueden comprender de ninguna manera lo que significa la “dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado”!

El programa agrario de Storchak es el mismo proyecto de ley de tierras de los 42 diputados campesinos de la III Duma, sobre el cual escribimos en el nº 22 de “Proletari”[56]. Siendo muy modesto en apariencia, este proyecto es más izquierdista que el proyecto kadete, como reconocen incluso los propios k.-d. Al exigir que la reforma que asigna tierras a los campesinos sea discutida por comisiones locales elegidas mediante el sufragio universal, este proyecto es de hecho un proyecto revolucionario, pues la discusión de la reforma agraria en las localidades por instituciones electivas verdaderamente democráticas es absolutamente incompatible con el mantenimiento en la Rusia actual del poder del zar y de la propiedad territorial de los terratenientes. Y el hecho de que en la Duma de las Centurias Negras, elegida sobre la base de una ley electoral especialmente falseada en favor de los terratenientes según las indicaciones de la Nobleza Unida, bajo el dominio de la más furiosa reacción y del más desenfrenado terror blanco, —el hecho de que en semejante Duma 42 campesinos hayan suscrito un proyecto semejante, demuestra mejor que cualquier razonamiento el carácter revolucionario de las masas campesinas en la Rusia de hoy. Por más que los oportunistas se empeñen en demostrar la necesidad de una alianza con los kadetes, la necesidad de un acercamiento del proletariado a la burguesía en la revolución burguesa, los obreros conscientes, al familiarizarse con los debates en la III Duma, no harán sino reforzar su convicción de que es imposible una revolución burguesa victoriosa en Rusia sin un avance común de las masas obreras y campesinas, a despecho de las vacilaciones y traiciones de la burguesía.

Si Storchak, así como los diputados que en lo principal y fundamental se sitúan en la misma posición, el sacerdote Titov, Andreichuk, Popov 4º y Nikitiuk, expresan el carácter revolucionario de las masas campesinas de manera inconsciente, espontánea, temiendo ellos mismos no solo no pronunciar hasta el fin, sino incluso no pensar hasta el fin lo que se deduce de sus palabras y propuestas, los trudoviques en la III Duma expresan el espíritu de la lucha de masas de los campesinos de manera directa y abierta. Son especialmente valiosos los discursos de los campesinos trudoviques, que exponen sus puntos de vista directamente, transmitiendo con sorprendente precisión y vivacidad el estado de ánimo y las aspiraciones de las masas, confundiéndose en los programas (algunos declaran su simpatía por el proyecto de los 42 campesinos, otros por los kadetes), pero expresando con tanta mayor fuerza lo que subyace más hondo que cualesquiera programas.

He aquí a Kropotov, diputado por la provincia de Viatka. “Mis electores me decían que la ley del 9 de noviembre es una ley terrateniente… Mis electores me planteaban preguntas como: ¿por qué se hace esto por la fuerza?…, ¿por qué nuestras tierras han sido entregadas a la disposición de los jefes del zemstvo?… Me encargaban: di en la Duma de Estado que ya no se puede seguir viviendo así… Y apenas empiezan a aplicarla (la ley del 9/XI) en nuestra comarca, a los nuevos terratenientes, como dicen nuestros campesinos, les arden las casas” (71)… “Todo el problema consiste en indemnizar a los terratenientes… ¿Por qué la importancia estatal exige quitar al pobre el último trozo y dárselo a aquellos que, como acabo de expresar, han sabido retener para sí la tierra, por casualidad, según una ley escrita por el gobierno? ¿Acaso la importancia estatal no exige obligar a cultivar las tierras que yacen ociosas: las de los terratenientes, las del fisco, las del infantazgo, las de los monasterios?… El campesino paga 11 rublos 50 kopeks por desiatina, y si, señores, fuéramos justos y graváramos con este impuesto por igual a todos, la tierra acabaría realmente en manos de los campesinos y no haría falta la expropiación forzosa. Para ser justos, hay que gravar la tierra con un impuesto único, y entonces quedará en manos de las masas trabajadoras, y entonces no será envidiable: quien no quiera trabajar, no pagará…” (73).

¡Cuántas fuerzas aún no probadas en la lucha, cuánta aspiración a la lucha en este discurso ingenuo! Queriendo eludir la “expropiación forzosa”, Kropotov propone de hecho una medida que equivale a la confiscación de las tierras de los terratenientes y a la nacionalización de toda la tierra. Que el “impuesto único” de este partidario de las doctrinas de George equivale a la nacionalización de toda la tierra, Kropotov no lo comprende, pero que él transmite las aspiraciones reales de millones, de eso no puede haber ni sombra de duda.

He aquí al diputado Rozhkov, que empieza declarando: “es difícil, señores, para mí, un mujik de aldea, hablar desde esta tribuna” (77)… “El campesinado esperaba de la Duma de Estado no la ley del 9/XI, no esa ley que reparte entre nosotros la tierra que no tenemos, sino una ley en virtud de la cual primero aumentara la parcela y luego se procediera a repartir. Las bases de una ley semejante fueron presentadas con la firma de 47 campesinos el 20 de febrero, pero hasta ahora no han recibido curso alguno… Los dueños de la tierra son los jefes del zemstvo…, mientras que los verdaderos dueños de esta tierra están maniatados por la protección reforzada… En nuestro Estado no hay una ley definida para la compra de tierra con el fin de explotarla… que dijera: tú no la compres para explotación… Y he aquí que el 16 de septiembre de 1907 la comisión de ordenación agraria de Stavropol decretó que solo puede comprar tierra quien tenga ganado de trabajo e inventario. Y he aquí, señores, que en este edificio casi la mitad son terratenientes que mantienen a esas gentes a las cuales la comisión de ordenación agraria niega el derecho a comprar tierra. Señores, sabemos que esa gente sirve por 60–70 rublos al año… Este desdichado trabajador está condenado para siempre a ser obrero del terrateniente, se deslomará siempre sirviendo a otros, y el amo a sus espaldas se considerará un hombre culto”.

Tomilov: “La única salida…, a nuestro juicio, es la siguiente: es necesario ahora mismo, en todas las comunidades de Rusia, siguiendo el ejemplo de las antiguas revisiones, realizar un reparto de la tierra; esas revisiones deben establecer el número de personas de la población masculina a fecha del 3 de noviembre de 1905.

Nuestro sueño campesino más anhelado es obtener tierra y libertad, pero hemos oído que mientras el actual gobierno se halle en el poder, la propiedad territorial es inviolable. (Voces del centro: “privada”.) Privada, de la nobleza. (Voces del centro: “y la de ustedes también”.) Si eso nos afecta, estamos dispuestos a ceder las parcelas”; (¡he aquí la Vandea campesina con la que nos asustaba en Estocolmo el sapientísimo Plejánov y Cía. en caso de nacionalización de toda la tierra!{127}) “digamos, los campesinos de una aldea están dispuestos a ceder sus parcelas unidad por unidad, a igualarse. La declaración del representante del ministerio se reduce a que, mientras el poder no pase a manos del campesinado y del pueblo en general, los campesinos no verán ni tierra ni libertades políticas. Gracias por la franqueza, aunque ya lo sabíamos…” (149).

Y he aquí que en 1905, cuando bajo la dirección de los elementos conscientes los campesinos se unieron en un todo (Ruido y risas de la derecha) y dijeron su palabra amenazante… entonces los nobles comenzaron a decir: “Pues ustedes tienen, les han sido dadas parcelas. Repártanse ese huesecillo…”.

Petrov 3º: “Recuerden, señores, los tiempos del reinado de Alexéi Mijáilovich y la indignación del pueblo campesino que se expresó en el movimiento acaudillado por Razin (Voces de la derecha: «¡Oho!»)… El pueblo expresó con particular fuerza sus reivindicaciones en 1905. Pues entonces, exactamente del mismo modo, la necesidad obligó al pueblo a salir a la calle y decir su enérgica palabra acerca de lo que necesita” (187)… “Todas las tierras deben pasar a disfrute igualitario de todo el pueblo… Yo, por supuesto, soy adversario de la propiedad privada sobre la tierra” (¡positivamente, la Vandea predicha por Plejánov empieza a crecer!) “y digo que solo entonces el pueblo trabajador obtendrá alivio, cuando toda la tierra pase a sus manos (204)… Estoy plenamente convencido de que volverán a ver las profundidades del agitado mar de la vida. Y entonces se cumplirá la sentencia evangélica: quien a hierro mata, a hierro muere (Risas de la derecha). La fracción del grupo trudovique no ha cambiado sus ideales, como tampoco ha cambiado sus aspiraciones… Nosotros… decimos: ¡toda la tierra para los que la trabajan, y todo el poder sumado a la población trabajadora!” (206).

Merzliakov: “La tierra debe pertenecer a quien la cultiva…, con tal de que en Rusia no haya en absoluto ningún mercadeo de tierras, sino que la tierra pertenezca a quien la cultiva con su trabajo personal” (207). Etc.

La falta de espacio nos obliga a interrumpir las citas. Señalemos solo los nombres de los oradores que expresaron con menor claridad y fuerza las mismas ideas: Kondratiev, sacerdote Popov 2º, Bulat, Volkov 2º, Dziubinski, Liajnitski (estos dos últimos con declaraciones oficiales en nombre del Grupo Trudovique).

Cabe preguntarse, ¿qué conclusiones respecto al programa agrario de la socialdemocracia se derivan de esta posición de los diputados campesinos? Todos están de acuerdo en que los campesinos revisten la lucha contra los latifundios feudales y contra todas las supervivencias del feudalismo con utopías del socialismo pequeñoburgués. Esto está expresado en aquella última parte de nuestro programa agrario que fue proyectada por los bolcheviques y aprobada en Estocolmo por los mencheviques (“Actas del Congreso de Estocolmo”).

Pero la cuestión no se agota con esto. Tanto el reparto como la municipalización y la nacionalización son transformaciones demócrata-burguesas, pero ¿por cuál sistema deben pronunciarse los socialdemócratas? Por la municipalización —responden los mencheviques encabezados por Plejánov, que hicieron aprobar este programa en Estocolmo. La nacionalización de las tierras campesinas provocaría una Vandea —declararon directamente los mencheviques en Estocolmo.

Desde entonces, en tres Dumas se han pronunciado los diputados campesinos de los más diversos lugares de Rusia. A ningún grupo de diputados campesinos le ha seducido la “municipalización”, inventada precisamente para “no tocar” las tierras campesinas. Todos los trudoviques campesinos en las tres Dumas se han pronunciado por la nacionalización de toda la tierra, expresando esta reivindicación ya repitiendo directamente el programa de los trudoviques, ya mediante una peculiar adaptación del “impuesto único”, ya con innumerables declaraciones: “la tierra para quien la cultiva”, “estamos dispuestos a ceder las parcelas”, etc.

La vida se ha burlado de la “municipalización”, de los gritos acerca de la “Vandea”.

¿Cuál es la base económica de la defensa de la nacionalización por parte de todos los campesinos conscientes? Para responder a esta cuestión recordemos una comparación estadística hecha en la Duma por el camarada Belousov{128}:

“76 millones de desiatinas pertenecen a 30 000 terratenientes (en la Rusia europea), y 73 millones de desiatinas pertenecen a 10 millones de hogares campesinos con parcelas de 1 a 15 desiatinas… La conclusión es una: cuatro quintas partes del total de los hogares podrían duplicar la extensión de su posesión” (209). Incluso si se impugnan algunos de estos datos (nosotros pensamos que son irrefutables), ningún cambio en ellos alterará la esencia del asunto, que consiste en lo siguiente. Al pretender duplicar su propiedad territorial, los campesinos no pueden menos de aspirar a la fusión y mezcla completas de las tierras de parcela y de las no adjudicadas. El mantenimiento de las tierras de parcela en propiedad privada, en la actual propiedad de hogares y comunidades, y la propiedad pública (“municipal”) sobre las tierras no adjudicadas expropiadas es un absurdo económico. Es un disparate de bimetalismo agrario que solo sirve para ocupar espacio en programas inventados por intelectuales. La economía exige la fusión y la mezcla de todas las tierras. La economía ya une ahora trocitos de tierra de parcela con trocitos de tierra terrateniente (arrendamiento), y la destrucción del feudalismo resulta imposible sin la abolición de esas diferencias de propiedad territorial, de esos linderos y límites que la “municipalización” consagra artificialmente. La economía exige una nueva propiedad territorial, una propiedad territorial libre, adaptada al capitalismo, y no a las viejas “parcelas” distribuidas y deslindadas por los intendentes y agentes fiscales. Esta exigencia del desarrollo económico es la que expresan (sin ser conscientes del carácter capitalista de ese desarrollo) los campesinos al pronunciarse por la nacionalización. La vieja diferencia entre la propiedad parcelaria y la no parcelaria contradice las exigencias del capitalismo y será inevitablemente eliminada, por más que se empeñen en afianzarla los mencheviques municipalizadores. ¡Y la eliminación de ese límite, la unión, la mezcla, la fusión de las tierras de todas las categorías para la nueva economía de los farmers (los campesinos piensan erróneamente que la tierra será cultivada por cualquier ciudadano: la cultivará cualquier propietario, es decir, quien tenga medios para ello!) exige la supresión no solo de la propiedad terrateniente, sino de toda la propiedad privada sobre la tierra.

Stolypin quiere borrar todas las antiguas fronteras de todas las antiguas formas de propiedad territorial. Esta aspiración es acertada desde el punto de vista económico. El capitalismo la llevará a cabo inevitablemente. La cuestión reside solo en si esto se hará a costa de millones de hogares campesinos (despojo según la ley del 9 de noviembre) o a costa de los 30 000 terratenientes más grandes. Este último camino es imposible sin la nacionalización de la tierra en la revolución demócrata-burguesa. He aquí por qué en las tres Dumas todos los campesinos conscientes se han pronunciado por la nacionalización.

Nos queda examinar los discursos de la socialdemocracia en la III Duma. Solo dos oradores de nuestra fracción alcanzaron a intervenir (Gueguechkori y Belousov) antes de la limitación del tiempo de los oradores. Los demás comenzaron a renunciar, protestando contra la “violencia” que representaba esta limitación. Ambos camaradas mencionados cumplieron correctamente con su cometido. Señalaron el “espíritu nobiliario-burocrático” de la política gubernamental, el hecho de que “el estatuto de 1861 era servil de arriba abajo”, que el “odio hacia el gobierno” se ha incrustado profundamente en el alma del campesinado, que reclama “tierra y libertad”, que demostró en 1905 su “solidaridad” y su capacidad para la “intervención revolucionaria”. Nuestra lucha socialdemócrata por la “confiscación de los latifundios y su entrega al pueblo” fue interpretada correctamente por los oradores de nuestro partido, no en el espíritu de las utopías pequeñoburguesas sobre la “igualdad”, “socialización”, etc., sino como una medida para liberar al país de la opresión de la servidumbre feudal. El planteamiento de la cuestión por Gueguechkori y Belousov fue socialdemócrata revolucionario. “La fuerza crea el derecho —concluyó el camarada Belousov— y para conquistar el derecho es preciso acumular fuerzas y organizarlas.” Ambos discursos de los oradores socialdemócratas de la III Duma deben convertirse en material de cabecera para todo miembro del partido que lleve a cabo labores de propaganda y agitación. En la fórmula de transición propuesta por la fracción socialdemócrata, se omitió solo la reivindicación de la transferencia gratuita de las tierras. Eso sería una importante violación de nuestro programa si hubiera sido intencionado. Pero el camarada Gueguechkori, que leyó la fórmula, mencionó dos veces en su discurso la necesidad de la “expropiación sin indemnización”, de modo que difícilmente puede considerarse intencionada dicha omisión.

“Proletari” nº 40, 1 (14) de diciembre de 1908. Firmado: N. L.

Publicado según el texto del periódico “Proletari”.