Ambos autores reconocen que nuestro partido atraviesa no sólo una crisis orgánica, sino también ideopolítica. Es un hecho que sería absurdo ocultar. Hay que darse cuenta clara de sus causas y de los medios para combatirla.

Empecemos por el petersburgués. De toda su carta se desprende con claridad que, en su opinión, las causas de la crisis son de dos tipos. Por un lado, la falta de dirigentes socialdemócratas obreros ha ocasionado que la desbandada casi general de los intelectuales del partido significara en muchos lugares la descomposición de la organización, la incapacidad de reunir y cohesionar las filas, diezmadas por las duras represiones, la apatía y el cansancio de las masas. Por otro lado, la propaganda y la agitación se han llevado a cabo entre nosotros, según la opinión del autor, exagerando enormemente «el momento actual», es decir, concentrándose en las cuestiones de la táctica revolucionaria del día, y no en la prédica del socialismo, ni en la profundización de la conciencia socialdemócrata del proletariado. «Los obreros se convertían en revolucionarios, en demócratas, pero no en socialistas», y al declinar la oleada del movimiento democrático general, es decir, burgués democrático, abandonaron en cantidad muy, muy grande las filas del partido socialdemócrata. El petersburgués vincula esta opinión con una crítica severa de la «invención» de consignas «sin base» y con la reivindicación de un trabajo de propaganda más serio.

Consideramos que, al polemizar contra un extremo, el autor cae a veces en el otro, pero en su conjunto e indudablemente se sitúa en un punto de vista completamente acertado. No se puede afirmar que fuera un «error» «convertir en campañas enteras» las cuestiones del momento actual. Eso es exagerado. Equivale a olvidar, desde el punto de vista de las condiciones actuales, las condiciones de ayer, y el autor, en el fondo, se corrige a sí mismo al reconocer que «el momento de acciones directas del proletariado es, por supuesto, una cuestión excepcional». Tomemos dos de esas acciones, en lo posible de carácter distinto y separadas por el mayor intervalo de tiempo: el boicot a la Duma de Buliguin en otoño de 1905 y las elecciones a la II Duma a comienzos de 1907. ¿Acaso podía un partido proletario mínimamente vivo y vital no concentrar en semejantes momentos la atención principal y la agitación principal en las consignas del día? ¿Acaso podía el partido socialdemócrata, que en ambos momentos conducía a las masas del proletariado, no concentrar la lucha interna en las consignas que determinaban el comportamiento inmediato de las masas? ¿Entrar en la Duma de Buliguin o hacerla fracasar? ¿Elegir a la II Duma en bloque con los demócratas constitucionalistas o contra los demócratas constitucionalistas? Basta con plantear la cuestión con claridad y recordar las condiciones de ese pasado reciente para no dudar de la respuesta. La lucha encarnizada por una u otra consigna fue provocada entonces no por un «error» del partido, no, fue provocada por la necesidad objetiva de una solución rápida y unida, en ausencia de un partido previamente cohesionado, ante la existencia de dos tácticas, dos corrientes ideológicas en el partido: la pequeño-burguesa oportunista y la proletaria revolucionaria.

Y tampoco se debe presentar la cuestión como si en aquel tiempo se hiciera poco por la propaganda del socialismo, por la difusión entre las masas del conocimiento del marxismo. Eso sería falso. Precisamente en este período, entre 1905 y 1907, se difundió en Rusia una cantidad tal de literatura socialdemócrata teórica y seria –principalmente traducida– que aún dará sus frutos. No seamos incrédulos, no impongamos a las masas nuestra impaciencia personal. Semejantes cantidades de literatura teórica, arrojadas en tan corto plazo sobre masas vírgenes, casi no tocadas por el libro socialista, no se digieren de inmediato. El libro socialdemócrata no se ha perdido. Ha sido sembrado. Crece. Y dará sus frutos –quizá no mañana, ni pasado mañana, sino algo más tarde, no podemos cambiar las condiciones objetivas de la maduración de la nueva crisis– pero dará frutos.

Sin embargo, en la idea fundamental del autor hay una profunda verdad. Esta verdad consiste en que en la revolución burguesa democrática es inevitable un cierto entrelazamiento de elementos y tendencias proletario-socialistas y pequeño-burguesas democráticas (tanto oportunista-democráticas como revolucionario-democráticas). La primera campaña de la revolución burguesa en un país «campesino» que se desarrolla por la vía capitalista no podía producirse sin que se hiciera sentir la fusión objetiva de ciertas capas proletarias con ciertas capas pequeño-burguesas. Y nosotros vivimos ahora el proceso de la necesaria selección, deslinde, nuevo desprendimiento de los auténticos elementos proletario-socialistas, su depuración de aquellos que «se adhirieron al movimiento» (Mitläufer, se dice en alemán) sólo por una consigna «brillante», por un lado, o por la lucha común con los demócratas constitucionalistas por una «Duma con plenos poderes», por el otro.

En distinto grado, esta selección se produce en ambas fracciones socialdemócratas. ¡Es un hecho que tanto entre los mencheviques como entre los bolcheviques las filas se han diezmado! No temamos reconocerlo. No está sujeto a la menor duda, por supuesto, que de semejante descomposición y semejante desmoralización como la que se observa en las filas del ala derecha del partido, su ala izquierda ha escapado. Y no es casualidad: la falta de firmeza de principios no podía sino contribuir a la descomposición. Los acontecimientos demostrarán definitivamente en la práctica dónde y cómo quedó más cohesión orgánica, lealtad proletaria, firmeza marxista. Estas disputas las resuelve la vida, no las palabras, ni las promesas, ni los juramentos. El hecho de la dispersión y las vacilaciones está a la vista, y este hecho exige una explicación. Y la explicación no puede ser otra que la necesidad de una nueva selección.

Ilustremos nuestra idea con pequeños ejemplos: la composición de la «población carcelaria» (como dicen los procuradores), es decir, la composición del público que se encuentra en la cárcel, el destierro, la presidio y la emigración por asuntos políticos. Pues esta composición refleja correctamente la realidad del día de ayer. ¿Acaso puede caber duda de que la composición de los «políticos» que pueblan los lugares tanto o no tan remotos se distingue ahora por una enorme diversidad de opiniones y estados de ánimo políticos, por la falta de deslinde y la confusión? La revolución elevó a la vida política a capas tan profundas del pueblo, sacó a la superficie tan a menudo a tantas personas accidentales, a tantos «caballeros de una hora», a tantos novatos, que es totalmente inevitable la ausencia en muchísimos de ellos de toda concepción del mundo integral. Ésta no puede elaborarse en unos pocos meses de fiebre –y la «esperanza de vida» media de la mayoría de los militantes revolucionarios del primer período de nuestra revolución, probablemente, no supera unos pocos meses. Por eso, una nueva selección entre las nuevas capas, los nuevos grupos, los nuevos revolucionarios agitados por la revolución es completamente inevitable. Y esta selección está ocurriendo. Por ejemplo, los funerales del partido socialdemócrata que están celebrando toda una serie de mencheviques significan, en esencia, que esos respetables señores se están enterrando a sí mismos como socialdemócratas. En ningún caso tenemos que temer esta selección. Debemos acogerla, debemos ayudarla. Que gimoteen las personas blandengues que aquí y allí gritarán: ¡otra vez lucha! ¡otra vez fricciones internas! ¡otra vez polémica! Respondemos: sin lucha nueva y renovada, jamás y en ningún lugar se ha forjado una socialdemocracia realmente proletaria, revolucionaria. Y en Rusia, entre nosotros, se está forjando incluso en el actual momento difícil, y se forjará. De ello son garantía todo el desarrollo capitalista de Rusia, la influencia del socialismo internacional sobre nosotros y la tendencia revolucionaria de la primera campaña de 1905-1907.

En interés de esta nueva selección, es necesario un trabajo teórico intensificado. El «momento actual» en Rusia es precisamente tal que el trabajo teórico del marxismo, su profundización y ampliación, viene dictado no por el estado de ánimo de unas u otras personas, no por el entusiasmo de grupos particulares y ni siquiera sólo por las condiciones policiales externas, que han condenado a muchos a apartarse de la «práctica», sino por toda la situación objetiva de las cosas en el país. Cuando las masas están digiriendo una experiencia nueva y de una riqueza sin precedentes de lucha directamente revolucionaria, entonces la lucha teórica por la concepción revolucionaria del mundo, es decir, por el marxismo revolucionario, se convierte en consigna del día. Por eso, el petersburgués tiene mil veces razón cuando subraya la necesidad de profundizar la propaganda socialista, la necesidad de desarrollar nuevas cuestiones, la necesidad de estimular y desarrollar por todos los medios los círculos que forjan de entre los propios obreros a auténticos socialdemócratas, dirigentes socialdemócratas de las masas. Aquí, el papel de las células del partido –a cuya sola mención caen en epilepsia Dan y Compañía– es particularmente grande, y los «revolucionarios profesionales», odiados por los intelectuales oportunistas, están llamados a desempeñar un nuevo y grato papel.

Pero Mijaíl Tomski también aquí, defendiendo una idea completamente acertada, cae en parte en el otro extremo. Así, por ejemplo, no tiene razón cuando excluye de la lista de «cuestiones serias» el balance de la experiencia de la revolución a lo largo de tres años, el balance de las lecciones prácticas de la lucha directa de las masas, la síntesis de la agitación revolucionaria política, etc. Aquí, lo más probable es que tengamos que vérnoslas con un simple vacío en la exposición del autor, o con errores particulares originados por las condiciones de trabajo hecho a toda prisa. Este balance, esta síntesis ante los ojos de los círculos más amplios posibles de obreros, es mucho más importante que la cuestión de los «tribunales locales», la «autoadministración local» y otras «reformas» semejantes en la Rusia de Stolypin, de las que tanto les gusta parlotear a los funcionarios y a los liberales. Semejantes «reformas» están inevitablemente condenadas a la comedia bajo una Duma y una autocracia centurionegristas.

En cambio, Mijaíl Tomski tiene toda la razón cuando se alza resueltamente contra la «invención de consignas» en general, y contra consignas como «abajo la Duma» o «abajo la fracción», en particular. Tiene mil veces razón cuando contrapone a esta «desorientación» el trabajo socialdemócrata consecuente de organización, propaganda y agitación para fortalecer al partido socialdemócrata, para fortalecer sus tradiciones, odiosas para los oportunistas, para apoyar la continuidad en el trabajo, para ampliar y consolidar la influencia de este partido, del partido de antes (¡indígnense, redactores del «Golos» de los oportunistas!) sobre las masas proletarias.

Llegamos aquí a la carta del moscovita y a la crítica del punto central de esta carta, es decir, del famoso «otzovismo». Ya nos hemos pronunciado repetidas veces en «Proletari» contra el otzovismo, desde el momento en que la minoría de los bolcheviques en la Conferencia de Moscú presentó su conocida resolución sobre esta cuestión (véase el núm. 31 de «Proletari»). Ahora tenemos ante nosotros, también en nombre de la parte menor de los bolcheviques de Moscú, el primer intento de fundamentación sistemática del otzovismo. Examinemos, pues, esta fundamentación.

El camarada otzovista parte de la premisa correcta de que las tareas objetivas de la revolución burguesa democrática en Rusia no han sido resueltas, de que «la revolución no está liquidada». Pero saca de esta premisa correcta conclusiones incorrectas. «¿A qué debe adaptarse nuestro partido –pregunta–: a años de estancamiento o a un nuevo ascenso social?» Aquí comienza ya el error. De que la revolución no esté liquidada se desprende la inevitabilidad de un nuevo ascenso burgués democrático, y nada más. De ello no se desprende ni que este ascenso vaya a repetir totalmente la vieja agrupación de los elementos de la democracia burguesa (la reagrupación puede requerir un tiempo más prolongado de lo que a nosotros y a nuestro impugnador nos gustaría), ni que sea imposible un «ascenso social» (habría que decir: ascenso revolucionario) después de, pongamos, un año de estancamiento. Hemos vivido no menos de un año de estancamiento, estamos viviendo el estancamiento ahora. El camarada otzovista mismo reconoce que «es difícil e incluso imposible reconocer cuál será el motivo exterior que pondrá en movimiento… a las masas». Más aún. Al invitar al partido a «adaptar nuestra táctica y nuestra organización precisamente a ella (a la revolución, es decir, al ascenso revolucionario) y no al pútrido minuto político que vivimos», el autor mismo propone reestructurar la organización en correspondencia con el pútrido momento, con las represiones policiales desesperadas, con la imposibilidad de relaciones directas e inmediatas de los comités con las masas obreras. No cabe duda de que en condiciones de ascenso el autor no propondría un plan orgánico semejante, no lo pondría en primer plano. Por consiguiente, en la práctica él mismo refuta su planteamiento de la cuestión, con su práctica corrige su teoría. Esto le ha ocurrido porque expuso la premisa teórica de forma incorrecta. De la inevitabilidad de un nuevo ascenso se desprende la necesidad de conservar tanto el viejo programa como las viejas consignas revolucionarias de todo nuestro trabajo entre las masas, la necesidad de preparar sistemáticamente al partido y a las masas para las nuevas batallas revolucionarias. Pero de ello no se desprende si el ascenso ya ha comenzado o no, si hay que «adaptarse» a su inicio o a su apogeo. Tanto en 1897 como en 1901 y a comienzos de 1905, era absolutamente cierto el planteamiento de que era inevitable un nuevo ascenso revolucionario (después de los débiles ascensos de comienzos de los 60 y finales de los 70), pero en estos tres momentos los socialdemócratas revolucionarios supieron aplicar su táctica a las diferentes condiciones de la maduración de la crisis. En 1897 rechazamos el «plan» de la huelga general como frase, y tuvimos razón. En 1901 no pusimos la consigna de la insurrección al orden del día. Después del 9 de enero de 1905, tanto esa consigna como la huelga de masas fueron puestas correctamente al orden del día por la socialdemocracia revolucionaria. No queremos decir con esto en absoluto que el nuevo ascenso vaya a ser obligatoriamente (o incluso «probablemente») igual de lento. Por el contrario, todos los datos y toda la experiencia de las revoluciones en Europa obligan a esperar un ritmo incomparablemente más rápido que en los años 1897-1905. Pero el hecho de que en distintos momentos del ascenso los socialdemócratas revolucionarios hayan puesto siempre en primer plano consignas del día diferentes sigue siendo un hecho. El error del camarada otzovista consiste en que olvida esta experiencia de la socialdemocracia revolucionaria.

Además, al pasar a nuestra fracción de la Duma, el camarada otzovista comienza con una premisa: «La culminación natural del partido, su representante, por así decirlo, diplomático, es la fracción de la Duma». Esto es incorrecto. El autor exagera la importancia y el papel de la fracción. El autor enaltece este papel desmedidamente a la manera menchevique –¡no en vano, por lo visto, se dice que los extremos se tocan! Los mencheviques, a partir de la idea de que la fracción es la «culminación» del partido, deducen la necesidad de adaptar el partido a la fracción. Los otzovistas, a partir de la idea de que la fracción es la «culminación» del partido, deducen que es ruinoso para el partido una «culminación» tan mala. La premisa es incorrecta en ambos casos. Jamás y bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en la más «ideal» república burguesa democrática, consentirá la socialdemocracia revolucionaria reconocer en su fracción parlamentaria ni la «culminación natural» del partido ni su «representante diplomático». Es una idea errónea de raíz. Nosotros no enviamos diputados a las instituciones representativas burguesas y burguesas-centurionegristas para la diplomacia, sino para una modalidad especial de actividad partidaria auxiliar, para la agitación y la propaganda desde una tribuna especial. Incluso con el derecho electoral democrático «ideal», la fracción parlamentaria del partido obrero llevará siempre en sí ciertas huellas de la influencia del entorno burgués general de las elecciones, por ejemplo, será siempre más «intelectual» que el partido en su conjunto, y por eso jamás reconoceremos a la fracción como «culminación» del partido. La fracción no es el estado mayor (si es lícito emplear, junto a la comparación «diplomática» del autor, la comparación «militar»), sino más bien un destacamento de trompeteros en un caso y de exploradores en otro, o una de las organizaciones de un «arma» auxiliar.

El camarada otzovista ha convertido a la fracción de organización auxiliar del partido en «culminación» del partido para, exagerando la importancia de la fracción, atribuir un carácter radicalmente falso a la actividad de ese destacamento nuestro que ha sido enviado a la Duma burguesa centurionegrista.

Pero es posible que el autor no insistiera en esa «culminación». En otro lugar de su artículo, él mismo dice acertadamente: «Uno de los motivos principales que impulsaron al partido a participar en las elecciones fue la esperanza en el papel propagandístico y agitador de la tribuna de la Duma». Esto es justo, y la objeción del autor contra este justo planteamiento muestra de forma especialmente palpable su falta de razón: «La realidad, sin embargo, ha mostrado –escribe– que la agitación en la III Duma se reduce a cero, en primer lugar, por la composición del propio grupo, en segundo lugar, por la completa indiferencia de las masas hacia todo lo que sucede entre los muros del Palacio Táuride».

Empecemos por el final del análisis de este planteamiento, extraordinariamente rico en errores. La agitación se reduce a cero gracias a la completa indiferencia de las masas hacia todo lo que sucede en la Duma. ¿Qué es esto? ¿Cómo es esto? ¡Resulta, según esta monstruosa lógica, que habrá que «revocar» no a la fracción, sino a las «masas» por su «indiferencia»! Porque en la Duma se lleva a cabo, como todos sabemos perfectamente, la política de la autocracia, la política de apoyo al zarismo por parte del terrateniente centurionegrista y del gran capitalista octubrista, la política de servilismo ante el zarismo del liberal demócrata constitucionalista charlatán. Ser indiferente «hacia todo lo que sucede entre los muros del Palacio Táuride» significa ser indiferente hacia la autocracia, hacia toda la política interior y exterior de la autocracia. El autor ha vuelto a razonar en un espíritu de menchevismo al revés. «Si las masas son indiferentes, también los socialdemócratas deben ser indiferentes». Pero nosotros somos un partido que conduce a las masas hacia el socialismo, y no uno que va detrás de cada giro del estado de ánimo o de la decadencia del estado de ánimo de las masas. Todos los partidos socialdemócratas han vivido en ocasiones la apatía de las masas o su entusiasmo por algún error, por alguna moda (chovinismo, antisemitismo, anarquismo, boulangismo, etc.), pero jamás los socialdemócratas revolucionarios consecuentes se dejan llevar por cualquier giro del estado de ánimo de las masas. Se puede y se debe criticar la mala política de los socialdemócratas en la III Duma, cuando practican allí una mala política, pero decir que la agitación se reduce a cero gracias a la completa indiferencia de las masas significa razonar de manera no socialdemócrata.

¿O acaso la «completa indiferencia de las masas» no significa indiferencia hacia la política del zarismo en general? Es decir, las masas, indiferentes hacia todo lo que sucede entre los muros de la Duma, ¿no son indiferentes, digamos, hacia la discusión de la cuestión de las manifestaciones callejeras, de las nuevas huelgas, de la insurrección, de la vida interna de los partidos revolucionarios en general y del partido socialdemócrata en particular? La desgracia del autor reside precisamente en que, al parecer, piensa así, ¡pero se ve forzado a no decir directamente semejante despropósito! Si realmente hubiera podido decir y demostrar que en las masas no hay en este momento la menor indiferencia hacia la política en general, sino, al contrario, un interés mucho más vivo hacia las formas más activas de la política, entonces la cuestión se plantearía, por supuesto, de otro modo. Si en lugar de un año de calma, decadencia y descomposición de todas las organizaciones socialdemócratas y obreras, hubiéramos vivido un año de manifiesto interés de las masas precisamente por las formas de lucha directamente revolucionarias, entonces nosotros seríamos los primeros en reconocer que nos hemos equivocado. Pues sin relación con las condiciones del momento revolucionario, sólo los «cretinos parlamentarios» del menchevismo pueden defender en general y siempre la participación en toda institución representativa, cerrando hipócritamente los ojos ante la experiencia de la actividad de Marx, Lassalle, Liebknecht en los períodos revolucionarios. La cuestión de la participación en la III Duma o de su boicot, como toda cuestión política, los marxistas estamos obligados a plantearla de manera concreta, y no abstracta, teniendo en cuenta toda la situación revolucionaria en su conjunto, y no la sola consideración, pobre hasta el empobrecimiento: «si hay representación, hay que representar». Un vivo interés de las masas por la política significaría la existencia de condiciones objetivas de una crisis en ascenso, es decir, significaría que un cierto ascenso ya está presente y, con determinada fuerza de tal ascenso, el estado de ánimo de las masas se expresaría inevitablemente en una acción de masas.

Sobre esta última cuestión, el propio camarada otzovista hace la siguiente confesión: «cada cambio de su actividad (de la fracción) está estrechamente ligado a un cambio del régimen, sobre el cual ahora no estamos en condiciones de influir…». ¿Por qué el camarada otzovista considera que no estamos en condiciones no sólo de cambiar ahora el régimen, sino incluso de influir sobre él? Evidentemente, porque, como socialdemócrata, tiene en cuenta exclusivamente la acción de las masas del proletariado, y considera esa acción ahora imposible y vanas las conversaciones sobre ella. Pero miren cómo en esto «carga la culpa de su cabeza enferma sobre la sana», es decir, vuelve contra nosotros el argumento que habla en contra del otzovismo:

«Rompan –escribe el camarada otzovista– las barreras policiales que separan a los diputados de las masas, obliguen a la fracción a intervenir de manera más tajante y brillante, en una palabra, fusionen orgánicamente su trabajo con la vida del proletariado –entonces los obreros, tal vez, reconozcan en ella aspectos positivos; pero como todo cambio de su actividad está estrechamente ligado a un cambio del régimen, sobre el cual ahora no estamos en condiciones de influir, ¡hay que abandonar todos los sueños de ampliar y profundizar el trabajo fraccional!».

Si la ampliación y la profundización del trabajo fraccional están condicionadas por la «ruptura de las barreras policiales», entonces ¿por qué la conclusión dice: «abandonen los sueños de mejorar la fracción», y no: abandonen los sueños de romper las barreras policiales? El autor es claramente ilógico, y su razonamiento debe corregirse así: es necesario un trabajo incansable para mejorar toda la actividad del partido y toda la ligazón del partido con las masas, resultado del cual será inevitablemente tanto la ruptura de las barreras policiales en general como, en particular, el fortalecimiento de la comunicación partidaria con la fracción, de la influencia partidaria sobre la fracción. El autor, como si nos exigiera a nosotros, los antiotzovistas, que «rompiéramos las barreras policiales», y entonces, quizá, él acepte abandonar el otzovismo. ¿Pero no está claro que de esta manera pone de cabeza la ligazón real y la interdependencia de los fenómenos políticos? Quizá –diremos nosotros– usted tendría razón, camarada otzovista, si las masas pudieran «ahora» no sólo «influir sobre el régimen» (toda manifestación política exitosa influye sobre el régimen), sino también romper las barreras –es decir, si las masas pudieran ahora romper las «barreras» de la III Duma, entonces, quizá, sería inútil para la socialdemocracia revolucionaria enviar su destacamento a esta Duma. Quizá. Pero usted mismo dice que eso no existe; usted mismo está de acuerdo en que, en las circunstancias dadas, se necesita aún un trabajo preparatorio serio y tenaz para convertir esta posibilidad en realidad.

«La composición de la fracción» –dice usted. Si el otzovismo fuera propuesto para cambiar la composición de la fracción, ese argumento merecería consideración desde el punto de vista de si mejoraría la composición en unas nuevas elecciones después de la dimisión de la fracción actual. Pero el autor no tiene nada semejante en mente. Quiere revocar no sólo a la fracción de la Duma, sino, en general, suprimir toda representación socialdemócrata en la III Duma, declarando un error la participación en ella. Y desde este punto de vista, motivar el otzovismo con «la composición de la fracción» es, para un socialdemócrata, la pusilanimidad e incredulidad más imperdonables. Nuestro partido ha logrado que, de entre los electores obreros, obligáramos a los centurionegristas a elegir a nuestros candidatos del partido, a socialdemócratas. ¿Acaso debemos reconocer como algo sin esperanza que estos obreros del partido supieran exponer su socialismo simple y claramente desde la tribuna de la Duma? ¿Debemos cejar después de unos pocos meses de lucha contra los «hombres instruidos» burgueses (véase la magnífica descripción del mal que éstos causan en la carta sobre la fracción que se publica en el presente número)? ¿Debemos reconocer que nuestro partido es incapaz, en un período de calma temporal y estancamiento, de destacar a obreros socialdemócratas que sepan exponer públicamente su socialismo? Esto no es política, es nerviosismo. Por supuesto, la que tiene más culpa de todo esto es nuestra propia fracción de la Duma, pues precisamente con sus errores serios, y sólo con esos errores, lleva el descontento hacia ella hasta el otzovismo. Pero nosotros no permitiremos que el justo descontento nos arrastre hacia una política incorrecta. No. Debemos y trabajaremos tenaz y persistentemente para acercar al partido a la fracción, para mejorar la fracción. No olvidaremos que en la experiencia de la socialdemocracia internacional existen ejemplos de lucha mucho más prolongada y más aguda entre la fracción y el partido que entre nosotros durante la III Duma. Recuerden a los alemanes. Bajo la ley de excepción llegaron las cosas hasta el punto de que la fracción dio una serie de pasos antipartidarios, oportunistas, de lo más escandalosos (votación de la subvención a la navegación, etc.). El partido tenía su Órgano Central semanal en el extranjero y lo introducía regularmente en Alemania. La organización de los socialdemócratas alemanes de entonces, a pesar de las desesperadas persecuciones policiales, a pesar de un momento menos revolucionario por causas objetivas que en la Rusia contemporánea, era incomparablemente más amplia y sólida que la actual organización de nuestro partido. Y el partido de la socialdemocracia alemana llevó a cabo una larga guerra contra su fracción y la condujo hasta la victoria. Los partidarios absurdos de los «jóvenes», que se ocupaban del histerismo en lugar del trabajo para mejorar la fracción, acabaron, como se sabe, muy mal. Y la victoria del partido se expresó en el sometimiento de la fracción.

Entre nosotros, la lucha del partido con la fracción para corregir los errores de esta última apenas está empezando. Entre nosotros no ha habido todavía ni una sola conferencia del partido que haya declarado con firmeza y claridad a la fracción la necesidad de corregir su táctica en tales y cuales aspectos claramente señalados. Entre nosotros no hay aún un Órgano Central que salga regularmente y que, en nombre de todo el partido, siga cada paso de la fracción y la dirija. Nuestras organizaciones locales, en el ámbito de ese mismo trabajo –la agitación entre las masas a propósito de cada intervención de los socialdemócratas en la Duma con el esclarecimiento de todo error en una u otra intervención–, han hecho todavía muy, pero que muy poco. Y se nos invita a renunciar, a reconocer la lucha sin esperanza, a renunciar a la utilización de la tribuna de la Duma en momentos como el año 1908. Repetimos: esto no es política, sino nerviosismo.

No hay intervenciones brillantes –dicen ustedes. A propósito de estas «intervenciones brillantes» es preciso distinguir dos cosas: en primer lugar, la deficiente información del partido y, en segundo lugar, un serio error de principio en el planteamiento mismo de la cuestión de las intervenciones brillantes en general.

Sobre la primera cuestión hay que decir que hasta ahora todos los que han querido criticar de manera práctica a la fracción han señalado una serie de errores indudablemente serios (la declaración; la votación de los millones a favor de Schwarz; la reunión con los socialistas populares; el reconocimiento de la religión como asunto privado para el partido; la ausencia de intervención sobre la interpelación del 15 de octubre de 1908; la ausencia de una clara crítica a los demócratas constitucionalistas, etc.). Silenciar estos errores, como hacen los mencheviques, que encuentran que todo es de lo mejor, excepto la intervención de Chílikin, es la mayor bajeza. Nosotros no debemos silenciar estos errores, sino aclararlos públicamente, en nuestros órganos locales y no locales, en cada reunión, en las hojas de agitación que se lanzan a las masas a propósito de cada intervención. Para la crítica práctica de la fracción y para familiarizar a las masas proletarias con esa crítica, hemos hecho todavía desmesuradamente poco. Debemos ponernos manos a la obra en este sentido todos y en todas partes. Y cuando emprendamos este trabajo, veremos que existe una serie de intervenciones de la fracción y, en particular, de fórmulas de paso al orden del día redactadas según las indicaciones de los representantes del Comité Central y en acuerdo con esos representantes, que contienen una exposición correcta del programa del POSDR, que han sido publicadas en las actas de la Duma y en el suplemento a «Rossía» y de las que ni una centésima parte hemos utilizado aún en la agitación de masas. Hay que criticar a la fracción, no hay palabras, es deshonesto silenciar sus errores. Pero todos nosotros debemos también fortalecer las organizaciones en las localidades y desarrollar la agitación para utilizar cada intervención de la fracción. Sólo la combinación de uno y otro trabajo es una actividad verdaderamente digna de los socialdemócratas revolucionarios consecuentes, sólo esta combinación nos ayudará a vencer el «pútrido minuto» y a acelerar la llegada del nuevo ascenso.

Además. Subrayando la «ausencia de intervenciones brillantes», el autor dice que «se ha creado la representación (¿en quién? ¿en unos cuantos Mitläufer que no entienden el abecé del marxismo?) de que la socialdemocracia se ha reconciliado con la situación de cosas creada y piensa en un trabajo cultural pacífico; la existencia de la fracción se ha convertido como en la prueba de que la revolución está enterrada, si no de palabra, sí… de hecho. Aunque esta opinión sea falsa, sólo podemos refutarla no con argumentos, sino con hechos». ¡Y el único «hecho» que el autor propone para esta «reestructuración» de toda la táctica de «subrayar» ante los ojos de las masas la actitud de la socialdemocracia hacia la Duma es la llamada a revocar la fracción! ¡Resulta que el otzovismo es considerado como un «hecho» que refuta los «funerales de la revolución», como una «intervención brillante» que subraya la nueva táctica!

Diremos a esto que el autor entiende incorrectamente el significado general de las «intervenciones brillantes» y las consignas «brillantes». Cuando nosotros, los bolcheviques, llevamos a cabo en 1905 el boicot a la Duma de Buliguin, esta consigna fue correcta no porque fuera «brillante», sino porque expresaba correctamente la situación objetiva: la presencia de un ascenso en crecimiento, que el zarismo intentaba desviar mediante la promesa de una Duma consultiva. Cuando llevamos a cabo en el verano de 1906 la consigna: «Comité ejecutivo de las izquierdas para apoyar la insurrección, y no apoyo a la reivindicación de un ministerio demócrata constitucionalista», esta consigna fue correcta no porque fuera «brillante», sino porque expresaba correctamente la situación objetiva; los acontecimientos demostraron que los demócratas constitucionalistas frenaban la lucha, que sus negociaciones secretas con Trépov en junio de 1906 expresaban el juego del gobierno, que el verdadero choque se produjo y debió producirse sobre una base distinta, tras la disolución de la Duma, precisamente sobre la base de la lucha armada (Sveaborg y Kronstadt, como culminación de los motines de soldados y campesinos). Cuando llevamos a cabo en 1907 la consigna: no en bloque con los demócratas constitucionalistas, sino contra los demócratas constitucionalistas, esta consigna fue correcta no porque fuera «brillante», sino porque expresaba correctamente las condiciones objetivas del momento. Tanto las elecciones en San Petersburgo como el conjunto total de las votaciones (y de los debates) en la segunda Duma demostraron que el «peligro centurionegrista» era una ficción y que, de hecho, la lucha se libraba contra los demócratas constitucionalistas y la reacción juntos, y no junto con los demócratas constitucionalistas contra la reacción.

Es indudable que durante la revolución se adhirió a nosotros una parte de la gente no porque comprendieran el criterio marxista de la justeza de las consignas y la táctica de la socialdemocracia, sino sólo por su «brillo». Que ahora, al declinar la oleada, nos queden y nos quedarán sólo verdaderos marxistas, eso no nos asusta, sino que nos alegra. E invitamos al camarada otzovista a reflexionar atentamente en su razonamiento: refutar los funerales de la revolución no se debe con palabras, sino con hechos –¡por lo tanto, revoquemos la fracción! Este es un razonamiento radicalmente incorrecto. La revocación de la fracción, como subrayado de que la revolución no está enterrada, es el entierro de aquellos «revolucionarios» que son capaces de llevar a cabo una política semejante. Porque una «revolucionariedad» de este género es expresión de desorientación e impotencia en ese trabajo pesado, difícil, lento, que está dictado «ahora» por las condiciones objetivas y del que no se puede desembarazar con un manotazo ni zafarse con palabras.

Para concluir, señalemos que el propio camarada otzovista propone al final de su carta, en cinco puntos, un plan de trabajo inmediato que expresa correctamente las tareas del día y refuta su táctica incorrecta. Una vez más: la práctica del camarada otzovista es mejor que su teoría. Tiene toda la razón al afirmar que es necesaria una organización ilegal sólida. Probablemente no insistirá en el «nombramiento» de los miembros del comité por el Comité Central, que es impracticable hasta el último extremo. No olvidemos que en sustitución del revolucionario profesional de origen intelectual, o más bien en su ayuda, avanza el revolucionario profesional obrero socialdemócrata (por mucho que rabien los mencheviques contra esto, es un hecho), y, por consiguiente, la nueva organización ilegal no se parecerá del todo ni debe parecerse del todo a la vieja. Pensamos también que la expresión «desgarrar las células del partido unas de otras» en la última frase del primer punto es un desacierto casual, al que es inadmisible aferrarse como un reparo. Efectivamente, la organización ilegal socialdemócrata no desgarrará, sino que acercará las células actualmente dispersas. El camarada otzovista tiene toda la razón cuando subraya la importancia particular de la propaganda socialista y del «sistema de encuestas» de agitación. «La ligazón viva de las masas con el partido», «la atracción de las masas a la discusión de las consignas de agitación», esto es verdaderamente la cuestión candente del día. ¡Reconocer esta cuestión candente muestra, mejor que todos los razonamientos y a despecho de todas las consignas «inventadas» (según la certera expresión de M. Tomski), que la marcha de las cosas plantea a todos nosotros, tanto a los antiotzovistas como a los otzovistas, una tarea práctica perentoria, una «consigna» de la socialdemocracia revolucionaria: fortalecimiento ideológico del socialismo, fortalecimiento orgánico del partido obrero ilegal con dirigentes salidos de los propios obreros, desarrollo de la agitación socialdemócrata multilateral entre las masas. Este trabajo, cuando nos pongamos a él cada vez más unidos, nos cohesionará a todos; levantará, disciplinará, corregirá a nuestra fracción de la Duma mejor que decenas de ultimátums desnudos; dará una obra viva; resucitará la atmósfera del ambiente revolucionario animoso; nos enseñará a medir con precisión el crecimiento del ascenso y a determinar sus indicios; ¡dispersará como polvo todas las consignas muertas, inventadas, «inventadas» del otzovismo!

"Proletari" núm. 39, 13 (26) de noviembre de 1908.

Se publica según el texto del periódico "Proletari".