«Resulta, por supuesto, ridículo ver —escribe el señor P. Yushkévich— cómo el señor Chernov quiere convertir a Mijailovski, de positivista agnóstico, comtiano y spenceriano, en precursor de Mach y Avenarius» (op. cit., pág. 73).

Lo ridículo aquí es, ante todo, la asombrosa ignorancia del señor Yushkévich. Como todos los Voroshílov, encubre esta ignorancia con un cúmulo de palabras y nombres eruditos. La frase citada se encuentra en un párrafo dedicado a la relación del machismo con el marxismo. Y, al ponerse a disertar sobre esto, el señor Yushkévich no sabe que para Engels (como para todo materialista) tanto los partidarios de la línea de Hume como los partidarios de la línea de Kant son igualmente agnósticos. Por eso, oponer el agnosticismo en general al machismo, cuando el propio Mach se declara partidario de Hume, significa ser sencillamente un ignorante en filosofía. Las palabras «positivismo agnóstico» también son absurdas, pues los partidarios de Hume se llaman a sí mismos positivistas. El señor Yushkévich, que ha tomado por maestro a Petzoldt, debería saber que Petzoldt adscribe directamente el empiriocriticismo al positivismo. Por último, mezclar los nombres de Auguste Comte y Herbert Spencer es también absurdo, pues el marxismo rechaza no aquello en lo que un positivista se diferencia de otro, sino lo que tienen de común, lo que hace de un filósofo un positivista, a diferencia del materialista.

Toda esa retahíla de palabras le ha hecho falta a nuestro Voroshílov para «embaucar» al lector, aturdirlo con el ruido de las palabras, desviar su atención hacia minucias insignificantes de la esencia del asunto. Y esa esencia del asunto consiste en la divergencia radical del materialismo con toda la amplia corriente del positivismo, dentro de la cual se encuentran tanto Aug. Comte como H. Spencer, Mijailovski, una serie de neokantianos, y Mach con Avenarius. Engels expresó esta esencia del asunto con toda precisión en su «L. Feuerbach», cuando incluyó a todos los kantianos y humistas de aquel tiempo (es decir, de los años 80 del siglo pasado) en el campo de los eclécticos lastimosos, de los mezquinos (Flohknacker, literalmente: pellizcador de pulgas), etc.{59} A quién pueden y a quién deben aplicarse estas caracterizaciones, sobre esto nuestros Voroshílov no han querido reflexionar. Y como no saben pensar, les ofreceremos una comparación ilustrativa. Engels no menciona ningún nombre al hablar, tanto en 1888 como en 1892, de los kantianos y humistas en general{60}. La única referencia a un libro en Engels es la mención de la obra de Starcke sobre Feuerbach, que Engels analizaba. «Starcke —dice Engels— se esfuerza celosamente en defender a Feuerbach de los ataques y doctrinas de esos docentes que hoy alborotan en Alemania bajo el nombre de filósofos. Para las personas que se interesan por la progenie degenerada de la filosofía clásica alemana, esto, por supuesto, es importante; para el mismo Starcke podía parecer necesario. Pero nosotros ahorraremos al lector» («Ludwig Feuerbach», pág. 25{61}).

Engels quería «ahorrar al lector», es decir, librar a los socialdemócratas del grato conocimiento de los charlatanes degenerados que se autodenominan filósofos. ¿Quiénes son, pues, esos representantes de la «progenie degenerada»?

Abrimos el libro de Starcke (C. N. Starke. «Ludwig Feuerbach», Stuttgart, 1885[122]) y leemos constantes referencias a los partidarios de Hume y de Kant. Starcke separa a Feuerbach de estas dos líneas. Starcke cita para ello a A. Riehl, Windelband, A. Lange (págs. 3, 18-19, 127 y sigs. en Starcke).

Abrimos el libro de R. Avenarius «El concepto humano del mundo», publicado en 1891, y leemos en la página 120 de la primera edición alemana: «El resultado final de nuestro análisis se halla en correspondencia —aunque no absoluta (durchgehend), conforme a la diferencia de los puntos de vista— con aquello a lo que han llegado otros investigadores, como, por ej., E. Laas, E. Mach, A. Riehl, W. Wundt. Compárese también a Schopenhauer».

¿De quién se burlaba nuestro Voroshílov-Yushkévich?

Avenarius no duda en absoluto de su afinidad de principio —no en una cuestión particular, sino en la cuestión del «resultado final» del empiriocriticismo— con los kantianos Riehl y Laas, con el idealista Wundt. A Mach lo menciona entre dos kantianos. Y, realmente, ¿acaso no son una misma compañía cuando Riehl y Laas retocaban a Kant para ajustarlo a Hume, y Mach y Avenarius retocaban a Hume para ajustarlo a Berkeley?

¿Es de extrañar que Engels quisiera «ahorrar» a los obreros alemanes, librarlos del estrecho conocimiento de toda esta compañía de docentes, «pellizcadores de pulgas»?

Engels sabía ahorrar a los obreros alemanes, pero los Voroshílov no ahorran al lector ruso.

Es necesario señalar que la unión, ecléctica en esencia, de Kant con Hume o de Hume con Berkeley es posible, por así decirlo, en diferentes proporciones, subrayando preferentemente ora uno, ora otro elemento de la mezcla. Más arriba vimos, por ejemplo, que abiertamente se reconocen a sí mismos y a Mach como solipsistas (es decir, berkeleyanos consecuentes) sólo un machista, H. Kleinpeter. Por el contrario, el humismo en las concepciones de Mach y Avenarius es subrayado por muchos de sus discípulos y partidarios: Petzoldt, Willy, Pearson, el empiriocriticista ruso Lesévich, el francés Henri Delacroix[123] y otros. Aduzcamos un ejemplo de un científico particularmente eminente que en filosofía también unía a Hume con Berkeley, pero que ponía el acento en los elementos materialistas de semejante mezcla. Se trata del famoso naturalista inglés T. Huxley, que puso en circulación el término «agnóstico» y a quien, indudablemente, tenía en mente Engels, ante todo y sobre todo, cuando hablaba del agnosticismo inglés. Engels denominó en 1892 a los agnósticos de este tipo «materialistas vergonzantes»{62}. El espiritualista inglés James Ward, al atacar en su libro «Naturalismo y agnosticismo» principalmente al «jefe científico del agnosticismo» (vol. II, pág. 229) Huxley, confirma la apreciación de Engels cuando dice: «En Huxley la inclinación hacia el reconocimiento de la primacía del lado físico» («la serie de elementos», según Mach) «está expresada a menudo con tal fuerza que en general es difícil hablar aquí de paralelismo. A pesar de que Huxley rechaza con extraordinario ardor el mote de materialista, como ignominioso para su impoluto agnosticismo, no conozco otro escritor que merezca más ese mote» (vol. II, págs. 30-31). Y James Ward cita las siguientes declaraciones de Huxley en confirmación de su opinión: «Todo aquel que esté familiarizado con la historia de la ciencia estará de acuerdo en que su progreso en todos los tiempos ha significado, y ahora más que nunca significa, la ampliación de la esfera de lo que llamamos materia y causalidad, y en correspondencia con ello, la gradual desaparición de todas las esferas del pensamiento humano de lo que llamamos espíritu y espontaneidad». O: «En sí mismo no es importante si expresamos los fenómenos de la materia en términos del espíritu, o los fenómenos del espíritu en términos de la materia; una y otra formulación son verdaderas en un cierto sentido relativo» («complejos de elementos relativamente estables», según Mach). «Pero desde el punto de vista del progreso de la ciencia, la terminología materialista es en todos los aspectos preferible. Pues ella vincula el pensamiento con los demás fenómenos del mundo... mientras que la terminología inversa o espiritualista es sumamente estéril (utterly barren) y no conduce a nada excepto a la confusión y la oscuridad... Apenas puede haber duda de que cuanto más avanza la ciencia, tanto más amplia y consecuentemente todos los fenómenos de la naturaleza serán representados mediante fórmulas o símbolos materialistas» (I, 17-19).

Así razonaba el «materialista vergonzante» Huxley, que no quería en ningún caso reconocer el materialismo como una «metafísica» que va ilegítimamente más allá de los «grupos de sensaciones». Y el mismo Huxley escribía: «Si me viera obligado a elegir entre el materialismo absoluto y el idealismo absoluto, me vería obligado a aceptar este último...». «Lo único que conocemos con certeza es la existencia del mundo espiritual» (J. Ward, II, 216, ibídem).

La filosofía de Huxley es, exactamente igual, una mezcla de humismo y berkeleyanismo, como la filosofía de Mach. Pero en Huxley las arremetidas berkeleyanas son una casualidad, y su agnosticismo es la hoja de parra del materialismo. En Mach la «coloración» de la mezcla es diferente, y el mismo espiritualista Ward, que guerrea encarnizadamente con Huxley, palmea cariñosamente en el hombro a Avenarius y a Mach.