Comparar el nombre de un gran artista con la revolución, que él manifiestamente no comprendió y de la que manifiestamente se apartó, puede parecer a primera vista extraño y artificial. ¿Acaso se puede llamar espejo a lo que evidentemente no refleja el fenómeno de modo correcto? Pero nuestra revolución es un fenómeno extraordinariamente complejo; entre la masa de sus ejecutores y participantes directos hay muchos elementos sociales que tampoco comprendían, de manera evidente, lo que ocurría, que también se apartaban de las verdaderas tareas históricas que el curso de los acontecimientos les planteaba. Y si nos hallamos ante un artista realmente grande, algunas de las facetas esenciales de la revolución, al menos, debió haber reflejado en sus obras.

La prensa legal rusa, atestada de artículos, cartas y notas sobre el 80 aniversario de Tolstói, es la que menos se interesa por el análisis de sus obras desde el punto de vista del carácter de la revolución rusa y de sus fuerzas motrices. Toda esa prensa está saturada hasta la náusea de hipocresía, de una hipocresía de dos tipos: la oficial y la liberal. La primera es la burda hipocresía de los escribas venales, a los que ayer se encargó perseguir a L. Tolstói, y hoy, descubrir en él patriotismo y esforzarse por guardar las apariencias ante Europa. Que a los escribas de este tipo se les ha pagado por sus escritos, es algo que todos saben, y no pueden engañar a nadie. Mucho más refinada, y por ello mucho más nociva y peligrosa, es la hipocresía liberal. Si se escucha a los balalaikines del partido kadete en sus "Discursos", su simpatía por Tolstói es la más plena y la más calurosa. En realidad, la declamación calculada y las frases ampulosas sobre el "gran buscador de Dios" son una completa falsedad, porque el liberal ruso ni cree en el dios tolstoniano ni simpatiza con la crítica tolstoniana del régimen existente. Se unta al nombre popular para incrementar su pequeño capital político, para representar el papel de líder de la oposición nacional; intenta, con el estruendo y el fragor de las frases, sofocar la necesidad de una respuesta directa y clara a la pregunta: ¿a qué se deben las estridentes contradicciones del "tolstoísmo", qué defectos y debilidades de nuestra revolución expresan?

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin "León Tolstói como espejo de la revolución rusa". – 1908. (Reducido)

Las contradicciones en las obras, puntos de vista, doctrinas, en la escuela de Tolstói, son realmente estridentes. Por un lado, un artista genial que no solo ofreció cuadros incomparables de la vida rusa, sino también obras de primer orden de la literatura mundial. Por otro lado, un terrateniente que hace el inocente por Cristo. Por un lado, una protesta notablemente fuerte, directa y sincera contra la mentira y la falsedad sociales; por otro lado, un "tolstoiano", es decir, un alfeñique histérico y desgastado, llamado intelectual ruso, que, golpeándose públicamente el pecho, dice: "soy vil, soy asqueroso, pero me ocupo del autoperfeccionamiento moral; ya no como más carne y ahora me alimento de filetitos de arroz". Por un lado, una crítica despiadada de la explotación capitalista, la denuncia de las violencias gubernamentales, de la comedia del tribunal y de la administración estatal, el descubrimiento de toda la profundidad de las contradicciones entre el crecimiento de la riqueza y las conquistas de la civilización y el crecimiento de la miseria, el embrutecimiento y los sufrimientos de las masas obreras; por otro lado, la prédica de santurrón del "no resistir al mal" con la violencia. Por un lado, el más sobrio realismo, el desenmascaramiento de todas y cada una de las máscaras; por otro lado, la prédica de una de las cosas más viles que existen en el mundo, a saber: la religión, el afán de sustituir a los popes de oficio estatal por popes de convicción moral, es decir, el cultivo del clericalismo más refinado y, por lo tanto, particularmente repugnante. En verdad:

Que con tales contradicciones Tolstói no pudiera comprender en absoluto ni el movimiento obrero y su papel en la lucha por el socialismo, ni la revolución rusa, es evidente por sí mismo. Pero las contradicciones en los puntos de vista y en las doctrinas de Tolstói no son una casualidad, sino la expresión de aquellas condiciones contradictorias en las que fue puesta la vida rusa del último tercio del siglo XIX. La aldea patriarcal, que acababa apenas de liberarse del derecho de servidumbre, fue entregada literalmente al saqueo y la rapiña del capital y del fisco. Los viejos fundamentos de la hacienda campesina y de la vida campesina, fundamentos que en verdad se habían mantenido durante siglos, se fueron al desguace con una rapidez extraordinaria. Y las contradicciones en los puntos de vista de Tolstói deben valorarse no desde el punto de vista del movimiento obrero contemporáneo y del socialismo contemporáneo (esa valoración, desde luego, es necesaria, pero insuficiente), sino desde el punto de vista de esa protesta contra el capitalismo que avanzaba, contra la ruina y la expropiación de las masas, que debía ser engendrada por la aldea patriarcal rusa. Tolstói es ridículo como profeta que descubre nuevas recetas para la salvación de la humanidad; de ahí que sean completamente míseros los "tolstoianos" extranjeros y rusos que desearon convertir en dogma precisamente el lado más débil de su doctrina. Tolstói es grande como expresión de las ideas y de los estados de ánimo que se habían formado entre millones de campesinos rusos para el momento en que se avecinaba la revolución burguesa en Rusia. Tolstói es original, pues el conjunto de sus puntos de vista, tomado como un todo, expresa justamente las particularidades de nuestra revolución, como revolución burguesa campesina. Las contradicciones en los puntos de vista de Tolstói, desde este ángulo, son un verdadero espejo de aquellas condiciones contradictorias en las que fue puesta la actividad histórica del campesinado en nuestra revolución. Por un lado, siglos de opresión servil y decenios de ruina forzada posterior a la reforma acumularon montañas de odio, de rencor y de resolución desesperada. El afán de barrer de raíz tanto a la iglesia oficial como a los terratenientes y al gobierno terrateniente, de destruir todas las viejas formas y disposiciones de la propiedad de la tierra, de despejar el terreno, de crear en lugar del estado policíaco-clasista una comunidad de pequeños campesinos libres e iguales en derechos: este afán recorre como un hilo rojo cada paso histórico de los campesinos en nuestra revolución, y no cabe duda de que el contenido ideológico de los escritos de Tolstói corresponde mucho más a ese afán campesino que al abstracto "anarquismo cristiano", como a veces se evalúa el "sistema" de sus puntos de vista.

Por otro lado, el campesinado, al aspirar a nuevas formas de vida comunitaria, se mostraba muy inconsciente, patriarcal, como un santurrón, respecto a cómo debía ser esa comunidad, mediante qué lucha había que conquistar la libertad, qué dirigentes podía tener en esa lucha, cómo se relacionan con los intereses de la revolución campesina la burguesía y la intelectualidad burguesa, por qué es necesario el derrocamiento violento del poder zarista para destruir la propiedad terrateniente de la tierra. Toda la vida pasada del campesinado le enseñó a odiar al señor y al funcionario, pero no le enseñó, ni podía enseñarle, dónde buscar respuesta a todas estas preguntas. En nuestra revolución, una parte menor del campesinado luchó realmente, organizándose al menos en alguna medida para ese fin, y una parte muy pequeña se alzó con las armas en la mano para exterminar a sus enemigos, para aniquilar a los servidores del zar y a los defensores de los terratenientes. La mayor parte del campesinado lloraba y rezaba, discurseaba y soñaba, escribía peticiones y enviaba "gestores", ¡totalmente en el espíritu de Lev Nikoláievich Tolstói! Y, como sucede siempre en estos casos, la abstención tolstoniana de la política, la renuncia tolstoniana a la política, la falta de interés y de comprensión de la misma, hicieron que tras el proletariado consciente y revolucionario marchara una minoría, en tanto que la mayoría era presa de esos intelectuales burgueses sin principios, lacayunos, que bajo el nombre de kadetes corrían de las reuniones de los trudovikí a la antesala de Stolypin, mendigaban, regateaban, conciliaban, prometían conciliar... hasta que los echaron de allí con la puntera de la bota militar. Las ideas tolstonianas son un espejo de la debilidad, de los defectos de nuestra insurrección campesina, un reflejo de la flojedad de la aldea patriarcal y de la acartonada cobardía del "mujik hacendoso".

Tomemos las insurrecciones militares de 1905-1906. La composición social de estos combatientes de nuestra revolución es intermedia entre el campesinado y el proletariado. Este último es una minoría; por eso el movimiento en las tropas no muestra ni de lejos esa cohesión de toda Rusia, esa conciencia de partido que reveló el proletariado, como si por arte de magia se hubiera vuelto socialdemócrata. Por otro lado, no hay nada más erróneo que la opinión de que la causa del fracaso de las insurrecciones militares fue la falta de dirigentes salidos de la oficialidad. Por el contrario, el gigantesco progreso de la revolución desde los tiempos de la Voluntad del Pueblo se manifestó precisamente en que la "bestia gris" empuñó el fusil contra las autoridades, y su independencia asustó tanto a los terratenientes liberales como a la oficialidad liberal. El soldado estaba lleno de simpatía por la causa campesina; sus ojos se encendían con solo mencionar la tierra. Más de una vez el poder en las tropas pasó a manos de la masa de soldados, pero casi nunca hubo un aprovechamiento decidido de ese poder; los soldados vacilaban; al cabo de un par de días, a veces de unas cuantas horas, después de matar a algún odiado jefe, liberaban de su arresto a los demás, entraban en negociaciones con la autoridad y luego se ponían bajo el fuego del pelotón, se tendían bajo las varas, se enganchaban de nuevo al yugo... ¡totalmente en el espíritu de Lev Nikoláievich Tolstói!

Tolstói reflejó el odio acumulado, la aspiración madura a lo mejor, el deseo de librarse del pasado... y la inmadurez de la ensoñación, de la falta de educación política, de la flojedad revolucionaria. Las condiciones histórico-económicas explican tanto la necesidad del surgimiento de la lucha revolucionaria de las masas como su falta de preparación para la lucha, el "no resistir al mal" tolstoniano, que fue la causa más grave de la derrota de la primera campaña revolucionaria.

Se dice que los ejércitos derrotados aprenden bien. Por supuesto, la comparación de las clases revolucionarias con los ejércitos es acertada solo en un sentido muy limitado. El desarrollo del capitalismo modifica y agudiza cada hora las condiciones que empujaban a los millones de campesinos, cohesionados por el odio a los terratenientes-feudales y a su gobierno, a la lucha democrático-revolucionaria. En el propio campesinado, el crecimiento del intercambio, del dominio del mercado y del poder del dinero va desplazando cada vez más la vieja tradición patriarcal y la ideología patriarcal tolstoniana. Pero una adquisición de los primeros años de la revolución y de las primeras derrotas en la lucha revolucionaria de masas es indudable: el golpe mortal asestado a la anterior inconsistencia y flacidez de las masas. Las líneas divisorias se han vuelto más nítidas. Las clases y los partidos se han deslindado. Bajo el martillo de las lecciones de Stolypin, con la agitación consecuente y firme de los socialdemócratas revolucionarios, no solo el proletariado socialista, sino también las masas democráticas del campesinado, pondrán inevitablemente en primer plano a combatientes cada vez más templados, ¡cada vez menos capaces de caer en nuestro pecado histórico del tolstoísmo!

"Proletari" Nº 35, (24) 11 de septiembre de 1908.

Se publica según el manuscrito, cotejado con el texto del periódico "Proletari"