I

Los diplomáticos están efervescentes. Llueven «notas», «despachos», «declaraciones»; los ministros cuchichean a espaldas de los maniquíes coronados que, con copas de champán en la mano, «consolidan la paz». Pero los «súbditos» saben perfectamente que cuando los cuervos se congregan, es que huele a cadáver. Y el conservador lord Cromer declaró en la Cámara inglesa que «vivimos en un tiempo en que están en juego los intereses nacionales (?), se encienden las pasiones y aparece el peligro y la posibilidad de un choque, por muy pacíficas (!) que sean las intenciones de los gobernantes».

En los últimos tiempos se ha acumulado bastante material combustible, que no cesa de aumentar. La revolución en Persia amenaza con trastocar todos los tabiques —las «esferas de influencia»— levantados allí por las potencias europeas. El movimiento constitucional en Turquía amenaza con arrancar este feudo de las garras de los rapaces capitalistas europeos; y más allá se alzan amenazadoramente las viejas «cuestiones», ahora agravadas: la macedónica, la centroasiática, la del Extremo Oriente, etc., etc.

Entretanto, con la red de tratados, acuerdos, etc., públicos y secretos hoy existente, basta un insignificante golpe asestado por cualquier «potencia» para que «de una chispa se encienda la llama».

Y cuanto más amenazadoramente hacen chocar sus armas los gobiernos unos contra otros, con tanta mayor saña aplastan el movimiento antimilitarista en sus propios países. Las persecuciones contra los antimilitaristas crecen extensiva e intensivamente. El ministerio «radical-socialista» de Clemenceau-Briand tiraniza no menos que el ministerio junker-conservador de Bülow. La disolución de las «organizaciones juveniles» en toda Alemania, como resultado de la introducción de la nueva ley sobre asociaciones y reuniones, que prohíbe la presencia en reuniones políticas de personas menores de 20 años, ha dificultado en extremo la agitación antimilitarista en Alemania.

A consecuencia de ello, la disputa sobre la táctica antimilitarista de los socialistas, que parecía haberse acallado desde el Congreso de Stuttgart{94}, se reaviva de nuevo en la prensa del partido.

A primera vista parece un fenómeno extraño: siendo tan evidente la importancia de esta cuestión, siendo tan patente el daño que el militarismo inflige al proletariado, es difícil encontrar otra cuestión en la que existan tantas vacilaciones y tal cacofonía entre los socialistas occidentales como en las disputas sobre la táctica antimilitarista.

Las premisas de principio para la correcta solución de este problema fueron establecidas hace tiempo, con toda firmeza, y no suscitan discrepancias. El militarismo contemporáneo es un resultado del capitalismo. En sus dos formas es una «manifestación vital» del capitalismo: como fuerza militar empleada por los Estados capitalistas en sus conflictos exteriores («Militarismus nach aussen», como dicen los alemanes) y como arma que sirve en manos de las clases dominantes para aplastar todo tipo de movimientos (económicos y políticos) del proletariado («Militarismus nach innen»). Una serie de congresos internacionales (el de París de 1889, el de Bruselas de 1891, el de Zúrich de 1893 y, finalmente, el de Stuttgart de 1907) plasmaron de forma acabada este punto de vista en sus resoluciones{95}. De manera más exhaustiva establece este vínculo entre militarismo y capitalismo la resolución de Stuttgart, aunque, de acuerdo con el orden del día («Sobre los conflictos internacionales»), el Congreso de Stuttgart se ocupó más de la faceta del militarismo que los alemanes denominan «Militarismus nach aussen» (el «exterior»). He aquí el pasaje correspondiente de dicha resolución: «Las guerras entre los Estados capitalistas suelen ser consecuencia de su competencia en el mercado mundial, ya que cada Estado se esfuerza no solo por asegurarse su propia zona de venta, sino también por conquistar otras nuevas, desempeñando en ello un papel principal el sometimiento de pueblos y países ajenos. Estas guerras son engendradas, además, por los incesantes armamentos que provoca el militarismo, el cual es el principal instrumento de la dominación de clase de la burguesía y del sometimiento político de la clase obrera.

Las guerras son favorecidas por los prejuicios nacionalistas, cultivados sistemáticamente en los países civilizados en interés de las clases dominantes, con el fin de apartar a las masas proletarias de sus propias tareas de clase y hacerles olvidar su deber de solidaridad internacional de clase.

Así pues, las guerras arraigan en la esencia misma del capitalismo; cesarán solo cuando deje de existir el régimen capitalista, o bien cuando la enormidad de los sacrificios humanos y monetarios provocados por el desarrollo técnico-militar y la indignación popular engendrada por los armamentos conduzcan a la eliminación de este sistema.

La clase obrera, que es la que principalmente suministra soldados y sobre la que recaen sobre todo los sacrificios materiales, es en especial la enemiga natural de las guerras, ya que estas contradicen el objetivo que persigue: la creación de un régimen económico basado en el principio socialista, que haga realidad la solidaridad de los pueblos»…

II

Así pues, la relación de principio entre el militarismo y el capitalismo está firmemente establecida entre los socialistas, y en este punto no hay discrepancias. Pero el reconocimiento de esta relación aún no determina de forma concreta la táctica antimilitarista de los socialistas, no resuelve el problema práctico de cómo luchar contra la carga del militarismo y cómo impedir las guerras. Y he aquí que en las respuestas a estas cuestiones se observa una considerable divergencia de opiniones entre los socialistas. En el Congreso de Stuttgart se pudo constatar con particular claridad estas discrepancias.

En un polo se hallan los socialdemócratas alemanes del tipo de Vollmar. Puesto que el militarismo es hijo del capitalismo, razonan, y puesto que las guerras son un acompañante necesario del desarrollo capitalista, no hace falta ninguna actividad antimilitarista especial. Así lo declaró precisamente Vollmar en el congreso del partido en Essen. En cuanto a la cuestión de cómo debe comportarse la socialdemocracia en caso de declaración de guerra, la mayoría de los socialdemócratas alemanes, encabezados por Bebel y Vollmar, se aferran tenazmente a la posición de que los socialdemócratas deben defender su patria contra un ataque y tienen la obligación de participar en la guerra «defensiva». Esta postura llevó a Vollmar a declarar en Stuttgart que «todo el amor a la humanidad no puede impedirnos ser buenos alemanes», y al diputado socialdemócrata Noske a proclamar en el Reichstag que, en caso de guerra contra Alemania, «los socialdemócratas no se quedarán a la zaga de los partidos burgueses y echarán el fusil al hombro»; de aquí a Noske le quedaba solo un paso para afirmar: «deseamos que Alemania esté lo más armada posible».

En el otro polo se sitúa un grupo poco numeroso de partidarios de Hervé. El proletariado no tiene patria, razonan los herveístas. Por tanto, todas y cada una de las guerras son en interés de los capitalistas; por tanto, el proletariado debe luchar contra cualquier guerra. A toda declaración de guerra, el proletariado debe responder con una huelga militar y la insurrección. A esto principalmente debe reducirse la propaganda antimilitarista. En Stuttgart, Hervé propuso por ello el siguiente proyecto de resolución: «… El Congreso invita a responder a toda declaración de guerra, venga de donde venga, con la huelga militar y la insurrección».

Tales son las dos posiciones «extremas» en esta cuestión dentro de las filas de los socialistas occidentales. «Como el sol en una pequeña gota de agua», en ellas se reflejan las dos enfermedades que aún siguen perjudicando la actividad del proletariado socialista en Occidente: las tendencias oportunistas, por un lado, y la fraseología anarquista, por otro.

Ante todo, unas observaciones sobre el patriotismo. Que «los proletarios no tienen patria» está ciertamente dicho en el «Manifiesto Comunista»; que la postura de Vollmar, Noske y Cía «abofetea» este principio fundamental del socialismo internacional es también cierto. Pero de ahí no se deduce la justeza de la afirmación de Hervé y los herveístas de que al proletariado le es indiferente en qué patria vive: si en la monárquica Alemania, en la republicana Francia o en la despótica Turquía. La patria, es decir, el entorno político, cultural y social dado, es el factor más poderoso en la lucha de clases del proletariado; y si no tiene razón Vollmar al establecer una especie de actitud «auténticamente alemana» del proletariado hacia la «patria», no más razón tiene Hervé, que de manera imperdonable y acrítica ignora un factor tan importante de la lucha de liberación del proletariado. El proletariado no puede permanecer indiferente e impasible ante las condiciones políticas, sociales y culturales de su lucha; por consiguiente, tampoco pueden serle indiferentes los destinos de su país. Pero los destinos de su país le interesan solo en la medida en que conciernen a su lucha de clases, y no en virtud de un «patriotismo» burgués, completamente indecoroso en boca de un socialdemócrata.

Más compleja es la otra cuestión: la actitud hacia el militarismo y la guerra. Ya a primera vista es evidente que Hervé confunde de manera imperdonable ambas cuestiones, olvidando la relación causal entre guerra y capitalismo; al adoptar la táctica herveísta, el proletariado se condenaría a una labor estéril: emplearía toda su disposición combativa (pues se habla de insurrección) en luchar contra el efecto (la guerra), dejando subsistir la causa (el capitalismo).

El método anárquico de pensamiento se manifiesta aquí en toda su plenitud. La fe ciega en la fuerza taumatúrgica de toda *action directe*[36]; el arrancar este «acción directa» de la coyuntura sociopolítica general sin el menor análisis de la misma; en una palabra, la «comprensión arbitraria y mecánica de los fenómenos sociales» (según expresión de K. Liebknecht) es evidente.

El plan de Hervé es «muy simple»: el día de la declaración de guerra, los socialistas-soldados desertan, y los reservistas se declaran en huelga y se quedan en casa. Sin embargo, «la huelga de los reservistas no es una resistencia pasiva: la clase obrera pasaría pronto a la resistencia abierta, a la insurrección, y esta última tendría tantas más probabilidades de culminar con triunfo cuanto que el ejército activo se hallaría en la frontera del país» (G. Hervé. «Leur patrie»[37]).

Tal es este «plan real, directo y práctico», y, convencido de su éxito, Hervé propone responder con la huelga militar y la insurrección a cada declaración de guerra.

De aquí se desprende claramente que la cuestión no es si el proletariado, cuando lo considere conveniente, puede responder con la huelga y la insurrección a una declaración de guerra. La disputa versa sobre si se debe atar al proletariado con el compromiso de responder con la insurrección a toda guerra. Decidir la cuestión en este último sentido significa arrebatar al proletariado la elección del momento de la batalla decisiva y entregársela a sus enemigos; no es el proletariado quien elige el momento de la lucha, de acuerdo con sus intereses, cuando su conciencia socialista general está alta, su organización es sólida, el motivo es favorable, etc.; no, los gobiernos burgueses podrían provocarlo a la insurrección incluso cuando las condiciones le fueran desfavorables, por ejemplo, declarando una guerra especialmente capaz de despertar sentimientos patrióticos y chovinistas en amplias capas de la población, que aislaría de ese modo al proletariado insurrecto. No hay que perder de vista además que la burguesía, que desde la monárquica Alemania hasta la republicana Francia y la democrática Suiza persigue con tanta crueldad la actividad antimilitarista en tiempo de paz, ¡con qué furia se abalanzaría sobre cualquier intento de huelga militar en caso de guerra, en un momento de vigencia de leyes de guerra, estados de guerra, tribunales de guerra, etc.!

Razón tiene Kautsky cuando dice de la idea de Hervé: «la idea de la huelga militar nació bajo la influencia de "buenos" motivos, es noble y está llena de heroísmo, pero es una necedad heroica».

El proletariado, si lo considera conveniente y adecuado, puede responder a la declaración de guerra con una huelga militar; puede recurrir, entre otros medios para alcanzar la revolución social, también a la huelga militar. Pero atarse a esta «receta táctica» no es del interés del proletariado.

Así respondió precisamente el Congreso Internacional de Stuttgart a esta controvertida cuestión.

III

Pero si las opiniones de los herveístas son una «necedad heroica», la posición de Vollmar, Noske y sus correligionarios del «ala derecha» es cobardía oportunista. Puesto que el militarismo es hijo del capital y caerá con él —razonaban en Stuttgart y sobre todo en Essen—, no hace falta tampoco una agitación antimilitarista especial: no debe haberla. Pero a esto se les replicó en Stuttgart que también la solución radical de la cuestión obrera y femenina, por ejemplo, es imposible bajo el régimen capitalista; sin embargo, luchamos por la legislación obrera, por la ampliación de los derechos civiles de las mujeres, etc. La propaganda antimilitarista especial debe llevarse a cabo con tanta más energía cuanto más frecuentes son los casos de intervención de la fuerza militar en la lucha del trabajo contra el capital, y cuanto más evidente es la importancia del militarismo, no solo en la actual lucha del proletariado, sino también en el futuro: en el momento de la revolución social.

La propaganda antimilitarista especial no solo cuenta con demostraciones de principio, sino también con una importante experiencia histórica. En este terreno, Bélgica va a la cabeza de otros países. El Partido Obrero Belga, además de la propaganda general de las ideas antimilitaristas, organizó grupos de juventud socialista bajo el nombre de «Guardias Jóvenes» (*Jeunes Gardes*). Los grupos de un mismo distrito forman parte de la Federación Distrital; todas las Federaciones Distritales, a su vez, se unen en la Federación Nacional, con un «Consejo Principal» al frente. Los órganos de los «guardias jóvenes» (*«La jeunesse — c'est l'avenir»*; *«De Caserne»*, *«De Loteling»*[38], etc.) se difunden por decenas de miles de ejemplares. De las federaciones, la más fuerte es la Valona, que incluye 62 grupos locales con 10 mil miembros; en total, la «Guardia Joven» está compuesta en la actualidad por 121 grupos locales.

Paralelamente a la agitación escrita, se lleva a cabo intensamente la oral: en enero y septiembre (meses de reclutamiento) se organizan en las principales ciudades de Bélgica asambleas populares y procesiones; a las puertas de las alcaldías, al aire libre, oradores socialistas explican a los reclutas el significado del militarismo. Junto al «Consejo Principal» de los «guardias jóvenes» se ha instituido un «Comité de Quejas», que tiene la obligación de recopilar información sobre todas las injusticias cometidas en los cuarteles. Estos datos, bajo la rúbrica «Del ejército», se publican diariamente en el órgano central del partido *Le Peuple*{96}. La propaganda antimilitarista no se detiene a las puertas del cuartel, y los soldados socialistas forman grupos con fines de propaganda dentro del ejército. En la actualidad se cuentan alrededor de 15 de estos grupos («uniones de soldados»).

Siguiendo el modelo belga, con variaciones en intensidad y en lo organizativo, se lleva a cabo la propaganda antimilitarista en Francia[39], Suiza, Austria y otros países.

Así pues, la actividad antimilitarista especial no solo es especialmente necesaria, sino también prácticamente conveniente y fructífera. Por tanto, cuando Vollmar se alzaba contra ella, alegando las imposibles condiciones policiales para ello en Alemania y el peligro de que a causa de ello fueran desarticuladas las organizaciones del partido, la cuestión se reducía a un análisis concreto de las condiciones del país dado; es una cuestión de hecho y no de principio. Aunque también aquí es justa la observación de Jaurès de que la socialdemocracia alemana, que en su juventud, en los difíciles años de las leyes de excepción contra los socialistas, resistió la mano de hierro del conde Bismarck, ahora, habiendo crecido y fortalecido incomparablemente, podría no temer las persecuciones de los gobernantes actuales. Pero Vollmar está doblemente equivocado cuando trata de apoyarse en argumentos de principio sobre la inconveniencia de la propaganda antimilitarista especial.

No está menos impregnado de oportunismo el convencimiento de Vollmar y sus correligionarios de que los socialdemócratas están obligados a participar en una guerra defensiva. La brillante crítica de Kautsky no dejó piedra sobre piedra de estos puntos de vista. Kautsky señaló la completa imposibilidad que existe a veces de discernir, sobre todo en momentos de embriaguez patriótica, si una guerra dada responde a fines defensivos u ofensivos (el ejemplo que ponía Kautsky: ¿atacaba o se defendía Japón al comienzo de la guerra ruso-japonesa?). Los socialdemócratas se enredarían en las redes de las negociaciones diplomáticas si pretendieran establecer su actitud ante la guerra en función de este criterio. Los socialdemócratas pueden verse incluso en la tesitura de exigir guerras ofensivas. En 1848 (esto no está de más que también lo recuerden los herveístas), Marx y Engels consideraban necesaria una guerra de Alemania contra Rusia. Posteriormente intentaron influir en la opinión pública de Inglaterra para impulsarla a una guerra con Rusia. Kautsky construye, entre otros, el siguiente ejemplo hipotético: «supongamos —dice— que el movimiento revolucionario obtiene la victoria en Rusia y la influencia de esta victoria lleva en Francia a que el poder pase a manos del proletariado; por otra parte, supongamos que contra la nueva Rusia se forma una coalición de monarcas europeos. ¿Acaso protestará la socialdemocracia internacional si la república francesa acude entonces en ayuda de Rusia?» (K. Kautsky. «Nuestro punto de vista sobre el patriotismo y la guerra»).

Es evidente que en esta cuestión (como en el punto de vista sobre el «patriotismo»), no es el carácter defensivo u ofensivo de la guerra, sino los intereses de la lucha de clases del proletariado o, mejor dicho, los intereses del movimiento internacional del proletariado, los que representan el único punto de vista posible desde el cual puede examinarse y decidirse la actitud de la socialdemocracia ante tal o cual fenómeno de las relaciones internacionales.

Un reciente pronunciamiento de Jaurès muestra hasta qué columnas de Hércules puede llegar el oportunismo incluso en estas cuestiones. En un periodicucho liberal-burgués alemán, expresando sus puntos de vista sobre la situación internacional, defiende la alianza de Francia e Inglaterra con Rusia contra las acusaciones de tener intenciones contrarias a la paz y considera esta alianza como una «garantía de paz», saludando el hecho de que «ahora hayamos llegado a vivir la alianza de Inglaterra con Rusia, dos viejos enemigos».

Una magnífica valoración de tal punto de vista y una calurosa réplica la da a Jaurès R. Luxemburg en una «Carta abierta» publicada en el último número de *Die Neue Zeit*.

Ante todo, R. Luxemburg constata que hablar de la alianza de «Rusia» e «Inglaterra» equivale a «hablar el lenguaje de los políticos burgueses», pues los intereses de los Estados capitalistas y los intereses del proletariado en política exterior son opuestos, y no se puede hablar de armonía de intereses en el ámbito de las relaciones exteriores. Si el militarismo es hijo del capitalismo, las guerras tampoco pueden ser eliminadas por las intrigas de gobernantes y diplomáticos, y la tarea de los socialistas no es suscitar ilusiones al respecto, sino, por el contrario, desenmascarar constantemente la hipocresía y la impotencia de los «pasos pacíficos» diplomáticos.

Pero el punto central de la «carta» es la valoración de la alianza de Inglaterra y Francia con Rusia, que tan ensalza Jaurès. La burguesía europea dio al zarismo la posibilidad de rechazar el embate revolucionario. «Ahora, tratando de convertir la victoria temporal sobre la revolución en definitiva, el absolutismo recurre ante todo al medio probado de todos los despotismos vacilantes: a los éxitos en política exterior». Todas las alianzas de Rusia significan ahora «la santa alianza de la burguesía de Europa Occidental con la contrarrevolución rusa, con los estranguladores y verdugos de los luchadores rusos y polacos por la libertad; significan el fortalecimiento de la reacción más sangrienta no solo en el interior de Rusia, sino también en las relaciones internacionales». «Por eso, la tarea más elemental de los socialistas y proletarios de todos los países consiste en impedir con todas sus fuerzas la alianza con la Rusia contrarrevolucionaria».

«¿Cómo explicarse —se dirige R. Luxemburg a Jaurès— que usted intente "del modo más enérgico" hacer del gobierno de los verdugos sangrientos de la revolución rusa y de la insurrección persa un factor influyente de la política europea, de las horcas rusas columnas de la paz internacional; usted, que en su día pronunció en el parlamento francés un brillante discurso contra el empréstito ruso; usted, que hace unas semanas insertó en su periódico *L'Humanité* un caluroso llamamiento a la opinión pública contra la sangrienta labor de los tribunales de guerra en la Polonia rusa? ¿Cómo se puede conciliar sus planes pacíficos, basados en la alianza franco-rusa y anglo-rusa, con la reciente protesta de la fracción parlamentaria socialista francesa y de la comisión administrativa del Consejo Nacional del Partido Socialista contra el viaje de Fallières a Rusia, la protesta bajo la que figura su firma y que defiende en calurosos términos los intereses de la revolución rusa? Si el presidente de la República Francesa quisiera remitirse a sus representaciones sobre la situación internacional, replicaría a su protesta: quien aprueba el fin debe aprobar los medios; quien considera la alianza con la Rusia zarista como una armonía de la paz internacional, debe aceptar todo lo que fortalezca esa alianza y conduzca a la amistad.

¿Qué diría usted si en otros tiempos se hubiesen encontrado en Alemania, en Rusia, en Inglaterra, socialistas y revolucionarios que en "intereses de la paz" recomendaran la alianza con el gobierno de la Restauración o con el gobierno de Thiers y Jules Favre, y cubrieran tal alianza con su autoridad moral?!!…»

Esta carta habla por sí sola, y los socialdemócratas rusos no pueden sino saludar a la camarada R. Luxemburg por esta protesta suya y por la defensa de la revolución rusa ante el proletariado internacional.

*Proletari* nº 33, 23 de julio (5 de agosto) de 1908.

Publicado según el texto del periódico *Proletari*.