Accediendo a la solicitud de los camaradas polacos, intentaré exponer aquí brevemente el contenido de mi libro, que lleva el título arriba mencionado, el cual fue escrito en noviembre de 1907 y no ha sido publicado hasta ahora por circunstancias ajenas a mi voluntad[22].

En el primer capítulo de este libro examino las «bases económicas y la esencia de la revolución agraria en Rusia». Al cotejar los datos más recientes (referentes a 1905) sobre la propiedad de la tierra en Rusia y al determinar, en cifras redondas, el fondo de tierras en las 50 provincias de la Rusia europea en 280 millones de desiatinas, obtengo como resultado el siguiente cuadro de la distribución de toda la propiedad territorial, tanto la de adjudicación como la privada:

Cualquiera que esté algo familiarizado con la estadística social comprenderá que este cuadro solo puede ser aproximadamente exacto. Sin embargo, para nosotros no son importantes esos detalles, en los que habitualmente se hunden ellos mismos y hunden la esencia del asunto los economistas de orientación liberal-narodnikista, sino el contenido de clase del proceso. Mi cuadro esclarece ese contenido, muestra en torno a qué se desarrolla la lucha en la revolución rusa. 30 000 terratenientes –principalmente la nobleza, así como el Departamento de Propiedades Imperiales– poseen 70 millones de desiatinas de tierra. Este hecho fundamental debe cotejarse con otro hecho: en posesión de 10 1/2 millones de hogares campesinos y de los propietarios más pequeños se encuentran 75 millones de desiatinas de tierra.

Estos últimos podrían duplicar sus posesiones a costa de los primeros: tal es la tendencia objetivamente inevitable de la lucha, independientemente de los diversos puntos de vista que sobre ella tengan las distintas clases.

La esencia económica de la crisis agraria se esclarece con plena evidencia a partir del cuadro arriba presentado. Millones de campesinos pequeños, arruinados, empobrecidos, oprimidos por la miseria, la ignorancia y los residuos del régimen de servidumbre, no pueden vivir sino en una dependencia semiservil del terrateniente, cultivando su tierra con sus aperos agrícolas a cambio de pastos, dehesas, abrevaderos, en general por «la tierra», por préstamos de invierno, etc., etc. Por otro lado, los poseedores de enormes latifundios no pueden, en tales condiciones, explotar sus tierras sino con la ayuda del trabajo de los campesinos arruinados vecinos, ya que este tipo de explotación no requiere inversiones de capital ni la transición a nuevos sistemas de cultivo de la tierra. Por necesidad resulta lo que ha sido descrito reiteradamente en la literatura económica rusa como el sistema de *otrabotki*. Esto no es sino el desarrollo ulterior del régimen de servidumbre. La base de la explotación no es la separación del obrero de la tierra, sino la sujeción forzosa a ella del campesino arruinado; no el capital del propietario, sino su tierra; no los aperos del poseedor de latifundios, sino el viejo arado del campesino; no el progreso de la cultura agrícola, sino la vieja rutina de largos años; no el «trabajo libre asalariado», sino la esclavización al agio.

Los resultados de la situación de cosas arriba señalada en la esfera de la cultura agrícola pueden expresarse mediante las siguientes cifras: la cosecha en la tierra de adjudicación da 54 puds por desiatina; en la tierra terrateniente, con siembra en granjas (*jútors*) y con cultivo a cuenta del terrateniente, con aperos del terrateniente y con empleo de trabajo asalariado, 66 puds; en la misma tierra terrateniente, con el llamado cultivo «a medias», 50 puds y, finalmente, en la tierra terrateniente arrendada por los campesinos, 45 puds. Las tierras terratenientes bajo cultivo servil-usurario (la mencionada «medianería» y el arriendo campesino) dan una cosecha peor que las tierras de adjudicación, agotadas y cualitativamente peores. Esta esclavización, consolidada por los latifundios feudales, se convierte en el principal obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas de Rusia.

Sin embargo, del cuadro arriba presentado se desprende también otra cosa. A saber: este desarrollo en un país capitalista puede ocurrir de dos maneras. O bien los latifundios se conservan y gradualmente se convierten en la base de la economía capitalista sobre la tierra —éste es el tipo prusiano del capitalismo agrario; el dueño de la situación es el *Junker*. A lo largo de décadas enteras se mantienen su predominio político y el abatimiento, la humillación, la miseria y la ignorancia del campesino. El desarrollo de las fuerzas productivas avanza muy lentamente, de modo similar a como ocurrió en la agricultura rusa desde 1861 hasta 1905.

O bien la revolución barre las posesiones terratenientes. La base de la agricultura capitalista se convierte en el granjero libre sobre tierra libre, es decir, limpiada de toda la escoria medieval. Éste es el tipo americano del capitalismo agrario, el desarrollo más rápido de las fuerzas productivas bajo las condiciones más favorables para la masa del pueblo de todas las posibles bajo el capitalismo.

En realidad, en la revolución rusa la lucha no se libra por la «socialización» y otras tonterías de los *narodnikis* —esto no es sino una ideología pequeñoburguesa, frases pequeñoburguesas y nada más—, sino sobre qué camino seguirá el desarrollo capitalista de Rusia: el «prusiano» o el «americano». Sin haber esclarecido esta base económica de la revolución, es absolutamente imposible comprender nada en la cuestión del programa agrario (como no lo comprendió Máslov, que examina lo abstractamente deseable sin esclarecer lo económicamente inevitable). La falta de espacio no me permite exponer el resto del contenido del primer capítulo; lo resumo solo en dos palabras: todos los kadetes se esfuerzan con todas sus fuerzas por emborronar la esencia de la revolución agraria, y los señores Prokopóvich les ayudan en ello. Los kadetes confunden («concilian») las dos líneas fundamentales de los programas agrarios en la revolución: la terrateniente y la campesina. Luego, también en dos palabras: en Rusia ya en los años 1861–1905 se manifestaron ambos tipos de evolución agraria capitalista, tanto el prusiano (desarrollo gradual de la economía terrateniente en dirección al capitalismo) como el americano (estratificación del campesinado y rapidez del desarrollo de las fuerzas productivas en el sur más libre y más rico en tierras). Finalmente, la cuestión de la colonización, examinada por mí en este capítulo, que no lograré exponer aquí. Mencionaré solo que el principal obstáculo para la utilización en Rusia de centenares de millones de desiatinas son los latifundios feudales en la propiedad de la tierra en el centro. La victoria sobre estos terratenientes resultará un impulso tan poderoso que provocará un desarrollo tal de la técnica y la cultura, que la superficie de tierras aptas para el cultivo aumentará diez veces más rápido de lo que aumentó después de 1861. He aquí algunas cifras: de la cantidad total de desiatinas en todo el estado ruso —1965 millones de desiatinas—, sobre 819 millones de desiatinas no hay ningún dato. Así pues, para su examen quedan solo 1146 millones de desiatinas, de las cuales se utilizan 469 millones de desiatinas, incluidos 300 millones de desiatinas de bosques. Una enorme cantidad de tierras, ahora no aprovechables para nada, se volverá aprovechable en un futuro cercano si Rusia se libra de los latifundios terratenientes[23].

El segundo capítulo de mi libro está dedicado a la verificación de los programas agrarios del POSDR por la revolución. El error fundamental de todos los programas anteriores es una concepción insuficientemente concreta de cuál puede ser el tipo de evolución agraria capitalista en Rusia. Y este error lo repitieron los mencheviques, que vencieron en el Congreso de Estocolmo y dieron al partido el programa de municipalización. Precisamente el aspecto económico de la cuestión, es decir, el aspecto más importante, no se examinó en absoluto en Estocolmo; predominaron las consideraciones «políticas», el politicismo, no el análisis marxista. Solo en parte puede explicarse esto por el momento mismo del Congreso de Estocolmo, cuando toda la atención estaba absorbida por la evaluación de diciembre de 1905 y de la primera Duma de 1906. Por eso Plejánov, que en Estocolmo impulsó la municipalización de Máslov, no meditó en absoluto sobre el contenido económico de la «revolución agraria campesina» (Actas del Congreso de Estocolmo, pág. 42, palabras de Plejánov) en un país capitalista. O esto es una frase y una indigna «captación» de los campesinos propia de un no marxista mediante la demagogia y el engaño («Bauernfang»), o bien existe una posibilidad económica del desarrollo más rápido del capitalismo gracias a la victoria del campesinado, y en tal caso es imprescindible representarse con claridad tal victoria, tal camino del capitalismo agrario, tal sistema de relaciones en la propiedad de la tierra que corresponden a esta victoria de la «revolución agraria campesina».

El principal argumento de los «municipalizadores» más influyentes en Estocolmo se basaba en que los campesinos son hostiles a la nacionalización de las tierras de adjudicación. John, ponente de los partidarios de la municipalización, exclamó: «¡Tendríamos no una Vendée, sino una sublevación general del campesinado» (¡qué horror!) «contra el intento de intervención del estado en la disposición de las propias tierras campesinas de adjudicación, contra el intento de "nacionalizarlas"!» (pág. 40 de las Actas del Congreso de Estocolmo). Kóstrov exclamó: «Ir a los campesinos con ella (la nacionalización) significa apartarlos de nosotros. El movimiento campesino marchará al margen o en contra de nosotros, y nosotros nos encontraremos fuera de la revolución. La nacionalización debilita a la socialdemocracia, la separa del campesinado y debilita así también a la revolución» (pág. 88).

Al parecer, esto está claro. Los campesinos son hostiles a la nacionalización: he aquí el principal argumento de los mencheviques. Y si esto es verdad, ¿acaso no es evidente que es ridículo realizar… una «revolución agraria campesina» contra los campesinos?

Pero, ¿es verdad esto? En 1905, P. Máslov escribió: «La nacionalización de la tierra, como medio para resolver la cuestión agraria, en la actualidad en Rusia no puede ser reconocida ante todo (adviértase este 'ante todo') porque es irremediablemente utópica»… «Pero, ¿acaso los campesinos consentirán?» (P. Máslov, «Crítica de los programas agrarios», 1905, pág. 20).

Y en 1907, en marzo: «Todos los grupos narodnikis (trudoviques, socialistas populares, socialistas-revolucionarios) se pronuncian por la nacionalización de la tierra en una u otra forma» (revista «Obrazovanie», 1907, n.º 3, pág. 100). ¿Y quién escribió esto? ¡El mismo P. Máslov!

¡He ahí la nueva Vendée! ¡He ahí la sublevación de los campesinos contra la nacionalización! Y en lugar de reconocer honestamente su error, en lugar de investigar económicamente por qué los campesinos debían pronunciarse por la nacionalización, Máslov procedió como Iván Sin-Memoria. Prefirió olvidar sus propias palabras y todos los discursos en el Congreso de Estocolmo.

No solo eso. Para borrar las huellas del «caso desagradable», Máslov inventó un chisme sobre los trudoviques, a saber, que se habrían pronunciado por la nacionalización en virtud de consideraciones pequeñoburguesas, «cifrando esperanzas en el poder central» (ibid.[24]). Que esto es un chisme lo demuestra la siguiente comparación. En el proyecto agrario de los trudoviques, presentado tanto en la primera como en la segunda Duma, se dice en el § 16: «La administración del fondo nacional de tierras debe ser confiada a los autogobiernos locales, elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto, los cuales, dentro de los límites establecidos por la ley, actúan autónomamente».

El programa agrario del POSDR, impulsado por los mencheviques, dice: el POSDR exige «… 4) la confiscación de las tierras de propiedad privada, excepto la pequeña propiedad territorial, y su transferencia a disposición de los grandes órganos de autogobierno local elegidos sobre bases democráticas» («que unifican —punto 3— los distritos urbanos y rurales»).

La diferencia esencial entre estos programas no consiste en la diferencia de las palabras «administración» y «disposición»[25], sino en la cuestión del rescate (que en el Congreso de Estocolmo fue rechazado por los votos de los bolcheviques contra Dan y Cía. y que los mencheviques intentaron de nuevo impulsar después del congreso) y en la cuestión de las tierras campesinas. Los mencheviques las separan, los trudoviques no las separan. Los trudoviques demostraron a los municipalistas que yo tenía razón.

No puede estar sujeto a duda que el programa de los trudoviques, presentado en la I y II Duma, es el programa de las masas campesinas. Tanto la literatura de los diputados campesinos, como sus firmas bajo los proyectos y su distribución por provincias, todo lo demuestra de manera completamente convincente. En 1905, Máslov escribió que los campesinos particulares, "especialmente" (pág. 20 del folleto citado), no pueden aceptar la nacionalización. Resultó que esto es un disparate "especial". Así, por ejemplo, en la provincia de Podolia los campesinos son agricultores particulares, ¡y bajo el proyecto agrario de los "104" (el proyecto de los trudoviques citado arriba) firmaron 13 podolianos en la primera Duma y 10 en la segunda!

¿Por qué, entonces, los campesinos se pronunciaron a favor de la nacionalización? Porque comprendieron instintivamente la necesidad de destruir toda la propiedad territorial medieval mucho mejor que los miopes pseudomarxistas. La propiedad territorial medieval debe ser destruida para despejar el camino al capitalismo en la agricultura, y en diferentes países y en diverso grado el capital destruyó la vieja propiedad territorial medieval, subordinándola a las exigencias del mercado y transformándola en correspondencia con las condiciones de la agricultura comercial. Ya en el tercer tomo de "El Capital", Marx señalaba que el modo capitalista de producción encuentra la propiedad territorial en formas históricas que no corresponden al capitalismo (propiedad territorial de clan (gentilicia), comunal, feudal, patriarcal, etc.), y la rehace en correspondencia con las nuevas exigencias económicas.

En las «Teorías de la plusvalía»[26], en el parágrafo «Condiciones históricas de la teoría de la renta de Ricardo», Marx desarrolló esta idea con genial claridad. Allí dice: «En ninguna parte del mundo la producción capitalista, comenzando desde la época de Enrique VII, ha ajustado cuentas tan despiadadamente con los órdenes agrícolas tradicionales, en ninguna parte ha creado para sí condiciones tan perfectas (adecuadas = idealmente correspondientes) ni las ha subordinado a sí hasta tal grado. Inglaterra es en este sentido el país más revolucionario del mundo». «¿Y qué significa el *clearing of estates* (literalmente = limpieza de haciendas o limpieza de tierras)? Significa que no se tomaba en consideración en absoluto ni a la población asentada —se la expulsaba—, ni a las aldeas existentes —se las arrasaba—, ni a las construcciones económicas —se las mandaba demoler—, ni a los tipos dados de agricultura —se los cambiaba de un solo golpe, convirtiendo, por ejemplo, los campos de labranza en pastos para el ganado—, en una palabra, no se aceptaban todas las condiciones de producción tal como existían por tradición, sino que históricamente se creaban estas condiciones en una forma tal que correspondieran en cada caso dado a las exigencias de la aplicación más ventajosa del capital. Por consiguiente, en este sentido, realmente no existe propiedad sobre la tierra, pues esta propiedad deja al capital —al granjero— explotar libremente, interesándose exclusivamente por la obtención de ingreso monetario» (págs. 6–7)[27].

Tales son las condiciones de la destrucción más rápida de las formas medievales y del desarrollo más libre del capitalismo: la destrucción de toda la vieja propiedad territorial, la destrucción de la propiedad privada sobre la tierra como obstáculo para el capital. También en Rusia es inevitable esta «limpieza» revolucionaria de la propiedad territorial medieval, y ninguna fuerza en el mundo puede detenerla. La cuestión consiste únicamente en si esta «limpieza» será terrateniente o campesina. La «limpieza» de la propiedad territorial medieval por los terratenientes: esto es el despojo de los campesinos en 1861, esto es la reforma agraria de Stolypin en 1906 (legislación según el artículo 87). La «limpieza» campesina de las tierras para el capitalismo: esto es la nacionalización de la tierra.

Esta es precisamente la esencia económica de la nacionalización en la revolución burguesa llevada a cabo por los obreros y campesinos, que no comprendieron en absoluto Máslov, Plejánov y Cía. Ellos elaboraban el programa agrario no para la lucha contra la propiedad territorial medieval, como uno de los residuos más importantes de las relaciones feudales, no para la completa limpieza del camino para el capitalismo, sino para un lamentable intento pequeñoburgués de unión «armónica» de lo viejo con lo nuevo, de la propiedad sobre la tierra surgida gracias a la adjudicación, y de los latifundios feudales confiscados por la revolución.

Para mostrar, finalmente, todo el carácter pequeñoburgués reaccionario de la idea de municipalización, aduzco datos referentes al arriendo (sobre la importancia de la cuestión del arriendo, en la polémica con Máslov, yo señalaba ya en 1906 en mi folleto «Revisión del programa agrario del partido obrero»). En el distrito (*uyezd*) de Kamyshin de la provincia de Sarátov:

Observen la relación económica real entre la tierra de adjudicación, que los sapientísimos Máslov y Plejánov dejan en propiedad de los campesinos, y la tierra no de adjudicación (arrendada), que «municipalizan». Los campesinos sin caballo —y en Rusia en 1896–1900 había en total 3 1/4 millones de tales haciendas de un total de 11,1 millones— ceden en arriendo diez veces más tierra de la que ellos mismos arriendan. Su tierra sembrada es cinco veces menor que sus «adjudicaciones». Para los campesinos con un caballo (3 1/3 millones de haciendas en toda Rusia), la cantidad de tierra arrendada apenas excede la cantidad de tierra cedida en arriendo, y la superficie de tierra sembrada resulta ser menor que la «adjudicación». En todos los grupos superiores, es decir, en la minoría del campesinado, la tierra arrendada por ellos supera en varias veces la cantidad de tierra cedida en arriendo, y la superficie de tierra sembrada supera tanto más las dimensiones de la «adjudicación» cuanto más acomodado es el campesino.

Relaciones semejantes dominan en toda Rusia. El capitalismo destruye la comuna agrícola, libera a los campesinos del poder de la «adjudicación», disminuye el papel de las tierras de adjudicación en los dos polos de la aldea, y los profundos pensadores mencheviques exclaman: «los campesinos se sublevarán contra la nacionalización de las tierras de adjudicación».

Medieval en Rusia es no solo la propiedad terrateniente, sino también la propiedad campesina de adjudicación; esto lo «perdieron de vista» los mencheviques. El fortalecimiento de la propiedad de adjudicación, que no corresponde en absoluto a las nuevas relaciones capitalistas, es una medida reaccionaria, y la municipalización fortalece la propiedad de adjudicación a diferencia de la no de adjudicación, «sujeta a municipalización». La posesión de la tierra de adjudicación divide a los campesinos con mil tabiques medievales y con la «comuna» fiscal medieval, frena el desarrollo de las fuerzas productivas. La «comuna» y esta posesión de adjudicaciones serán inevitablemente destruidas por el capitalismo. Stolypin siente esto y destruye al modo centurionegrista. Los campesinos sienten esto y quieren destruir al modo campesino, o democrático-revolucionario. Y los mencheviques exclaman: «No se puede tocar las tierras de adjudicación».

La nacionalización destruye la «comuna», que es una supervivencia, y la propiedad medieval de adjudicación, así como solo en general se puede imaginar mentalmente la destrucción de estas instituciones en la sociedad capitalista, observando en la mayor medida posible los intereses de los campesinos. «La susodicha cuestión de la 'comuna' —leemos en el folleto 'Materiales para la cuestión campesina' (Informe sobre las sesiones del congreso de delegados de la Unión Campesina de toda Rusia del 6 al 10 de noviembre de 1905). Petersburgo, 1905— no se planteó en absoluto y fue resuelta tácitamente en sentido negativo: la tierra debe estar en usufructo de personas y sociedades, rezan las resoluciones tanto del primer como del segundo congreso» (pág. 12). A la pregunta de si no sufrirían por la nacionalización de las tierras de adjudicación los propios campesinos, los delegados respondían: «De todos modos la recibirán en el reparto» (pág. 20). El campesino propietario (y su ideólogo, el Sr. Peshejónov) comprende magníficamente que «de todos modos recibirá la tierra en el reparto», que pronto serán destruidos los latifundios feudales. Y el «reparto» en amplias dimensiones, que significa la nacionalización de todas las tierras, le es necesario para liberarse de las trabas del medioevo, para «limpiar» las tierras, para poner su usufructo en correspondencia con las nuevas condiciones económicas. Esto lo expresó magníficamente en la segunda Duma el Sr. Múshenko, hablando en nombre de los socialistas-revolucionarios, cuando dijo, con la ingenuidad que le caracteriza: «La colonización (de los agricultores) será posible solo cuando la tierra esté deslindada, cuando hayan sido quitadas todas las lindes impuestas a ella por el principio de la propiedad privada sobre la tierra» (Actas de la II Duma, pág. 1172). Compárese esta declaración con las palabras de Marx arriba citadas, y se comprenderá que bajo la fraseología pequeñoburguesa sobre la «socialización» y la «nivelación» se oculta un contenido muy real: la limpieza burguesa-revolucionaria de la vieja propiedad territorial medieval.

La municipalización de las tierras es, en la revolución burguesa, una medida reaccionaria, ya que esta medida obstaculiza el proceso económicamente necesario e inevitable de destrucción de la propiedad territorial medieval, el proceso de establecimiento de la uniformidad de las condiciones económicas sobre la tierra para todos los agricultores, cualquiera que sea su situación, su pasado, la adjudicación de 1861, etcétera. El reparto de las tierras en propiedad ahora sería reaccionario, ya que conservaría la actual propiedad sobre la tierra de adjudicación, envejecida y que es una supervivencia; pero posteriormente, después de la completa limpieza de la tierra mediante la nacionalización, el reparto sería posible como consigna de una nueva agricultura libre[28]. La tarea de los marxistas es ayudar a la burguesía radical (es decir, al campesinado) a realizar la eliminación más completa posible de la vieja escoria y asegurar el rápido desarrollo del capitalismo, y en absoluto ayudar a los pequeñoburgueses en su aspiración a acomodarse tranquilamente, a adaptarse al pasado.

El tercer capítulo está dedicado a las «bases teóricas de la nacionalización y la municipalización».

Yo, por supuesto, no repetiré a los camaradas polacos cosas que son de dominio público para todo marxista, como que la nacionalización de las tierras en la sociedad capitalista significa la abolición de la renta absoluta, y no de la renta diferencial, etc. Teniendo en cuenta a los lectores rusos, debí hablar detalladamente sobre esto, ya que Piotr Máslov afirmaba que la teoría de Karl Marx sobre la renta absoluta es una «contradicción» que «se puede explicar ¡¡solo!! por el hecho de que el tercer tomo es una edición póstuma, en la que se incluyeron también los esbozos del autor» («La cuestión agraria»)[29].

Se sobreentiende que quien niega la teoría de la renta absoluta se priva a sí mismo de toda posibilidad de comprender el significado de la nacionalización de la tierra en la sociedad capitalista, ya que la nacionalización puede conducir a la abolición solo de la renta absoluta, y no de la renta diferencial. Quien niega la renta absoluta niega toda importancia económica de la propiedad privada de la tierra como obstáculo para el desarrollo del capitalismo. Gracias a esto, Máslov y Cía. reducen inevitablemente la cuestión: ¿nacionalización o municipalización? a una cuestión política («¿a quién entregar la tierra?») e ignoran la esencia económica de la cuestión. La combinación de la propiedad privada sobre las tierras de adjudicación (es decir, cualitativamente peores y que se encuentran en manos de los peores agricultores) con la propiedad social sobre la mitad restante (mejor) de las tierras se convierte en un absurdo en un estado capitalista más o menos desarrollado y libre. Esto no es más ni menos que un bimetalismo agrario.

Como resultado de este error de los mencheviques, resultó que los socialdemócratas entregaron la crítica de la propiedad privada de la tierra en manos de los socialistas-revolucionarios. Marx dio en «El Capital» un notable modelo de esta crítica[30]. Pero entre nosotros resultó que los socialdemócratas no se ocupan en absoluto de esta crítica desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo, y a las masas solo llega la crítica de los *narodnikis*, es decir, una crítica pequeñoburguesamente tergiversada de la propiedad privada de la tierra.

Mencionaré, como detalle, que en la literatura rusa se esgrimió también un argumento contra la nacionalización: que significaría la «renta en dinero» bajo la pequeña propiedad campesina. Esto es incorrecto. La «renta en dinero» (véase «El Capital», III) es para el terrateniente un interés al que se le ha dado una forma moderna. Bajo el arriendo campesino moderno, el pago por la tierra es, sin duda, hasta cierto punto una renta en dinero. La abolición de los latifundios feudales acelerará la estratificación del campesinado, fortalecerá a la burguesía campesina, que ya ahora crea el arriendo capitalista: recuérdense los datos arriba citados sobre el arriendo de tierra en los grupos superiores del campesinado.

Finalmente, también hay que señalar que entre los marxistas está bastante extendida la opinión de que la nacionalización es realizable solo en un nivel muy alto de desarrollo del capitalismo. Esto es incorrecto. Entonces se pondría al orden del día la cuestión ya no de la revolución burguesa, sino de la socialista. La nacionalización de la tierra es la medida burguesa más consecuente. Marx lo afirmó reiteradamente, comenzando por «Miseria de la filosofía»[31]. En las «Teorías de la plusvalía», Marx dice (II. Band, I. Teil, S. 208): «El burgués radical llega teóricamente... a la negación de la propiedad privada de la tierra... Sin embargo, en la práctica le falta valor, ya que el ataque a una forma de propiedad, la forma de propiedad privada sobre las condiciones de trabajo, sería muy peligroso también para la otra forma. Además, el burgués se territorializó a sí mismo»[32]. En Rusia, la revolución burguesa se realiza en condiciones tales en las que existe el burgués radical (campesino), que «tiene el valor» de presentar el programa de nacionalización en nombre de las masas de muchos millones y que aún no se ha «territorializado a sí mismo», es decir, que recibe más daño de la propiedad (medieval) sobre la tierra que ventajas y «beneficios» de la propiedad (burguesa) sobre ella. La revolución rusa no puede vencer sino en el caso de que este «burgués radical», que oscila entre el kadete y el obrero, apoye con una acción masiva al proletariado en su lucha revolucionaria. La revolución rusa no puede vencer sino en forma de dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado.

En el cuarto capítulo del libro se trata de las consideraciones «políticas y tácticas» en las cuestiones del programa agrario. En primer lugar está aquí el «famoso» argumento de Plejánov: «La clave de mi posición —exclamó en Estocolmo— reside en la indicación de la posibilidad de restauración» (Actas, pág. 113). Pero ésta es una llave completamente oxidada, una llave kadete de componenda con la reacción bajo el aspecto de «garantía contra la restauración». El argumento de Plejánov es el sofisma más lamentable, ya que él mismo afirma que no hay garantía contra la restauración, y, sin embargo, inventa tal garantía. «Ella (la municipalización) no entrega la tierra en manos de los representantes políticos del viejo orden» (pág. 45, discurso de Plejánov). ¿Qué es la restauración? El paso del poder estatal a manos de los representantes del viejo orden. ¿Puede existir una garantía contra la restauración? No, tal garantía «no puede ni existir» (Actas, pág. 44, discurso de Plejánov). Por tanto... inventó la garantía: «la municipalización no entrega la tierra».

Bajo la municipalización permanecerá la diferencia entre las tierras de adjudicación y las terratenientes en el aspecto económico, es decir, facilitará la restauración o el restablecimiento de esta diferencia *de jure*. En el aspecto político, la municipalización es una ley sobre el cambio de posesión respecto a las tierras terratenientes. ¿Qué es una ley? La expresión de la voluntad de las clases dominantes. Bajo la restauración, las mismas clases volverán a ser dominantes. ¿Acaso las atará la ley, camarada Plejánov? Si hubiera pensado en esto, comprendería que ninguna ley puede atar la expresión de la voluntad de las clases dominantes. La nacionalización, en cambio, dificulta la restauración en el aspecto económico, ya que destruye todos los tabiques, toda la propiedad medieval sobre la tierra y la adapta a las nuevas condiciones capitalistas de producción unificadas en un todo.

La sofística de Plejánov es la aceptación de la táctica kadete: conducir al proletariado no a la victoria completa, sino a una componenda con el viejo poder. En realidad, la única «garantía contra la restauración» absoluta es la revolución socialista en Occidente; la garantía relativa es la realización de la revolución hasta el fin, la destrucción más radical de lo viejo, el mayor grado de democracia (república) en la política y el despeje del camino para el capitalismo en la economía.

Otro argumento de Plejánov dice: «En los órganos de autogobierno social, dueños de la tierra, la municipalización crea un baluarte contra la reacción. Y éste será un baluarte muy fuerte». (Actas, pág. 45). No es verdad. Nunca y en ninguna parte el autogobierno local ha sido ni puede ser un baluarte contra la reacción en la época del capitalismo. El capitalismo conduce inevitablemente a la centralización del poder estatal, y todo autogobierno local será incondicionalmente vencido bajo un poder estatal reaccionario. Plejánov predica el oportunismo, prestando atención no al «democratismo en el centro» o la república —único baluarte contra la reacción concebible en la sociedad capitalista—, sino al autogobierno local, siempre impotente respecto a las grandes tareas históricas, pequeño, minúsculo, no autónomo y atomizado. La «revolución agraria campesina» no puede vencer en Rusia sin vencer al poder central, y Plejánov inculca a los mencheviques las opiniones expresadas en Estocolmo por el menchevique Novosédski: «Bajo autogobiernos locales verdaderamente democráticos, el programa ahora adoptado puede ser llevado a la práctica (¡escuchen!) incluso bajo aquel grado de democratización del gobierno central que no puede ser llamado el grado superior de su democratización. Incluso bajo una democratización, por así decirlo, de grado relativo, la municipalización no será dañina, sino útil» (Actas, pág. 138).

Esto es más claro que el agua. Enseñemos al pueblo a adaptarse a la monarquía, quizá «no presten atención» a nuestra actividad regional y «nos concedan la vida», como al gobio de Saltykov-Shchedrín. La Tercera Duma es una buena ilustración de la posibilidad de la municipalización y del democratismo local bajo un democratismo «relativo», menchevique, en el centro.

Además, la municipalización fortalece el federalismo y la fragmentación de las regiones. No en vano en la II Duma el cosaco derechista Karaúlov, no peor que Plejánov, destrozaba la nacionalización (Actas, pág. 1366) y se pronunciaba por la municipalización por regiones. ¡Las tierras cosacas en Rusia representan ya una municipalización! ¡Y precisamente esta fragmentación del estado en regiones separadas fue una de las causas de la derrota de la revolución en la primera campaña de tres años!

La nacionalización —dice el argumento siguiente— ¡fortalece el poder central del estado burgués! En primer lugar, este argumento se esgrime con el objetivo de suscitar desconfianza en los partidos socialdemócratas de las distintas nacionalidades. «Tal vez —escribía P. Máslov en 'Obrazovanie', 1907, n.º 3, pág. 104— en algunos lugares los campesinos aceptarían compartir sus tierras, pero basta la negativa de los campesinos de un gran distrito (por ej., Polonia) a compartir sus tierras para que el proyecto de nacionalización de todas las tierras resulte un absurdo». ¡No hay nada que decir, buen argumento! ¿Acaso debemos renunciar a la república, puesto que «basta la negativa de los campesinos de un gran distrito», etc.? Esto no es un argumento, sino demagogia. Nuestro programa político excluye toda violencia e injusticia, exigiendo una amplia autonomía para las distintas provincias (véase el punto 3 del programa del partido). Esto significa que la cuestión no está en inventar de nuevo nuevas «garantías» inalcanzables en la sociedad burguesa, sino en que el partido del proletariado, con su actividad propagandística y de agitación, llame a la unión y no a la fragmentación, a la resolución de las elevadas tareas de los estados centralizados, y no al embrutecimiento provinciano y a la limitación nacional. La cuestión agraria la resuelve el centro de Rusia; en la periferia no se puede actuar de otro modo que con el ejemplo[33]. Esto es evidente incluso para cualquier demócrata, por no hablar de un socialdemócrata. Y la cuestión consiste únicamente en si el proletariado debe elevar al campesinado hasta las metas superiores o rebajarse al nivel pequeñoburgués del campesinado.

En segundo lugar, afirman que la nacionalización aumentará la posibilidad de arbitrariedad del centro, la burocracia, etc. Respecto a la burocracia, hay que señalar que la administración de las tierras también bajo la nacionalización permanece en manos del autogobierno local. Esto significa que el argumento arriba citado es falso. El poder central establecerá las condiciones generales, es decir, por ejemplo, prohibirá toda cesión de tierras, etc. ¿Y acaso nuestro actual programa, es decir, el menchevique, no entrega a «disposición del estado democrático» no solo el «fondo de colonización», sino también «los bosques y aguas de importancia estatal general»? Pero esconder la cabeza bajo el ala no es sensato, y aquí es posible una arbitrariedad sin límites, ya que el propio poder estatal central será quien determine qué aguas y bosques tienen importancia estatal general. Los mencheviques buscan «garantías» no donde se debe: solo el democratismo completo en el centro, solo la república puede asegurar la menor probabilidad de conflictos entre el centro y las regiones.

«¡Se fortalecerá el estado burgués!», exclaman los mencheviques, apoyando secretamente a los monárquicos burgueses (kadetes) y golpeándose públicamente el pecho al pensar en el apoyo también a los republicanos burgueses. La auténtica cuestión histórica, planteada ante nosotros por el desarrollo histórico-social objetivo, dice: ¿tipo prusiano o americano de evolución agraria? ¿Monarquía terrateniente con hoja de parra de pseudoconstitucionalismo o república campesina (granjera)? Cerrar los ojos ante tal planteamiento objetivo de la cuestión por la historia significa engañarse a sí mismo y a los demás, escondiéndose al modo pequeñoburgués de la aguda lucha de clases, del planteamiento agudo, simple y decidido de la cuestión de la revolución democrática.

Del «estado burgués» no podemos librarnos. Solo los pequeñoburgueses pueden soñar con esto. Nuestra revolución es una revolución burguesa precisamente porque en ella la lucha no se libra entre el socialismo y el capitalismo, sino entre dos formas de capitalismo, dos caminos de su desarrollo, dos formas de instituciones democrático-burguesas. Tanto la monarquía de los octubristas o de los kadetes es una «relativa» «democracia» burguesa desde el punto de vista del menchevique Novosédski, como la república proletario-campesina es una democracia burguesa. En nuestra revolución no podemos dar un solo paso —y no hemos dado un solo paso— sin apoyar de uno u otro modo a uno u otro sector de la burguesía contra el viejo orden.

Si nos dicen que la nacionalización significa el empleo del dinero en el ejército, y la municipalización en medicina y educación pública, esto es una sofística digna de un filisteo. Así, literalmente, razona Máslov: «…Nacionalización, es decir (¡sic![34]), gasto de la renta de la tierra en el ejército y la flota; municipalización de las tierras, es decir, gasto de la renta en las necesidades de la población» («Obrazovanie», 1907, n.º 3, pág. 103). ¡Esto es socialismo pequeñoburgués, o exterminio de moscas mediante un polvo que hay que espolvorear en la cola de las moscas capturadas! ¡El bueno de Máslov no cayó en la cuenta de que si los *zemstvos* en Rusia y los municipios en Occidente gastan más en medicina, etc., en comparación con el estado, es solo porque el estado burgués ya ha realizado sus gastos más importantes (para asegurar la dominación de la burguesía como clase) de las fuentes que proporcionan el mayor ingreso, y ha dejado a las instituciones locales las fuentes secundarias para las llamadas «necesidades de la población». Cientos de miles para el ejército, calderilla para las necesidades del proletariado: he aquí la verdadera correlación de gastos del estado burgués, ¡y hay que ser Máslov para pensar que basta con transferir la renta «a disposición» de los municipios, y el estado burgués será engañado por los «políticos» refinados mencheviques! ¿Gracias a esta «política refinada» el estado burgués comenzará a dar cientos de miles a los proletarios, y calderilla para el ejército y la flota?

En realidad, los mencheviques llevan a cabo una política pequeñoburguesa: esquivarse en el rincón provinciano del autogobierno local de la resolución de la candente cuestión planteada por la historia: ¿debe existir en nuestro país una república burguesa centralizada de granjeros o una monarquía burguesa centralizada de *junkers*? ¡No se escurran, señores! Ningún provincialismo, ningún coqueteo con el socialismo municipal les librará de la inevitable participación en la resolución de esta candente cuestión. Sus subterfugios en realidad significan solo una cosa: el apoyo secreto a la tendencia kadete, con incomprensión del significado de la tendencia republicana.

De que los mencheviques, al defender la municipalización, coquetean con el «socialismo municipal» fabiano en Europa, dan claro testimonio las actas del Congreso de Estocolmo. «Algunos camaradas —dice allí Kóstrov— parecen oír por primera vez sobre la propiedad municipal. Les recordaré que en Europa Occidental existe toda una corriente (¡justo! ¡Kóstrov, sin quererlo, dijo la verdad!), el 'socialismo municipal' (Inglaterra)» (Actas, pág. 88). De que esta «corriente» es una corriente de extremo oportunismo, ni Kóstrov ni Larin[35] pensaron. A los socialistas-revolucionarios les es propio mezclar el reformismo pequeñoburgués con las tareas de la revolución burguesa, ¡pero a los socialdemócratas, señores, no les conviene hacerlo! La intelectualidad burguesa en Occidente (fabianos en Inglaterra, bernsteinianos en Alemania, brussistas en Francia), por supuesto, traslada el centro de gravedad de las cuestiones de la estructura estatal a las cuestiones del autogobierno local. Precisamente ante nosotros se encuentra la cuestión de la estructura estatal, de su base agraria, y defender aquí el «socialismo municipal» significa jugar al socialismo agrario. Que los pequeñoburgueses se apresuren a «construirse un nidito» en los tranquilos municipios de la futura Rusia democrática. La tarea del proletariado es organizar a las masas no para este fin, sino para la lucha revolucionaria por la democratización completa hoy, por la revolución socialista mañana.

A nosotros, los bolcheviques, se nos reprocha a menudo de utopismo, de carácter fantasioso de nuestras concepciones revolucionarias. Y con especial frecuencia se oyen estos reproches precisamente a propósito de la nacionalización. Pero precisamente aquí es donde están menos fundamentados. Quien considera la nacionalización como «utopía» no reflexiona sobre la necesaria correspondencia entre la envergadura de los cambios políticos y agrarios. La nacionalización no es menos «utópica» —¡desde el punto de vista del pequeñoburgués común y corriente!— que la república. Tanto una como otra no son menos utópicas que la revolución agraria «campesina», es decir, la victoria de la insurrección campesina en un país capitalista. Todos estos cambios son igualmente «difíciles» en el sentido del desarrollo cotidiano tranquilo. Y el clamor sobre el carácter utópico precisamente y solo de la nacionalización testimonia ante todo la incomprensión de la necesaria e indisoluble conexión entre la revolución económica y la política. No se pueden confiscar las tierras terratenientes (exigencia programática reconocida tanto por los bolcheviques como por los mencheviques) sin destruir la autocracia terrateniente (y, al mismo tiempo, la octubrista, no limpiamente terrateniente). Y no se puede destruir la autocracia sin la acción revolucionaria de masas conscientes de millones, sin un gran aflujo de heroísmo de masas, de disposición y capacidad por su parte para «asaltar el cielo», como se expresó K. Marx acerca de los obreros parisinos durante la Comuna[36]. A su vez, este aflujo revolucionario es impensable sin la destrucción radical de todos los residuos del régimen de servidumbre que durante siglos oprimieron a los campesinos, incluida toda la propiedad medieval sobre la tierra, todos los grilletes de la «comuna» fiscal, de la maldita memoria «concesión» gubernamental de migajas, etc., etc., etc.

Por falta de espacio (pues ya he excedido las dimensiones del artículo que me indicó la redacción de «Przegląd»), omito el contenido del quinto capítulo de mi libro («Las clases y los partidos en los debates de la II Duma sobre la cuestión agraria»).

Los discursos de los campesinos en la Duma tienen una enorme importancia política, ya que en ellos se expresa aquel apasionado deseo de librarse del yugo terrateniente, aquel odio ardiente al medioevo, a la burocracia, aquella revolucionaridad espontánea, directa, a menudo ingenua y no completamente clara, pero al mismo tiempo tempestuosa, de los simples campesinos, que demuestra, mejor que largos razonamientos, qué potencial energía destructora se ha acumulado en las masas campesinas contra la nobleza, los terratenientes y los Románov. Tarea del proletariado consciente es el esclarecimiento despiadado, el desenmascaramiento y la eliminación de todos los tan numerosos engaños pequeñoburgueses, de las frases seudosocialistas, de las esperanzas puerilmente ingenuas que los campesinos vinculan a la revolución agraria; pero su eliminación no para apaciguar y amansar al campesino (como hicieron en ambas Dumas los traidores a la libertad popular, los señores kadetes), sino para despertar entre las masas una revolucionaridad férrea, inquebrantable y decidida. Sin esta revolucionaridad, sin la lucha tenaz y despiadada de las masas campesinas, son irremediablemente «utópicas» tanto la confiscación como la república y el sufragio universal, directo, igual y secreto. Por eso los marxistas deben plantear la cuestión clara y definidamente: dos direcciones del desarrollo económico de Rusia, dos caminos del capitalismo se han perfilado con plena nitidez. Que todos lo piensen bien. Durante la primera campaña revolucionaria, a lo largo de tres años, 1905–1907, ambas direcciones se nos esclarecieron no como generalizaciones teóricas, no como deducciones de tales o cuales rasgos de la evolución observada desde 1861. No, estas direcciones se nos esclarecieron ahora precisamente como direcciones trazadas por clases hostiles. Los terratenientes y capitalistas (octubristas) se esclarecieron plenamente que no hay otra dirección que la capitalista, y que para ellos es imposible ir por este camino sin la destrucción forzosa, acelerada, de la «comuna», y precisamente de una destrucción tal que es idéntica a... un abierto bandidaje usurario, a una «correría y saqueo» por parte de la policía o de los destacamentos «punitivos». ¡Es ésta una «operación» en la que es sumamente fácil romperse la cabeza! Y las masas del campesinado, durante estos mismos tres años, se esclarecieron no menos nítidamente la desesperanza de toda esperanza en el «zar-batiushka», de todo cálculo sobre un camino pacífico y la necesidad de la lucha revolucionaria para la destrucción de todo el medioevo en general y de toda la propiedad medieval sobre la tierra en particular.

Toda la propaganda y agitación de la socialdemocracia debe basarse en la inculcación de estos resultados en la conciencia de las masas, en la preparación de las masas para que aprovechen esta experiencia para un ataque lo mejor organizado, decidido e inquebrantable posible en la segunda campaña de la revolución.

Justamente por eso son profundamente reaccionarios los discursos de Plejánov en Estocolmo sobre el tema de que la toma del poder por el proletariado y el campesinado significa el resurgimiento del «narodovolchismo». El propio Plejánov se llevó al absurdo: ¡en él resulta una «revolución agraria campesina» sin la toma del poder por el proletariado, sin la toma del poder por el campesinado! Por el contrario, Kautsky, al comienzo de la ruptura entre bolcheviques y mencheviques, inclinándose visiblemente del lado de estos últimos, se pasó ideológicamente al lado de los primeros, reconociendo que solo con la «alianza del proletariado y el campesinado» es posible la victoria de la revolución.

Sin la completa destrucción de toda la propiedad medieval sobre la tierra, sin la completa «limpieza», es decir, sin la nacionalización de la tierra, tal revolución es impensable. Tarea del partido del proletariado es difundir esta consigna de la revolución agraria burguesa más consecuente y más radical. Y cuando cumplamos esto, veremos cuáles serán las perspectivas ulteriores; veremos si tal revolución resultará solo la base para un desarrollo al modo americano, rápidamente, de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, o bien se convertirá en el prólogo de la revolución socialista en Occidente.

18 de julio de 1908.

P. S. Aquí no repito mi proyecto de programa agrario, que fue propuesto al Congreso de Estocolmo del POSDR y reiteradamente impreso en la literatura socialdemócrata. Me limitaré solo a algunas consideraciones. Dada la existencia de dos direcciones de la evolución agraria capitalista, el programa debe contener necesariamente un «si» (expresión técnica en el Congreso de Estocolmo), es decir, el programa debe tomar en cuenta ambas posibilidades. Dicho de otro modo: mientras las cosas marchen como hasta ahora, exigimos la libertad de usufructo de la tierra, tribunales para la reducción de la renta de arriendo, la abolición de los estamentos, etc. Pero al mismo tiempo luchamos contra la dirección actual, apoyamos las exigencias revolucionarias de los campesinos en interés de la rapidez del desarrollo de las fuerzas productivas, del amplio alcance y la libertad de la lucha de clases. Apoyando la lucha revolucionaria de los campesinos contra el medioevo, el partido obrero socialdemócrata explica que la mejor forma de relaciones agrarias en la sociedad capitalista (y al mismo tiempo la mejor forma de liquidación del régimen de servidumbre) es la nacionalización de las tierras, que solo en conexión con una revolución política radical, con la destrucción de la autocracia y el establecimiento de la república democrática, es posible una revolución agraria radical, la confiscación de la propiedad territorial de los terratenientes y la nacionalización de las tierras.

Tal es el contenido de mi proyecto de programa agrario. Aquella parte del mismo que está dedicada a la caracterización de los rasgos burgueses de toda la actual transformación agraria y al esclarecimiento del punto de vista puramente proletario de la socialdemocracia, fue adoptada en Estocolmo y entró en el programa actual.

Publicado en agosto de 1908 en la revista

«Przegląd Socjaldemokratyczny» n.º 6. Firmado: N. Lenin

Se imprime según el texto de la revista. Traducción del polaco