La correspondencia desde Rusia que publicamos en este número bajo el título de «Crónica científica» merece la atención especial de los lectores. Justo antes de la salida de nuestro periódico, recibimos la confirmación de los hechos que relata el corresponsal, y debemos detenernos en ellos con más detalle.

Está surgiendo una nueva organización política; se observa un cierto giro nuevo en el movimiento social. Se están agrupando elementos de la democracia burguesa que desean ser «más a la izquierda que los kadetes» y que atraen hacia sí a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios. Parece abrirse paso una cierta conciencia confusa de que la oposición kadete en la tercera Duma es un cadáver en descomposición y de que es necesario «hacer algo» al margen de ella.

Tales son los hechos. Distan mucho, mucho de caracterizarse aún por su nitidez, pero ya perfilan fenómenos comprensibles e inevitables desde el punto de vista de las lecciones que han proporcionado los tres primeros años de la revolución.

Los kadetes de la primera hornada aparecieron en la escena abierta de la revolución en el verano de 1905. Consiguieron marchitarse en tres años incompletos, sin haber llegado a florecer. Para sustituirlos aparecen los kadetes de la segunda hornada. ¿Cuál es el sentido de esta sustitución y qué tareas plantea ante el partido obrero?

Los kadetes de la primera hornada alborotaron en los banquetes de 1904, llevaron a cabo la campaña de los zemstvos, expresaron el inicio del ascenso social en un momento en que las relaciones de las clases con la autocracia y entre sí estaban aún completamente indeterminadas, es decir, antes de que la lucha abierta de las masas y la política de las clases, y no de los grupúsculos, definieran dichas relaciones. Los kadetes agrupaban entonces a todos los elementos imaginables de la sociedad burguesa, la llamada sociedad culta, desde el terrateniente que buscaba no tanto una constitución como un esturión con rábano picante, hasta el empleado, la intelectualidad asalariada. Los kadetes se preparaban para mediar entre el «poder histórico», es decir, la autocracia zarista, y las masas combativas de la clase obrera y el campesinado. La diputación ante el zar en el verano de 1905 fue el comienzo de este servilismo, pues los liberales rusos no entienden otra mediación que no sea el servilismo. Y desde entonces, literalmente, no ha habido una sola etapa más o menos importante de la revolución rusa en la que el liberalismo burgués no haya «mediado» con el mismo método de reverencias a la autocracia y a los servidores de la pandilla terrateniente centurianegrista. En agosto de 1905 combatió la táctica revolucionaria de boicot a la Duma de Bulyguin. En octubre de 1905 destacó abiertamente al partido contrarrevolucionario de los octubristas, enviando al mismo tiempo a Piotr Struve a la antesala de Witte y predicando la moderación y la prudencia. En noviembre de 1905 condenó la huelga de correos y telégrafos y se condolió de los «horrores» de las insurrecciones de los soldados. En diciembre de 1905 se apretujó medrosamente contra Dubásov, para, al día siguiente, fustigar (cocear, sería quizás más exacto decir) «el elemento de la locura». A principios de 1906 se defendió acaloradamente de la «vergonzosa» sospecha de que los liberales fueran capaces de hacer agitación en el extranjero contra el empréstito de mil millones para fortalecer la autocracia. En la primera Duma, el liberalismo frasearon sobre la libertad popular, mientras en sordina entraban por la puerta trasera a ver a Trépov y combatían a los trudoviques y a los diputados obreros. Con el Manifiesto de Vyborg intentó matar dos pájaros de un tiro, maniobrar de modo que su comportamiento pudiera interpretarse, según la necesidad, tanto en el espíritu de apoyo a la revolución como en el espíritu de lucha contra la revolución. Ni qué decir de la segunda y la tercera Dumas, donde el liberalismo de los kadetes mostró en todo su esplendor su naturaleza octubrista.

En tres años, ¡los kadetes han «administrado» de tal modo que los intentos de nueva animación se vinculan desde el principio con la consigna de «más a la izquierda que los kadetes»! Los kadetes de la primera hornada se hicieron imposibles a sí mismos. Se enterraron a sí mismos con su continua traición a la libertad popular.

Pero, ¿no están contagiados por el mismo veneno cadavérico los kadetes de la segunda hornada que vienen a sustituir a los viejos? ¿Acaso los «socialkadetes», los señores socialistas populares, que son los que más ruido meten en torno a la nueva organización, no se proponen repetir la vieja evolución, ya conocida por nosotros por la experiencia de tres años?

A esta pregunta hay que responder no con conjeturas sobre el futuro, sino con el análisis del pasado. Y este análisis muestra de manera irrefutable que los «mencheviques eseristas», los señores socialistas populares, desempeñaron realmente el papel de los kadetes en el seno de la organización política trudovique, campesina, o, mejor dicho, del movimiento político en el que actuaron en sus «mejores días», por ejemplo, en la época de la primera Duma. Recuerden los hechos principales de la historia del «partido» (¿grupúsculo?) de los socialistas populares en la revolución rusa. Recibieron su bautismo en la «Unión de la Liberación». En el congreso del partido eserista de diciembre de 1905, ellos —eternamente vacilantes entre los kadetes y los eseristas— defendieron una absurda posición intermedia, queriendo estar a la vez juntos y separados de los socialistas revolucionarios. En el período de las libertades de octubre publicaban periódicos políticos en bloque con los s.-r. Lo mismo en la época de la primera Duma: ¡diplomacia «superior», encubrimiento «astuto» de las discrepancias a los ojos del mundo! Después de la disolución de la primera Duma, tras el fracaso del segundo período de insurrecciones, después de la represión de Sveaborg, estos caballeros se deciden a girar a la derecha. «Legalizan» su partido con el único fin, por supuesto, de criticar legalmente en la prensa la idea de la insurrección y demostrar lo inoportuno de la propaganda republicana activa. Frente a los diputados campesinos en la primera Duma, obtienen una victoria sobre los eseristas, recogiendo 104 firmas bajo su proyecto agrario contra 33 del proyecto eserista. Las aspiraciones burguesas «sensatas» del pequeño propietario campesino hacia la nacionalización de la tierra prevalecen sobre la nebulosa de la «socialización». En lugar de la aspiración a una organización político-revolucionaria de los campesinos, una organización para la insurrección, vemos en los socialkadetes la aspiración al juego de la legalidad y del parlamentarismo, al estrecho espíritu de círculo intelectual. La oscilación del campesino ruso desde el kadete y desde el oportunista intelectual enesista hacia el revolucionario eserista, intelectualmente inconsistente, marca la posición dual del pequeño agricultor, su incapacidad para librar una lucha de clase consecuente sin la dirección del proletariado.

Y si ahora los señores enesistas empiezan de nuevo a «entremezclarse» con los kadetes de izquierda, arrastrando consigo a los insensatos mencheviques y eseristas, esto significa que toda la compañía no ha aprendido nada en los tres años de revolución. Argumentan que las reivindicaciones económicas separan. Quieren unirse sobre las más cercanas: las políticas. No han entendido absolutamente nada del curso de la revolución, que ha mostrado en Rusia, como en otros países, que sólo la lucha de masas es fuerte y que sólo en nombre de serias transformaciones económicas puede desplegarse dicha lucha.

Que los mencheviques y los eseristas se arrastran una y otra vez hacia los kadetes de izquierda, no es una novedad. Así fue en las elecciones a la II Duma en Petersburgo. Así fue en la cuestión del ministerio kadete y de la Duma con plenos poderes en el caso de unos, y en el bloque secreto con los enesistas en el caso de otros. Hay, evidentemente, causas profundas que crean en la intelectualidad pequeñoburguesa una «inclinación, a modo de enfermedad», una inclinación a cobijarse bajo el ala de la burguesía liberal.

Esta inclinación se encubre, por supuesto, como es costumbre, con discursos sobre el aprovechamiento del nuevo ascenso o de la nueva agrupación de fuerzas, etc.

Oh, sí, señores, nosotros también estamos por el aprovechamiento… del cadáver, solo que no para «reanimarlo», sino para abonar el suelo con él, no para complacer teorías podridas y estados de ánimo filisteos, sino para el papel de «abogado del diablo». Enseñaremos al pueblo con este nuevo, bueno, excelente ejemplo de los enesistas y los kadetes de izquierda, le enseñaremos lo que no debe hacer, así como a evitar la traición kadete y la flacidez pequeño burguesa. Seguiremos atentamente el crecimiento y desarrollo de este nuevo adefesio (si no es mortinato), recordando a cada hora que todo embrión semejante, si no es mortinato, significa forzosa e inevitablemente en la Rusia contemporánea el preludio de la lucha de masas de la clase obrera y el campesinado. La «Unión de la Liberación» renace. Si es así, eso significa que las alturas empiezan a sentir algo. Y si es así, eso significa que tras el comienzo viene la continuación, tras el ajetreo intelectual: la lucha proletaria.

Y con las lecciones de la lucha, las lecciones del acercamiento revolucionario sólo en la lucha y sólo con las masas campesinas revolucionariamente combativas, enseñaremos al pueblo a propósito de la entrada en escena de los kadetes de la segunda hornada.

«Proletari» nº 30, 10 (23) de mayo de 1908.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».