La gran batalla que el proletariado libró contra el zarismo ha terminado. La huelga política de toda Rusia, al parecer, ha cesado casi en todas partes. El enemigo se ha replegado sobre todo en uno de los flancos (Finlandia), pero en cambio se ha fortificado en el otro (estado de guerra en Polonia). En el centro, el enemigo ha retrocedido muy poco, ocupando, sin embargo, una nueva y fuerte posición y preparándose para un combate aún más sangriento y decisivo. Las escaramuzas bélicas se producen sin cesar a lo largo de toda la línea. Ambos bandos se apresuran a reparar sus pérdidas, a estrechar sus filas, a organizarse y a armarse lo mejor posible para la siguiente batalla.

Tal es, aproximadamente, la situación en el teatro de la lucha por la libertad en el momento actual. La guerra civil se diferencia naturalmente de otras guerras en que las formas de los combates son mucho más variadas, el número y la composición de los combatientes en ambos bandos son los más difíciles de contabilizar y los que más fluctúan, y los intentos de concertar la paz o al menos una tregua no parten de los combatientes y se entrelazan del modo más caprichoso con las acciones militares.

Las suspensiones temporales de las hostilidades alientan especialmente el espíritu emprendedor de los «conciliadores». Witte se desvive, haciéndose pasar, tanto directamente como por medio de la prensa lacayuna, por uno de esos «conciliadores», encubriendo como puede su papel de servidor diplomático del zarismo. El comunicado del gobierno reconoce —para satisfacción de los liberales ingenuos— la participación de la policía en las hazañas de las Centurias Negras. La prensa que se arrastra ante el gobierno (Novoie Vremia, por ejemplo) finge que condena los extremismos de los reaccionarios y, por supuesto, los «extremismos» de los revolucionarios. Los representantes extremos de la reacción se marchan

Ginebra, 15 de noviembre.

(Pobedonóstsev, Vladímir, Trépov), descontentos con el juego mezquino. En parte, debido a su torpeza, no comprenden cuán ventajoso es este juego para conservar el máximo poder para el zarismo; en parte, calculan —y calculan correctamente— que les conviene tener las manos completamente libres y tomar parte en ese mismo juego, pero en un papel diferente: en el papel de luchadores «independientes» por el poder del monarca, en el papel de vengadores «libres» de los «sentimientos nacionales del pueblo ruso escarnecidos (por los revolucionarios)», — hablando llanamente, en el papel de jefes de las Centurias Negras.

Witte se frota las manos de satisfacción, viendo los «grandes» éxitos de su juego asombrosamente astuto. Conserva la inocencia del liberalismo, ofrece con insistencia carteras ministeriales a los líderes del partido k.-d. (incluso a Miliukov, según el telegrama del corresponsal de «Le Temps»), dirige una carta de su puño y letra al señor Struve invitándole a regresar a la patria, esforzándose por presentarse como un «blanco», igualmente alejado tanto de los «rojos» como de los «negros». Y al mismo tiempo, junto con la inocencia, adquiere también un pequeño capital, pues sigue siendo el jefe del gobierno zarista, que conserva en sus manos todo el poder y sólo espera el momento más propicio para pasar a una ofensiva decisiva contra la revolución.

La caracterización que hicimos de Witte en «El Proletario» se confirma plenamente. Es un ministro-payaso por sus modales, sus «talentos» y su misión. Es un ministro de la burocracia liberal por las fuerzas reales de que hasta ahora dispone, pues aún no ha logrado llegar a un acuerdo con la burguesía liberal. Es cierto que este regateo, sin embargo, avanza poco a poco. Los regateadores vocean su último precio, se dan la mano, aplazan el trato hasta las decisiones del próximo congreso de los zemstvos, que tendrá lugar en estos días. Witte trata de sobornar a la intelectualidad burguesa, ampliando los derechos electorales para las elecciones a la Duma, concediendo el censo por educación, lanzando incluso un miserable hueso a los obreros (¡que deberían contentarse con 21 escaños bajo un sistema de elecciones indirectas «de los obreros»!), jurando que con tal de que la Duma se reúna, con tal de que se pronuncie, o aunque sea una minoría en ella, por el sufragio universal, el apoyo de él, de Witte, a esta exigencia estaría plena, plenamente asegurado.

Pero el regateo aún no conduce a nada. Los regateadores llevan a cabo sus negociaciones al margen de quienes realmente

combaten, y esto no puede sino paralizar los esfuerzos de nuestros «honorables mediadores».

La burguesía liberal, por sí misma, aceptaría de buen grado la Duma de Estado; en fin, la aceptaba incluso en su «forma consultiva»; en fin, rechazó el boicot activo ya en septiembre. Pero el quid de la cuestión es que en estos dos meses transcurridos desde entonces, la revolución ha dado un paso gigantesco hacia adelante, el proletariado ha librado una batalla seria y por primera vez ha obtenido de golpe una gran victoria. La Duma de Estado, esa comedia despreciable y vil de la representación popular, resultó enterrada: el primer golpe del poderoso embate proletario la hizo añicos. En unas pocas semanas, la revolución puso de manifiesto la miopía de quienes se disponían a ir a la Duma de Bulyguin o a apoyar a los que fueran a la Duma. La táctica del boicot activo recibió la más brillante confirmación que puede recibir una táctica de partidos políticos en momentos de combate: la confirmación por los hechos, la verificación por el curso de los acontecimientos, el reconocimiento, por un hecho indiscutible e irrefutable, de lo que ayer les parecía a las personas poco perspicaces y a los mercaderes cobardes un «salto a lo desconocido» demasiado audaz.

La clase obrera asustó bien a los cómicos de la «Duma», — los asustó de tal modo que ahora temen poner el pie en ese frágil y quebradizo puentecillo, temen incluso creer en la solidez de la «novedosa» reparación hecha apresuradamente por los «artesanos» estatales. Los papeles se han desplazado un poquito. Ayer, los camaradas Párvus, Cherevanin y Mártov querían arrancar un compromiso revolucionario a quienes vayan a ese puentecillo, el compromiso de exigir en la Duma la convocatoria de la Asamblea Constituyente. Hoy, el lugar de estos socialdemócratas lo ha ocupado el presidente del gabinete de ministros, el conde Serguéi Yúlievich Witte, quien ya da un compromiso «revolucionario» de apoyar aunque sea a un solo diputado de la Duma que exija la convocatoria de la Asamblea Constituyente.

Pero los burgueses liberales, los k.-d., quedaron tan en ridículo la primera vez, que no desearían una repetición de la triste experiencia. Ya habían organizado por completo la «campaña electoral», nuestros buenos parlamentarios de «Osvobozhdenie» y de «Rússkie Védomosti»; ya habían elegido un comité central para dirigir esta campaña; incluso habían montado una oficina jurídica para asesorar a la población sobre si el jefe de zemstvo tiene derecho a disolver directamente a los electores campesinos o debe

consultar previamente al gobernador. En una palabra, ya casi se habían acostado a dormir en el diván otorgado a todos los Oblómov rusos, cuando de repente —con un movimiento descortés del hombro, el proletariado derribó la Duma y toda la campaña «dumista». No es de extrañar que los burgueses liberales no se inclinen ahora a creer en los «compromisos revolucionarios» del zalamero conde. No es de extrañar que ahora se inclinen menos a estrechar la mano condal que se les tiende, que miren más a menudo hacia la izquierda, aunque se les haga la boca agua ante el fastuoso pastel de la Duma, adornado con nuevos rizos de azúcar.

Las negociaciones de Witte con los líderes de la burguesía liberal tienen, sin duda, una importantísima significación política, pero sólo en el sentido de que confirman una vez más el parentesco interno de la burocracia liberalizante con los defensores de los intereses del capital, — sólo en el sentido de que muestran una vez más cómo y quiénes exactamente se disponen a enterrar la revolución rusa. Pero estas negociaciones y acuerdos fracasan precisamente porque la revolución aún está viva. La revolución no sólo está viva, — es más fuerte que nunca, aún está lejos, muy lejos de haber dicho su última palabra, apenas ha comenzado a desplegarse en toda la amplitud de las fuerzas del proletariado y del campesinado revolucionario. He aquí por qué las negociaciones y los acuerdos del ministro-payaso con la burguesía tienen un carácter tan mortecino: no pueden adquirir una importancia seria en medio de una lucha ardiente, cuando las fuerzas hostiles se enfrentan entre dos batallas decisivas.

En un momento así, la política del proletariado revolucionario, consciente de sus objetivos histórico-mundiales, que aspira no sólo a la liberación política, sino también a la económica de los trabajadores, que no olvida ni por un minuto sus tareas socialistas, — su política debe ser particularmente firme, clara y definida. A la vil mentira del ministro-payaso, a las torpes ilusiones constitucionales de los liberales y de los demócratas burgueses, él debe oponer, más decididamente que nunca, su consigna del derrocamiento del poder zarista mediante la insurrección armada de todo el pueblo. El proletariado revolucionario abomina de toda hipocresía y lucha implacablemente contra todos los intentos de velar la situación real de las cosas. Y en los discursos actuales sobre el régimen constitucional en Rusia, cada palabra es hipocresía, cada frase es la vieja mentira oficial, que sirve al objetivo de

salvar tal o cual resto de la Rusia autocrático-feudal.

Se habla de la libertad, se habla de la representación popular, se perora sobre la Asamblea Constituyente, y se olvida constantemente, cada hora y cada minuto, que todas estas cosas buenas son frases vacías sin garantías serias. Y una garantía seria sólo puede ser la insurrección popular victoriosa, sólo el dominio completo del proletariado y del campesinado armados sobre todos los representantes del poder zarista, que han retrocedido un paso ante el pueblo, pero que están lejos de haberse sometido al pueblo, lejos de haber sido derrocados por el pueblo. Y mientras este objetivo no se alcance, no podrá haber verdadera libertad, verdadera representación del pueblo, una Asamblea Constituyente realmente capaz de instituir nuevos órdenes en Rusia.

¿Qué es una constitución? Un papelucho en el que están escritos los derechos del pueblo. ¿Cuál es la garantía del reconocimiento real de estos derechos? En la fuerza de las clases del pueblo que [han] tomado conciencia de estos derechos y han sabido conquistarlos. No nos dejemos seducir por las palabras —eso sólo conviene a los charlatanes de la democracia burguesa—, no olvidemos por un minuto que la fuerza demuestra su valía sólo mediante la victoria en la lucha, y que estamos aún lejos de haber alcanzado la victoria plena. No creamos, pues, en las frases bonitas: estamos viviendo precisamente un tiempo en que se desarrolla una lucha abierta, en que todas las frases y todas las promesas se verifican inmediatamente en los hechos, en que con palabras, manifiestos, promesas de constitución, se engaña al pueblo, se intenta debilitar sus fuerzas, dispersar sus filas, incitarlo al desarme. Nada hay más falaz que semejantes promesas y frases, y podemos decir con orgullo que el proletariado de Rusia ya ha madurado para la lucha tanto contra la burda violencia como contra la falsedad liberal-constitucional. La prueba es aquella proclama de los obreros ferroviarios, de la cual informaron hace poco los periódicos del extranjero (desgraciadamente, no disponemos del original). Recoged armas, camaradas —dice esta proclama—, organizaos para la lucha sin descanso, con energía decuplicada. Sólo armándonos y estrechando nuestras filas podremos defender lo conquistado y conseguir la plena realización de nuestras exigencias. Llegará la hora: nos levantaremos de nuevo todos, como un solo hombre, para una lucha nueva, aún más tenaz, por la libertad completa.

¡He aquí nuestras únicas garantías! ¡He aquí la única

constitución no ilusoria de la Rusia libre! Mirad, en efecto, el manifiesto del 17 de octubre y la realidad rusa: ¿puede haber algo más instructivo que este reconocimiento de la constitución por el zar sobre el papel y — la «constitución» real, la aplicación real del poder zarista? Pues el manifiesto del zar contiene promesas de carácter incondicionalmente constitucional. Y he aquí el precio de estas promesas. La persona ha sido declarada inviolable. Pero aquellos que no son gratos a la autocracia permanecen en las cárceles, en el destierro, en el exilio. Las reuniones han sido declaradas libres. Pero las universidades, que crearon en Rusia por primera vez la libertad de reuniones de hecho, están cerradas, y la entrada a ellas es custodiada por la policía y la tropa. La prensa es libre, — y por eso el órgano de los intereses obreros, el periódico «Nóvaya Zhizn», es confiscado por haber impreso el programa socialdemócrata. El lugar de los ministros de las Centurias Negras lo han ocupado ministros que han proclamado el orden legal. Pero las Centurias Negras «trabajan» con más fuerza aún con ayuda de la policía y la tropa en la calle, y a los ciudadanos de la Rusia libre que no son gratos al zarismo se los fusila, golpea y mutila libre e impunemente.

Hay que ser ciego o estar cegado por la codicia de clase para atribuir, en el tiempo presente, una importancia realmente seria a lo que prometa Witte sobre el sufragio universal, o a que el zar firme un manifiesto sobre la convocatoria de una Asamblea «Constituyente», ante tan edificantes lecciones de la vida. Aunque esos «actos» se realizaran, no decidirían de todos modos el desenlace de la lucha, no crearían de todos modos una libertad real de agitación electoral, no garantizarían de todos modos que la asamblea de representantes de todo el pueblo tuviera un carácter realmente constituyente. La Asamblea Constituyente debe consolidar jurídicamente, dar forma parlamentaria al régimen de vida en la nueva Rusia, pero antes de consolidar la victoria de lo nuevo sobre lo viejo, para dar forma a esa victoria, hay que vencer realmente, hay que quebrantar la fuerza de las viejas instituciones, barrerlas, arrasar el viejo edificio, eliminar la posibilidad de una resistencia medianamente seria por parte de la policía y de sus bandas.

La plena libertad de elecciones, el pleno poder de la Asamblea Constituyente, sólo puede garantizarlos la victoria completa de la insurrección, el derrocamiento del poder zarista y su sustitución por un gobierno revolucionario provisional. A esto deben dirigirse todos nuestros esfuerzos, la organización y la preparación de la insurrección deben estar

incondicionalmente en primer plano. Sólo en la medida en que la insurrección sea victoriosa y su victoria sea el aniquilamiento decisivo del enemigo, — sólo en esa medida la asamblea de representantes del pueblo será verdaderamente de todo el pueblo y no sólo sobre el papel, y constituyente y no sólo de palabra.

¡Abajo, pues, toda hipocresía, toda falsedad y todas las reticencias! La guerra está declarada, la guerra hierve, estamos viviendo una pequeña pausa entre dos batallas. No puede haber término medio. El partido de los «blancos» es un engaño total. Quien no está por la revolución, es un centurionegrista. No lo afirmamos solamente nosotros. No es una formulación inventada por nosotros. Lo dicen a todos y cada uno los adoquines de las calles empapados de sangre en Moscú y Odesa, en Kronstadt y en el Cáucaso, en Polonia y en Tomsk.

Quien no está por la revolución, es un centurionegrista. Quien no quiera tolerar que la libertad rusa sea la libertad del desenfreno policial, del soborno, del embrutecimiento por el alcohol, del ataque por la espalda contra los desarmados, debe armarse él mismo y prepararse de inmediato para la batalla. Tenemos que conquistar no la promesa de la libertad, no un papelucho sobre la libertad, sino la libertad verdadera. Tenemos que conseguir no la humillación del poder zarista, no el reconocimiento por él de los derechos del pueblo, sino la destrucción de ese poder, pues el poder zarista es el poder de las Centurias Negras sobre Rusia. Y esto tampoco es en absoluto una conclusión nuestra. Es la conclusión de la vida. Es la lección de los acontecimientos. Es la voz de aquellos que hasta ahora han sido ajenos a toda enseñanza revolucionaria y que no se atreven a dar un solo paso libre, a pronunciar una sola palabra libre en la calle, en una reunión, en su propia casa, sin exponerse al peligro más directo y amenazador de ser pisoteados, despedazados, destrozados por la banda de partidarios del zar.

La revolución ha obligado, por fin, a salir a la superficie a esta «fuerza popular», la fuerza de los partidarios del zar. La ha obligado a mostrar a todos con sus propios ojos en quién se apoya realmente el poder zarista, quién apoya realmente este poder. Helos aquí, he aquí ese ejército de policías embrutecidos, de militares embrutecidos hasta la locura, de curas salvajes, de pequeños tenderos feroces, de desechos embrutecidos por el alcohol de la sociedad capitalista. He aquí quiénes reinan ahora en Rusia, con la ayuda directa e indirecta de nueve décimas partes de todas nuestras instituciones gubernamentales. He aquí la Vendée rusa, tan semejante a la Vendée francesa como el monarca «legítimo» Nicolás Románov se parece al advenedizo Napoleón. Y nuestra Vendée tampoco ha dicho aún su última palabra, —

no os engañéis al respecto, ciudadanos. Ella también apenas ha empezado a desplegarse como es debido. Ella también tiene todavía «reservas de combustible», acumuladas durante siglos de tinieblas, de falta de derechos, de feudalismo, de omnipotencia policial. Reúne en sí todo el salvajismo del asiaticismo con todos los aspectos repugnantes de los refinados métodos de explotación y de embrutecimiento de todos aquellos que están más que nadie aplastados, atormentados por la civilización capitalista urbana, que han sido reducidos a una condición peor que la de una bestia. Esta Vendée no desaparecerá por ningún manifiesto del zar, por ningún mensaje del sínodo, por ningún cambio en la alta o baja burocracia. Sólo puede quebrantarla la fuerza del proletariado organizado e ilustrado, pues sólo él, explotado él mismo, está en condiciones de levantar a todos los que están por debajo de él, de despertar en ellos a hombres y ciudadanos, de mostrarles el camino hacia la liberación de toda explotación. Sólo él puede crear el núcleo de un poderoso ejército revolucionario, poderoso por sus ideales, por su disciplina, por su organización y por su heroísmo en la lucha, ante el cual ninguna Vendée podrá resistir.

Y el proletariado, dirigido por la socialdemocracia, ha empezado ya por todas partes a formar este ejército revolucionario. A sus filas debe ir todo aquel que no quiera estar en el ejército de las Centurias Negras. La guerra civil no conoce neutrales. Quien se aparta de ella, apoya con su pasividad a las Centurias Negras victoriosas. También el ejército se divide en ejército rojo y ejército negro. Hace apenas dos semanas señalábamos cuán rápidamente se va incorporando a la lucha por la libertad. El ejemplo de Kronstadt lo mostró de manera patente. Aunque el gobierno del canalla de Witte haya vencido la insurrección en Kronstadt, aunque ahora fusile a centenares de marineros que una vez más alzaron la bandera roja, — esta bandera se alzará aún más alto, pues esta enseña es la enseña de todos los trabajadores y explotados del mundo entero. Aunque la prensa lacayuna, del tipo de «Nóvoie Vremia», grite sobre la neutralidad de la tropa, — esta vil e hipócrita mentira se desvanece como el humo ante cada nueva hazaña de las Centurias Negras. La tropa no puede ser, nunca ha sido y nunca será neutral. Se está dividiendo con enorme rapidez, precisamente ahora, en tropa de la libertad y tropa de la centuria negra. Nosotros aceleraremos esta división. Nosotros cubriremos de oprobio a todos los indecisos y vacilantes, a todos los que rehúyen la idea de la formación inmediata de la milicia popular

(la Duma de Moscú, según las últimas noticias de los periódicos extranjeros, rechazó el proyecto de formar la milicia popular). Decuplicaremos nuestra agitación entre las masas, nuestra actividad organizativa para la formación de destacamentos revolucionarios. El ejército del proletariado consciente se fundirá entonces con los destacamentos rojos de la tropa rusa, — ¡y ya veremos si las centurias negras policiales pueden con toda la nueva, toda la joven, toda la Rusia libre!


El artículo “Entre dos batallas” del núm. 20 de “El Proletario” del 25 (12) de noviembre de 1905 pertenece indudablemente a Lenin (el manuscrito del artículo no se ha conservado). La autoría de Lenin se fundamenta con los siguientes datos: a continuación imprimimos extractos de “Le Temps” del 10 de noviembre, hechos por Lenin y utilizados en el artículo. Luego, en el artículo se utilizan también extractos hechos por Lenin de “Frankfurter Zeitung” (ver Recop. Len., XVI, 232). El análisis del texto y la comparación de una serie de pasajes del artículo con artículos publicados en los tomos VII y VIII de las Obras, no dejan lugar a dudas sobre la pertenencia del artículo a Lenin. Así, en el artículo se dice: “Los regateadores vocean su último precio, se dan la mano”, y en el tomo VII de las Obras, pág. 393 leemos: “Un verdadero mercado, en el que la burguesía malbarata los intereses y derechos de los obreros rusos y de los campesinos rusos.

Como en un mercado, la compradora —la burguesía— y el vendedor —el zar— se dan la mano, vocean por centésima vez su ‘última palabra’”. En el artículo hay una referencia a Párvus, Cherevanin, Mártov. Lenin repetidamente en la polémica menciona juntos a este trío de mencheviques (ver, por ej., Obras, VIII, 212, 273, 299). Al llamar a Witte “ministro-payaso”, el autor del artículo repite literalmente el título de uno de los artículos de Lenin: “Los planes del ministro-payaso” (Obras, VIII, 345, ver allí mismo, 332). En el artículo se dice: “No lo afirmamos solamente nosotros. No es una formulación inventada por nosotros. Lo dicen a todos y cada uno los adoquines de las calles empapados de sangre en Moscú y Odesa…”. Análogamente a esto, en el artículo “El zar-batushka y las barricadas” Lenin escribió: “Esto no lo dice el sacerdote Gueorgui Gapón. Lo dicen esos miles y decenas de miles, esos millones y decenas de millones de campesinos…” (Obras, VII, 88). Cuando en el artículo leemos: “La guerra civil… se diferencia de otras guerras en que las formas de los combates son mucho más variadas, el número y la composición de los combatientes en ambos bandos son los más difíciles de contabilizar y los que más fluctúan, y los intentos de concertar la paz o al menos una tregua no parten de los combatientes y se entrelazan del modo más caprichoso con las acciones militares”, — esto es sólo el desarrollo del pensamiento de Lenin sobre “la diferencia de la guerra revolucionaria respecto a otras guerras” en la pág. 356 del tomo VIII de las Obras. Finalmente, el subrayado de los “objetivos histórico-mundiales del movimiento”, la defensa de la máxima envergadura del movimiento y, al mismo tiempo, el esbozo de la perspectiva de la transformación de la revolución burguesa en revolución socialista, — todos estos son elementos del estilo leninista en el trabajo, todo esto confirma indudablemente que el autor del artículo es Lenin.