Nadie pensará ya ahora en Rusia en hacer la revolución según Marx. Así, o aproximadamente así, proclamó hace poco un periódico liberal — incluso casi democrático, incluso casi socialdemócrata — (menchevique), _Stolíchnaya Pochta_{39}. Y hay que hacer justicia a los autores de esta sentencia, pues han logrado captar acertadamente la esencia de ese estado de ánimo en la política contemporánea y de esa actitud hacia las lecciones de nuestra revolución que domina incondicionalmente en los círculos más amplios de la intelectualidad, de la pequeña burguesía semiinstruida y, tal vez, también en muchas capas de la pequeña burguesía totalmente inculta.

En esta sentencia se expresa el odio no solo al marxismo en general, con su convicción inquebrantable en la misión revolucionaria del proletariado, con su abnegada disposición a apoyar todo movimiento revolucionario de las amplias masas, a agudizar la lucha y a llevarla hasta el fin. No. Además, en esta sentencia se expresa el odio a aquellos procedimientos de lucha, a aquellos métodos de acción, a aquella táctica que han sido probados en la práctica, hace muy poco, en la práctica de la revolución rusa. Todas aquellas victorias — o semivictorias, cuartos de victoria, mejor dicho — que ha obtenido nuestra revolución, han sido obtenidas entera y exclusivamente gracias al empuje directamente revolucionario del proletariado, que marchaba a la cabeza de los elementos no proletarios de la población trabajadora. Todas las derrotas han sido provocadas por el debilitamiento de dicho empuje, están vinculadas a la táctica que lo rehúye, que cuenta con su ausencia y a veces (en los kadetes) incluso directamente con su eliminación.

Y ahora, en el período de desenfreno de las represiones contrarrevolucionarias, la pequeña burguesía se adapta cobardemente a los nuevos amos de la vida, se arrima a los nuevos califas por un día, reniega de lo viejo, intenta olvidarlo, se asegura a sí misma y a los demás que ya nadie piensa ahora en Rusia en hacer la revolución según Marx, que nadie piensa en la «dictadura del proletariado», etcétera.

En otras revoluciones de la burguesía, la victoria física del viejo poder sobre el pueblo insurrecto provocó también siempre abatimiento y descomposición entre los amplios círculos de la sociedad «culta». Pero entre los partidos burgueses que luchaban de hecho por la libertad, que desempeñaban un papel más o menos notable en los acontecimientos realmente revolucionarios, se observaban siempre ilusiones opuestas a las que reinan ahora entre la pequeña burguesía intelectual en Rusia. Eran ilusiones sobre la victoria inevitable, inmediata y completa de «la libertad, la igualdad y la fraternidad», ilusiones acerca de una república no burguesa, sino universal, una república que instaurara la paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres. Eran ilusiones acerca de la ausencia de discordia de clases dentro del pueblo oprimido por la monarquía y el orden medieval, acerca de la imposibilidad de vencer la «idea» con métodos de violencia, acerca de la absoluta contraposición entre el feudalismo caduco y el nuevo orden libre, democrático, republicano, cuyo carácter burgués no se reconocía en absoluto o se reconocía de manera extremadamente confusa.

Por eso, en los períodos contrarrevolucionarios, los representantes del proletariado que habían alcanzado el punto de vista del socialismo científico tuvieron que luchar (como, por ejemplo, Marx y Engels en 1850) contra las ilusiones de los republicanos burgueses, contra la comprensión idealista de las tradiciones de la revolución y de su esencia, contra las frases superficiales que sustituían el trabajo consecuente y serio en el seno de una clase determinada{40}. Entre nosotros ocurre lo contrario. No vemos ilusiones del republicanismo primitivo que frenaran la tarea perentoria de continuar la labor revolucionaria en las nuevas condiciones, modificadas. No vemos exageración de la importancia de la república, la transformación de esta consigna necesaria de lucha contra el feudalismo y la monarquía en la consigna de toda y cualquier lucha de liberación de todos los trabajadores y explotados en general. Los socialistas revolucionarios{41} y los grupos afines, que alimentaban ideas semejantes, se han quedado en grupúsculos, y el período de tres años de tempestad revolucionaria (1905-1907) les trajo, en lugar de una amplia pasión por el republicanismo, un nuevo partido de la pequeña burguesía oportunista, los eneses{42}, un nuevo reforzamiento del rebelismo antipolítico y del anarquismo.

En la Alemania pequeñoburguesa, al día siguiente del primer empuje de la revolución de 1848, se manifestaron con nitidez las ilusiones de la democracia republicana pequeñoburguesa. En la Rusia pequeñoburguesa, al día siguiente del empuje de la revolución de 1905, se manifestaron y se siguen manifestando con nitidez las ilusiones del oportunismo pequeñoburgués, que esperaba lograr un compromiso sin lucha, temía la lucha y, tras la primera derrota, se apresuraba a renegar de su pasado, contagiando la atmósfera social de abatimiento, pusilanimidad y renegadismo.

Es evidente que esta diferencia proviene de la diferencia en el régimen social y en la situación histórica de ambas revoluciones. Pero la cuestión no está en que la masa de la población pequeñoburguesa de Rusia se hallara en una contradicción menos aguda con el viejo orden. Precisamente lo contrario. Nuestro campesinado creó, en el primer período de la revolución rusa, un movimiento agrario incomparablemente más fuerte, definido y políticamente consciente que en las revoluciones burguesas anteriores del siglo XIX. La cuestión está en que aquel estrato que constituía el núcleo de la democracia revolucionaria en Europa — el artesanado urbano gremial, la burguesía urbana y la pequeña burguesía —, en Rusia debió girar hacia el liberalismo contrarrevolucionario. La conciencia del proletariado socialista, que marcha de la mano del ejército internacional del vuelco socialista en Europa, y la extrema revolucionaridad del mujik, llevado por la opresión secular de los señores feudales a la situación más desesperada y a la reivindicación de la confiscación de las tierras de los terratenientes: he aquí las circunstancias que arrojaron al liberalismo ruso, mucho más fuertemente que al europeo, a los brazos de la contrarrevolución. Sobre la clase obrera rusa recayó por eso, con fuerza particular, la tarea de: conservar las tradiciones de la lucha revolucionaria, de las que se apresuran a renegar la intelectualidad y la pequeña burguesía, desarrollar y fortalecer esas tradiciones, incrustarlas en la conciencia de las amplias masas del pueblo, llevarlas hasta el próximo ascenso del inevitable movimiento democrático.

Los propios obreros mantienen espontáneamente precisamente esta línea. Ellos vivieron con demasiada pasión la gran lucha de octubre y diciembre. Ellos vieron con demasiada claridad el cambio de su situación solo en dependencia de esta lucha directamente revolucionaria. Ellos dicen ahora o, por lo menos, sienten todos, como aquel tejedor que declaró en una carta a su órgano sindical: los fabricantes nos arrebataron nuestras conquistas, los capataces vuelven a burlarse de nosotros como antes, esperad, ya volverá el año 1905.

Esperad, ya volverá el año 1905. Así ven las cosas los obreros. Para ellos, ese año de lucha ha dado un modelo de lo que hay que hacer. Para la intelectualidad y la pequeña burguesía renegada, es «un año de locura», es un modelo de lo que no hay que hacer. Para el proletariado, la reelaboración y la asimilación crítica de la experiencia de la revolución deben consistir en aprender a aplicar los métodos de lucha de entonces con más éxito, en hacer la misma lucha huelguística de octubre y armada de diciembre más amplia, más concentrada, más consciente. Para el liberalismo contrarrevolucionario, que lleva a rastras a la intelectualidad renegada, la asimilación de la experiencia de la revolución debe consistir en desembarazarse para siempre de la «ingenua» impulsividad de la «salvaje» lucha de masas, sustituyéndola por el trabajo constitucional «culto, civilizado» sobre la base del «constitucionalismo» de Stolypin.

Ahora todos y cada uno hablan de la asimilación y la verificación crítica de la experiencia de la revolución. Hablan de ello socialistas y liberales. Hablan de ello oportunistas y socialdemócratas revolucionarios. Pero no todos comprenden que precisamente entre las dos contraposiciones indicadas fluctúan todas las múltiples recetas de asimilación de la experiencia revolucionaria. No todos plantean con claridad la cuestión: ¿debemos asimilar y ayudar a las masas a asimilar la experiencia de la lucha revolucionaria para una lucha más consecuente, más tenaz y más decidida, o debemos asimilar y transmitir a las masas la «experiencia» de la traición kadete a la revolución?

Entonces, ¿qué cuestiones de la experiencia de la revolución rusa consideró Kautsky suficientemente grandes y fundamentales, o al menos tan importantes como para proporcionar nuevo material al marxista que estudia en general las "formas y las armas de la revolución social" (como reza el título del parágrafo séptimo en la obra de Kautsky, es decir, precisamente el parágrafo complementado según las indicaciones de la experiencia de 1905-1906)?

El autor tomó dos cuestiones.

En primer lugar, la cuestión de la composición de clase de aquellas fuerzas que son capaces de conquistar la victoria en la revolución rusa, de hacer de ella una revolución realmente victoriosa.

En segundo lugar, la cuestión del significado de aquellas formas de lucha de masas, superiores por la dirección de su energía revolucionaria y por su carácter ofensivo, que hizo surgir la revolución rusa, a saber: la lucha de diciembre, es decir, la insurrección armada.

Todo socialista (y en especial el marxista) que reflexione por poco que sea sobre los acontecimientos de la revolución rusa, deberá reconocer que éstas son realmente cuestiones cardinales, cuestiones angulares en la valoración de la revolución rusa, así como en la valoración de la línea táctica que prescribe al partido obrero la situación actual de las cosas. Si no nos damos una cuenta plena y clara de qué clases son capaces, en virtud de las condiciones económico-objetivas, de hacer victoriosa la revolución burguesa rusa, nuestras palabras sobre la aspiración de hacer victoriosa esta revolución serán frases vacías, mera declamación democrática; nuestra táctica en la revolución burguesa será inevitablemente falta de principios y vacilante.

Por otra parte, para la determinación concreta de la táctica del partido revolucionario en los tiempos más tormentosos de crisis nacional general que vive el país, es a todas luces insuficiente la mera indicación de las clases que son capaces de actuar en el espíritu de una culminación victoriosa de la revolución. Los períodos revolucionarios se diferencian de los períodos del llamado desarrollo pacífico, de los períodos en que las condiciones económicas no provocan crisis profundas, no engendran potentes movimientos de masas, precisamente en que las formas de lucha en los períodos del primer tipo son inevitablemente mucho más diversas, con el predominio de la lucha directamente revolucionaria de las masas sobre la actividad propagandístico-agitativa de los dirigentes en el parlamento, la prensa, etc. Por eso, si al valorar los períodos revolucionarios nos limitamos a determinar la línea de acción de las distintas clases, sin analizar las formas de su lucha, nuestro razonamiento será, desde el punto de vista científico, incompleto, no dialéctico, y desde el punto de vista práctico-político, degenerará en muerto razonar doctrinario (con lo cual, dicho sea entre paréntesis, se contenta en sus nueve décimas partes el camarada Plejánov en sus escritos sobre la táctica de la socialdemocracia en la revolución rusa).

Para valorar la revolución realmente al modo marxista, desde el punto de vista de la dialéctica materialista, hay que valorarla como la lucha de fuerzas sociales vivas, situadas en tales o cuales condiciones objetivas, que actúan de tal o cual modo y aplican con mayor o menor éxito tales o cuales formas de lucha. Sobre la base de este análisis y, se entiende, sólo sobre esta base, es plenamente pertinente, más aún, necesaria para un marxista, también la valoración del aspecto técnico de la lucha, de las cuestiones técnicas de la misma. Reconocer una determinada forma de lucha y no reconocer la necesidad de aprender su técnica: eso es como si reconociéramos que es necesario participar en determinadas elecciones, sin tener en cuenta la ley que prescribe la técnica de esas elecciones.

Pasemos ahora a la respuesta de Kautsky a las dos cuestiones más arriba planteadas, las cuales suscitaron, como es sabido, muy largas y acaloradas disputas entre los socialdemócratas rusos durante todo el período de la revolución, comenzando en la primavera de 1905, cuando el tercer congreso bolchevique del POSDR en Londres{43} y la simultánea conferencia menchevique en Ginebra{44} establecieron en precisas resoluciones las bases de principio de su táctica, y terminando con el congreso de Londres del POSDR unificado, en la primavera de 1907{45}.

A la primera cuestión, Kautsky da la siguiente respuesta. En Europa Occidental, dice, el proletariado abarca a una gran masa de la población. Por eso, la victoria de la democracia en la Europa actual significa el dominio político del proletariado. "En Rusia, con su predominante población campesina, esto no puede esperarse. Por supuesto, la victoria de la socialdemocracia en un futuro cercano (en alemán: absehbar, es decir, tal que se puede abarcar con la vista, otear) no está excluida tampoco en Rusia, pero esta victoria podría ser solamente obra de la coalición (Koalition) del proletariado y el campesinado". Y Kautsky expresa incluso que tal victoria daría inevitablemente un poderoso impulso a la revolución proletaria en Europa Occidental.

Vemos así que el concepto de revolución burguesa no define aún suficientemente las fuerzas que pueden conquistar la victoria en tal revolución. Son posibles, y han ocurrido, revoluciones burguesas en las cuales la burguesía comercial o la comercial-industrial desempeñó el papel de principal fuerza motriz. La victoria de semejantes revoluciones era posible como victoria del correspondiente estrato de la burguesía sobre sus adversarios (como la nobleza privilegiada o la monarquía ilimitada). Otra cosa sucede en Rusia. La victoria de la revolución burguesa en nuestro país es imposible como victoria de la burguesía. Esto parece paradójico, pero es un hecho. El predominio de la población campesina, su terrible opresión por la gran propiedad territorial de tipo semiservil, la fuerza y la conciencia del proletariado, organizado ya en un partido socialista, todas estas circunstancias confieren a nuestra revolución burguesa un carácter especial. Esta particularidad no elimina el carácter burgués de la revolución (como intentaron presentar el asunto Mártov y Plejánov en sus observaciones, más que desafortunadas, sobre la posición de Kautsky). Esta particularidad condiciona únicamente el carácter contrarrevolucionario de nuestra burguesía y la necesidad de la dictadura del proletariado y el campesinado para la victoria en tal revolución. Pues la "coalición del proletariado y el campesinado", que conquista la victoria en la revolución burguesa, no es otra cosa que la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado.

Esta tesis es el punto de partida de las divergencias tácticas en el seno de la socialdemocracia durante la revolución. Sólo teniéndola en cuenta se pueden comprender todas las disputas particulares (sobre la cuestión del apoyo a los kadetes en general, sobre el bloque de izquierda y su carácter, etc.) y los choques en ocasiones concretas. Sólo en esta divergencia táctica fundamental, y de ningún modo en el "combatismo" o "boicotismo", como piensan a veces las personas desinformadas, se halla la fuente de la escisión entre bolcheviques y mencheviques en el primer período de la revolución (1905-1907).

Y no se puede insistir lo suficiente en la necesidad de investigar este origen de las discrepancias con toda atención, analizar desde este punto de vista la experiencia de las dos Dumas y de la lucha campesina directa. Si no hacemos este trabajo ahora, no estaremos en condiciones de dar un solo paso en el terreno de la táctica durante el próximo ascenso del movimiento, sin reavivar las viejas disputas o sin generar conflictos fraccionales y desacuerdo en el seno del partido. La actitud de la socialdemocracia ante el liberalismo y ante la democracia burguesa campesina debe establecerse sobre la base de la experiencia de la revolución rusa. De lo contrario, no tendremos una táctica del proletariado consecuente en los principios. La «alianza del proletariado y el campesinado», advirtamos de paso, en ningún caso puede entenderse como la fusión de diferentes clases o partidos del proletariado y el campesinado. No sólo la fusión, sino cualquier acuerdo prolongado sería pernicioso para el partido socialista de la clase obrera y debilitaría la lucha democrático-revolucionaria. El hecho de que el campesinado vacile inevitablemente entre la burguesía liberal y el proletariado se desprende de su posición de clase, y nuestra revolución ha dado multitud de ejemplos de ello en las más diversas esferas de la lucha (boicot a la Duma de Witte; las elecciones; los trudovikí en la I y II Dumas, etc.). Sólo llevando a cabo una política absolutamente independiente como vanguardia de la revolución, el proletariado podrá desgajar al campesinado de los liberales, liberarlo de su influencia, conducirlo tras de sí en el curso de la lucha y realizar de este modo la «alianza» en la práctica, una alianza en el momento y en la medida en que el campesinado luche revolucionariamente. No es mediante coqueteos con los trudovikí, sino mediante la crítica implacable de sus debilidades y vacilaciones, la propaganda de la idea de un partido campesino republicano y revolucionario, como puede realizarse la «alianza» del proletariado y el campesinado para la victoria sobre los enemigos comunes, y no para jugar a los bloques y los acuerdos.

Las dos observaciones o generalizaciones históricas de Engels se han visto notablemente confirmadas por el curso de la revolución rusa. También se ha confirmado que sólo la intervención del campesinado y del proletariado, «el elemento plebeyo de las ciudades», es capaz de hacer avanzar seriamente la revolución burguesa (si en la Alemania del siglo XVI, la Inglaterra del XVII y la Francia del XVIII se puede situar al campesinado en primer plano, en la Rusia del siglo XX es absolutamente necesario invertir la relación, pues sin la iniciativa y la dirección del proletariado, el campesinado no es nada). También se ha confirmado que la revolución debe ser llevada considerablemente más allá de sus objetivos burgueses inmediatos, más próximos y ya plenamente maduros, para realizar verdaderamente esos objetivos, para consolidar de manera irrevocable las conquistas burguesas mínimas. Se puede juzgar, por tanto, con qué desprecio habría tratado Engels las recetas pequeño-burguesas de encajonar de antemano la revolución en los marcos exclusivamente burgueses inmediatos, estrechamente burgueses, «para que la burguesía no se eche atrás», como decían los mencheviques caucásicos en su resolución de 1905, ¡o para que hubiera «garantía contra la restauración», como decía en Estocolmo Plejánov!

Otra cuestión, la de la valoración de la insurrección de diciembre de 1905, la aborda Kautsky en el prefacio a la segunda edición de su folleto. «Ya no puedo afirmar ahora —escribe— con la misma certeza que en 1902, que las insurrecciones armadas y las batallas de barricadas no desempeñarán un papel decisivo en las revoluciones venideras. Contra ello atestigua demasiado claramente la experiencia de la lucha callejera de Moscú, en la que un puñado de hombres resistió durante una semana frente a todo un ejército en una lucha de barricadas, y casi habría obtenido la victoria si el fracaso del movimiento revolucionario en otras ciudades no hubiera hecho posible enviar al ejército refuerzos tales, que, al final, contra los insurgentes se concentró una fuerza monstruosamente superior. Por supuesto, este éxito relativo de la lucha de barricadas fue posible únicamente porque la población urbana apoyaba enérgicamente a los revolucionarios y las tropas estaban completamente desmoralizadas. Pero, ¿quién puede afirmar con certeza que algo semejante sea imposible en Europa Occidental?»

Así pues, casi un año después de la insurrección, cuando ya no se podía estar influido por el objetivo de dar un apoyo inmediato al mantenimiento del ánimo de los combatientes, un investigador tan prudente como Kautsky reconoce resueltamente que la insurrección de Moscú fue un «éxito relativo» de la lucha de barricadas y considera necesario corregir su conclusión general de que el papel de los combates callejeros en las revoluciones del futuro no puede ser grande.

La lucha de diciembre de 1905 demostró que la insurrección armada puede vencer en las condiciones modernas de la técnica y la organización militares. La lucha de diciembre dio lugar a que todo el movimiento obrero internacional deba contar de ahora en adelante con la probabilidad de formas semejantes de combate en las próximas revoluciones proletarias. He aquí las conclusiones que verdaderamente se desprenden de la experiencia de nuestra revolución; he aquí las lecciones que deben ser asimiladas por las más amplias masas. ¡Qué lejos están estas conclusiones y estas lecciones de la línea de razonamientos que dio Plejánov con su opinión tristemente célebre sobre la insurrección de diciembre: «no había que haber empuñado las armas»{47}! ¡Qué mar de comentarios renegados provocó semejante valoración! ¡Qué cantidad infinita de sucias manos liberales se aferró a ella para llevar la corrupción y el espíritu de compromiso pequeño-burgués a las masas obreras!

En la valoración de Plejánov no hay ni un ápice de verdad histórica. Si Marx, que medio año antes de la Comuna dijo que la insurrección sería una locura, supo sin embargo valorar esa «locura» como el mayor movimiento de masas del proletariado del siglo XIX, con mil veces mayor razón los socialdemócratas rusos deben llevar ahora a las masas el convencimiento de que la lucha de diciembre fue el más necesario, el más legítimo, el más grandioso movimiento proletario después de la Comuna. La clase obrera de Rusia será educada precisamente en semejantes concepciones, digan lo que digan, se lamenten como se lamenten tales o cuales intelectuales de la socialdemocracia.

Aquí es tal vez necesaria una observación, tomando en consideración que este artículo se escribe para los camaradas polacos. Por desgracia, no sé el polaco y conozco las condiciones polacas solo de oídas. Y fácilmente se me puede objetar que precisamente en Polonia todo un partido se rompió el cuello con la guerrilla impotente, el terror y los fogonazos de fuegos artificiales, y precisamente en nombre de las tradiciones insurreccionales y de la lucha conjunta del proletariado y el campesinado (la llamada «derecha» del PPS{48}). Muy bien puede ser que, desde este punto de vista, las condiciones polacas difieran efectivamente de modo radical de las condiciones del resto de Rusia. No puedo juzgarlo. Debo, no obstante, señalar que en ninguna parte, salvo en Polonia, hemos visto una desviación tan absurda de la táctica revolucionaria, que provoca un justo rechazo y lucha. Y aquí surge por sí misma esta idea: ¡precisamente en Polonia no hubo aquella lucha armada de masas en diciembre de 1905! ¿Y no es precisamente porque en Polonia, y solo en Polonia, arraigó la táctica tergiversada y absurda del anarquismo que «hace» la revolución, no fue porque las condiciones no permitieron que se desarrollara allí, aunque fuera por un breve momento, una lucha armada de masas? ¿Acaso la tradición de una lucha precisamente así, la tradición de la insurrección armada de diciembre, no es en ocasiones el único medio serio para superar las tendencias anarquistas en el seno del partido obrero, no con ayuda de una moral estereotipada, filistea, pequeño-burguesa, sino mediante el paso de la violencia sin objetivo, absurda, dispersa, a una violencia dirigida a un fin, de masas, vinculada a un movimiento amplio y a la agudización de la lucha directamente proletaria?

La cuestión de la valoración de nuestra revolución no tiene solamente una importancia teórica, sino también la más directa, práctico-actual. Todo nuestro trabajo de propaganda, agitación y organización está constantemente vinculado en el momento presente con el proceso de asimilación por parte de las más amplias masas de la clase obrera y de la población semiproletaria de las lecciones de los grandes 3 años. No podemos limitarnos en el momento presente a la mera declaración (en el espíritu de las resoluciones del congreso de la «izquierda» del PPS) de que los datos no permiten ahora establecer si la vía de la explosión revolucionaria o la vía de largos, lentos, pequeños pasos hacia adelante se extiende ahora ante nosotros. Por supuesto, ninguna estadística del mundo podrá establecerlo ahora. Por supuesto, debemos realizar nuestro trabajo de modo que esté enteramente impregnado de un espíritu y contenido socialista generales, cualesquiera que sean las duras pruebas que nos depare el futuro. Pero esto todavía no es todo. Detenerse en esto significa no ser capaz de ofrecer ninguna dirección práctica al partido proletario. Debemos plantear directamente y resolver con firmeza la pregunta: ¿en qué dirección orientaremos ahora el trabajo de reelaboración de la experiencia de tres años de revolución? Debemos declarar abiertamente y a los cuatro vientos, para enseñanza de los vacilantes y de los que desfallecen, para vergüenza de los que reniegan y se apartan del socialismo, que el partido obrero ve en la lucha directamente revolucionaria de las masas, en la lucha de octubre y diciembre de 1905, los más grandes movimientos del proletariado después de la Comuna, que solo en el desarrollo de tales formas de lucha reside la garantía de los éxitos venideros de la revolución, que estos ejemplos de lucha deben servirnos de faro en la tarea de educar a las nuevas generaciones de combatientes.

Dirigiendo en tal sentido nuestro trabajo cotidiano y teniendo presente que solo muchos años de seria y perseverante actividad preparatoria del partido le aseguraron una influencia plena sobre el proletariado en 1905, lograremos que, en cualquier desarrollo de los acontecimientos y ritmo de descomposición de la autocracia, la clase obrera se fortalezca indefectiblemente y crezca hasta convertirse en una consciente fuerza revolucionaria socialdemócrata.

Publicado en abril de 1908 en la revista «Przegłąd Socjaldemokratyczny» № 2  
Firmado: N. Lenin

En ruso fue publicado el 10 (23) de mayo de 1908 en el periódico «Proletari» № 30

Se imprime según el texto del periódico, cotejado con el texto de la revista