Publicado el 19 de marzo (1 de abril) de 1908 en el periódico «Proletari» n.° 26

Se reproduce según el texto del periódico

La disolución de la segunda Duma y el golpe de Estado del 3 de junio de 1907{2} constituyeron un punto de viraje en la historia de nuestra revolución, el comienzo de un período singular, de un zigzag, en su desarrollo. Ya hemos hablado más de una vez acerca del significado de este zigzag desde el punto de vista de la correlación general de las fuerzas de clase en Rusia y de las tareas de la revolución burguesa inconclusa. Queremos detenernos ahora en la situación del trabajo de nuestro partido en relación con este viraje de la revolución.

Ha transcurrido más de medio año desde el golpe de Estado reaccionario del 3 de junio, y no cabe duda de que el primer semestre posterior a él se caracteriza por una considerable decadencia y debilitamiento de todas las organizaciones revolucionarias, incluida la socialdemócrata. Vacilaciones, dispersión y descomposición: tal es la característica general de este semestre. No podía ser de otro modo, por supuesto, ya que el refuerzo extremo de la reacción y su triunfo temporal, en medio del estancamiento de la lucha de clases directa, no pueden sino estar acompañados por la crisis de los partidos revolucionarios.

Ahora se observa ya, con toda claridad, una serie de indicios que atestiguan la terminación de esta crisis, el hecho de que lo peor ha quedado atrás, de que ya se ha perfilado el camino correcto, de que el partido entra de nuevo en la vía recta: la dirección consecuente y firme de la lucha revolucionaria del proletariado socialista.

Tomemos una de las manifestaciones externas más características, no la más profunda, por supuesto, pero quizá una de las más visibles, de la crisis del partido. Es la huida de los intelectuales del partido. El primer número del Órgano Central de nuestro partido, aparecido en febrero del año en curso{3}, que ofrece abundantísimo material para apreciar su vida interna y que reproducimos en gran parte, caracteriza esta huida con extraordinario relieve. «En los últimos tiempos, por falta de trabajadores intelectuales, la organización de circunscripción ha muerto», se dice en una correspondencia de la fábrica de Kulebaki (organización de circunscripción de Vladímir, de la Región Industrial Central). «Nuestras fuerzas ideológicas se funden como la nieve», escriben desde los Urales. «Los elementos que rehúyen en general las organizaciones clandestinas… y que se adhirieron al partido únicamente en el momento de auge y de la libertad de hecho que existía entonces en muchos lugares, han abandonado nuestras organizaciones del partido». Y el artículo del Órgano Central «Sobre las cuestiones de organización» resume esos (y otros no publicables) informes, diciendo: «Los intelectuales, como se sabe, desertan en masas en los últimos tiempos».

Pero la liberación del partido de la intelectualidad semiproletaria, semiburguesa, comienza a despertar para una vida nueva a las nuevas fuerzas puramente proletarias acumuladas durante el período de la lucha heroica de las masas proletarias. La misma organización de Kulebaki, que se hallaba, según el extracto de la correspondencia que acabamos de citar, en un estado desesperado, e incluso completamente «muerta», resulta resucitada. «Los núcleos obreros del partido —leemos en ella—, diseminados en abundancia por la circunscripción, en la mayoría de los casos sin fuerzas intelectuales, sin literatura, incluso sin vinculación alguna con los centros del partido, no quieren morir... El número de los organizados no disminuye, sino que aumenta... No hay fuerzas intelectuales; es necesario que los propios obreros, los más conscientes, lleven a cabo la labor de propaganda». Resulta, como conclusión general, que «en toda una serie de lugares («Sotsial-Demokrat» n.° 1, pág. 28), a causa de la huida de los intelectuales, la labor responsable pasa a manos de los obreros de vanguardia».

Esta reestructuración de las organizaciones del partido sobre otra base, por decirlo así, de clase, es, desde luego, un asunto difícil, y su desarrollo no estará exento de vacilaciones. Pero —sólo es difícil el primer paso, y éste ya está dado. El partido ha entrado ya en la vía recta de dirección de las masas obreras por los «intelectuales» de vanguardia salidos de las propias filas obreras.

La labor en los sindicatos profesionales y en las cooperativas, emprendida al principio a tientas, va cobrando forma definida y se funde en moldes estables. Las dos resoluciones del Comité Central sobre los sindicatos y sobre las cooperativas, aprobadas ambas por unanimidad, han sido ya sugeridas por la creciente labor local. Núcleos del partido en todas las organizaciones sin partido; dirección de éstas en el espíritu de las tareas combativas del proletariado, en el espíritu de la lucha revolucionaria de clase; «de la apartidariedad a la partidariedad» («S.-D.» n.° 1, pág. 28): he aquí el camino en el que también aquí ha entrado ya el movimiento obrero. El corresponsal de una organización del partido en una perdida ciudad provinciana, Minsk, informa: «los obreros de ánimo más revolucionario se apartan de ellos (de los sindicatos legales desfigurados por la administración) y simpatizan cada vez más con la formación de sindicatos clandestinos».

En la misma dirección, «de la apartidariedad a la partidariedad», se desarrolla la labor en un terreno completamente diferente: la labor de la fracción socialdemócrata en la Duma. Esto suena, por supuesto, extraño, pero es un hecho: no podemos colocar de golpe a la altura del partido la labor de nuestros representantes parlamentarios, como tampoco de golpe empezamos a trabajar «según los principios del partido» en las cooperativas. Elegidos de acuerdo con una ley electoral que falsea la voluntad del pueblo, —elegidos de entre el círculo de los socialdemócratas que mantuvieron la legalidad, círculo extraordinariamente mermado tras las persecuciones posteriores a las dos primeras Dumas—, nuestros socialdemócratas de la Duma forzosamente resultaban al principio, de hecho, más socialdemócratas apartidarios que auténticos miembros del partido.

Esto es lamentable, pero es un hecho, y difícilmente podría ser de otro modo en un país capitalista, enredado en miles de hilos de servidumbre feudal, con la existencia de un partido obrero abierto durante apenas un par de años. Y sobre este hecho quisieron construir su táctica de crear una socialdemocracia no revolucionaria aquellos intelectuales socialdemocratizantes, no sólo apartidarios, sino también «descerebrados», que se prendieron a la fracción de la Duma como las moscas a un plato de miel. ¡Pero da la impresión de que los esfuerzos de esos respetables bernsteinianos se vienen abajo! Da la impresión de que también aquí empieza a enderezarse la labor socialdemócrata. No nos pondremos a profetizar, ni cerraremos los ojos ante la magnitud de los esfuerzos que aún exige una organización medianamente aceptable de la labor parlamentaria socialdemócrata en nuestras condiciones; pero sí señalaremos que en el primer número del Órgano Central hay una crítica del partido a la fracción y una resolución directa del Comité Central acerca de una orientación más correcta de su trabajo. En modo alguno consideramos que la crítica aparecida en el Órgano Central abarque todas las lagunas; creemos, por ejemplo, que los socialdemócratas no deberían haber votado ni a favor de la transferencia a los zemstvos, en primer término, de las recaudaciones territoriales que se perciben, ni a favor del rescate a bajo precio de la tierra urbana arrendada por la población pobre (véase pág. 36, n.° 1 del Órgano Central). Pero ésas son todas cuestiones, en términos relativos, de segundo orden. Lo fundamental y más importante es que la transformación de la fracción en una organización realmente del partido se ha perfilado ya por completo en todo nuestro trabajo, y que, por consiguiente, el partido lo alcanzará, por muchos trabajos que cueste, por muchas pruebas, vacilaciones, crisis particulares, choques personales, etc., de que esté aún sembrado ese camino.

En la misma serie de indicios del enderezamiento de la auténtica labor socialdemócrata, realmente partidaria, se halla el hecho claramente manifiesto del reforzamiento de la actividad editorial clandestina. «Los Urales editan ocho periódicos —leemos en el Órgano Central—; Crimea, 2; Odesa, un periódico; en Ekaterinoslav pronto saldrá un periódico; es considerable la actividad editorial de Petersburgo, el Cáucaso y las organizaciones nacionales». Además de los dos órganos socialdemócratas en el extranjero, se ha publicado en Rusia, a pesar de las extraordinarias trabas policiales, el Órgano Central. Se prepara el órgano regional «Rabócheie Znamia»{4} (La Bandera Obrera) en la Región Industrial Central.

A primera vista, existe una semejanza notable entre este sistema de trabajo del partido y el que se estableció entre los alemanes durante la época de la ley de excepción (1878–1890){5}. El camino que el movimiento obrero alemán recorrió en treinta años después de la revolución burguesa (1848–1878), el movimiento obrero ruso lo recorre en tres años (finales de 1905 – 1908). Pero tras esta semejanza externa se oculta una profunda diferencia interna. Los treinta años transcurridos después de la revolución democrático-burguesa en Alemania cumplieron plenamente las tareas objetivamente necesarias de esa revolución. Esta se agotó tanto en el parlamento constitucional de principios de los años 60, como en las guerras dinásticas que unificaron la mayor parte de los países alemanes, y en la creación del imperio mediante el sufragio universal. En Rusia, los tres años que han pasado tras la primera gran victoria y la primera gran derrota de la revolución democrático-burguesa no solo no han cumplido sus tareas, sino que, por el contrario, han hecho penetrar por primera vez la conciencia de estas tareas en las amplias masas del proletariado y del campesinado. En estos algo más de dos años se han agotado las ilusiones constitucionales y la fe en el carácter democrático de los lacayos liberales del zarismo de las Centurias Negras.

La crisis, basada en las tareas objetivas incumplidas de la revolución burguesa en Rusia, es inevitable. Los acontecimientos puramente económicos, especial y financieros, los acontecimientos y peripecias de la política interior y exterior pueden agravarla. Y el partido del proletariado, que ha emprendido el camino directo de crear una sólida organización socialdemócrata ilegal, dotada de instrumentos de influencia legal y semilegal más numerosos y variados que antes, sabrá afrontar esta crisis más preparado para la lucha decisiva que en octubre y diciembre de 1905.