La prensa burguesa, incluso la de la tendencia más liberal y «democrática», no puede prescindir de la moral centurionegrista al discutir el asesinato del aventurero portugués.

He aquí, por ejemplo, al corresponsal especial de uno de los mejores periódicos democrático-burgueses de Europa, el *Frankfurter Zeitung*{130}. Comienza su relato con un informe medio en broma sobre cómo una bandada de corresponsales se abalanzó —como sobre una presa— hacia Lisboa inmediatamente después de recibir la sensacional noticia. Yo resulté estar —escribe este señor— en un compartimento de coche-cama con un conocido periodista londinense, que se puso a alardear de su experiencia. Por un motivo similar, según él, había viajado ya a Belgrado y puede considerarse un «corresponsal especial para casos de regicidio».

...Sí, la aventura con el rey portugués es verdaderamente un «accidente laboral profesional» de los reyes.

No es de extrañar que puedan aparecer corresponsales profesionales que describan los «fracasos» profesionales de sus majestades...

Pero, por muy fuerte que sea en semejantes corresponsales el elemento de sensación barata y vulgar, la verdad se abre camino a veces. «Un comerciante que vive en el barrio comercial más animado» contó al corresponsal del *Frankfurter Zeitung* lo siguiente: «Tan pronto como supe del suceso, colgué la bandera de luto. Sin embargo, muy pronto empezaron a venir a mí clientes y conocidos, preguntándome si me había vuelto loco, si me había propuesto estropear mis relaciones amistosas. Les pregunté si es que nadie sentía compasión. No creerá usted, mi señor, qué respuestas recibí. Y entonces quité la bandera de luto».

Citando este relato, el corresponsal liberal razona:

«Un pueblo, por naturaleza tan bondadoso y amable como el portugués, ha pasado, al parecer, por una mala escuela antes de aprender a odiar tan despiadadamente incluso en la tumba. Y si esto es verdad —y es, sin duda, verdad y, al callarlo, yo habría tergiversado la verdad histórica—, si no solo semejantes manifestaciones mudas dictan su sentencia sobre la víctima coronada, si a cada paso se pueden oír, y además de parte de “personas de orden”, improperios contra el asesinado, entonces es natural el afán de estudiar esa rara concatenación de circunstancias que hace hasta tal punto anormal la psicología del pueblo. Pues un pueblo que no reconoce a la muerte ni siquiera el viejo derecho sagrado de expiar todos los pecados terrenales, tal pueblo o bien debe de haber degenerado moralmente, o bien deben existir condiciones que engendran un sentimiento inmenso de odio, que oscurece la clara visión de una evaluación justa».

¡Oh, señores hipócritas liberales! ¿Por qué no califican de degenerados morales a aquellos científicos y escritores franceses que hasta ahora odian y maldicen rabiosamente no solo a los militantes de la Comuna de 1871, sino incluso a los militantes de 1793? No solo a los luchadores de la revolución proletaria, sino incluso a los luchadores de la revolución burguesa. Porque lo «normal» y «moral» para los lacayos «democráticos» de la burguesía moderna es el soportar «bondadoso» del pueblo de cualquier desafuero, vileza y bestialidad por parte de los aventureros coronados.

De lo contrario —continúa el corresponsal (es decir, de lo contrario, más que por condiciones excepcionales)— «no se podría comprender un fenómeno como el de que ya hoy un periódico monárquico hable casi con mayor sentimiento de pesar de las víctimas inocentes del pueblo que del rey, y vemos ya ahora con plena claridad cómo empiezan a formarse leyendas que rodearán con un halo de gloria a los asesinos. Mientras que en casi todos los atentados los partidos políticos se apresuran a sacudirse de encima a los asesinos, los republicanos portugueses se enorgullecen abiertamente de que de sus filas hayan salido “los mártires y héroes del 1 de febrero”»...

¡El demócrata burgués se ha excedido hasta el punto de estar dispuesto a declarar «leyenda revolucionaria» el respeto de los ciudadanos portugueses hacia las personas que se sacrificaron para eliminar al rey que se burlaba de la constitución!

El corresponsal de otro periódico burgués, el *Corriere della Sera*[143] de Milán, relata el ensañamiento de la censura portuguesa después del regicidio. No dejan pasar los telegramas. Los ministros y los reyes no se distinguen por la «bondad» que tanto gusta a los burgueses honrados en las masas populares. Si hay guerra, pues a la guerra, razonan con justicia los aventureros portugueses que ocuparon el lugar del rey asesinado. Las dificultades de comunicación se manifiestan no menos que en la guerra. Hay que enviar los mensajes por vía indirecta, primero por correo a París (tal vez a alguna dirección privada) y desde allí transmitirlos a Milán. «Incluso en Rusia —escribe el corresponsal el 7 de febrero—, durante los periodos revolucionarios más candentes, la censura nunca se ha ensañado tanto como ahora en Portugal».

«Algunos periódicos republicanos —informa este corresponsal el 9 de febrero del nuevo estilo— escriben hoy (el día del funeral del rey) en un lenguaje que yo en absoluto me atrevo a repetir en un telegrama». En el mensaje del 8 de febrero, que llegó más tarde que el anterior a su lugar de destino, se cita el comentario del periódico *O País*[144] sobre el procedimiento del funeral:

«Llevan los restos mortales de dos monarcas —polvo inútil de una monarquía que se desmorona—, que se sostenía por la traición y los privilegios, que con sus crímenes manchó dos siglos de nuestra historia».

«Por supuesto, este es un periódico republicano —añade el corresponsal—, pero ¿acaso no es elocuente la aparición de un artículo con semejantes frases el día del funeral del rey?»

Nosotros, por nuestra parte, añadiremos solo que podemos lamentar una cosa: el que el movimiento republicano en Portugal no haya ajustado cuentas con todos los aventureros de manera suficientemente decidida y abierta. Lamentamos que en el suceso del rey portugués sea visible aún claramente un elemento de terror conspirativo, es decir, impotente, que en su esencia no alcanza el objetivo, dada la debilidad de ese verdadero terror de todo el pueblo, que realmente renueva el país, con el que se cubrió de gloria la Gran Revolución Francesa. Es posible que el movimiento republicano en Portugal se eleve aún más. La simpatía del proletariado socialista estará siempre del lado de los republicanos contra la monarquía. Pero hasta ahora en Portugal solo se ha logrado asustar a la monarquía con el asesinato de dos monarcas, pero no destruir la monarquía.

Los socialistas en todos los parlamentos europeos expresaron, quien supo y quien pudo, su simpatía al pueblo portugués y a los republicanos portugueses, su aversión a las clases gobernantes, cuyos representantes condenaban el asesinato del aventurero y expresaban simpatía a sus sucesores. Unos socialistas declararon directamente en los parlamentos sus puntos de vista, otros salieron de la sala durante las manifestaciones de simpatía hacia la monarquía «damnificada». Vandervelde en el parlamento belga eligió el camino «intermedio» —el peor—, forzando de sí mismo la frase de que él honra «a todos los muertos», es decir, tanto al rey como a sus asesinos. Esperamos que Vandervelde quede aislado entre los socialistas de todo el mundo.

La tradición republicana se ha debilitado fuertemente entre los socialistas de Europa. Esto es comprensible y en parte puede ser justificado, —precisamente en la medida en que la proximidad de la revolución socialista quita importancia práctica a la lucha por la república burguesa. Pero no pocas veces el debilitamiento de la propaganda republicana no significa la vivacidad del afán por la victoria completa del proletariado, sino la debilidad de la conciencia de las tareas revolucionarias del proletariado en general. No en vano Engels, en 1891, al criticar el proyecto de Programa de Erfurt, señaló con toda energía a los obreros alemanes la importancia de la lucha por la república, la posibilidad de que también en Alemania esa lucha se convierta en la tarea del día{131}.

Entre nosotros, en Rusia, la lucha por la república tiene una importancia práctica inmediata. Solo los oportunistas pequeñoburgueses más lamentables, como los eneses o el «esdeka» Malishevski (véase sobre él *Proletari* n.º 7) pudieron sacar de la experiencia de la revolución rusa la conclusión de que la lucha por la república pasa a un segundo plano en Rusia. Al contrario, precisamente la experiencia de nuestra revolución demostró que la lucha por la destrucción de la monarquía está indisolublemente ligada en Rusia a la lucha por la tierra para los campesinos, por la libertad para todo el pueblo. Precisamente la experiencia de nuestra contrarrevolución demostró que la lucha por la libertad que no toca a la monarquía no es lucha, sino cobardía y flojedad pequeñoburguesa, o engaño directo al pueblo por los arribistas del parlamentarismo burgués.

*Proletari* n.º 22, 19 de febrero (3 de marzo) de 1908.

Se imprime según el texto del periódico *Proletari*