En esencia, los campesinos trudoviques y los campesinos eseristas no se diferencian de los campesinos sin partido. De la comparación de los discursos de unos y otros se desprende claramente las mismas necesidades, las mismas exigencias, la misma concepción del mundo. En los campesinos con partido hay solo más conciencia, un modo de expresión más claro, una comprensión más integral de la interdependencia entre los distintos aspectos de la cuestión.

Acaso el mejor discurso sea el del campesino Kiseliov, trudovique, en la 26.ª sesión de la segunda Duma (12 de abril de 1907). En contraposición al «punto de vista estatal» del burócrata liberal, aquí el centro de gravedad se desplaza directamente a que «toda la política interior de nuestro gobierno, cuyos dirigentes efectivos son los terratenientes, está enteramente encaminada a conservar la tierra en manos de los actuales poseedores» (1943). El orador muestra que precisamente por eso mantienen al pueblo «en la más impenetrable ignorancia», y se detiene en el discurso del octubrista príncipe Sviatopolk-Mirski. «Ustedes no han olvidado, por supuesto, sus terribles palabras: “abandonen toda idea de aumentar la superficie de la tenencia campesina de tierra. Conserven y apoyen a los propietarios privados. Nuestra masa campesina gris y oscura, sin los terratenientes, es un rebaño sin pastor”. Camaradas campesinos, ¿hace falta añadir algo a esto para que comprendan qué anhelos se ocultan en el alma de esos señores, nuestros bienhechores? ¿Acaso no les queda claro que hasta ahora añoran y suspiran por el derecho de servidumbre? No, señores pastores, basta… Yo quisiera una sola cosa: que estas palabras del noble Riúrikovich las recuerde con firmeza toda la gris Rusia campesina, toda la tierra rusa; que estas palabras ardan como fuego en el alma de cada campesino e iluminen, más que el sol, el abismo que se abre entre nosotros y los bienhechores no solicitados. Basta, señores pastores… Basta, no necesitamos pastores, sino jefes, que sabremos encontrar sin ustedes, y con ellos encontraremos el camino hacia la luz y hacia la verdad, encontraremos el camino hacia la tierra prometida» (1947).

El trudovique se sitúa por entero en el punto de vista del burgués revolucionario, que se ilusiona pensando que la nacionalización de la tierra dará «la tierra prometida», pero que lucha por la revolución en curso con abnegación y acoge con odio la idea de recortar su envergadura: «El Partido de la Libertad Popular renuncia a una solución justa del problema agrario… Señores representantes del pueblo, ¿puede una institución legislativa como la Duma de Estado transigir en sus actos con la justicia en favor de lo práctico? ¿Pueden ustedes dictar leyes sabiendo de antemano que son injustas?… ¿Acaso no bastan las leyes injustas con que nos ha agraciado nuestra burocracia, para que nosotros mismos vayamos a crearlas?… Saben perfectamente que, por consideraciones prácticas –pacificar a Rusia–, se nos enviaban expediciones punitivas, se declaró a toda Rusia en estado de excepción; por consideraciones prácticas se introdujeron los consejos de guerra sumarísimos. Pero díganme, por favor, ¿quién de nosotros se entusiasma con esa practicidad? ¿Acaso no la maldijeron todos ustedes? No planteen la cuestión como algunos aquí la plantearon» (el orador alude, evidentemente, al terrateniente kadete Tatarínov, que dijo en la 24.ª sesión, el 9 de abril: «la justicia, señores, es un concepto bastante relativo», «la justicia es aquel ideal al que todos aspiramos, pero ese ideal sigue siendo» (para el kadete) «solo un ideal, y si será posible de hecho realizarlo, eso es para mí una cuestión», 1779) – «¿qué es la justicia? El hombre: he ahí la justicia. Nació un hombre: es justo que viva, y para ello es justo que tenga la posibilidad de ganarse con su trabajo un pedazo de pan…».

Se ve: este ideólogo del campesinado se sitúa en el punto de vista típico del ilustrado francés del siglo XVIII. No comprende la limitación histórica, el contenido históricamente determinado de su justicia. Pero él quiere –y la clase que representa puede, en nombre de esta justicia abstracta, barrer hasta los cimientos todos los residuos del medioevo. Ahí está precisamente el contenido histórico real de este planteamiento de la cuestión: ninguna consideración «práctica» en perjuicio de la justicia. Léase: ninguna concesión al medioevo, a los terratenientes, al viejo poder. Es el lenguaje de un dirigente de la Convención. En cambio, para el liberal Tatarínov, el «ideal» de la libertad burguesa «sigue siendo solo un ideal», por el cual no lucha seriamente, no lo sacrifica todo para realizarlo, sino que transige con el terrateniente. Los Kiseliov pueden conducir al pueblo a una revolución burguesa victoriosa; los Tatarínov, solo a la traición.

«…En nombre de lo práctico, el Partido de la Libertad Popular propone no crear ningún derecho a la tierra. Teme que tal derecho atraiga a la aldea a una masa de gente de la ciudad, y que en ese caso a cada uno le toque poca tierra. Ante todo quisiera preguntar, ¿qué es el derecho a la tierra? El derecho a la tierra es el derecho al trabajo, es el derecho al pan, es el derecho a la vida, es el derecho inalienable de todo hombre. Así que, ¿cómo podemos privar a alguien de ese derecho? El Partido de la Libertad Popular dice que si se diera ese derecho a todos los ciudadanos y se repartiera entre ellos la tierra, a todos tocaría poca. Pero el derecho y su realización práctica no son en absoluto lo mismo. Cada uno de los aquí sentados tiene derecho a vivir en cualquier Chujlomá y, sin embargo, vive aquí, y, a la inversa, los que viven en Chujlomá tienen el mismo derecho a vivir en Petersburgo y, sin embargo, se quedan en su agujero. Por lo tanto, temer que la concesión del derecho a la tierra a todos los que desean trabajarla atraiga de la ciudad a una masa de gente es completamente infundado. A la aldea solo irán de la ciudad quienes no hayan roto aún los lazos con ella, incluso ahora; a la aldea solo irán quienes se fueron a la ciudad hace poco… Las personas que tienen en la ciudad un salario verdaderamente estable y asegurado no irán a la aldea… Considero que solo la supresión completa e irrevocable de la propiedad privada sobre la tierra… etc.… solo esa solución podemos considerarla satisfactoria» (1950).

Esta tirada típica del trudovique plantea una cuestión interesante: ¿hay diferencia entre estos discursos sobre el derecho al trabajo y los discursos de los demócratas pequeñoburgueses franceses de 1848 sobre el derecho al trabajo? Ambos son, sin duda, declamación de demócrata burgués, que expresa de modo confuso el contenido histórico real de la lucha. Pero la declamación del trudovique expresa confusamente las tareas reales de la revolución burguesa, la cual es posible por las condiciones objetivas (es decir, es posible la revolución agraria campesina en la Rusia del siglo XX); mientras que la declamación del Kleinbürger francés de 1848 expresa confusamente las tareas de la revolución socialista, que era imposible en Francia a mediados del siglo pasado. En otras palabras: el derecho al trabajo del obrero francés de mediados del siglo XIX expresaba el anhelo de renovar toda la pequeña producción sobre bases de cooperación, socialismo, etc., y eso era económicamente imposible. El derecho al trabajo del campesino ruso del siglo XX expresa el anhelo de renovar la pequeña producción agrícola sobre tierra nacionalizada, y eso es económicamente del todo posible. En el «derecho al trabajo» del campesino ruso del siglo XX hay, además de una falsa teoría socialista, un contenido burgués real. En el derecho al trabajo del pequeño burgués y del obrero francés de mediados del siglo XIX no hay nada más que una falsa teoría socialista. Esta diferencia es la que pasan por alto muchos de nuestros marxistas.

Y el trudovique mismo muestra el contenido real de su teoría: no irán todos a la tierra, aunque todos «tienen igual derecho». Está claro que a la tierra irán, o en la tierra se asentarán, solo los propietarios. La abolición de la propiedad privada sobre la tierra es la abolición de todos los obstáculos para que los propietarios se instalen en la tierra.

No es de extrañar que, imbuido de una fe abnegada en la revolución campesina y del deseo de servirla, Kiseliov hable con desprecio de los kadetes, de sus deseos de enajenar no toda la tierra, sino una parte, de hacer pagar por la tierra, de entregar el asunto a «instituciones de tierra de función desconocida»; en una palabra, del «parajito desplumado por el Partido de la Libertad Popular» (1950-1951). Tampoco es de extrañar que Struve y sus semejantes tuvieran que odiar a los trudoviques, sobre todo después de la II Duma: mientras el campesino ruso sea trudovique, no podrán prosperar los planes de los kadetes. ¡Y cuando el campesino ruso deje de ser trudovique, entonces desaparecerá definitivamente la diferencia entre kadete y octubrista!

Señalemos brevemente a otros oradores. He aquí al campesino Nechitailo: «Esa gente que está ahíta de sangre, que ha chupado los sesos de los campesinos, los llama ignorantes» (779). Golovín le interrumpe: el terrateniente puede insultar al campesino, pero el mujik… ¿al terrateniente? «Esas tierras que pertenecen al pueblo, nos dicen: compradlas. ¿Acaso somos extranjeros de paso, de Inglaterra, Francia, etc.? Somos pueblo de aquí, ¿por qué motivo hemos de comprar nuestras tierras? Ya las hemos pagado diez veces con sangre, con sudor y con dinero» (780).

He aquí al campesino Kirnósov (de la provincia de Sarátov): «Ahora no hablamos más que de la tierra; de nuevo nos dicen: es sagrada, inviolable. Yo creo que no puede ser que sea inviolable; si el pueblo lo desea, nada puede ser inviolable[126]. (Una voz de la derecha: «¡vaya!».) Cierto: ¡vaya! (Aplausos de la izquierda.) Señores nobles, ¿creen que no sabemos cuándo nos jugaban a las cartas, cuándo nos cambiaban por perros? Lo sabemos, era toda su sagrada, inviolable propiedad… Nos robaron la tierra… Los campesinos que me enviaron dijeron así: la tierra es nuestra, no hemos venido aquí a comprarla, sino a tomarla» (1144)[127].

He aquí al campesino Vasiutin (de la provincia de Járkov): «Vemos aquí, en la persona del señor presidente del Consejo de Ministros, no al ministro de todo el país, sino al ministro de 130 000 terratenientes. Noventa millones de campesinos para él no son nada… Ustedes (dirigiéndose a la derecha) se ocupan de la explotación, arriendan sus tierras por un precio caro y despluman al campesino hasta el último pellejo… Sepan que el pueblo, si el gobierno no satisface sus necesidades, tampoco pedirá su consentimiento, tomará la tierra… Soy ucraniano (cuenta cómo Catalina regaló a Potiomkin una arboleda: 27 000 desiatinas y 2000 campesinos)… Antes la tierra se vendía a 25-50 rublos la desiatina, y ahora la renta del arriendo es de 15-30 rublos por desiatina, y la de la siega, de 35-50 rublos. Esto es un desuello. (Una voz de la derecha: «¿Qué? ¿Desuello?». Risas.) Nada, no se apuren, estén tranquilos (aplausos de la izquierda); yo llamo a esto arrancarle el último pellejo a los campesinos» (643, 39.ª sesión, 16 de mayo).

Un rasgo común a los campesinos trudoviques y a la intelectualidad campesina es la viveza de los recuerdos del derecho de servidumbre. A todos los une un odio que brota a borbotones hacia los terratenientes y hacia el Estado terrateniente. En todos arde una pasión revolucionaria. Unos no piensan en absoluto en el régimen futuro que están construyendo, y tensan sus fuerzas espontáneamente para «quitárselos de encima». Otros pintan utópicamente ese régimen, pero todos odian el compromiso con la vieja Rusia, todos luchan para no dejar piedra sobre piedra del maldito medioevo.

Cuando se comparan los discursos de los campesinos revolucionarios en la segunda Duma y los discursos de los obreros revolucionarios, salta involuntariamente a la vista la siguiente diferencia. En los primeros hay una revolución inmediata inconmensurablemente mayor, una pasión por destruir de inmediato el poder de los terratenientes, por construir de inmediato el nuevo régimen. El campesino arde en deseos de lanzarse ahora mismo contra el enemigo y estrangularlo. En el obrero, la revolución es más abstracta, está como desplazada hacia metas más lejanas. Esta diferencia es perfectamente comprensible y legítima. El campesino realiza ahora, de inmediato, su revolución, la burguesa, sin ver las contradicciones en su interior, sin admitir la idea de tales contradicciones. El obrero socialdemócrata las ve y, proponiéndose fines socialistas mundiales, no puede vincular la suerte del movimiento obrero al desenlace de la revolución burguesa. De esto solo no se deduce que el obrero deba apoyar al liberal en la revolución burguesa. De esto se deduce que el obrero, sin fundirse con ninguna otra clase, debe ayudar con toda su energía al campesino a llevar hasta el fin esta revolución burguesa.