«La “elección” es difícil», dijimos, refiriéndonos, por supuesto, no a una elección subjetiva (qué es lo más deseable), sino al resultado objetivo de la lucha de las fuerzas sociales que deciden la cuestión histórica. Dónde radica, en realidad, la «dificultad» de un resultado favorable para el campesinado, no lo han pensado en absoluto aquellos que hablan del optimismo de mi programa agrario, que vincula la república con la nacionalización. He aquí el razonamiento de Plejánov sobre este tema:

«Lenin soslaya la dificultad del problema con la ayuda de suposiciones optimistas. Es un procedimiento habitual del pensamiento utópico; así, por ejemplo, los anarquistas dicen: “no hace falta ninguna organización coercitiva”, y cuando les objetamos que la ausencia de una organización coercitiva daría a los distintos miembros de la sociedad la posibilidad de perjudicar a dicha sociedad, si tal deseo llegaran a tener, los anarquistas nos responden: “eso no puede ocurrir”. En mi opinión, eso significa soslayar la dificultad del problema mediante suposiciones optimistas. Y esto es lo que hace Lenin. Rodea las posibles consecuencias de la medida que propone con toda una serie de “si…” optimistas. Como prueba aduciré el reproche que Lenin hace a Máslov. En la pág. 23[105] de su folleto dice: “El proyecto de Máslov, en esencia, presupone tácitamente que la reivindicación de nuestro programa político mínimo no se ha realizado por completo, que la autocracia del pueblo no está asegurada, que el ejército permanente no ha sido suprimido, que la elegibilidad de los funcionarios no ha sido introducida, etc. Dicho de otro modo, que nuestra revolución democrática no ha llegado a su fin, al igual que la mayoría de las revoluciones democráticas europeas, que ha sido igual de amputada, tergiversada, ‘obligada a retroceder’, como todas estas últimas. El proyecto de Máslov está especialmente adaptado a una transformación democrática a medias, inconsecuente, incompleta o amputada y ‘desactivada’ por la reacción”. Admitamos que el reproche que le hace a Máslov es fundado, pero la cita aducida muestra que el propio proyecto de Lenin sólo es bueno en el caso de que se cumplan todos los “si…” que él indica. Pero si esos “si…” no se dan, entonces la realización de su proyecto[106] sería perjudicial. Pero nosotros no necesitamos tales proyectos. Nuestro proyecto debe estar herrado en las cuatro patas, es decir, también para el caso de “si…” desfavorables» («Actas» del Congreso de Estocolmo, 44-45).

He reproducido íntegramente este razonamiento, pues muestra con claridad el error de Plejánov. El optimismo que tanto le asustó no ha sido en absoluto comprendido por él. El «optimismo» no consiste en suponer la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, etc., sino en suponer la victoria de la revolución agraria campesina. La verdadera «dificultad» consiste en que en un país que se desarrolla, al menos desde 1861, según el tipo junker-burgués, triunfe la revolución agraria campesina, y si admitimos esta dificultad económica fundamental, es ridículo ver casi anarquismo en las dificultades del democratismo político. Es ridículo olvidar que entre la envergadura de las transformaciones agrarias y la de las políticas no puede dejar de haber una correspondencia, que la transformación económica presupone una superestructura política acorde. El error fundamental de Plejánov en esta cuestión consiste precisamente en no comprender dónde radica la raíz del «optimismo» de nuestro programa agrario común, tanto menchevique como bolchevique.

En efecto, imaginemos concretamente lo que significa, en la Rusia actual, la «revolución agraria campesina» con la confiscación de la propiedad latifundista de la tierra. No cabe duda de que, a lo largo de medio siglo, el capitalismo se ha ido abriendo camino a través de la hacienda latifundista, que, en conjunto y en términos generales, es hoy indiscutiblemente superior a la campesina, no sólo por el nivel de las cosechas (lo que se explica en parte por la mejor calidad de las tierras de los terratenientes), sino también por la difusión de aperos perfeccionados y de rotaciones de cultivos (siembra de hierbas forrajeras)[107]. No cabe duda de que la hacienda latifundista está ligada por miles de hilos no sólo con la burocracia, sino también con la burguesía. La confiscación socava una masa de intereses de la gran burguesía, y la revolución campesina conduce, como justamente señaló Kautsky, también a la bancarrota del Estado, es decir, a lesionar los intereses no sólo de la burguesía rusa, sino de toda la burguesía internacional. Es comprensible que, en semejantes condiciones, la victoria de la revolución campesina, del pequeño burgués, tanto sobre los terratenientes como sobre los grandes burgueses, requiera una coyuntura especialmente favorable, exija suposiciones absolutamente insólitas, «optimistas», desde el punto de vista del filisteo o del historiador filisteo, requiera una envergadura gigantesca de la iniciativa campesina, de la energía revolucionaria, de la conciencia de clase, de la organización, de la riqueza de la creatividad popular. Esto es indiscutible, y las chanzas filisteas de Plejánov al respecto de esta última expresión son un subterfugio barato para esquivar una cuestión seria[108]. Y como la producción mercantil no unifica ni centraliza al campesinado, sino que lo descompone y lo divide, la revolución campesina en un país burgués sólo es realizable bajo la dirección del proletariado, circunstancia que aún predispone más a la burguesía más poderosa del mundo entero contra dicha revolución.

¿Se deduce de esto que los marxistas deben abandonar por completo la idea de la revolución agraria campesina? No, semejante conclusión sería digna tan solo de personas cuya concepción del mundo no es más que una parodia liberal del marxismo. De lo expuesto se deduce solamente, en primer lugar, que el marxismo no puede ligar los destinos del socialismo en Rusia al resultado de la transformación democrático-burguesa; en segundo lugar, que el marxismo debe tener en cuenta ambas posibilidades de la evolución capitalista de la agricultura en Rusia y mostrar claramente al pueblo las condiciones y el significado de cada una de ellas; en tercer lugar, que el marxismo debe luchar resueltamente contra la idea de que es posible una transformación agraria radical en Rusia sin una transformación política radical.

1) Los socialistas revolucionarios, al igual que todos los populistas más o menos consecuentes, no comprenden el carácter burgués de la revolución campesina y vinculan a ella todo su cuasisocialismo. Un resultado favorable de la revolución campesina significaría, en opinión de los populistas, el triunfo del socialismo populista en Rusia. En realidad, semejante resultado sería la quiebra más rápida y más rotunda del socialismo populista (campesino). Cuanto más completa y decidida fuera la victoria de la revolución campesina, tanto más rápidamente se transformaría el campesinado en libres granjeros burgueses que «darían de baja» el «socialismo» populista. Por el contrario, un resultado desfavorable prolongaría por algún tiempo la agonía del socialismo populista, daría la posibilidad de que se mantuviera por cierto tiempo la ilusión de que la crítica de la variante latifundista-burguesa del capitalismo es la crítica del capitalismo en general.

La socialdemocracia, el partido del proletariado, no liga en modo alguno los destinos del socialismo a uno u otro resultado de la revolución burguesa. Ambos resultados significan el desarrollo capitalista y la opresión del proletariado, tanto en la monarquía de los terratenientes con propiedad privada de la tierra, como en la república de los granjeros, incluso con la nacionalización de la tierra. Por eso, sólo un partido incondicionalmente independiente y puramente proletario es el único capaz de defender la causa del socialismo «en cualquier situación en que se hallen las transformaciones agrarias democráticas»[109], como se dice en la parte final de mi programa agrario (esta parte fue incluida en la resolución táctica del Congreso de Estocolmo).

2) Pero el carácter burgués de ambos resultados de la transformación agraria no significa en ningún caso que los socialdemócratas puedan adoptar una actitud indiferente ante la lucha por uno u otro resultado. Los intereses de la clase obrera exigen incondicionalmente que ésta apoye con la máxima energía la revolución campesina y, más aún: que desempeñe en ella el papel dirigente. Luchando por un resultado favorable de la misma, debemos difundir entre las masas la comprensión más clara de lo que significa la persistencia de la vía terrateniente de la evolución agraria, qué calamidades incalculables (derivadas no del capitalismo, sino del insuficiente desarrollo del capitalismo) acarrea ésta para todas las masas trabajadoras. Por otra parte, también debemos explicar el carácter pequeñoburgués de la revolución campesina y la falta de fundamento de las esperanzas «socialistas» depositadas en ella.

En este sentido, nuestro programa —puesto que no ligamos los destinos del socialismo a uno u otro resultado de la transformación burguesa— no puede ser igual para el caso favorable y para el «caso desfavorable». Si Plejánov dijo que no necesitamos proyectos que prevean especialmente uno y otro (y que, por consiguiente, estén construidos con «si…»), lo dijo simplemente sin pensar. Porque precisamente desde su punto de vista, desde el punto de vista de la probabilidad del peor desenlace, o de la necesidad de contar con él, es particularmente necesario dividir el programa en dos partes, tal como figuraban en el mío. Es necesario decir que, dentro de esta vía de desarrollo latifundista-burguesa, el partido obrero defiende tales y cuales medidas, pero al mismo tiempo ayuda con todas sus fuerzas al campesinado a destruir por completo la propiedad latifundista de la tierra y a abrir así la posibilidad de condiciones de desarrollo más amplias y más libres. Sobre este aspecto he hablado detalladamente en el «Informe» (el punto sobre el arriendo, su necesidad en el programa «para el peor caso»; su ausencia en Máslov)[110]. Añadiré tan sólo que justamente ahora, cuando las condiciones inmediatas de la actividad de la socialdemocracia se parecen menos que nunca a las suposiciones optimistas, el error de Plejánov resalta aún con mayor claridad. La Tercera Duma no puede en ningún caso inducirnos a cesar la lucha por la revolución agraria campesina, pero durante un intervalo de tiempo determinado se ve uno obligado a trabajar sobre el terreno de las relaciones agrarias que garantizan la explotación más salvaje por parte de los terratenientes. ¡Precisamente Plejánov, que tanto se preocupaba por el peor caso, se ha quedado sin programa para el peor caso!

3) Una vez que nos planteamos como tarea contribuir a la revolución campesina, hay que tener clara conciencia de la dificultad de la tarea y de la necesidad de una correspondencia entre las transformaciones políticas y las agrarias. De lo contrario, la combinación del «optimismo» agrario (confiscación más municipalización o reparto) con el «pesimismo» político (al estilo de Novosédesk: democratización «en grado comparativo» en el centro) resulta científicamente inconsistente y prácticamente reaccionaria.

Los mencheviques, como a regañadientes, admiten la revolución campesina sin querer presentar clara y nítidamente ante el pueblo toda su fisonomía. En ellos trasluce la idea, expresada con incomparable ingenuidad por el menchevique Ptítsyn en Estocolmo: «Pasarán las convulsiones revolucionarias, la corriente de la vida burguesa retornará a su cauce habitual y, si no estalla una revolución obrera en Occidente, la burguesía en nuestro país ocupará inevitablemente el poder. Esto es algo que el camarada Lenin no puede ni podrá negar» (pág. 91 de las «Actas»). ¡Resulta que el concepto abstracto y mal meditado de revolución burguesa ha eclipsado la cuestión de aquella variante suya que es la revolución campesina! Todo esto no son más que «convulsiones», mientras que lo real es únicamente el «cauce habitual». Resulta difícil expresar de manera más plástica el punto de vista filisteo y la incomprensión de en torno a qué se desarrolla realmente la lucha en nuestra revolución burguesa.

El campesinado no puede realizar la transformación agraria sin eliminar el viejo poder, el ejército permanente y la burocracia, pues todos ellos son los puntales más firmes de la propiedad terrateniente de la tierra, ligados a ella por miles de hilos. Por eso es científicamente inconsistente la idea de una revolución campesina con un democratismo limitado a las instituciones locales, sin una demolición completa de las instituciones centrales. Prácticamente, esta idea es reaccionaria, porque hace el juego al obtusidad pequeñoburguesa y al oportunismo pequeñoburgués, que se imaginan el asunto «a las claras»: ¡hace falta la tierrita, y en cuanto a la política, Dios sabrá! Hay que tomar toda la tierra, pero si hace falta tomar todo el poder, si se puede tomar todo el poder, cómo tomarlo, en esto no piensa el campesino (o no pensaba, hasta que la disolución de las dos Dumas le hizo cavilar). Sumamente reaccionario es, por ello, el punto de vista del «kadete campesinista», el Sr. Pesejónov, quien ya en su «Problema agrario» escribió: «hoy es incomparablemente más necesaria una respuesta concreta sobre el problema agrario que sobre el problema, por ejemplo, de la república» (pág. 114). Y este punto de vista de disparate político (herencia del maestro de asuntos reaccionarios, el Sr. V. V.) se plasmó, como es sabido, en todo el programa y en toda la táctica del partido de los «socialistas populares». En lugar de combatir la estrechez de miras del campesino, que no comprende el vínculo entre el radicalismo agrario y el radicalismo político, los enesy («socialistas populares») se pliegan a su estrechez de miras. Les parece que «así es más práctico», cuando en realidad es precisamente este planteamiento el que condena al fracaso absoluto al programa agrario del campesinado. Es difícil una transformación política radical —no cabe duda—, pero no menos difícil es la transformación agraria; la segunda es imposible si no se vincula con la primera, y el deber de los socialistas no es ocultar esto al campesinado ni echar un velo sobre ello (con frases insuficientemente definidas, semikadetes, acerca del «Estado democrático», como en nuestro programa agrario), sino decirlo todo hasta el final, enseñar a los campesinos que, sin llegar hasta el final en política, no pueden pensar seriamente en la confiscación de la tierra de los terratenientes.

Aquí lo importante no son los «si…» en el programa. Lo importante es señalar que debe haber una correspondencia entre las transformaciones agrarias y las políticas. En lugar de «si…», esa misma idea puede expresarse de otro modo: «el partido explica que el mejor modo de posesión de la tierra en la sociedad burguesa es la abolición de la propiedad privada de la tierra, la nacionalización de la tierra, su paso a propiedad del Estado, y que tal medida no puede ser ni realizada ni acarrear beneficios reales sin un democratismo completo no sólo de las instituciones locales, sino de toda la estructura del Estado, hasta la república, la supresión del ejército permanente, la elegibilidad de los funcionarios por el pueblo, etc.».

Al no haber incluido semejante explicación en nuestro programa agrario, hemos sugerido al pueblo la falsa idea de que la confiscación de la tierra de los terratenientes es posible sin un democratismo completo del poder central. Hemos descendido al nivel de la pequeña burguesía oportunista, es decir, de los «socialistas populares», pues en ambas Dumas resultó que tanto su programa (el proyecto de los 104) como el nuestro limitaban la vinculación de las transformaciones agrarias con el democratismo únicamente a las instituciones locales. Semejante punto de vista es obtusidad filistea, de la cual el 3 de junio de 1907 y la III Duma deberían curar a muchos, y a los socialdemócratas ante todo.