La posición de los derechistas en la cuestión agraria fue expresada mejor que nadie, sin duda, por el conde Bobrinski en su discurso del 29 de marzo de 1907 (18ª sesión de la II Duma). Tras discutir con el sacerdote izquierdista Tijvinski sobre las Sagradas Escrituras y sus preceptos de obedecer a las autoridades, tras recordar «la página más pura, más luminosa de la historia rusa» (1289)[116] –la liberación de los campesinos (hablaremos de esto especialmente más adelante)–, el conde aborda la cuestión agraria «con la visera levantada». «Hace apenas unos 100–150 años, en Europa Occidental, casi en todas partes los campesinos vivían tan pobremente, tan humillados e ignorantes como entre nosotros ahora. Existía la misma comuna que en Rusia, con el reparto por almas, esa típica supervivencia del régimen feudal» (1293). Ahora, continúa el orador, los campesinos de Europa Occidental viven en la abundancia. Cabe preguntarse, ¿qué milagro convirtió al «campesino indigente y humillado en un ciudadano acomodado, respetuoso de sí mismo y de los demás, útil»? «Solo hay una respuesta: este milagro lo obró la propiedad privada campesina, esa propiedad que aquí, a la izquierda, es tan odiada, esa propiedad que nosotros, los derechistas, defenderemos con todas las fuerzas de nuestra razón, con toda la potencia de nuestra sincera convicción, pues sabemos que en la propiedad residen la fuerza y el porvenir de Rusia» (1294). «Desde mediados del siglo pasado, la química agronómica ha hecho descubrimientos asombrosos... en el campo de la nutrición de las plantas, y los campesinos extranjeros –pequeños propietarios a la par (?!) que los grandes– supieron aprovechar estos descubrimientos de la ciencia y, mediante el empleo de fertilizantes artificiales, lograron un aumento aún mayor de las cosechas, y ahora, mientras en nuestro magnífico chernoziom obtenemos 30–35 puds de grano, y a veces ni siquiera recuperamos las semillas, en el extranjero se alcanza año tras año, por término medio, una cosecha de 70 a 120 puds, según el país y las condiciones climáticas. He aquí la solución de la cuestión de la tierra. No es un sueño, no es una fantasía. Es un ejemplo histórico instructivo. Y el campesino ruso no irá» (¡ay, conde, no se fíe!) «tras las huellas de Pugachov y Stenka Razin al grito de "¡Sarýn a la popa!", irá por el único camino certero, por el que han ido todos los pueblos civilizados, por el camino de sus vecinos de Europa Occidental y, en fin, por el camino de nuestros hermanos polacos, por el camino de los campesinos de la Rusia occidental, que ya han comprendido toda la fatalidad de la posesión comunal y de la franja intercalada de parcelas y en algunos lugares ya han comenzado a introducir la economía de granja aislada» (1296). El conde Bobrinski dice a continuación, y lo dice con razón, que «este camino fue señalado en 1861, con la liberación de los campesinos de la dependencia servil». Aconseja no escatimar «decenas de millones» para «crear una clase acomodada de campesinos propietarios». Declara: «he aquí, señores, a grandes rasgos, nuestro programa agrario. No es un programa de promesas electorales y de agitación. No es un programa de ruptura de las normas sociales y jurídicas existentes» (es un programa de expulsión violenta de la faz de la tierra de millones de campesinos), «no es un programa de fantasías peligrosas, sino un programa plenamente realizable» (eso está por ver) «y probado» (lo que es verdad, es verdad). «Y ya es hora de abandonar el sueño de una pretendida originalidad económica del pueblo ruso... Pero, ¿cómo explicarse que proyectos completamente irrealizables, como el proyecto del Grupo del Trabajo y el proyecto del Partido de la Libertad Popular, hayan sido presentados ante una asamblea legislativa seria? Jamás ningún parlamento en el mundo ha oído hablar de expropiar toda la tierra para el fisco, ni de quitarle la tierra a Iván para dársela a Pedro... La aparición de estos proyectos es resultado de la confusión» (¡vaya explicación!)... «Así pues, campesinado ruso, ante ti se abre la elección de dos caminos: un camino es ancho y aparentemente fácil: el camino de la usurpación y la expropiación forzosa, al que se te ha llamado desde aquí. Este camino es seductor al principio, va cuesta abajo, pero termina en el precipicio» (¿para los terratenientes?) «y en la ruina, tanto para el campesinado como para todo el Estado. El otro camino, estrecho y espinoso, va cuesta arriba, pero este camino te conduce a las alturas de la verdad, el derecho y el bienestar firme» (1299).

Como ve el lector, este es el programa gubernamental. Es precisamente el que lleva a la práctica Stolypin con su célebre legislación agraria por el artículo 87. Este mismo programa fue formulado por Purishkévich en sus tesis agrarias (20ª sesión, 2 de abril de 1907, págs. 1532–1533). Este mismo programa fue defendido en partes también por los octubristas, empezando por Sviatopolk-Mirski en el primer día de los debates sobre la cuestión agraria (19 de marzo), y terminando por Kapustin («los campesinos necesitan la tierra en propiedad, no en usufructo, como se propone» – 24ª sesión, 9 de abril de 1907, pág. 1805 – el discurso de Kapustin fue acogido con aplausos de la derecha «y de parte del centro»).

En el programa de los centurias negras y de los octubristas no hay ni asomo de defensa de las formas precapitalistas de economía, por ejemplo, de la glorificación del carácter patriarcal de la agricultura, etc. La defensa de la comuna, que hasta hace muy poco tenía ardientes partidarios entre la alta burocracia y los terratenientes, ha sido sustituida definitivamente por una enconada hostilidad hacia la comuna. Los centurias negras se sitúan plenamente en el terreno del desarrollo capitalista, esbozan un programa indudablemente progresista desde el punto de vista económico, europeo; esto hay que subrayarlo especialmente, porque entre nosotros está muy difundida una visión vulgar y simplista del carácter de la política reaccionaria de los terratenientes. Si los liberales presentan a menudo a los centurias negras como payasos y estúpidos, hay que decir que esta caracterización es mucho más aplicable a los kadetes. Nuestros reaccionarios, en cambio, se distinguen por una claridad extraordinaria de conciencia de clase. Saben perfectamente qué quieren, adónde van, con qué fuerzas cuentan. No hay en ellos la menor sombra de medias tintas ni de indecisión (por lo menos en la II Duma: en la primera hubo «confusión», ¡entre los señores Bobrinski!). En ellos se percibe claramente la vinculación con una clase bien definida, acostumbrada a mandar, que ha valorado correctamente las condiciones para conservar su dominación en el marco capitalista y que defiende sus intereses sin el menor escrúpulo, aunque esto cueste la extinción acelerada, el embrutecimiento, el desalojo de millones de campesinos. El carácter reaccionario del programa de los centurias negras no consiste en el afianzamiento de relaciones u órdenes precapitalistas (en este aspecto, todos los partidos en la época de la II Duma se sitúan ya, en esencia, en el terreno del reconocimiento del capitalismo como un hecho dado), sino en el desarrollo del capitalismo según el tipo junker, para reforzar el poder y los ingresos del terrateniente, para poner un cimiento nuevo, más sólido, bajo el edificio de la autocracia. No hay contradicción entre la palabra y la obra en estos señores: nuestros reaccionarios son también «hombres de acción», como decía Lassalle de los reaccionarios alemanes a diferencia de los liberales.

¿Cuál es la actitud de estos hombres ante la idea de la nacionalización de la tierra? Por ejemplo, ante aquella nacionalización parcial con rescate que exigían los kadetes en la I Duma, manteniendo –al igual que los mencheviques– la propiedad sobre las pequeñas parcelas y creando un fondo estatal de tierras con las tierras restantes. ¿No habrán captado en la idea de la nacionalización la posibilidad de fortalecer la burocracia, de consolidar el poder burgués central contra el proletariado, de restaurar el «feudalismo de Estado» y el «estilo chino»?

Por el contrario, les enfurece toda alusión a la nacionalización de la tierra, y luchan contra ella como si hubieran tomado prestados sus argumentos de Plejánov. He aquí al terrateniente derechista, el noble Vetchinin. «Pienso –decía en la 39ª sesión, el 16 de mayo de 1907– que la cuestión de la expropiación forzosa debe ser resuelta en sentido negativo desde el punto de vista jurídico. Los partidarios de esta opinión olvidan que la violación de los derechos de los propietarios privados es inherente a los Estados que se encuentran en un bajo nivel de desarrollo social y estatal. Basta con que recordemos el período moscovita, cuando a menudo se expropiaban tierras a los propietarios privados a favor del zar y luego se entregaban a los allegados del zar y a los monasterios. ¿Adónde condujo esta actitud del gobierno? Las consecuencias fueron terribles» (619).

¡Vaya emplasto en el que se ha convertido la «restauración de la Rusia moscovita» de Plejánov! Y no sólo Vetchinin entona esta nota. En la I Duma, el terrateniente N. Lvov, que en las elecciones fue kadete, luego se escoró a la derecha y tras la disolución de la I Duma conversó con Stolypin sobre una cartera – este sujeto planteó la cuestión exactamente del mismo modo. «En el proyecto de los 42 –decía sobre el proyecto kadete de la I Duma– sorprende la huella de ese mismo viejo despotismo burocrático que aspira a igualarlo todo» (12ª sesión, 19 de mayo de 1906, págs. 479-480). «Salía en defensa» –muy en el espíritu de Máslov– de las nacionalidades no rusas: «¿cómo someter a ella (a la igualación) a toda Rusia, tanto a la Pequeña Rusia como a Lituania, a Polonia y a la región del Báltico?» (479). Amenazaba: «en San Petersburgo tendrían que crear una enorme cancillería de tierras... mantener en cada rincón todo un estado mayor de funcionarios» (480).

Estos gritos sobre el burocratismo y el reforzamiento de la servidumbre en relación con la idea de la nacionalización –gritos de nuestros municipalistas, copiados fuera de lugar del modelo alemán– constituyen positivamente el motivo fundamental de todos los discursos de la derecha. He aquí al octubrista Shidlovski –contra la expropiación forzosa, acusa a los kadetes de predicar el «reforzamiento de la sujeción» (12ª sesión de la II Duma, 19 de marzo de 1907, pág. 752). He aquí a Shulgín clamando que la propiedad es inviolable, que la expropiación forzosa es «la tumba de la cultura y la civilización» (16ª sesión, 26 de marzo de 1907, pág. 1133). Shulgín se remite –sólo que no dice si es basándose en el «Diario» de Plejánov– a la China del siglo XII, al triste resultado del experimento chino con la nacionalización (pág. 1137). He aquí a Skirmunt en la I Duma: ¡el propietario será el Estado! «otra vez una bendición para la burocracia, El Dorado» (10ª sesión, 16 de mayo de 1906, pág. 410). He aquí al octubrista Tantsov en la II Duma exclamando: «con mucha mayor razón estos reproches (los reproches de feudalismo) pueden ser devueltos al lado izquierdo y al centro. ¿Qué es, en realidad, lo que estos proyectos preparan para los campesinos sino su esclavización por la tierra; sino el mismo derecho de servidumbre, sólo que bajo una forma distinta, en la que los terratenientes serán sustituidos por usureros y funcionarios» (39ª sesión, 16 de mayo de 1907, pág. 653).

Por supuesto, la hipocresía de estos lamentos sobre el burocratismo salta a la vista, pues precisamente los campesinos que exigen la nacionalización han planteado la notable idea de los comités locales de tierras, elegidos por sufragio universal, directo, igual y secreto. Pero los terratenientes de los centurias negras se ven forzados a agarrarse a todo tipo de argumentos contra la nacionalización. El instinto de clase les dicta que la nacionalización en la Rusia del siglo XX está indisolublemente ligada a la república campesina. En otros países, donde por las condiciones objetivas no puede haber una revolución agraria campesina, la cosa es, naturalmente, distinta, por ejemplo, en Alemania, donde los planes nacionalizadores pueden contar con la simpatía de los Kanitz, donde los socialistas no quieren ni oír hablar de la nacionalización, donde el movimiento burgués por la nacionalización se limita al sectarismo intelectual. Para luchar contra la revolución campesina, los derechistas debían presentarse ante los campesinos en el papel de defensores de la propiedad campesina contra la nacionalización. Hemos visto un ejemplo en Bobrinski. He aquí otro en Vetchinin: «Esta cuestión (la de la nacionalización de la tierra) debe, por supuesto, ser resuelta en sentido negativo, ya que no encuentra simpatía ni siquiera en la esfera campesina: ellos desean poseer la tierra en derecho de propiedad, y no en derecho de arriendo» (39ª sesión, pág. 621). Hablar así en nombre de los campesinos sólo podían hacerlo los terratenientes y los ministros. Considero superfluo, vista la notoriedad de este hecho, citar fragmentos de los discursos de los señores Gurko, los Stolypin y héroes semejantes, desviviéndose por la propiedad.

La única excepción entre los derechistas es el cosaco del Térek, Karaúlov, a quien ya hemos mencionado más arriba. Coincidiendo en parte también con el kadete Shingariov, Karaúlov decía que las tropas cosacas son «una enorme comuna agraria» (1363), que «más bien está sujeta a supresión la propiedad privada sobre la tierra» que la comuna, y defendía «una amplia municipalización de la tierra, su conversión en propiedad de distintas regiones» (1367). Al mismo tiempo se quejaba de las trabas de la burocracia, de que «nosotros no somos dueños de nuestro propio bien» (1368). Sobre el significado de estas simpatías cosacas por la municipalización ya hemos hablado más arriba.