¿Qué es nuestra «gran» reforma campesina, la amputación de tierras a los campesinos, el traslado de los campesinos a «arenales», la implantación, con ayuda de la fuerza militar, de fusilamientos y de ejecuciones, de nuevos ordenamientos agrarios? Esto es la primera violencia masiva contra el campesinado en interés del capitalismo naciente en la agricultura. Esto es la «limpieza de tierras» terrateniente para el capitalismo.

¿Qué es la legislación agraria stolypiniana según el artículo 87, ese fomento del saqueo de las comunas por los kulaks, esa demolición de las viejas relaciones agrarias en provecho de un puñado de propietarios acomodados a costa de la rápida ruina de la masa? Esto es el segundo gran paso de violencia masiva contra el campesinado en interés del capitalismo. Esto es la segunda «limpieza de tierras» terrateniente para el capitalismo.

¿Y qué es la nacionalización trudovique de la tierra en la revolución rusa?

Es la «limpieza de tierras» campesina para el capitalismo.

En eso consiste la fuente fundamental de todas las necedades bienintencionadas de nuestros municipalistas: en que no comprenden la base económica de la revolución agraria burguesa en Rusia en las dos formas posibles de esta revolución, la terrateniente-burguesa y la campesino-burguesa. Sin la «limpieza» de las relaciones y ordenamientos agrarios medievales, en parte feudales, en parte asiáticos, no puede producirse la revolución burguesa en la agricultura, pues el capital debe —en el sentido de la necesidad económica debe— crear para sí nuevos ordenamientos agrarios, adaptados a las nuevas condiciones de la libre agricultura mercantil. Esta «limpieza» de la vieja escoria medieval en el terreno de las relaciones agrarias en general y de la vieja propiedad agraria en primer lugar, debe afectar principalmente a las tierras de los terratenientes y a las tierras de adjudicación campesina, pues una y otra propiedad agraria, en su forma actual, están adaptadas a las prestaciones de trabajo, a la herencia de la corvea, a la servidumbre, y no a la libre economía que se desarrolla capitalísticamente. La «limpieza» stolypiniana se sitúa, indudablemente, en la línea del desarrollo capitalista progresivo de Rusia, sólo que esta limpieza está adaptada enteramente a los intereses de los terratenientes: que los campesinos ricos paguen tres veces más caro al banco «campesino» (léase: terrateniente), —y a cambio les daremos la libertad de saquear la comuna, de expropiar violentamente a la masa, de redondear sus parcelas, de expulsar a los campesinos pobres, de socavar las bases mismas de la vida de aldeas enteras, de crear a cualquier precio, a pesar de todo, despreciando la economía y la vida de cualquier número de labradores «ancestrales» de tierras de adjudicación, de crear nuevas parcelas de otrub, base de la nueva agricultura capitalista. Esta línea tiene un indudable sentido económico, expresa correctamente el curso real del desarrollo, tal como debe ser bajo el dominio de los terratenientes que se transforman en junkers.

¿Cuál es, pues, la otra línea, la campesina? O bien es económicamente imposible —y entonces todos los discursos sobre la confiscación por los campesinos de la tierra terrateniente, sobre la revolución agraria campesina, etc., no son más que charlatanería o sueño vacío. O bien es económicamente posible, a condición de la victoria de un elemento de la sociedad burguesa sobre otro elemento de la sociedad burguesa, —y entonces debemos representarnos y mostrar claramente al pueblo las condiciones concretas de este desarrollo, las condiciones de la reconstrucción campesina de las viejas relaciones de propiedad agraria de un modo nuevo, capitalista.

Aquí surge naturalmente la idea: esta línea campesina es el reparto de las tierras terratenientes en propiedad del campesinado. Excelente. Pero para que este reparto en propiedad corresponda realmente a las nuevas condiciones capitalistas de la agricultura, —es necesario que el reparto se produzca a la manera nueva, y no a la antigua. La base del reparto no debe ser la vieja tierra de adjudicación, distribuida entre los campesinos cien años atrás por voluntad de los burgomaestres terratenientes o de los funcionarios del despotismo asiático, —la base deben ser las exigencias de la agricultura libre, mercantil. El reparto, para satisfacer las exigencias del capitalismo, debe ser un reparto entre farmers, y no un reparto entre campesinos «holgazanes», de los cuales la aplastante mayoría cultiva según la rutina, según la tradición, adaptándose a las condiciones patriarcales, y no a las capitalistas. El reparto según las viejas normas, es decir, adaptándose a la vieja propiedad de adjudicación, no será una limpieza de la vieja propiedad agraria, sino su perpetuación; no la liberación del camino para el capitalismo, sino su sobrecarga con una masa de «holgazanes» inadaptados e inadaptables, que no pueden convertirse en farmers. El reparto, para ser progresivo, debe basarse en una nueva selección entre los campesinos-labradores, en una selección que separe a los farmers de la escoria inservible. Y esta nueva selección es precisamente la nacionalización de la tierra, es decir, la abolición completa de la propiedad privada sobre la tierra, la completa libertad de la economía sobre la tierra, la libertad de formación de farmers a partir del viejo campesinado.

Imagínense la economía campesina contemporánea y el carácter de la propiedad de adjudicación, es decir, de la vieja propiedad agraria campesina. «Al estar unidos por la comuna en minúsculas uniones administrativo-fiscales y de propiedad agraria, los campesinos están fragmentados por una masa de divisiones diversas en categorías, en clases según la magnitud de la adjudicación, según las dimensiones de los pagos, etc. Tomemos, por ejemplo, el anuario estadístico del zemstvo de la provincia de Sarátov; el campesinado se divide aquí en las siguientes categorías: donatarios, propietarios, propietarios plenos, campesinos del Estado, campesinos del Estado con posesión comunal, campesinos del Estado con posesión de cuarta parte, campesinos del Estado procedentes de terratenientes, campesinos de la corona, arrendatarios de parcelas del fisco, sin tierra, propietarios ex terratenientes, en usadba de redención, propietarios ex campesinos de la corona, colonos-propietarios, emigrantes, donatarios ex terratenientes, propietarios ex campesinos del Estado, libertos, exentos de impuestos, libres labradores, temporalmente obligados, ex fabriles, etc., y además campesinos adscritos, forasteros, etc.[96] Todas estas categorías se diferencian por la historia de las relaciones agrarias, por la magnitud de las adjudicaciones y de los pagos, etc., etc. Y dentro de las categorías hay una masa de diferencias similares: a veces incluso los campesinos de una misma aldea están divididos en dos categorías completamente distintas: «ex del señor N. N.» y «ex de la señora M. M.». Toda esta abigarrada variedad era natural y necesaria en la Edad Media»[68]. Si el nuevo reparto de las tierras terratenientes se produjera adaptándose a esta propiedad feudal —ya sea en el sentido de complemento hasta una norma única, es decir, el reparto por igual, o en el sentido de alguna proporcionalidad entre lo nuevo y lo viejo, o de cualquier otro modo—, este reparto no sólo no garantizaría la correspondencia de las parcelas repartidas con las exigencias de la agricultura capitalista, sino que, por el contrario, consolidaría una evidente falta de correspondencia. Tal reparto dificultaría la evolución social, ataría lo nuevo a lo viejo, en lugar de liberar lo nuevo de lo viejo. La verdadera liberación es únicamente la nacionalización de la tierra, que permite a los farmers desarrollarse, a la economía farmer constituirse fuera de toda conexión con lo viejo, sin relación alguna con la medieval propiedad de adjudicación.

La evolución capitalista en las tierras medievales de adjudicación del campesinado transcurrió en la Rusia posterior a la reforma de tal modo que los elementos económicos progresivos se liberaban de la influencia determinante de la adjudicación. Por un lado, se liberaban los proletarios, cediendo las adjudicaciones, abandonándolas, dejando las tierras yermas. Por otro lado, se liberaban los propietarios, liberándose mediante la compra y el arriendo de tierra, construyendo una nueva economía a partir de diferentes pedacitos de la vieja propiedad agraria medieval. La tierra en la que cultiva el campesino ruso contemporáneo medianamente acomodado, es decir, aquel que es realmente capaz de transformarse, en caso de un desenlace favorable de la revolución, en un farmer libre, —esta tierra consiste en parte en su propia adjudicación, en parte en la adjudicación arrendada del vecino comunero, en parte, tal vez, en arriendo a largo plazo del fisco, en arriendo anual del terrateniente, en tierra comprada al banco, etc. El capitalismo exige que todas estas diferencias de categorías desaparezcan, que toda economía sobre la tierra se construya exclusivamente de acuerdo con las nuevas condiciones y exigencias del mercado, las exigencias de la agricultura. La nacionalización de la tierra cumple esta exigencia con un método revolucionario-campesino, sacudiendo del pueblo de golpe y por entero toda la podrida hojarasca de todas las formas de propiedad medieval de la tierra. No debe haber ni propiedad terrateniente ni propiedad de adjudicación, debe haber sólo una nueva propiedad agraria libre, —tal es la consigna del campesino radical. Y esta consigna expresa del modo más fiel, más consecuente y decidido los intereses del capitalismo (del cual el campesino radical se protege, por ingenuidad, con la señal de la cruz), los intereses del mayor desarrollo de las fuerzas productivas de la tierra bajo la producción mercantil.

Se puede juzgar por esto el ingenio de Piotr Máslov, ¡para quien toda la diferencia del programa agrario respecto al programa campesino trudovique se reducía a la consolidación de la vieja, medieval, propiedad de adjudicación! La tierra de adjudicación campesina es un gueto en el que se asfixia y del que pugna por salir el campesinado hacia la tierra libre[69]. Y Piotr Máslov, contrariamente a las demandas campesinas de tierra libre, es decir, nacionalizada, perpetúa este gueto, consolida lo viejo, subordina las mejores tierras, confiscadas a los terratenientes y transferidas al uso público, a las condiciones de la vieja propiedad agraria y de la vieja economía. El campesino trudovique es, en la práctica, el más decidido revolucionario burgués; de palabra, un utopista pequeñoburgués que imagina que el «reparto negro» es el punto de partida de la armonía y la fraternidad[70], y no de la agricultura farmer capitalista. Piotr Máslov es, en la práctica, un reaccionario que, por miedo a una Vendée de la futura contrarrevolución, consolida los actuales elementos antirrevolucionarios de la vieja propiedad agraria, perpetuando el gueto campesino; de palabra, en cambio, profiere palabras no meditadas, aprendidas sin sentido, sobre el progreso burgués. Máslov y Cía. no comprendieron en absoluto las condiciones reales del progreso realmente libre-burgués, y no stolypiniano-burgués, de la agricultura rusa.

La diferencia entre el marxismo vulgar de Piotr Máslov y los métodos de investigación que realmente aplicó Marx se puede ver con la mayor claridad en la actitud hacia las utopías pequeñoburguesas de los populistas (y de los eseristas entre ellos). En 1846, Marx desenmascaró implacablemente el filisteísmo del eserista americano Hermann Kriege, que proponía un auténtico reparto negro para América, llamando a este reparto «comunismo». La crítica dialéctica y revolucionaria de Marx desechaba la cáscara de la doctrina filistea y extraía el núcleo sano de los «ataques a la propiedad territorial» y del «movimiento contra la renta». Nuestros marxistas vulgares, en cambio, al criticar el «reparto igualitario», la «socialización de la tierra», el «derecho igual a la tierra», se limitan a refutar la doctrina y con ello manifiestan su obtuso doctrinarismo, que no ve la vida viva de la revolución campesina bajo la doctrina muerta de la teoría populista. Máslov y los mencheviques llevaron este obtuso doctrinarismo, expresado en nuestro programa «municipalizador» de consolidación de la más atrasada propiedad medieval sobre la tierra, hasta el punto de que en nombre del partido socialdemócrata, en la segunda Duma, pudieron decirse cosas verdaderamente vergonzosas: «... Si en la cuestión del modo de enajenación de la tierra nosotros (los socialdemócratas) estamos mucho más cerca de estas (populistas) fracciones que de la fracción de la libertad popular, en la cuestión de las formas de uso de la tierra estamos más lejos de ellas» (47ª sesión, 26 de mayo de 1907, pág. 1230 del acta taquigráfica).

Efectivamente, en la revolución agraria campesina, los mencheviques están más lejos de la nacionalización campesina revolucionaria y más cerca del mantenimiento liberal-terrateniente de la propiedad de adjudicación (y no sólo de la de adjudicación). El mantenimiento de la propiedad de adjudicación es el mantenimiento del atraso, de la opresión, de la servidumbre. ¡Es natural que el terrateniente liberal, soñando con el rescate, se desviva por la propiedad de adjudicación[71]... junto al mantenimiento de una buena parte de la propiedad terrateniente! Y el socialdemócrata, desconcertado por los «municipalizadores», no comprende que el sonido de las palabras desaparece, pero el hecho permanece. El sonido de las palabras sobre la igualdad, la socialización, etc., desaparecerá, pues no puede haber igualdad en la producción mercantil. Pero el hecho permanecerá, es decir, permanecerá la máxima ruptura posible bajo el capitalismo con el viejo orden feudal, con la propiedad medieval de adjudicación, con toda y cualquier rutina y tradición. Cuando se dice: «del reparto igualitario no saldrá nada», el marxista debe comprender que ese «nada» se refiere exclusivamente a las tareas socialistas, exclusivamente a que esto no eliminará el capitalismo. Pero de los intentos de tal reparto, incluso de la idea de tal reparto, saldrá muchísimo en provecho de la revolución democrático-burguesa.

Pues esta revolución puede producirse o bien con el predominio de los terratenientes sobre los campesinos —y esto exige el mantenimiento de la vieja propiedad y su reforma stolypiniana, exclusivamente por la fuerza del rublo. O bien se producirá por el camino de la victoria del campesinado sobre los terratenientes —y esto es imposible, en virtud de las condiciones objetivas de la economía capitalista, sin la destrucción de toda la propiedad medieval sobre la tierra, tanto la terrateniente como la campesina. O bien la reforma agraria stolypiniana, o bien la nacionalización campesino-revolucionaria. Sólo estas soluciones son económicamente reales. Todo lo intermedio, desde la municipalización menchevique hasta el rescate kadete, es estrechez pequeñoburguesa, obtusa deformación de la doctrina, un pobre invento.