En los discursos de los populistas-intelectuales, especialmente de los enesistas, es decir, de los oportunistas del populismo, hay que distinguir dos corrientes: de un lado, la defensa sincera de los intereses de la masa campesina —en este sentido, sus discursos producen, por razones comprensibles, una impresión incomparablemente más débil que los discursos de los campesinos «que no se ocupan de política»; del otro lado, un cierto tufillo kadete, algo pequeñoburgués intelectualoide, un conato de adopción del punto de vista estatalista. De suyo se entiende que en ellos, a diferencia de los campesinos, se advierte una doctrina: no luchan en nombre de las necesidades y calamidades inmediatamente sentidas, sino en nombre de cierta enseñanza, de un sistema de opiniones que refleja tergiversadamente el contenido de la lucha.

«¡La tierra para los trabajadores!», proclama el señor Karaváiev en su 1.º discurso, y caracteriza la legislación agraria stolypiniana según el artículo 87 como «la destrucción de la comuna», como un «objetivo político»: «la formación de una clase especial de burguesía rural».

«Sabemos que, efectivamente, estos campesinos son el primer sostén de la reacción, son un sólido sostén de la burocracia. Pero el gobierno, al hacer estos cálculos, se ha equivocado cruelmente: junto a ellos existirá un proletariado campesino. No sé qué es mejor: si el proletariado campesino o el campesinado actual con poca tierra, el cual, con ciertas medidas, podría obtener una cantidad suficiente de tierra» (722).

Aquí se trasluce un populismo reaccionario al estilo del señor V. V.: ¿«mejor» para quién? ¿para el Estado? ¿para el Estado terrateniente o burgués? ¿Y por qué el proletariado no es «mejor»? ¿Acaso porque el campesinado con poca tierra «podría obtener»..., es decir, podría ser aplacado más fácilmente, pasado al campo del orden más fácilmente que el proletariado? Es lo que resulta de lo dicho por el señor Karaváiev: ¡exactamente como si quisiera aconsejar a Stolypin y Cía. una «garantía» más segura contra la revolución social! Si el señor Karaváiev tuviese razón en el fondo, los marxistas no podrían apoyar la confiscación de las tierras de los terratenientes en Rusia. Pero el señor Karaváiev no tiene razón, pues la «vía» stolypiniana crea más pauperizados que proletarios, al frenar —en comparación con la revolución campesina— el desarrollo del capitalismo. El propio Karaváiev dijo —y dijo con justicia— que la política stolypiniana enriquece (no a los nuevos elementos burgueses, no a los farmers capitalistas, sino) a los terratenientes actuales, que practican una economía semifeudal. En 1895, el precio de la tierra al ser vendida mediante el Banco «Campesino» era de 51 rublos por desiatina, y en 1906, de 126 rublos (Karaváiev, en la 47.ª sesión, 26 de mayo de 1907, pág. 1189). Y los colegas de partido del señor Karaváiev, los señores Volk-Karachevski y Delárov, pusieron de relieve, aún con mayor nitidez, el significado de estas cifras. Delárov mostró que «hasta 1905, durante más de 20 años de su existencia, el Banco Campesino había comprado apenas 7,5 millones de desiatinas»; mientras que del 3 de noviembre de 1905 al 1 de abril de 1907, el banco compró 3,8 millones de desiatinas. En 1900, el precio era de 80 rublos por desiatina; en 1902, de 108; en 1903, antes del movimiento agrario y antes de la revolución rusa, llegó a 109 rublos. Ahora es de 126 rublos. «Mientras toda Rusia sufría una masa de pérdidas a causa de la revolución rusa, los grandes terratenientes rusos amasaban grandes capitales. En ese tiempo pasaron a sus manos más de 60 millones de rublos de dinero del pueblo» (1220, considerando como precio «normal» 109 rublos). Por su parte, el señor Volk-Karachevski lo considera mucho más acertadamente, sin admitir ninguno como precio «normal» y limitándose a constatar que el gobierno pagó a los terratenientes, después del 3 de noviembre de 1905, 52 millones de rublos a cuenta de las tierras compradas por los campesinos y 242 millones de rublos por su propia cuenta, en total, «295 millones de rublos del dinero del pueblo fueron pagados a los nobles terratenientes» (1080. Cursivas siempre nuestras). ¡Esto es, naturalmente, solo una pequeña parte de lo que le cuesta a Rusia la evolución agraria junker-burguesa; tal es el tributo impuesto al crecimiento de las fuerzas productivas en beneficio de los feudales y burócratas! Este tributo a los terratenientes por la liberación del desarrollo de Rusia también lo mantienen los kadetes (el rescate). Por el contrario, una república burguesa de farmers se habría visto obligada a emplear sumas semejantes en el desarrollo de las fuerzas productivas de la agricultura bajo el nuevo régimen[123].

Finalmente, en el activo de los populistas-intelectuales hay que anotar incondicionalmente el que, a diferencia de los Bóbrinski y los Kútler, comprenden el engaño al pueblo en 1861, califican la famosa reforma no de grande, sino de «realizada en interés de los terratenientes» (Karaváiev, 1193). La realidad —decía con justicia el señor Karaváiev refiriéndose a la época posterior a la reforma— «había superado los más sombríos pronósticos» de quienes en 1861 defendían los intereses del campesinado.

Sobre la cuestión de la propiedad campesina de la tierra, el señor Karaváiev contrapuso directamente a las preocupaciones gubernamentales por ella la cuestión de los campesinos: «Señores diputados campesinos, vosotros sois los representantes del pueblo. Vuestra vida es la vida campesina, vuestra conciencia es su conciencia. Cuando partíais, ¿se quejaban vuestros electores de no tener seguridad en la posesión de la tierra? ¿Acaso os fijaron como primera tarea en la Duma, como primera exigencia: "Mirad, consolidar la tierra en propiedad privada, de lo contrario no cumpliréis nuestro mandato"? No, vosotros diréis que no se nos dio semejante mandato» (1185).

Los campesinos no refutaron esta afirmación, sino que la confirmaron con todo el contenido de sus discursos. Y esto, por supuesto, no porque el campesino ruso sea un «comunero», un «anti-propietario» por naturaleza, sino porque las condiciones económicas les dictan ahora la tarea de destruir todas las viejas formas de propiedad agraria para crear una nueva economía.

En el pasivo de los populistas-intelectuales hay que anotar sus altisonantes disquisiciones sobre las «normas» de la tenencia campesina de la tierra. «Pienso que todos estarán de acuerdo en que, para resolver correctamente la cuestión de la tierra —declaraba el señor Karaváiev—, se necesitan los siguientes datos: ante todo, la norma de tierra necesaria para la existencia, la norma de consumo, y para agotar la cantidad total de trabajo, la norma de trabajo. Es necesario conocer con exactitud la cantidad de tierra que poseen los campesinos: esto permitirá calcular cuánta tierra les falta. Luego, hay que saber, ¿cuánta tierra se puede dar?» (1186).

Discrepamos terminantemente de esta opinión. Y afirmamos, basándonos en las declaraciones de los campesinos en la Duma, que aquí hay un elemento de burocratismo intelectualoide, ajeno a los campesinos. Los campesinos no hablan de «normas». Las normas son una invención burocrática, un resabio de la maldita reforma feudal de 1861. Los campesinos, guiados por un certero instinto de clase, ponen el centro de gravedad en la abolición de la propiedad terrateniente, y no en las «normas». No se trata de cuánta tierra «se necesita». «No podéis crear otro globo terrestre», como dijo de forma inigualable el mencionado campesino sin partido. La cuestión está en destruir los opresivos latifundios feudales, que merecen ser destruidos incluso si se alcanzaran las «normas» independientemente de ello. En el intelectual populista la cuestión se desvía hacia la idea de que, si se alcanza la «norma», tal vez no habría que tocar a los terratenientes. Los campesinos no razonan así: «campesinos, echadlos abajo» (a los terratenientes) —decía el campesino Pyanyj (socialista revolucionario) en la II Duma (16.ª sesión, 26 de marzo de 1907, pág. 1101). No hay que echar abajo a los terratenientes porque «no salgan las normas», sino porque el agricultor-patrón no quiere seguir acarreando a esos zánganos y sanguijuelas. Entre un razonamiento y otro hay «una diferencia abismal».

Sin hablar de normas, el campesino, con asombroso sentido práctico, «coge el toro por los cuernos». La cuestión es quién las establecerá. El pope Poyarkov lo expresó espléndidamente en la I Duma. «Se proyecta establecer una norma de tierra por persona —dijo—. ¿Quién establecerá esa norma? Si la establecen los propios campesinos, entonces, por supuesto, no se perjudicarán, pero si junto con los campesinos también los terratenientes van a establecer la norma, todavía está por ver quién impondrá su criterio al elaborarla» (12.ª sesión, 19 de mayo de 1906, pág. 488).

Esto no es dar en el blanco por casualidad, sino que da de lleno en el centro de toda esa palabrería sobre las normas.

En los kadetes, esto no es palabrería, sino una abierta traición a los mujiks en beneficio de los terratenientes. Y el bonachón pope de aldea, el señor Poyarkov, que había visto, evidentemente, a los terratenientes liberales en la práctica, en su propia aldea, captó instintivamente dónde radica aquí la falsedad.

«Además, temen —decía el mismo Poyarkov— ¡que haya muchos funcionarios! ¡Los campesinos se repartirán la tierra ellos mismos!» (488-489). He ahí el quid de la cuestión. Las «normas» huelen realmente a burocratismo. Entre los campesinos es distinto: nos la repartiremos nosotros mismos sobre el terreno. De ahí la idea de los comités locales de tierras, que expresa los justos intereses del campesinado en la revolución y que despierta con razón el odio de los canallas liberales[124]. Al Estado, con semejante plan de nacionalización, solo le queda la determinación de qué tierra puede servir de fondo de colonización o requerir una intervención especial («los bosques y aguas de importancia nacional general», como dice nuestro programa actual), es decir, solo le queda aquello que incluso los «municipalistas» consideran necesario transferir a la gestión del «Estado democrático» (cabría decir: república).

Comparando las disquisiciones sobre las normas con la realidad económica, veremos en el acto que los campesinos son hombres de acción, mientras que los intelectuales populistas son hombres de palabra. La norma «de trabajo» tendría un significado serio en caso de intentar prohibir el trabajo asalariado. La mayoría de los campesinos ya ha arrojado por la borda esos intentos, y los enesistas los han reconocido como imposibles. Siendo así, la cuestión de la «norma» cae por su propio peso y queda el del reparto entre el número dado de agricultores. La norma «de consumo» es la norma de la miseria y, en la sociedad capitalista, el campesinado siempre huirá de esta «norma» hacia las ciudades (sobre esto trataremos en particular más adelante). De modo que también aquí no se trata en absoluto de la «norma» (que, por lo demás, cambia con cada modificación de la cultura y del desarrollo técnico), sino del reparto entre el número efectivo de agricultores, de una «selección» entre los agricultores genuinos, capaces de «cultivar con esmero» la tierra (tanto con trabajo como con capital), y los agricultores inadecuados, a quienes no se puede retener en la agricultura y sería reaccionario intentar retenerlos.

Como un hecho curioso que muestra adónde conducen las teorías populistas de los señores populistas, citemos la referencia del señor Karaváiev a Dinamarca. «Europa, verán ustedes, "ha ido a dar de narices con la propiedad privada", mientras que nuestra comuna "ayuda a resolver la tarea de la cooperación". "Dinamarca es un brillante ejemplo a este respecto"». Ejemplo realmente brillante... contra los populistas. En Dinamarca vemos el más típico campesinado burgués, que concentra tanto el ganado lechero (véase «La cuestión agraria y los "críticos de Marx"», § X[125]) como la tierra. Del total de las explotaciones agrícolas danesas, el 68,3 % posee hasta 1 hartkorn, es decir, aproximadamente hasta 9 desiatinas. A ellas corresponde apenas el 11,1 % de toda la tierra. En el otro polo se encuentra el 12,6 % de las explotaciones con 4 o más hartkorns (36 o más desiatinas); a ellas corresponde el 62 % de toda la tierra (N. S., «Los programas agrarios», ed. «Novi Mir», pág. 7). Sobran los comentarios.

Es interesante señalar que en la I Duma el liberal Herzenstein alardeaba con Dinamarca, mientras que las derechas objetaban (en ambas Dumas): en Dinamarca existe la propiedad campesina. La nacionalización de la tierra es necesaria entre nosotros para dar libertad a las viejas explotaciones, a fin de que se reestructuren en la tierra «deslindada» «al estilo danés», y, en lo que respecta a la conversión del arriendo en propiedad, la cosa no se hará esperar si los propios campesinos lo exigen, pues toda la burguesía y la burocracia apoyarían siempre al campesinado en semejante empresa. Además, con la nacionalización, el desarrollo del capitalismo (el desarrollo «al estilo danés») avanzará más rápido, debido a la abolición de la propiedad privada sobre la tierra.