La envoltura ideológica de la lucha en curso son las teorías del populismo. La abierta intervención de los representantes campesinos de toda Rusia en la I y la II Dumas, con programas agrarios, ha confirmado definitivamente que las teorías y los programas populistas son realmente la envoltura ideológica de la lucha campesina por la tierra.

Hemos mostrado que la base, la principal parte integrante de ese fondo de tierras por el cual luchan los campesinos, son las grandes fincas feudales. Adoptamos una norma de expropiación muy alta: 500 desiatinas. Pero es fácil convencerse de que nuestra conclusión conserva plena vigencia aun rebajando esta norma a, digamos, 100 o 50 desiatinas. Dividamos el grupo c) – 20–500 des. en tres subdivisiones: aa) 20–50 des.; bb) 50–100 y cc) 100–500, y veamos cuáles son las dimensiones de la propiedad de tierras de reparto y privada según estas subdivisiones:

De aquí se desprende, en primer lugar, que la confiscación de las tierras de más de 100 des. aumentará el fondo de tierras, como ya se ha señalado antes, en 9–10 millones de des., y la confiscación de las tierras de más de 50 desiatinas, propuesta por el diputado de la I Duma de Estado Chizhevski, aumentará el fondo de tierras en 18 1/2 millones de des. En consecuencia, la base del fondo de tierras seguirán siendo también en este caso los latifundios feudales. En ellos está el «quid» de la cuestión agraria actual. Es conocida también la vinculación de esta gran propiedad territorial con la alta burocracia: G. A. Aleksinski aportó en la II Duma datos del señor Rubakin acerca de la magnitud de las fincas de los altos funcionarios en Rusia. En segundo lugar, de estos datos se desprende que, incluso deduciendo los lotes de reparto y las fincas de más de 100 des., subsisten grandes diferencias entre los lotes superiores (y las pequeñas fincas). El viraje sorprende al campesinado ya diferenciado tanto por la magnitud de la propiedad territorial como, más aún, por la magnitud del capital, la cantidad de ganado, la cantidad y calidad del inventario muerto, etc. El hecho de que la diferenciación en la esfera de la propiedad no proveniente del reparto, por así decirlo, de los campesinos es mucho más considerable que en la esfera de la propiedad territorial de reparto, está suficientemente demostrado en nuestra literatura económica.

Ahora bien, ¿qué significado tienen las teorías populistas, que reflejan con mayor o menor fidelidad las concepciones de los campesinos sobre su lucha por la tierra? Dos «principios» constituyen la esencia de estas teorías populistas: el «principio del trabajo» y la «igualación». El carácter pequeñoburgués de estos principios es tan claro y ha sido demostrado tan a menudo, tan minuciosamente, en la literatura marxista, que no hace falta hablar de ello aquí. Lo importante es señalar ese rasgo de estos «principios» que los socialdemócratas rusos no han apreciado hasta ahora en su justo valor. En forma nebulosa, estos principios expresan realmente algo real y progresivo en el momento histórico dado. A saber: expresan la lucha exterminadora contra los latifundios feudales.

Fijaos en el esquema anterior de la evolución de nuestro régimen agrario, desde la situación actual hasta la «meta final» del viraje burgués contemporáneo. Veréis claramente que el futuro «entonces» se diferencia del presente «ahora» por una «igualación» incomparablemente mayor de la propiedad territorial, por una correspondencia incomparablemente mayor de la nueva distribución de la tierra con el «principio del trabajo». Y esto no es casual. No puede ser de otra manera en un país campesino cuyo desarrollo burgués lo libera del feudalismo. La supresión de los latifundios feudales es en tal país, indiscutiblemente, una exigencia del desarrollo capitalista. Y esta supresión, bajo el dominio de la pequeña cultura, significa inevitablemente una gran «igualación» de la propiedad territorial. Al demoler los latifundios medievales, el capitalismo empieza por una propiedad territorial más «igualitaria», para crear a partir de ella una nueva gran agricultura, creándola sobre la base del trabajo asalariado, de las máquinas y de una alta técnica agrícola, y no sobre la base de las prestaciones personales y la servidumbre.

El error de todos los populistas consiste en que, limitándose al estrecho horizonte del pequeño propietario, no ven el carácter burgués de las relaciones sociales en las que entra el campesino al salir de las cadenas del feudalismo. Convierten el «principio del trabajo» de la agricultura pequeñoburguesa y la «igualación», como consigna para la derrota de los latifundios feudales, en algo absoluto, autosuficiente, que significa un régimen especial, no burgués.

El error de algunos marxistas consiste en que, al criticar la teoría de los populistas, pasan por alto su contenido históricamente real e históricamente legítimo en la lucha contra el feudalismo. Critican, y critican con razón, el «principio del trabajo» y la «igualación» como socialismo pequeñoburgués atrasado, reaccionario, y olvidan que estas teorías expresan un democratismo pequeñoburgués avanzado, revolucionario, que estas teorías sirven de bandera a la lucha más resuelta contra la vieja Rusia feudal. La idea de la igualdad es la idea más revolucionaria en la lucha contra el viejo orden del absolutismo en general, y contra la vieja propiedad territorial feudal, latifundista, en particular. La idea de la igualdad es legítima y progresiva en el pequeño burgués campesino, en la medida en que expresa la lucha contra la desigualdad feudal, de servidumbre. La idea de la «igualación» de la propiedad territorial es legítima y progresiva, en la medida en que expresa la aspiración de 10 millones de campesinos, sentados sobre un lote de siete desiatinas y arruinados por los terratenientes, a repartirse[41] los latifundios feudales de 2.300 desiatinas. Y en el momento histórico dado, esta idea expresa realmente dicha aspiración, empuja hacia una revolución burguesa consecuente, recubriéndola erróneamente con una fraseología nebulosa y cuasi socialista. Y mal marxista sería aquel que, criticando la falsedad de la cobertura socialista de las consignas burguesas, no supiera apreciar su significado históricamente progresivo como las consignas burguesas más resueltas en la lucha contra el feudalismo. El contenido real de ese viraje que al populista le parece una «socialización», consistirá en el desbroce más consecuente del camino para el capitalismo, en la extirpación más resuelta del feudalismo. El esquema que he presentado más arriba muestra precisamente el máximo en la eliminación del feudalismo y el máximo en la «igualación» que se alcanza con ello. El populista se imagina que esta «igualación» elimina el carácter burgués, cuando en realidad expresa las aspiraciones de la burguesía más radical. Y todo lo que hay en la «igualación» más allá de esto, es humo ideológico, ilusión del pequeño burgués.

El juicio miope y ahistórico de algunos marxistas rusos sobre la importancia de las teorías populistas en la revolución burguesa rusa se explica porque no han reflexionado sobre el significado de la «confiscación» de la propiedad territorial de los terratenientes que ellos defienden. Basta representarse con claridad la base económica de semejante viraje en las condiciones dadas de nuestra propiedad territorial, y comprenderemos no sólo el carácter ilusorio de las teorías del populismo, sino también la verdad de la lucha, limitada por una determinada tarea histórica, la verdad de la lucha contra el feudalismo, que constituye el contenido real de estas teorías ilusorias.