La cuestión de la actitud de la socialdemocracia hacia los partidos burgueses pertenece al número de las llamadas cuestiones «generales» o «teóricas», es decir, que no están vinculadas directamente con alguna tarea práctica determinada que se plantee en el momento dado ante el partido. En contra de la inclusión de tales cuestiones en el orden del día del Congreso de Londres del POSDR libraron una encarnizada lucha los mencheviques y los bundistas, apoyados en este caso, lamentablemente, por Trotski, que no pertenecía a ninguna fracción.

El ala oportunista de nuestro partido, al igual que la de otros partidos socialdemócratas, defendía un orden del día «práctico», «de negocios» para el congreso. Se apartaba de las cuestiones «generales amplias». Olvidaba que, en última instancia, una política ampliamente basada en principios es la única política verdaderamente práctica. Olvidaba que quien aborda cuestiones particulares sin resolver previamente las generales, inevitablemente «tropezará» a cada paso, sin darse cuenta, con estas cuestiones generales. Y tropezar ciegamente con ellas en cada caso particular significa condenar la propia política a las peores vacilaciones y a la falta de principios.

Los bolcheviques, que insistían en la inclusión en el orden del día del congreso de toda una serie de «cuestiones generales», lograron conquistar, con ayuda de los polacos y letones, solo una cuestión: la actitud hacia los partidos burgueses. Y esta cuestión se situó a la cabeza no solo de todas las cuestiones de principio del congreso, sino también de todos los trabajos en general. Así ocurrió y así debía ocurrir precisamente porque la fuente real de casi todas, y absolutamente de todas las divergencias esenciales, de todas las discrepancias en las cuestiones de la política práctica del proletariado en la revolución rusa, era la diferente valoración de nuestra actitud hacia los partidos no proletarios. Desde el comienzo mismo de la revolución rusa se perfilaron en el seno de la socialdemocracia dos puntos de vista fundamentales sobre su carácter y sobre el papel del proletariado en ella. Quien analice las divergencias tácticas en el POSDR sin tocar la diferencia de estos puntos de vista fundamentales, se enredará irremediablemente en minucias y particularidades.

I

Dos corrientes en la socialdemocracia rusa respecto a la valoración de nuestra revolución y las tareas del proletariado en ella se perfilaron plenamente ya a comienzos de 1905 y recibieron una expresión completa, precisa y formalmente reconocida por organizaciones conocidas en la primavera de 1905, en el III Congreso bolchevique del POSDR en Londres y en la conferencia menchevique simultánea en Ginebra. Tanto los bolcheviques como los mencheviques plantearon entonces a debate y aprobaron resoluciones que hoy tienden demasiado a ignorar quienes olvidan la historia de su partido o incluso de su fracción, o quienes desean eludir la clarificación de las fuentes reales de las divergencias de principio. Según el punto de vista de los bolcheviques, al proletariado le incumbe la tarea activa de llevar hasta el fin la revolución democrático-burguesa, de ser su jefe. Esto solo es posible con la condición de que el proletariado logre conducir tras de sí a las masas de la pequeña burguesía democrática, especialmente del campesinado, en la lucha contra la autocracia y contra la burguesía liberal, traicionera. La inevitabilidad de la traición de esta burguesía la deducían los bolcheviques ya entonces, antes de la manifestación abierta del principal partido liberal, el k.-d., de los intereses de clase de la burguesía, que temía el movimiento proletario [65].

Los mencheviques se inclinaban al punto de vista de que en la revolución burguesa el motor y el determinante de su envergadura debía ser la burguesía. El proletariado no puede dirigir la revolución burguesa, debe desempeñar únicamente el papel de oposición extrema, sin aspirar a la conquista del poder. Los mencheviques rechazaban del modo más resuelto la idea de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado.

Entonces, en mayo de 1905 (es decir, exactamente dos años atrás), las divergencias se definían de manera puramente teórica, abstracta, ya que ante nuestro partido no se planteaba ninguna tarea práctica inmediata. Por eso resulta especialmente interesante seguir —como enseñanza para aquellos que gustan de eliminar del orden del día de los congresos las cuestiones abstractas y sustituirlas por otras «prácticas»— cómo se manifestaron concretamente después en la práctica estas divergencias.

Los bolcheviques afirmaban que de los puntos de vista mencheviques se derivaba en la práctica el rebajamiento de las consignas del proletariado revolucionario al nivel de las consignas y la táctica de la burguesía liberal-monárquica. Los mencheviques demostraban apasionadamente en 1905 que solo ellos defendían una política verdaderamente proletaria, mientras que los bolcheviques disolvían el movimiento obrero en la democracia burguesa. Que los mencheviques albergaban los deseos más sinceros en cuanto a una política independiente del proletariado, se desprende de la siguiente tirada sumamente instructiva en una de sus resoluciones de entonces, aprobada por la conferencia menchevique en mayo de 1905: «La socialdemocracia —se dice en esta resolución— seguirá enfrentándose a los hipócritas amigos del pueblo, contra todos aquellos partidos políticos que, enarbolando la bandera liberal y democrática, rehúsan un apoyo real a la lucha revolucionaria del proletariado». Pese a todos estos buenos deseos, las incorrectas teorías tácticas de los mencheviques llevaron en la práctica al sacrificio de la independencia proletaria ante el liberalismo de la burguesía monárquica.

Recordemos en qué cuestiones políticas prácticas se fragmentaron los bolcheviques y los mencheviques a lo largo de estos dos años de revolución. La Duma de Bulyguin en otoño de 1905. Los bolcheviques, por el boicot; los mencheviques, por la participación. La Duma de Witte, lo mismo. La política en la I Duma (verano de 1906): los mencheviques, a favor de la consigna de un ministerio responsable; los bolcheviques, en contra: ellos estaban a favor de un comité ejecutivo de las izquierdas, es decir, de la socialdemocracia y los trudovikí. La disolución de la Duma (julio de 1906): los mencheviques lanzaron la consigna: «por la Duma como órgano de poder que convoque la Asamblea Constituyente»; los bolcheviques rechazan esta deformación liberal de la consigna revolucionaria. Las elecciones a la II Duma (finales de 1906 y comienzos de 1907): los mencheviques, a favor de los «bloques técnicos» con los k.-d. (y Plejánov, a favor de un bloque político con la plataforma: «Duma con plenos poderes»). Los bolcheviques, en contra de los bloques con los k.-d. y a favor de una campaña independiente con la admisión del bloque de izquierdas. Compárense estos importantísimos hechos de la historia de la táctica socialdemócrata en dos años con las divergencias de principio fundamentales expuestas más arriba. Verán enseguida que el análisis teórico general de los bolcheviques ha sido confirmado por los dos años de revolución. La socialdemocracia tuvo que marchar contra el liberalismo traicionero, tuvo que «golpear juntos» con los trudovikí y los populistas: la segunda Duma ha establecido definitivamente este predominio mediante la mayoría de las votaciones en la Duma. Los buenos deseos mencheviques de desenmascarar, como hipócritas amigos del pueblo, a todos los que rehúsan apoyar la lucha revolucionaria del proletariado, resultaron ser el empedrado del infierno de los bloques políticos con los liberales, hasta llegar a la aceptación de sus consignas.

Los bolcheviques predijeron en 1905, sobre la base del análisis teórico, que el punto clave de la táctica de la socialdemocracia en la revolución burguesa es la cuestión de la traición del liberalismo y de las capacidades democráticas del campesinado. Todas las divergencias prácticas posteriores sobre la política del partido obrero giraron precisamente en torno a este punto clave. De las bases incorrectas de la táctica menchevique se desarrolló realmente, de manera histórica, una política de dependencia respecto a los liberales.

Antes del Congreso de unificación de Estocolmo de 1906, los bolcheviques y los mencheviques presentaron dos resoluciones esencialmente distintas sobre los partidos burgueses. Los bolcheviques en su resolución desarrollaban por entero la idea fundamental de la traición del liberalismo y de la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado, ofreciendo solo nuevas ilustraciones de esta idea con hechos y acontecimientos posteriores al período de octubre (la escisión de los octubristas y los kadetes; la formación de la Unión Campesina y de las uniones radicales de intelectuales, etc.). Al analizar el contenido de clase de los tipos fundamentales de los distintos partidos burgueses, los bolcheviques inscribían, por así decirlo, datos concretos en el marco de su viejo esquema abstracto. Los mencheviques se negaron, en la resolución para el Congreso de Estocolmo, a dar un análisis del contenido de clase de los diferentes partidos, alegando su carácter insuficientemente «estable». En esencia, esto era una evasiva a una respuesta de fondo. Y esta evasiva se expresó con pleno relieve en el hecho de que los mencheviques, vencedores en el Congreso de Estocolmo, retiraron ellos mismos su resolución sobre la actitud hacia los partidos burgueses en Rusia. En la primavera de 1905, los mencheviques proponen en una resolución desenmascarar como hipócritas amigos del pueblo a todos los liberales y demócratas que rehúsan apoyar la lucha revolucionaria del proletariado. En la primavera de 1906, no son los mencheviques, sino los bolcheviques quienes en una resolución hablan de la hipocresía de un determinado partido liberal, precisamente los k.-d., mientras que los mencheviques prefieren dejar la cuestión abierta. En la primavera de 1907, en el Congreso de Londres, el menchevismo se desenmascara aún más: la vieja exigencia de que los liberales y demócratas apoyaran la lucha revolucionaria del proletariado es arrojada por completo por la borda. La resolución menchevique (véase su proyecto en «Narodnaya Duma» de 1907, núm. 12, documento sumamente importante) predica directa y francamente el «combinar», es decir, la concertación, hablando en ruso, ¡¡de las acciones del proletariado y de la democracia burguesa en general!!

De escalón en escalón. Buenas intenciones de socialista y mala teoría en 1905. Ninguna teoría y ninguna intención en 1906. Ninguna teoría y una política abiertamente oportunista en 1907. La «concertación» de la política socialdemócrata con la política liberal-burguesa: tal es la última palabra del menchevismo. No podía ser de otra manera después de los bloques con los k.-d., de la votación a favor de Golovín, de las consultas privadas con los kadetes, de los intentos de eliminar la confiscación de la tierra terrateniente del número de nuestras reivindicaciones obligatorias y demás perlas de la política menchevique.

En el Congreso de Londres, el fracaso de la política menchevique respecto al liberalismo fue el más completo. Los mencheviques ni siquiera se atrevieron a presentar su primera resolución, publicada en «Narodnaya Duma» (núm. 12). La retiraron sin siquiera defenderla en la comisión, donde había 15 representantes de las cinco fracciones del congreso (4 bolcheviques, 4 mencheviques, 2 polacos, 2 letones, 3 bundistas). Probablemente, la consigna de «combinar», de concertar la política socialista con la liberal, repelió no solo a los bundistas, sino incluso a muchos mencheviques. Los mencheviques se presentaron en la comisión «limpiados»: escribieron una nueva resolución, eliminando por completo lo de «combinar». En lugar de «combinar», insertaron la utilización por el proletariado de otros partidos para sus fines, el reconocimiento de la instauración de la república como tarea política del proletariado, etc. Pero nada ayudó. Demasiado claro estaba para todos que este vistoso uniforme había sido pintado adrede de colores vivos para encubrir esa misma política de «combinación». La conclusión práctica de la resolución seguía siendo la misma: «entablar en casos determinados, particulares, acuerdos con esos partidos (tanto con los liberales como con los populistas)». ¡Solo cuatro de los 15 miembros de la comisión aceptaron tomar semejante resolución como base, es decir, únicamente los mencheviques! No podía haber una derrota más completa de la política menchevique como tal. La resolución de los bolcheviques fue tomada como base en el congreso y luego aprobada en su totalidad, tras enmiendas no sustanciales, por 158-163 votos contra algo más de cien (106 en un caso) y 10-20 abstenciones. Pero antes de pasar al examen de las ideas fundamentales de esta resolución y del significado de las enmiendas presentadas por los mencheviques, detengámonos aún en un episodio no carente de interés durante el debate de la resolución en la comisión.

A la comisión no se presentaron dos, sino tres proyectos de resolución: el bolchevique, el menchevique y el polaco. Los polacos coincidían con los bolcheviques en las ideas fundamentales, pero rechazaban nuestro tipo de resolución con el análisis de cada grupo particular de partidos. A los polacos eso les parecía literaturismo; consideraban nuestra resolución como pesada. Su proyecto lo construyeron sobre una breve formulación de dos principios generales de la política proletaria respecto a los partidos burgueses: 1) separación clasista del proletariado respecto a todos los demás partidos en nombre de sus tareas socialistas, por muy revolucionarios e incluso republicanos resueltos que fueran esos otros partidos; 2) unión con los partidos laboristas contra la autocracia y contra el liberalismo traidor.

Es indiscutible que estos dos pensamientos esenciales de la resolución polaca captan magníficamente la médula misma de la cuestión. Es indiscutible también que resulta atractivo el plan de dar una directiva breve y precisa para el proletariado de todas las nacionalidades de Rusia, sin disquisiciones «sociológicas» sobre los tipos de partidos. Pero, no obstante, la experiencia demostró que sobre la base de la resolución polaca el congreso en cuestión no podría llegar a una solución completa, clara y definida del problema. Para rechazar el menchevismo, era necesario precisar con todo detalle los puntos de vista positivos de la socialdemocracia sobre los distintos partidos, pues de lo contrario quedaba terreno para ambigüedades.

Los mencheviques y los bundistas se aferraron de inmediato en la comisión a la resolución polaca precisamente para aprovechar ese terreno. La comisión tomó como base el proyecto polaco por siete votos (4 mencheviques, 2 polacos, 1 bundista) contra siete (4 bolcheviques, 2 letones, 1 bundista; el decimoquinto miembro de la comisión se abstuvo o estaba ausente). A continuación, la comisión empezó a añadirle al proyecto polaco tales «enmiendas» que lo desfiguraron hasta hacerlo irreconocible. Se aprobó incluso una enmienda sobre la admisibilidad de acuerdos «técnicos» con los liberales. Es natural que los polacos retiraran entonces su proyecto, mutilado por los mencheviques. Resultó que, aparte de los polacos, ni los bundistas ni los mencheviques estaban de acuerdo en presentar ese proyecto al congreso. Todo el trabajo de la comisión resultó baldío, y el congreso tuvo que votar directamente la toma como base del proyecto bolchevique.

Cabe preguntar ahora, ¿cuál es el significado de principio de la adopción por el congreso de este proyecto como base? ¿En torno a qué puntos fundamentales de la táctica proletaria se agrupó el congreso en torno a este proyecto y rechazó el menchevique?

Leyendo atentamente ambos proyectos, es fácil captar dos puntos fundamentales de ese tipo. En primer lugar, la resolución bolchevique realiza de hecho la crítica socialista de los partidos no proletarios. En segundo lugar, esta resolución define con precisión la táctica del proletariado en la presente revolución, llenando el concepto de «jefe» de la revolución de un contenido concreto completamente claro, indicando con quién se puede y se debe «golpear juntos», a quién se debe golpear y en qué condiciones exactamente.

El pecado fundamental de la resolución menchevique consiste precisamente en que no da ni lo uno ni lo otro, abriendo con ese vacío de par en par las puertas al oportunismo, es decir, en última instancia, a la sustitución de la política socialdemócrata por la política liberal. En efecto: véase la crítica socialista de los partidos no proletarios en los mencheviques. Esta crítica se reduce a la siguiente tesis: «las condiciones socioeconómicas y la coyuntura histórica en las que se realiza esta (es decir, nuestra) revolución frenan el desarrollo del movimiento democrático-burgués, engendrando en un polo la irresolución en la lucha e ilusiones de una liquidación pacífica constitucional del viejo orden, y en el otro, ilusiones de revolucionarismo pequeñoburgués y de utopías agrarias».

En primer lugar, estamos ante una resolución sobre los partidos sin mención de los partidos. En segundo lugar, ante una resolución que no ofrece un análisis del contenido de clase de los distintos «polos» de la democracia burguesa. En tercer lugar, en esta resolución no hay ni el menor atisbo de definición de cuál debe ser la actitud de las distintas clases hacia «nuestra revolución». Conjugando todos estos defectos, hay que decir que en la resolución ha desaparecido la doctrina marxista de la lucha de clases.

No son los intereses radicales de las distintas clases de la sociedad capitalista los que engendran los diferentes tipos de partidos burgueses; no son los intereses de clase los que engendran ilusiones pacíficas o «tendencias conciliadoras» en unos, y «revolucionarismo» en otros. No. Son unas desconocidas condiciones socioeconómicas y una coyuntura histórica las que frenan el desarrollo del movimiento democrático-burgués en general. Resulta que la conciliación del capital y el revolucionarismo del mujik no derivan de la posición de la burguesía y del campesinado en la sociedad capitalista que se emancipa de la servidumbre, sino de unas condiciones y una coyuntura de toda «nuestra revolución» en general. El punto siguiente dice incluso que «estas tendencias negativas que frenan el desarrollo de la revolución» se manifiestan con especial fuerza «en el presente momento de calma temporal».

Esta es una teoría no marxista, sino liberal, que busca las raíces de las distintas tendencias sociales fuera de los intereses de las diferentes clases. Esta es una resolución no socialista, sino de izquierda kadete; se censuran los extremos de ambos polos, se censura el oportunismo de los kadetes y el revolucionarismo de los populistas, y con ello de hecho se ensalza algo intermedio entre unos y otros. Involuntariamente surge la idea: ¿no estamos acaso ante los enesistas, que buscan el justo medio entre los k.-d. y los socialrevolucionarios?

Si nuestros mencheviques no se hubieran desviado de la teoría de Marx sobre la lucha de clases, habrían comprendido que la diferente posición de clase de la burguesía y del campesinado en la lucha contra el «viejo orden» explica los diferentes tipos de partidos: los liberales, por un lado, y los populistas, por el otro. El que todos los partidos, grupos y organizaciones políticas, variadísimos y diversos, que en tan extraordinaria abundancia surgieron en el curso de la revolución rusa, gravitaron siempre e invariablemente (exceptuando los partidos reaccionarios y el partido del proletariado) hacia estos dos tipos precisamente, es algo que no admite duda ni requiere prueba. Limitándonos a señalar los «dos polos» de un movimiento democrático-burgués único, no ofrecemos más que un lugar común. En todo y siempre se pueden señalar dos «extremos», dos polos. En cualquier movimiento social medianamente amplio hay invariablemente tales «polos» y un término medio más o menos «áureo». Caracterizar así a la democracia burguesa equivale a reducir la tesis marxista a una frase huera, en lugar de aplicar esta tesis al análisis de las raíces de clase de los distintos tipos de partidos en Rusia. No hay crítica socialista de los partidos burgueses en los mencheviques, ya que llamar democrático-burgueses a todos los partidos opositores no proletarios no significa en absoluto hacer una crítica socialista. Si ustedes no han mostrado qué intereses de clase y cuáles son precisamente los intereses predominantes en el momento actual los que determinan la esencia de los distintos partidos y de su política, entonces de hecho no han aplicado el marxismo, de hecho han tirado por la borda la teoría de la lucha de clases. La palabra «democrático-burgués» resulta en ustedes, entonces, no más que una expresión platónica de respeto al marxismo, pues el uso que hacen de esta palabra no va acompañado de la reducción de tal o cual tipo de liberalismo o de democratismo a tales o cuales intereses egoístas de determinadas capas de la burguesía. No es de extrañar que nuestros liberales, desde el partido de las reformas democráticas y los kadetes hasta los apartidistas sin título de «Továrishch», al ver semejante aplicación del marxismo por los mencheviques, recojan con entusiasmo las «ideas» sobre el perjuicio de los extremos del oportunismo y del revolucionarismo en la democracia... ¡pues esto no es una idea, sino un trillado lugar común! En realidad, ¡no es la palabra «democracia burguesa» lo que asusta a los liberales! Lo que les asusta es que se desenmascare ante el pueblo a qué intereses materiales de qué clases poseedoras concretas se reducen sus programas y sus frases liberales. En esto está la esencia, y no en la palabra «democracia burguesa». No aplica la doctrina de la lucha de clases quien constantemente se escuda, como con la señal de la cruz, con la palabra «democracia burguesa», sino quien muestra en la práctica en qué se manifiesta concretamente el carácter burgués de un partido dado.

Si el concepto de «democracia burguesa» sirve únicamente para condenar los extremos tanto del oportunismo como del revolucionarismo, entonces este concepto rebaja la doctrina marxista al nivel de una frase liberal adocenada. Al liberal no le asusta tal empleo de este concepto, pues, repetimos, no le asusta la palabra, sino los hechos. Él puede aceptar un término que le es desagradable y que «huele a marxismo». Pero aceptar la idea de que él, el kadete, expresa los intereses del burgués que vende la revolución por esto y lo otro, esto no lo hará ni un liberal ni un «intelectual» bernsteiniano de «Továrishch». Precisamente porque al aplicar el marxismo los mencheviques lo rebajan al nivel de una frase vacía, que nada dice y a nada obliga, precisamente por eso los sin título, los Prokopóvich, los Kusková, los kadetes y demás se agarran con las dos manos al apoyo del menchevismo. El marxismo menchevique es un marxismo remodelado a la medida del liberalismo burgués.

Así pues, el primer pecado fundamental de la posición menchevique en esta cuestión consiste en que, de hecho, el menchevismo no ofrece una crítica socialista de los partidos no proletarios. De hecho, se aparta del terreno de la doctrina marxista de la lucha de clases. El Congreso de Londres puso fin a esta deformación de la política y la teoría socialdemócratas. El segundo pecado fundamental: el menchevismo, de hecho, no reconoce una política independiente del proletariado en la presente revolución, no le indica una táctica definida. Evita los extremos del oportunismo y del revolucionarismo: he aquí un mandamiento del menchevismo que se desprende de su resolución. Concierta acuerdos de vez en cuando con los liberales y los demócratas: he aquí otro mandamiento. Combina (concierta) tu política con la liberal y la democrática: tal es el tercer mandamiento, expresado en «Narodnaya Duma» y en la resolución menchevique de entonces. Eliminen de aquí cuanto quieran la mención del tercer mandamiento; añadan deseos y exigencias: «la política proletaria debe ser independiente», añadan la exigencia de la república (como hicieron los mencheviques en el Congreso de Londres), con ello no eliminarán en lo más mínimo el segundo pecado fundamental del menchevismo. La independencia de la política proletaria no se determina por el hecho de que se inscriba la palabra «independiente» en el lugar correspondiente, ni por el hecho de que se incluya la mención de la república; se determina únicamente por una indicación precisa de una vía realmente independiente. Y esto el menchevismo no lo da.

De hecho, por la correlación objetiva de clases y de fuerzas sociales, se desarrolla ante nosotros la lucha de dos tendencias: el liberalismo aspira a poner fin a la revolución; el proletariado, a llevarla hasta el fin. Si el proletariado, en estas condiciones, no es consciente de esta tendencia del liberalismo, no es consciente de su tarea de luchar directamente contra él, no lucha por liberar al campesinado democrático de la influencia del liberalismo, entonces, de hecho, la política del proletariado no es independiente. Los mencheviques precisamente legalizan esta política, de hecho no independiente: tal es el significado de admitir acuerdos de caso en caso sin definir la línea de estos acuerdos, sin definir la principal línea de demarcación que separa las dos tácticas en nuestra revolución. «Acuerdo de caso en caso»: esta fórmula encubre de hecho tanto el bloque con los k.-d., como la «Duma con plenos poderes» y el ministerio responsable, es decir, toda la política de dependencia efectiva del partido obrero respecto del liberalismo. En la coyuntura histórica dada, no cabe hablar siquiera de una política independiente del partido obrero si este partido no se plantea como su tarea directa la lucha por llevar la revolución hasta el fin, no solo contra la autocracia, sino también contra el liberalismo, la lucha contra el liberalismo por la influencia sobre el campesinado democrático. La coyuntura histórica de la revolución burguesa en Europa a comienzos del siglo XX es tal que cualquier otra política de la socialdemocracia se reducirá de hecho a la subordinación a la política liberal.

La aprobación de la resolución bolchevique sobre los partidos no proletarios por el Congreso de Londres significa el rechazo resuelto por el partido obrero de toda desviación de la lucha de clases; el reconocimiento, de hecho, de la crítica socialista de los partidos no proletarios y de las tareas revolucionarias independientes del proletariado en la presente revolución.

El rechazo de las enmiendas mencheviques a la resolución subrayó aún más esto.

II

Cuando el proyecto bolchevique de resolución sobre la actitud hacia los partidos burgueses fue tomado como base por el congreso, por parte de mencheviques y bundistas cayó toda una lluvia de enmiendas. El número total de enmiendas se determinaba en algunas declaraciones de protesta presentadas a la mesa del congreso en 70 o más. No voy a describir aquí las peripecias de la lucha por poner fin a esta obstrucción, que dejó muy atrás las famosas 22 enmiendas de Akímov en el segundo congreso {182}; no voy a enumerar la multitud de enmiendas completamente vanas y minúsculas. Mencionaré solo cinco enmiendas que tenían una importancia de principio verdaderamente extraordinaria. He aquí estas enmiendas en el orden de su discusión en el congreso.

El punto tercero de los considerandos de nuestra resolución habla directamente de la tarea del proletariado de «desempeñar el papel de jefe en la revolución democrático-burguesa». Los mencheviques presentaron enmiendas: sustituir la palabra «jefe» por la palabra «vanguardia», «destacamento de vanguardia» o las palabras «motor principal». Todas estas enmiendas fueron rechazadas. Repetir cuantas veces se quiera lo de preservar la plena independencia clasista del proletariado: contra esto los bolcheviques nada tenían. Pero atenuar la indicación del papel de jefe en la revolución equivalía a abrir las puertas al oportunismo. El proletariado puede ser «motor principal» también en una revolución burguesa mutilada por los terratenientes. Se puede ser motor principal de la victoria de otra clase sin saber defender los intereses de la propia clase. La socialdemocracia revolucionaria, si no se traiciona a sí misma, no tiene derecho a limitarse a esto. Debe ayudar al proletariado a elevarse del papel pasivo de motor principal al papel activo de jefe, de la situación dependiente de luchador por una libertad mutilada a la situación más independiente de luchador por una libertad plena, ventajosa para la clase obrera. En esto radica, puede decirse, la clave de la diferencia entre la táctica oportunista y la táctica revolucionaria de la socialdemocracia en la revolución burguesa: la primera táctica se aviene al papel del proletariado como motor principal, mientras que la segunda táctica está orientada a que este realice el papel de jefe, y no meramente de «motor».

La expresión «destacamento de vanguardia» también atenuaría el reconocimiento de la tarea del proletariado de dirigir a otras clases democráticas o, por lo menos, podría ser interpretada como tal atenuación.

Segunda enmienda: eliminar del tercer punto de la parte propiamente resolutiva (caracterización de los partidos liberales) la indicación sobre el engaño de la pequeña burguesía democrática por los liberales. Suprimir o modificar esto es necesario en nombre del marxismo, decían los mencheviques, pues es indigno de materialistas explicar mediante «engaños» la composición social de los partidos. El sofisma de este razonamiento era demasiado burdo para que el congreso pudiera morder el anzuelo. Negar en nombre del marxismo el papel del engaño en la política de la burguesía, es tanto como negar toda violencia en nombre del «factor económico». Solo los David, Vollmar y demás puntales del oportunismo entienden así el marxismo. Y en particular, negar o intentar atenuar el papel del engaño en la actual política de los kadetes respecto a los campesinos y a la pequeña burguesía urbana en Rusia significa maquillar el liberalismo, tergiversando los hechos en su favor. Pues el engaño directo por los kadetes de sus electores campesinos y pequeñoburgueses es el hecho más indiscutible. Es inoportuno hablar de engaño de un partido a sus electores cuando los intereses de clase engendran determinadas ilusiones teóricas, es decir, representaciones engañosas (por ejemplo, cuando los intereses del campesinado engendran esperanzas ilusorias de todos los bienes derivados de la expropiación de la tierra terrateniente). Es obligatorio hablar abiertamente y en voz alta sobre el engaño de ciertas capas del pueblo por sus representantes parlamentarios, cuando estos representantes sacrifican los intereses directos de esas capas a sus explotadores (como cuando se entregan los campesinos a los terratenientes, etc.). La burguesía alemana traicionó a los campesinos, escribía Marx en 1848 {183}. Si nosotros, en Rusia en 1907, no nos atrevemos a decir esto de nuestra burguesía y de nuestros kadetes, si no sabemos demostrarlo a la masa del pueblo, entonces estaremos pisoteando en el fango el gran título de socialdemócratas.

Tercera enmienda: reconocer, como adición a este mismo tercer punto, la admisibilidad de «acuerdos técnicos» con los k.-d. Esta enmienda fue rechazada mediante votación nominal del congreso. Nosotros declaramos que su aprobación nos obligaría a retirar toda la resolución: es nuestro derecho, si las enmiendas deforman la idea fundamental de la resolución. No decimos nada —declaramos— sobre una prohibición especial de todo acuerdo con los k.-d. No se trata de prohibir o permitir casos excepcionales, sino de la línea política general. Quien quiera aplicar honradamente la presente resolución del congreso, no se embarcará en acuerdos electorales con los k.-d. ni en consignas comunes con ellos, aunque la posibilidad de algún «caso» de votación conjunta en la Duma no quede excluida por ello. En cuanto a los ejecutores deshonestos de la resolución del congreso, sería en general inútil intentar «cazarlos» con una u otra formulación. En la práctica, todo nuestro partido ha conocido demasiado bien lo que significan los «acuerdos técnicos» con los liberales para nuestros mencheviques.

Cuarta enmienda: añadir al cuarto punto la indicación de la necesidad de luchar contra el utopismo agrario y el revolucionarismo de los populistas. Fue presentada por los mencheviques varias veces, con continuos cambios de palabras sueltas en el texto de la enmienda o en la determinación del lugar de su inclusión en la resolución. El congreso rechazó todas estas enmiendas. Los debates en torno a estas enmiendas tuvieron, sin duda, un significado de principio. Los mencheviques intentaban de nuevo, bajo la bandera del marxismo, hacer pasar algo profundamente hostil al marxismo. No cabe duda de que el marxismo rechaza tanto las utopías agrarias de los populistas como los procedimientos del revolucionarismo pequeñoburgués. Si es así —razonaban los mencheviques—, díganlo entonces aquí, en su resolución. —Discúlpenos, queridos camaradas —les respondíamos nosotros—, aquí ya está dicho todo eso precisamente como debe decirse. Su añadido, en cambio, independientemente de su voluntad y conciencia, adquiere el significado de un ataque contra la confiscación de la tierra de los terratenientes. No hemos olvidado que precisamente esta confiscación la declaran «utopismo» y «revolucionarismo» no solo todos los liberales, sino también muchos socialdemócratas no adscritos à la señores Prokopóvich, Kusková y algunos (por fortuna, pocos) socialdemócratas del partido que propusieron tanto a la fracción socialdemócrata en la Duma como al Comité Central del partido no insistir de manera ultimativa en la confiscación.

La resolución debe estar redactada de tal modo que sea imposible no entenderla. Debe tener en cuenta todas las tendencias políticas presentes en la política real, y no las buenas intenciones de tal o cual sector de la socialdemocracia (aun admitiendo siempre las mejores intenciones). El «pseudosocialismo» de los populistas lo hemos reconocido en nuestra resolución de manera directa y clara. Su ideología «socialista» es calificada en ella directamente de simple «niebla». La lucha contra el hecho de que ellos encubran la contraposición de clase entre el proletario y el pequeño propietario es declarada un deber incondicional de la socialdemocracia. Con esto está dicho todo, con esto está condenado ya el elemento realmente utópico del populismo, con esto queda condenado también el revolucionarismo «por encima de las clases» pequeñoburgués. Y no solo eso. En nuestra resolución no hay solo una condena, no hay solo una negación, sino también la indicación del contenido positivo de los partidos en cuestión. «La lucha contra la posesión terrateniente de la tierra y el Estado feudal», así está definido en ella ese contenido. Y no es marxista quien lo olvidara a causa de la lucha contra la «niebla» del socialismo pequeñoburgués. Este contenido real tiene en la revolución actual una importancia inconmensurablemente mayor que las nebulosas ensoñaciones de los populistas sobre el día de mañana. A causa de esta lucha real divergen hoy cardinalmente la política liberal y la política proletaria. La política liberal considera una utopía y un vano revolucionarismo la completa abolición de la posesión terrateniente de la tierra y del Estado feudal: semejante destrucción es desventajosa y peligrosa para la burguesía. En la política real de nuestros días, es precisamente este interés egoísta de clase de la burguesía, y no otra cosa, lo que se expresa en los ataques contra el utopismo y el revolucionarismo de los populistas. Por el contrario, la política proletaria separa el utopismo, el revolucionarismo y, en general, la niebla de las ensoñaciones «igualitarias» del socialismo no clasista, de la realidad de la lucha resuelta contra los terratenientes y los señores feudales. Lo que para los liberales es una utopía perjudicial, para nosotros es el interés más vital del proletariado en el momento actual: la derrota completa de la posesión terrateniente de la tierra y del Estado feudal. Sobre este terreno debemos librar ahora la más encarnizada lucha directamente práctica contra el liberalismo, la lucha por liberar de su influencia al campesinado democrático.

Las enmiendas mencheviques examinadas reflejaban uno de los errores más difundidos del menchevismo: equiparar el carácter reaccionario de la burguesía en la presente revolución (es decir, reaccionaria en la lucha contra los terratenientes y la autocracia) con el carácter reaccionario del campesinado (cuando este carácter reaccionario no se refiere a la lucha contra los terratenientes y la autocracia, sino a la lucha contra el capital, es decir, a las tareas no de la presente revolución burguesa, sino de la futura revolución socialista). Este error de raíz de los mencheviques fue rechazado por el congreso. Y la importancia práctica de este error es grande, pues con él se encubría una política que admitía por igual las acciones conjuntas del proletariado con los liberales y con la democracia campesina.

La última enmienda menchevique de interés general se refería también al cuarto punto, concretamente a su final. Los mencheviques propusieron eliminar de ahí la indicación sobre la lucha contra los k.-d. («… ponerse del lado de la socialdemocracia contra los centurias negras y los k.-d.»). Para hacer esta enmienda, absolutamente inaceptable para el congreso en cuestión, siquiera un poco aceptable en apariencia, propusieron sustituir esas palabras, que les resultaban desagradables, por la indicación de la lucha por llevar la revolución democrática hasta el fin. Era una peculiar tentativa de «dorar la píldora», de hacer pasar una política inaceptable para los bolcheviques (no luchar directamente contra los k.-d.) bajo el encubrimiento de una consigna especialmente aceptable para los bolcheviques. Que la bandera sea tuya, pero la carga nuestra: esto era, en esencia, lo que decían los mencheviques, como auténticos politicastros oportunistas, con su propuesta.

La inocente estratagema militar de los mencheviques fue, por supuesto, desenmascarada de inmediato entre risas en los bancos bolcheviques (en la iglesia londinense estábamos sentados realmente en bancos, de modo que no es una expresión figurada). En esos mismos bancos resonó una carcajada abiertamente homérica, que tardó en acallarse, y un estruendo de aplausos irónicos cuando, tras el fracaso de la enmienda menchevique, un polaco presentó otra enmienda: mantener la indicación sobre la lucha contra los k.-d. y añadir al mismo tiempo el reconocimiento de la lucha por llevar la revolución hasta el fin. Esta enmienda el congreso, naturalmente, la aprobó. Los aplausos irónicos fueron especialmente merecidos por los mencheviques, que votaron a favor de ella («¡la posición obliga!»), después de que L. Mártov fulminara contra nosotros en «Otgoloski» (núm. 5) rayos y centellas por esa idea, supuestamente burguesa-republicana, de llevar la revolución hasta el fin.

La estratagema fallida de los mencheviques resultó ser un favor muy logrado para nosotros, pues gracias a esta enmienda el congreso reconoció la idea sumamente importante de otra resolución nuestra, no presentada al congreso, a saber: la resolución sobre las tareas de clase del proletariado.

III

No hay que fijar la actitud actual hacia los k.-d. —decía un destacado menchevique en el congreso (según parece, Martínov), deseando, por así decirlo, que en lugar de una huída del menchevismo resultara una retirada en orden ejemplar. Ahora los kadetes no valen para nada, admitámoslo así. Pero no fijen esto, porque aún pueden ser útiles.

En estas palabras se formulaba torpemente una idea muy sustancial del menchevismo, en la que vale la pena detenerse para concluir el examen de la cuestión de la actitud hacia los partidos burgueses. Formulación torpe, porque la posibilidad de utilizar todo lo que pueda «ser de provecho» no queda en absoluto excluida por una resolución que define las raíces de clase de la actual política contrarrevolucionaria. Lo sustancial aquí es la idea de que, si ahora los k.-d. no han justificado la confianza de los mencheviques, hubo un tiempo en que sí la justificaban.

Esta idea es errónea. Nunca los kadetes justificaron la confianza que los mencheviques depositaron en ellos. Para convencerse de ello, basta tomar el mayor auge de nuestra revolución, de octubre a diciembre de 1905, y compararlo con el período actual, período de casi el máximo declive. Tanto en el momento de mayor auge como en el de mayor declive, los kadetes no justificaron la confianza de los mencheviques, no confirmaron su táctica, sino que la destruyeron con su conducta. En el período de auge, los propios mencheviques libraron una lucha activa contra los liberales (recuérdese «Nachalo»), y en la actualidad, el conjunto de todas las votaciones en la II Duma habla con una claridad más que meridiana a favor de la política de «bloque de izquierdas» y contra la política de apoyo a los kadetes.

El tiempo que media entre este auge máximo y la decadencia máxima de nuestra revolución deberá ser llamado por el futuro historiador de la socialdemocracia en Rusia la época de las vacilaciones. La socialdemocracia, en la persona de los mencheviques, vaciló durante este tiempo hacia el lado del liberalismo. El año de polémicas (finales de 1904 a finales de 1905) fue la preparación histórica de las cuestiones controvertidas y su valoración general. El año y medio de revolución (finales de 1905 a mediados de 1907) fue la verificación práctica de estas cuestiones controvertidas en el terreno de la política práctica. Esta verificación mostró en la experiencia el fiasco completo de la política de apoyo al liberalismo, esta verificación condujo al reconocimiento de la única política revolucionaria del proletariado en la revolución burguesa: luchar por llevar la revolución hasta el fin, atrayendo al campesinado democrático contra el liberalismo traicionero.

Sería aventurado decir que el Congreso de Londres puso fin a este período de vacilaciones de la socialdemocracia hacia el liberalismo. Pero, en todo caso, se ha dado un serio inicio a la liquidación de las vacilaciones.

P. S. La prensa burguesa se aprovecha con intensidad del silencio forzado de la socialdemocracia y del carácter «semilegal» del Congreso de Londres para calumniar a los bolcheviques como si estuvieran muertos. Por supuesto, sin un diario propio, no podemos ni pensar en competir con la hoja apartidista «Továrishch», donde el ex socialdemócrata A. Bram, después el señor Yuri Pereyáslavski y tutti quanti [66] bailan un auténtico cancán, gracias a que no hay actas y se puede mentir impunemente. En los artículos de estos A. Bram, Pereyáslavski y Cía no hay nada más que la habitual malignidad de los intelectuales burgueses apartidistas, de modo que basta con señalar estos artículos para que sean recibidos con el desprecio que merecen. Cosa distinta es la entrevista con el señor Struve, transmitida por «Bírzhnevka» {184} y, según parece, hasta ahora no desmentida. Aparte de desprecio, merece atención científica hacia este... ejemplar. Su gravitación hacia los octubristas, su odio hacia las izquierdas, es una expresión verdaderamente clásica de las tendencias inmanentes del liberalismo. El señor Struve reconoce los viejos rumores, tanto que él promovía a un octubrista en la mesa de la Duma, como que en general sostenía negociaciones y consultas con los octubristas. ¡Está por la unificación con los octubristas! ¡Gracias, señor Struve; confirma usted magníficamente lo que ya en el otoño pasado escribía «Proletari» (núm. 5: «Ensayo de clasificación de los partidos políticos rusos») sobre los octubristas y los kadetes! [67] El señor Struve siente la impotencia de la intelectualidad burguesa y quiere desplazar el centro de gravedad del liberalismo más cerca de las clases acaudaladas. Al liberal del tipo de los k.-d. no le sale el acuerdo con la Corona: ¡abajo los k.-d., que salga el acuerdo aunque sea con los «liberales» del tipo de los octubristas! Es consecuente. Y para nosotros es ventajoso, pues aporta claridad y precisión a la situación. Una nueva Duma de terratenientes. Una nueva ley electoral que separa de manera excelente, con toda la nitidez deseable, a los terratenientes seguros y a los magnates de la burguesía de los campesinos nada seguros, de la pequeña burguesía urbana y de los obreros. Una nueva corriente en el liberalismo: la guerra del señor Struve contra «la política aventurera de las izquierdas», contra su «explotación de los oscuros instintos sociales» de la masa campesina no desarrollada. («Instintos sociales» es una expresión analfabeta, pero tanto más subrayada en su analfabetismo. Los escritos del señor Struve serán, al parecer, tanto más analfabetos y tanto más claros cuanto más se aproxime este señor a la no ya lejana Unión del Pueblo Ruso.)

Sí, esto no es una casualidad. El liberalismo burgués es impotente como partido de intelectuales. Es impotente fuera de la lucha contra el campesinado revolucionario («oscuros instintos sociales»). Es impotente fuera de una estrecha alianza con el gran dinero, con la masa de terratenientes, con los fabricantes... con los octubristas. La verdad es la verdad. Hace tiempo que venimos diciendo a los kadetes: «lo que hagas, hazlo pronto». Quien esté por el acuerdo con la Corona, que vaya con los octubristas, con los Stolypin, con la Unión del Pueblo Ruso.

Quien esté por el pueblo, que siga a la socialdemocracia, única que ha librado y libra una lucha despiadada contra la influencia del liberalismo sobre los trudovikí.

Algunos pensaban que era precisamente la política menchevique la que podía escindir a los kadetes. ¡Ilusión ingenua! Solo la política de bloque de izquierdas de la socialdemocracia revolucionaria ha escindido y escindirá a los kadetes. Solo esta política acelerará la inevitable delimitación: los liberales burgueses, hacia los octubristas; los demócratas burgueses, hacia los trudovikí. La socialdemocracia, como hasta ahora, seguirá obligando a estos últimos a elegir entre el democratismo proletario consecuente y el liberalismo.

¡Audaz avante, políticos a lo Struve!

Publicado en 1907 en la recopilación «Resultados del Congreso de Londres del POSDR». San Petersburgo. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto de la recopilación.